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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Segunda parte)

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… y callejuelas

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“A piedi” entre calles…

[Sigue…] Los tres, cuyo afán turístico ya había sido ampliamente satisfecho con los secretos (revelados) de la grandiosa facultad, se dispusieron entonces a caminar por la ciudad, recorriendo calles, callejuelas, pasajes, pasadizos, plazas, plazoletas y cobertizos, alcanzando finalmente la magnífica y asombrosa plaza central de Toledo, a la cual, entre otros, asomaban la espectacular, y gótica, Catedral, el imponente Palacio Arzobispal, la Audiencia Provincial y el herreriano Ayuntamiento que le daba nombre.

En la planta baja de este último estaba alojada la oficina de turismo, donde se hicieron con un par de mapas turísticos que la madre utilizó para trazar un recorrido “a piedi”, invitando a sus hijos a emprender una laberíntica y peculiar caza del tesoro urbana –en realidad, los tesoros, arquitectónicos, eran numerosos–.

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La grandiosa plaza del Ayuntamiento con el homónimo edificio y el Palacio Arzobispal

La ciudad, con su complejo entramado, se prestó al juego y los niños-guías, cuales Teseos del Nuevo Milenio, se adentraron en los invitantes pasadizos que, como si de portales espacio-temporales se tratara, parecían llevarles hacia nuevos mundos, históricos y culturales.

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El pasadizo-portal espacio-temporal

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El campanario cercado por sus vecinos

Así, tras disfrutar de una curiosa perspectiva del campanario de la catedral desde la limítrofe plaza del Consistorio, cruzaron el pasadizo del Ayuntamiento y, como por arte de magia, se vieron inmersos de lleno en el universo cristiano medieval, representado por el convento de Santa Úrsula, la iglesia de El Salvador, y el antiguo convento de San Marcos.

Los jóvenes exploradores no se percataron de que estaban regresando al punto de partida pero fue, precisamente, gracias a ese comprensible error de desorientación que se toparon con un imponente portal, protegido por una alta y robusta muralla de metal y vigilado por un alto torreón perteneciente a una vivienda de aspecto muy original.

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Una invitante apertura en una moderna muralla

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Una misteriosa galería en una aparente soledad

A pesar de la confusión, ellos decidieron seguir aquella señal y, sin pensarlo dos veces, atravesaron ese acceso entreabierto que quizás les transportara a otra realidad.

Y así fue.

Accedieron a un lugar sumergido en una aparente soledad que, a pesar de su centralidad, pasaba desapercibido a la mayoría de los turistas; allí los únicos seres (no vivos) eran unas extrañas composiciones de hierro, ubicadas en un empedrado lateral salvado adrede por una restaurada pavimentación principal.

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El mundo antiguo y moderno del Archivo Municipal

Los tres aguzaron entonces la vista para divisar, a través de una puerta de cristal, tras un arco antiguo modernamente enmarcado, una misteriosa galería.

Cautelosamente, se dirigieron hacia aquel pasaje tan extraño y tan obscuro, hasta alcanzar otro mundo, un mundo extraño, un mundo original e intenso, hecho de maquetas, monedas y antiguos documentos mezclados con soportes, estructuras y medios modernos. Se trataba del Archivo Municipal, resultado de la enésima y premiada adaptación de un edificio religioso, el mencionado convento de San Marcos, a una nueva función.

Los tres se entretuvieron largo rato en ese pacífico lugar, admirando ese reino misterioso y, a la vez, cautivador, interrogando a los amables empleados para satisfacer su curiosidad, antes de dejar atrás aquel universo peculiar.

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El estático mapa de “Juego de Tesoros” en el “Reino de Toledo”

Esa ciudad era una auténtica caja de sorpresas y sus cambiantes escenarios le recordaban a Aliapiedi el dinámico mapa que aparecía en la cabecera de una de sus series favoritas, “Juego de Tronos”, con sus diferentes reinos aquí reunidos en uno solo, el mejor de todos, el “Reino de Toledo”.

En efecto, un poco más allá, los tres visitantes se toparon con el territorio judío, la Judería, tal y como se atestiguaba en el empedrado, en las paredes y en las esquinas que lo componían.

Allí, sorteando nuevamente travesías, callejones y plazoletas extrañamente vacías llegaron a la Sinagoga del Tránsito, sede también del Museo Sefardí.

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Sinagoga del Tránsito y Museo Sefardí

Aunque el edificio, convertido en iglesia de la orden de Calatrava tras la expulsión de los judíos, no estaba abierto al público ese día, pudieron disfrutar del magnífico panorama desde la explanada situada frente a la sinagoga: el plácido río, las casas escondidas entre la vegetación, las rocosas colinas precipitándose sobre el vacío…

Ante aquel soberbio cuadro, la madre volvió a recordar su patria natal, en esta ocasión su augusta capital, la llamada “cittá dei sette colli” que, desde el punto de vista orográfico, tenía bastantes elementos en común con la villa toledana –o puede que fuera su eterna nostalgia la que le provocaba esas atrevidas comparaciones– y, después del momento contemplativo (y comparativo), los tres alcanzaron el siguiente destino: la Sinagoga de Santa María la Blanca, también convertida en iglesia a principio del siglo XV.

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Sinagoga de Santa María la Blanca: pilares, arcos y capiteles por doquier

Tras atravesar su ameno jardín, que inspiraba paz y serenidad, bajo un soberbio techo de madera de artesonado, los niños, que nunca habían entrado en un edificio religioso judío, se vieron rodeados por decenas de pilares octogonales, arcos de herradura y capiteles, a base de piñas y lacerías, decorados con suma maestría, entre frisos policromados en yeso con motivos vegetales, geométricos y epigráficos, en el típico estilo mudéjar. Aquel lugar formaba parte del legado de los más de diez mil hebreos que habían convivido serenamente y en armonía con las demás comunidades, la árabe y la cristiana, instaladas en la primitiva capital del reino castellano-leonés de Alfonso VI, sucesivamente declarada ciudad imperial por Alfonso VII, y en las jóvenes mentes de los infantes se sucedio una pregunta tras otra: ¿Por qué ya nadie rezaba allí? ¿Por qué unos reyes tan católicos habían roto una antigua y floreciente paz social y religiosa? Y, sobre todo, ¿cuándo volvería a imponerse la paz por encima de todos y de todo?

Eran preguntas de difícil respuesta, de modo que Aliapiedi se limitó a recordarles su aventura madrileña en el corazón del “Jardín de las Tres Culturas” del parque Juan Carlos I, en aquel “mágico y onírico paraje [donde] no cabía la guerra, no cabía la ofensa, no cabía la intolerancia: sólo paz, respeto y convivencia”, demostrándoles que nadie perdía la esperanza, aunque fuera sólo en términos simbólicos, vegetales o intelectuales, de reunir otra vez a todas las creencias bajo un mismo espíritu conciliador. Había que confiar, siempre…

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Perdidos por las calles…

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… ¡y por el callejero!

Pero ya se había hecho tarde y a la salida del templo las mentes de los niños, con su característica e inocente despreocupación, pasaron a estar ocupadas en un asunto que en ese preciso instante les resultaba mucho más urgente que la paz universal: el hambre.

De prisa y corriendo, cruzaron otra vez el barrio judío, perdiéndose, reencontrándose y volviéndose a perder, y después de muchos rodeos, llegaron a la plaza Zocodover, donde les esperaba no sólo su padre para un almuerzo fugaz y frugal, sino también un medio de transporte especial, un tren excepcional, un tren imperial: el Zocotren.

Tras despedirse nuevamente del profesor, que tenía que volver a su dulce hogar profesional para cumplir con sus obligaciones docentes postmeridianas, los tres se dejaron llevar, primero por las tortuosas calles del casco histórico y después por las, más amplias, que rodeaban el mismo.

Uno tras otro desfilaron el Alcázar, el mismo que habían avistado por la mañana desde la lejanía, la Puerta del Sol, de influencia nazarí, con su arco de herradura enmarcado en otro de mayor tamaño, la mudéjar iglesia de Santiago del Arrabal y, ya fuera del recinto amurallado, más allá del plácido Tajo, el pintoresco puente de Alcántara con sus dos torres de estilo diferente, mudéjar la una y barroca la otra, elevándose grandioso sobre el río.

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Panorámicas…

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… toledanas

Las vistas sobre la ciudad desde lo alto de una empinada carretera eran superlativas y casi a la altura del punto más alto del cerro que estaban recorriendo, el conductor-maquinista paró el vehículo, invitando a todos los pasajeros a apearse, no con la intención de abandonarles a su suerte en tan hermoso lugar, sino con el sano propósito de que pudieran disfrutar con más tranquilidad de un panorama sin igual entre densos cigarrales, desde el que la ciudad de Toledo, con sus casas, sus palacios, sus iglesias, sus conventos y su Catedral, escoltada por el imperial Alcázar a un lado y por la majestuosa Universidad al otro, se divisaba en todo su esplendor, besada por una luminosidad que la transformaba en una estática postal, casi irreal.

Pero aquello era real: toda esa monumentalidad, toda esa historia, toda esa cultura allí reunida era auténtica e inmortal, viva desde siempre, viva para siempre…

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Toledo monumental, una postal muy real

De vuelta a la plaza Zocodover, siempre a bordo del tren que seguía un recorrido similar al que habían realizado en coche por la mañana, se dirigieron a pie hacia la Catedral, para visitar su soberbio interior, preanunciado por la magnificencia de las puertas exteriores: en un lado la de la Chapinería o del Reloj, la más antiguas de todas, del siglo XIII, aunque reformada en el siglo XIX; de frente, la puerta principal, llamada del Perdón, cuyo elaborado altorrelieve representa plásticamente la imposición de la casulla a San Ildefonso, y, en el otro lado, la más apreciada por los más pequeños de Aliapiedienfamilia, la puerta de los Leones, obra gótica-flamígera del siglo XV, custodiada por estos regios animales que habían trepado hasta la cima de su reja.

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La Catedral en todo su esplendor

Unos pocos metros más allá había otro acceso, menos imponente pero no por eso menos importante, la llamada Puerta llana, por la que accedieron al templo, en el que se perdieron cautivados por la magnificencia de sus cinco naves de altura escalonada iluminadas por magníficas vidrieras, un espacio en el que destacaban el soberbio retablo de la capilla mayor, la magnífica sillería del coro y la doble girola con el fantástico y fantasioso grupo escultórico “Transparente”, obra de Narciso Tomé, en el centro.

Ese tripudio artístico principal, junto con el claustro, la sacristía y la sala capitular, era más que suficiente para que los tres se quedaran boquiabiertos y sin palabras, asaltados por las mismas dudas que les habían surgido al contemplar la llamada Catedral de San Justo: ¿Cómo se había levantado ese edificio? ¿Quién o quiénes lo había hecho posible? ¿Había sido obra divina o humana? Las preguntas, como siempre, sólo podían encontrar respuesta en la fe, en la ciencia o en ambas cosas…

Y a falta de una oportuna máquina del tiempo que pudiera llevarles hasta el siglo XIV, los tres se tuvieron que conformar con salir de allí más desorientados que nunca. Afortunadamente, para guiar a esas ovejas perdidas en sus existenciales pensamientos, apareció una estrella polar, la de un padre que, sin perder el norte y a pesar de las muchas horas de trabajo, les esperaba para una última sorpresa.

La verdadera meta no era una renombrada pastelería donde, como de costumbre, se hicieron con un sabroso souvenir gastronómico, sino un antiguo complejo industrial, frecuentemente ignorado, por puro desconocimiento, por las hordas de turistas que asaltan la ciudad cotidianamente: la Fábrica de Armas.

Al oír pronunciar ese nombre, tan prometedor para el más pequeño de la familia, y tan aterrador para la más pequeña, los tres se miraron aturdidos: ¿Dónde quería llevarles el padre de familia? ¿Por qué motivo habría elegido ese lugar tan extraño?

Él, viendo sus miradas desorientadas, les sonrió y se sonrió a si mismo, convencido de que el bélico destino les iba a impresionar gratamente por diferentes motivos. Fueron entonces a recoger al coche y dejando atrás el centro histórico de Toledo, bajando la colina y volviendo a rodearla curva tras curva, después de un par de kilómetros, recorriendo avenidas asfaltadas que se abrían camino entre espacios agrestes y zonas urbanizadas, el vehículo se detuvo en un extenso aparcamiento al aire libre, extrañamente vacío.

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La Puerta de Obreros del actual Campus Tecnológico

Aunque ninguno de los tres entendía qué hacían allí, en el medio de una llanura solitaria, lejos del bullicio de la vida urbana, no por ello dejaron de confiar en que la propuesta del padre de familia les pudiera resultar interesante, por lo que le siguieron en silencio, sin rechistar, hacia un portal arropado por unos bajos muros de ladrillos que ocultaban la sorpresa… ¡Y qué sorpresa! Se encontraban ante uno de los accesos a la mencionada fábrica, a un mundo industrial del pasado, a un mundo universitario del futuro: el Campus Tecnológico de Toledo, un campus declarado en 2011 de excelencia internacional, perteneciente, para variar, a la prestigiosa Universidad de Castilla-La Mancha.

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La ordenada y racional arquitectura industrial

Una vez más, el trío se quedó sin palabras.

Esa Puerta, la de Obreros, hasta hace ocho años ubicada en la cercana y homónima glorieta, y que hasta los años sesenta habían cruzado los operarios de una fábrica levantada dos siglos antes por voluntad del rey Carlos III, era ahora la que atravesaban a diario empleados, estudiantes y profesores del siglo XXI, para dedicarse a unos menesteres bien diversos de la producción de espadas y de cartuchos de antaño: la creación de las infalibles e inmortales armas del saber, a través de la innovación, la tecnología y la investigación.

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La pacífica biblioteca en la belicosa cartuchería de pistolas

Y así, bajo el envoltorio de una racional y ordenada arquitectura industrial, tan diferente da la conventual de la mañana, tan articulada y laberíntica, apareció otra vez el estimulante y prometedor mundo universitario de siempre con toda su vitalidad: diversos aularios, magnos o no tan magnos, en antiguos talleres hechos de ladrillo; una belicosa cartuchería de pistolas alojando una pacífica biblioteca con un amplio vestíbulo dominado por soldados con estandartes en una pared y por expertos informáticos a sus pies; laboratorios para prometedores experimentos al reparo de antiguas naves de hierro en las cubiertas…

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El camino principal entre bancos, fuentes y banderas

Los edificios, distribuidos rigurosamente a lo largo de un camino empedrado principal, flanqueado por uno peatonal, desfilaban uno tras otro, ostentando un estilo neo-mudéjar que, entre jardines muy cuidados, con columnas, fuentes y espejos de agua que cubrían los restos de un duro pasado, les trajo a la mente los del antiguo Matadero madrileño convertido en un estimulante Centro cultural, que habían visitado meses atrás.

Y mientras los niños, una vez más, fantaseaban con su vida universitaria futura en esas instalaciones que, en efecto, parecían provenir de otro mundo, Aliapiedi no pudo dejar de pensar en la genialidad del ser humano, capaz de reutilizar un complejo industrial tan extenso, optimizando además el consumo energético a través de modernos sistemas sostenibles.

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Taller de forja de entonces, laboratorio de ahora

Aquello le resultaba digno de admiración.

El padre, orgulloso, siguió ejerciendo de maestro de ceremonias y, alejándose del camino principal, les guió hacia los orígenes de todo el conjunto, hacia la fuente del mismo, hacia su núcleo energético: el agua.

Ante ellos se presentó un flamante puente colgante peatonal, la llamada pasarela de los Polvorines, dedicado a Facundo Perezagua, cuya línea sinuosa salvaba un curso acuático que, en su día, a través de una complicada obra de ingeniería hidráulica, basada en la combinación de canales, molinos y desniveles, proporcionaba la fuerza necesaria para dar vida a las diferentes actividades de la fábrica.

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La Central de Reserva del pasado

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Una enfermería de cristales rotos y marcos nuevos

Allí, en esa que era la parte más apartada del camino principal, contemplaron una central de reservas y una enfermería, de cristales rotos y marcos nuevos, con ventanas restauradas o abiertas al cielo, cortinas olvidadas y persianas restauradas, vestigios de un pasado industrial, obsoleto, a la espera de un futuro prometedor.

Era como ver el antes y el después de un proyecto in fieri.

Un poco más allá, para que los niños se reafirmasen en su voluntad de querer estudiar o, mejor dicho, divertirse en ese complejo universitario, había un pabellón polideportivo en una rehabilitada escuela de aprendices, un gimnasio y varias salas de deportes en un restaurado taller de fundición, y un “módulo acuático” con piscina cubierta, junto a unas pistas de tenis y de pádel.

También impresionada con todas aquellas flamantes instalaciones, Aliapiedi fijó luego su atención en una elegante y señorial construcción que constituía el eje inicial de un complejo que, dada su amplia extensión, llegó a conformarse con el paso de los años como una verdadera ciudad, la “Ciudad Industrial”.

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Busto de Carlos III

Se trataba del edificio Sabatini, obra del famoso arquitecto, ubicado justo frente al acceso principal del campus tecnológico, la puerta de Carlos III.

El portal de la fachada principal del palacio, entreabierto, les invitó tácitamente a acceder a él y, para evitar que una ráfaga de viento imprevista les privara de aquella posibilidad, los cuatro se apresuraron a cruzar enseguida ese umbral.

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El primer patio de un palacio manchego…

Fue el mismísimo Rey borbón antes nombrado quien les dio la bienvenida al primero de dos patios que con sus palmeras y sus fuentes recordaban jardines de palacios más bien sicilianos que manchegos.

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… ¿o siciliano?

Deambularon un poco por ese oasis tan mediterráneo sobre el que se asomaban desde la segunda planta, las ventanas de despachos de profesores “tecnológicos” y, pasado un rato, acompañados por los rayos de un sol que iba menguando, volvieron sobre sus pasos.

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Los jardines del Sagrado Corazón

Se dirigieron entonces hacia los jardines del Sagrado Corazón que, presididos por la estatua de una virgen, estaban delimitados por el antiguo Taller de envases de cartón, actual Paraninfo, y por el edificio de la Secretaria.

Un poco más allá, divisaron una sólida torre con reloj, bajo la cual se abría paso una galería para el tránsito de los peatones y de algún que otro vehículo de servicio.

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Una sorprendente y evocadora imagen

A Aliapiedi esa imagen, aparecida de repente, le causó una extraña sensación, trayéndole a la mente otra, escalofriante e inquietante, que convirtió por un instante ese lugar tan hermoso en otro increíblemente horroroso. Ella no sabía el porqué de aquella tan espontánea como absurda comparación pero después de haber pasado debajo de aquella torreiforme construcción, un nuevo escenario, nuevamente distorsionado por el recuerdo de una visita desgarradora a un campo polaco de millones de calvarios, lejos de este campus universitario, la golpeó con toda su fuerza. Aquellas naves primitivas, ahora laboratorios, perfectamente alineadas a lo largo de un camino secundario huérfano de estudiantes, dominadas por una chimenea ya sin humos ni cenizas, entre árboles desnudos, sombras alargadas y voces enguatadas, la dejaron sin respiro.

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El “campus bajo” y su impactante escenografía

Su marido, fiel compañero de aquel viaje, y de todos los siguientes, vio el horror reflejado en su cara y, sin cruzar palabra con ella, lo entendió todo; se le acercó, le cogió la mano y la devolvió a la actualidad, sin permitir que la desenfrenada imaginación de su mujer la llevara más allá de donde estaban, más allá de ese lugar en el que, por el contrario, se exaltaba el progreso y la vida, el progreso y la vida universitaria, el progreso y la vida de alumnos aplicados y profesores apasionados.

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Una antigua cartuchería de fusiles convertida en moderna cafetería

Aparcados entonces los obscuros pensamientos, el cuarteto siguió caminando hasta alcanzar una antigua cartuchería de fusiles, sede ahora de una espaciosa y animada cafetería al amparo de un moderno techo que parecía formado por cajones suspendidos en el vacío. Y en ese sitio tan original, tomando un nutrido aperitivo, los cuatro de Aliapiedienfamilia pusieron el alegre colofón final a aquel día tan especial.

Cayó la noche sobre Toledo, sobre sus monasterios de un tiempo, sobre sus naves de entonces, sobre el campus “alto”, en pleno centro, y sobre el “bajo”, al lado del Tajo, sobre los hogares profesionales, recién descubiertos, y los familiares, desde siempre conocidos. Poco a poco, miles de luces poblaron el cielo, iluminando pasadizos, calles, cobertizos y las mentes y los corazones de una madre e unos hijos que, cansados pero rebosantes de orgullo, estaban sentados al lado de un padre que les había sorprendido con una visita universitaria inolvidable. Los niños habían aprendido la lección: jamás volverían a dudar de él, de su profesionalidad y de su discreción, y para siempre seguirían su ejemplo, en el nombre del padre, en el nombre de su padre…

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El “emblema” de la “emblemática” Facultad de Ciencias Jurídico Sociales de Toledo: para siempre en nombre del padre, para siempre en el recuerdo de los hijos


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Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre: ¡A bailar!

Ella adoraba Jerez, Jerez de la Frontera, Jerez (ya) sin frontera.

Esa ciudad reunía para ella toda la esencia de la bella Andalucía: Jerez, cuna del flamenco, de cantaores y bailaores afamados, y de muchos otros desconocidos que se exhiben espontáneamente entre la gente, en patios particulares o típicos tabancos y bares; Jerez, capital del motor, de un circuito venerado por millares de centauros apasionados que jalean pilotos desatados; Jerez, patria de la homónima bebida, el Xérès o Sherry, exportada a todo el mundo, con sus dos centenares de bodegas de las cuales sobreviven en activo tan sólo un par de decenas; Jerez, escenario privilegiado de una Semana Santa vivida entre penitentes y costaleros entregados, mujeres con mantilla y hombres trajeados; y, sobre todo, Jerez, tierra de caballos, protagonistas de ferias tradicionales, plazas de siempre y glorietas más recientes, en honor a una estirpe criada hace más de seiscientos años en la dehesa de un magnífico monasterio cartujano.

Todo eso, y mucho más, significaba para ella Jerez, ese Jerez de la Frontera, ese Jerez con su solera.

Cada vez que lo recorría se dejaba embrujar por sus callejuelas empedradas, a veces sin salida, a veces sin entrada, por sus largas avenidas, envueltas por el olor de azahar en primavera, por sus pintorescas plazoletas decoradas con palacios de señorío y etiqueta, y por sus camperas carreteras flanqueadas por huertas bien cuidadas y ventas de “albero” y comida privilegiada…

Así que ella, Aliapiedi, en su nueva estancia jerezana, decidió que había llegado el momento de hacer partícipes a sus hijos de una peculiar faceta de esa urbe tan coqueta.

El día elegido para un secreto mal celado, para un misterio acompañado por las ganas de ser revelado, para una sorpresa destinada a unos niños espabilados, era un jueves, “el” jueves, el Jueves Santo de este año.

Esa mañana, siguiendo las indicaciones de una “real” y “espectacular” invitación, los cuatro llegaron finalmente al lugar establecido.

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La cancela blasonada del palacio del Recreo de las Cadenas

Pero lo que se perfiló ante sus ojos no fue una cancela blasonada de hierro forjado con dos pequeños pabellones a sus lados y unas cadenas por delante que bautizan y custodian un encantador palacio, el del Recreo de las Cadenas;

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El pintoresco Centro de Recepción de Visitantes

tampoco fue una reja, más reciente y más sencilla, ubicada en la misma avenida, la del Duque de Abrantes, último propietario de ese edificio de estilo francés, por la que se accede a un pintoresco Centro de Recepción de Visitantes, con taquillas, tienda de souvenir y cafetería, ubicado en la antigua zona de las cocheras y caballerizas de la mencionada estructura palaciega; lo que, en realidad, se encontraron fue un aparcamiento, reservado para el personal y, excepcionalmente y para la ocasión, para todo aquél que pronunciara correctamente la debida contraseña: ¡Aliapiedienfamilia!

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Acceso al aparcamiento reservado

Como por arte de magia, la barra se levantó y la responsable del control de acceso, apostada en su pintoresca garita de tejas rojas, les invitó a esperar a la encargada de recibirles, mientras que los niños, más desorientados que nunca, intentaban descifrar con todas sus fuerzas el motivo de su presencia en ese espacio soleado entre coches alineados, naranjos en flor y un limonero de frutos muy pesados: ¿Qué visita les había organizado esta vez su madre? ¿Cuál era ese plan familiar tan imprescindible que les había obligado a renunciar ir a patinar con las amigas o a jugar al fútbol con los amigos? Y, sobre todo, fuera lo que fuera, ¿iban ellos a disfrutar tanto de ese desconocido evento como ella les había asegurado?

Y mientras las cruciales, casi inquietantes, preguntas sin respuesta rondaban sus infantiles mentes, el chico, levantando la mirada por encima de la cabeza de su hermana, entrevió “algo”, o “alguien”, que con sus “obscuros” movimientos destacaba entre los tonos blancos y amarillos de los estáticos edificios de estilo andaluz ubicados en el interior de aquel recinto.

Era, nada más y nada menos, que ¡la cabeza de un caballo!

Gritos de júbilo, más subidos de tono los de él, amante del campo, de las granjas, o directamente de la selva salvaje, cual Mogwli del Tercer Milenio, y más cometidos los de ella, miedosa y respetuosa con el reino animal en su conjunto, se alzaron bajo un cerúleo cielo jerezano…

Ya sabían que era lo que les esperaba: ¡una clase de equitación!

Sus progenitores no tuvieron el tiempo, ni el coraje, para replicar a tan inocentes suposiciones; otra persona, una mujer de sonrisa contagiosa y palabras afectuosas, fue la encargada de revelar de forma oficial el motivo de esa visita tan inusual. Ella les explicó que, en efecto, estaban en una escuela ecuestre o, mejor dicho, en una “real” (exclusiva y prestigiosa) escuela ecuestre –puede que la más conocida en el mundo junto con la Escuela Española de Equitación de Viena, aunque más joven que la austríaca, fundada hace más de cuatro siglos–, pero que, por ahora, ellos tenían que “limitarse” a ver como otros cabalgaban en el cercano “picadero”.

Los niños estaban cada vez más confusos: ¿Qué era un “picadero”? ¿Iban a “picar” algo antes de la comida familiar de ese día? ¿Acaso todo ese conjunto era un inmenso “bar de tapas” jerezano?

Aliapiedi se divertía fantaseando sobre las dudas, reales o imaginarias, de sus hijos, contemplando sus preocupados rostros y oyéndoles murmurar, mientras que la amable anfitriona, a la que por fin había conocido personalmente después de una relación epistolar virtual, les condujo hasta su destino por los atajos que solo ella conocía. A través de una de las seis puertas laterales entraron finalmente en el famoso “picadero”, y, siguiendo las indicaciones de la ilustre acompañante, se acomodaron en el lugar más privilegiado de todo el recinto: el antepalco. Por encima de ellos, en todos los sentidos, sólo estaba Su Majestad, el Rey Felipe VI, que, firme y autoritario, como corresponde a su cargo, les miraba desde lo alto de un cuadro que dominaba el Palco de Honor, que se encontraba a sus espaldas.

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Vista del “picadero” cubierto desde el antepalco

Los pequeños, allí sentados, en ese lugar tan privilegiado, se sintieron también ellos como unos reyes, sin títulos y sin coronas, pero con los poderes supremos de sus dúplices sonrisas, a pesar de no haber entendido del todo lo que iba a pasar en aquel espacio tan extenso que, según los cálculos del mayor, futbolista por devoción, podía equivaler a la superficie de un campo de fútbol. Fuera lo que fuera, tuvieron que reconocer que esta vez su madre se había superado, organizando un plan en familia con todas las comodidades y sin verse obligados (por ahora) a enfrentarse “a piedi” con rutas turísticas por ella diseñadas que (casi siempre) se convertían ¡en auténticas marchas forzadas!

Después de entregar al padre de familia el identificador de “prensa” para poder realizar las fotos del evento, la anfitriona se despidió de ellos, no sin antes prometerles que en el intervalo vendrían a recogerles para visitar otras partes del recinto. Y proferidas esas palabras, como si ella fuera no solo la oficial responsable de protocolo, sino también el augusto maestro de ceremonias, los focos que colgaban del techo de ese edificio cuyas tribunas se habían ido llenando hasta casi el límite de su capacidad –alrededor de mil seiscientas personas–, empezaron a parpadear al compás de una música triunfal.

El silencio se apoderó del ambiente mientras que Aliapiedi, dejándose llevar por esas evocadoras notas y dando rienda suelta a su imaginación, empezó a fantasear con escenas de heroicas aventuras, como las de un Zorro con su “Tornado” de leyenda.

Desde los altavoces, y en diferentes idiomas para que no hubiera lugar a la duda –en español, inglés, francés y alemán– se avisó de las rígidas, pero oportunas, normas que reinaban dentro de ese espacio –no fumar, no fotografiar y menos aún grabar– y de los servicios que se ofrecían a los visitantes y, justo después, una voz en off, profunda y autoritaria, anunció el comienzo del espectáculo, presentando la primera coreografía de un singular ballet ecuestre, símbolo mundial de la cultura y costumbres de Andalucía: “Cómo bailan los caballos andaluces”.

Una exclamación de sorpresa e incredulidad se escapó de la boca de los niños, ahora sí perfectamente conscientes de la situación, mientras que el padre de familia, guiñándoles el ojo, se preparó a “disparar” con su cámara digital.

Y así, con los cálidos acordes de una guitarra española de fondo, hizo acto de presencia un soberbio caballo blanco; en sus lomos no iba un príncipe azul de pelo rubio y ataviado con manta roja, sino un noble y fiero jinete, vestido a la vieja usanza del siglo XVIII, que levantando el sobrero con orgullo y elegancia, firme entre las  banderas de Andalucía y España, se presentó al público junto a su caballo, o puede que en realidad fuera el animal el que con la cabeza agachada, en gesto de respeto, presentara al hombre, vista la sincrónica armonía o la armónica sincronía que reinaba entre ambos.

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El saludo en perfecta sincronía del caballo y su jinete

Empezó entonces la exhibición de doma vaquera. El caballo blanco, con la cola y los crines recogidos de una forma tan elaborada que hacía palidecer las sencillas trenzas de la pequeña de Aliapiedienfamilia, dirigido por ese caballero tan recto e impasible que parecía no ser humano, sino una estatua de esta especie a tamaño natural, fue acariciando el borde del recinto, rozándolo con sus patas a unos pocos milímetros de distancia, alejándose de él y volviéndose a acercar, deslizándose en diagonal, acelerando y ralentizando, yendo hacia delante y hacia atrás, con una soltura y al mismo tiempo una seguridad que convertían unos ejercicios al límite de lo imposible en unos sencillos juegos de niños, … ¡y todo eso al ritmo de la banda sonora!

Al contemplar esa atípica Medusa, de andares deslumbrantes pero sin serpientes sibilantes. Aliapiedi y su familia se quedaron petrificados, sin palabras y sin aliento, en una pose casi tan estática como la del hábil caballero.

Y era solo el principio.

Después de una nueva presentación, aparecieron dos nuevos caballos con sus jinetes.

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Una dúplice y simétrica presentación

Su pelo, blanco y reluciente, esta vez suelto al viento de sus hermosos movimientos, ondeaba con encanto al ritmo del flamenco. Los dos ejemplares, dos Pegasos sin iguales, se movían a la vez, en perfecta sincronía, entre ellos y con la cambiante melodía, flanqueándose con absoluta simetría, persiguiéndose en circulares corros infinitos y finalmente enfrentándose pacíficamente en una imaginaria competición de doma clásica donde no había perdedores, sino sólo una pareja de ganadores, vitoreados por el público con todos los honores.

Y lo mejor (para Aliapiedi) estaba por venir.

Fue el preludio de una arrolladora sinfonía, un preludio inolvidable, un preludio incomparable, el que revolucionó el cuerpo y la mente de una madre asaltada de repente por una nostalgia del pasado mitigada por la alegría y la emoción del presente. Esas primeras notas, aisladas, netas y sencillas, de un tímido “pizzicato” que parecía temer ser escuchado, fueron poco a poco imponiéndose en el ambiente, a la par de seis caballos embrujados, silenciosos y poderosos, que entraron en el recinto sin estar montados, simplemente escoltados por sus fieles caballeros.

Los niños estaban inquietos y a la vez emocionados –quizás había llegado el momento de que alguien de entre los asistentes fuera el elegido para un triunfal paseo ecuestre–,  mientras que sus padres, unidos por los mismos recuerdos de antaño, se sonrieron cómplices y complacidos.

La melodía aumentó, ganó en fuerza e intensidad, creció en cadencia y potencia, con más instrumentos en cada batuta, y en una mágica espiral de sonidos celestiales, los animales ocuparon sus posiciones…

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Una levada perfectamente calculada

Fue primero un caballo blanco el que, levantando y doblando las manos, mantuvo largo rato un equilibrio perfectamente calculado; fue luego un compañero negro, cual Furia de acero, el que se libró en vuelo con un espectacular salto en el cielo del picadero; tocó después a otro, de opuesto color de pelo que, como en un sueño de princesas y caballeros, con la sola fuerza de sus fibrosas extremidades posteriores elevó y desplazó su cuerpo, imponente y majestuoso, en el centro de un escenario cada vez más grandioso…

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Una posada imponente y majestuosa

Y la música (los) siguió… una música que acompañaba las proezas equinas, una música que marcaba su avanzar desde las esquinas, una música que subrayaba gestos de rapidez casi felina…

Y los caballos (la) siguieron… unos caballos que acompañaban sonidos delicados, unos caballos que marcaban un crescendo embrujado, unos caballos que subrayaban acordes hechizados…

Los niños, sus padres y el público en general, quedaron envueltos por esa increíble armonía que exaltaba la complicidad entre el hombre y el animal, que ennoblecía la recíproca admiración entre caballo y caballero, que iluminaba la obediente elegancia y la respetuosa nobleza de ambos protagonistas, y se rindieron gratamente al teórico espectáculo ecuestre que, sin embargo, detrás de su fachada deslumbrante, demostraba ser y simbolizar algo mucho más importante.

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Escenográfica corveta entre banderas

Y la increíble sinfonía prosiguió…

Aliapiedi se trasladó entonces a escenarios lejanos, a sueños vividos y a hechos soñados, a recuerdos del pasado, de tres lustros atrás, cuando por primera vez estuvo en Jerez con un novio al que después había desposado, cuando por primera vez vio en ese picadero lo que antes sólo había imaginado escuchando un disco por él regalado, cuando por primera vez asistió a ese espectáculo gracias a la invitación de un futuro suegro que nadie ha olvidado…

Y una lágrima, furtiva y solitaria, le surgió del corazón, de un corazón desbordante de emoción, de un corazón que se nutría de ilusión…

Y la música con su baile, con ese baile sin igual, ese baile tan especial, ese baile nada convencional, siguió adelante….

Los niños ya no sabían hacia dónde dirigir sus miradas ante ese despliegue de acrobacias que se multiplicaban a lo largo y a lo ancho del recinto; su padre no sabía cómo capturar con su cámara ese tripudio de arte y elegancia, y su madre, entre aturdida e inspirada, se sentía impotente ante la eventualidad de tener que describir en un relato el esplendor de las coreografías, el creciente estupor de los asistentes y la aparente invisibilidad de una labor llevada a cabo por un entrenador con paciencia y pasión, entre halagos animados o estímulos pausados, dictados por el amor y obedecidos por la devoción.

Aliapiedi contemplaba ensimismada la ininterrumpida sucesión de unos ejercicios que parecían ficticios por la increíble ligereza con la que los ejemplares cumplían sus destrezas: ¿Cómo era posible realizar esas figuras? ¿Cómo era posible ejecutarlas con tanta hermosura? ¿Cómo eran posibles esos saltos, cabriolas, posadas y corvetas de alta escuela?… Entonces, no pudo evitar sufrir dulcemente ante un posible error impertinente, temblar gratamente por temor a un paso inconveniente y estremecerse suavemente ante la posibilidad de una fatal distracción inocente…

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El tripudio de la danza y elegancia

Pero todo, todos los pasos, todos los cambios de aires, y todas las poses, por difíciles y complicadas que fueran, llegaron a su fin soberbiamente. Llovieron entonces los aplausos, se desataron las exclamaciones y, por fin, afloraron las contenidas emociones, liberando las tensiones…

Y con un caballo entre pilares con banderas, marcando el tiempo como un metrónomo bajo las luces de unos reflectores que exaltaban la impecable hazaña, entre rulos de tambores,  concluyó la dinámica escenografía, dejando tras de sí una catártica explosión de alegría.

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Piaffe entre pilares de un metrónomo animado y “animalizado”

Pero el show no había terminado.

Desde el fondo del picadero, como si esperara la triunfal entrada (que no salida) de un glorioso torero, se abrió la puerta grande, la central, por la que accedieron dos pintorescos carruajes, uno encabezado por cuatro caballos tordos oscuros, sobrios y elegantes en su natural desnudez, y el otro liderado por cuatro compañeros castaños, con guarniciones de sonidos y colores.

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El carruaje más sobrio…

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… y el carruaje más colorido

Como si de un carrusel se tratara, los dos emblemáticos medios de transporte, guiados por las riendas de sus cocheros, se persiguieron, se flanquearon y se alejaron el uno del otro con milimétrica precisión, dibujando con sus ruedas geométricas figuras en el suelo de cal y arena. Todos los asistentes acompañaron con las palmas esos pasos acompasados capaces de evocar escenas del pasado, de hace casi un par de siglos, con señoras de guantes y polisones y señores de pajaritas y chisteras, como esos personajes que Aliapiedi y su hija habían conocido en una “ultradimensional” visita en el Museo del Traje madrileño.

Pero la mujer y la mujercita no tuvieron el tiempo de dejarse llevar por la fantasía porque nada más finalizar el número de enganches se les presentó el coordinador de guías de la Real Fundación para conducirles a un espacio reservado donde sólo podían acceder unos pocos afortunados.

Se trataba del “backstage” del espectáculo, una zona porticada donde caballos y caballeros descansaban, se concentraban y finalmente se preparaban para salir otra vez al escenario.

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El granjero soñador en el “backstage”

Allí los niños, primero el mayor, el granjero soñador, y luego, para no ser menos, la pequeña, la princesa escrupulosa, se entretuvieron largo rato tocando, acariciando y murmurando palabras de afecto y admiración a esos animales que relucían por sí mismos, y no solo por el brillo de su pelaje impecable, mientras que los padres descubrían a sus espaldas un curioso y pintoresco edificio octagonal.

Era ese el Guadarnés, el lugar donde, alrededor de una exótica palmera central, entre cálidas paredes de madera, se guardaban los lujosos equipos y valiosos atalajes de las periódicas exhibiciones así como de las cotidianas ocupaciones.

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El acogedor y ordenado “Guadarnés”

Allí, rodeados por todas esas monturas, españolas, vaqueras e inglesas, perfectamente ordenadas según el nombre de su portador, los progenitores se dejaron cautivar por la belleza de esa pequeña pero gran joya, arquitectónica y ecuestre a la vez, en la que destacaba una escalera de caracol que daba acceso a la balconada superior, decorada con vitrinas ocupadas por arneses de gala.

A pocos pasos de allí se toparon con las cuadras, ubicadas alrededor de cinco de los lados de la anterior y geométrica estructura, cada una bautizada con el nombre de un emblemático ejemplar: Jerezano, Valeroso, Garboso, Vendaval y Ruiseñor –los cuatro primeros, protagonistas del espectacular estreno de 1973, organizado por el fundador de la Escuela, Álvaro Domecq Romero, con motivo de la recepción del “Caballo de Oro” de mano de los entonces Príncipes de España–.

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¡Los niños que susurraban a los caballos!

Los niños, que ya estaban totalmente familiarizados con ese ambiente ecuestre hasta aquel día casi desconocido, pasearon felices entre esos boxes de rejas azules y reales emblemas, soñando una vez más con montar a algunos de sus inquilinos.

Una dulce música a lo lejos les recordó que el cuarto de hora del intervalo había volado como el viento de esos caballos alados, y aunque los más jóvenes hubieran preferido quedarse en ese sitio de mil y una noches todo el día y toda la noche, los cuatro, escoltados por el guía especial, regresaron a la carrera a sus asientos para asistir a un nuevo número de ballet, el de un caballo blanco, con su elegante caballero, que sinuosamente se desplazaba por todo el picadero, con garbo inusual y gracia sin igual, como si estuviera flotando en el aire, ligero y silencioso, exhibiendo orgulloso sus infinitos pasos virtuosos.

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Garbo inusual…

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… y gracia sin igual

Pero la música, casi de repente, cambió de ritmo; ya no era una exótica melodía evocadora de noches de oriente, de noches de embrujo, de noches de romance, sino una marcha imponente, bien marcada y subrayada por los aplausos de todos los asistentes.

El caballo, con naturalidad y agilidad, enseguida se adaptó al segundo compás, alternando el baile pausado con el más acelerado, los pases sensuales con los imperiales, los movimientos iniciales con los finales…

Llegó entonces el momento de la despedida, el momento de la última coreografía, de la postrera explosión de alegría.

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Los ocho jinetes, y sus purasangre, de un Apocalipsis de soberbias ejecuciones

Fueron ochos los pura raza españoles que saltaron, nunca mejor dicho, al escenario; fueron ocho los jinetes de una dúplice Apocalipsis los que arrasaron con sus soberbias ejecuciones; fueron ocho los caballos y caballeros de una mesa redonda sustituida por un rectangular picadero, los que se dieron un baño de aplausos ininterrumpidos, de vítores desenfrenados y de gritos exaltados.

Y en ese gran final, como si de un jerezano concierto de Año Nuevo se tratara, fue una apremiante marcha del genial compositor Manolo Carrasco, acompañada por las palmas cada vez más acaloradas de la gente entusiasmada, la que despidió en el naranjado horizonte de un portal con banderas a los valientes protagonistas de una danza llena de arte, de certeza y de esperanza, el arte de unas costumbres y tradiciones arraigadas, la esperanza de que  siempre serán ilustremente representadas, la certeza de que nunca serán olvidadas…

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Los caballos y caballeros…

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… ¡de una “mesa redonda-picadero”!

Cuando Aliapiedi y su familia, aturdidos y a la vez satisfechos por todo lo que habían sentido, visto y vivido, creyeron que el ecuestre recorrido había tocado a su fin, reapareció el guía de antes, siempre raudo y atento, para mostrarles el resto de las regias instalaciones “escolares”.

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El palacio de Garnier, sede del Museo del Arte Ecuestre, precedido por la pista hípica

Así, dejaron atrás el Palacio de cuentos de hadas del Recreo de las Cadenas, diseñado por Garnier y ejecutado por su discípulo Ravel, con sus dos torres octagonales con cubierta de pizarra, sede, entre otros, del Museo del Arte Ecuestre junto con la cercana Guarnicionería, vivo y auténtico laboratorio de conservación y restauración de los atalajes; después contemplaron el picadero exterior, la cercana pista hípica y el jardín botánico, con su alberca y fuente central, rebosante de más de ciento treinta ejemplares de especies vegetales.

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La bodega reconvertida en Museo del Enganche

Y finalmente, a través de un acceso secundario que asomaba a la calle Pizarro, se encontraron con una antigua bodega, la de Pemartín, reconvertida, desde hace trece años, en Museo del Enganche.

Detrás del ingreso principal apareció ante ellos un amplio patio, blanco y luminoso como solo en Andalucía podía serlo, que, entre coloridos naranjos, buganvillas y olivos, hacía las veces de distribuidor de las diferentes salas expositivas.

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El luminoso y anaranjado patio-distribuidor

Entraron entonces en la primera, la principal, donde en un escenográfico espacio de pilares de piedra y parquet de madera, relucientes bajo unos focos que los iluminaban suavemente, se materializaron unos emblemáticos y espléndidos coches de época de los siglos XIX y XX.

Los había de todas formas, tipos y colores, escoltados, por detrás, por unas vitrinas rebosantes de cascabeles y guarniciones, y, por delante, por unas modernas pantallas audiovisuales que explicaban detalladamente su historia y sus características estructurales.

Y mientras Aliapiedi y su pequeña se entretuvieron con fantásticas ideas de princesas, imaginándose románticos paseos entre castillos, jardines o palacios en fiestas, el hombre y el hombrecito de la familia, más prácticos y racionales, viajaron de forma interactiva a bordo de esos carruajes espectaculares.

Y cada uno con su tema, dentro de la inmensa nave bodeguera que aún custodiaba su olor y su solera, los cuatro, sin darse cuenta de que el tiempo apremiaba, invitados por el amable anfitrión, pasaron a la siguiente sala.

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Las cuadras de unos bólidos de cuatro patas

Allí les sorprendió un escenario totalmente diferente, el de un lavadero y, a continuación, el de unas cuadras destinadas para unos bólidos de pura sangre, para unos cuatro ruedas pilotados por cocheros de guantes y sombreros, para unos motores animados de unos Ferrari y Maserati jerezanos, protegidos y mimados en esos boxes privilegiados.

Los grandes y pequeños visitantes admiraron los puras razas allí “aparcados”, a la espera de lanzarse más veces al ruedo de picaderos o competiciones, y después de haberlos saludado, se dirigieron a la auténtica zona de trabajo, el área entre bastidores de unos “ingenieros del enganche” que, trabajando en la sombra, se dedicaban a la revisión de las “piezas”, la animal y la material.

De vuelta entonces al patio distribuidor, los cuatro accedieron a otra nave bodeguera, la más antigua del conjunto, datada, y por eso llamada, “1.810”.

Allí descansaban otros carruajes, puede que más sencillos en comparación con los anteriores, pero no por eso menos invitantes y encantadores. Pero las campanas de una cercana iglesia, puede que las de Santa Ana, rompieron de repente el sueño incipiente de bucólicas excursiones familiares sentados a bordo de esos clásicos ejemplares.

Eran, en efecto, las dos de la tarde, hora del cierre de las instalaciones, hora del estreno de un recuerdo renovado, para unos, y de un recuerdo recién creado, para otros,  de una emoción ecuestre vivida por segunda vez por los más grandes y por primera vez por los más pequeños.

Se fueron entonces los cuatro por donde habían venido, al encuentro con el resto de la familia en una antigua venta de carretera, renovada y reubicada, y en el breve recorrido, montados en un coche de caballos, motorizados que no animados, la madre guardó silencio ensimismada, aislada en un silencio pensativo, reafirmada en un pensamiento conclusivo: ese día, abierto con las danzas de increíbles caballos de Andalucía y que iba a finalizar con la pasión de misterios y palios de fervientes cofradías… ese día, con la mejor compañía, era un solo día en Jerez, en ese Jerez que ella adoraba, en ese Jerez que siempre amaría…

Ese era, pensaba ella, Jerez de la Frontera, Jerez con su solera, Jerez, sin embargo,… ¡a su manera!

Una nota final: Este relato jerezano, que va más allá de los límites geográficos de este madrileño blog, no estaba programado en la retorcida mente de Aliapiedi, que únicamente se había comprometido a subir unas fotos del espectáculo ecuestre al muro de “Aliapiedienfamilia”. Pero la amabilidad, generosidad y profesionalidad demostrada, primero con palabras y luego con hechos, por María José Rodríguez, Responsable de Gabinete de Prensa, Relaciones Públicas y Protocolo de esta prestigiosa institución, le ha empujado a escribir esta historia.

“Aliapiedienfamilia” es una pequeña pero gran familia, real y virtual que (¡por ahora!) no cuenta con miles de millares de seguidores, sino con unos cuantos centenares, aunque todos ellos muy fieles y observadores. Ciertamente, no se puede comparar con los medios de comunicación de masa y, sin embargo, sus cuatro componentes principales han sido recibidos y tratados como unos “grandes” de verdad, no de España, sino, como dirían los más pequeños, ¡del mundo mundial!

Así que, una vez más, queremos agradecer a todos y cada uno de los componentes de la Fundación Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre que hayan hecho posible esta inolvidable visita familiar: la nobleza y la elegancia que caracteriza la danza de vuestros purasangre al son de sus jinetes, también son predicables de todo un “real” equipo cuya silenciosa labor delicadamente la acompaña…

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Fundación Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre: nobleza y elegancia de todo un “real” equipo

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