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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Segunda parte]

[… Sigue]

Agarrándose a la barandilla que escoltaba los casi sesenta empinados peldaños, Aliapiedi, que había permanecido deliberadamente a la cola del grupo de exploradores, se esforzaba en ocultar su progresivo malestar y en ignorar los sudores fríos que, en consonancia con la baja temperatura que reinaba allí dentro, recorrían su cada vez más rígido cuerpo. Nada ni nadie, sin embargo, le iba a impedir seguir adelante con esa visita: sólo tenía que apoyarse con discreción en las paredes, o en el hombro de sus hijos, si era menester, hasta adentrarse, pasando desapercibida, en esa primera galería abovedada.

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La hostil escalera de ladrillo

Sin embargo, antes de emprender su peculiar descenso por aquella hostil escalera de ladrillo en el que debía sortear sendos ángulos rectos, el primero a la derecha y, tras un descansillo, el segundo a la izquierda, fijó su mirada en el pequeño tropel de visitantes que, desfilando en fila india por ese tortuoso y, a la vez, geométrico recorrido, le recordó por un instante un videojuego de su infancia, “Snake”, lo que le arrancó una pícara sonrisa, a pesar de las hostiles circunstancias.

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El estratégico ángulo de noventa grados

Pero, una vez más, desafortunadamente, aquello no era un juego, ni una inofensiva e informática serpiente cuya cola aumentaba progresivamente a la vez que se deslizaba por la pantalla de una prehistórica consola, siguiendo un recorrido huérfano de curvas pero rico en líneas primitivas que se sucedían en diferentes direcciones a través de ángulos de noventa grados, aquello era la pura y cruda realidad de un itinerario estratégicamente concebido para que el efecto de una posible deflagración rebotara sobre esas paredes perdiendo así su potencia y energía.

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La escalera especular hacia la entrada gemela

Los niños, atentos a esos “trucos” de estrategia militar que caracterizaban la estructura de un refugio de menos de un siglo de existencia, recordaron la excursión familiar que cuatro años atrás les había llevado hasta el “Lejano Oeste castellano”, donde tuvieron la oportunidad de conocer los castillos medievales de Coca, Arévalo y Mota, en cuyas visitas guiadas también habían aprendido unos increíbles y bélicos secretos. Y así, con las debidas comparaciones espacio-temporales, llegaron a una acertada conclusión: en las guerras, de entonces y de ahora, siempre había, y así seguiría siendo, algún genial arquitecto trabajando en la sombra y privado de emplear sus brillantes recursos y cualidades en edificios de diferente estilo y finalidad por haber nacido en el lugar y en el momento equivocados…

Y después de las tácitas reflexiones, los visitantes llegaron al final de la escalera hasta detenerse en un nuevo descansillo, frente a una puerta cerrada con una reja que llevaba, a través de una escalera especular a la que acababan de recorrer, al acceso gemelo de aquel por el cual habían entrado; a su izquierda se encontraba una puerta-esclusa de hierro separaba esta zona del pasillo central del refugio.

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La puerta-esclusa hacia el pasillo central

Una vez cruzado ese acceso, la nuda verdad del edificio subterráneo iba a hacer acto de presencia con todas sus inquietantes y dramáticas consecuencias…

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Avanzando hacia la zona central…

Una extraña y adrenalínica mezcla de miedo cautivador y curioso estupor se apoderó de todos los visitantes mientras que, azarosos, uno tras otro, superaban ese límite imaginario, o puede que no tanto, entre la ficción y la realidad, entre los conocimientos teóricos y los aprendizajes prácticos, entre todo lo que hasta ese momento habían escuchado y lo que, a partir de ese momento, nunca iban a olvidar.

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La estancia con líquidas presencias

Sin embargo, antes de los ojos, fueron los oídos los que les hicieron sobresaltar: un leve y rítmico sonido, inquietante en su cadencia tan constante, incesante en su murmullo acuático alarmante, insistente con su eco de gotas muy pacientes…

Parecía como si en el ambiente estuviera propagándose sinuosamente una liquida presencia cual aterradora protagonista de una película de miedo pero, en realidad, no se trataba de un conseguido efecto especial de un imaginario set cinematográfico, aún no, sino del testimonio de la existencia, en la primera estancia de ese búnker, a la izquierda, de un pozo y de una bomba reguladora del nivel de los depósitos de agua subyacentes que, aprovechando un antiguo circuito que pasaba por encima de las bóvedas del edificio, podía servir para abastecer, en caso de necesidad, con el vital liquido, a los desafortunados inquilinos de esa estructura, a la vez que impedir una posible inundación de la misma.

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Los restos de los originarios aseos

Enmudecidos por la crudeza del escenario, obedeciendo sin ser conscientes de ello al invisible dictamen de un cartel, ya desaparecido, que un tiempo rezaba al principio del recorrido “No obstruyan la entrada. Bajen la escalera rápidamente y en silencio”, los visitantes desfilaron ante una segunda habitación, siempre a su izquierda, de mayores dimensiones que la anterior y distribuida en dos espacios. Se trataba de  los aseos y, aunque a primera vista conceder que aquella estancia estuviera destinada a tal fin les pareció un acto de generosa confianza, al reparar en los detalles señalados por el guía, pudieron finalmente convencerse, sin verlos de verdad, de que aquello que estábamos contemplando eran los restos de unos originarios inodoros, separados por una especie de mamparas o cabinas, y de una ducha destinada a cubrir las necesidades higiénicas de los allí refugiados, y no para su descontaminación como posibles gaseados, según las teorías de otros estudiosos.

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Entre bastidores, o entre compuertas, camino del escenario principal

Aunque esas espantosas palabras –“inundación”, “gases”,  “descontaminación”–, recurrentes en el relato del anfitrión, eran ya de por sí suficientes para componer un panorama espeluznante, se trataba sólo de la antesala, entre bastidores, del verdadero y dramático escenario principal, el que apareció en toda su álgida frialdad tras una segunda puerta de hierro estanca: el pasillo central.

Casi de inmediato, los cuerpos de todos los asistentes fueron sacudidos por unos violentos escalofríos provocados, no sólo por esa siniestra visión que oscurecía, y a la vez hacía palidecer, el recuerdo de la película “El resplandor”, sino también por las bajas temperaturas. Aliapiedi, en cuyo cuerpo comenzaba a consolidarse lo que ya tenía todos los visos de ser una contractura, estaba sobrecogida ante un escenario tan tristemente evocador; ese ambiente, tan frío y decadente, rescatado por aquellos que no querían olvidar y que seguía presentando adrede su aspecto original, era justo como se lo había imaginado: reluciente de una potencial oscuridad, brillante de una suciedad mermada pero no completamente eliminada, resplandeciente de unas huellas del pasado no del todo borradas.

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El “resplandeciente”, y a la vez oscuro, pasillo central

Aquel lugar era verdaderamente impresionante; aquel lugar daba mucho que pensar…

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La enfermería (afortunadamente) inutilizada

A ese pasillo distribuidor, de unos treinta metros de largo y dos de ancho, asomaban diferentes estancias, distribuidas geométricamente y destinadas a diferentes funciones predeterminadas. A través de unas puertas imaginarias, sustitutas de las originarias, todas ellas desaparecidas y en su día hechas de madera, como atestiguaban los marcos, todavía en pie aunque víctimas del constante ataque de la humedad, los de Aliapiedienfamilia caminaron despacio, respetuosamente, como si estuvieran pisando un lugar sagrado, ante una enfermería (afortunadamente) en eterna espera de médicos apresurados, enfermeros agitados y heridos descontaminados, ante puestos de mando, donde nunca nadie mandó, y de descanso, donde nunca nadie descansó.

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Una de las diferentes estancias

Y una vez más el silencio, un silencio respetuoso, se impuso entre todos.

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Una de las chimeneas exteriores

Esas siete salas, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, desnudas y desoladoras, concebidas para sobrevivir a las barbaries humanas, hablaban por sí solas: esas bandas laterales de color rosa, o de un rojo desgastado, que recorrían horizontalmente las paredes alicatadas con azulejos blancos, casi partiéndolas por la mitad, no tenían, o no parecían tener, una función decorativa, sino más bien orientadora: la de dirigir, en caso de apagón, el errático camino de los altos mandos allí refugiados, cuales líneas guías parecidas a aquellas luminosas de emergencia del suelo de los aviones; ese mismo pavimento de solera de hormigón formado por baldosas con pintorescos y geométricos motivos, tales como rombos, triángulos y cuadrados en función de las estancias, incluido el pasillo distribuidor, donde se alternaba el amarillento blanco roto por el tiempo y el rojo apagado por la historia, no era el fruto de una artística inspiración sino de una estudiada función: la de enderezar los pasos perdidos de los desafortunados y temporáneos, o, peor aún, permanentes, inquilinos del inquietante hogar subterráneo; esos extraños agujeros, casi a ras del suelo, que en su día estarían cubiertos por unas rejillas, no servían, como podían pensar los más pequeños, para un inocente y divertido juego al escondite, sino más bien para el más serio y malicioso juego de conductos horizontales y verticales que, desembocando al exterior a través de dos altas chimeneas de ladrillo visto, componían el elaborado puzzle del sistema de ventilación, y a la vez de protección, gracias a esos cambios de orientación, contra la posible letal propagación de gases tóxicos.

Terribles escenas de pánico, entre humo, alarmas y deflagraciones, empezaron a recorrer la fantasiosa mente de Aliapiedi mientras que el anfitrión, con sus inquietantes explicaciones, no hacía sino empeorar las catastróficas visiones, tras revelar cómo allí abajo todo estaba milimétricamente estudiado para que ese refugio tan avanzado no se convirtiera, en el peor de los peores casos, en una terrible ratonera.

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La salida…

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… hacia la calle Rambla

Y así, en uno de los dos pasillos paralelos que comunicaban por detrás todas esas habitaciones, los visitantes pudieron también divisar, al final de la segunda estancia a la derecha, los restos de un acceso, ahora cerrado con barrotes y candado, que, a través de una escalera que se perdía en la oscuridad, permitía, en caso de necesidad, alejarse rápidamente de los caprichos del pacífico jardín y del bélico destino, desembocando, a través de otra puerta hermética, la tercera del conjunto, en la hermosa calle Rambla.

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La salida posterior, cerca de la piscina

Los asistentes, sin embargo, se percataron de que faltaba en el recuento una última puerta, la que daba a la parte posterior del conjunto, cerca de la piscina del jardín y a un nivel próximo al de la superficie del terreno, sin embargo el guía les aclaró que debían esperar al final de la visita para contemplarla desde el exterior.

Pero antes les faltaba ver una última sala de ese túnel (ahora) iluminado con fluorescentes blancos, al final del cual, por absurdo, no se veía la luz sino, una vez más, ¡la oscuridad!

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La oscuridad al final del túnel

¿Qué era ese lugar que parecía surgir de las tinieblas y que estaba precedido por una puerta caída, levantada y fijada en la pared?

¡Se trataba de la cocina!

Los asistentes, más desorientados que antes, se pararon repentinamente, asaltados por las dudas mientras que Aliapiedi, cansada y dolorida, desataba su propia batalla contra un peligroso e insidioso vórtice de preguntas sin respuestas: ¿De verdad que era posible que esa lúgubre estancia pudiera convertirse en un lugar de placer gastronómico? ¿Cómo podía nadie tener apetito en esas circunstancias mientras sobre sus cabezas caían bombas o granadas? ¿Quién iba a “tener estómago”, nunca mejor dicho, para reunirse alrededor de una mesa, como si nada, si unos pocos metros más arriba, los “no elegidos” se enfrentaban al infierno de la guerra?

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Más chimeneas de ventilación

Aunque no quedaba rastro alguno de lo que un tiempo fue una cocina,  pudieron observar los restos de un originario cuarto de maquinaria, dotado de un generador de electricidad de gasoil y de unos depósitos de combustible para prevenir la eventualidad de un corte de corriente, y una bomba impulsora de aire para expulsar hacia fuera los escasos agentes tóxicos que pudieran superar la ya de por sí eficaz estructura del articulado sistema de ventilación.

Pero la historia, o mejor dicho, las historias de ese búnker tan ingenioso no acababan allí.

Todavía quedaba una más por contar, que hizo sobresaltar a todo el mundo: la del terror que allí abajo se había recreado.

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La estancia del terror y de un “gran amor”…

En efecto, esa estancia en forma de L, ahora ocupada por un solitario banco de obra adosado a una de sus negras paredes, así pintadas adrede, había sido  elegida por distintos cineastas para rodar escenas de la segunda Guerra Mundial e, incluso, para reproducir la demora sepulcral del vampiro más famoso del mundo. Los más pequeños, animados por ese relato, intentaron empujar aún más su mirada entre los barrotes de esa sala, mientras que Aliapiedi reflexionaba sobre la ironía de la realidad y de la ficción, sobre cómo lo que podía haber sido la última morada de seres vivos, víctimas de un cruel y real destino, se había convertido para la ocasión en el hogar de seres muertos o revividos protagonistas con motivo del rodaje de la película “El gran amor del Conde Drácula”.

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La paciente estalactita

Resentida, física y mentalmente, dando la espalda a la puerta metálica estanca de ese cuarto oscuro en el que, por efecto de la constancia de la cal del agua y de la paciencia de un tiempo transcurrido sin prisa pero sin pausa, se estaban materializando una estalactita y una estalagmita, se encaminó, casi arrastrándose por el suelo, hasta la parte final del búnker, hacia una galería que, detrás de un nuevo ángulo de noventa grados, se abría a la izquierda de la galería principal.

Allí, entre dos puertas de hierro, a la derecha, el guía les mostró una última habitación, cuadrada, dotada también de una chimenea vertical de ventilación que conectaba con el exterior, aunque más baja que las anteriores y enfoscada, posiblemente utilizada para el cuerpo de guardia.

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Una posible armería

Y allí, en ese último, y corto, pasillo donde también se abría un pequeño hueco en la pared de enfrente, puede que utilizado como armería, el anfitrión dio finalmente por terminada una visita que, por las preguntas, las observaciones y, sobre todo, las emociones de todos los asistentes, había durado más de lo debido.

A todo el mundo le tocaba volver allá de donde había venido, pero Aliapiedi, a pesar de su malestar, se sintió incapaz de abandonar ese refugio tantas veces deseado sin despedirse de él como era debido. Y así, de puntillas, desde esa última compuerta entreabierta, colofón final de ese estratégico, y a la vez dramático, túnel subterráneo, dando rienda suelta a su fantasía, lanzó su mirada tras ella, tras su rígida estructura, tras la posible amargura encerrada en el final de ese túnel casi infernal.

Y por fin vio la luz.

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¡La luz al final del túnel!

La luz que se colaba a través de una escalera empinada, invadiendo y atosigando con su maravillosa energía todas las estancias de un refugio que nunca tenía que haberse construido; la luz de un ambiente exterior, atacado y golpeado por los rayos de un nuevo sol donde desfilaban orgullosos “caprichos” de alto mando, bajo la complacida mirada de plantas y flores condecoradas, ataviadas con pintorescos y neutrales uniformes multicolores; la luz de centenares de vidas humanas que con la alegría y despreocupación propias del fin de semana bombardeaban el edificio escondido al nivel inferior, derrotando pacíficamente al fantasma de un trienio de auténtico terror; la luz de un recuperado búnker del pasado, inutilizado y abandonado por los caprichos de la Historia, convertido al fin en el luminoso símbolo de una memoria, ya no tan “caprichosa”.

Una nota final: Después de esta intensa, y sufrida, aventura en familia, Aliapiedi, gracias a un par de días de reposo (casi) absoluto, se recuperó de la inesperada contractura. Cuentan por allí que en este 2018 recién estrenado volverá a caminar “a piedi”, y a volar con la fantasía de sus “alia(i)piedi”, en un nuevo y (casi) super-secreto proyecto madrileño. ¿Cuál será? Id a www.infobarajas.com y descubriréis toda, o casi toda, la verdad sobre la protagonista de este blog en: “La mirada de Aliapiedi: Una milanesa en Madrid”.

Buona lettura a tutti!

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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Primera parte]

Llevaba un largo quinquenio esperando que el (ahora) tan famoso búnker de su amado jardín madrileño, El Capricho, volviera a abrir sus puertas al público; llevaba un año entero tratando de apuntarse a una de las visitas guiadas gratuitas que se organizaban en su interior los fines de semana; llevaba unos cuantos días contando las horas para esa ansiada cita con la historia…

Era un domingo de mayo y, debido a la emoción, Aliapiedi se había despertado antes de lo habitual. Afortunadamente, también el resto de los integrantes de la familia ese día se habían liberado temprano de los cómodos brazos de Morfeo, preparados para una nueva aventura.

Sin embargo, en el breve recorrido a piedi que separaba a los cuatro de su meta, la madre empezó a notar unas leves, pero progresivas, molestias, físicas y psicológicas; inusualmente restó importancia a las primeras centrando su atención, y su preocupación, en las segundas dado que en ese momento eran las que podían traer peores consecuencias.

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Uno de los accesos del Polvorín, oculto entre la vegetación…

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… y su chimenea de ventilación

Dejó entonces de mirar complacida la cara de sus hijos, tan impacientes como ella por el inminente encuentro “bunkeriano”, al rememorar su tierna infancia cuando jugaban a buscar entre la rebosante vegetación del jardín los accesos, más o menos secretos, y las chimeneas de ventilación de esta construcción subterránea y de las otras dos existentes en el mismo recinto, el Polvorín y la Galería de Escape, y empezó a dudar de todo: de sí misma, de los demás y ¡del equilibrio universal!

Mientras se esmeraba en disimular, con escaso éxito, el sudor frío, y a la vez cálido, que emanaba de los poros de su piel, a hurtadillas, con una soltura y habilidad digna de un elefante en una tienda de cristal, buscaba y rebuscaba con discreción en su móvil un correo electrónico de importancia casi vital, y transcurridos unos eternos segundos de pánico, por fin encontró la anulación de una primera reserva que,  imperdonablemente, para su marido, coincidía con un crucial partido del Real Madrid, y la confirmación de una sucesiva, para aquel día y con toda la familia: ya podía respirar hondo, secarse las gotas de sudor y empezar a disfrutar de ese prometedor día primaveral.

Llegaron así al jardín de su duquesa favorita, la de Osuna, admirable mecenas y responsable de haber concebido y querido con todas sus fuerzas esa joya arquitectónica y vegetal, y, superados los tornos de entrada, los cuatro se dirigieron hacia la originaria Plaza de Toros, justo delante de la noble reja de acceso al magnífico recinto del palacio ducal.

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Columna de los Enfrentados

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La Exedra

En el coso ya les esperaba uno de los preparados y apasionados profesionales de Inversa que, lista en mano, verificaba la identidad de  los allí congregados y, cuando pronunció los nombres de los componentes de Aliapiedienfamilia, ella sonrió orgullosa. 

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Estanque del Parterre

Tras el meticuloso control, previa presentación de sus documentos de identidad, los cuatro consiguieron por fin sus identificaciones como visitantes y, en compañía de otros dieciséis participantes, se encaminaron, en perfecta formación (casi) militar, hacia el paseo principal de El Capricho, siguiendo a su provisional comandante en jefe.

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El Laberinto

A ella, sin embargo, le costaba no poco esfuerzo mantener el ritmo de los demás, y no sólo por culpa de sus molestias físicas, que iban a más, sino sobre todo por las “caprichosas” distracciones de siempre: ¿Cómo no pararse a admirar cada mínimo detalle de ese jardín paisajista que rebosaba por todos sus rincones belleza y armonía?

No podía, tampoco lo pretendía, desfilar impasible bajo la autoritaria mirada de las Columnas de los Enfrentados o de la imperial Exedra o del geométrico y circular Laberinto o del cuidado Parterre con sus pintorescos estanques o de la chispeante Fuente de las Ranas

Y así, como de costumbre, se perdió por el jardín de la mano de su fiel compañera, la fantasía

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La Fuente de las Ranas

Fueron entonces sus familiares los que, discretamente, alejándose de los demás componentes de la expedición, fueron a rescatarla de su onírica dimensión, reorientando sus pasos y, sobre todo, sus pensamientos hacia la meta establecida.

De vuelta a la realidad, Aliapiedi se encontró así cara a cara con él, su secular amigo/enemigo íntimo, el protagonista de sus sueños y de sus pesadillas: el popular Búnker del General Miaja o, más correctamente el Refugio del General Miaja, por tratarse de una estructura concebida con esa finalidad.

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El Bunker del General Miaja en todo su escalofriante esplendor militar

Allí estaba él, con todo su escalofriante esplendor militar y su inquietante valor estratégico, invitándoles a cruzar una de sus cuatro entradas, la que estaba al lado del palacio ducal, en un talud que aprovechaba  la elevación del terreno, que estaba abierta de par en par para esa ocasión.

Ella no podía creer lo que estaba viendo: ese ingreso no era un simple acceso a una histórica construcción, sino que simbolizaba la efectiva materialización de un largo e intenso plan de apertura al público, promovido y apoyado por una plataforma creada ad hoc y por diferentes asociaciones e instituciones socio-político-culturales del barrio, un proyecto que parecía no tener fin y que, sin embargo, se había hecho realidad…

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Un simbólico ingreso, por fin abierto…

A pesar de sus dolencias físicas, ella tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato y a toda velocidad dentro del refugio así que, luchando contra sus deseos, esperó paciente, haciendo un ímprobo esfuerzo por frenar sus instintos durante unos diez minutos más, casi quince, que fue lo que duró la necesaria explicación introductoria de otro capitán general, es decir un nuevo guía de Inversa, encargado de conducir al reducido tropel de visitantes hasta las entrañas del atípico edificio.

Antes de emprender la bajada, el anfitrión les recordó las precauciones a tomar durante el recorrido, pero todas esas advertencias, que también rezaban en un impoluto cartel que colgaba del muro exterior del refugio, lejos de espantar a los experimentados exploradores, despertó en ellos, sobre todo entre los más pequeños y los seres “aliapiedescos”, un deseo aún más intenso de emprender cuanto antes ese itinerario; de hecho, aparentemente, con una silente excepción, todo el mundo parecía encontrarse en perfectas condiciones para afrontar la inminente aventura: nadie llevaba tacones, nadie –que se supiera– padecía insuficiencia respiratoria, nadie –parecía– tenía alergia a las arañas. Pero la arácnida referencia perturbó la feliz existencia de la más pequeña de Aliapiedienfamilia que, nada más oír esa palabra empezó a temblar: no era alérgica pero profesaba casi un respeto reverencial, más bien pánico, hacia dicha especie y, en general a todo ser vivo no humano existente sobre la faz de la tierra, especialmente los más diminutos: “¿Arañas?” –se preguntaba desconcertada– “¿Esas espantosas criaturas que trepaban por las paredes?” “¿Esos monstruos de ocho patas que, según las leyendas italianas que le contaba, o se inventaba, su madre, traían buena suerte a quien las encontraba?”.

A la pequeña el plan familiar ya no le parecía tan alentador pero, a pesar de sus reparos, ya no estaba a tiempo de arrepentirse. La narración de la historia del búnker había comenzado, arrastrando a todos los asistentes a la triste época de la Guerra Civil, en concreto a aquel agosto de 1937, cuando con las tropas nacionales a las puertas de la capital, el General Miaja había decidido alejarse del frente y trasladar el puesto de mando del Ejército de Centro desde los sótanos del edificio sede del Ministerio de Hacienda, ubicado al principio de la calle Alcalá, cuyo entorno ya había sido bombardeado por la aviación enemiga, hasta la finca de la Alameda de Osuna, que por aquel entonces había sido abandonada por sus últimos propietarios, los Baüer, y que se encontraba estratégicamente situada en el originario camino entre Madrid y la ciudad cervantina, cerca de los aeródromos de Barajas, Alcalá y Algete, cómodas vías de evacuación en caso de asalto. Era tal el temor de Miaja a una agresión aérea, que mandó construir en esta zona densamente arbolada, ideal para el camuflaje, un refugio subterráneo que, junto con el palacio de siempre y otras instalaciones, nuevas o reutilizadas, como la ya nombrada Galería de Escape o el Polvorín, acabaron por integrar la llamada “Posición Jaca”, el nombre en código que recibió este nuevo cuartel general secreto de los republicanos, que no aparecía nombrado en ningún documento del periodo de la República, como si de un fantasma se tratara, y que durante un breve espacio de tiempo convivió con el anterior, el ubicado en la calle de Alcalá y conocido como “Posición Japón”.

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El Palacio, vigilando perplejo al cercano búnker

A las puertas de ese refugio con el Palacio a sus espaldas, ajenos al drama de una contienda tan sangrienta como fraternal, los más pequeños, al oír esos evocadores nombres en código, fantaseaban con la imagen de una guarida (casi) inexpugnable de un villano de una película de James Bond; sin embargo, a medida que el experto anfitrión avanzaba en el relato de los hechos, la imagen del exuberante recinto donde se encontraban, repleto de plantas y flores de todo color y tipo, fue paulatinamente transformándose en la mente de todos los asistentes en un bélico escenario en blanco y negro, pisoteado por militares con pesadas armas letales, por caballos entrenados para enfrentarse en contiendas de seres superiores, supuestamente racionales, o por tanques sin alma preparados para lanzar al aire mensajes de ruina y de muerte.

En esa tesitura, los pequeños cayeron en la cuenta de que las guerras, las luchas y los combates, tantas veces simulados en sus inocentes juegos de infancia, no eran en realidad tan divertidos, y menos aún cuando se enteraron de que aquella construcción de aspecto exterior tan pintoresco, con la hiedra escenográfica y románticamente trepando por sus rojas paredes de ladrillo, podía encerrar, casi engullir, en su interior hasta doscientas personas que, en caso de ataque aéreo o, peor aún, químico, podían sobrevivir durante quince días en ese forzado hogar colectivo, posible tumba, después, de seres vivos…

Afortunadamente, como se apresuró a aclarar el guía, ese búnker tan atípico, construido para “alojar” las más altas autoridades militares y, por ende, caracterizado por una arquitectura bien diferente de otros esparcidos por Europa, de aspecto gris y frío, jamás cobró protagonismo durante la pelea trienal entre hijos y hermanos de un mismo país.

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La puerta gemela de acceso al búnker

Finalizada la inquietante introducción, los niños respiraron aliviados, dispuestos a emprender su peculiar aventura ¡dieciséis metros bajo tierra!, que bien podía ser de “20.000 leguas de viaje submarino” por cuanto ese refugio antiaéreo había sido concebido, precisamente, como una especie de sumergible terrestre, gracias al asesoramiento de especialistas de la Marina. Sólo bastaba con fijar la mirada en esa primera puerta metálica, flanqueada por una gemela a unos pocos metros de distancia, para darse cuenta de sus características navales: el ojo de buey de cristal reforzado, la junta de goma para su clausura hermética, el cierre a presión con cerrojo giratorio.

Por fin había llegado el momento de cruzar ese acceso para entrar en un mundo fuera de contexto…

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La planta del monstruoso búnker

[Continuará…]

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Pedraza y Sepúlveda: Regreso al pasado (Segunda parte)

La reliquia del pasado: ¡Una cabina telefónica!

¡La reliquia del pasado!

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Mota, Arévalo y Coca: Una aventura medieval… ¿en el Lejano Oeste? (Primera parte)

Érase una vez un castillo, o mejor, unos castillos, unas damas y unos caballeros…

¿Qué mejor manera para empezar el cuento que íbamos a vivir? Ya teníamos todos los ingredientes necesarios para que una tranquila excursión fuera de Madrid se convirtiera en una apasionante aventura medieval.

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Andén 0 – Nave de Motores: En el País de los Gigantes…

En el post dedicado a la fantasmagórica Estación de Chamberí, os conté que al finalizar el recorrido subterráneo los empleados del lugar nos recomendaron vivamente acercarnos al segundo espacio incluido en el proyecto “Anden Cero”, la Nave de Motores.

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Andén 0 – Estación de Chamberí: ¿La estación fantasma o los fantasmas de la estación?

Son muchos los tesoros escondidos de Madrid y entre ellos sin duda se encuentra la antigua Estación de Chamberí que, oculta a los ojos de la mayoría, nada tiene que envidiar, tras su restauración, a las mucho más famosas paradas del metro de otras ciudades. Sigue leyendo

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