EXCURSIONES

El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Primera parte]

Hace dieciséis años, sin pensárselo dos veces, Aliapiedi lo había dejado todo, familia, amigos y trabajo, para seguir a un joven madrileño que, por un capricho del destino, se había cruzado en su camino en un congreso interuniversitario cordobés.

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Basílica de Sant’Ambrogio

Tras una despedida a lo grande de su amada ciudad de nacimiento, Milán, con una tradicional, y a la vez original, boda ítalo-española, celebrada en la misma iglesia donde habían contraído matrimonio sus padres, la espléndida Basílica di Sant’Ambrogio, patrón de la capital de Lombardía, y sin echar la mirada atrás, aterrizó en una nueva ciudad en la que contaba apenas con unos cuantos conocidos.

Ella era instintiva, apasionada, sentimental y, a diferencia de él, un poco irracional; en aquel momento de su existencia lo único que le importaba era estar para siempre al lado del hombre de su vida, de su flamante marido, del futuro padre de sus hijos. Y había acertado.

Él se preocupaba por ella, la cuidaba, satisfacía todos sus deseos y, de vez en cuando, la sorprendía con el mejor de los regalos: una excursión en el día, una escapada de fin de semana o un viaje con una estancia más larga. Precisamente, con ocasión de una de estas aventuras fuera de Madrid, el armonioso equilibrio entre ambos empezó a peligrar…

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San Vicente de la Barquera

Acababan de llegar a Santander, el sorprendente destino que no había tardado en cautivar a Aliapiedi con su elegancia y belleza marinera, y, tras un par de días explorando la ciudad, con sus puertos, sus parques, sus playas y sus bares de tapas, una mañana soleada, de esas que tanto escasean en el norte de España, él decidió llevarla de excursión para explorar la costa occidental de Cantabria, llegando hasta San Vicente de la Barquera, para disfrutar de una comida con vistas al Parque Natural de Oyambre y a las caprichosas aguas oceánicas que, en función de las mareas, subían y bajaban, abrigando o desnudando porciones de tierras habitadas por aves, cangrejos y animales más extraños.

Sin embargo, debido a los tiempos propios de una pareja de enamorados, las horas se les fueron escapando, arrastradas por el mismo viento que encrespaba las olas del rabioso Mar Cantábrico, por lo que se vieron obligados a replantearse la posibilidad de renunciar a visitar Comillas, otro conocido pueblo costero, que estaba incluido en el plan original.

Pero ella era caprichosa como una niña y proverbialmente reacia a renunciar a nada, especialmente a una visita, y más aún tratándose de un lugar que tenía tan cerca y que ya había centrado toda su atención por la abundancia y relevancia de los monumentos señalados en su guía, así que, como de costumbre, puso todo su empeño en convencer a su altruista y generoso marido para que accediera a esa toccata e fuga a la italiana, y él, como siempre, acabó cediendo por agotamiento. No obstante, conforme se iban aproximando al anhelado destino, ella empezó a notar en su interior un extraño sentimiento in crescendo, una rara mezcla de sospechosa inquietud y hermosa excitación. A través de su sexto sentido “aliapiedesco”, el de la imaginación, percibió que “alguien” o “algo” la estaba silenciosamente llamando, la estaba suavemente atrayendo, la estaba delicadamente empujando hacia un punto, posiblemente, de no retorno, de modo que, aprovechando su función de copiloto, dejó que su subconsciente les llevara a ambos hacia ese lugar no muy bien definido.

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Universidad Pontificia

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Praderías y océano

En teoría los dos habían acordado acercarse a la sede de la Universidad Pontificia pero, cuando empezaron a bajar por una de las muchas colinas rebosantes de praderías que competían, en el horizonte, con el azul del océano, tras avistar desde la lejanía la espléndida silueta de este edificio que fusiona el estilo gótico-mudéjar de Martorell con la posterior decoración modernista de Domènech i Montaner, ella, ignorando deliberadamente las indicaciones que llevaban al destino, lo condujo por unas vías que se abrían paso entre antiguas y nobles casonas y nuevas y lujosas urbanizaciones.

Él no entendía el motivo de ese cambio de rumbo repentino, de porqué su mujer estaba renunciando a admirar más de cerca ese edificio con su broncea Puerta de las Virtudes, pero, frente a su determinación, la llevó allá donde ella quiso.

Y así fue como, al final de un camino de guijarros, flanqueado por árboles centenarios, “él” apareció en todo su esplendor, besado por los rayos del sol que exaltaban su belleza exterior.

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¡”Él” en todo su esplendor, besado por los rayos del sol!

Ella se quedó sin aliento; el corazón le dio un vuelco, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y un calor inesperado lo apagó de inmediato.

Algo había pasado: Aliapiedi se había enamorado.

Una nueva pasión había entrado prepotentemente en su vida y ella, avergonzada por ese inesperado y arrasador sentimiento, le pidió a su marido que se alejara cuanto antes de ese sitio: quería cancelar de su mente ese “alguien” tan especial, tan cautivador y tan embriagador que, con su extravagancia y originalidad, había anidado inevitablemente en su corazón…

[Continuará… ]

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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Segunda parte)

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… y callejuelas

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“A piedi” entre calles…

[Sigue…] Los tres, cuyo afán turístico ya había sido ampliamente satisfecho con los secretos (revelados) de la grandiosa facultad, se dispusieron entonces a caminar por la ciudad, recorriendo calles, callejuelas, pasajes, pasadizos, plazas, plazoletas y cobertizos, alcanzando finalmente la magnífica y asombrosa plaza central de Toledo, a la cual, entre otros, asomaban la espectacular, y gótica, Catedral, el imponente Palacio Arzobispal, la Audiencia Provincial y el herreriano Ayuntamiento que le daba nombre.

En la planta baja de este último estaba alojada la oficina de turismo, donde se hicieron con un par de mapas turísticos que la madre utilizó para trazar un recorrido “a piedi”, invitando a sus hijos a emprender una laberíntica y peculiar caza del tesoro urbana –en realidad, los tesoros, arquitectónicos, eran numerosos–.

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La grandiosa plaza del Ayuntamiento con el homónimo edificio y el Palacio Arzobispal

La ciudad, con su complejo entramado, se prestó al juego y los niños-guías, cuales Teseos del Nuevo Milenio, se adentraron en los invitantes pasadizos que, como si de portales espacio-temporales se tratara, parecían llevarles hacia nuevos mundos, históricos y culturales.

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El pasadizo-portal espacio-temporal

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El campanario cercado por sus vecinos

Así, tras disfrutar de una curiosa perspectiva del campanario de la catedral desde la limítrofe plaza del Consistorio, cruzaron el pasadizo del Ayuntamiento y, como por arte de magia, se vieron inmersos de lleno en el universo cristiano medieval, representado por el convento de Santa Úrsula, la iglesia de El Salvador, y el antiguo convento de San Marcos.

Los jóvenes exploradores no se percataron de que estaban regresando al punto de partida pero fue, precisamente, gracias a ese comprensible error de desorientación que se toparon con un imponente portal, protegido por una alta y robusta muralla de metal y vigilado por un alto torreón perteneciente a una vivienda de aspecto muy original.

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Una invitante apertura en una moderna muralla

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Una misteriosa galería en una aparente soledad

A pesar de la confusión, ellos decidieron seguir aquella señal y, sin pensarlo dos veces, atravesaron ese acceso entreabierto que quizás les transportara a otra realidad.

Y así fue.

Accedieron a un lugar sumergido en una aparente soledad que, a pesar de su centralidad, pasaba desapercibido a la mayoría de los turistas; allí los únicos seres (no vivos) eran unas extrañas composiciones de hierro, ubicadas en un empedrado lateral salvado adrede por una restaurada pavimentación principal.

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El mundo antiguo y moderno del Archivo Municipal

Los tres aguzaron entonces la vista para divisar, a través de una puerta de cristal, tras un arco antiguo modernamente enmarcado, una misteriosa galería.

Cautelosamente, se dirigieron hacia aquel pasaje tan extraño y tan obscuro, hasta alcanzar otro mundo, un mundo extraño, un mundo original e intenso, hecho de maquetas, monedas y antiguos documentos mezclados con soportes, estructuras y medios modernos. Se trataba del Archivo Municipal, resultado de la enésima y premiada adaptación de un edificio religioso, el mencionado convento de San Marcos, a una nueva función.

Los tres se entretuvieron largo rato en ese pacífico lugar, admirando ese reino misterioso y, a la vez, cautivador, interrogando a los amables empleados para satisfacer su curiosidad, antes de dejar atrás aquel universo peculiar.

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El estático mapa de “Juego de Tesoros” en el “Reino de Toledo”

Esa ciudad era una auténtica caja de sorpresas y sus cambiantes escenarios le recordaban a Aliapiedi el dinámico mapa que aparecía en la cabecera de una de sus series favoritas, “Juego de Tronos”, con sus diferentes reinos aquí reunidos en uno solo, el mejor de todos, el “Reino de Toledo”.

En efecto, un poco más allá, los tres visitantes se toparon con el territorio judío, la Judería, tal y como se atestiguaba en el empedrado, en las paredes y en las esquinas que lo componían.

Allí, sorteando nuevamente travesías, callejones y plazoletas extrañamente vacías llegaron a la Sinagoga del Tránsito, sede también del Museo Sefardí.

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Sinagoga del Tránsito y Museo Sefardí

Aunque el edificio, convertido en iglesia de la orden de Calatrava tras la expulsión de los judíos, no estaba abierto al público ese día, pudieron disfrutar del magnífico panorama desde la explanada situada frente a la sinagoga: el plácido río, las casas escondidas entre la vegetación, las rocosas colinas precipitándose sobre el vacío…

Ante aquel soberbio cuadro, la madre volvió a recordar su patria natal, en esta ocasión su augusta capital, la llamada “cittá dei sette colli” que, desde el punto de vista orográfico, tenía bastantes elementos en común con la villa toledana –o puede que fuera su eterna nostalgia la que le provocaba esas atrevidas comparaciones– y, después del momento contemplativo (y comparativo), los tres alcanzaron el siguiente destino: la Sinagoga de Santa María la Blanca, también convertida en iglesia a principio del siglo XV.

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Sinagoga de Santa María la Blanca: pilares, arcos y capiteles por doquier

Tras atravesar su ameno jardín, que inspiraba paz y serenidad, bajo un soberbio techo de madera de artesonado, los niños, que nunca habían entrado en un edificio religioso judío, se vieron rodeados por decenas de pilares octogonales, arcos de herradura y capiteles, a base de piñas y lacerías, decorados con suma maestría, entre frisos policromados en yeso con motivos vegetales, geométricos y epigráficos, en el típico estilo mudéjar. Aquel lugar formaba parte del legado de los más de diez mil hebreos que habían convivido serenamente y en armonía con las demás comunidades, la árabe y la cristiana, instaladas en la primitiva capital del reino castellano-leonés de Alfonso VI, sucesivamente declarada ciudad imperial por Alfonso VII, y en las jóvenes mentes de los infantes se sucedio una pregunta tras otra: ¿Por qué ya nadie rezaba allí? ¿Por qué unos reyes tan católicos habían roto una antigua y floreciente paz social y religiosa? Y, sobre todo, ¿cuándo volvería a imponerse la paz por encima de todos y de todo?

Eran preguntas de difícil respuesta, de modo que Aliapiedi se limitó a recordarles su aventura madrileña en el corazón del “Jardín de las Tres Culturas” del parque Juan Carlos I, en aquel “mágico y onírico paraje [donde] no cabía la guerra, no cabía la ofensa, no cabía la intolerancia: sólo paz, respeto y convivencia”, demostrándoles que nadie perdía la esperanza, aunque fuera sólo en términos simbólicos, vegetales o intelectuales, de reunir otra vez a todas las creencias bajo un mismo espíritu conciliador. Había que confiar, siempre…

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Perdidos por las calles…

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… ¡y por el callejero!

Pero ya se había hecho tarde y a la salida del templo las mentes de los niños, con su característica e inocente despreocupación, pasaron a estar ocupadas en un asunto que en ese preciso instante les resultaba mucho más urgente que la paz universal: el hambre.

De prisa y corriendo, cruzaron otra vez el barrio judío, perdiéndose, reencontrándose y volviéndose a perder, y después de muchos rodeos, llegaron a la plaza Zocodover, donde les esperaba no sólo su padre para un almuerzo fugaz y frugal, sino también un medio de transporte especial, un tren excepcional, un tren imperial: el Zocotren.

Tras despedirse nuevamente del profesor, que tenía que volver a su dulce hogar profesional para cumplir con sus obligaciones docentes postmeridianas, los tres se dejaron llevar, primero por las tortuosas calles del casco histórico y después por las, más amplias, que rodeaban el mismo.

Uno tras otro desfilaron el Alcázar, el mismo que habían avistado por la mañana desde la lejanía, la Puerta del Sol, de influencia nazarí, con su arco de herradura enmarcado en otro de mayor tamaño, la mudéjar iglesia de Santiago del Arrabal y, ya fuera del recinto amurallado, más allá del plácido Tajo, el pintoresco puente de Alcántara con sus dos torres de estilo diferente, mudéjar la una y barroca la otra, elevándose grandioso sobre el río.

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Panorámicas…

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… toledanas

Las vistas sobre la ciudad desde lo alto de una empinada carretera eran superlativas y casi a la altura del punto más alto del cerro que estaban recorriendo, el conductor-maquinista paró el vehículo, invitando a todos los pasajeros a apearse, no con la intención de abandonarles a su suerte en tan hermoso lugar, sino con el sano propósito de que pudieran disfrutar con más tranquilidad de un panorama sin igual entre densos cigarrales, desde el que la ciudad de Toledo, con sus casas, sus palacios, sus iglesias, sus conventos y su Catedral, escoltada por el imperial Alcázar a un lado y por la majestuosa Universidad al otro, se divisaba en todo su esplendor, besada por una luminosidad que la transformaba en una estática postal, casi irreal.

Pero aquello era real: toda esa monumentalidad, toda esa historia, toda esa cultura allí reunida era auténtica e inmortal, viva desde siempre, viva para siempre…

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Toledo monumental, una postal muy real

De vuelta a la plaza Zocodover, siempre a bordo del tren que seguía un recorrido similar al que habían realizado en coche por la mañana, se dirigieron a pie hacia la Catedral, para visitar su soberbio interior, preanunciado por la magnificencia de las puertas exteriores: en un lado la de la Chapinería o del Reloj, la más antiguas de todas, del siglo XIII, aunque reformada en el siglo XIX; de frente, la puerta principal, llamada del Perdón, cuyo elaborado altorrelieve representa plásticamente la imposición de la casulla a San Ildefonso, y, en el otro lado, la más apreciada por los más pequeños de Aliapiedienfamilia, la puerta de los Leones, obra gótica-flamígera del siglo XV, custodiada por estos regios animales que habían trepado hasta la cima de su reja.

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La Catedral en todo su esplendor

Unos pocos metros más allá había otro acceso, menos imponente pero no por eso menos importante, la llamada Puerta llana, por la que accedieron al templo, en el que se perdieron cautivados por la magnificencia de sus cinco naves de altura escalonada iluminadas por magníficas vidrieras, un espacio en el que destacaban el soberbio retablo de la capilla mayor, la magnífica sillería del coro y la doble girola con el fantástico y fantasioso grupo escultórico “Transparente”, obra de Narciso Tomé, en el centro.

Ese tripudio artístico principal, junto con el claustro, la sacristía y la sala capitular, era más que suficiente para que los tres se quedaran boquiabiertos y sin palabras, asaltados por las mismas dudas que les habían surgido al contemplar la llamada Catedral de San Justo: ¿Cómo se había levantado ese edificio? ¿Quién o quiénes lo había hecho posible? ¿Había sido obra divina o humana? Las preguntas, como siempre, sólo podían encontrar respuesta en la fe, en la ciencia o en ambas cosas…

Y a falta de una oportuna máquina del tiempo que pudiera llevarles hasta el siglo XIV, los tres se tuvieron que conformar con salir de allí más desorientados que nunca. Afortunadamente, para guiar a esas ovejas perdidas en sus existenciales pensamientos, apareció una estrella polar, la de un padre que, sin perder el norte y a pesar de las muchas horas de trabajo, les esperaba para una última sorpresa.

La verdadera meta no era una renombrada pastelería donde, como de costumbre, se hicieron con un sabroso souvenir gastronómico, sino un antiguo complejo industrial, frecuentemente ignorado, por puro desconocimiento, por las hordas de turistas que asaltan la ciudad cotidianamente: la Fábrica de Armas.

Al oír pronunciar ese nombre, tan prometedor para el más pequeño de la familia, y tan aterrador para la más pequeña, los tres se miraron aturdidos: ¿Dónde quería llevarles el padre de familia? ¿Por qué motivo habría elegido ese lugar tan extraño?

Él, viendo sus miradas desorientadas, les sonrió y se sonrió a si mismo, convencido de que el bélico destino les iba a impresionar gratamente por diferentes motivos. Fueron entonces a recoger al coche y dejando atrás el centro histórico de Toledo, bajando la colina y volviendo a rodearla curva tras curva, después de un par de kilómetros, recorriendo avenidas asfaltadas que se abrían camino entre espacios agrestes y zonas urbanizadas, el vehículo se detuvo en un extenso aparcamiento al aire libre, extrañamente vacío.

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La Puerta de Obreros del actual Campus Tecnológico

Aunque ninguno de los tres entendía qué hacían allí, en el medio de una llanura solitaria, lejos del bullicio de la vida urbana, no por ello dejaron de confiar en que la propuesta del padre de familia les pudiera resultar interesante, por lo que le siguieron en silencio, sin rechistar, hacia un portal arropado por unos bajos muros de ladrillos que ocultaban la sorpresa… ¡Y qué sorpresa! Se encontraban ante uno de los accesos a la mencionada fábrica, a un mundo industrial del pasado, a un mundo universitario del futuro: el Campus Tecnológico de Toledo, un campus declarado en 2011 de excelencia internacional, perteneciente, para variar, a la prestigiosa Universidad de Castilla-La Mancha.

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La ordenada y racional arquitectura industrial

Una vez más, el trío se quedó sin palabras.

Esa Puerta, la de Obreros, hasta hace ocho años ubicada en la cercana y homónima glorieta, y que hasta los años sesenta habían cruzado los operarios de una fábrica levantada dos siglos antes por voluntad del rey Carlos III, era ahora la que atravesaban a diario empleados, estudiantes y profesores del siglo XXI, para dedicarse a unos menesteres bien diversos de la producción de espadas y de cartuchos de antaño: la creación de las infalibles e inmortales armas del saber, a través de la innovación, la tecnología y la investigación.

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La pacífica biblioteca en la belicosa cartuchería de pistolas

Y así, bajo el envoltorio de una racional y ordenada arquitectura industrial, tan diferente da la conventual de la mañana, tan articulada y laberíntica, apareció otra vez el estimulante y prometedor mundo universitario de siempre con toda su vitalidad: diversos aularios, magnos o no tan magnos, en antiguos talleres hechos de ladrillo; una belicosa cartuchería de pistolas alojando una pacífica biblioteca con un amplio vestíbulo dominado por soldados con estandartes en una pared y por expertos informáticos a sus pies; laboratorios para prometedores experimentos al reparo de antiguas naves de hierro en las cubiertas…

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El camino principal entre bancos, fuentes y banderas

Los edificios, distribuidos rigurosamente a lo largo de un camino empedrado principal, flanqueado por uno peatonal, desfilaban uno tras otro, ostentando un estilo neo-mudéjar que, entre jardines muy cuidados, con columnas, fuentes y espejos de agua que cubrían los restos de un duro pasado, les trajo a la mente los del antiguo Matadero madrileño convertido en un estimulante Centro cultural, que habían visitado meses atrás.

Y mientras los niños, una vez más, fantaseaban con su vida universitaria futura en esas instalaciones que, en efecto, parecían provenir de otro mundo, Aliapiedi no pudo dejar de pensar en la genialidad del ser humano, capaz de reutilizar un complejo industrial tan extenso, optimizando además el consumo energético a través de modernos sistemas sostenibles.

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Taller de forja de entonces, laboratorio de ahora

Aquello le resultaba digno de admiración.

El padre, orgulloso, siguió ejerciendo de maestro de ceremonias y, alejándose del camino principal, les guió hacia los orígenes de todo el conjunto, hacia la fuente del mismo, hacia su núcleo energético: el agua.

Ante ellos se presentó un flamante puente colgante peatonal, la llamada pasarela de los Polvorines, dedicado a Facundo Perezagua, cuya línea sinuosa salvaba un curso acuático que, en su día, a través de una complicada obra de ingeniería hidráulica, basada en la combinación de canales, molinos y desniveles, proporcionaba la fuerza necesaria para dar vida a las diferentes actividades de la fábrica.

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La Central de Reserva del pasado

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Una enfermería de cristales rotos y marcos nuevos

Allí, en esa que era la parte más apartada del camino principal, contemplaron una central de reservas y una enfermería, de cristales rotos y marcos nuevos, con ventanas restauradas o abiertas al cielo, cortinas olvidadas y persianas restauradas, vestigios de un pasado industrial, obsoleto, a la espera de un futuro prometedor.

Era como ver el antes y el después de un proyecto in fieri.

Un poco más allá, para que los niños se reafirmasen en su voluntad de querer estudiar o, mejor dicho, divertirse en ese complejo universitario, había un pabellón polideportivo en una rehabilitada escuela de aprendices, un gimnasio y varias salas de deportes en un restaurado taller de fundición, y un “módulo acuático” con piscina cubierta, junto a unas pistas de tenis y de pádel.

También impresionada con todas aquellas flamantes instalaciones, Aliapiedi fijó luego su atención en una elegante y señorial construcción que constituía el eje inicial de un complejo que, dada su amplia extensión, llegó a conformarse con el paso de los años como una verdadera ciudad, la “Ciudad Industrial”.

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Busto de Carlos III

Se trataba del edificio Sabatini, obra del famoso arquitecto, ubicado justo frente al acceso principal del campus tecnológico, la puerta de Carlos III.

El portal de la fachada principal del palacio, entreabierto, les invitó tácitamente a acceder a él y, para evitar que una ráfaga de viento imprevista les privara de aquella posibilidad, los cuatro se apresuraron a cruzar enseguida ese umbral.

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El primer patio de un palacio manchego…

Fue el mismísimo Rey borbón antes nombrado quien les dio la bienvenida al primero de dos patios que con sus palmeras y sus fuentes recordaban jardines de palacios más bien sicilianos que manchegos.

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… ¿o siciliano?

Deambularon un poco por ese oasis tan mediterráneo sobre el que se asomaban desde la segunda planta, las ventanas de despachos de profesores “tecnológicos” y, pasado un rato, acompañados por los rayos de un sol que iba menguando, volvieron sobre sus pasos.

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Los jardines del Sagrado Corazón

Se dirigieron entonces hacia los jardines del Sagrado Corazón que, presididos por la estatua de una virgen, estaban delimitados por el antiguo Taller de envases de cartón, actual Paraninfo, y por el edificio de la Secretaria.

Un poco más allá, divisaron una sólida torre con reloj, bajo la cual se abría paso una galería para el tránsito de los peatones y de algún que otro vehículo de servicio.

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Una sorprendente y evocadora imagen

A Aliapiedi esa imagen, aparecida de repente, le causó una extraña sensación, trayéndole a la mente otra, escalofriante e inquietante, que convirtió por un instante ese lugar tan hermoso en otro increíblemente horroroso. Ella no sabía el porqué de aquella tan espontánea como absurda comparación pero después de haber pasado debajo de aquella torreiforme construcción, un nuevo escenario, nuevamente distorsionado por el recuerdo de una visita desgarradora a un campo polaco de millones de calvarios, lejos de este campus universitario, la golpeó con toda su fuerza. Aquellas naves primitivas, ahora laboratorios, perfectamente alineadas a lo largo de un camino secundario huérfano de estudiantes, dominadas por una chimenea ya sin humos ni cenizas, entre árboles desnudos, sombras alargadas y voces enguatadas, la dejaron sin respiro.

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El “campus bajo” y su impactante escenografía

Su marido, fiel compañero de aquel viaje, y de todos los siguientes, vio el horror reflejado en su cara y, sin cruzar palabra con ella, lo entendió todo; se le acercó, le cogió la mano y la devolvió a la actualidad, sin permitir que la desenfrenada imaginación de su mujer la llevara más allá de donde estaban, más allá de ese lugar en el que, por el contrario, se exaltaba el progreso y la vida, el progreso y la vida universitaria, el progreso y la vida de alumnos aplicados y profesores apasionados.

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Una antigua cartuchería de fusiles convertida en moderna cafetería

Aparcados entonces los obscuros pensamientos, el cuarteto siguió caminando hasta alcanzar una antigua cartuchería de fusiles, sede ahora de una espaciosa y animada cafetería al amparo de un moderno techo que parecía formado por cajones suspendidos en el vacío. Y en ese sitio tan original, tomando un nutrido aperitivo, los cuatro de Aliapiedienfamilia pusieron el alegre colofón final a aquel día tan especial.

Cayó la noche sobre Toledo, sobre sus monasterios de un tiempo, sobre sus naves de entonces, sobre el campus “alto”, en pleno centro, y sobre el “bajo”, al lado del Tajo, sobre los hogares profesionales, recién descubiertos, y los familiares, desde siempre conocidos. Poco a poco, miles de luces poblaron el cielo, iluminando pasadizos, calles, cobertizos y las mentes y los corazones de una madre e unos hijos que, cansados pero rebosantes de orgullo, estaban sentados al lado de un padre que les había sorprendido con una visita universitaria inolvidable. Los niños habían aprendido la lección: jamás volverían a dudar de él, de su profesionalidad y de su discreción, y para siempre seguirían su ejemplo, en el nombre del padre, en el nombre de su padre…

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El “emblema” de la “emblemática” Facultad de Ciencias Jurídico Sociales de Toledo: para siempre en nombre del padre, para siempre en el recuerdo de los hijos


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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Primera parte)

Pasaban los años y los pequeños, cada vez más alejados de la niñez y cada vez más cerca de la juventud, seguían sin obtener una respuesta satisfactoria a su eterna pregunta: ¿Dónde trabajaba su padre? ¿Por qué nunca les había llevado a su lugar de trabajo?

Ellos sabían que él, en teoría, era “profe” de un “cole de los mayores”, como el que habían visitado en familia un par de años atrás, la E.T.S.I. de Minas madrileña, pero, en la práctica, el hábitat profesional de su progenitor se mantenía envuelto en un aura de misterio, como si se tratara de un mítico, casi mitológico, lugar…

Todas las mañanas los hijos veían salir de casa a un padre trajeado con una cartera de piel en la mano cargada de libros y papeles, y todas las noches, de la misma forma, le veían regresar cansado, con pocas ganas de responder al cotidiano bombardeo familiar de preguntas sobre exámenes, alumnos y evaluaciones. Él justificaba sus silencios en nombre de una legendaria discreción profesional y de una real afonía después de unas cuantas horas de clase, pero todo ese secretismo no hacía sino que aumentar el interés filial hacia la (hipotética) sede de la (hipotética) universidad del padre, (hipotéticamente) ubicada, durante más de un decenio, en Ciudad Real, y, desde hace un quinquenio, en Toledo. Y si antes la excusa perfecta para que sus hijos y su esposa no le acompañaran al trabajo, aunque fuera una sola y única vez, era la lejanía y el teórico poco atractivo turístico de una “ciudad” dotada de un tan “real” cono engañoso nombre, ahora, sin embargo, a pesar de la proximidad geográfica y de la riqueza artística y cultural de una urbe declarada Patrimonio de la Humanidad y que, a pesar de no tener formalmente una denominación tan altisonante, sustancialmente había sido sede de Reyes e Imperadores, las excusas para aplazar la visita eran diferentes: clases, reuniones, actos académicos…, es decir, constantes compromisos cotidianos.

Así las cosas, los hijos empezaron a dudar seriamente de la veracidad del trabajo de su padre, temiendo que éste estuviera ocultando, o mejor, dicho, disfrazando un ruinoso desempleo, ¡al estilo del mentiroso Gerald de “Full Monty”!

Pero un día, un día de fiesta en Madrid y no en Toledo, la madre de familia, también cansada de la larga espera cuya duración ya superaba la de la paciente Penélope, decidió que había llegado el momento de realizar un tour universitario toledano en familia, costara lo que costara. Esa jornada se había convertido en el día D, el día de la verdad, para ellos, para ella y para él.

Los cuatro de Aliapiedienfamilia se pusieron entonces en camino hacia las cercanas tierras manchegas, cada uno de ellos absorto en sus dudas, temores y pensamientos. En el coche, por muy extraño que pareciera, reinaba un incómodo silencio hasta que, repentina e inesperadamente, unos gritos de asombro rompieron la tensión que se respiraba: desde la lejanía, Aliapiedi había avistado la inconfundible silueta del imperial Alcázar. Una vez informados acerca del significado de aquella palabra de origen mozárabe, los niños empezaron a imaginarse épicas aventuras y gestas memorables entre aquellos muros espesos, completamente ajenos al hecho de que, en la no tan lejana realidad de una cruel guerra civil, ese robusto recinto defensivo había sido efectivamente testigo de acontecimientos terribles, difícilmente olvidables por una madre que, casi veinte años atrás, en el interior de esa originaria fortaleza, había oído la espeluznante grabación de una conversación entre un padre y un hijo, en el nombre de un padre, en el nombre de un hijo…

Eso era sólo el principio.

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El flamante Centro de Congresos de Toletum

Conforme se acercaban al centro de la ciudad, en el medio de una amplia glorieta apareció un majestuoso caballero, a lomos de su fiel corcel, firme y autoritario sobre un rocoso pedestal, con el manto al viento y la espada levantada, gritando su poderío sobre esa antigua civitas fortificada del Imperio Romano, según la descripción de Tito Livio, cuyo nombre, Toletum, escrito con caracteres cubitales, ocupaba los amplios ventanales de un moderno Centro de Congresos: ¿Quién era aquél personaje? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué esa pose tan guerrera?

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El rey Alfonso VI

El jinete era nada más y nada menos que el mismísimo rey Alfonso VI de León, llamado “el Bravo”, conquistador de Toledo en el año 1085.

Mientras escuchaban las explicaciones de su madre, los niños contemplaban abrumados la fuerza plástica de aquel monumento, obra del escultor Luis Martín de Vidales, sin reparar en que a su lado, un poco más allá, se materializaba otro edificio que, desde hace más de un siglo y medio venía siendo sede de épicas batallas, teatro de luchas de sangre y arena, escenario de enfrentamientos de muchas agallas: la plaza de toros.

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La blasonada Puerta Nueva de Bisagra

Y así, uno tras otro, ante los ojos abiertos de par en par de los tres pasajeros –el conductor, por el contrario, acostumbrado al pintoresco paisaje, o puede que preocupado por algo, ni se inmutaba–, entre calles estrechas, muros de piedras y techos de tejas, desfilaron los monumentos y edificios de diferentes épocas esparcidos a lo largo del ascendente camino panorámico hacia el corazón de la “capital de las tres culturas”: el renacentista Hospital de Tavera, la imponente muralla árabe, rota en su continuidad por la blasonada Puerta Nueva de Bisagra seguida por la Antigua, la Puerta del Cambrón, de origen visigodo, reformada por los árabes y reconstruida en estilo renacentista, el Monasterio de San Juan de los Reyes, en estilo isabelino, con las “cadenas de la libertad” de los cristianos escenográficamente expuestas en su fachada, las dos sinagogas del siglo XII, las únicas supervivientes de las diez un tiempo existentes, la de Santa María la Blanca y la del Tránsito, y, finalmente, tras haber superado unos amenazadores bolardos, ¡la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha!, o eso había que suponer a juzgar por la repentina detención del vehículo que hasta aquel momento había sorteado con pericia y soltura, gracias a su hábil conductor, muros, turistas y esquinas, acompañado por el agudo e insistente fondo musical de un incansable detector de obstáculos.

Pero allí, en esa calle de delgadas dimensiones que no hacía honor a su “Gordo” nombre, no había nada ni nadie: ni estudiantes, ni aulas, ni profesores: ¿Qué estaba ocurriendo?

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¡La luz al final del túnel!

El conductor persistía callado, serio y concentrado, quizás disimulando un nerviosismo interior, mientras que su mujer y sus hijos le miraban entre preocupados e incrédulos por lo que se perfilaba como una cruda realidad: el (supuesto) profesor se había perdido en la ciudad donde (supuestamente) iba todos los días; el (supuesto) profesor ya no podía avanzar más; el (supuesto) profesor se había metido de lleno en un dramático camino sin salida…

Y mientras las inquietantes suposiciones rondaban las agitadas mentes de los tres pasajeros, delante de la barrera material, y también psicológica, que se había levantado frente al capó del coche, una tenue luz comenzó a abrirse paso desde el interior de un lugar oscuro: ¡la luz al final del túnel!

Tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia no daban crédito a lo que estaban viendo; tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia se avergonzaron de inmediato de lo que habían pensado…

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La puerta de acceso al reino del ius divinum et humanum

Una puerta mecánica, hábilmente disfrazada en un muro con retranca, se estaba abriendo lentamente bajo la mirada, ahora divertida, de un padre de familia que, conforme aquella se deslizaba, más se parecía a un ingenioso James Bond o, mejor dicho, en sintonía con la cultura árabe que aún se respira en el aire toledano, a un temerario Alí Babá entrando en su gruta.

Ese lugar secreto que se revelaba sólo a unos pocos afortunados era nada más y nada menos que… ¡el garaje de la facultad!

Un suspiro de alivio rebotó en el habitáculo mientras que el conductor aparcaba el coche en su plaza como si fuera una pieza de un complicado juego de encajes. Cruzaron entonces los cuatro ese sitio subterráneo privilegiado, alcanzando la superficie por una discreta escalera interna y recorrieron un oscuro cobertizo que, en la retorcida y al mismo tiempo romántica mente de Aliapiedi, evocaba por igual crueles asesinatos y besos furtivos.

Una vez arriba, tras caminar unos pasos calle abajo, el padre se detuvo en una esquina, en el “cruce crucial” entre un santo y un rey, Pedro Mártir de un lado, y Alfonso VII del otro. Allí, entre ladrillos de reminiscencia árabe apareció un hueco, una discreta apertura, una especie de puerta secundaria que, en teoría, les iba a llevar al reino del padre, al reino del ius divinum et humanum, ¡al reino del Derecho!

Aunque desde el exterior ese portal que daba acceso a un lugar tan sagrado no resultaba tan solemne como los niños se lo habían imaginado, una vez se adentraron en el recinto, su opinión cambió de inmediato.

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La antigua huerta, ahora patio, del convento de la Madre de Dios

Un pequeño patio ajardinado, perteneciente a un convento fundado a finales del siglo X por las hijas del conde de Cifuentes, el de la Madre de Dios, les dio la bienvenida con su público de estudiantes y profesores que debatían, fumaban o, sencillamente, reflexionaban al aire libre.

El padre de familia, intentando pasar desapercibido, condujo rápidamente a su familia hacia la moderna cafetería, parte del antiguo refectorio junto con la biblioteca, cuyos altos ventanales asomaban a aquel jardín tan animado, y los niños, extrañados por ese primer contacto con el mundo universitario, empezaron a preguntarse si, a diferencia de lo que ocurría en su “cole”, se iba a la “uni” para desayunar, reflexionar y conversar con total libertad, sin prohibiciones ni restricciones. Aquello les pareció un fantástico lugar de trabajo, más aún después de que el amable encargado del bar, tras saludar efusivamente a su padre, les invitara a unos refrescos y unas piruletas.

Tras despedirse de sus colegas de la cafetería –si eran unos actores contratados por él para disipar toda sombra de duda familiar sobre su profesión, merecían un Oscar por tan espontánea y natural interpretación– y, antes de explorar los meandros del “campus alto” de Toledo, así denominado por encontrarse ubicado en la cima de una colina, en pleno casco antiguo, el padre quiso asegurarse una vez más de que el resto de la familia iba a guardar religioso silencio, como correspondía, por motivos profesionales y también históricos, al augusto edificio donde se encontraban.

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El patio del Convento de la Madre de Dios

En efecto, no sólo esa parte del complejo universitario, sino también la que en breve iban a explorar todos juntos, había sido un lugar de paz y reflexión, sede de otro convento, fundado por los dominicos a principio del siglo XV, tras haber obtenido el permiso del regente don Fernando de Antequera para trasladarse desde el primitivo asentamiento extramuros de San Pablo del Granadal en el interior de la ciudad, a unas humildes casas junto a la parroquia de San Román, que acabaron conformando el convento masculino más rico de la urbe, el famoso San Pedro Mártir el Real, compuesto por veintiún edificios en el auge de su expansión, en el siglo XVI, con el establecimiento casi permanente de la corte de Carlos V. Y allí estaban los de Aliapiedienfamilia, con su guía excepcional que se movía entre esas decenas de millares de metros cuadrados como si fuera su propio hogar –una vez más, si todo eso era un engaño, el padre tenía que haberse documentado a conciencia en términos topográficos para orientarse con tanta soltura–, atravesando otro patio, también perteneciente al convento de la Madre de Dios, de planta trapezoidal y, tras su reciente reforma, de dos alturas, caracterizado por vigas de madera y decoración epigráfica en la parte superior del muro del claustro bajo y por pilares ochavados alternándose a pies derechos de madera entre grandes ventanales acristalados.

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Antiguas y nuevas estructuras murarias

Mientras cruzaba esas estancias, Aliapiedi recordó su primera vez allí, casi un decenio atrás, en la celebración universitaria de la festividad del Corpus Christi, cuando había quedado asombrada por la espléndida restauración de los augustos interiores.

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Pasillos suspendidos entre lo moderno y lo antiguo

El armónico connubio entre lo antiguo y lo moderno, la ingeniosa combinación de elementos decorativos de entonces y de ahora, la original mezcla de acabados, texturas y materiales diferentes perfectamente integrados le hizo reflexionar nuevamente acerca de la genialidad y sabiduría de los arquitectos de todos los tiempos, y añorar a la vez, con una pizca de nostalgia, su apasionante experiencia estudiantil y luego profesional en la espléndida Università degli Studi de Milán, la así llamada “Ca’ Granda”, originario “Ospedale Maggiore” fundado por el duque Francesco Sforza y proyectado en el siglo XV por el excelso Filarete.

El edificio en el que estaba, pensaba ella con cierta envidia hacia su marido, podía competir en belleza con su amada Facultad de Derecho milanesa…

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Pasarelas de unión entre el presente y el pasado

Y mientras ella se perdía soñando con los ojos abiertos entre el laberinto de pasarelas, pasillos y escaleras que se abrían paso entre vestíbulos y antiguas estructuras murarias, tales como cajones, verdugadas y aparejos, los demás integrantes de la familia se alejaban cada vez más en el horizonte, perdiéndose entre un mar de estudiantes.

A pesar de las placenteras distracciones arquitectónicas, los cuatro llegaron juntos a destino. Antes ellos estaba una puerta, una puerta similar a todas las demás que asomaban al mismo pasillo, pero que, a diferencia de todas ellas, tenía un rasgo peculiar; esa era “la” puerta: la puerta de San Pedro, la puerta que llevaba al Paraíso o, mejor dicho, la puerta de San Pedro (Mártir) que llevaba al (paradisíaco) despacho del padre…

La emoción estaba a flor de piel; los latidos de los corazones a cien y la ilusión a mil. Él, con aire solemne, extrajo una llave de su bolsillo y despacio, calculando perfectamente la torsión de su muñeca, abrió por fin la caja de Pandora, la habitación (hasta aquel momento) secreta, la ventana (¿indiscreta?) hacia su mundo universitario…

La funcionalidad, orden y sencillez de aquella estancia aparecieron en todo su espartano esplendor, haciendo honor a la originaria función conventual: nada sobraba y nada faltaba. Todo lo esencial para un trabajo silencioso y concentrado estaba entre aquellas paredes desnudas, sólo rotas en un lado por un ventanuco que dejaba entrar la luz de un día maravilloso entre naranjadas tejas toledanas.

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Una discreta ventana (¿indiscreta?) con vistas

Esa simple abertura con vistas a la ciudad de las tres culturas era un auténtico lujo.

Madre e hijos, sin embargo, no se quedaron conformes con la visita del despacho que, se mirara por donde se mirara, estaba dominado por el nombre del padre, un nombre que destacaba en la portada de papeles, carpetas y registros o en los lomos de manuales, tesis y revistas jurídicas. En ese momento, toda duda familiar sobre su estatus se había disipado pero faltaba algo más, una prueba adicional, un último testimonio de su trabajo, de aquél práctico: ¡una clase de su “profe” favorito!

No hubo manera. La negativa del padre fue inamovible por una cuestión de principios. Sin embargo, para compensar las súplicas de su mujer e hijos que inútilmente insistían prometiendo sentarse en silencio y de incógnito entre los alumnos para escuchar sus explicaciones sobre derechos, deberes y libertades, accedió a mostrarles algunas de las aulas en las que él, unas veces de pie, ilustraba, interrogaba o debatía sobre controvertidos y actuales temas jurídicos, y otras veces sentado, libro en mano y con “ojo de halcón” humano, observaba, vigilaba y controlaba el correcto desarrollo de los exámenes escritos. Los tres se conformaron entonces con la inesperada propuesta y, dicho y hecho, se dispusieron a proseguir con su tour universitario “en familia”.

La primera, y gloriosa, etapa fue, nada más y nada menos, que el soberbio Claustro Real –también llamado de los Generales ya que en su época, a mediados del siglo XVI, había albergado un Estudio General de Artes, Teología y Derecho Canónico–. Ese conjunto, ejecutado materialmente por Hernán González de Lara y trazado por Alonso de Covarrubias –el arquitecto autor, entre otros, del patio del Alcázar o del doble claustro del Hospital de Tavera–, era sencillamente espectacular.

Lo que relucía, sin embargo, no era únicamente la solución de la planta baja basada en el dúo columna, de capitel jónico y con basa, y arcos de medio punto, con decoración acanalada en las roscas y espejos en las enjutas, ni tampoco la combinación adintelada de los dos pisos superiores con columnas, también de estilo jónico, y zapatas con rosetas y espejos en el friso, sustituidos en el tercer, y último, piso por una sucesión de triglifos y metopas; lo que relucía y daba aún más esplendor a esa obra arquitectónica era la vida que se respiraba en ella: los estudiantes que, apoyados en sus antepechos, en las barandillas de columna abalaustrada o en las antiguas puertas de celdas convertidas en aulas, departían entre sí haciendo que sus voces animadas se unieran a las silenciosas de sus religiosos predecesores. Ese era el auténtico toque regio de ese claustro tan real: la capacidad de mantener su originaria elegancia adaptándola a los tiempos modernos, la genialidad de exaltar su nobleza arquitectónica haciéndola accesible a todo aquel que quisiera disfrutarla.

Aliapiedi estaba pletórica mientras sus hijos barajaban una vez más, y con mayor determinación, la posibilidad de estudiar en ese lugar tan evocador.

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Una aula de entonces, una aula de ahora

Y como colofón final de ese conjunto de antaño actualizado al tercer milenio, el profesor les enseñó por fin su espacio docente, su territorio de enseñanza, su aula de siempre. Una vez más, el pasado y el presente se presentaban armónicamente: pizarras y ordenadores, techos de artesonado y luces artificiales, parquet de madera y pupitres de diseño.

Las cosas de entonces, las cosas de ahora, las cosas de siempre…

Pero la increíble simbiosis espacio-temporal iba más allá, hasta un nuevo claustro antiguo, el más pequeño de los tres reunidos en el convento de San Pedro Mártir el Real, que posiblemente tuviera un origen civil, como parte de la casa de doña Guiomar: el Claustro del Tesoro o Claustro del Silencio.

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Vista de la torre mudéjar a través de la cristalera del Claustro del Tesoro

Su estructura, también del siglo XVI, hacía honor a su nombre: era un auténtico “tesoro”, un tesoro que imponía el “silencio” contemplativo, un tesoro que se añadía a los que se encontraban esparcidos en el complejo y articulado conjunto universitario. Este claustro, a diferencia de su “regio” compañero, estaba cerrado en su parte superior, protegido por un techo de cristal que dejaba entrever la preciosa silueta de la torre mudéjar, perteneciente a la mencionada iglesia de San Román, con sus típicos arcos de herradura y poliobulados entrelazados ciegos de influencia califal. Las tres plantas del claustro eran progresivamente más bellas, la primera con columnas y capiteles de mármol, la segunda con el mismo ritmo de columna-arco, aunque rebajado en este caso, y, finalmente, la tercera sólo con columnas adinteladas.

Ese lugar era otro remanso de paz: ideal para meditar, ideal para fantasear…

Pero no había tiempo ni para lo uno ni para lo otro.

En efecto, se acercaba la hora de la clase y el padre, para concluir en crescendo esa visita sui generis, quiso enseñarles una última joya arquitectónica, otro fulgido ejemplo de la eterna vitalidad del antiguo complejo conventual.

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El “Aula Catedral” y su fuente de distracción

Y cruzando nuevamente pasillos, escaleras y vestíbulos entre restos arqueológicos de todo tipo y formas, desde murallas hasta frisos, llegaron ante la puerta de acceso a un aula de ensueño, para soñar con los ojos abiertos.

Allí, en teoría, los estudiantes asistían a las clases y realizaban exámenes pero resultaba muy difícil creer que eso fuera así por cuanto desde uno de los laterales de ese espacio tan amplio, sustentado por unas oblicuas vigas de madera que a la madre, quién sabe porque, le recordaban nórdicas estructuras, podía contemplarse “algo” imposible de ignorar, una fuente constante de distracción, una visión celestial: la hermosa silueta del campanario de la Catedral de Toledo.

Y con esa sugerente imagen final de la llamada “Aula Catedral” se concluyó la visita familiar.

El padre tenía que volver a ponerse el traje de profesor, despojándose de su faceta de guía, y los tres, muy a su pesar, tenían que abandonarlo.

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La sorprendente puerta mudéjar

Él les acompañó hasta una nueva puerta, un acceso secundario, como el del inicio del tour universitario, y allí se despidió de ellos, no sin antes llamar su atención para que contemplaran un último detalle que quedaba a sus espaldas.

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Plaza del Padre Juan de Mariana

Y así fue como a ellos les quedó grabada para siempre la imagen más simbólica de ese campus: la de su representante más emblemático, un padre que, guiñándoles el ojo, se dejaba fotografiar enmarcado por una puerta del todo singular, la sorprendente puerta mudéjar descubierta durante la rehabilitación del convento de la Madre de Dios, la puerta con cenefa de azulejos y escudos nobiliarios en la parte inferior, con friso de arquillos ciegos en el cuerpo central y galería de tres arcos sostenidos por columnas de mármol en su parte superior bajo un pronunciado tejaroz, la puerta en la que dejaban atrás a un padre que para ellos era único y especial, para encaminarse hacia a otro padre del todo excepcional, el que presidía y daba nombre a una amena plaza cercana, la del Padre Juan de Mariana, frente a la barroca iglesia de San Ildefonso. [Continuará… ]

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Medinaceli, Jadraque e Hita: Instintos básicos veraniegos

Cada vez que empiezan las vacaciones veraniegas – me refiero a las de los niños, no a las nuestras – y disminuye el trabajo en la oficina mientras que aumentan las jornadas de sol, soy víctima de mis instintos básicos aliapiedescos, consistentes en unas irrefrenables ganas de organizar viajes, visitas y excursiones. Estos efectos secundarios de la mencionada estación me resultan incontrolables y, a pesar de mis (leves) resistencias, no puedo evitar consultar en Internet cualquier información turística sobre destinos nacionales, internacionales o… ¡universales!

El año pasado no fue una excepción y, como suele ocurrirme, entre compras de billetes de avión, reservas de habitaciones en casas rurales y confirmaciones de itinerarios familiares, me encontré con un único fin de semana disponible en todo el verano para organizar una excursión en el día en los alrededores de Madrid.

Como siempre, quedaba la difícil tarea de elegir un lugar que estuviera lo suficientemente cerca de la capital para no tener que alojarnos fuera de nuestro hogar pero también lo suficientemente lejos de la misma para poder tener la sensación de evadirnos de la realidad cotidiana. Con el paso del tiempo, en efecto, las posibilidades se iban restringiendo y después de haber visitado en los pasados sábados veraniegos castillos, como los de Cuellar, Mota, Arévalo y Coca, pueblos, como Buitrago del Lozoya, Pedraza, Sepúlveda, Pastrana, Chinchón, Olmedo, Patones de Arriba o Segóbriga con sus ruinas, monasterios, como los de Uclés, El Escorial y El Paular, o palacios reales, como los de La Granja, Aranjuez o Rascafría, me encontraba sumida en un mar de dudas: ¿Dónde ir? ¿Qué lugar quedaba por descubrir? ¿Cómo sorprender una vez más a mi familia y satisfacer, al mismo tiempo, mis impulsos estacionales?

Y mientras estas cruciales preguntas rondaban en mi mente, de repente, en la pantalla de mi ordenador, en una página amiga de Aliapiedienfamilia en Facebook, apareció una prometedora noticia sobre un Festival medieval, declarado de interés turístico nacional, que se celebra anualmente el primer sábado de julio en un lugar llamado Hita. En ese preciso instante, todos mis sentidos se centraron en este evento que se organizó por primera vez en 1961 por iniciativa del profesor Manuel Criado de Val, tratándose del más antiguo de toda España en su género. El programa de actos era de lo más completo e incluía un mercado medieval, el pregón de inauguración y visitas guiadas gratuitas por el casco antiguo y sus bodegas, además de desfiles, torneos y representaciones teatrales desde la mañana hasta altas horas de la noche.

¡Era justo lo que estaba buscando!

Y eso que jamás había oído mencionar el nombre de este municipio de la provincia de Guadalajara que, sin embargo, es muy conocido por la mayoría de los españoles gracias a su célebre arcipreste, un clérigo nacido en Alcalá de Henares que en el siglo XIV escribió una de las obras cumbre de la literatura medieval: el Libro de Buen Amor. Conforme iba absorbiendo los datos históricos de esa villa, se iban apaciguándo mis instintos aliapiedescos, aunque sin llegar a calmarse del todo. Hita y su festival eran un buen objetivo turístico pero hacía falta algo más para volver a Madrid habiendo aprovechado el día en su totalidad.

Me puse entonces a consultar la invitante y bien estructurada web oficial de la Comunidad de Castilla-La Mancha y, en el apartado dedicado al patrimonio, buscando entre los numerosos castillos que por sus formas y leyendas siempre satisfacen las curiosas exigencias de los más pequeños, encontré uno que nos pillaba de camino, el castillo de Jadraque.

Ahora solo tenía que hacer realidad los deseos gastronómicos del padre de familia para que el plan que poco a poco iba componiendo fuera “el plan perfecto”. En los alrededores de Hita o Jadraque, por mucho que buscara, no conseguía encontrar restaurante que me convenciera, así que las alternativas eran acercarse al pueblo más cercano de cierto renombre, es decir Sigüenza, o bien seguir hacia el norte, hacia las tierras de Castilla y León, para alcanzar la ciudad de Medinaceli que ninguno de nosotros había visitado en su vida.

La segunda opción fue la que tuvo más éxito, y así, juntos y revueltos, cada uno con sus exigencias teóricamente satisfechas, nos pusimos en camino por la A2, desde la que, una veintena de kilómetros después de Guadalajara, divisamos a la derecha unas altas murallas que abrazaban el cuerpo restaurado del Castillo de Torija, antigua fortaleza militar que, con un poco de suerte, podría convertirse en una meta complementaria, de regreso de nuestro recorrido principal.

Ya estábamos superando la frontera invisible entre las dos Castillas y, a los pocos minutos, rodeados de obras viarias monumentales, nos encontramos con un cartel que anunciaba nuestro primer destino: Medinaceli.

Nos miramos perplejos. Ese conjunto de casitas bajas que flanqueaban la avenida que íbamos recorriendo no encajaba en absoluto con la idea de un antiguo y prestigioso casco histórico.

Algo o alguien no estaba en el lugar correcto: o ellas, las anónimas viviendas, o nosotros, los despistados viajeros. Ni lo uno ni lo otro.

Cuando ya empezaba a dudar de mi plan supuestamente perfecto, en un cruce cualquiera aparecieron en mi ayuda las providenciales flechas de color marrón y violeta, propias de los puntos de interés turístico, que, silenciosamente, nos sugerían el camino hacia el conjunto histórico-artístico, ubicado tres kilómetros más adelante, tres kilómetros más arriba.

Y, en efecto, en lo alto de un cerro, casi mimetizada con los tonos ocres del soleado territorio alrededor, divisamos la villa en todo su esplendor.

Una villa mimetizada con los tonos ocres de un soleado territorio

Una villa mimetizada con los tonos ocres de un soleado territorio

Casi en la cima de la colina, en un cruce, hizo acto de presencia una ermita solitaria, la del Humilladero que, sobria y bella, parecía preanunciarnos la superior magnificencia, en sentido geográfico, de un pueblo cuyo nombre evocaba en mi mente una imagen celestial por un mal interpretado juego de palabras y mixtura de religiones: la de una medina musulmana en lo alto de los cielos cristianos. No iba de todas formas tan descarrilada en mis fantasiosas interpretaciones que coincidían, como aprendí seguidamente, con la poética “ciudad del cielo” exaltada por Gerardo Diego.

Una soberbia y romana bienvenida

Una soberbia y romana bienvenida

Un soberbio y emblemático Arco romano, único en la Península por su triple arcada, la central para los carros y las dos laterales para los viandantes, nos dio una asombrosa bienvenida y después de haber pasado literalmente a sus pies, aparcamos el coche detrás de la curva por él dominada donde se abría un extenso campo, el Campo de San Nicolás.

Y mientras el hijo mayor aprovechaba el sagrado campo en toda su extensión como campo de fútbol de césped natural en compañía de unos compañeros de colegio que casualmente correteaban por allí, mi marido y yo nos entretuvimos con la afable y encantadora responsable de la Oficina de Turismo, ubicada justo en frente en un edificio de dos plantas conocido como “La Carbonera”. Las generosas y alentadoras explicaciones de esa mujer sobre todos los lugares dignos de ser vistos en Castilla y León, despertaba una vez más mis apaciguados instintos alipiedescos, provocando centenares de retorcidos pensamientos viajeros sobre esos múltiples destinos culturales y naturales que hacían peligrar el programado itinerario de ese día.

No podía permitirlo.

Así que, con múltiples folletos en una mano y un mapa de Medinaceli en la otra, nos preparamos para recorrer a piedi lo que un tiempo había sido un castro celtibero, luego un enclave romano, seguidamente una capital musulmana y finalmente un ducado creado por los Reyes Católicos.

Aquello prometía.

El Convento de Santa Isabel y su invitante acceso

El Convento de Santa Isabel y su invitante acceso

Después de haber recuperado a nuestro hijo futbolero, nos encaminamos hacia el cercano Convento de Santa Isabel, fundado en el siglo XVI por las Clarisas, que es el único que se mantiene en funcionamiento como tal de los cuatro existentes en el momento de máximo esplendor religioso de la villa. El portal del edificio, enmarcado por un cordón franciscano, nos invitaba a entrar y, sobre todo, a comprar alguna de las delicias elaboradas por las pacientes y monacales manos que hace tiempo dejaron de tejer elaboradas alfombras para cocinar dulces delicias.

La Colegiata y su torre campanario

La Colegiata con su torre campanario…

Sin embargo decidimos resistir a los humanos placeres del paladar y anteponer los placeres divinos del espíritu que se encontraban encerrados entre los muros románicos de la Iglesia de San Martín, que forma parte del conjunto conventual, y tras echar un vistazo a su restaurado interior, humilde y sencillo, decidimos perdernos por las evocadoras y sinuosas callejuelas empedradas de Medinaceli, tangible recuerdo de su pasado árabe, hasta alcanzar la Plazuela de la Iglesia dominada por la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico tardío, y por un abeto solitario que bien podía prestarse como emblemático Árbol de Navidad en el frío invierno medinense.

... y su barroco altar mayor

… y su barroco altar mayor

Entramos sigilosamente en el templo y, de inmediato, quedamos cautivados por la hermosa sillería del coro, de época ya renacentista, las elaboradas verjas que lo encerraban y el barroco altar mayor con su correspondiente retablo. Tanto nos impresionó que no reparamos en las campanas de su imponente torre, que nos anunciaban que se acercaba la hora del almuerzo y que el lugar religioso estaba a punto de cerrar, hecho confirmado por los amables gestos y palabras de un cura que interrumpieron nuestra estática contemplación.

Al salir de allí seguimos deambulando por la villa silenciosa y tranquila donde el tiempo parecía haberse detenido y, con ello, afortunadamente, también las hordas de turistas.

Encantadoras casonas

Encantadoras casonas de nobles orígenes

El encanto de laberínticos y estrechos pasadizos, de palacios blasonados, muchos de ellos abandonados, de nobles casonas de labrada sillería y de lienzos de murallas árabes y romanas, cual cruce de culturas del pasado, nos atrapaba dulcemente, nos seducía levemente y nos conquistaba intensamente.

Pasadizos solitarios

Pasadizos solitarios

Caminábamos despreocupados por una casi fantasmal “ciudad segura”, Ciudad de Salim, o “ciudad de la mesa”, Medina Occilis, cuando, de repente, desembocamos en su grandiosa Plaza Mayor, levantada sobre las gloriosas cenizas del foro romano.

Un resplandeciente cartel explicativo

Un resplandeciente cartel explicativo

Ese amplio espacio, tan perfectamente cuidado que no parecía real, se presentó, y se prestó, como una estrella del cine mudo para posar para nuestra improvisada sesión fotográfica mientras que un cartel explicativo, bien integrado en un escenario tan típicamente castellano, y que resplandecía bajo los rajos de un sol de justicia, nos ayudó a no desorientarnos entre tanta riqueza y hermosura arquitectónica.

De espaldas al Aula arqueológica, un moderno espacio interactivo dedicado a la historia de la villa, se ubicaba, entre elegantes soportales y bajo la severa mirada del campanario de la colegiata, la Alhóndiga, cuyo escudo ducal se encontraba parcialmente cubierto por unas banderas que ondeaban en su fachada, único elemento discordante, por sus vivos colores, con el resto del uniforme y monocromático conjunto. Un poco más le acompañaba el renacentista Palacio ducal, de simétrica sobriedad, obra de Juan Gómez de Mora y actual sede de la Fundación DEARTE, que custodia no sólo obras contemporáneas sino también antiguas, como el enorme mosaico romano hallado en esa misma plaza.

La Plaza Mayor...

La Plaza Mayor…

... sobre el antiguo foro romano

… sobre el antiguo foro romano

A pesar de ser ya la hora de la comida, no pudimos resistirnos a acceder a ese noble edificio para observar su variado contenido, además la entrada era gratuita.

El restaurado patio central del Palacio ducal

El restaurado patio central del Palacio ducal

Una vez dentro, en el magnífico patio central, también restaurado, protegido por una escenográfica cubierta de cristal, bajo los arcos de medio punto de la galería inferior, fuimos sorprendidos por unas extrañas mujeres metálicas, con un aspecto entre maniquíes y guerreras, que con su estática postura, en contraste con las sinuosas y dinámicas líneas de sus figuras, parecían proteger ese lugar – en realidad se trataba de unas obras del escultor y psicólogo Manuel Mata Gil para una campaña de sensibilización contra la violencia de género –.

Los inquilinos de la galería inferior

Las extrañas figuras de la galería inferior

El artístico

El “sillón de la Odalisca”

Y mientras desfilábamos frente a esas curiosas e ingeniosas estructuras, nos percatamos de que otras siluetas, curvas, entrelazadas entre ellas volteaban sobre nuestras cabezas en una escultórica danza, obra de Pep Roig, que nos recordaba a la pintada por Matisse.

Un millar de piezas estelares romanas

Un millar de piezas estelares romanas

En las demás salas que asomaban a aquel sorprendente espacio central se exhibían otras creaciones originales, y después de haber admirado un invitante “sillón de la Odalisca”, de Jorge Moran, en el que me hubiera acomodado gustosamente, de no ser por el (in)oportuno cristal que lo protegía, alcanzamos la estancia donde descansaba la pieza estrella, o mejor, las millares de piezas estelares del siglo IV que componían la figura de una diosa, Ceres, dominando animales de género no bien identificado, terrestres, marinos y alados, entre temas geométricos de sublime perfección.

La iglesia de San Román

La iglesia de San Román, antigua sinagoga

El recuerdo de otros magníficos mosaicos, los que están expuestos en el grandioso MAN, y con ellos el de unas historias mitológicas, llenas de magia y fantasía, estaba a punto de llevar a Aliapiedi a ese mundo tan especial, cuando la alegre voz de un infante, preso ya de un hambre creciente, la devolvió a la realidad.

El Arco árabe

El Arco árabe, antigua puerta romana

A toda prisa, nos dirigimos hacia el siguiente destino: un antiguo granero, que en la actualidad es un acogedor asador, donde la contundente y abundante comida, al igual que la bebida, dio rienda suelta a nuestro paladar.

El castillo, actual cementerio

El castillo, actual cementerio

A la salida del restaurante, dimos otro paseo de pasos perdidos por la tranquila Medinaceli, entre calzadas invadidas por una prepotente hierba salvaje, hiedras aferradas a decadentes muros y piedras que intentaban heroicamente sustentarlos, en busca de nuevos objetivos: una iglesia, la de San Román, levantada sobre las cenizas de una sinagoga y víctima del mismo polvoriento paso del tiempo; un Arco árabe, antigua puerta del primitivo campamento romano; un castillo, cuyos restos, esparcidos sobre un prado que ahora hacía las veces de cementerio, estaban allí donde un tiempo descansaba la Alcazaba, y, por último, otro mosaico impresionante, el de la discreta y apartada plaza de San Pedro, cuyas policromas imágenes geométricas, como triángulos, puntas de flecha o cadenetas, se alternaban con otras figuradas, como flores, cascos y escudos de guerreros.

La plaza de San Pedro con el mosáico

La plaza de San Pedro con el mosáico

Difícil tarea fue, una vez más, la de alejarnos de allí para seguir nuestro camino hacia el siguiente destino: Jadraque.

Nos despedimos entonces de la bella y seductora villa y bajando por donde habíamos subido, en dirección al valle del Jalón, nos topamos con una fuente, puede que celtibera, romana o árabe, donde bebimos copiosamente sus frescas aguas de entonces y de siempre.

Y por fin, a la cinco de la tarde, con un calor asfixiante, entre la meseta asolada que rodeaba una carretera empinada, cual fantasma de piedra, vimos asomar un castillo, una fortaleza inmensa cuya majestuosa presencia se percibía desde la distancia.

Ese robusto palacio residencial, mandado erigir por el hijo primogénito del cardenal Mendoza para representar la fuerza y el poderío de su augusta familia, que se dice descendiente del mismísimo Cid Campeador, sin duda, cumplía con creces el simbólico objetivo. Temblorosos y respetuosos aparcamos el coche a sus pies, o mejor, a los pies del elevado cerro cuya cima estaba integralmente ocupada por la imponente estructura de casi cien metros de longitud.

La imponente fortaleza en

La imponente fortaleza en el “desierto de los tártaros”

Allí, en el medio de ese “desierto de los tártaros” que parecía salido de la homónima novela de Buzzati, sólo estábamos nosotros y la imponente fortaleza.

El rípido y soleado ascenso

El empinado y soleado ascenso…

Casi en la cima...

… para alcanzar la cima

Acompañados por los chirridos de los grillos, como atrevidos alpinistas que se enfrentan a una cumbre nevada de polen, canícula y sequedad, fuimos ascendiendo por un irregular camino donde nuestras mismas sombras parecían abandonarnos. El calor que despedía la tierra se unía en un infernal e invisible abrazo con los rayos del astro rey y la pendiente hacía que nuestras espaldas se curvaran cada vez más, por el efecto de la gravedad.

Queríamos conquistar el castillo pero era el castillo que nos conquistaba a nosotros…

Entre visiones, espejismos y alucinaciones, alcanzamos nuestra meta y allí arriba, arriba del todo, jadeantes, disfrutamos de un panorama que quitaba el aliento, en todos los sentidos.

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La panorámica recompensa

 

Y mientras intentábamos recuperar nuestras mermadas fuerzas, ejerciendo de improvisados centinelas de esa fortaleza solitaria, divisamos en el horizonte una nube de polvo, cada vez más grande, cada vez más próxima… No, no se trataba del tan esperado ejército de tártaros, lo que se nos avecinaba era un ejército, sí, pero de modernos centauros motorizados. Esa ruidosa tropa sobre ruedas alcanzó rápidamente y ágilmente la parte superior del cerro, aunque sin llegar a la cima, a bordo de sus caballos mecánicos, y, pocos instantes más tarde, enfundados en sus monos oscuros, como si de unos guerreros tenebrosos del Tercer, o puede que el Cuarto, Milenio, sin el menor esfuerzo, se hicieron con el castillo que tanto nos había costado conquistar a nosotros.

No nos quedaba otra que retirarnos y dejar la mítica fortaleza fantasma en manos de ese improvisado enemigo. Pero nuestra rendición sin embargo no significaba que se acabaran todas las guerras.

Más batallas, más contiendas, más duras y más violentas, nos aguardaban en nuestro último destino: Hita.

El estratégico bastión natural en el que tiempo atrás se había erigido un poderoso castillo, en lo alto de un cerro, fue lo primero que vimos desde la carretera pero conforme nos fuimos acercando al centro de la villa, recorriendo sus empinadas calles, fuimos descubriendo más históricos detalles por sus empinadas calles.

Un músico sui generis

Un músico sui generis

De repente, tras atravesar la Puerta de Santa María, la única superviviente de las tres que vigilaban la extensa y fuerte muralla que mandó levantar el Marqués de Santillana, como si de una puerta del Ministerio del Tiempo” se tratara, nos encontramos por arte de magia en la Edad Media. Desafortunadamente, ese arco apuntado con un garitón en cada lado nos había trasladado a esa época tal cual estábamos, con el aspecto de unos pintorescos personajes venidos de un futuro muy lejano y nuestra clásica pero moderna vestimenta llamaba la atención entre las damas y los caballeros que vestían refinados atuendos: elegantes ellas, con sus elaborados peinados y sus valiosos complementos decorativos, y listos para la batalla ellos, con sus armas y sus escudos.

Un mapa de antaño

Un mapa de antaño

La calle era una fiesta: músicos, juglares y unos peculiares personajes llamados botargas se mezclaban con la gente formando corrillos en los que se cantaba y bailaba a discreción. Nuestras alucinadas miradas chocaban con las firmes miradas de guerreros, jinetes y escuderos que exhibían afiladas espadas de metal reluciente y nerviosos corceles de pelaje brillante.

La escenográfica Iglesia de San Pedro

La escenográfica Iglesia de San Pedro

Era un maravilloso tripudio de colores y sonidos, de bailes y cantes, de folclore y tradición.

Sumergidos, o mejor dicho, invadidos por esa ficticia realidad o esa ficción hecha realidad, intentando no llamar demasiado la atención, exploramos la villa engalanada para la ocasión consultando un mapa de antaño esculpido en un lienzo de la muralla que bordeaba la animada Plaza del Arcipreste.

Sorteando hombres enmascarados, gigantes disfrazados y bufones descarados, alcanzamos las escenográficas ruinas de la Iglesia de San Pedro, un lugar sagrado donde un tiempo se custodiaban los sepulcros de nobles hidalgos cuyos valiosos gestos iban a emularse en el Palenque ubicado más abajo a lo largo de un tan entretenido como peligroso torneo caballeresco.

Personajes de todo tipo y facciones

Personajes de todo tipo y facciones

Eran la siete de la tarde y el mencionado recinto, precedido por múltiples y variados puestos de un auténtico y pintoresco mercado, estaba lleno a rebosar.

Al son de instrumentos marciales, entre estandartes multicolores y una contagiosa emoción colectiva, el maestro de ceremonia, dotado de trono y corona, anunció solemnemente el inicio del torneo anual desde el prestigioso palco real.

Una parodia del histriónico combate entre don Carnal y doña Cuaresma inauguró el tan ansiado espectáculo enfrentando a ambos bandos en el recinto.

El combate entre don Carnal y doña Cuaresma

El combate entre don Carnal y doña Cuaresma

Personajes de todo tipo y facciones, armados con lanzas y bastones, calentando los motores de unos carros de madera, se lanzaron sin dudarlo en un tremendo choque frontal, entre forcejeos, insultos y sádicas risas.

Sin honor y sin gloria pero con eufórica alegría se concluyó la controvertida historia. Pero lo mejor estaba por llegar.

Unas hermosas odaliscas que bailaban sensualmente una sinuosa danza del vientre se encargaron de dar la bienvenida a los verdaderos héroes del torneo, unos caballeros hechos de acero, por dentro y por fuera, que con sus pesadas armaduras se disponían a competir en una dura contienda.

Los cinco caballeros del Apocalípsis

Los cinco caballeros del Apocalípsis

Su entrada, acompañada por una épica banda sonora, fue triunfal. En el coso rectangular el entusiasmo era desbordante y se mascaba la tensión entre los protagonistas del inminente encuentro, o desencuentro. Esto iba en serio, se trataba de un despiadado “juego de tronos” en el que entre tantos luchadores sólo quedaría un superviviente, un “Highlander” hiteño que sería venerado por los siglos de los siglos.

Los combatientes desfilaban ante nosotros, humildes mortales, montando sus fogosos caballos con paramentos sin iguales.

El peligroso acoso al estafermo

El peligroso acoso al estafermo

El maestro de ceremonias los saludaba y, tras recordarles las reglas del torneo, los despedía bendiciéndoles mientras que los asistentes apostaban sobre sus cabezas sumas ingentes. Los caballeros, así llamados por el medio de transporte que utilizaban que no por los violentos gestos y ofensivas palabras que se dirigían entre ellos antes del empiezo del torneo, exhibían orgullosos las insignias de sus respectivas cofradías, gritaban altivos sus hazañas y se desafiaban soberbios entre ellos.

El momento había llegado.

La diana golpeada en su corazón de paja

La diana golpeada en su corazón de paja

Bajados los yelmos, sujetando con una mano las bridas y con la otra la lanza, los cinco jinetes de un Apocalipsis a punto de explotar, se lanzaron en un peligroso acoso a un estafermo que intentaba golpearles de rebote con su pesada maza.

Después, fue el turno de una diana cuyo corazón de paja era el objeto de unos dardos despiadados lanzados a toda velocidad.

Y por último, como colofón final de ese evento sin igual, la difícil prueba de la sortija que puso a prueba la pericia de los cinco combatientes ante un público más que exigente.

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La difícil prueba de la sortija

El valor de todos los participantes quedó sellado para siempre y la inmortalidad se concedió al último superviviente entre los vítores y aplausos de sus fervientes seguidores.

Eran las ocho de la tarde.

El festival seguía adelante y con él el júbilo de la gente entre meriendas, pasacalles y leyendas.

La tentación de quedarnos en esa Hita medieval para asistir a una justa nocturna, una representación teatral y a un concurso final nos devoraba el cuerpo y la mente. Pero una fantasiosa Puerta, la del Sol, la de un sol veraniego en su ocaso que desprendía sus últimos rayos por esas tierras manchegas de hidalgos literarios, verdaderos o imaginarios, se abrió delante de nosotros, madrileños de nacimiento o de adopción, para que regresáramos al futuro de donde habíamos venido.

Y así fue como los de Aliapiedienfamilia volvieron al actual verano recordando uno del pasado, de un pasado muy cercano o puede que mucho más lejano…

El cartel del Festival Medieval 2015

El cartel del Festival Medieval 2015

El cartel del Festival medieval 2014

El cartel del Festival medieval 2014

Una nota final: Este sábado, el primero del mes de julio, tendrá lugar la 55ª edición del Festival Medieval de Hita. Para todos aquellos que no trabajan en el Ministerio del Tiempo, las entradas, gratuitas para los menores de seis años, se pueden adquirir con antelación en la página web de su ayuntamiento o, in situ, en el punto de venta de la Plaza del Arcipreste. No esperéis a que se abra una providencial “Puerta del Tiempo”: ¡cerrad con llave la de vuestro hogar y lanzaos sin miedo en esta veraniega aventura familiar de sabor medieval!

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