El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Segunda parte]

[… Sigue]

Había transcurrido ya un año desde el fugaz encuentro, desde ese caprichoso vis-à-vis que había atrapado sus sentimientos por unos largos instantes y Aliapiedi estaba ahora enfrascada en la búsqueda de un nuevo hogar para ampliar su familia lo antes posible.

14963115_985891524855723_4861582091832082460_n

La Catedral desde la plaza de Canalejas

Embargada por la romántica nostalgia de su amada tierra, se esforzaba inútilmente en encontrar entre los centenares de anuncios del “Segunda Mano” una morada que estuviera ubicada dentro de los límites de su mapa turístico capitalino y, a ser posible, en un barrio que le recordara el suyo milanés. Le encantaba el centro histórico de Madrid, sobre todo la parte del laberíntico entramado de calles, callejuelas y callejones que serpenteaban a la sombra del Instituto Italiano de Cultura y de la cercana Iglesia de San Nicolás de Bari, conocida como la iglesia de los italianos, y soñaba con vivir en un ático con vistas a la Catedral de la Almudena y al Palacio Real en su plaza favorita, la de Canalejas, pero su búsqueda resultó infructuosa dado que la mayor parte de las viviendas disponibles en esa céntrica zona o bien se encontraban en un estado ruinoso o, como mínimo, necesitaban de una profunda reforma.

20181212_183028

El majestuoso Palacio de Amboage, sede de la Embajada italiana

En esa tesitura, se vio obligada a reorientar sus preferencias hacia otra zona de la ciudad, el noble Barrio de Salamanca, cuna de la alta burguesía madrileña, que acogía “su” maravillosa embajada, en el suntuoso Palacio de Amboage, además de numerosos escaparates de diseño y firmas italianas. Sin embargo, no tardó en percatarse de que tampoco por esos exclusivos lares podía satisfacer sus melancólicas pretensiones. Pero justo cuando estaba a punto de darse por vencida, apareció providencial un amigo de su marido en busca de una buena inversión, que les invitó a acompañarle a visitar una promoción inmobiliaria en un barrio del que jamás había oído hablar y que, según sus parámetros milaneses, estaba situado en las afueras de la capital.

Aliapiedi afrontó el plan con más curiosidad que interés y se topó con el primer piso piloto de su vida, en el medio de un solar deshabitado. Aunque la vivienda (piloto) en sí le sorprendió gratamente, su situación periférica, próxima al aeropuerto, junto a un campo de fútbol de tierra y un camping destartalado, le espantaba. Era incapaz de imaginarse recibiendo allí a sus estirados amigos milaneses y asistía impávida a la alegre conversación de sus dos acompañantes que, incomprensiblemente para ella, destacaban las bondades de ese prometedor proyecto. Incapaz de unirse al entusiasmo de la pareja, decidió entonces quitarse de en medio y explorar por su cuenta esa tierra de nadie, esos lugares inhóspitos, ese desierto de los tártaros pseudocapitalino.

No había caminado más de un centenar de pasos cuando, levantando la mirada, se topó con un enorme e insólito oasis de rebosante vegetación. Sobreponiéndose al temor a ser atracada en esa cálida tarde veraniega por un fantasma desorientado o por un villano imaginario, escondido en algún rincón de un arbolado paseo solitario, Aliapiedi, atrevida como siempre, se fue acercando con prudencia a esa llamativa zona verde, custodiada por un muro de ladrillo, embellecido por el paso de los años, y vigilada por un coche patrulla de la Policía Municipal. Reconfortada por la cercana presencia de esos ángeles de la guarda y atraída por las hojas casi otoñales de plantas centenarias cuyas ramas, sobresaliendo de románticos barrotes, parecían querer cogerla de la mano y acompañarla por ese insólito reino de la naturaleza, dejó que sus pasos siguiesen a su instinto. Pero conforme se fue acercando a ese lugar, notó como una sensación de progresiva excitación se apoderaba de ella, dejando aflorar unos sentimientos tan intensos como los que, un año atrás, la habían asaltado en otro lugar y que, ingenuamente, creía haber olvidado.

48277819_2511936665500249_3225609126075695104_o

Un elaborado letrero “caprichoso”…

Confundida y desorientada, pero incapaz de renunciar a su curiosidad innata, fuera lo que fuera lo que la estaba atrayendo hacia el interior de ese recinto, recorrió a piedi un breve camino de guijarros, entre flores y árboles seculares, hasta que alcanzó una luminosa plaza circular que, abrazada por la intensa luz solar, la empujó a acercarse a un sombreado sendero principal, escondido tras una elaborada verja presidida por una puerta sobre la cual podía leerse el nombre de ese magnético lugar.

Y así fue como, mientras que los latidos de su corazón golpeaban su pecho de modo cada vez más violento e insistente, como si de una alarma interior se tratase, ella, haciendo caso omiso de esas claras advertencias, cruzó el límite imaginario marcado por esa reja tan hermosa y se dejó llevar por una nueva pasión que anidaría para siempre en su corazón…

20181210_123257

¡Una nueva y “caprichosa” pasión, envuelta por los rayos del sol!

 

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , | Deja un comentario

El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Primera parte]

Hace dieciséis años, sin pensárselo dos veces, Aliapiedi lo había dejado todo, familia, amigos y trabajo, para seguir a un joven madrileño que, por un capricho del destino, se había cruzado en su camino en un congreso interuniversitario cordobés.

sant aqmbrogio

Basílica de Sant’Ambrogio

Tras una despedida a lo grande de su amada ciudad de nacimiento, Milán, con una tradicional, y a la vez original, boda ítalo-española, celebrada en la misma iglesia donde habían contraído matrimonio sus padres, la espléndida Basílica di Sant’Ambrogio, patrón de la capital de Lombardía, y sin echar la mirada atrás, aterrizó en una nueva ciudad en la que contaba apenas con unos cuantos conocidos.

Ella era instintiva, apasionada, sentimental y, a diferencia de él, un poco irracional; en aquel momento de su existencia lo único que le importaba era estar para siempre al lado del hombre de su vida, de su flamante marido, del futuro padre de sus hijos. Y había acertado.

Él se preocupaba por ella, la cuidaba, satisfacía todos sus deseos y, de vez en cuando, la sorprendía con el mejor de los regalos: una excursión en el día, una escapada de fin de semana o un viaje con una estancia más larga. Precisamente, con ocasión de una de estas aventuras fuera de Madrid, el armonioso equilibrio entre ambos empezó a peligrar…

san vicedntye

San Vicente de la Barquera

Acababan de llegar a Santander, el sorprendente destino que no había tardado en cautivar a Aliapiedi con su elegancia y belleza marinera, y, tras un par de días explorando la ciudad, con sus puertos, sus parques, sus playas y sus bares de tapas, una mañana soleada, de esas que tanto escasean en el norte de España, él decidió llevarla de excursión para explorar la costa occidental de Cantabria, llegando hasta San Vicente de la Barquera, para disfrutar de una comida con vistas al Parque Natural de Oyambre y a las caprichosas aguas oceánicas que, en función de las mareas, subían y bajaban, abrigando o desnudando porciones de tierras habitadas por aves, cangrejos y animales más extraños.

Sin embargo, debido a los tiempos propios de una pareja de enamorados, las horas se les fueron escapando, arrastradas por el mismo viento que encrespaba las olas del rabioso Mar Cantábrico, por lo que se vieron obligados a replantearse la posibilidad de renunciar a visitar Comillas, otro conocido pueblo costero, que estaba incluido en el plan original.

Pero ella era caprichosa como una niña y proverbialmente reacia a renunciar a nada, especialmente a una visita, y más aún tratándose de un lugar que tenía tan cerca y que ya había centrado toda su atención por la abundancia y relevancia de los monumentos señalados en su guía, así que, como de costumbre, puso todo su empeño en convencer a su altruista y generoso marido para que accediera a esa toccata e fuga a la italiana, y él, como siempre, acabó cediendo por agotamiento. No obstante, conforme se iban aproximando al anhelado destino, ella empezó a notar en su interior un extraño sentimiento in crescendo, una rara mezcla de sospechosa inquietud y hermosa excitación. A través de su sexto sentido “aliapiedesco”, el de la imaginación, percibió que “alguien” o “algo” la estaba silenciosamente llamando, la estaba suavemente atrayendo, la estaba delicadamente empujando hacia un punto, posiblemente, de no retorno, de modo que, aprovechando su función de copiloto, dejó que su subconsciente les llevara a ambos hacia ese lugar no muy bien definido.

universita

Universidad Pontificia

pradera y mar

Praderías y océano

En teoría los dos habían acordado acercarse a la sede de la Universidad Pontificia pero, cuando empezaron a bajar por una de las muchas colinas rebosantes de praderías que competían, en el horizonte, con el azul del océano, tras avistar desde la lejanía la espléndida silueta de este edificio que fusiona el estilo gótico-mudéjar de Martorell con la posterior decoración modernista de Domènech i Montaner, ella, ignorando deliberadamente las indicaciones que llevaban al destino, lo condujo por unas vías que se abrían paso entre antiguas y nobles casonas y nuevas y lujosas urbanizaciones.

Él no entendía el motivo de ese cambio de rumbo repentino, de porqué su mujer estaba renunciando a admirar más de cerca ese edificio con su broncea Puerta de las Virtudes, pero, frente a su determinación, la llevó allá donde ella quiso.

Y así fue como, al final de un camino de guijarros, flanqueado por árboles centenarios, “él” apareció en todo su esplendor, besado por los rayos del sol que exaltaban su belleza exterior.

sendero con sol

¡”Él” en todo su esplendor, besado por los rayos del sol!

Ella se quedó sin aliento; el corazón le dio un vuelco, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y un calor inesperado lo apagó de inmediato.

Algo había pasado: Aliapiedi se había enamorado.

Una nueva pasión había entrado prepotentemente en su vida y ella, avergonzada por ese inesperado y arrasador sentimiento, le pidió a su marido que se alejara cuanto antes de ese sitio: quería cancelar de su mente ese “alguien” tan especial, tan cautivador y tan embriagador que, con su extravagancia y originalidad, había anidado inevitablemente en su corazón…

[Continuará… ]

Categorías: EDIFICIOS, EXCURSIONES, PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | Deja un comentario

Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Tercera Parte]

[… Sigue]

Jueves, 15 de junio de 1893

Aliapiedi y su hija, ataviadas con sus mejores galas, luciendo elaborados peinados y las joyas de familia, estaban a punto de llegar a palacio, a bordo de una esplendorosa carroza con forma de calabaza…

20180117_151250

El Zaguán de acceso al Gran Portal

Las dos mujeres no podían contener más sus emociones y contaban los minutos, y también los segundos, que les separaban del Gran Portal, oculto tras las dos enormes puertas gemelas de roble del Zaguán –en el suelo hundido de este dúplice ingreso principal, uno destinado a la entrada y el otro a la salida de los coches de caballos, aún es visible el surco de las ruedas, imborrable huella del pasado–.

Por mucho que el Conde y el Condesito les hubieran descrito, con su típico hermetismo, el esplendor de esa especie de vestíbulo, ellas nunca hubieran llegado a imaginar lo que, en la realidad, estaban a punto de ver.

Y así fue.

20170228_145251

La primera parte de la Escalera de Honor

Con sus esplendorosas tiaras en las cabezas, cuales imaginarias reina y princesa, las dos damas aterrizaron con sus originales zapatos de cristal en el suelo del magnífico palacio y, distraídas por el brillo y la grandiosidad que las rodeaba, empezaron a fijarse en todos los detalles de ese emblemático lugar, repleto de marmóreas esculturas, piezas de cerámicas, pinturas y tapices de diferente origen y proveniencia.

cerralbo - anmuncio 1

La segunda parte de la Escalera de Honor

Tras anunciarse oficialmente su llegada, madre e hija subieron por la majestuosa y espectacular Escalera de Honor, apoyándose, primero, en su imperiosa balaustrada de mármol, y, después, en la deliciosa barandilla de hierro forjado, intentando así mantener su equilibrio, físico y psicológico, frente a tal despliegue de suntuosidad, una empresa que les parecía heroica, casi tanto como las que se representaban en los dos enormes y especulares cuadros colgados en esa entrada principal.

20170401_122600

Bustos y tapices por doquier

Culminada la ascensión, reflejo y exaltación del prestigio y linaje de los anfitriones, tal y como atestiguaban el impresionante escudo del matrimonio exhibido en la pared lateral, flanqueado por dos tapices del siglo XVII, uno de Bruselas y otro de Pastrana, que también reproducían las armas de otras ilustres y nobles familias, las dos se sintieron intimidadas ante tanto poderío –en el mencionado escudo, de escayola estucada, se pueden divisar, a la derecha, las armas del Marqués, don Enrique, Grande de España, además de Marqués del Sacro Romano Imperio, de Almarza, y de Campo Fuerte, y Conde de Alcudia, de Villalobos y de Foncalada, y, a la izquierda las de las ascendencia de su esposa, doña Inocencia, Serrano, Soler y Cerver; en las dos obras laterales, hechas de lana y seda, campean los escudos cuartelados de los Carvajal, Padilla, Acuña y Enríquez–.

Pero aquello era solo el principio de un recorrido a piedi marcado por la nobleza, el arte y la riqueza.

cerralbo - anuncio 2

El imperioso y noble escudo de armas familiar

Nada más alcanzar el piso principal, las dos se encontraron cara a cara con los adinerados, pero también cultos, anfitriones que, como reyes medievales en un salón del trono, estaban recibiendo a sus numerosos invitados, dándoles la bienvenida a palacio, en la protocolaria ceremonia del besamanos.

20170228_143422

La “recargada” Armería

Cuando llegó su turno, la Condesa se apresuró a disculparse una vez más por la ausencia de los varones de su familia, recibiendo por toda respuesta un cómplice, y desconcertante, guiño por parte del Marqués, a escondidas de su mujer, y fue invitada a deambular en compañía de su pequeña por esas primeras estancias, como si estuvieran en su propia casa, a la espera de que llegaran el resto de los invitados.

38713655_2329562363737681_4121885809097834496_o

La coqueta Sala de Baño

Ambas cruzaron entonces esa Armería que, claramente inspirada en la Edad Media, les imponía cierto respeto y, a la vez, terror, con su recargado, oscuro y pesado mobiliario y con todas esas armas y armaduras, como celadas, pistolas o arcabuces, que relucían bajo un imponente techo en escayola, decorado, para variar, con escudos heráldicos.

Siguieron adelante y, tras contemplar con sorpresa una coqueta, aunque poco práctica, Sala de Baño independiente con bañera de mármol con vista al jardín de la casa, edificada ex profeso para demostrar, una vez más, la riqueza de los señores de la casa, se detuvieron en la hermosa Sala Árabe, en la que se exhibían unos exóticos y bélicos ejemplares, tales como una completa armadura de un samurai japonés o una espingarda marroquí o una daga filipina.

38758774_2329562533737664_8845787705083166720_o

La exótica Sala Árabe

La decoración de esta última estancia trasportó a las dos visitantes, sin que tuvieran que recurrir a su desbordante imaginación, a las tierras del desierto, más bien a una jaima de los nómadas, entre coloridos kilims, cojines y alfombras. Aquello era, en realidad, un fumoir, es decir, un ambiente destinado al consumo del tabaco, y, por eso mismo, de uso principalmente masculino. Aprovechando la posibilidad de contemplar el lugar en ausencia de los molestos olores de pipas o puros en plena actividad, madre e hija se entretuvieron observando los curiosos instrumentos musicales que colgaban de sus paredes, como un violín bicorde chino o una hermosa lámpara-farol con vidrios multicolores cuadrangulares y rectangulares.

38705729_2329563117070939_6940145741306265600_o

El Salón Estufa

Y, como colofón de esa primera serie de habitaciones, las dos alcanzaron el Invernadero, o Salón Estufa –un espacio que el Marqués convirtió en un gabinete de coleccionista, donde reunía y clasificaba por materia, estilo y época las piezas que adquiría en el comercio de antigüedades: entre sus rojas paredes ,cubiertas por unos soberbios tapices recientemente restaurados por la correspondiente Real Fábrica, destacan una falcata ibérica y unos cuantos vasos griegos áticos e itálicos–.

En ese espacio, tan de moda como el anterior, la condesa y su hija pudieron admirar otros exóticos ejemplares, esta vez vegetales, dado que, en ese lugar acristalado, como si de una estufa fría de reducidas dimensiones se tratara, descansaban plantas de interior de diferente proveniencia. Las dos, amantes de los seres verdes, a pesar de carecer de conocimientos de botánica, se dejaron cautivar por ese pequeño universo natural que les hizo recordar el pabellón de hierro y cristal londinense, construido para la Exposición Universal de 1851, que habían visitado en familia unos pocos meses atrás, y, acompañadas por el dulce aroma de las flores y plantas, no se percataron de que se habían quedado a solas en esa jungla urbana.

Fue un lacayo quien les avisó de que todos los invitados se encontraban ya reunidos en el Comedor de Gala donde, en unos minutos, el Marqués iba a inaugurar oficialmente ese nuevo hogar madrileño.

20170228_143812

La Sala de Columnitas

Siguiendo las indicaciones de ese guía tan inesperado como oportuno, las dos mujeres cruzaron deprisa y corriendo la barroca Sala de Columnitas, que albergaba una imperiosa mesa central sobre la que descansaban una gran variedad de figurillas procedentes de la cultura griega, egipcia, etrusca y romana, y también de la Edad Moderna, sujetadas por otros tantos pilares de dimensiones reducidas en ágata, alabastro, madera y mármoles de diferentes colores.

20170228_143802

El Salón Vestuario

Después se adentraron en el Salón Vestuario, en el que se toparon nada más y nada menos que con don Enrique, el cual, antes de pronunciar su discurso, se había ausentado un momento para comprobar con su ayuda de cámara si la pajarita del valioso esmoquin estaba perfectamente anudada.

Grande fue su sorpresa al ver aparecer en esa especie de tocador masculino a las dos damas, apresuradas y desorientadas, pero, haciendo alarde una vez más de su caballerosidad, lejos de mostrarse importunado por ese encuentro, más bien desencuentro, no protocolario, esbozó una espontánea y afectuosa sonrisa, consciente de lo que había ocurrido: Aliapiedi y su hija se habían perdido, circunstancia que, como le había  comentado su amigo el Conde, era bastante recurrente, con ocasión de esas fantasías que les llevaban a abstraerse por completo de la realidad, como si fueran raptadas por una quinta dimensión.

20170228_144003

La Salita Imperio

Tras una última y coqueta mirada al delicioso espejo veneciano que colgaba encima del lavabo reutilizado como mesa de tocador, el mismísimo Marqués se encargó de acompañarlas hasta el cercano Comedor de Gala, dejando atrás los amenazadores espadines y sables antiguos expuestos sobre la mesa central de esa estancia. Y, después de haber cruzado la puerta con evocadores paneles que representaban alegóricamente las cuatro estaciones, los tres entraron en el alegre, fantasioso y colorido tocador de la Marquesa –la actual Salita Imperio– donde, para variar, también doña Inocencia estaba revisando los detalles del vestido con la ayuda de su doncella.

38726849_2329634543730463_6759260513575632896_o

El Pasillo de Dibujos

Antes de que su esposa pudiera abrir la boca –las de las dos invitadas ya estaban abiertas de par en par, deslumbradas por el exquisito y curioso mobiliario de esa habitación, decorada con una excelente mezcla de estilo rococó, neoclásico e imperio– el Marqués le explicó brevemente lo que había pasado y, tras las disculpas de rigor –las dos intrusas pensaron al unísono que la marquesa era mucho menos “campechana” que su cónyuge, sin que ello disminuyera su afamado carisma y autoridad–, fueron acompañadas al comedor por el mayordomo, que acababa de dar las últimas instrucciones al personal del servicio apostado en el limítrofe pasillo –actual Pasillo de Dibujos, donde se exhiben ochenta reproducciones de la exterminada colección en materia del Marqués, entre los que destaca “Coche tapado y barato” de Goya y otras obras de artistas españoles, italianos y franceses–.

Aunque ellas se hubieran quedado a gusto en el anterior ambiente, tan suntuoso y femenino, en el que predominaban los relajantes tonos rosas, los serenos diseños florales, en las cortinas, guardamalletas y tapicerías, y los múltiples objetos ornamentales, tales como relojes, jarrones y candelabros de bronce, cristal y porcelana, se adentraron en esta nueva estancia para asistir en unos pocos minutos, en compañía de todos los demás, a la entrada triunfal de los anfitriones.

Sin embargo, el verdadero triunfo era el que representaba esa autoritaria sala.

20170228_144010.jpg

El suntuoso Comedor de Gala

Soberbia y sorprendente era la iluminación conseguida a través de unas pioneras ampollas de luz eléctrica que, combinadas con las clásicas y románticas velas de los candelabros, multiplicaban su “esplendorosa” presencia gracias a unos cuantos espejos que se alternaban entre los cortinajes con escudos heráldicos y los bodegones con uvas, sandías, calabazas, dulces y flores cuyo impresionante naturalismo parecía competir con el no menos impresionante realismo de los exóticos y abundantes manjares perfecta y simétricamente dispuestos sobre una larga mesa, vestida con una delicada vajilla en claroscuro azul de Talavera de la Reina, con una reluciente cubertería de plata y una delicada cristalería de Baccarat.

¡No se podía pedir más!

La pareja, sin embargo, no tuvo tiempo de recuperarse de su asombro ya que los responsables de todo ello acababan de hacer acto de presencia.

Los aplausos, los cumplidos y los gestos de aprobación de los asistentes, puede que sinceros, puede que impostados, se multiplicaron y los cónyuges, visiblemente satisfechos, sobre todo ella, les invitaron a sentirse como en su propia casa, recambiando con idéntica aparente sinceridad.

20170401_125234.jpg

Detalle de la vajilla

Dicho y hecho, después de un imperceptible y cómplice gesto del Marqués al mayordomo, los camareros empezaron a desfilar con el fresco champán, recién sacado de las neveras alojadas en la gran cocina ubicada dos plantas y medio más abajo. Como soldados perfectamente entrenados, al compás, en impecable sincronía, los criados depositaban las valiosas botellas entre los calculados espacios que se abrían sobre el mantel de lino entre los fruteros, las macerinas y las bandejas rebosantes de exóticas y dulces exquisiteces, mientras que el primer lacayo empujaba una práctica mesa camarera poblada de botellas dominada por una valiosa y exclusiva de Veuve-Clicquot 1811, la mejor añada, hasta entonces, en la prometedora historia de esa casa ya casi centenaria.

Se trataba, sin lugar a duda, del modo más ostentosamente acertado de estrenar oficialmente ese palacete de cuento de hadas que después de esa noche iba a dar mucho que hablar, marcando un antes y un después en el exclusivo firmamento de los inmuebles más impresionantes de la capital.

Fue entonces cuando el Marqués empuñó una de las espadas de samurai reunidas en la Sala Árabe, un sable del periodo Edo en acero, bronce, madera, piel de zapa, laca y textiles, y, con un golpe neto y preciso, cortó el cuello de la afamada botella, declarando oficialmente inaugurada su casa, animando a los invitados a levantar sus copas, ya rellenados por el eficaz servicio, para brindar y dar inicio a la lúdica, gastronómica y danzante celebración.

Tras un atronador, y envidioso, aplauso, los invitados, por fin, pudieron desatarse, a su manera, guardando las formas y reprimiendo los instintos, y se lanzaron delicadamente sobre las raras y exquisitas piezas de frutería y repostería que hasta aquel momento lucían, casi brillaban con luz propia, en la imperial mesa central.

20170401_125812

El Salón Billar con su legendaria mesa

Algunos caballeros, los que tenían menos hambre o los que más guardaban las apariencias, más aún si cabe, siguieron al Marqués hasta el limítrofe Salón Billar, cerrado al público hasta ese momento para permitir al personal de servicio de utilizar ese espacio como lugar de apoyo del comedor –en efecto, entre los divanes altos adosados a una de las oscuras paredes repletas de retratos de reyes, príncipes, damas y caballeros, tales como, entre los primeros, Luis XIV con coraza y Luis I, de sólo cinco años, con el cetro, había una angosta puerta que ocultaba una polea directamente comunicada con la gran cocina del sótano–. Todas las miradas masculinas se centraron así en la fabulosa e histórica mesa de billar central, apta para el juego francés de carambolas, en la que, según las explicaciones del marqués, se había entrenado el mismísimo rey Fernando VII. Poco a poco, la estancia se iba llenando también de esposas curiosas que ocupaban los cómodos canapés con reposapiés escamoteables y el anfitrión, haciendo una excepción a la rígida organización de la fiesta establecida por su mujer, según la cual antes había que entretenerse con los canapés y los bailes y, sólo después, con los juegos y las charlas, tras endosar un guante y extender la tiza en el cuero de la punta del taco, agarró éste y, doblándose con clase y elegancia encima de la banda corta,  golpeó con firmeza y precisión una bola blanca solitaria que, desplazándose suave y rápidamente por el tapiz verde fue a chocar contra las demás, reunidas en un triángulo central.

Como por arte de magia, o como fruto de una gran habilidad, las esferas empezaron a moverse en todas las direcciones, algunas rebotando contra las bandas, o entre sí, y otras introduciéndose en los bolsillos: esa peculiar danza dejó una vez más a todo el mundo sin palabras, provocando nuevamente los aplausos y los gestos de aprobación de todos los asistentes.

salon chaflan

El romántico Salón Chaflán

Tras la improvisada exhibición, la Marquesa tomó las riendas de la situación cogiendo el brazo de su marido y poniéndose a la cabeza del grupo de invitados para dirigirse hacia otra estancia dedicada al esparcimiento: el Salón Chaflán –ubicado en la confluencia de las calles de Ferraz y Ventura Rodríguez–.

Aliapiedi y su hija, al igual que todos los demás, se quedaron impresionadas. Las armoniosas y bucólicas pinturas del techo y las paredes, obra de Máximo Juderías, los relajantes y dominantes tonos turquesas, no sólo de las escenas pictóricas sino también de los elementos decorativos principales, tales como una campana china de bronce con esmalte cloisonné o una exótica pareja de jarrones orientales abalaustrados, eran sólo algunos de los magníficos detalles de esa sala de inspiración francesa con sillería de estilo regencia que invitaba al deporte favorito de las damas: la tertulia, según la definición formal y políticamente correcta de lo que, en la sustancia, no era otra cosa que el vulgar y apasionado cotilleo social.

Sin embargo, según los inflexibles planes de doña Inocencia, no había llegado todavía el momento de disfrutar de esa habitación espectacular desde la cual, a través de una puerta suntuosamente decorada, se divisaba el recargado despacho del Marqués; tocaba, por el contrario, cruzar un acceso gemelo a su izquierda que, cual esplendoroso arco de triunfo, iba a llevar a la noble comitiva a la primera de tres maravillosas estancias sucesivas.

Al cruzar ese acceso, los orgullosos anfitriones pudieron advertir tras ellos, sin verlos, los gestos, las muecas, las sensaciones y los pensamientos de todos los invitados: tres amplias galerías, distribuidas alrededor de un patio interior, repletas de cuadros y antigüedades fueron las que dejaron a la comitiva sin aliento, provocando un vuelco a sus corazones.

Los marqueses, visiblemente satisfechos, por una vez, más él que ella, al haber sido suya la idea de esa configuración arquitectónica que imitaba la de los palacios italianos, disfrutaron como nunca de su momento de apoteosis social y, discretamente, intercambiaron cómplices sonrisas.

Y cuando la gente acababa de recobrar el aliento, los exquisitos anfitriones les mostraron las piezas más valiosas de esa exclusiva y privilegiada exposición, acompañándoles hasta la última sala del atípico tour doméstico.

20170228_144508.jpg

La Galería Segunda, con la Piedad de Alonso Cano

Los invitados pudieron así disfrutar, acompañados por una dulce música de fondo, de una sublime “Piedad”, de Alonso Cano, que dominaba casi por completo la única pared disponible de la Galería Segunda, la del medio, decorada con muebles italianos inspirados en el barroco florentino.

Aliapiedi, sin embargo, centraba su nostálgica mirada en una delicada mesa de pino, ébano y marfil, que, como acababan de explicar los anfitriones, había sido artísticamente realizada en su amada ciudad de nacimiento, Milán, y en un grandioso óleo, situado justo enfrente, “Alegoría de la Muerte”, obra del ilustre milanés, Caravaggio, que, con su claroscuro tenebrista, intentaba sin éxito lanzar una sombra de inquietud sobre esa noche tan luminosa –a posteriori, sin embargo, esta pintura ha sido atribuida a Pietro Paolini–.

20170228_144355

El Despacho del Marqués

A continuación, accedieron al suntuoso Despacho del Marqués, que asomaba también a esa galería, en el que, entre los recuerdos carlistas y los innumerables objetos con valor más suntuario que práctico, destacaban, junto a la impresionante chimenea, un retrato de Maria de Medici, del taller de Van Dyck, y otro de Alessandro de Medici, del taller de Bronzino, y, desde allí, a través de un vano de comunicación presidido por un misterioso reloj, desembocaron en la más sobria Biblioteca, en la que Aliapiedi se sintió de verdad como en casa, rodeada de sellos, monedas y medallas, exhibidas en las vitrinas de la estancia, y sobre todo de millares de libros de todo género y tipo.

20170228_144416

El sueño de la Condesa Aliapiedi: la Biblioteca

Esos monumentos hechos de palabras, de historias, verdaderas o inventadas, de letras escritas a mano o impresas, eternamente recordadas, no eran sino vivos testigos de la profunda sensibilidad y cultura de don Enrique.

La Condesa, sin preocuparse de nada ni de nadie, raptada por el contenido literario de esa estancia, intentó con su mirada, y su memoria, retener el mayor número de títulos posibles, entre centenares de obras sobre historia, geografía, literatura, religión, derecho, política y, sobre todo, viajes, su auténtica pasión –de hecho, no descartaba en un futuro más o menos lejano, dedicarse a la redacción de un diario, o puede que más de uno, sobre sus viajes a algunas de las muchas ciudades y países que había visitado con su marido, cuando los niños aún no existían o eran todavía demasiado pequeños para esas intensas aventuras viajeras–.

Fue su hija la que en esta ocasión la devolvió a la realidad para que alcanzaran al resto del grupo, que ya estaba reunido en la Galería Primera, envuelto por los acordes, cada vez más cercanos, de una orquesta.

20170228_144520

La espectacular Galería Primera

En esta sala cobraban protagonismo los retratos de los antepasados y de los señores de la casa, los jarrones de porcelana con “Flores de Mayo”, los omnipresentes relojes y unas magníficas joyas guardadas en una vitrina central, que incluían cruces pectorales, gemelos y broches y que captaron por completo las deseosas miradas de la Condesa y Condesita.

La Galería Tercera era posiblemente la más curiosa de todas, con sus balcones abiertos desde los que podía disfrutarse de una vista panorámica del Gran Portal y de la Escalera de Honor.

Esa estancia albergaba un coqueto aseo de invitados con un curioso cubre bacín de madera y un lavabo de mármol y en ella, para variar, abundaban los bustos, los espejos y los cuadros.

20170401_130508

La curiosa Galería Tercera

Entre ellos destacaba un increíble, y enorme, lienzo en el que, en un papel pintado en la parte inferior del mismo, aparecía la firma de un tal “Domenikos Theotokopulos epoiei”.

20170401_130309

El aseo de invitados

Esa obra central de El Greco titulada “San Francisco en éxtasis” parecía haber sido colocada allí adrede por los marqueses para que sus huéspedes, al admirarla, rodeados de arte por todos los lados, probaran los mismos sentimientos del santo retratado.

Y, en efecto, ante dicha visión, Aliapiedi y su hija empezaron a sentirse diferentes, como si fueran victimas de una confusión progresiva, de un mareo incipiente, de una desorientación galopante. Puede que todo aquello fuera demasiado para ellas… Pero tenían que aguantar el tipo como fuera para alcanzar la última estancia, la que marcaba el gran final de la visita.

Así que, cogiéndose de la mano sin necesidad de hablarse ya que ambas sabían perfectamente lo que les estaba pasando, empujadas por una melodía in crescendo, por unas notas musicales a cada paso más cercanas e imperiosas, en la cola del grupo, llegaron casi temblando al grandioso Salón de Baile.

Una exclamación de estupor colectivo, como un coro improvisado, consiguió por un momento silenciar la música en vivo del cuarteto de cuerdas alojado en una tribuna superior. Era imposible no dejarse vislumbrar por esa sala, la más opulenta y brillante de todas, que parecía haber salido, o puede que no, de un cuento de hadas.

20170228_144742

El magnífico, espectacular e increíble Salón de Baile

La Condesa y su hija casi no se tenían en pie, incrédulas ante la belleza de esa estancia que, además, gozaba de una acústica sin igual.

20170401_131432

Espejos, bustos y arañas de cristal

Entre esas suntuosas paredes, revestidas con sedas y paneles de ágata, con gran profusión de estucos, mármoles y espejos venecianos que, reflejándose entre ellos, y reflejando los destellos dorados de las arañas de cristal, parecían multiplicarse al infinito, sentían que las fuerzas les abandonaban, que estaban a punto de ser mágicamente raptadas por unas emociones tan placenteras como inesperadas.

Ese Salón de Baile, que hacía palidecer los de los cuentos de la infancia, los de Blancanieves, la Bella y la Bestia o la Sirenita, con su embriagadora magnificencia estaba aniquilando su presencia, casi disolviendo su esencia.

Las dos invitadas, al límite de sus sensaciones, sujetándose la una en la otra, tuvieron que acomodarse en uno de los divanes tapizados con sedas de Lyon junto al autoritario busto de un posible filósofo griego, para tratar de recomponerse.

Aquello tampoco funcionó.

20170401_131652

El reloj misterioso, tocando con su saeta las doce horas…

De hecho, la presencia de los dioses y los personajes de la alta sociedad que bailaban sensualmente, casi eróticamente, por encima de sus cabezas, en la bóveda de la sala, y ante sus propios ojos, lanzándose en un desenfrenado y desinhibido galop, no hacían sino empeorar la situación.

No podían más, estaban desorientadas y con la vista, igual que la mente, nublada. Sólo pudieron ver, o les pareció ver, en lo alto de los cielos, en un Olimpo pintado por Juderías Caballero, al anfitrión de siempre, al magnífico Marqués de Cerralbo que, vestido con una levita roja, les estaba observando complacido.

Madre e hija, cada vez más confusas, se abrazaron con dulzura, maravillosamente satisfechas por la sorprendente aventura palaciega allí vivida, mientras que un evocador reloj misterioso, de infinita hermosura y dominado por una neoclásica escultura, iba tocando con su saeta las doce horas, finalizando una increíble historia de cenicientas de entonces, de cenicientas de ahora…

FIN

 

Categorías: MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: , | Deja un comentario

Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Segunda parte]

[… Sigue]

Viernes, 9 de junio de 1893

El Conde y el Condesito de Aliapiedienfamilia ya se encontraban en el moderno barrio de Arguelles, repasando mentalmente la versión acordada para justificar su ausencia a la presentación de la residencia familiar capitalina del Marqués de Cerralbo, aristócrata de alto linaje emparentado con la Casa de Alba, la de Medinaceli y la de Osuna, Senador del Reino desde hace una década –de ahí la ubicación de su nueva morada, a unos pocos pasos, a piedi, del Senado– y, desde hace poco, representante de don Carlos de Borbón y Austria, pretendiente al trono de España.

Conforme iban avanzando hacia la casa de que tanto habían oído hablar en los exquisitos almuerzos del Restaurante Lhardy durante el decenal proceso de edificación, padre e hijo ya no estaban tan convencidos del buen éxito de su (innoble) expedición. Se bajaron de su carruaje a una prudencial distancia del hermoso palacio, obra de los afamados arquitectos Sureda, Cabello y Asó y Cabello Lapiedra, cuya arquitectura, con cuatro fachadas y otros tantos torreones, al estilo de los hôtels particuliers parisinos, imponía ya de por sí un cierto respeto, como si fuera una proyección, en piedra y ladrillo, de la autoridad y poderío de su blasonado propietario, y, de incógnito, decidieron recorrer caminando el perímetro exterior del edificio para admirarlo en su totalidad.

20170228_152031

La primera reja… ¡cerrada!

20180424_160016

La segunda cancela… ¡ abierta!

Mientras paseaban por la calle Juan Álvarez Mendizábal, pudieron divisar a través de una reja los setos cuidados de un jardín de diseño romántico en el que destacaba un evocador templete-mirador, haciendo esquina con la calle Ventura Rodríguez, y, un poco más adelante, se encontraron con otra cancela, abierta de par en par y sin (aparente) vigilancia, que parecía invitarles a descubrir la belleza clásica de ese espacio verde, poblado de bustos de emperadores romanos, protagonistas de un glorioso pasado, que se alternaban entre bancos a la espera de huéspedes afortunados, o de fisgones atrevidos.

20180509_144651

El templete-mirador

Y así fue como los varones de Aliapiedienfamilia, cautivados por la bucólica visión e inexplicablemente empujados por una irrefrenable curiosidad, decidieron ignorar por una vez las sagradas normas sociales, escritas o por escribir, y entraron por ese acceso, sin pedir permiso a nadie.

20180424_155846 (1)

El romántico jardín

Aquel lugar era a un auténtico paraíso, un oasis de paz urbano, dominado en el centro por un amplio espacio irregular –el actual Estanque, según la recreación de este ambiente realizada en el 1995– y embellecido por unas marmóreas esculturas, incluida la de un jabalí, en su mayoría de proveniencia italiana, por flores y plantas cuyas hojas y colores celebraban los últimos días de la primavera y por unos serpenteantes senderos que se perdían en la armonía de los clásicos elementos, naturales y materiales.

Ese jardín era una auténtica joya. Tal era su encanto que los dos intrusos, distraídos, no se percataron de que, desde el piso superior del hexagonal templete-mirador, entre las columnas y los bustos que lo decoraban, alguien les estaba observando…

Era don Antonio, el marquesito, el cual, con gran puntería, acababa de lanzar una bellota a la cabeza de su querido amigo, el condesito. Acto seguido, después de haber bajado rauda y silenciosamente desde ese privilegiado belvedere, se personó repentinamente ante los dos visitantes. Después del susto, los tres se saludaron calurosamente, como si hubieran pasado décadas desde su último encuentro cuando, en realidad, sólo habían transcurrido cuatro días desde que coincidieron en la fiesta organizada por el duque de Rivas en el Palacio de Viana.

32105194_2195823627111556_6886807560364490752_o

La actual Galería

32215370_2195823720444880_7333812157210951680_o

El Salón Rojo

Tras un agradable paseo por el jardín, se encaminaron hacia los aposentos del joven anfitrión, orientados hacia ese pintoresco espacio verde –un espacio que pocos años después, tras el fallecimiento de don Antonio, fue convertido en el ala de verano del edificio, con diferentes gabinetes y salones–, pero éste, antes de llevarlos ante la presencia de su padrastro, quiso revelar a los huéspedes los secretos del palacio.

Recorrieron así un largo pasillo por el que los criados circulaban sigilosamente –la actual Galería, cuyas paredes están decoradas con cuadros de temática religiosa y con un reloj despertador, del tipo lantern clock, que, con sus más de trescientos años, constituye el más antiguo de entre los setenta diferentes ejemplares de la casa-museo–, dejando atrás los cuartos de diario –ahora conocidos como “salones de colores”, en función del tono de las tapicerías y de los paramentos: el Salón Rojo, que era utilizado por el marqués como despacho, el Salón Amarillo, que servía como comedor de diario y también de gabinete de confianza, el único que presenta en la decoración de la pared el papel pintado original, y la Salita Rosa, recreada como gabinete de la señorita Amelia, hermana de don Antonio–.

32253752_2195824140444838_4103358866371117056_o

El Salón Amarillo

Bajaron después por una angosta escalera de servicio –a la que se accede desde el actual Pasillo, repleto de recuerdos carlistas del marqués, que conecta también con el austero dormitorio de este último durante su período de viudedad, así recreado a partir del inventario de la casa–, hasta llegar al semisótano, ubicado en la parte más baja del edificio, en términos geográficos, y también sociales, allá donde, sin embargo, se encontraba el verdadero alma de la casa, el epicentro de su vida cotidiana, el corazón de sus actividades diarias.

32207218_2195824047111514_6879752535414931456_o

El actual Pasillo

En esas estancias en penumbra, de techos bajos y decoración escueta, bajo la atenta mirada de un serio mayordomo y de una impasible ama de llaves, se movían con la gracia de una recurrente danza colectiva camareros uniformados, doncellas impecables y cocineras apresuradas: ese lugar era un verdadero hormiguero, animado por auténticos profesionales que, en el desempeño de sus funciones, se erguían como sólidos cimientos de esa catedral familiar, como imprescindibles pilares de esa vivienda tan espectacular.

Según avanzaba la inesperada y reveladora visita guiada, el conde y el condesito se sentían cada vez más incómodos, y no sólo por la visión de ese mundo subterráneo, de ese universo escondido y opaco que permitía el perpetuo brillo de las estrellas que vivían en el firmamento de las plantas superiores, sino también por la sincera confianza y amistad que les estaba brindando el joven marquesito, mostrándoles lo que normalmente no se podía, o no se quería, ver, en claro contraste con el engaño que ellos estaban a punto de perpetrar.

32155011_2195822270445025_6681306857153232896_o

Acceso al semi-sótano

Finalizaron el atípico tour recorriendo toda la planta a lo largo y a lo ancho, por fuera y por dentro, con sus cocinas, despensas, guadarneses, cocheras y cuadras –estancias todas ellas desaparecidas en la actualidad y ocupadas por los aseos, los almacenes, los vestuarios del personal y el Aula Didáctica, en el que los fines de semana tienen lugar interesantes y originales talleres familiares– y después se dirigieron hacia el Gran Portal subiendo por una escalera diferente a la anterior.

Una vez allí, los visitantes se quedaron sin palabras…

32076697_2195823833778202_4698488733408690176_o

El Gran Portal

Ese espacio no era un simple acceso a las plantas superiores, un medio para llegar al nivel del entresuelo y, más arriba, al piso principal. Se trataba de una esplendorosa carta de presentación de un viaje in crescendo hacia la poderosa opulencia, hacia el lujo más desenfrenado, hacia un mundo privilegiado que estaban a punto de emprender.

Padre e hijo ya se estaban imaginando el futuro asombro de su esposa y hermana, respectivamente, con ocasión del venidero evento pero, por el momento, tenían que centrar todos sus pensamientos en su (mezquina) misión, sin permitir que el esplendor y la suntuosidad que les rodeaba les distrajera de su (vil) propósito.

20170228_142930

El primer tramo de la Escalera de Honor

Así que, siguiendo a Don Antonio, subieron el primer tramo de la escenográfica e impresionante Escalera de Honor, con balaustrada y peldaños de mármol, y, a través de un descansillo, accedieron a la parte de la vivienda utilizada a diario por los Marqueses de Cerralbo –futuro ala de invierno del palacio–.

32082902_2195822497111669_5507950065655742464_o (1)

El Recibimiento

Allí, en el Recibimiento, el joven anfitrión se despidió de ellos con tanto afecto y calor que, una vez más, sus conciencias se tambalearon. Y como si todo ello no fuera suficiente, un gran espejo, un tremó, que dominaba esa sobria sala, les asestó el golpe (casi) definitivo, al permitirles contemplar las imágenes de un padre y un hijo cómplices de una inminente mentira a la cara de un querido amigo.

32153193_2195822387111680_1806694889463742464_o (1)

“Virgen con el Niño” de Van Dyck

Por mucho que los dos mejoraran su aspecto formal, arreglándose el pelo y retocando los pliegues de sus atuendos, nada de eso podía remediar en lo mínimo la sustancia de su alma. Para más inri, ambos creyeron advertir la presencia de una delicada “Virgen con el Niño” que, desde la limítrofe Capilla, con su mirada levantada hacia el cielo, parecía reprocharles su innoble comportamiento –la obra, recientemente atribuida a Van Dyck, estuvo expuesta en este espacio durante los dos primeros meses de este año–.

32191603_2195823187111600_5562075793275748352_o

El opaco Salón “de Confianza” (¡!)

Sin embargo, no tuvieron tiempo de averiguar si esa figura tan evocadora había sido fruto de un espejismo provocado por la progresiva frustración puesto que en ese preciso instante el marqués había hecho acto de presencia en la estancia desde el contiguo Salón de Confianza.

Con una sonrisa en los labios y un fuerte apretón de manos, el marqués invitó a sus amigos a acomodarse con él en ese salón de recibir de diario, destinado, como su propio nombre indica, a las visitas íntimas e informales.

Nuevamente, padre e hijo se sintieron avergonzados consigo mismos ante la “confianza” que les estaba brindando el padrastro de don Antonio, y, una vez más, fue un espejo, un coqueto psiqué de estilo Dresde o Sajonia, el encargado de revelarles, cristalina y silenciosamente, que no eran los más hermosos, ni por fuera y ni por dentro, del Reino de España, sino más bien todo lo contrario. Asaltados por la opacidad, casi oscuridad, de una situación en la que la única nota de color la ponía una espectacular lámpara de cristal, de clara proveniencia veneciana.

Los tres hombres se sentaron en la mesa central y, mientras esperaban que les sirvieran el té, empezaron a hablar animadamente de todo un poco, comentando los últimos acontecimientos políticos y también deportivos, acompañados por los acordes de fondo de “Le lac de Côme” de Galos, una pieza de nostálgicas y dulces reminiscencias italianas que a menudo tocaba Aliapiedi en su casa, ejecutada para la ocasión por la Marquesa de Villa-Huerta en el Cuarto del Mirador –así llamado por el balcón volado, cubierto integralmente de hierro y cristal, que da a la calle Ferraz, justo encima de la antigua entrada de servicio, rebautizado posteriormente como Salón de Música, en la que en la actualidad se pueden apreciar, más allá del magnífico piano, de la marmórea chimenea, del gran espejo de felpa o del escritorio de dama, unas llamativas cortinas de Aubusson, las únicas en tonos azules de todo el palacio, y, en una pared, una puerta, aún visible, que, a través de un pasillo, llevaba a un aseo y a las alcobas privadas de los dos hermanos, doña Amelia y don Antonio–.

32077697_2195822777111641_3156654920787034112_o

El actual Salón de Música

La conversación era fluida y amena y mientras los minutos, más bien las horas, pasaban con una rapidez inusual, tal y como puntualmente recordaban los relojes del marqués, padre e hijo casi estaban olvidando el motivo de su visita. Fue mientras comentaban los resultados de las recientes carreras en el Hipódromo de la Castellana cuando los visitantes, al unísono, se acordaron de las de Longchamps, candidatas el día anterior entre las tres mejores excusas para no comparecer en el que se perfilaba como el gran acontecimiento social del año. En ese momento ambos palidecieron tanto que, en comparación, el blanco roto de las sublimes jarras y jarrones de porcelana de Meissen que les rodeaba parecía haberse convertido en gris oscuro.

Don Enrique, percatándose enseguida de ese repentino cambio en la pigmentación de sus invitados, ordenó inmediatamente a sus criados que trajeran agua y unos cuantos terrones de azúcar, pero, por mucho que el conde y el condesito se hidrataran e ingirieran esa cantidad de glucosa, nada ni nadie podía mitigar ese blancor, ni aliviar los escalofríos que recorrían sus cuerpos y sus almas: el peso de la mentira venidera les estaba aplastando con todas sus fuerzas…

Fue el padre quien, tras recuperar mínimamente la compostura, hizo acopio de todo su valor y expuso sin rodeos ni tapujos el verdadero (falso, en realidad) motivo de su visita, disculpándose a renglón seguido por tamaña mezquindad y deslealtad. El marqués se quedó sin palabras: durante unos eternos segundos pareció ausente, ensimismado en sus pensamientos, mientras que la misma melodía que antes resonaba suavemente entre las augustas paredes del palacio, ahora callaba tristemente…

32150014_2195822987111620_3669225191294107648_o

El piano de doña Inocencia

El trío, reunido en ese irónico salón, dedicado a una confianza a punto de desaparecer entre ellos para siempre, permaneció unos momentos más en silencio, sin moverse, como si fuera un grupo escultórico, uno más de los que decoraban la casa por doquier, petrificado por el hechizo de una Medusa imaginaria, o no tan imaginaria ya que la mencionada gorgona dominaba las corazas de los bustos masculinos esparcidos por el palacio, hasta que fue interrumpido en su estática y plástica posición por la llegada de la marquesa, doña Inocencia.

La mujer, con su presencia, reanimó como por arte de magia a los nobles personajes y, tras disculparse por no haberles saludado antes alegando que estaba concentrada en sus estudios musicales entre las coquetas paredes con cenefa floral del boudoir, les comunicó que, muy a su pesar, no podía entretenerse con ellos ya que había sido invitada por doña María del Rosario Falcó y Osorio, Condesa de Siruela, a una velada literaria femenina acompañada de un tentempié en el cercano Palacio de Liria.

Tras la fugaz aparición, el aplastante silencio volvió a apoderarse de la estancia durante un brevísimo espacio de tiempo que, a los invitados, abatidos por la traición que acababan de cometer, les pareció eterno…

Fue el marqués quien rompió el hielo estallando en una inesperada carcajada. Perplejos, el conde y el condesito intercambiaron sus   miradas sin entender nada hasta que el anfitrión, con su característica franqueza y nobleza, les reveló lo que le estaba pasando por la cabeza en ese preciso instante: ¡envidia!, ¡sana, profunda y sincera envidia!

Les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, podían escabullirse de ese acto social; les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, no iban a ser el centro de todas las miradas; les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, no tenían que ser los protagonistas de una noche de gala que tanto emocionaba a las mujeres de su casa cuanto les aburría a su hijastro y a él.

El conde y su hijo no podían creerlo: en esa familia, tan distinguida y blasonada, pasaba lo mismo que en la propia.

Fueron entonces ellos los que, desatados, empezaron a reírse de sí mismos, de la situación, tan absurda como reveladora, y, en general, de esa forma de vida, privilegiada pero encorsetada a la vez.

Don Enrique, entonces, con su espléndido talante y su nobleza innata, les invitó a celebrar juntos, esa misma noche, en su recién estrenada morada, el valor de la verdad y el honor de la amistad.

Dicho y hecho, los sirvientes ya estaban añadiendo dos cubiertos en el anexo Salón Comedor para satisfacer los deseos de su señor y, media hora después, los cuatro, incluido el marquesito que, encantado, se había unido a la alegre compañía, se encontraban sentados en la hermosa mesa central, perfectamente vestida, arropados por las cálidas paredes de esa estancia, decorada con sendos bodegones y besada por los cálidos rayos del sol al atardecer.

32087222_2195822700444982_2830760906969841664_o

El cálido y acogedor Salón Comedor

Y entre risas, bromas y guiños, entre plato y plato, copa y copa, taza y taza, las del consommé y las del café de la sobremesa, servido en el diván de comodidad, los dos amigos y los dos amiguitos disfrutaron como nunca de los placeres de la vida, de la vida verdadera, de la vida más espontánea y más sincera.

[Continuará… ]

Categorías: MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: | Deja un comentario

Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Primera parte]

CERRALBO - invitacion

Jueves, 8 de junio de 1893

¡Por fin!

¡Por fin había llegado la invitación!

¡Por fin los de Aliapiedienfamilia irían a palacio!

Aliapiedi y la pequeña de la casa, las más expresivas de la familia, intentaban mantener la compostura pero, incapaces de contener la emoción, empezaron a pegar saltos de alegría, exaltadas por la recepción de la misiva, irrefutable prueba de un secreto a voces que corría desde hace semanas en los círculos más selectos de la capital.

Como de costumbre, los otros dos miembros de la familia, más pausados, no podían evitar contemplar perplejos, más bien resignados, esa inexplicable muestra de entusiasmo, casi euforia, típicamente femenino; para ellos, ese augusto tarjetón, escrito de puño y letra por el marqués con una de sus sublimes plumas, representaba un aburrido plan familiar, a la par de cualquier otro acto social de una comedia de fin de siglo centrada en la ostentación universal.

En efecto, ni el Conde, ni el Condesito de Aliapiedienfamilia compartían ese afán de opulento protagonismo: ellos eran nobles, nobles de verdad, nobles en la forma y nobles en el fondo, y lo que menos les gustaba era actuar, o sobreactuar, forzando sonrisas, besando delicadas manos, más bien guantes de seda o terciopelo, o pronunciando falsos cumplidos mientras se relacionaban con la crème de la crème de la capital. Esa fecha, el 15 de junio de 1893, se había convertido en una auténtica pesadilla, por lo que tenían que encontrar la manera de escurrir el bulto elegantemente sin que nadie se percatara o, peor aún, se ofendiera.

Y así, mientras que la condesa y la condesita se centraban en asuntos de vital importancia para esa cita tan ansiada –la vestimenta, el peinado y las joyas que iban a llevar–, ellos empezaron a barajar todas las posibles excusas para disculpar su ausencia –una cacería en Extremadura, las parisinas carreras de Longchamps o una reunión extraordinaria en el londinense Hurlingham Club–.

Cualquiera fuera el pretexto elegido, más o menos razonable, más o menos creíble, el conde y su vástago eran conscientes de que las normas básicas de educación exigían disculparse en persona con don Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII Marqués de Cerralbo, su esposa de edad ya avanzada, doña Inocencia Serrano y Cerver, viuda y madre de un querido amigo del marqués, y los dos hijos que esta última había aportado de su primer matrimonio, don Antonio y doña Amelia del Valle y Serrano, Marqueses de Villa-Huerta, de modo que, una vez convenido que el imprevisto más oportuno era el compromiso londinense, el conde, ante la resignada mirada de su mujer y su hija, decidió enviar inmediatamente un mensajero a la flamante demora de los marqueses para anunciarles su intención de visitarles al día siguiente, a fin de comunicarles la tan inminente cuan ficticia partida hacia las tierras inglesas. [Continuará… ]

FB_IMG_1515604451476

La invitación y el menú de gala: la ilusión de Aliapiedi y su hija

 

Categorías: EDIFICIOS, MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: , | Deja un comentario

El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Segunda parte]

[… Sigue]

Agarrándose a la barandilla que escoltaba los casi sesenta empinados peldaños, Aliapiedi, que había permanecido deliberadamente a la cola del grupo de exploradores, se esforzaba en ocultar su progresivo malestar y en ignorar los sudores fríos que, en consonancia con la baja temperatura que reinaba allí dentro, recorrían su cada vez más rígido cuerpo. Nada ni nadie, sin embargo, le iba a impedir seguir adelante con esa visita: sólo tenía que apoyarse con discreción en las paredes, o en el hombro de sus hijos, si era menester, hasta adentrarse, pasando desapercibida, en esa primera galería abovedada.

DSCN4511

La hostil escalera de ladrillo

Sin embargo, antes de emprender su peculiar descenso por aquella hostil escalera de ladrillo en el que debía sortear sendos ángulos rectos, el primero a la derecha y, tras un descansillo, el segundo a la izquierda, fijó su mirada en el pequeño tropel de visitantes que, desfilando en fila india por ese tortuoso y, a la vez, geométrico recorrido, le recordó por un instante un videojuego de su infancia, “Snake”, lo que le arrancó una pícara sonrisa, a pesar de las hostiles circunstancias.

DSCN4517

El estratégico ángulo de noventa grados

Pero, una vez más, desafortunadamente, aquello no era un juego, ni una inofensiva e informática serpiente cuya cola aumentaba progresivamente a la vez que se deslizaba por la pantalla de una prehistórica consola, siguiendo un recorrido huérfano de curvas pero rico en líneas primitivas que se sucedían en diferentes direcciones a través de ángulos de noventa grados, aquello era la pura y cruda realidad de un itinerario estratégicamente concebido para que el efecto de una posible deflagración rebotara sobre esas paredes perdiendo así su potencia y energía.

DSCN4519

La escalera especular hacia la entrada gemela

Los niños, atentos a esos “trucos” de estrategia militar que caracterizaban la estructura de un refugio de menos de un siglo de existencia, recordaron la excursión familiar que cuatro años atrás les había llevado hasta el “Lejano Oeste castellano”, donde tuvieron la oportunidad de conocer los castillos medievales de Coca, Arévalo y Mota, en cuyas visitas guiadas también habían aprendido unos increíbles y bélicos secretos. Y así, con las debidas comparaciones espacio-temporales, llegaron a una acertada conclusión: en las guerras, de entonces y de ahora, siempre había, y así seguiría siendo, algún genial arquitecto trabajando en la sombra y privado de emplear sus brillantes recursos y cualidades en edificios de diferente estilo y finalidad por haber nacido en el lugar y en el momento equivocados…

Y después de las tácitas reflexiones, los visitantes llegaron al final de la escalera hasta detenerse en un nuevo descansillo, frente a una puerta cerrada con una reja que llevaba, a través de una escalera especular a la que acababan de recorrer, al acceso gemelo de aquel por el cual habían entrado; a su izquierda se encontraba una puerta-esclusa de hierro separaba esta zona del pasillo central del refugio.

DSCN4518

La puerta-esclusa hacia el pasillo central

Una vez cruzado ese acceso, la nuda verdad del edificio subterráneo iba a hacer acto de presencia con todas sus inquietantes y dramáticas consecuencias…

DSCN4520

Avanzando hacia la zona central…

Una extraña y adrenalínica mezcla de miedo cautivador y curioso estupor se apoderó de todos los visitantes mientras que, azarosos, uno tras otro, superaban ese límite imaginario, o puede que no tanto, entre la ficción y la realidad, entre los conocimientos teóricos y los aprendizajes prácticos, entre todo lo que hasta ese momento habían escuchado y lo que, a partir de ese momento, nunca iban a olvidar.

DSCN4521

La estancia con líquidas presencias

Sin embargo, antes de los ojos, fueron los oídos los que les hicieron sobresaltar: un leve y rítmico sonido, inquietante en su cadencia tan constante, incesante en su murmullo acuático alarmante, insistente con su eco de gotas muy pacientes…

Parecía como si en el ambiente estuviera propagándose sinuosamente una liquida presencia cual aterradora protagonista de una película de miedo pero, en realidad, no se trataba de un conseguido efecto especial de un imaginario set cinematográfico, aún no, sino del testimonio de la existencia, en la primera estancia de ese búnker, a la izquierda, de un pozo y de una bomba reguladora del nivel de los depósitos de agua subyacentes que, aprovechando un antiguo circuito que pasaba por encima de las bóvedas del edificio, podía servir para abastecer, en caso de necesidad, con el vital liquido, a los desafortunados inquilinos de esa estructura, a la vez que impedir una posible inundación de la misma.

DSCN4525

Los restos de los originarios aseos

Enmudecidos por la crudeza del escenario, obedeciendo sin ser conscientes de ello al invisible dictamen de un cartel, ya desaparecido, que un tiempo rezaba al principio del recorrido “No obstruyan la entrada. Bajen la escalera rápidamente y en silencio”, los visitantes desfilaron ante una segunda habitación, siempre a su izquierda, de mayores dimensiones que la anterior y distribuida en dos espacios. Se trataba de  los aseos y, aunque a primera vista conceder que aquella estancia estuviera destinada a tal fin les pareció un acto de generosa confianza, al reparar en los detalles señalados por el guía, pudieron finalmente convencerse, sin verlos de verdad, de que aquello que estábamos contemplando eran los restos de unos originarios inodoros, separados por una especie de mamparas o cabinas, y de una ducha destinada a cubrir las necesidades higiénicas de los allí refugiados, y no para su descontaminación como posibles gaseados, según las teorías de otros estudiosos.

DSCN4524

Entre bastidores, o entre compuertas, camino del escenario principal

Aunque esas espantosas palabras –“inundación”, “gases”,  “descontaminación”–, recurrentes en el relato del anfitrión, eran ya de por sí suficientes para componer un panorama espeluznante, se trataba sólo de la antesala, entre bastidores, del verdadero y dramático escenario principal, el que apareció en toda su álgida frialdad tras una segunda puerta de hierro estanca: el pasillo central.

Casi de inmediato, los cuerpos de todos los asistentes fueron sacudidos por unos violentos escalofríos provocados, no sólo por esa siniestra visión que oscurecía, y a la vez hacía palidecer, el recuerdo de la película “El resplandor”, sino también por las bajas temperaturas. Aliapiedi, en cuyo cuerpo comenzaba a consolidarse lo que ya tenía todos los visos de ser una contractura, estaba sobrecogida ante un escenario tan tristemente evocador; ese ambiente, tan frío y decadente, rescatado por aquellos que no querían olvidar y que seguía presentando adrede su aspecto original, era justo como se lo había imaginado: reluciente de una potencial oscuridad, brillante de una suciedad mermada pero no completamente eliminada, resplandeciente de unas huellas del pasado no del todo borradas.

DSCN4531

El “resplandeciente”, y a la vez oscuro, pasillo central

Aquel lugar era verdaderamente impresionante; aquel lugar daba mucho que pensar…

DSCN4529

La enfermería (afortunadamente) inutilizada

A ese pasillo distribuidor, de unos treinta metros de largo y dos de ancho, asomaban diferentes estancias, distribuidas geométricamente y destinadas a diferentes funciones predeterminadas. A través de unas puertas imaginarias, sustitutas de las originarias, todas ellas desaparecidas y en su día hechas de madera, como atestiguaban los marcos, todavía en pie aunque víctimas del constante ataque de la humedad, los de Aliapiedienfamilia caminaron despacio, respetuosamente, como si estuvieran pisando un lugar sagrado, ante una enfermería (afortunadamente) en eterna espera de médicos apresurados, enfermeros agitados y heridos descontaminados, ante puestos de mando, donde nunca nadie mandó, y de descanso, donde nunca nadie descansó.

DSCN4530

Una de las diferentes estancias

Y una vez más el silencio, un silencio respetuoso, se impuso entre todos.

25626019_2030027517024502_1645045107209634525_o

Una de las chimeneas exteriores

Esas siete salas, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, desnudas y desoladoras, concebidas para sobrevivir a las barbaries humanas, hablaban por sí solas: esas bandas laterales de color rosa, o de un rojo desgastado, que recorrían horizontalmente las paredes alicatadas con azulejos blancos, casi partiéndolas por la mitad, no tenían, o no parecían tener, una función decorativa, sino más bien orientadora: la de dirigir, en caso de apagón, el errático camino de los altos mandos allí refugiados, cuales líneas guías parecidas a aquellas luminosas de emergencia del suelo de los aviones; ese mismo pavimento de solera de hormigón formado por baldosas con pintorescos y geométricos motivos, tales como rombos, triángulos y cuadrados en función de las estancias, incluido el pasillo distribuidor, donde se alternaba el amarillento blanco roto por el tiempo y el rojo apagado por la historia, no era el fruto de una artística inspiración sino de una estudiada función: la de enderezar los pasos perdidos de los desafortunados y temporáneos, o, peor aún, permanentes, inquilinos del inquietante hogar subterráneo; esos extraños agujeros, casi a ras del suelo, que en su día estarían cubiertos por unas rejillas, no servían, como podían pensar los más pequeños, para un inocente y divertido juego al escondite, sino más bien para el más serio y malicioso juego de conductos horizontales y verticales que, desembocando al exterior a través de dos altas chimeneas de ladrillo visto, componían el elaborado puzzle del sistema de ventilación, y a la vez de protección, gracias a esos cambios de orientación, contra la posible letal propagación de gases tóxicos.

Terribles escenas de pánico, entre humo, alarmas y deflagraciones, empezaron a recorrer la fantasiosa mente de Aliapiedi mientras que el anfitrión, con sus inquietantes explicaciones, no hacía sino empeorar las catastróficas visiones, tras revelar cómo allí abajo todo estaba milimétricamente estudiado para que ese refugio tan avanzado no se convirtiera, en el peor de los peores casos, en una terrible ratonera.

DSCN4532

La salida…

25587220_2030031497024104_5981173852901094307_o

… hacia la calle Rambla

Y así, en uno de los dos pasillos paralelos que comunicaban por detrás todas esas habitaciones, los visitantes pudieron también divisar, al final de la segunda estancia a la derecha, los restos de un acceso, ahora cerrado con barrotes y candado, que, a través de una escalera que se perdía en la oscuridad, permitía, en caso de necesidad, alejarse rápidamente de los caprichos del pacífico jardín y del bélico destino, desembocando, a través de otra puerta hermética, la tercera del conjunto, en la hermosa calle Rambla.

27164822_2069068723120381_3506991119078626029_o

La salida posterior, cerca de la piscina

Los asistentes, sin embargo, se percataron de que faltaba en el recuento una última puerta, la que daba a la parte posterior del conjunto, cerca de la piscina del jardín y a un nivel próximo al de la superficie del terreno, sin embargo el guía les aclaró que debían esperar al final de la visita para contemplarla desde el exterior.

Pero antes les faltaba ver una última sala de ese túnel (ahora) iluminado con fluorescentes blancos, al final del cual, por absurdo, no se veía la luz sino, una vez más, ¡la oscuridad!

DSCN4539

La oscuridad al final del túnel

¿Qué era ese lugar que parecía surgir de las tinieblas y que estaba precedido por una puerta caída, levantada y fijada en la pared?

¡Se trataba de la cocina!

Los asistentes, más desorientados que antes, se pararon repentinamente, asaltados por las dudas mientras que Aliapiedi, cansada y dolorida, desataba su propia batalla contra un peligroso e insidioso vórtice de preguntas sin respuestas: ¿De verdad que era posible que esa lúgubre estancia pudiera convertirse en un lugar de placer gastronómico? ¿Cómo podía nadie tener apetito en esas circunstancias mientras sobre sus cabezas caían bombas o granadas? ¿Quién iba a “tener estómago”, nunca mejor dicho, para reunirse alrededor de una mesa, como si nada, si unos pocos metros más arriba, los “no elegidos” se enfrentaban al infierno de la guerra?

25532227_2030027857024468_6123545276654144786_o

Más chimeneas de ventilación

Aunque no quedaba rastro alguno de lo que un tiempo fue una cocina,  pudieron observar los restos de un originario cuarto de maquinaria, dotado de un generador de electricidad de gasoil y de unos depósitos de combustible para prevenir la eventualidad de un corte de corriente, y una bomba impulsora de aire para expulsar hacia fuera los escasos agentes tóxicos que pudieran superar la ya de por sí eficaz estructura del articulado sistema de ventilación.

Pero la historia, o mejor dicho, las historias de ese búnker tan ingenioso no acababan allí.

Todavía quedaba una más por contar, que hizo sobresaltar a todo el mundo: la del terror que allí abajo se había recreado.

DSCN4536

La estancia del terror y de un “gran amor”…

En efecto, esa estancia en forma de L, ahora ocupada por un solitario banco de obra adosado a una de sus negras paredes, así pintadas adrede, había sido  elegida por distintos cineastas para rodar escenas de la segunda Guerra Mundial e, incluso, para reproducir la demora sepulcral del vampiro más famoso del mundo. Los más pequeños, animados por ese relato, intentaron empujar aún más su mirada entre los barrotes de esa sala, mientras que Aliapiedi reflexionaba sobre la ironía de la realidad y de la ficción, sobre cómo lo que podía haber sido la última morada de seres vivos, víctimas de un cruel y real destino, se había convertido para la ocasión en el hogar de seres muertos o revividos protagonistas con motivo del rodaje de la película “El gran amor del Conde Drácula”.

DSCN4538

La paciente estalactita

Resentida, física y mentalmente, dando la espalda a la puerta metálica estanca de ese cuarto oscuro en el que, por efecto de la constancia de la cal del agua y de la paciencia de un tiempo transcurrido sin prisa pero sin pausa, se estaban materializando una estalactita y una estalagmita, se encaminó, casi arrastrándose por el suelo, hasta la parte final del búnker, hacia una galería que, detrás de un nuevo ángulo de noventa grados, se abría a la izquierda de la galería principal.

Allí, entre dos puertas de hierro, a la derecha, el guía les mostró una última habitación, cuadrada, dotada también de una chimenea vertical de ventilación que conectaba con el exterior, aunque más baja que las anteriores y enfoscada, posiblemente utilizada para el cuerpo de guardia.

DSCN4541

Una posible armería

Y allí, en ese último, y corto, pasillo donde también se abría un pequeño hueco en la pared de enfrente, puede que utilizado como armería, el anfitrión dio finalmente por terminada una visita que, por las preguntas, las observaciones y, sobre todo, las emociones de todos los asistentes, había durado más de lo debido.

A todo el mundo le tocaba volver allá de donde había venido, pero Aliapiedi, a pesar de su malestar, se sintió incapaz de abandonar ese refugio tantas veces deseado sin despedirse de él como era debido. Y así, de puntillas, desde esa última compuerta entreabierta, colofón final de ese estratégico, y a la vez dramático, túnel subterráneo, dando rienda suelta a su fantasía, lanzó su mirada tras ella, tras su rígida estructura, tras la posible amargura encerrada en el final de ese túnel casi infernal.

Y por fin vio la luz.

DSCN4540

¡La luz al final del túnel!

La luz que se colaba a través de una escalera empinada, invadiendo y atosigando con su maravillosa energía todas las estancias de un refugio que nunca tenía que haberse construido; la luz de un ambiente exterior, atacado y golpeado por los rayos de un nuevo sol donde desfilaban orgullosos “caprichos” de alto mando, bajo la complacida mirada de plantas y flores condecoradas, ataviadas con pintorescos y neutrales uniformes multicolores; la luz de centenares de vidas humanas que con la alegría y despreocupación propias del fin de semana bombardeaban el edificio escondido al nivel inferior, derrotando pacíficamente al fantasma de un trienio de auténtico terror; la luz de un recuperado búnker del pasado, inutilizado y abandonado por los caprichos de la Historia, convertido al fin en el luminoso símbolo de una memoria, ya no tan “caprichosa”.

Una nota final: Después de esta intensa, y sufrida, aventura en familia, Aliapiedi, gracias a un par de días de reposo (casi) absoluto, se recuperó de la inesperada contractura. Cuentan por allí que en este 2018 recién estrenado volverá a caminar “a piedi”, y a volar con la fantasía de sus “alia(i)piedi”, en un nuevo y (casi) super-secreto proyecto madrileño. ¿Cuál será? Id a www.infobarajas.com y descubriréis toda, o casi toda, la verdad sobre la protagonista de este blog en: “La mirada de Aliapiedi: Una milanesa en Madrid”.

Buona lettura a tutti!

Categorías: EDIFICIOS, PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | 1 comentario

El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Primera parte]

Llevaba un largo quinquenio esperando que el (ahora) tan famoso búnker de su amado jardín madrileño, El Capricho, volviera a abrir sus puertas al público; llevaba un año entero tratando de apuntarse a una de las visitas guiadas gratuitas que se organizaban en su interior los fines de semana; llevaba unos cuantos días contando las horas para esa ansiada cita con la historia…

Era un domingo de mayo y, debido a la emoción, Aliapiedi se había despertado antes de lo habitual. Afortunadamente, también el resto de los integrantes de la familia ese día se habían liberado temprano de los cómodos brazos de Morfeo, preparados para una nueva aventura.

Sin embargo, en el breve recorrido a piedi que separaba a los cuatro de su meta, la madre empezó a notar unas leves, pero progresivas, molestias, físicas y psicológicas; inusualmente restó importancia a las primeras centrando su atención, y su preocupación, en las segundas dado que en ese momento eran las que podían traer peores consecuencias.

25734500_2030027217024532_7047976579145088346_o

Uno de los accesos del Polvorín, oculto entre la vegetación…

25532291_2030027147024539_6393593953362122101_o

… y su chimenea de ventilación

Dejó entonces de mirar complacida la cara de sus hijos, tan impacientes como ella por el inminente encuentro “bunkeriano”, al rememorar su tierna infancia cuando jugaban a buscar entre la rebosante vegetación del jardín los accesos, más o menos secretos, y las chimeneas de ventilación de esta construcción subterránea y de las otras dos existentes en el mismo recinto, el Polvorín y la Galería de Escape, y empezó a dudar de todo: de sí misma, de los demás y ¡del equilibrio universal!

Mientras se esmeraba en disimular, con escaso éxito, el sudor frío, y a la vez cálido, que emanaba de los poros de su piel, a hurtadillas, con una soltura y habilidad digna de un elefante en una tienda de cristal, buscaba y rebuscaba con discreción en su móvil un correo electrónico de importancia casi vital, y transcurridos unos eternos segundos de pánico, por fin encontró la anulación de una primera reserva que,  imperdonablemente, para su marido, coincidía con un crucial partido del Real Madrid, y la confirmación de una sucesiva, para aquel día y con toda la familia: ya podía respirar hondo, secarse las gotas de sudor y empezar a disfrutar de ese prometedor día primaveral.

Llegaron así al jardín de su duquesa favorita, la de Osuna, admirable mecenas y responsable de haber concebido y querido con todas sus fuerzas esa joya arquitectónica y vegetal, y, superados los tornos de entrada, los cuatro se dirigieron hacia la originaria Plaza de Toros, justo delante de la noble reja de acceso al magnífico recinto del palacio ducal.

25626179_2030134733680447_5404161693680432791_o

Columna de los Enfrentados

25532048_2030134617013792_5628396130401506565_o

La Exedra

En el coso ya les esperaba uno de los preparados y apasionados profesionales de Inversa que, lista en mano, verificaba la identidad de  los allí congregados y, cuando pronunció los nombres de los componentes de Aliapiedienfamilia, ella sonrió orgullosa. 

25587782_2030080320352555_4262879262583523402_o

Estanque del Parterre

Tras el meticuloso control, previa presentación de sus documentos de identidad, los cuatro consiguieron por fin sus identificaciones como visitantes y, en compañía de otros dieciséis participantes, se encaminaron, en perfecta formación (casi) militar, hacia el paseo principal de El Capricho, siguiendo a su provisional comandante en jefe.

25531983_2030140860346501_1177610847952372305_o

El Laberinto

A ella, sin embargo, le costaba no poco esfuerzo mantener el ritmo de los demás, y no sólo por culpa de sus molestias físicas, que iban a más, sino sobre todo por las “caprichosas” distracciones de siempre: ¿Cómo no pararse a admirar cada mínimo detalle de ese jardín paisajista que rebosaba por todos sus rincones belleza y armonía?

No podía, tampoco lo pretendía, desfilar impasible bajo la autoritaria mirada de las Columnas de los Enfrentados o de la imperial Exedra o del geométrico y circular Laberinto o del cuidado Parterre con sus pintorescos estanques o de la chispeante Fuente de las Ranas

Y así, como de costumbre, se perdió por el jardín de la mano de su fiel compañera, la fantasía

25531862_2030080253685895_1348702708403300146_o

La Fuente de las Ranas

Fueron entonces sus familiares los que, discretamente, alejándose de los demás componentes de la expedición, fueron a rescatarla de su onírica dimensión, reorientando sus pasos y, sobre todo, sus pensamientos hacia la meta establecida.

De vuelta a la realidad, Aliapiedi se encontró así cara a cara con él, su secular amigo/enemigo íntimo, el protagonista de sus sueños y de sus pesadillas: el popular Búnker del General Miaja o, más correctamente el Refugio del General Miaja, por tratarse de una estructura concebida con esa finalidad.

25587186_2030080147019239_2094539211087868497_o

El Bunker del General Miaja en todo su escalofriante esplendor militar

Allí estaba él, con todo su escalofriante esplendor militar y su inquietante valor estratégico, invitándoles a cruzar una de sus cuatro entradas, la que estaba al lado del palacio ducal, en un talud que aprovechaba  la elevación del terreno, que estaba abierta de par en par para esa ocasión.

Ella no podía creer lo que estaba viendo: ese ingreso no era un simple acceso a una histórica construcción, sino que simbolizaba la efectiva materialización de un largo e intenso plan de apertura al público, promovido y apoyado por una plataforma creada ad hoc y por diferentes asociaciones e instituciones socio-político-culturales del barrio, un proyecto que parecía no tener fin y que, sin embargo, se había hecho realidad…

20170604_103908

Un simbólico ingreso, por fin abierto…

A pesar de sus dolencias físicas, ella tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato y a toda velocidad dentro del refugio así que, luchando contra sus deseos, esperó paciente, haciendo un ímprobo esfuerzo por frenar sus instintos durante unos diez minutos más, casi quince, que fue lo que duró la necesaria explicación introductoria de otro capitán general, es decir un nuevo guía de Inversa, encargado de conducir al reducido tropel de visitantes hasta las entrañas del atípico edificio.

Antes de emprender la bajada, el anfitrión les recordó las precauciones a tomar durante el recorrido, pero todas esas advertencias, que también rezaban en un impoluto cartel que colgaba del muro exterior del refugio, lejos de espantar a los experimentados exploradores, despertó en ellos, sobre todo entre los más pequeños y los seres “aliapiedescos”, un deseo aún más intenso de emprender cuanto antes ese itinerario; de hecho, aparentemente, con una silente excepción, todo el mundo parecía encontrarse en perfectas condiciones para afrontar la inminente aventura: nadie llevaba tacones, nadie –que se supiera– padecía insuficiencia respiratoria, nadie –parecía– tenía alergia a las arañas. Pero la arácnida referencia perturbó la feliz existencia de la más pequeña de Aliapiedienfamilia que, nada más oír esa palabra empezó a temblar: no era alérgica pero profesaba casi un respeto reverencial, más bien pánico, hacia dicha especie y, en general a todo ser vivo no humano existente sobre la faz de la tierra, especialmente los más diminutos: “¿Arañas?” –se preguntaba desconcertada– “¿Esas espantosas criaturas que trepaban por las paredes?” “¿Esos monstruos de ocho patas que, según las leyendas italianas que le contaba, o se inventaba, su madre, traían buena suerte a quien las encontraba?”.

A la pequeña el plan familiar ya no le parecía tan alentador pero, a pesar de sus reparos, ya no estaba a tiempo de arrepentirse. La narración de la historia del búnker había comenzado, arrastrando a todos los asistentes a la triste época de la Guerra Civil, en concreto a aquel agosto de 1937, cuando con las tropas nacionales a las puertas de la capital, el General Miaja había decidido alejarse del frente y trasladar el puesto de mando del Ejército de Centro desde los sótanos del edificio sede del Ministerio de Hacienda, ubicado al principio de la calle Alcalá, cuyo entorno ya había sido bombardeado por la aviación enemiga, hasta la finca de la Alameda de Osuna, que por aquel entonces había sido abandonada por sus últimos propietarios, los Baüer, y que se encontraba estratégicamente situada en el originario camino entre Madrid y la ciudad cervantina, cerca de los aeródromos de Barajas, Alcalá y Algete, cómodas vías de evacuación en caso de asalto. Era tal el temor de Miaja a una agresión aérea, que mandó construir en esta zona densamente arbolada, ideal para el camuflaje, un refugio subterráneo que, junto con el palacio de siempre y otras instalaciones, nuevas o reutilizadas, como la ya nombrada Galería de Escape o el Polvorín, acabaron por integrar la llamada “Posición Jaca”, el nombre en código que recibió este nuevo cuartel general secreto de los republicanos, que no aparecía nombrado en ningún documento del periodo de la República, como si de un fantasma se tratara, y que durante un breve espacio de tiempo convivió con el anterior, el ubicado en la calle de Alcalá y conocido como “Posición Japón”.

25626206_2030080050352582_8186406643883896699_o

El Palacio, vigilando perplejo al cercano búnker

A las puertas de ese refugio con el Palacio a sus espaldas, ajenos al drama de una contienda tan sangrienta como fraternal, los más pequeños, al oír esos evocadores nombres en código, fantaseaban con la imagen de una guarida (casi) inexpugnable de un villano de una película de James Bond; sin embargo, a medida que el experto anfitrión avanzaba en el relato de los hechos, la imagen del exuberante recinto donde se encontraban, repleto de plantas y flores de todo color y tipo, fue paulatinamente transformándose en la mente de todos los asistentes en un bélico escenario en blanco y negro, pisoteado por militares con pesadas armas letales, por caballos entrenados para enfrentarse en contiendas de seres superiores, supuestamente racionales, o por tanques sin alma preparados para lanzar al aire mensajes de ruina y de muerte.

En esa tesitura, los pequeños cayeron en la cuenta de que las guerras, las luchas y los combates, tantas veces simulados en sus inocentes juegos de infancia, no eran en realidad tan divertidos, y menos aún cuando se enteraron de que aquella construcción de aspecto exterior tan pintoresco, con la hiedra escenográfica y románticamente trepando por sus rojas paredes de ladrillo, podía encerrar, casi engullir, en su interior hasta doscientas personas que, en caso de ataque aéreo o, peor aún, químico, podían sobrevivir durante quince días en ese forzado hogar colectivo, posible tumba, después, de seres vivos…

Afortunadamente, como se apresuró a aclarar el guía, ese búnker tan atípico, construido para “alojar” las más altas autoridades militares y, por ende, caracterizado por una arquitectura bien diferente de otros esparcidos por Europa, de aspecto gris y frío, jamás cobró protagonismo durante la pelea trienal entre hijos y hermanos de un mismo país.

25587225_2030030510357536_5230370965700825810_o

La puerta gemela de acceso al búnker

Finalizada la inquietante introducción, los niños respiraron aliviados, dispuestos a emprender su peculiar aventura ¡dieciséis metros bajo tierra!, que bien podía ser de “20.000 leguas de viaje submarino” por cuanto ese refugio antiaéreo había sido concebido, precisamente, como una especie de sumergible terrestre, gracias al asesoramiento de especialistas de la Marina. Sólo bastaba con fijar la mirada en esa primera puerta metálica, flanqueada por una gemela a unos pocos metros de distancia, para darse cuenta de sus características navales: el ojo de buey de cristal reforzado, la junta de goma para su clausura hermética, el cierre a presión con cerrojo giratorio.

Por fin había llegado el momento de cruzar ese acceso para entrar en un mundo fuera de contexto…

Planta búnker 1

La planta del monstruoso búnker

[Continuará…]

Categorías: EDIFICIOS, PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | Deja un comentario

Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Tercera parte)

[… Sigue]

– PRIMAVERA: EL GOZO –

Era primavera.

Un domingo de primavera.

Satisfecha por haber conseguido perder unos trescientos gramos en tres meses, Aliapiedi acababa de tomar la decisión de emprender un plan de paseos cotidianos de aproximadamente una hora de duración para seguir adelante con esa prometedora “operación bikini” en vista del verano, así que, después de una comida no precisamente frugal que exigía unos (pocos) pasos suplementarios para engañar a su conciencia y otros cuantos (muchos) más para satisfacer el despiadado podómetro de su móvil, se encaminó hacia el parque Juan Carlos I, el joven “Gigante Verde” que ella había descubierto tardíamente hasta apreciarlo, casi tanto, como el vecino “caprichoso”, más coqueto y de dimensiones más reducidas.

En esta ocasión, sin embargo, en lugar de perderse adrede, como de costumbre, por el amplio y moderno recinto de casi veinte hectáreas de extensión, fruto de la genialidad de los arquitectos José Luis Esteban Penelas y Emilio Esteras Martín, decidió dirigir sus pasos directamente hacia la Estufa fría, la extraña construcción que había sido el escenario de su anterior e inquietante aventura “Inverná(cu)l(ar)”.

Pero esta vez Aliapiedi, como estratega experimentada que es, se había preparado a conciencia para ese “frío” encuentro, o desencuentro, no en vano se había pasado el trimestre anterior estudiando los puntos fuertes, muchos, y débiles, prácticamente ninguno, de su álgido adversario arquitectónico –a tal fin, le resultaron especialmente útiles los valiosos conocimientos adquiridos en una de las interesantes ponencias organizadas por un comprometido amigo del barrio con ocasión del cuarto siglo de vida del parque en cuestión–. Había llegado el momento de poner en práctica toda esa sabiduría teórica, aprovechando las ideales condiciones climáticas de aquella jornada, de modo que, con paso firme y seguro, se encaminó hacia su objetivo, recorriendo el sendero de siempre que, sin embargo, presentaba un aspecto del todo diferente…

Los elementos vegetales, gracias al milagro de la primavera, habían cambiando su look por completo, rescatando de su fondo de armario atuendos exuberantes y coloridos, y ella misma, víctima de la poderosa belleza de la naturaleza en su apogeo, lo veía todo bajo una perspectiva más invitante y embriagadora: los árboles hace unos meses desnudos le hacían sombra con sus hojas recién estrenadas; los millares de olivares bicentenarios de troncos bífidos, cubiertos en sus extremidades por un denso y verde follaje que les asemejaba a unas atípicas cheerleadears con pompones, la recibían bailando; los almendros en flor, con la ayuda de una leve brisa, aplaudían su visita con el escenográfico lenguaje de los signos; las plantas del amor lanzaban pétalos rosáceos a su paso; el tren eléctrico le sonreía con sus grandes “ojos-faros” delanteros mientras que los pasajeros la saludaban divertidos; los vistosos veleros, hundidos hace un par de meses, le ofrecían cobijo con su renovada tripulación de niños despreocupados que sustituían a los inquietantes piratas del invierno pasado, y la Cuarta Pirámide, hasta entonces un cúmulo deforme y descuidado de tierra y de lodo, se presentaba ante ella con sus mejores galas, cubierta de hierba fresca perfectamente distribuida, lista para abrir el telón de ese teatro natural y descubrirle el grandioso escenario que ocultaba tras su imponente presencia: la Ría y, más allá, la Estufa fría.

Era el tripudio de la primavera, de su poderío y de su magia, y Aliapiedi gozaba como nunca de ese maravilloso y periódico embrujo que lo invadía todo, incluidos los modernos y artificiales elementos arquitectónicos del parque que se fundían armoniosamente con los exuberantes elementos de la naturaleza –las plantas, las flores, los montículos, los senderos…–  y los mismísimos animales.

20170408_110139

La majustuosa Ría…

20170408_110207

… y la Estufa fría

Y así, encantada de la vida, tal y como había hecho en invierno, se encontró a si misma trepando por la dinámica y elegante pasarela de original estructura con forma de arco que salva el canal principal y desde cuya cima se detuvo a contemplar la privilegiada vista de su hipotético enemigo, ese extraño edificio de hormigón y acero de carácter post-industrial, premiado en más de una ocasión a nivel nacional e internacional.

20170408_110328

La escalera hacia la pradera

20170408_110228

La pasarela y su dúplice rampa

Sin embargo, en lugar de bajar por el tramo de siempre que, a través de unos peldaños, llevaba al nivel del suelo, decidió romper con la tradición invernal y descender por una rampa lateral menos empinada, que llevaba a una escalera sabiamente mimetizada entre el verde de una inclinada pradera.

Sin saber lo que le esperaba allí arriba, siguiendo sus instintos y dejándose llevar por las amistosas fuerzas misteriosas del parque como en su primera visita otoñal, alcanzó la Estufa fría desde las alturas.

20170409_141001_001

El acceso superior de la Estufa fría

Se encontró entonces con lo que suponía que era el acceso principal al botánico conjunto, según rezaba el letrero colgado en la reja en la que se abría hueco una garita jubilada que, huérfana de su empleado, posiblemente añoraba sus primeros años de actividad en calidad de “taquilla-junior” recién nombrada.

Tras superar esa entrada controlada,  no ya por humanos, pero sí por unas cámaras de vigilancia, se topó  con una amplia explanada que, según sus cálculos, debía ser la Plaza central, el corazón y el centro, nunca mejor dicho, de ese parque  “circular”, estructurado en torno a un funcional y simbólico anillo distribuidor de tres kilómetros de longitud.

20170514_111038

La Plaza central y su puerta imaginaria abierta de par en par

Ese amplio espacio elevado que se desplegaba ante sus ojos parecía invitarla a cruzar una puerta imaginaria, al fondo, abierta de par en par y enmarcada por dos autoritarios bloques de hormigón, como si de dos guardianes se tratase. Lejos de asustarse frente a esa gigantesca y dúplice presencia, ella, emocionada, siguió la silenciosa pero autoritaria llamada de la plaza, y, un paso tras otro, se fue asomando al vacío que, desde la lejanía, parecía abrirse tras esa inquebrantable pareja de colosos.

Detrás de ese portal monumental abierto al cielo, se encontró con un curioso e ingenioso juego, un kit de líneas verticales y horizontales que componía una especie de ajedrez suspendido en el aire, un peculiar tablero de casillas transparentes sujetado por unos cuantos pilares cuyos ejes se proyectaban progresivamente hacia el agua transparente de la Ría, hacia el verde escenario de El Capricho y, más allá, al fondo, en el backstage del firmamento de Madrid, hacia otra moderna construcción de líneas curvas y sinuosas que, paulatinamente, se iba imponiendo en ese nuevo horizonte: el futuro Estadio Wanda Metropolitano.

20170514_111057

Un tablero de casillas transparentes proyectado hacia nuevos horizontes

Aliapiedi se quedó sin palabras, conteniendo el aliento y las emociones ante ese superlativo panorama, ante esa superposición de planos, ante ese cuadro infinito que, desde su posición privilegiada, dominaba por completo.

Ya fuera por culpa de la primavera o de sus fantasías, fuera por lo que fuera, allí arriba se sentía poderosa, llena de energía y rebosante de alegría.

Con esa actitud, tras dejar atrás esas vistas tan embriagadoras, se dirigió a su derecha, al camino que llevaba a la parte superior de la zona del Invernáculo, lo que se suponía era la cabeza del  adversario que se protegía con un yelmo más que peculiar cuyo curvilíneo perfil, en ese preciso instante, podía contemplarse a través de los flujos del riego artificial.

20170408_110943

El bosque autóctono y las aromáticas

20170409_141852

Entre “suculentas”…

Se adentró entonces en el bosque autóctono, fijándose por primera vez en las especies aromáticas distribuidas en unas pequeñas superficies a los pies de pinos, robles, hayas, acebos y tejos cuyas ramas, a diferencia del invierno anterior, ya no parecían huesos de esqueletos deseosos de atraparla entre sus garras sino más bien voluminosas y airosas alas de abanicos que, con sus brazos frondosos, casi tapaban los estilizados árboles pintados en el vidrio de los paneles exteriores del edificio; seguidamente, ya en la zona de los umbráculos, fueron unas cuantas compañeras suculentas, yucas, filiferas, rostratas y gloriosas, las que, presentándose una tras otra a lo largo de una pasarela, le dieron la bienvenida con sus tallos, hojas y raíces engrosadas por el agua almacenada y alimentadas por unos rayos de luz que cruzaban las vigas curvadas de acero en voladizo de una cubierta que parecía flotar en el océano del aire, cual blanca pareja de velas ensanchadas por el viento.

20170409_142528

La sugestiva pasarela entre luces y sombras

Intentando no dejarse distraer por esos sublimes detalles, ella siguió adentrándose en campo (que ya no le parecía tan) enemigo y, como temía, tuvo que detenerse ante una complicada bifurcación que conocía a la perfección: si decidía ir a la izquierda se toparía con el (aparentemente) agradable jardín japonés, puede que infestado por unos fantasmas del pasado, mientras que a la derecha le esperaban los demás inquilinos de ese reino botánico protegido.

Aliapiedi, sin dudarlo ni un segundo, eligió la segunda opción, no por cobardía, y tampoco por temor, sino para dejar para el final de su recorrido el “lugar del delito”, el lugar en el que, en una fría tarde invernal, había visto, o puede que imaginado, “algo” o “alguien” inesperado.

20170409_142548

Un sol, o “Espacio México”, amaneciendo en el horizonte

Bajó entonces por la sugestiva pasarela situada a su derecha en la que, una vez más, las luces y las sombras jugaban al escondite con los muros, las láminas y los pilares horizontales y verticales del edificio, gracias a la impresionante superestructura mixta de hormigón y acero, abierta, y al mismo tiempo cubierta, al cielo y a su divertida y cerúlea mirada.

Dejando a su izquierda, en la lejanía, la roja y cautivadora figura de una escultura llamada “Espacio México” parecida, según su peculiar interpretación, a un sol al amanecer, giró a su derecha y caminó hasta  alcanzar una poblada zona central donde le esperaban, entre la tierra de los parterres y la gravilla del sendero, diferentes seres vegetales: los vivaces helechos, sin flores ni semillas, brillando, o mejor dicho, “helechando” por sí mismos en la parte menos iluminada; un poco más adelante, como si se tratasen de unos simpáticos duendes, los verdes habitantes del bosque de ribera, o bosque en galería, cuya vegetación formaba bandas paralela a un imaginario y cristalino curso acuático; a renglón seguido, unas dulces acidófilas, enseñando sus mejores ejemplares de brezos, rododendros, hortensias y, sobre todo, de floridas y albas camelias japónicas, todas ellas “acidofilando” a su manera, es decir, tolerando dulcemente su sustrato con pH ácido; al fondo, las imponentes palmeras, acompañadas por unas leñosas plantas cicadáceas de hojas pinnadas que, “palmaceando” y “cicadáceando” al unísono, parecían recrear una selva de Madagascar, y, finalmente, en el muro de gaviones lateral, asomando entre los intersticios, unos helechos colgantes, “colgando” como era debido, y unas atrevidas trepadoras, “trepando” hacia el infinito… ¡y más allá!

Rodeada por esos supuestos adversarios que la amenazaban con un portentoso festival de colores, olores y sensaciones, pletórica y satisfecha por esa lucha sin iguales, se liberó de sus prejuicios del pasado, depuso las armas y, esbozando una sonrisa, en signo de amistad, empezó a disfrutar de verdad de ese lugar, de esa acertada fusión entre el original continente y su exuberante contenido, de esa peculiar Madre Naturaleza Arquitectónica que, en función de las estaciones, gestaba, desarrollaba y traía a la luz nuevas vidas vegetales, al amparo de las gigantescas manos protectoras de los techos curvos de la cubierta.

20170408_112048

La Madre Naturaleza Arquitectónica con sus gigantescas manos protectoras

Con el gozo en el alma y en el cuerpo, se dirigió entonces hacia la sección de los cítricos donde se topó con unos arbolillos perennes que exhibían orgullosos sus vástagos amarillos que, llenos de vitamina C y ácido cítrico, se escondían tímidamente entre las hojas verdes de sus progenitores.

Tras despedirse de esa familia numerosa de la que, además de los vergonzosos limones, formaban parte naranjas, limas y mandarinas, se encaminó hacia la parte inferior del invernáculo, donde se erguían los veteranos bambúes, fortalecidos en sus altos tallos por la experiencia del tiempo vivido, que parecían rememorar sus orígenes y posterior diversificación más de treinta millones de años atrás. Esa especie de tan elevada estatura que siempre le hacía añorar su increíble viaje japonés del anterior verano, la entretuvo bastante rato con su evocadora presencia, antes de emprender un camino flanqueado por estanques en el que se personaron unas frescas plantas acuáticas, entre las que, a pesar de sus escasos, prácticamente nulos, conocimientos prácticos y teóricos de botánica, reconoció una variedad de la romántica nymphaea, musa inspiradora del célebre Monet.

Mientras recorría aquel cuadro tan dinámico que ella misma protagonizaba, se percató de que había llegado al origen de ese pletórico conjunto, al ombligo de ese mundo vegetal, a la fuente de la vida en general y de todas las vidas allí reunidas en particular: la imperiosa cascada, de esa dinámica criatura hídrica que, con su vital poderío, acompañado por el rítmico fluir de las aguas, le provocó, como siempre, un cierto respeto reverencial.

20170409_143136

El original y acuático monumento a la vida, parecido a un templo perdido

En su vis-à-vis con esa escenográfica lámina de agua, Aliapiedi no pudo evitar observar, y a la vez admirar, con la debida devoción y respeto, la grandiosa estructura vertical sobre la cual aquélla se deslizaba entre los oblicuos destellos de luz, mientras que a su lado descansaba su hermana menor, un bloque rígido de inferiores dimensiones pero de líneas geométricas parecidas que permanecía inmóvil, aunque parecía moverse debido a la líquida presencia que recorría su cuerpo cubierto por el musgo, dejándose rasgar por las sombras y las luces proyectadas a través de las lamas de la “cubierta abierta”, lo que le daba un curioso aspecto atigrado, menos formal que el de su vecina.

20170409_143237

Una monumental hermana menor de aspecto “atigrado”

Aunque deseaba permanecer más tiempo ante ese peculiar monumento a la vida que se asemejaba a los templos perdidos de América Central, sabía que había llegado el momento de la prueba de la verdad: el reencuentro con ese “algo” o “alguien” del anterior invierno.

Había vuelto a la Estufa fría no para acobardarse en el último instante sino para enfrentarse, esta vez preparada, documentada e instruida, a sus fantasmas del pasado.

Volvió entonces sobre sus pasos, retornó por la pasarela principal de madera, y allá dónde los caminos se cruzaban, siguió esta vez todo recto, sin vacilar.

Una vez allí, en el patio “zen-budista” de siempre se ruborizó como nunca: el jardín japonés había florecido, el jardín japonés había crecido, el jardín japonés había magníficamente resucitado.

20170409_142114

El chambelán japonés

Fue un árbol no muy bien identificado que, a la par de un ilustre chambelán, la acogió con sus verdes y cargados brazos abiertos, anunciando su llegada a todas las criaturas de flor y hojas que allí descansaban.

20170409_142301

Los colores primaverales-otoñales del rincón “zen-budista”

Y ella, boquiabierta, con sus ojos fuera de las órbitas, como un avestruz, asumiendo esa irracional actitud, tan propia de ella, que contrastaba con el orden y la formalidad de ese lugar tan sagrado, emblema del equilibrio universal, empezó a dar saltos de alegría a la par que gritaba entusiasmada.

En efecto, de todos los espacios fraccionados que, sin embargo, conferían unidad al conjunto arquitectónico, ese era indudablemente el que más había cambiado.

Entre las piedras decorativas y la gravilla rastrillada se erguían ahora con todo su poderío vegetal, con toda su belleza natural, con todo su esplendor sin igual, los nobles anfitriones de ese rincón japonés, recién despertados de su letargo invernal. Esos seres, que se presentaban con sus evocadores títulos en latín que parecían complicados trabalenguas, ahora exhibían deslumbrantes y sin ningún pudor todos sus colores veraniegos que, paradójicamente, parecían más propios del otoño: el amarillo, el rojo, el marrón y el verde y, como superlativo telón de fondo, el omnipresente azul del cielo.

20170409_142235

El jardín japonés en todo su esplendor primaveral

Todo allí era armonía, todo allí estaba en paz, con la única excepción de la propia Aliapiedi que trataba de recuperar la compostura, no sin dificultades.

Faltaba, sin embargo, un último detalle para poner el broche de oro a esa visita tan sorprendente: acercarse una vez más a los ventanales que se abrían en uno de los muros de hormigón que delimitaban ese recinto y comprobar de una vez por todas si la escalofriante visión del invierno pasado había sido solo un espejismo o la cruda realidad.

Sigilosamente, se acercó de puntillas hasta allí pegó su cara al cristal para que los reflejos de la luz no le jugaran una mala pasada y lanzó su mirada hacia ese espacio oscuro…

Entonces lo vio, lo volvió a ver todo, igual que tres meses atrás pero bajo una perspectiva diferente.

20170409_142356

Una dulce-amarga sorpresa: abetos apagados, a la espera de ser rescatados

Tras ese vidrio se escondían en efecto unas extrañas criaturas pero no le parecían tan espantosas como ella las había imaginado.

Se trataba de unos humildes abetos sin copa y sin raíces que ya no iluminaban las Navidades, ni se exhibían al público en una amplia zona cerrada de ese edificio, ni deslumbraban con las ideas y los proyectos que ellos mismos representaban.

Esos seres naturales y a la vez artificiales no eran otra cosa que unos mudos y tristes supervivientes del pasado, testigos y víctimas a la vez de la injusta realidad que el destino les había deparado.

Aliapiedi entonces recordó de repente todo lo que había leído sobre esa, para ella desconocida, Área de Exposiciones de la Estufa fría, sobre ese “bosque de hormigón” cubierto en el que ella se habría perdido a gusto, sobre esos mil quinientos metros cuadrados del “Museo de la Flora y de Clima Mediterráneo” originariamente concebidos para alojar una exposición permanente, además de una tienda, una sala de exposiciones temporales y otra de proyecciones audiovisuales.

De todo ello ya no quedaba nada o, mejor dicho, sólo quedaban esos temblorosos e indefensos arbolillos, adormilados y apagados.

¿Cómo podía ella haberlos confundido con unos monstruos peligrosos, con unos individuos sospechosos, con unos seres misteriosos?

Se avergonzó de sí misma, de su injustificada reacción invernal, de sus miedos sin fundamentos, de su huida sin sentido.

Cara a cara con esos árboles tan asustados como ella en la estación anterior, tuvo el impulso, sólo frenado por la hostil lámina de cristal, de abrazarlos, animarlos y reconfortarlos, de murmurarles al oído que, a pesar de su aparente estado de abandono, nadie los había olvidado, que pronto, al igual que todos los demás seres de la zona de los umbráculos, ellos también iban a despertar de su largo y forzoso letargo y que el vacío que les rodeaba se convertiría en un exitoso espacio de divulgación científica que albergaría interesantes iniciativas culturales.

No eran falsas promesas, no eran palabras sin sustancia, no eran esperanzas de conveniencia.

Aliapiedi, en efecto, sabía que la asociación creada por ese amigo siempre comprometido con el barrio ya había reclamado, y obtenido,  del Ayuntamiento una mayor atención hacia esa joya arquitectónica del galardonado parque Juan Carlos I y que en un futuro no tan lejano, una vez acometidas las necesarias obras de restauración y acondicionamiento, ese edificio y todos los elementos alojados en su interior, incluidos los pobres arbolillos, iban a gozar de una  segunda, y aún más esplendorosa, juventud.

Segura de ello, tras despedirse de  esos silenciosos interlocutores, les dio la espalda, aunque sólo físicamente, y se encaminó confiada hacia la salida, dejando atrás los espectaculares umbráculos que vivían de las vidas que protegían, la cálida y acogedora Estufa fría, y la grandiosa y, provisionalmente, vacía Plaza central, futuro punto de encuentro de millares de entregados visitantes.

20170408_112151

¡La espectacular, y cálida, Estufa fría!

Y así, sonriente, se encaminó hacia el sendero principal del parque, ese peculiar círculo (no vicioso) central, formado por un ancho bulevar a lo largo del cual se sucedían en el tiempo, y también en su vegetación y pavimento, las cuatro estaciones, acompañada por las misteriosas y amistosas fuerzas de ese Gigante Verde embrujado, ahora tan amado.

Alcanzó así, y no por casualidad, el Paseo de Verano.

Empezó a recorrerlo física y simbólicamente y despacito, un paso tras otro, a piedi, como de costumbre, empezó a volar con las alas de su fantasía hacia una nueva aventura veraniega en la mágica Estufa fría y, sobre todo, en sus futuras y renovadas instalaciones, que imaginaba como las apoteósicas protagonistas de una dulce y final sinfonía de las cuatro estaciones…

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , | 6 comentarios

Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Segunda parte)

[… Sigue]

– INVIERNO: LA INQUIETUD –

Era invierno.

Un domingo de invierno.

Aliapiedi, presa de los remordimientos después de unas tapas “en familia” en el bar de siempre, víctima de sus utópicas promesas, acababa de decidir que tenía que quemar las calorías de esa comida y de todas las que la habían precedido durante el periodo navideño recién finalizado, así que, después de haberse despedido de sus familiares que no tenían necesidad alguna, y tampoco ganas, de seguirla en su marcha forzada, se dirigió sin un itinerario preestablecido hacia el cercano parque Juan Carlos I, dejándose llevar por sus pasos perdidos y por las apremiantes melodías del I-pod que le había prestado su hija.

18880237_1808774969149759_8685753398397112209_o

Esqueletos de árboles

18920819_1808774829149773_9095972213236439144_o

La futura Pirámide IV

Era una soleada pero gélida tarde invernal, azotada por un impertinente viento que no invitaba en absoluto a pasear, y menos aún en solitario, pero ella, determinada más que nunca con sus buenos propósitos de principios de año, se adentró sin vacilar en el exterminado espacio verde, enfrentándose al poderoso Eolo.

18879892_1808774749149781_681458368429436739_o

Barcos a la deriva

18814662_1808774639149792_156511183872100694_o

Paseo fluvial artificial

Recorrió un paseo asfaltado flanqueado por esqueletos de árboles a la espera de ser resucitados por la primavera, bordeó una futura Cuarta Pirámide hecha, por el momento, de escombros y tierra, cruzó un prado ocupado por los charcos y por el barro, dejó atrás unos barcos a la deriva, abandonados por su infantil tripulación, y, finalmente, alcanzó el canal principal del parque cuyas aguas turbulentas, empujadas por violentas ráfagas de viento, parecían lanzarse hacia una cascada monumental.

Ella siguió caminando, a piedi, desafiando los adversos elementos climatológicos y desafiándose a si misma, hasta que, de repente, entre tanta soledad, casi desolación, volvió a encontrarse con la inquietante construcción que había descubierto la estación anterior y de la cual, ahora, ya conocía su nombre tan evocador: “Estufa fría”.

18879849_1808774572483132_4452053788797352030_o

La Estufa fría, desde el otro lado de la Ría

Allí estaba, observándola, al igual que en otoño, desde el otro lado de la ría, atrayéndola con su siniestro encanto, animándola a acercarse a sus grises y sólidas columnas entre las cuales destacaba, temeraria, una palmera solitaria.

18880230_1808774482483141_6019574211843350133_o

La tentadora pasarela

Aliapiedi dudó: su curiosidad innata la instigaba a alcanzar ese llamativo edificio a través de una cercana pasarela, sin necesidad de tirarse al agua, como se había planteado la primera vez, pero, al mismo tiempo, unos alarmantes escalofríos, provocados no sólo por el frío exterior sino también por un sexto sentido interior, quizás alimentado por las mismas fuerzas invisibles que la habían llevado hasta allí en la época otoñal, le sugería quedarse donde estaba y regresar a casa a una hora prudente.

18920936_1808760575817865_5161010522180803257_o

¡Un cartel a lo “Walking dead”!

En esta tesitura, ante la necesidad de tomar una decisión, se sintió sola y perdida, sola ante el peligro, perdida en sus sinsentidos, echando de menos a su marido cuya racionalidad casi siempre conseguía equilibrar sus impulsos disparatados.

18768639_1808774092483180_1021501575356958913_o

Sombras alargadas y vigas suspendidas

Y así, al cabo de un par de minutos, sin darse cuenta se encontró cruzando la original pasarela peatonal, temiendo y, al mismo tiempo, insensatamente deseando descubrir lo que podía encontrarse tras ella.

18880149_1808773965816526_2289954198129365250_o

“Sala de Exposiciones”

Se topó entonces con una reja abierta de par en par y un cartel anunciando el horario de apertura y las restricciones para mascotas y ciclistas en ese lugar, y, una vez dentro, con las sólidas columnas de antes que, a través de sus sombras alargadas que se unían a las de unas vigas suspendidas, dibujaban cruces inquietantes en el suelo y en una escalera orientada hacia el cielo; un poco más allá estaba la “Sala de Exposiciones”, según atestiguaba un rótulo de fondo rojo colgado en una desnuda pared de hormigón, decorada con rojizas tiras verticales provocadas por la humedad, que estaba cerrada a cal y canto, en cuyos opacos ventanales se reflejaba la luminosidad exterior y aquella de un pasado esplendor, y, al fondo, la parte más futurista de todo el conjunto, caracterizada por unos techos curvos que, desde la lejanía, permitían intuir su asombroso, o puede que engañoso, contenido.

19092602_1818637888163467_8504358493922230185_o

Una extraña construcción del futuro: el Invernáculo

Aliapiedi se acercó sigilosamente a la entrada, presidida por una breve escalera, flanqueada por una rampa, sobre la que se deslizaba una especie de barandilla de cristal pintada con figuras estilizadas de árboles de aspecto tenebroso.

18955060_1808773649149891_313926369957872311_o

La curiosa, puede que engañosa, entrada

18839561_1808773419149914_1180066442269637680_o

Las “acuáticas”

Asaltada por un fugaz momento de lucidez final, dudó por un instante, pero ignoró ese nuevo aviso y se lanzó sin más al interior de esa parte de la Estufa Fría, llamada “Invernáculo”, según rezaba el mapa de la entrada que explicaba su función y la distribución de sus doce espacios botánicos.

18920990_1808761122484477_7732613499730886873_o

Los bambúes y sus fustos esbeltos y robustos

Se encontró entonces, a la derecha, con unas plantas acuáticas, que flotaban en un estrecho estanque en el que se reflejaban las lamas de la cubierta, y, a su izquierda, con unos bambúes de hojas diminutas y fustos esbeltos pero robustos que le trajeron a la memoria las imágenes de los magníficos bambusais disfrutados unos pocos meses antes en el sorprendente país del sol naciente.

18880017_1808773279149928_1302379193196897016_o

La pasarela invadida por las hojas

Subió entonces por una escenográfica pasarela de madera, casi invadida por las hojas de esas plantas que parecían quererla engullir, como si fuera un templo en la selva…

Esforzándose en no dejarse impresionar por esas fantasiosas visiones de seres vegetales con intenciones no precisamente amigables hacia ella, decidió seguir avanzando en ese reino, puede que perdido, puede que prohibido, alcanzando un sugestivo y amplio espacio central.

Allí unos helechos y, al fondo, unas palmeras, destacaban con sus notas de color verde entre los tonos marrones de un bosque de ribera cuyos árboles levantaban hacia el cielo sus brazos desnudos en busca de sus hijas, sus hojas perdidas, sus hojas caídas, los grises de unos muros de piedra a los que unas supuestas trepadoras no tenían suficientes fuerzas para agarrarse y los amarillos de unas acidófilas que lloraban lágrimas amargas por sus flores muertas.

Ese increíble escenario, rasgado por los cortes de unos rayos que, prepotentes, traspasaban los huecos paralelos de la cubierta, la impresionó profundamente, en todos los sentidos; positivamente por la grandiosidad, originalidad y genialidad del contenedor, pero también en sentido negativo por la soledad, la desolación y la frialdad de su contenido.

Había algo o alguien allí dentro que, en ese preciso momento, le transmitía unas extrañas sensaciones, haciendo saltar todas sus alarmas interiores, impidiéndole disfrutar con la serenidad anhelada de ese lugar que, en otras circunstancias, la habría cautivado sin restricciones.

18891593_1808764079150848_7585830777711392249_o

Un increíble escenario rasgados por los rayos

Ella, sin embargo, se quitó los cascos que aún llevaba puestos y se internó aún más en ese territorio vegetal hasta que, de repente, entre el escalofriante silencio reinante, empezó a oír un leve y rítmico sonido.

Como una sabuesa, se puso a la escucha, alzando sus antenas imaginarias, afinando la mirada y tratando de identificar esa vibración sonora no muy bien identificada que la atraía como una sirena traicionera de una Odisea “aliapiedesca”; entonces, sin prisa pero sin pausa, mientras trataba lidiar con los pálpitos de su corazón, el jadeo de su respiración y la humedad de su sudor, siguió avanzando hasta llegar a los pies de una cascada cuyas aguas, en un círculo vicioso, se deslizaban autoritarias sobre una obscura y alta pared vertical.

18922845_1808772382483351_436090983310215391_o

Un gigante de hormigón y agua, fuente poderosa de la vida

Ese increíble y evocador conjunto que bien podía formar parte del escenario de una película de ciencia-ficción, se le asemejó a una misteriosa puerta hacia un onírico universo paralelo de un “señor de los anillos” o hacia un fantástico reino de un despiadado “juego de tronos”…

18880235_1808761745817748_7065610220169633539_o

¿Una jaula humana y vegetal?

18891502_1808764209150835_5572063644706001113_o

Una rampa ahogada entre paredes

Aliapiedi se quedó de piedra, boquiabierta, contemplando ese gigante de hormigón y agua que, como si de un altar se tratara, se elevaba amenazador ante ella y ante esas plantas flotantes que parecían arrodilladas, cual fuente poderosa de las vidas adormiladas allí reunidas y alma fundamental del inminente soplo primaveral.

Y después de unos largos minutos de contemplación, por fin volvió en sí, alejándose de prisa, confundida y desorientada, de ese increíble lugar que se le iba asemejando a una enorme jaula vegetal.

18768586_1808772515816671_2396818921915397369_o

Los “cítricos”con su acidez

18880182_1808763802484209_2975243815708497664_o

Las punzantes “suculentas”

Cruzó así una rampa flanqueada, casi ahogada, entre dos paredes; se topó con unos cítricos que desprendían acidez a través de sus pieles; se enfrentó a unas plantas suculentas que intentaban pincharla con sus hojas puntiagudas; y, finalmente, entre tanta hostilidad, encontró la paz en un acogedor jardín japonés.

Allí, en ese rincón zen al aire libre que intentaba imponer su presencia y esencia equilibrada, por fin se tranquilizó y, siguiendo el breve camino sin salida que desfilaba al lado de piedras decorativas entre gravilla rastreada, acabó frente al sólido muro lateral de la mencionada Sala de exposiciones.

18839579_1808763375817585_6009417110441729152_o

El pacífico y equilibrado jardín japonés

Unos opacos ventanales, golpeados por los despiadados rayos del sol, no dejaban ver lo que se escondía en el interior de esa sólida estructura pero ella, no pudiendo evitar fisgonear, aplastó su cara contra esa superficie casi transparente, dirigiendo su mirada hacia la penumbra hasta que, en un instante, la paz, su paz recién conquistada, se quebró por completo.

18839578_1808762195817703_731075428185097289_o

De la paz “zen”…

bosque autoctono

… a la guerra “autóctona”

Entonces, empezó a correr desquiciada, de un lado a otro, como una peonza fuera de control, como un ratón en una ratonera o, peor aún, como una Wendy en el laberinto de “El resplandor”, asaltada por unos temores puede que infundados, presa de unas fantasías engañosas, acorralada por unos fantasmas no bien identificados, hasta que, tras muchas vueltas, después de haber evitado los abrazos indeseados de un bosque autóctono cuyos ejemplares, alargando sus hojas de agujas, empujadas por el viento, parecían querer atraparla y retenerla allí para siempre, como en las peores pesadillas de Blancanieves o de Caperucita Roja, encontró una salida y, a toda prisa, sin mirar atrás, se alejó, puede que para siempre, de una Estufa fría embrujada y de unas inquietantes criaturas divisadas a través de un cristal, probablemente fruto de su locura, que habían puesto el punto final a una escalofriante aventura inverna(cu)l(ar)…

18955050_1808762355817687_3967755723708341365_o

Un inquietante final “inverna(cu)l(ar)”…

[Continuará…]

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , , | 3 comentarios

Parque Juan Carlos I: la Estufa fría y las estaciones (Primera parte)

– OTOÑO: LA SORPRESA –

Era otoño.

Un domingo de otoño.

Como de costumbre, los de Aliapiedienfamilia habían ido a tomar el aperitivo a su bar de cañas y tapas favorito y, como casi siempre, aquél se había convertido en un entretenido almuerzo familiar, gracias también a la habitual amabilidad del personal.

Pero después de la devoción gastronómica cada cual tenía que afrontar sus obligaciones: estudiar para el examen del día siguiente, en el caso del hijo mayor; tocar el piano para la inminente clase de la tarde, en el caso de la hija pequeña; ocuparse de los niños sin dejarse seducir por la tentación de Morfeo durante la hora de la siesta, en el caso del padre, y, en el caso de la madre, dar un breve paseo para mitigar, o por lo menos intentarlo, el cargo de conciencia provocado por el contundente tapón de chocolate apenas ingerido aunque, eso sí, compartido “en familia”.

18768233_1802524459774810_9177798889744995227_o

El islote artificial con cascada

18768561_1802524419774814_7217626278228730854_o

El reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes

Así las cosas, presa de sus remordimientos, decidió recorrer a piedi los aproximadamente dos kilómetros que la separaban del hogar familiar y, tras superar el sugestivo y reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes, mientras dejaba a su derecha unos árboles de bronce que destacaban en el medio de un islote artificial con una cascada, se sintió irresistiblemente atraída por la puerta de metal, abierta de par en par, que daba acceso al Parque Juan Carlos I, el mismo que durante muchos años ella misma había ninguneado en favor de su amado Jardín de El Capricho.

18814587_1802577563102833_7971770086398433096_o

La pasarela hacia el Jardín de las Tres Culturas

18739203_1802579326435990_2953349675141249893_o

Las silenciosas compañeras de Aliapiedi

Sin oponer la más mínima resistencia a su instinto, comenzó a andar sin rumbo y sin destino por esa exterminada zona verde que, todavía, no dominaba en su totalidad. Dirigió sus pasos hacia el ancho bulevar principal, de forma circular, cuya decoración vegetal y coloración del pavimento evocaban los elementos típicos de las cuatro estaciones y, acto seguido, a la altura del puente que conducía al emblemático “Jardín de las Tres Culturas”, mágicamente invitada por una escenográfica alfombra de hojas amarillentas y naranjadas, tomó el camino, hasta ese momento desconocido, que bordeaba la ría central.

Decenas, puede que centenares, de pacientes tortugas de agua, la escoltaban silenciosamente en su periplo hacia el centro de ese reino verde poblado por innumerables familias de plantas que, a esas tempranas horas de la tarde, respiraban tranquilas con la única compañía de diferentes especies animales, sobre todo aves, y de unos pocos seres humanos.

18595194_1794201070607149_6525397745277056057_o

Un acuático portal parabólico

18671821_1794201007273822_1620819260538496051_o

Pasarelas atrevidas

Aliapiedi, disfrutando de esos parajes naturales que, un paso tras otro, la sorprendían con pintorescas estampas otoñales, movedizos reflejos acuáticos de cálidos colores y atrevidas líneas sinuosas de pasarelas peatonales, se dejaba ir, absorta en sus pensamientos, en un déjà-vu casi poético, hasta que su paz interior se vio quebrada por dos altos surtidores acuáticos que dibujaban en el aire un dúplice y parabólico portal tras el cual apareció una extraña estructura, hecha de columnas racionalmente distribuidas que se erguían imperiosas sobre el agua, reflejándose en ella.

Esa “cosa” le pareció el esqueleto de un moderno y estilizado templo de reminiscencias greco-romanas, desprovisto de frontón, de estatuas, de capiteles y, en general, de toda decoración, pero, a pesar de ello, igualmente impactante y sugestivo.

18738339_1794201040607152_5364410298846599458_o

La “cosa”, moderna y estilizada

Mientras lo contemplaba entre sorprendida y cohibida, divisó a su lado “algo” parecido a una futurista nave espacial a punto de despegar, provista de unas alas no tan imaginarias que, sin embargo, en su quietud, componían un original techo curvo repartido en dos niveles. Los lejanos recuerdos de los dibujos animados de su infancia, como “Capitán Harlock”, y los más recientes de las películas de ciencia ficción disfrutadas en compañía de su hijo mayor, la asaltaron con toda su fantasiosa intensidad y, presa de la curiosidad, decidió que, fuera lo que fuera aquello que, emergiendo de las aguas, había tomado cuerpo al otro lado de ese canal, no podía dejarlo pasar por alto, ni conformarse con mirarlo, y admirarlo, desde la lejanía, esforzándose en frenar su impulso de  zambullirse en las frías corrientes de la ría para alcanzar directamente su objetivo, evitando dar muchos rodeos por ese territorio que la estaba desorientando, en todos los sentidos…

18623668_1794201157273807_1074177956313371166_o

“Algo” parecido a una futurista nave espacial

Las fuerzas misteriosas de antes, invisibles inquilinos del parque, que convivían pacíficamente con su flora y su fauna, la habían llevado adrede hasta allí. No era casualidad y ella lo sabía, de modo que tenía que someterse a su voluntad. Dicho y hecho, cuando estaba a punto de lanzarse hacia una nueva aventura, esta vez en solitario, sin su familia, y más bien “a nado” que “a piedi”, un sonido raro, metálico, no precisamente agradable, empezó a retumbar en el interior de su cuerpo, o puede que de su alma, o, más bien, en el bolsillo de su chaqueta, que albergaba su móvil de penúltima generación. Era un mensaje de Hangouts de su hija, la única preocupada por su retraso, posiblemente porque era la única que no había sucumbido ante Morfeo, ni quedado atrapada entre las garras de un monstruo inglés llamado “Natural Science”.

Fue sólo entonces cuando Aliapiedi reparó en que había transcurrido más de una hora desde que se había separado de su familia y que las luces naturales del cielo de Madrid se iban apagando poco a poco para dejar protagonismo a las estrellas.

Ese aviso de su hija era, sin duda, una nueva, y muy real, señal, así que tenía que alejar rápidamente los pájaros que sobrevolaban su cabeza y abandonar, por el momento, la idea de nadar hacia ese insólito lugar para explorarlo a fondo, por fuera y por dentro.

Y así, después de haber tranquilizado a la pequeña con unos cuantos mensajes acompañados por unas pintorescas fotos tomadas durante su improvisada excursión, aceleró la marcha, siguiendo el curso de la ría y dejando a un lado otros puentes, pasarelas, cascadas, geyser, láminas de agua e islotes artificiales con canoas amarradas a sus rocas, hasta alcanzar nuevamente el anillo central, dejando atrás ese intrigante elemento arquitectónico, puede que fruto de un espejismo, desprovisto, por ahora, de un nombre y de una identidad.

[Continuará…]

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , | 4 comentarios

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: