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Parque Europa y Multiaventura Park: Los viajes y las aventuras de Aliapiedi(enfamilia…)

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Aliapiedi: viajes reales, imaginarios y literarios…

Aliapiedi, un personaje lleno de curiosidad, a caballo entre la realidad y la ficción, adora viajar y, desde hace un par de años, adora escribir sobre sus viajes. Si por ella fuera se pasaría la vida viajando pero, lamentablemente, motivos de distinta índole se lo impiden y tiene que conformarse, y a fe que se conforma, con unos cuantos viajes reales y muchos más imaginarios. Por eso, cuando un día le vino a la cabeza que hace cuatro veranos había viajado gratis, y en menos de veinticuatro horas, por toda Europa, acompañada de su familia, decidió que había que repetir el plan sin que su compañero y la prole pudieran oponer la más mínima resistencia.  Algunas horas más tarde, los cuatro de Aliapiedienfamilia, más un primo llegado de fuera de Madrid, se dirigían en coche hacia Torrejón de Ardoz para volver a vivir esa increíble aventura.

El destino no era la base aérea militar para coger un vuelo privado rumbo a cualquier emblemático lugar del viejo continente, sino un parque que cuarenta años atrás estaba ocupado por naves abandonadas, chabolas y huertos ilegales: el Parque Europa.

La brillante idea de Aliapiedi consistía en pasear por esta amplia zona verde, contemplando las diecisiete réplicas de los principales monumentos europeos para después –tras la obligación, justa es la devoción para los más pequeños– disfrutar de algunas de las numerosas actividades –de pago– que propone en el mismo recinto Multiaventura Park.

Ese era, o al menos a ella se lo parecía, el plan perfecto para aquel día…

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Uno de los pintorescos molinos holandeses

Y mientras iban acercándose al destino elegido, los cuatro más uno de

Aliapiedienfamilia divisaron a lo lejos unos pintorescos molinos, tres para ser más exactos, parecidos a los de Consuegra pero que, a diferencia de éstos, no estaban ubicados en un perdido altozano, ni se levantaban solitarios como gigantes imaginarios ni, sobre todo, eran españoles sino más bien holandeses. Ante tal visión, los tres niños, escrutados por la complacida mirada de los adultos, se emocionaron y empezaron a pronunciar, a grito pelado, el monumento que más ilusión les hacía visitar. Sus preferencias no podían resultar más acordes con sus respectivos caracteres: la hija romántica y soñadora, la Torre Eiffel; el hijo apasionado por historia, la Puerta de Brandeburgo, y el primo aficionado a la arquitectura, el Puente de Londres.

A esas alturas, nadie sabía si sus deseos podrían verse colmados…

Accedieron solemnemente al parque por la Ronda Sur a través de una puerta, no una puerta cualquiera, sino “la Puerta” berlinesa.

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Una puerta de acceso imponente, orgullo del presente

Ante los cinco pares de ojos se perfiló la imponente silueta del monumento, símbolo del orgullo del presente, y, justo en frente, un auténtico trozo del muro, símbolo de la vergüenza del pasado.

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El símbolo petrificado de la verguenza del pasado

Aliapiedi no pudo evitar recordar su impactante estancia en la actual capital alemana hace cinco años, en la que, a pesar de la sobreexplotación turística y comercial de muchos emblemáticos lugares de un Berlín Este ya desaparecido, todavía quedan en pie unos auténticos y emotivos recuerdos de “la vida de los otros”, tan increíblemente diferente de la nuestra. Esa gruesa pieza de piedra, decorada a posteriori con reivindicativos grafitis, centró toda la atención de la madre de familia mientras que el futuro historiador le preguntaba intrigado por el significado trascendental de ese objeto material.

Ella, de vuelta de su viaje imaginario, le sonrió con ternura, prometiéndole que en otro momento le hablaría de ese complicado tema ya que ahora tocaba alcanzar a los demás que, en busca de sus tesoros europeos, se estaban alejando de ellos a pasos agigantados.

El futuro arquitecto, o el arquitecto del futuro, ya estaba escrutando la elaborada estructura de un Tower Bridge que le recordaba a la homónima figura de un Lego por él construido con piezas de otra escala, mientras que la dulce soñadora, desanimada, no veía por ninguna parte la famosa torre parisina.

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¿Una torre de vigía o una Gran Tirolina?

Lo que sí advirtieron todos enseguida, grandes y pequeños, fue otra torre, una enorme torre de madera, que no de acero, lo que podía ser una torre de vigía sobre un Támesis sin bañistas… ¡o una torre de soporte de una Gran Tirolina!

Unos infantiles gritos de júbilo se levantaron al unísono a los que Aliapiedi y su marido respondieron prometiendo que, tras la obligación, podrían embarcarse en tan apasionante trayecto volante. De momento, tocaba proseguir con el recorrido terrestre por toda Europa, a piedi, y sin las “ali a(i) piedi” – sin “las alas en los pies” –.

Los tres chicos, determinados en alcanzar ese objetivo vertical lo más pronto posible, aceleraron de inmediato sus, hasta entonces desorientados, pasos.

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Una plaza hispano-mejicana

A su ritmo, ningunearon unos impresionantes elefantes de colmillos imponentes, esculpidos entre hojas vegetales, y un dragón acuático que emergía de un pequeño lago cercano, colofón aterrador de un barco vikingo; desfilaron rápidamente ante unas casitas de semblante mejicano que, en realidad, componían el recinto exterior de una concurrida Plaza de España, llena de bares y restaurantes, e ignoraron a una hermosa danesa de nombre Sirenita que, solitaria, descansaba sobre una roca en un rincón del río londinense.

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Unos elefantes animales y vegetales

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Un dragón acuático

Ellos, los niños, puede que ya no tan niños, no se dejaron cautivar por esos seres monumentales, vegetales o animales, ya que todas sus atenciones, sobre todo las de los dos mayores, a punto de cumplir once años, se dirigían hacia otras atracciones: las instalaciones, también monumentales, de un centro de ocio repleto de actividades muy populares.

Aliapiedi, perpleja y con un halo de tristeza, fijó su mirada en el niño que cinco años atrás, en pleno agosto, y bajo un sol de justicia, había disfrutado con las réplicas esparcidas a lo largo y a lo ancho de un parque europeo, entonces desierto, y que ahora se había convertido en un hombrecito que bromeaba con su primo sin prestarles la misma atención, la atención de la primera vez, la atención de la niñez. Recordó, reflexionó y comparó en silencio: en ese polifacético parque europeo estaba pasando lo mismo que en un hermoso jardín madrileño…

En efecto, dos años atrás ella ya había tenido que admitir y que confesar a sus lectores que, cegada por los encantos de El Capricho, no veía, o no quería ver, más allá de ese histórico y artístico recinto, pero que un día tuvo que enfrentarse a otra realidad, la de unos niños que “de repente habían crecido: querían explorar el mundo, salir de esa jaula dorada y volar, más bien pedalear, por horizontes más lejanos”: los del cercano Parque Juan Carlos I.

Una vez más, tenía que asumir que esos mismos niños querían volar alto –y rápido– entre puentes, torres y puertas de verdad, los del Multiaventura Park: “Sabía que, antes o después, eso pasaría y así fue como llegó el día, el temido día…”. Albergaba, sin embargo, la esperanza de que la más pequeña de la familia, “la niña de la quinta dimensión”, la misma que fantaseaba entre las vitrinas del Museo del Traje o las estancias del Museo del Romanticismo, se siguiera emocionando y soñando con los ojos abiertos ante la sinuosa silueta de una Torre Eiffel madrileña.

En breve lo descubriría…

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Un átomo gigantesco…

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… y un niño muy pequeño

Una flecha con el prometedor icono parisino les indicó el camino y los cinco, tras desfilar rápidamente ante una Mujer gigante de ojos tristes y grandes, tendida en el suelo, provocadora, deseosa de enseñar sus entrañas interactivas, y atravesar una Plaza de Europa dominada por el Atomium y rodeada por diferentes banderas, huérfanas de un viento amigo que les permitiera desplegarse en todo su esplendor europeo, se dieron de bruces con un Manneken Pis que, con las idénticas reducidas dimensiones de su homónimo belga, les dejó casi indiferentes.

Aliapiedi creía, o quería creer, que no reaccionarían con idéntica apatía ante la italianísima Fontana de Trevi, majestuosa, escultural y rodeada de mucha gente, al igual que la pieza original.

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La escultural, majestuosa e italianísima Fontana di Trevi

Pero sus hijos, sangre de su sangre, teóricamente italianos pero españoles en la práctica, tampoco la acompañaron en el íntimo homenaje a su amada tierra patria; sólo su marido, sensible y respetuoso, percatándose de la nostálgica soledad de su mujer, de pie y con la mano en el corazón, después de haber tomado la foto correspondiente, se acercó a ella para que no se sintiera tan incomprendida por unos niños que ya no parecían (sus) niños, para que no se viera tan perdida delante de una fuente símbolo de unos orígenes que ya no parecían compartir sus descendientes, para que no se notara tan desorientada ante un plan familiar que ya no parecía tan ideal…

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Una Torre Eiffel inalcanzable

Cuando parecía que las cosas no podían ir peor, finalmente llegaron “ai piedi” de la tan buscada Torre Eiffel y Aliapiedi se vio obligada a enfrentarse otra vez a la cruda realidad: “Su” Tadeo Jones, inocente pero implacable, le confesó que la primera vez, siendo él más pequeño, el monumento le había parecido mucho más grande, mientras que “su” niña de la quinta dimensión, soñadora pero caprichosa, se lamentaba por no poder subir a la cima de la construcción para gozar de un hipotético panorama sobre un Sena capitalino.

Fue ante aquella célebre torre que, al igual que su estado de ánimo, iba torciéndose poco a poco, doblándose hasta casi caerse, como la homóloga de Pisa, cuando Aliapiedi comprendió que, si no quería romperse en mil pedazos, tenía que rendirse a la cruda realidad: el carácter preponderante del gen español frente al italiano en sus amados vástagos castellanos. Mientras estaba inmersa en sus pensamientos, contempló resignada cómo la réplica siguiente, la de la madrileña Puerta de Alcalá, fue objeto de una parada colectiva por los demás componentes de Aliapiedienfamilia.

No le quedó más remedio que seguir adelante, en todos los sentidos…

Así que, sin oponer la mínima resistencia, vio alejarse unos jóvenes que ya no necesitaban ser guiados por sus padres, siendo perfectamente capaces de seguir las indicaciones hacia un cercano embarcadero que hacía también las funciones de taquilla para las actividades del atractivo parque de múltiples aventuras.

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La lisboeta Torre de Belén

A lo largo del breve camino hacia tan deseado destino, sólo hubo un momento de pausa para uno de los tres aventureros: el niño de ayer se dejó llevar por la nostalgia al contemplar cómo los más pequeños se divertían deslizándose por un estanque de proporcionales dimensiones a bordo de unas barcas infantiles individuales, bajo la sombra de la lisboeta Torre de Belén, rememorando su entretenida experiencia marinera de un quinquenio atrás ante la divertida mirada de sus progenitores.

Fue un emotivo instante, un dulce momento para el recuerdo que se esfumó como una estrella fugaz ante la visión de unos asombrosos puentes colgantes. El chico de hoy alcanzó a su primo y a su hermana y después de haber cruzado otro puente, mucho menos impactante y colgante, el Puente de Van Gogh, se acercaron emocionados y a la vez nerviosos a la taquilla del curso de agua central para adquirir las entradas de la Gran Tirolina y de otras actividades. Las malas noticias no habían acabado para la más pequeña del trío, que se llevó una nueva decepción por culpa de su estatura que no cumplía con las medidas de seguridad de la atracción. La niña, aún niña a esos efectos, miró desconsolada a sus dos (potenciales) compañeros de mil y unas aventuras que se colocaban unos aparatosos arneses y cascos bajo la atenta mirada de los responsables de la atracción, envidiando su fortuna: la de ser mayores. El padre de familia acompañó a los dos jóvenes hasta la base de la alta torre mientras que madre e hija, ambas resignadas, cada una por sus motivos, se dirigieron en dirección opuesta hacia el final de esos casi doscientos metros de pura adrenalina. Una vez allí, a lo lejos, distinguieron las siluetas de dos jóvenes aventureros que emprendían su inminente vuelo colgados de un robusto hilo de acero, deslizándose felices sobre un espejo de agua londinense.

Una Victoria de Samotracia petrificada les miró con recelo, como queriendo liberarse de su fijo pedestal para acompañar con su victoria alada a aquellos Ícaros del Nuevo Milenio que, con sus alas imaginarias, en los pies, en la cabeza, o donde fuera, no alcanzaron un sol abrasador sino el seguro punto de llegada tras una breve, pero intensa, experiencia voladora. Aliapiedi y su hija, absurdamente ansiosas por la incolumidad de sus familiares, aplaudieron felices el exitoso final de la increíble aventura, librando entre risas y palmas las pasadas tensiones y reflexiones.

Los cinco, otra vez todos juntos, serenos y despreocupados, sanos y salvos, se dirigieron entonces al embarcadero para probar otra atracción, una atracción familiar, una atracción para grandes y pequeños que, teóricamente, debía ser menos peligrosa pero que en la práctica se reveló mucho más revoltosa: la barca de paseo.

El quinteto de tripulantes, después de haber escuchado atentamente los consejos de los encargados, se embarcó entonces, algunos con más soltura que otros, en el bote para emprender el ameno y relajante crucero de cuarenta y cinco minutos de duración; los jóvenes estaban más emocionados que nunca con la inminente travesía: esa iba a ser para ellos su primera vez en un barco…

El padre de familia, siguiendo las recomendaciones de los responsables de la pacífica actividad, se sentó con autoridad en el puesto de mando; él, el único provisto de un rico historial de marinería, primero en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando y después en la base militar de Rota, iba a asumir la responsabilidad de llevar a la tripulación hasta el destino establecido, señalado por unas boyas flotantes en el medio del Támesis madrileño.

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Un inocente barquito familiar…  ¡infernal!

Primero un remo y luego el otro, una y otra vez, sin prisa pero sin pausa, el capitán se puso manos a la obra, intentando dominar el barco y dirigir su diminuta proa hacia horizontes lejanos. El medio de transporte, sin embargo, parecía no querer obedecerle, parecía no querer moverse, parecía no querer doblegarse a la fuerza de aquellas bogadas cada vez más intensas, cada vez más descoordinadas, cada vez más desesperadas. El barquito rebelde solo quería dar vueltas sobre si mismo, sin alejarse de un milímetro del seguro puente de embarque.

Frías gotas de sudor perlaron la frente de un potencial almirante que empezó a marearse mientras que los jóvenes grumetes, impacientes, querían relevarle para intentar alejarse del movedizo y embarazoso punto muerto. La pequeña embarcación ondeó peligrosamente, las plácidas aguas del río se convirtieron en fuertes corrientes y la luz del sol empezó a mermar dramáticamente.

Los cinco de Aliapiedienfamilia estaban perdidos, abandonados a su destino en un Támesis asesino, hundiéndose en las profundas aguas de la vergüenza, a pocos centímetros de la tierra firme. Un nerviosismo creciente se empadronó de los tripulantes; una histeria colectiva invadió sus mentes; un miedo espeluznante recorrió sus cuerpos inocentes…
Alguno quería tirarse al río (de un metro de profundidad), otro temía ahogarse (en el mismo metro de profundidad), otro quería salvarse saltando a la orilla (a un metro de distancia)… El pánico a bordo del barco infernal se había apoderado de (casi) todo el mundo. Sólo Aliapiedi parecía despreocupada en el medio de la trágica conjunción, partiéndose de risa, divertida ante la absurda situación, entretenida con los efectos delirantes de la embarcación. Y, finalmente, cuando todo estaba perdido, o a punto de perderse en el fondo del espejo de agua central, ella tomó las riendas de la situación, cogiendo el barco, que no el toro, por los remos… y, sobre todo ¡del modo en que había que cogerlos!

Acompañada por el envidioso asombro de su marido y por los vítores de alegría de sus hijos y primo, finalmente el barquito empezó a moverse, a dirigir su proa en la justa dirección y a deslizarse levemente por las (nuevamente) plácidas aguas del río.

Ya no había peligro, ya nada se hundía, ya nadie se mareaba.

Todo estaba bajo control, o mejor dicho, bajo el control de las enérgicas bogadas de la madre de familia que, experta marinera y forzada velerista desde su infancia, llevó finalmente a los (por fin) entusiastas pasajeros hasta el infinito… ¡y más allá!, es decir, hasta Grecia, a los pies de un teatro imponente, hasta el Reino Unido, por debajo del Puente de Londres y hasta Islandia, bordeando un geyser sorprendente.

De vuelta al embarcadero, en un trayecto en el que se alternaron los jóvenes en los remos sin mayores dificultades bajo las precisas indicaciones de la loba de mar, después de haber atracado fácilmente en el correspondiente muelle, a pesar de la nocturnidad, los cinco se dirigieron rápidamente hasta la puerta de acceso de la última atracción de un día que ya se había convertido en noche.

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Un sugestivo escenario de pasarelas, puentes y redes

Un bosque de altos pinares les esperaba para que los tres jóvenes, después de unas clases teóricas impartidas por los correspondientes monitores, pudieran trepar, arrastrarse, deslizarse, pasear, temblar y mecerse entre puentes, pasarelas y redes suspendidas en el aire, en el itinerario adaptado a sus respectivas estaturas: más bajo y más corto para ella, más elevado y más largo para ellos.

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…y el de “alto” nivel

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El itinerario de “bajo” nivel

Entre la oscuridad, sólo disipada por los potentes faros y las farolas que iluminaban los senderos, atracciones y monumentos del parque europeo, que ponían una romántica nota de misterio, los dos audaces Tarzán y la atrevida Jane saltaron de liana en liana, subieron escaleras empinadas, escalaron un rocódromo complicado y finalmente se deslizaron por otra tirolina, menos larga pero más rápida, menos panorámica pero más sugestiva.

Y allí, entre troncos locos, tablas movedizas y lazos paralelos, bajo una luna que iluminaba un río desierto cuyas claras aguas ya no albergaban barcos fuera de control sino que reflejaban la figura de una simbólica puerta alemana, acabó entre risas la aventura de un par de hombrecitos y una mujercita, y entre sonrisas, la de unos padres que ya planificaban futuros viajes, ya no solo conyugales, sino también familiares, a auténticas ciudades monumentales.

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Nocturno berlinés sobre un Támesis madrileño

Aliapiedi volvió a abstraerse emocionada, dejando que sus “alas en los pies” le llevaran a hacer realidad sus proyectos literarios a los que había decidido incorporar a nuevos personajes, lo que quizás le obligaría a cambiar el título de sus relatos de viaje…

El futuro lo diría; lo importante era dar rienda suelta a la fantasía y, en adelante, disfrutar en el infinito y más allá de una viajera y familiar compañía.

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Safari Madrid: “Un lugar para (no) soñar”

Érase una vez un marqués, el Marqués de Griñón que, de vuelta de un viaje a Gran Bretaña en el que conoció a un tal Jimmy Chippierfield, inventor de las primeras reservas africanas fuera del referido continente, cautivado por la original iniciativa decidió instalar una en su finca “El Rincón”, ubicada en Aldea del Fresno, a la que bautizó, como no podía ser de otra manera, “Safari El Rincón”. El original proyecto, en el que colaboró con igual entusiasmo el famoso naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, no tuvo sin embargo el éxito deseado y, con el paso de los años, el efecto-sorpresa fue mermando al igual que las instalaciones del “salvaje conjunto”. El safari, tras sucesivos cambios de gestión y de propiedad, nunca recuperó el esplendor de sus orígenes pero, a pesar de todo, consiguió sobrevivir con todos sus animales a distintas crisis “bestiales”.

Esa era la historia que contaba a mis hijos y a su primo camino del actual “Safari Madrid” para que no esperaran encontrarse una zoológica instalación de “última generación” sino más bien un lugar sencillo en el medio del campo, cuya belleza radicaría, precisamente, en su sencillez no artificial. A los niños, en realidad, poco les preocupaban las apariencias del atípico parque que, según los relatos de amigos y familiares, se había quedado casi igual al día de su fundación, hace cuarenta años; lo que les interesaba de verdad era su rico y variado contenido, lo que ponía en evidencia que las advertencias parecían más bien destinadas a la pareja sentada delante de ellos, uno conduciendo y la otra relatando.

El salvaje logo safaresco

Un logo salvaje y bestial

Y, efectivamente, los temores de los adultos se confirmaron nada más llegar a destino: en el medio de un tortuoso sendero, flanqueado por esparto, apareció una pintoresca taquilla, con apariencia de caseta de peaje, sustentada en gruesos palos de madera que le proporcionaban un aire de cabaña, de cuya ventanilla asomó la cara de la responsable de la entrega manual, que no automática, de las entradas y, bajo petición, de un mapa del tesoro bestial y vistosas bolsas de zanahorias.

Adquirido el primero pero no las preciadas hortalizas que ya traíamos de casa para ofrecérselas a los mansos, y después de haber leído las normas de comportamiento enumeradas en el “aviso importante” que acababan de darnos – “no bajar del vehículo”, “en caso de avería, tocar el claxon”, “no sacar las manos de las ventanillas”, “no detenerse junto a los animales”, “no alimentarlos”… – nos lanzamos, a velocidad moderada, hacia la salvaje aventura familiar.

Siguiendo las indicaciones de unos anticuados carteles de madera, nos aproximamos a bordo de nuestro medio de transporte a la sección estrella del safari, la de los animales en semi-libertad. Conforme avanzábamos por el abrupto camino, teníamos la sensación de ser trasladados a otro lugar, que nos recordaba al de la conocida película americana “Un lugar para soñar”, un parque de gran potencial pero que se había resentido sensible e inevitablemente con el paso los años. Buena muestra de ello lo constituían un curioso rótulo con forma de kart, no de estilo “vintage”, sino viejo de verdad, que anunciaba una pista de karting, un tobogán gigante que resistía en pie con sus colores desteñidos y su estructura herrumbrosa y una tienda de souvenirs que vivía de recuerdos y del recuerdo del esplendor de antaño…

Mientras los padres reflexionábamos perplejos sobre cómo parecía haberse detenido el tiempo en ese lugar, los niños, cautivados por las lúdicas instalaciones, sin prestar la mínima atención a los detalles, ya se distraían del destino principal, suplicando inútilmente paradas inmediatas, que se topaban con una insistente y adverbial respuesta: “después”.

Entre disputas verbales, llegamos a las puertas del safari propiamente dicho, donde pasó algo o, mejor dicho, “alguien” inesperado que reanimó a los adultos desconfiados: una llama, en carne y hueso, que nos daba una calurosa y sorprendente bienvenida en ese hogar animalesco.

Una sorprendente bienvenida

Una sorprendente bienvenida

Un grito colectivo, de júbilo para los atrevidos niños, y de terror para la miedosa niña, resonó en el interior de nuestro vehículo con las puertas y ventanillas cerradas a cal y canto.

El animal se acercaba cada vez más, con su cara divertida y su lengua felpuda mientras nosotros, entre aturdidos y extasiados por su presencia, lo contemplábamos desde nuestra privilegiada posición, separados de él por unos pocos milímetros de cristal. La criatura, después de habernos husmeado, o mejor dicho, de haber husmeado la carrocería de nuestro coche –un consejo: ¡si vais al Safari Madrid evitad hacerlo con  un vehículo que acabe de salir del concesionario o de un túnel de lavado!–, puede que en busca de herbívora comida, afortunadamente, nos descartó como su presa inminente y, pasados unos interminables segundos, nos dio la espalda y se alejó con aire indignado, mostrándonos sus partes nobles.

Un curioso y rápido avestruz

Un curioso y rápido avestruz

Aún sin retomar la compostura después de aquel encuentro a cortísima distancia, ya estábamos en el punto de mira de un impresionante avestruz que, a pasos agigantados, se dirigía hacia nosotros.

El ave, el más grande del mundo, flanqueando nuestra jaula motorizada y doblando su esbelto cuello, se entretuvo un momento observando esa peculiar especie animal allí encerrada llamada ser humano, con unos ojos que estaban más fuera de las órbitas que los suyos pero, poco después, imitó a su predecesor y se dirigió libremente hacia el coche de delante que, haciendo caso omiso de las instrucciones, distribuía zanahorias a tutiplén, con las ventanillas inocentemente bajadas y las manos imprudentemente sacadas.

Un animalesco encuentro a cortisima distancia

Un encuentro a cortísima distancia

Y por culpa de ese gesto, pensaba la pequeña, o gracias al mismo, pensaban los mayores, empezaron a aparecer animales de todo tipo y género procedentes de la exterminada pradera en la que nos encontrábamos, algunos de los cuales, como el ciervo o el antílope, nos resultaban bastante familiares, y muchos otros como el órix, la cervicabra o los cobos, bastante desconocidos.

Una pareja de elegantes jirafas

Una pareja de elegantes jirafas

Puede que olisquearan el anaranjado alimento porque todos esos seres vivos, con una actitud más que amistosa, rozaban, lamían o, directamente, trepaban por el coche, colocando sus zuecos sobre la carrocería, provocando entre los más pequeños gritos de terror convertidos rápidamente en contagiosas risas de furor.

Los carnívoros tigres del Bengala

Los carnívoros tigres del Bengala

Un poco más allá, un par de elegantes jirafas que deambulaban por un amplio jardín cerrado captaron nuestra atención con sus cuellos alargados y su reluciente manto de figuras trapezoidales y, frente a ellas, unos carnívoros tigres de Bengala también reclamaban su salvaje protagonismo.

Al mismo tiempo, en el horizonte (del parabrisas), un “jorobado” dromedario se asomaba a las ventanillas de nuestro vehículo, ya convertido en un todo terreno, no por su versatilidad sino por las huellas de barro y las manchas de saliva con el cual iba cubriéndose.

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Tras sortear cebras, argúíis de barbas lanudas y watusi de larga cornamenta, pudimos entrever a lo lejos unos imponentes elefantes asiáticos que, como nosotros, avanzaban sin prisa pero sin pausa, pero que, a diferencia de nosotros, lo hacían por un envidiable y amplio perímetro habitable.

Finalmente, alcanzamos la tercera sección del safari, controlada por un vigilante a bordo de una flamante camioneta en continuo movimiento, y allí nos encontramos nada menos que con el rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León.

Por evidentes razones de seguridad, ya que a diferencia de los tigres, los regios ejemplares compartían con nosotros el amplio espacio verde en el que vivían, sin valla de separación alguna, estaba firmemente prohibido detener el vehículo así que, dando vueltas alrededor de los autoritarios depredadores, admiramos emocionados y con una pizca de temor, la fulgida y densa melena de un Simba ya crecido que descansaba al lado de su pareja, dominando el territorio con la sola fuerza de su mirada… ¡y de sus rugidos!

El Rey de los Reyes, el Señor de la Silva, Su Majestad el León

El rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León

El poder contemplar esos animales desde tan cerca constituía una experiencia  sencillamente abrumadora y la fuerza naturalmente bestial que desprendían era algo indescriptible. Nos habríamos quedado todo el día dando vueltas por aquel seductor jardín encantado, cuales atípicas peonzas que ganan vitalidad y energía en cada giro, pero, muy a nuestro pesar, teníamos que proseguir y adentrarnos aún más en el safari.

Una cueva de Altamira a cielo abierto

Una cueva de Altamira viva y a cielo abierto

Pasamos entonces al siguiente recinto, oportunamente vallado, donde descansaban unos imponentes bisontes, cual representación real y actualizada de las murales, y milenarias, figuras de Altamira, para enfrentarnos a la última sección, puede que la más peligrosa de todas, a juzgar por los amenazadores avisos que precedían a su acceso que, entre  redes de protección, vallas y torres de vigilancia, parecía el de una prisión.

¿El acceso a una diabólica prisión o a un paraíso terrestre?

¿El acceso a una prisión o a la última sección?

Y mientras esperábamos a que un guardián abriera las puertas de esa muralla levantada como una empalizada, una inquietud creciente invadió nuestros cuerpos y nuestras mentes: ¿Qué, o quién, vivía allí atrás?

Una pareja de cebras que se daban la espalda, componiendo una curiosa y especular composición geométrica, destacaba sobre el fondo de ladrillos rojos que componían el hogar de decenas de monos; un poco más allá, un grupo de voluminosos hipopótamos, dóciles en el imaginario colectivo, pero en realidad más peligrosos que cocodrilos o leones, apagaban su sed en un estanque cercano; y cerca de la verde pared unos rinocerontes blancos, con sus característicos cuernos de queratina pero desprovistos de las míticas propiedades curativas, descansaban tranquilos y solitarios bajo el sol.

¿Una pareja de zebras o una zebra bicéfala?

¿Una pareja de cebras o una cebra bicéfala?

Admiramos extasiados los cuidados animales, habituales protagonistas de múltiples documentales y ahora de nuestras aventuras familiares, y como suspendidos en una bucólica burbuja, flotando entre especies sin iguales, navegamos entre sueños ahora reales.

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

En ese tripudio natural acabó la primera parte, puede que la más escenográfica y espectacular, de nuestra visita al Safari Madrid pero antes de irnos preguntamos al valiente guardián de este último recinto, un San Pedro del Tercer Milenio encargado de custodiar las llaves, y los candados, de ese paraíso terrestre, dónde se escondía la criatura más peligrosa: el temible oso negro.

El hombre, afable pero siempre atento, vigilando de reojo a los coinquilinos de ese espacio tan divino, nos explicó que el “primo pequeño” americano del más conocido oso europeo “pardiano”, estaba descansando o, mejor dicho, hibernando, a punto de despertarse, lleno de energías y vitalidad, con la llegada de la incipiente primavera.

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Asombrados por aquella revelación, le preguntamos por el lugar elegido por el mamífero en cuestión para abandonarse a su placentero sueño reparador, a lo que el entregado interlocutor nos respondió sonriente indicándonos unos cercanos tubos gigantes en los que no habíamos reparado antes: en aquellos curiosos cilindros dormía tranquilo ese Yogui posiblemente no tan simpático como su infantil hermano mediático.

Desde una distancia prudencial, tratamos de  divisar en la atípica cueva alguna forma de vida, una ságoma oscura, una terrorífica criatura, pero allí dentro nada, ni nadie, parecía moverse…

Los watussi y su larga cornamenta

Los watusi y su larga cornamenta

Así que, acompañados por la duda, volvimos sobre nuestros pasos, o mejor dicho, sobre nuestras ruedas y nos cruzamos nuevamente con bisontes, leones, watusi, llamas, dromedarios y también nilgos, cervicabras y gamos.

Un

Un “jorobado” dromedario

Agotados por tantas e inesperadas emociones, decidimos salir de ese mágico lugar tan natural para volver a la vida real, a un pueblo cercano, poblado por seres humanos, donde reponer fuerzas en la barra de un restaurante con nombre “animalesco”, en consonancia con la excursión.

Media hora más tarde ya estábamos de vuelta en el paraíso, cruzando el río Alberche, adentrándonos entre campos y divisando esta vez un romántico torreón entre frondosas plantas que, según supimos seguidamente, era parte del Palacio El Rincón, propiedad del mencionado Marqués de Griñón. Tras un intento infructuoso de contemplar el hermoso edificio en su conjunto, nos embarcamos nuevamente en ese arca terrestre llamado Safari Madrid y conducido por un Noé moderno, de nombre compuesto más que evocador, que hace doce años se propuso sacar a flote el titánico y salvaje barco a la deriva.

El exitoso

El exitoso “Rincón de los mansos”

Como lo prometido es deuda, esta vez aparcamos el coche frente al “Rincón de los mansos”, con la intención de explorar este espacio “no-agresivo”. Los niños se lanzaron de lleno entre los dóciles animales mientras que la niña, como siempre más prudente, los miró desde el exterior del recinto, estrechando con fuerza la mano de sus padres. Tardó poco, sin embargo, en cambiar de opinión y enfrentarse, al igual que su valiente primo lejano y su heroico gran hermano, a cabras enanas y cerdos vietnamitas, alimentándolos, acariciándolos y cogiéndolos con ternura entre sus brazos.

Tarea difícil resultó después alejar a los tres jóvenes de ese “rincón” que querían  convertir en su habitación para ese día ¡y todos los siguientes!

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El escenográfico reptilario tropical

Gracias al seductor poder de unas sinuosas serpientes logramos que, por fin, los pequeños accedieran a dejar atrás, un poco a regañadientes, a sus nuevos amigos cuadrúpedos y a piedi, bajo los rayos de un sol más cálido, nos dirigimos hacia el “reptilario”, una inocua casita de rojas paredes que bien podía adaptarse al cuento de Caperucita pero que escondía un contenido espeluznante, envuelto entre las nubes de una intensa humedad y una conseguida escenografía de selva tropical.

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Una pitón reticulada enroscada

Allí dentro había pitones reticuladas, varanos de agua, lagartos acorazados o boas constrictor, entre otras especies, que nos atemorizaron y fascinaron con sus pieles maculadas, sus colas poderosas, sus formas alargadas o sus espiras peligrosas.

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Un lagarto acorazado

A pesar de la calurosa, casi sofocante, temperatura que había allí dentro, unos fuertes escalofríos recorrieron nuestros cuerpos y, después de unos cuantos minutos de miedosa observación, abandonamos tan inquietante lugar.

Sin embargo, la etapa siguiente no fue menos perturbadora.

Se trataba del contiguo “insectario” que acogía los despreocupados visitantes con un cartel en su ingreso presidido por la imagen de una tarántula peluda y un más que acertado titular “Atrozmente bellos”…

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La peligrosa tarántula peluda

Temblorosos, entramos allí dentro y, entre réplicas de ecosistemas naturales y colecciones entomológicas, nos acercamos al vivarium, repleto de ejemplares vivos, algunos camuflados, otros escondidos y unos cuantos muy animados. Nuevamente nos invadieron unos sudores fríos y respetuosamente nos despedimos de los “atroces” y “bellos” insectos exhibidos entre aquellas oscuras paredes para adentrarnos en el último edificio de ese complejo, tan inocuo por fuera como letal por dentro: la “Gruta de los cocodrilos”.

El nombre del lugar ya de por sí infundía un profundo terror pero con mucha sangre fría, tomando ejemplo de los animales a los que nos íbamos a enfrentar, y una buena dosis de valor, entramos en ese original túnel del terror, desplazándonos cautelosamente por una escenográfica pasarela sobre fauces abiertas, afiladas garras y mandíbulas potentes.

La letal tortuga mordedora

La letal tortuga mordedora

Una aterradora pareja

Una aterradora pareja de cocodrilos

Entre estos auténticos fósiles vivientes nos fijamos en una tierna pareja de tortugas mordedoras que descansaban entre las lianas, plantas y piscinas representadas en los dioramas, aparentemente dóciles pero tan letales como los aligátores y caimanes, según nos confirmaron in situ los apasionados y polifacéticos cuidadores de estos animales que, en ese momento, se dedicaban también a labores de manutención y mejora de las instalaciones. Así que, asombrados por sus científicas informaciones y sus prácticas demostraciones, nos quedamos largo rato en esa gruta silvestre donde unos valientes seres humanos se codeaban  tranquila y armoniosamente con estos imponentes reptiles, descendientes de los prehistóricos dinosaurios.

A la salida de la gruta, repusimos fuerzas con un refresco en el quiosco de al lado, bajo una extensa, y desértica, carpa –la amabilidad del personal presente suplía con creces la ausencia de gente– y, acto seguido, nos acercamos a un nuevo recinto donde en media hora aproximadamente iba a representarse una volátil exhibición.

Una amazona de frente azul

Una amazona de frente azul

Ninguno de nosotros, en realidad, tenía especial predilección por los seres alados, de modo que, sin excesivo entusiasmo, nos dirigimos hacia el lugar del mencionado espectáculo, cerca del más cautivador rincón de los mansos. Un nuevo cartel, sin embargo, llamó nuestra atención y, no demasiado convencidos, decidimos obedecer  aquella indicación, y tras pasar por debajo de un pintoresco portal que parecía dar acceso a una finca particular nos adentramos en el “Rincón de las aves” donde centenares de exóticos seres voladores de toda procedencia que componían un artístico arco-iris con sus brillantes plumajes, nos dieron una melódica bienvenida compitiendo en simpatía.

El simpático gucamayo azul

El descarado guacamayo auriazul

Engatusados por el carnaval aviario, sin saber por quien decantarnos, fuimos finalmente capturados por un guacamayo auriazul que, presumido y descarado, nos provocó con sus ágiles movimientos, sus atrevidos gestos y sus piruetas acrobáticas.

Un poco más allá se unió al entretenido juego un papagayo muy charlatán que, con su voz aguda, repitió a escondidas una y otra vez el nombre de nuestra hija. Parecía que las aves se habían puesto de acuerdo para entretenerse con los ingenuos humanos que finalmente se alejaron de sus instalaciones encantados con la tomadura de pelo… ¡o de pluma!

Ese lugar, y sus pintorescos habitantes, habían conseguido sorprendernos gratamente, por lo que, bastante más animados, nos dirigimos hacia lo que parecía una plaza de toros, aunque el coso fuera de hierba y no de arena y los protagonistas del espectáculo fueran aves en lugar de bovinos. En efecto, eran las cuatro, no las cinco, de la tarde…

Bajo un sol de justicia y con un viento que soplaba cada vez más insistente, el público esperaba, pacientemente sentado en los bancos del bucólico recinto, la llegada de las  inquietantes rapaces mientras los entrenadores permanecían en sus posiciones, mirándose preocupados…

Algo extraño había en el aire… o, mejor, el aire resultaba extraño.

En el centro de la plaza apareció entonces el responsable de la específica exhibición, que también lo es del admirable y ambicioso proyecto de conservación, educación e investigación del Safari Madrid en su conjunto.

El majestuoso halcón sacre

El majestuoso halcón sacre

La física presencia de este Noé del Tercer Milenio ya de por sí imponía un cierto respecto, comparable al que impone un torero a punto de enfrentarse a su adversario, pero fue el tono firme de sus palabras lo que nos confirmó su audacia controlada y su generosidad desinteresada: a pesar del fuerte viento que iba a dificultar las maniobras de las aves y la labor de sus monitores, el espectáculo no iba a suspenderse: “¡the show must go on!”

Aplaudiendo la atrevida iniciativa con un motivo añadido de emoción, nos dispusimos a asistir a la afamada exhibición.

A lo lejos, desde lo alto de una torre que desde el principio habían divisado nuestros espabilados acompañantes, vimos salir al primero de los aviones sin motor: el cóndor de los Andes. Su figura, cada vez más grande conforme iba acercándose a la plaza, era sencillamente majestuosa: las alas desplegadas buscando la mejor corriente, su planear libre en el cielo infinito y, finalmente, su aterrizaje elegante cual toque final de un baile perfecto nos dejaron boquiabiertos.

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

Y así, uno detrás de otro, cada uno esperando su turno y su momento de gloria, volaron por encima de nuestras cabezas, más de una vez al ras de las mismas, unos soberbios y altivos ejemplares, cuyas virtudes y habilidades nos eran recitadas por el entrenador principal, el Noé de siempre: águilas de vista excepcional, pigargos de garras poderosas y halcones de velocidades estrepitosas.

Nuestros gustos personales sobre las aves cambiaron por completo y, para sellar la recién nacida amistad entre humanos y volátiles, nuestro hijo se ofreció voluntario, seguro de sí mismo en su atrevimiento, para experimentar de cerca la rapaz interacción.

El simpático y exhibicionista Dioni

El simpático y exhibicionista Dioni

Un halcón peregrino llamado Dionisio, o más familiarmente Dioni, fue el elegido para que el brazo del atrevido joven fuera su destino.

Poco después un joven buitre leonado de nombre Sergio, captó todas las simpatías de un público entre asustado y entregado, a pesar de su legendario historial carroñero.

La exhibición de aves, a la que se incorporaron otros animales terrestres, como inteligentes lobos, ágiles zorros y un serval recién llegado, y adiestrado, pegando asombrosos saltos verticales, puso el colofón final de un espectáculo del todo excepcional.

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

Con una larga sonrisa en los labios, finalmente reconciliados con las aves después de haberlas conocido mejor y más de cerca, escuchando las explicaciones de ese digno sucesor del héroe Félix Rodríguez de la Fuente, nos encaminamos, siguiendo su consejo, hacia el cercano “Mini-zoo“, un establecimiento en constante remodelación donde se intenta ofrecer el mejor hábitat posible a los diferentes ejemplares allí alojados que proceden en su mayoría del tráfico ilegal.

Se trataba de la otra joya de la corona.

Allí, un puma solitario que parecía casi ejercer las funciones de guardián del insólito lugar nos dio una bienvenida bestial. Un poco más allá, una temible y fascinante pareja de carnívoros felinos, bellos, fieros, audaces y salvajes, con su piel brillante y sus ojos deslumbrantes, atentos a todos los visitantes, nos hipnotizaron con su imponente presencia a través del cristal alrededor de la extensa jaula.

Un lobo nervioso y hambriento

Un lobo nervioso y hambriento

Con ello era bastante para, una vez más, volver a casa más que satisfechos pero había mucho más: unos simpáticos y afilados puercoespines, cuales peculiares conjuntos de agujas vivientes, unos provocadores primates, nuestros históricos antecesores, un robusto y musculoso jaguar con su inconfundible pelaje a manchas y unos nerviosos lobos que no paraban de gruñir.

Paseando entonces entre tanta diversidad no sólo animal sino también vegetal, bajo árboles de copas frondosas que cubrían, casi protegiéndolo, ese “rincón mini-zoológico”, siguiendo un límpido arroyo, nos topamos finalmente con un romántico lago, escondido entre unas ramas todavía desnudas que lo enmarcaban escenográficamente.

“Un lugar para (no) soñar”

Y allí fue donde nos dimos cuenta de que el salvaje conjunto, tan vivo y tan vital, no era “Un lugar para soñar”, una película basada en hechos reales, sino “Un lugar para (no) soñar”, una experiencia basada en un sueño hecho realidad.

La vuelta al hogar dulce hogar...

La vuelta al hogar dulce hogar…

...bajo la sombra de palmeras ambiciosas

…bajo la sombra de palmeras

Acompañados por los últimos rayos de un sol casi primaveral, despidiéndonos de unos encargados empeñados en distribuir toneladas de carne entre los habitantes del mini-zoo, saludando a otros ocupados en devolver a unos dóciles ponis a su hogar, dejando atrás toboganes gigantes sin pequeños deslizándose, quioscos de comida ya desiertos y pistas de kart silenciosas, bajo la sombra alargada de palmeras ambiciosas, nos despedimos del increíble Safari Madrid de dulce sabor añejo, seguidos por la perpleja mirada de un avestruz que observaba alejarse en el horizonte dos adultos y tres niños, todos ellos sonrientes, encerrados voluntariamente en una motorizada jaula, pequeña e indecente:

¡Qué raros eran los humanos!

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La perpleja despedida del avestruz

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