El misterioso «quintoelemento»: ¡un lugar fuera de lo normal, una experiencia excepcional, un estreno triunfal!

Me encanta salir, cada vez más; me encanta vivir Madrid, de noche y de día; me encanta descubrir sin solución de continuidad todo lo que ofrece esta grandiosa capital que, en mi humilde opinión, se está convirtiendo paulatinamente en un imprescindible referente a nivel europeo, como si se tratara de una Gran Manzana del Viejo Continente.

Con los hijos ya adolescentes y (presumidamente) autosuficientes -o, por lo menos, así lo creen ellos- dispongo de más tiempo no sólo para recorrer a piedi los múltiples y diferentes barrios madrileños, en busca de sus lugares menos conocidos y más peculiares, sino también para frecuentar locales, restaurantes, tabernas y bares que, desafiando las pandémicas adversidades, resisten o se multiplican por doquier. Llevaba tiempo deseando reflejar en mi blog esta abundancia cultural y también gastronómica de la capital, este bullicioso y estimulante fermento que hacen de Madrid la mejor ciudad del momento, pero nunca encontraba el sitio ideal para estrenar a lo grande un apartado “aliapiedesco” dedicado al sector de la restauración. Quería que mis primeros pasos blogueros en el universo culinario estuvieran a la altura de los de Neil Armstrong en la Luna y de sus míticas palabras, “un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad” -las comparaciones son odiosas, soy consciente de ello, y, en este caso, muy pretenciosas, ¡pero no puedo evitar pensar humildemente a lo grande!- y, para ese fin, tenía que dar con un lugar que fuera peculiar, excepcional y fuera de lo normal, casi de ciencia ficción. Así que cuando en mi camino virtual se cruzó el nombre, las fotos y la descripción de un evocador y futurista “quintoelemento”, enseguida me di cuenta de que éste era la tan buscada ocasión y que tenía que ingeniármelas para conocerlo, saborearlo y, eventualmente, difundirlo.

Reconozco que, en general, teniendo más debilidad por la forma, es decir, por los aspectos estéticos de las cosas, lo que más me llamó la atención, fue su rebuscada decoración, su llamativa estructura, su ingeniosa arquitectura, mientras que mi marido, amante de la sustancia de las cosas, sólo tenía ojos y oídos, mientras le hablaba de este restaurante, para su carta, para su largo listado de platos elaborados, para sus exóticos productos que ya estaba mentalmente pregustando.

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Así que un miércoles cualquiera, a la hora de comer, cada uno de nosotros con sus preferencias y motivaciones, nos acercamos al número 125 de la calle Atocha, allá donde, a unos pocos pasos del Museo Reina Sofía, se levantaba un edificio bastante austero en cuya fachada destacaba el letrero de “Teatro Kapital”, anunciando la presencia de esta emblemática discoteca capitalina, en la que diferentes ambientes y géneros musicales se distribuyen verticalmente, en las primeras cinco plantas del mismo.

20220504_141455Un majestuoso guardián, que custodiaba ese lugar (¿sagrado?) nos acompañó en el interior y, de repente, nos encontramos en un vestíbulo obscuro y llamativo; parecía que la noche había caído improvisamente, una noche estrellada y resplandeciente, deseosa de reflejarse en los centenares de cristales de una clásica bola de discoteca que colgaba de su techo, deseosa de animarse en un elegante red carpet a nuestros pies, deseosa de ostentarse en una luminosa zona de photocall.

Planta 6- bodega (2)Pero la auténtica sorpresa se encontraba al final de esta sala donde, casi oculto en la pared, se abría un mágico ascensor…

Allí nos dejó nuestro amable acompañante, después de haber pulsado la tecla con el número sietela sexta planta está destinada a eventos más íntimos y acoge una bodega que atesora más de ciento cincuenta referencias de selectos vinos– y, de repente, después del breve ascenso, apareció “quintoelemento” en todo su esplendor: habíamos llegado a otra dimensión, a otro universo, a un Edén prohibido, o puede que no tanto…

20220504_142930El extraño “quintoelemento”, que se añadía a la tierra, al aire, al agua y al fuego, se personó en decenas de flores y plantas que se unían a las que aparecían en diferentes macropantallas; el indefinido “quintoelemento” se materializó en una soberbia decoración donde, entre sofás y sillas, mesas altas y bajas, destacaba una marmórea barra central, repleta de copas impolutas, botellas de diferentes marcas y cocteleras a la espera de ser agitadas; el increíble “quintoelemento” tomó cuerpo en una impresionante cúpula que, dotada de unas pantallas cóncavas retráctiles de casi doscientos metros cuadrados de extensión donde se proyectaba contenido en la máxima resolución, se abría al cielo de Madrid, fusionando armoniosamente los elementos reales y virtuales de ese paraíso terrestre celestial.

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“Quintoelemento” nos rodeaba, nos envolvía y nos abrazaba para dejarnos sin aliento…

Para mis preferencias “formales” esa puesta en escena, esa peculiar arquitectura, esa impresionante estructura de este asombroso sky restaurant era ya de por sí suficiente para quedarme satisfecha con la visita, pero para él, es decir, para “quintoelemento” todo esto no era suficiente. Él quería despertar nuestros cinco sentidos, y no sólo el de la vista; él quería que nuestros ojos y nuestras mentes fueran más allá de las relajantes imágenes de la naturaleza que discurrían ininterrumpidamente en unos dinámicos videomapping y en unas pantallas led interactivas que animaban y daban vida a las paredes revestidas con mosaicos de madera de roble y pino; él quería que también el gusto, el tacto, el oído y el olfato padecieran el impetuoso y maravilloso encanto de su presencia.

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Nos vimos entonces “obligados” a sentarnos y, gracias a un impecable servicio de mesa, empezamos a experimentar y probar en nuestra piel toda la potencia, esencia y sustancia de “quintoelemento” -¡para alegría de mi marido!-.

20220504_14322920220504_143133Fueron primero unas grandiosas ostras ponzu acompañadas por caviar de arenque, maridadas con champan, que nos sugirió y sirvió Adolfo, el cordial y profesional jefe de sala, las que provocaron un tsunami de sensaciones en el paladar, trasladándonos a dulces recuerdos de agua, sal y mar; seguidamente unos brioches croissants con berenjena, tartar de toro y trufa de rey20220504_144502, que aunaban los sabores más delicados del monte, el mar y la huerta, nos dejaron con la boca abierta de par en par; un fresquísimo y delicadísimo tiradito de salmón, ligeramente marinado, nos robó el gusto y el corazón; IMG-20220504-WA0038un exótico y singular taco hindú, que se comía con las manos, nos hizo literalmente chuparnos los dedos; pero el chili crab del señorito, con bogavante, cangrejo real y una sabrosísima salsa con toque picante nos enamoró perdidamente.

IMG-20220504-WA0042Esa valiosa obra de arte culinaria enmarcada en una rústica cazuela hubiera podido ser el colofón final de nuestra espectacular experiencia sensorial, pero “quintoelemento” nos sorprendió una vez más con una escenográfica presentación, con una cortina de humo, calor y vapor desde el cual surgió una espléndida hacha de ternera lechal, cuya carne, a pesar de la escasa cocción, se deshacía levemente en la boca mientras que un dulce amargo aroma de barbacoa envolvía delicadamente ese manjar.

IMG-20220504-WA0040No se podía comer ni pedir más.

IMG-20220504-WA0037Las copas de vino, tinto y blanco, que se habían sucedido en un dulce vals a lo largo de toda la comida, bajo la armoniosa batuta de Adolfo, dejaban por fin paso a los cafés -ellos también a la altura de la situación, con mi gran asombro, como exigente italiana que soy, en constante, desesperada, y la mayoría de las veces, infructuosa búsqueda de un buen ejemplar de esta bebida en la capital-, acompañados por un chocolate en tres texturas que nos cautivó con su dulzura…

20220504_142555Fue entonces, cuando, al final de este festín, de este grandioso homenaje, los dos entendimos plenamente el significado de “quintoelemento”: se trataba de una soberbia exaltación de los cinco sentidos, de una impecable fusión de cocina asiática y latinoamericana, pero con una sólida base mediterránea, gracias al arte y a la experiencia del afamado chef Juan Suárez de Lezo, de un inolvidable viaje gastronómico a través de una experiencia inmersiva en continua evolución, de una increíble satisfacción y emoción para la comida y la alegría de la vida…

La visita, más bien la experiencia, “quintoelemental”, había merecido la pena. Mi blog “aliapiedesco” ya tenía su primer post gastronómico, especial y triunfal: ¡toca(ba) brindar!

P.S. A los pocos días de nuestra comida, se le ocurrió a Sergio Ramos traer aquí al amigo Mbappé para que, creo yo, se enamorara perdidamente de Madrid, (¿del Real Madrid?) y, también, de la exquisita oferta gastronómica capitalina. En cualquier caso, aunque no seáis futbolistas o, en general, millonarios, “quintoelemento” ofrece también entre semana, al mediodía, un interesante menú ejecutivo, cuya relación calidad-precio es más que correcta. No os perdáis esta innovadora y vanguardista experiencia sensorial: ¡es un lujo para nada irracional del que todo el mundo debería de gozar!

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1, 2, 3… ¡Carabanchel otra vez! (Tercera parte)

[Continua… ]

Aquí estoy por tercera vez en mi querido Carabanchel.

Es un domingo, nublado y frío, nada apetecible para pasear, un día en el que después de tanto sol y sequedad por fin amenaza lluvia en la capital. Después de mis dos anteriores excursiones por “Puerta Bonita” sólo me quedan unos pocos lugares para conocer este barrio por completo o, por lo menos, para creérmelo.

El primer objetivo de hoy que tengo apuntado en mi mapa virtual es el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma, ubicado al lado de la Comisaría de Carabanchel. El acceso, tras el cual se abre un espacio inmenso, está protegido por una rígida barra y un amable guardián que, al toparse con mi expresión de estupor y con mi acento de italiana desorientada, me deja pasar sin rechistar, explicándome a donde tengo que ir para no perderme, convencido de que puedo despistarme fácilmente, y razón no le falta.

El camino, según sus indicaciones, es fácil: todo recto hasta el final. Será fácil para él, pienso para mí, porque mis cinco sentidos ya están en pleno funcionamiento y, mientras doy tumbos sin parar, no puedo evitar observar todo lo que me rodea.

Hay un aparcamiento enorme, vacío en este día festivo, y, al fondo, una construcción monumental que ya me está atrayendo hacia ella; al otro lado, una especie de torreón o depósito de agua que sobresale de un espeso muro mientras que frente a mí hay un jardín donde, tímidamente, empiezan a asomar las flores de unos almendros, o puede que cerezos, solitarios.

20220213_121737Tengo que ir en esa dirección, hacia esos árboles, sin distraerme más y sin prestar atención, por ejemplo, a una especie de fuente, o lo que queda de ella, que intenta sobreponerse al paso del tiempo y de la vegetación. Me pregunto qué será ese monumento, huérfano de una placa, de una descripción y de todo cariño y, mientras me acerco, lo contemplo más detenidamente, sin encontrar pista alguna que pueda ayudarme a dar con una respuesta racional; me limito entonces a sacarle una foto por si algún amigo virtual carabanchelero pudiera echarme una mano para revelar este misterio y, volviendo sobre mis pasos perdidos, un poco más allá, me topo con el imponente y autoritario edificio “musical”.

20220213_121914No hay nadie aquí y, entre la soledad y el tiempo un poco espectral, mi fantasía empieza a trabajar a toda velocidad, imaginando el set perfecto para una película de miedo. El lugar, sin alumnos, sin profesores y sin música que llene de armonía y serenidad el ambiente, es verdaderamente inquietante y bien se prestaría hoy para ese terrorífico fin cinematográfico.

La escalera de acceso a la puerta principal impone bastante con sus dimensiones y las banderas oficiales que la decoran parecen subrayar la importancia de ese lugar.

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Un escalofrío, mezcla de miedo y de frío, recorre mi cuerpo mientras, metida de lleno en mi papel de atrevida exploradora, rodeo el edificio para observar también su parte trasera, esperando dar con una inesperada sorpresa que no consista en encontrarme con un asesino en serie. Pero tras esta estructura, una vez más, no hay nada ni nadie, ninguna escultura o monumento digno de interés, sólo un campo de futbol con el suelo arrugado y rasgado por las inclemencias de los inviernos pasados.

Vuelvo rápida sobre mis pasos –mejor no tentar mucho la suerte–, paso delante de unos bancos, sillas y mesas que, si estuvieran ocupadas, tendrían un aspecto mucho más placentero y menos fantasmal, a la par de las rosas que, pronto, renacerán de sus actuales cenizas, y me dirijo hacia el primer edificio que divisé nada más entrar en este recinto, cuya grandeza y belleza compite con la del conservatorio.

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Tengo la sensación de estar en un campus americano, con tanto espacio y tanta vegetación a mi alcance, y, a piedi, un paso tras otro –y no son pocos– me acerco sin saberlo al “I.E.S. Puerta Bonita”, centro para la formación gráfica y audiovisual, según reza el letrero que campea en una moderna estructura de cristal, cerrada a cal y canto, que hace las veces de vestíbulo.

20220213_12271520220213_122605Mi primer pensamiento va dirigido a la cantidad de colegios que hay en este distrito -como, por ejemplo, el cercano Antiguo Colegio Santo Ángel de la Guarda- y que no son, precisamente, pequeños, mientras que mi primer impulso es el de acercarme sigilosamente a lo que parece una iglesia y que, en realidad, es el teatro Txetxo Sada, tal y como atestigua una placa al lado de su puerta. No hay forma de entrar allí y, a pesar de ello, ya estoy satisfecha con todo lo que he descubierto en este recinto inmenso. Puedo salir de aquí para cumplir con mi segundo objetivo: la colonia Torres Garrido.

20220213_123419Está muy cerca y enseguida encuentro otra placa en la que se explica que ha sido inaugurada en el 1955 siendo Franco caudillo, aunque, según narra la leyenda, fue una condesa la que cedió ese terreno en los años cincuenta a una cooperativa de obreros. Para variar, aquí no hay nadie, con exclusión de unos grises nubarrones que, con unas ráfagas de viento en aumento, se acercan amenazantes al horizonte. Las condiciones meteorológicas no animan a seguir explorando, pero, si he llegado hasta aquí, ya no puedo detenerme.

Y magna es mi sorpresa cuando descubro una hermosa plazoleta ajardinada, rodeada de casitas bajas, de techos de tejas, patios con flores y plantas, puertecitas de madera y ventanitas con rejas, que parecen sacadas de un cuento de hadas, como el de Blancanieves.

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Es un conjunto muy peculiar, con un estilo especial, que no deja a nadie indiferente.

20220213_123651En una esquina hay una especie de pasaje, de esos que recuerdan aquellos toledanos, protegido por una Virgen.

Esa santa imagen, que puede que me vaya a proteger de posibles desaventuras, me anima a cruzar esa especie de portal para adentrarme aún más en esa colonia misteriosa y silenciosa.

Y, dicho y hecho, entre diminutos callejones y bancos perdidos entre ellos, se materializan más casitas, cada una de ellas con su peculiar decoración, con columnas en las puertas de entrada, colores más o menos chillones en las fachadas o macetas y flores en los patios exteriores.

A sus espaldas, chocando abiertamente con la curiosa uniformidad de este conjunto liliputiense, se levanta una mastodóntica urbanización sin alma, ansiosa por deglutir esas indefensas y pequeñitas construcciones de ladrillo visto y humildes vidas operosas -¿Cuántas se habrán ya llevado por delante unas crueles y despiadadas excavadoras, en el nombre del (supuesto) desarrollo inmobiliario y de la cómoda modernidad?-.

Un par de gotas, puede que lágrimas de un cielo que añora la colonia de un tiempo, con sus antiguos patios y sus espacios comunes, me animan a alejarme de allí para finalizar mi itinerario, antes de que caiga la tormenta perfecta.

20220213_125230Me dirijo entonces hacia el centro del barrio, hacia la plaza principal del originario pueblo de Carabanchel Bajo, no sin antes inmortalizar el famoso “Mural del Derbi”. No es que yo sea una apasionada del futbol –¡de hecho les regalaría una pelota a cada jugador de los equipos contrincantes para que no se pelearan entre ellos!–, pero sí soy forofa del arte callejero en general.

El mural aparece de repente, con su tamaño enorme, en el muro lateral de un edificio de viviendas que, precisamente, no destacan por su belleza, pero sí por las vivencias que se respiran entre cuerdas tendidas con olor a detergente, balcones convertidos en terrazas cerradas para, a lo mejor, jugar a las cartas, y “aparatosos aparatos” de aire acondicionado para refrescar las charlas veraniegas. La obra, que regala una nota de color especial a la estructura que lo aloja, recita a los pies de unas manos que se estrechan en honor a la deportividad, “En cada derbi #Celebramos lo que nos une”, y su mensaje, más allá de los protagonistas merengues y colchoneros, es indudablemente universal.

Otro par de gotas me obligan nuevamente a apresurarme para alcanzar mi último objetivo de la mañana: la plaza de Carabanchel.

20220131_13553920220213_130309Aquí están la iglesia de San Sebastián Mártir, que destaca con su chapitel de pizarra, y el originario Ayuntamiento de Carabanchel Bajo, de estilo neomudéjar, actual sede de la Junta Municipal del Distrito. La sensación, en esta antigua plaza Mayor, es de verdad la de estar en un pueblo. Esta zona, afortunadamente, no ha perdido su identidad. Me gustaría entrar en el edificio religioso, así como en el cercano edificio institucional, pero en el primero se está celebrando la misa, y el segundo, para variar, está cerrado, así que, recurriré a mi imaginación para visualizar mentalmente la decoración interior de ambos. Sin embargo, lo que más me llama la atención en este céntrico espacio es una curiosa escultura, ubicada casi en frente de la Junta Municipal, que representa a un niño que trata de escribir algo con una tiza en una esfera de considerables dimensiones. No hay una placa o un cartel que explique la presencia de esa obra, así que tengo que recurrir inmediatamente a la Red para averiguar que se trata de “El buzón de las palabras”, metáfora de la igualdad y la tolerancia, y que el infante está apuntando fragmentos de “La Historia Interminable” de Michael Ende –¿Por qué será?–. Me quedo con la duda del motivo de su presencia justo en ese punto geográfico del planeta Tierra, y, fácil y rápidamente, llego a una cómoda respuesta: se trata de una señal, de una señal especial, de una señal particular dirigida hacia mi persona. Esa curiosa escultura me está metafóricamente sugiriendo que ponga fin a mi aventura carabanchelera, que deje atrás esta Puerta Bonita pero sin olvidarla, más bien, homenajeándola con una “historia terminada” aliapiedesca.

¡Y aquí está su inicio y su final!

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1, 2, 3… ¡Carabanchel otra vez! (Segunda parte)

[Sigue…]

He vuelto una segunda vez a Carabanchel.

Me he documentado a conciencia, me he inscrito en diferentes grupos virtuales “carabancheleros” para descubrir más sitios de interés cultural, y también gastronómico, de los que ya tenía anotados y, después de haber recibido decenas de afectuosas e interesantes sugerencias por parte de sus patrióticos habitantes, ya tengo perfectamente planificada mi segunda visita a ese distrito, limitándola, por ahora, a uno de sus siete barrios, el de Puerta Bonita, puesto que siendo tanto y tan variado el patrimonio de los originarios municipios de Carabanchel Bajo y Carabanchel Alto, anexionados a la capital en 1948 para después repartirse entre los distritos de Latina, Carabanchel y Usera en 1971, resulta absolutamente imposible abarcarlo todo en tan poco tiempo.

Así que aquí estoy, un domingo por la mañana, al lado de la estación de metro “Oporto” (línea 5), lista para cumplir mi recorrido a piedi in crescendo, y no lo digo sólo porque el camino sea levemente en pendiente. Mi primer objetivo está en el número 159 de la calle General Ricardos, esa calle tan larga y ancha que en su día fue bautizada como la carretera de los Carabancheles, en cuyas aceras campean ahora los carteles de la 40ª edición de la “Semana del Cine Español de Carabanchel”, antesala de los premios Goya.

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Aquí se encuentra ese edificio en ruinas que divisé el otro día desde la ventanilla del coche. Se trata de la antigua Fundación Goicoechea e Isusi o, mejor dicho, lo que queda de ella. El palacete, decadente, más bien en ruinas, con sus ventanas sin cristales, sus puertas tapiadas, sus paredes descolchadas y su letrero consumido parece que está pidiendo a gritos ser rescatado de ese estado de abandono, que lo devuelvan a su antiguo esplendor, que lo rehabiliten para que su viejez no sea tan dura y cruel.

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Lo miro, más bien lo admiro, imaginándome como tenía que ser hace más de un siglo cuando, de originario hotel para la aristocracia, se convertía en un asilo para trabajadoras, gracias a los herederos de Ramona Goicoechea e Isusi – ¿Qué diría ella viéndolo así, sucio y avergonzado, necesitado de cuidados, huérfano de mimos, como un niño abandonado a su destino?-. Con el corazón encogido saco unas cuantas fotos de sus sólidos muros violados por los grafiteros, de su cancela, doblada por el paso, y el peso, del tiempo, de su cornisa tristemente decorada con varillas de hierro que parecen pincharla como agujas e, inútil e impotente, le doy la espalda: sólo podré dedicarle estas breves y tristes palabras…

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Sigo adelante y me detengo en dos sitios que me han recomendado algunos de mis amigos virtuales carabancheleros: la Pulpería Botafumeiro y el Astral. Fuerte es la tentación de probar, en el primero, alguna especialidad gallega, como el pulpo o las filloas, y, en el segundo, unos huevos estrellados o unas croquetas caseras, ya que, al no ser de carne, no me interesa su famoso cochinillo. Y mientras me frustro por no tener el don de comer a todas horas sin engordar, me limito a fotografiar sus escaparates y a seguir adelante hasta alcanzar la protagonista “formal” del barrio: la puerta bonita.

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Bonita es bonita, aunque sea una réplica de la originaria Puerta de Madrid, realizada por una fundición inglesa y arrasada accidentalmente por una grúa. Estoy en frente de su verja elaborada, flanqueada por dos pequeños pabellones, también restaurados a principio del nuevo milenio por el Ayuntamiento de Madrid, y que puede que en su día servían como garitas de una antigua finca de la aristocracia madrileña. Ahora, tras ella, ya no hay ninguna casa de cuento de hadas sino una sencilla plazoleta, la de los Cuatro Chorros, por la que corretean despreocupados niños perseguidos por sus padres o abuelos que, empujados irracionalmente por el amor, intentan evitar que se ensucien o chupen todo los que se cruza en su pequeño camino de pasos inciertos y perdidos.

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Cerca de esa puerta bonita, de esa reja abierta o cerrada al vacío de una entrada desaparecida, se encuentra también un edificio de grandes dimensiones, custodiado por una cancela y una garita que siguen en pleno funcionamiento, impidiendo que los fisgones, como yo, accedan al recinto para explorar la imponente Residencia Militar de Estudiantes “San Fernando”. Desde allí, entre los barrotes, puedo identificar la presencia de un cañón, unos amplios jardines, una roja cruz de Santiago en su fachada y poco más. Tomo nota y sigo adelante, puesto que lo que ahora me importa es llegar hasta la protagonista sustancial de este barrio: la finca Vista Alegre y sus jardines, reciente y parcialmente restaurados y reabiertos al público.

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Una nueva puerta, monumental, más bien “real”, que se impone a la vista con su inocente blancor, me espera con sus curvilíneos brazos abiertos, como si quisiera abrazarme y empujarme dulcemente hacia su interior para enseñarme su tesoro escondido que, hasta ahora, he vergonzosamente ignorado.

Así que después de recibir unas rápidas explicaciones sobre la visita por parte de una amable empleada -no pisar el césped, no tocar el cedro secular, escanear los códigos QR al lado de cada edificio-, ya estoy dentro de la finca, paseando entre arboles desnudos, impacientes por engordar con la llegada de la primavera, entre ramas esqueléticas, deseosas de sacar sus hojas, y entre jardines embarazados, a punto de engendrar flores de todo tipo y colores. Tras unos pocos pasos, ya me doy cuenta de que tendré que volver a ese precioso espacio, cuando este templado invierno madrileño deje paso a su colorida e inspiradora sucesora. La finca que, paciente e inteligentemente, me ha esperado hasta ahora, ya me ha enamorado perdidamente.

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Aquí todo parece perfecto. El día soleado, con un cielo azul que no se puede más, el aire fresco y salubre, puede que tanto como hace un par de siglos, cuando la nobleza y la aristocracia madrileña, dada la proximidad a la Corte, eligió este pueblo como zona privilegiada de retiro. Con mis auriculares, que emiten unos temas soft de Enya, me encuentro absolutamente encantada de disfrutar de este oasis (casi) verde que quiere enseñarme su cuerpo exuberante, rebosante de cultura, belleza e historia. Una sana envidia se apodera de mí al leer en una gigantesca lona las sabias palabras de José Navarrete, “yo conozco bien a Vista Alegre […] razón por la cual, las descripciones […] las hago con la memoria puesta en la de Carabanchel”. A diferencia de él, me veo obligada a sacar una foto del mapa que aparece justo debajo de sus palabras para no perderme: no conozco bien Carabanchel, no conozco bien Vista Alegre y, en realidad, no conozco bien nada de nada…

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Avanzo, serena y feliz, y me topo con la Estufa Grande. Tras un infructuoso intento de escanear el correspondiente código QR –en realidad, sólo consigo fotografiar ese extraño ajedrez de casillas blancas y negras–, me detengo en contemplar el espacio que me rodea. Entre sus blancos muros exteriores puedo ojear una desnuda rotonda central con sabor a fría remodelación, donde ya no queda nada del aroma y los colores de las plantas exóticas que se alojaban en sus alas laterales.

A continuación, se materializa uno de los antiguos pabellones, el Baño de la Reina, que, con otras edificaciones, componían el extenso recinto de este originario establecimiento público de recreo adquirido en el 1832 por María Cristina de Borbón, esposa del rey Fernando VII.

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A su lado está también el imponente Palacio Viejo que, en su día, contaba con salas para el baño, casino, salones, estufas y jardines -actualmente aloja el Centro Regional de Innovación y Formación Las Acacias-, pero no hay ningún acceso abierto tras su tríplice orden de columnas y su fachada de tonos amarillentos, así que tendré que recurrir a mi imaginación desenfrenada para visualizar sus suntuosas estancias de un tiempo. Dicho y hecho, ya me he convertido en doña Aliapiedi de Alameda de Osuna, así que, metida de lleno en mi papel, me encuentro en la segunda mitad del siglo XIX, a bordo de una carroza-calabaza y vestida con mis mejores galas para acudir a la Fiesta de la Primavera organizada por el popular Marqués de Salamanca que, hace poco, ha adquirido esta finca de las hijas de María Cristina, la reina Isabel II y su hermana Luisa Fernanda.

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Las preciosas farolas iluminan mi figura esplendorosa; las rosas, que trepan en los arcos del coqueto jardín en frente del palacio, me envuelven con sus aromas, mientras las diez esculturas en mármol de la Plaza de las Estatuas –de las cuales ahora solo quedan los pedestales– me miran con una pizca de envidia a través de sus ojos de piedra.

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Estoy tan asombrada por todo el lujo y esplendor que me rodea que, de repente, a pesar de que ya ha sido anunciada mi presencia, decido saltarme el protocolario saludo al ilustre señor de la casa para acercarme a una pequeña cascada que, brotando de una curiosa montaña artificial, me llama con el dulce y rítmico sonido de sus aguas.

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Desde allí nace la sinuosa Ría y es justo aquí donde ahora quiero estar, sentada en un banco con mi vestido de gala ya arrugado y mis zapatos Luis XV de seda ensuciados, respondiendo a la llamada de la naturaleza. Ese romántico rincón es mi pequeño paraíso en tierra y ya no tengo ganas de codearme con la burguesía, ni con la mismísima realeza, ni de sonreír falsamente a gente inconsistente, ni de cumplir un absurdo código de etiqueta; sólo quiero divertirme a mi manera, sola, disfrutando como más me apetezca de ese lugar al que finalmente he sido invitada gracias a la intermediación de una buena amiga, Manuela Inocencia Serrano y Server, marquesa consorte de Cerralbo.

Y después de ese rato de descanso, empiezo a correr, sin ataduras sociales, libre y feliz, sin que nadie me vea, a lo largo y a lo ancho de esa enorme finca.

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Alcanzo la cercana Galería, con sus dos corredores y su soportal de columnas pareadas; paso delante de la Casa de Bella Vista – que en la actualidad acoge el Centro de Educación de Personas Adultas Vista Alegre-, divisando a través de sus ventanas los libros y las diferente colecciones que componen la biblioteca y el gabinete de ciencias; me detengo a contemplar los esplendidos carruajes y coches descubiertos alojados en las Caballerizas

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; flanqueo la Casa de Oficios

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, de la que actualmente sólo quedan unos restos de la antigua fábrica de jabón que luego fue reconvertida en zona de apoyo y de servicio de los palacios de la quinta, hasta que, agotada, tras atravesar el Parterre, embellecido por setos y fuentes circulares, me tumbo literalmente a la sombra de un ancho y alto cedro secular.

Necesito un momento para reponer fuerzas antes de enfrentarme a una nueva sorpresa que acaba de materializarse antes mis ojos, ya abiertos de par en par.

Se trata de un príncipe azul –más bien blanco, por el color de la vestimenta de sus sólidos muros–, suntuoso y elegante, llamado Palacio Nuevo, más conocido como el Palacio del Marqués de Salamanca, en honor al anfitrión de esta romántica velada, que ha sido quien lo ha completado hace poco, llevando a buen puerto las obras iniciadas por la reina María Cristina en las originarias naves de almacenes y calderas de la ya mencionada fábrica de jabón.

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Enseguida me siento increíblemente atraída por él, por su belleza y hermosura, por sus cuatros sólidas columnas, por sus escaleras majestuosas, por su elegante fachada, por sus robustas puertas de madera, por sus lámparas leves y ligeras, por su vestíbulo y cúpula impresionante, decorados con frescos y mármoles, y por las coquetas farolas que le vigilan –lo admito, tengo debilidad por las farolas–.

Allí, con él, más bien dentro de él, entre sus salones llenos de antigüedades, que incluyen un exótico fumoir, con frescos en el techo y en las paredes e iluminados con las primeras luces eléctricas, podría detenerme horas y horas, imaginándome muchas más historias sobre la disoluta aristocracia y la humilde clase trabajadora, sobre los ricos y los pobres, de entonces y de ahora, sobre la gente privilegiada y la que nunca ha sido ayudada…

Pero en el aire ya suenan los retoques de la medianoche –¿Cómo han podido pasar tan deprisa estas dos horas?– y, a la par de Cenicienta, despistada y enamorada, me despido con un arrivederci de mi príncipe-palacio, perdiendo un zapato imaginario para poder volver a verlo en el futuro, o en el pasado…

El sueño con los ojos abiertos se ha acabado, doña Aliapiedi ha desaparecido, el siglo XXI, y su día soleado, ha regresado.

Aturdida y desorientada me quedo unos cuantos minutos en estática contemplación de ese precioso edificio, testigo silencioso de una riqueza de antaño que, pronto, según los proyectos de restauración en vigor, debería de volver a su antiguo esplendor –sería un delito desperdiciar una joya con tanto potencial– y, mientras me dirijo hacia la salida de la Puerta Real, me detengo ante unos cuantos letreros que, colgados en sus muros curvilíneos, indican la presencia de diferentes edificios pertenecientes a la Comunidad de Madrid. Todos ellos están custodiados por una cancela y una garita que impiden el paso a los coches que no están autorizados… ¡pero no a una fisgona como yo!

Emprendo entonces ese invitante camino –sólo por el hecho de tener acceso limitado, ya me resulta interesante– y, bajo los rayos del sol, me topo con unas cuantas construcciones de grandes dimensiones y

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un número no indiferente de personas mayores, acompañadas y arropadas por sus familiares. En este enorme espacio que estoy recorriendo, y que puede que en su día albergase más fincas y villas de la clase alta, se erigen en la actualidad residencias de mayores, o de menores, institutos de educación secundaria o conservatorios de músicas y danza, centros de innovación o de formación, pero, siendo un día festivo, la mayoría de ellos no están abiertos. Me llama sobre todo la atención la imponente cúpula de una iglesia, ubicada en el recinto de la Residencia Las Acacias, cerrada a cal y canto, y me quedo con las ganas de visitarla mientras tomo una foto robada, rasgada por las rejas.

Sigo con mis pasos perdidos hasta chocarme frontalmente con una nueva cancela que protege un centro ocupacional para personas con discapacidad intelectual. Allí tengo que parar, allí tengo que reflexionar. Y, acompañada por un velo de tristeza y, a la vez, por una profunda admiración hacia todos los que cuidan de los que desafortunadamente lo necesitan, doy por concluida mi incursión en ese territorio sagrado, lleno de vida y de vidas que luchan heroicamente contra la adversidad…

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Regreso por donde he venido y, a lo lejos, diviso la cúpula del Palacio Vista Alegre Arena que, como un OVNI ocupado por marcianos (afortunadamente) amigos, parece estar vigilando un precioso conjunto de palacios que, a lo mejor destinados a los funcionarios de la realeza, me habían llamado la atención en mi primera visita carabanchelera, con sus techos de tejas, sus coquetas terrazas retranqueadas, sus elegantes soportales y sus verdes venecianas, que me recuerdan los edificios de mi dulce y siempre amada patria italiana…

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Paso delante de ellos y, poco a poco, un paso tras otro, me voy acercando a la curiosa Puerta de los Osos, que actualmente da acceso al ya mencionado Centro de Educación de Personas Adultas Vista Alegre y al Centro Regional de Innovación y Formación las Acacias.

Los dos animales, petrificados, cada uno de ellos en una pose diferente, parecen querer bajarse del pedestal donde han sido colocados en el 1987 por voluntad del alcalde Juan Barranco Gallardo, en conmemoración del centenario de la donación del parque de Vista Alegre a la beneficencia, durante el reinado de Alfonso XIII, siendo regente su madre María Cristina de Austria.

La reja y las dos columnas puntiagudas que apuntan hacia el cielo, como si fueran unos cohetes a punto de despegar, bien merecen una foto, al igual que la extraña pareja de mamíferos con ganas de bajar y corretear por los jardines de la finca que se abre detrás de ellos.

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Recorro ahora la calle Eugenia de Montijo –aquí todas las calles son muy “nobles”– y me topo con un curioso edificio que hace esquina con la calle Francisco Romero. Tiene un aspecto neomudéjar, con azulejos y arcos en su fachada y muros de ladrillo. No hay ninguna placa que explique su razón de ser y, una vez más, me quedo con la curiosidad de saber la historia de esa vivienda tan peculiar que parece caída en ese cruce por casualidad, cuando, en realidad, son las demás que “han caído” allí después de ella. Siguiendo por esta calle, a mi izquierda puedo contemplar más casitas bajas y de dos plantas, ya con una cierta edad, algunas con puertas y letreros de madera, que se reflejan imaginariamente en las de enfrente, mucho más modernas pero que, afortunadamente, han respetado la altura de sus predecesoras.

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Flanqueo los imponentes muros de piedra del Colegio de Santa Rita, antigua “Escuela de Reforma Santa Rita”, que en su día destacó por ser el primer centro de reinserción de España, gracias al admirable esfuerzo y empeño de Francisco Lastres, su fundador, y a la donación del Marqués de Casa-Jiménez de la originaria finca “Santa Rita”, en memoria de su difunta mujer, entonces ubicada en Carabanchel Bajo, y, muy a mi pesar, me veo obligada a parar y a finalizar mi itinerario “aliapiedesco”.

Se ha hecho tarde, pero tarde de verdad, y mi familia y mi hogar ya me están esperando en la otra punta de la capital: tengo que abandonar este barrio tan “bonito”, un poco menos desconocido para mí, que en cada esquina esconde algún edificio peculiar, algún monumento especial, algún elemento inusual. Pero pronto volveré una tercera vez para visitar los demás sitios de interés que tengo apuntados en mi mapa virtual:

A presto, Carabanchel!

[Continuará… }

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1, 2, 3… ¡Carabanchel otra vez! (Primera parte)

¡¿Carabanchel?!

En mi entorno poquísimas veces había oído hablar de ese distrito que, ya de por sí, por su ubicación, en el sur de Madrid y, para más inri, fuera de la M-30, merecía poca consideración. Desde que aterricé aquí procedente de mi amada ciudad de nacimiento, Milán, a menudo había oído decir que todo lo que estaba al norte de la capital era “bueno”, mientras que todo lo que estaba al sur era “malo”. Por eso, en casi dos décadas de vivencia en mi querida ciudad de adopción, nunca se me había ocurrido ir a Carabanchel y a nadie se le había ocurrido llevarme hasta allí. Ni siquiera sabía la ubicación geográfica precisa de este lugar perdido en la parte meridional de la capital; su presencia se escapaba de todos mis mapas y su nombre sólo me resultaba familiar por la existencia de una famosa cárcel -que, según conocí posteriormente, fue mandada construir justo después de la Guerra Civil, por orden de Franco, y había sido derruida en el 2008, después de cincuenta y cinco años de funcionamiento-.

Sin embargo, con el paso de los años el centro de Madrid se me quedó cada vez más pequeño, así que, cuando hace poco más de un mes se cruzó en mi camino un provocador cartel publicitario que rezaba “¡Hay vida más allá de la M-30!”, decidí aceptar el reto y embarcarme en la aventura de descubrir todos los barrios periféricos de la capital y de dedicarles unas líneas a cada uno de ellos, empezando por la Alameda de Osuna, que se encuentra fuera de los límites de la M-40, al tratarse del que mejor conocía, por haber habitado felizmente en él durante más de una década, después de un inicial momento de temor y desorientación.

El objetivo de mi nueva incursión en el extrarradio madrileño era la Colonia de la Prensa, un lugar que tenía apuntado desde hace tiempo en mi práctico mapa virtual que, poco a poco, había ido sustituyendo los de papel.

¡Y así, por primera vez, me fui, sola y temeraria, a Carabanchel!

Decidí desplazarme hasta allí en coche, ya que con el metro hubiera tardado casi tres veces más, y una mañana cualquiera de un día entre semana, después de haber recorrido kilómetros de oscuros e infinitos túneles a lo largo de la M-30, esa circular muralla imaginaria que protege lo que (erróneamente) se considera como el centro de Madrid, por fin vi la luz al fondo, desembocando como por arte de magia en una ancha y soleada avenida.

Se trataba de la calle del General Ricardos, que no encajaba para nada en mi apriorístico esquema mental, condicionado por las leyendas urbanas que no auguraban nada bueno. Allí no había casas destartaladas, locales de dudosa reputación o edificios en ruinas, sino más bien todo lo contrario. Viviendas más nuevas se alternaban con otras de mayor edad, calles limpias y cuidadas se cruzaban con esta arteria principal y tiendas y bares de los de toda la vida daban paso a locales y franquicias más modernas y llamativas. Estaba tan asombrada por esa calle -que nada tenía que envidiar, por ejemplo, a la más céntrica y teóricamente “señorial” del Príncipe de Vergara-, que, mientras conducía, no podía evitar distraerme continuamente, intentando retener en mi retina cada uno de los edificios, iglesias, conventos y colegios que la decoraban.

Las paradas del metro se sucedían una tras otra: Marqués de Vadillo -¡qué glorieta más bonita!-; Urgel -a qué se debía el nombre?-; Oporto -mi ciudad portuguesa favorita, con su decadente y melancólico aroma-. Y nada más superar esta última estación, que parecía haber oído mis nostálgicas reflexiones sobre Portugal, un edificio decadente de verdad, más bien en ruinas, apareció a mi izquierda, captando toda mi atención y obligándome a aflojar el acelerador -¿Qué había pasado allí?-. Ese antiguo palacete parecía haber sido víctima de un ataque militar, de una bomba nuclear o, más sencillamente, de una negligencia humana ejemplar. No podía evitar observarlo más detenidamente y, al mismo tiempo, traté de memorizar el mayor número posible de referencias urbanas para luego poder encontrarlo en Google Maps.

Un poco perturbada, seguí adelante y, unos metros más allá, una nueva sorpresa aguardaba mi despistada conducción. Se trataba de una verja preciosa, flanqueada por dos garitas que sugerían la presencia de una solemne entrada a alguna mansión ya perdida que, ignoro el motivo, me recordaron a las del originario El Ramal, actual Paseo de la Alameda de Osuna, que lleva al palacio de los duques de Osuna y a su maravilloso jardín El Capricho. Una vez más, trataba de grabar en mi memoria visual su ubicación aproximada, cuando captaron nuevamente toda mi atención un cercano y autoritario edificio, rodeado de jardines que se entreveían entre los barrotes de una alta cancela, y, a continuación, una majestuosa puerta, de cándidos colores. Quería detener mi coche inmediatamente, bajarme enseguida, lanzarme a piedi hacia allí y acercarme cuanto antes a ese sitio tan llamativo -en esos momentos añoraba la presencia de un chofer en mi vida o, más simplemente, de mi marido como conductor- pero, muy a mi pesar, tenía que continuar.

Las dudas y los interrogantes asaltaban mi mente conforme avanzaba en el camino marcado por el navegador, donde me topaba con amplios jardines, elegantes palacios, enormes colegios y edificios institucionales y hasta unos osos trepadores -¿Qué estaba pasando allí?-. Parecía que había entrado en una nueva ciudad, una ciudad señorial donde se respiraba un aire diferente… Esta vez mi inexplicable comparación mental me trasportó a las construcciones que rodean los Reales Sitios, destinadas a alojar a los dignitarios y servidores de la Corte.

¿Era eso Carabanchel de verdad o, como de costumbre, me había perdido, ensimismada en mis pensamientos y aturdida por el estupor? El navegador, sin embargo, me confirmaba que, a pesar de mis múltiples distracciones, iba por buen camino… ¡Y qué camino más bueno!

No había alcanzado todavía mi objetivo y ya estaba planeando una segunda visita para disfrutar más detenidamente, y menos peligrosamente, de todos esos sitios tan atractivos. Y después de unos pocos minutos, por fin llegué a destino.

20220131_125656Aparqué muy cerca de la glorieta García Plaza, una coqueta placa así lo anunciaba, y mi mirada ya se perdía entre las modernistas fachadas, torres y cancelas de unos cuantos chalés que, discretamente, me rodeaban con su presencia. Mis pies, deseosos de pisar tierra firme, y no un acelerador, bramaban por activarse a la mayor brevedad posible y los dedos de mis manos ya estaban calentando sus músculos diminutos para disparar con vigor y entusiasmo centenares de fotos.

Empecé a recorrer sin ningún criterio establecido las callecitas de esa colonia tranquila y silenciosa, donde sólo se oían los cantos de los pajaritos y solo se olían los aromas de una impaciente primavera -no era de extrañar que esa parcela, a principios del siglo pasado, hubiera sido elegida por el gremio periodístico como zona de retiro o vacacional, convirtiéndola en la primera ciudad de periodistas de España-.

Eso no parecía Madrid sino un feliz oasis de paz, un pueblecito de cuento de hadas, una insólita colonia de “hoteles”, la primera de la capital, que competían entre ellos en hermosura y originalidad decorativa. Después de haberlos fotografiados todos, incluso los que necesitaban urgentemente unas manos de pintura (y algo más), y haber añorado la ausencia de los que habían sido derrumbados durante la Guerra Civil o, más tarde, por las despiadadas excavadoras de la especulación inmobiliaria, satisfecha, decidí explorar un poco más ese distrito que, generosa y gratuitamente, me estaba regalando tanta belleza.

20220131_131327Tomé una última foto de la imponente entrada principal, escenográficamente anunciada por una enseña que campeaba entre dos torretas, que originariamente fueron utilizadas también como portería, locutorio telefónico y hasta apeadero del tranvía, y me dispuse a consultar todos los sitios de interés cerca de mí que me sugería el “infalible” Google Maps… ¡Y descubrí que había un yacimiento romano!

¡No podías ser! ¡No me lo creía! Al igual que San Pedro, tenía que verificarlo con mis propios ojos, tocarlo con mis propias manos y pisarlo con mis propios pies.

Arranqué el motor del coche y rápidamente alcancé ese punto geográfico, en el Parque Ingenieros, donde, teóricamente, hubiera tenido que encontrar ese tesoro arqueológico, pero, una vez más, mis propósitos de Indiana Jones se vieron frustrados por otro monumento que captó toda mi atención. En efecto, al final de un camino empinado que se abría paso entre tristes y secos descampados, en busca de un aparcamiento, como por arte de magia había aparecido una iglesia, más bien una ermita solitaria. Ya se me había olvidado el verdadero motivo de mi expedición en esos lares perdidos, entre baches y terreno no asfaltado. Lo que estaba ahora ante mis ojos era, para mí, como el Santo Grial… -¿Qué hacía allí ese precioso edificio religioso de muros inclinados que se erguía tímido y discreto al lado de un silencioso cementerio?-.

20220131_122258Un cartel en su alta torre de ladrillo explicaba que “aquí estuvo la iglesia de Santa María Magdalena a la que venía a rezar San Isidro cuando trabajaba en estos campos y en ellos tuvo lugar el milagro del lobo”. Tenía que entrar allí y descubrir algo más. Empujé confiada su pequeña puerta de madera, pero ésta, sólida y testaruda, se me resistió: Santa María la Antigua, así se llamaba esa ermita, la más antigua de la Comunidad de Madrid, estaba claramente cerrada, puede que abandonada a su destino, rodeada de campos sin alma y al lado de un camposanto con muchas de ellas… -de vuelta a casa descubrí, no sólo que el cercano e inmenso solar alojaba la famosa cárcel de Carabanchel, sino también que, bajo sus escombros, incluso sobre el mismo suelo que estaba pisando, así como en el cercano parque Eugenia de Montijo, estaban, y siguen estando, los restos arqueológicos de la antigua villa agrícola romana que iba buscando, a la espera de ser rescatados cuanto antes de su inmerecido olvido…-.

Desconcertada entré en el pequeño cementerio. No era el mejor lugar para buscar respuestas sobre la ermita, pero, paseando entre esas tumbas con vistas al horizonte, no sólo encontré paz (no eterna, afortunadamente, pero sí la suficiente para tranquilizarme) sino también, a la salida, una puerta, fuerte y robusta, que, a diferencia de la anterior, se abrió fácilmente, sin oponer resistencia. Entré sigilosamente, con respeto y prudencia, en una oficina oscura, casi un bunker, sólo iluminada por la presencia de una amable encargada que, asediada por mis preguntas sobre la pequeña joya solitaria y disculpándose profundamente por no podérmela enseñar, me explicó que sólo podía visitarse los fines de semana cuando se celebraba una misa en memoria de los que ya no estaban…

Y con esas palabras di por concluida mi excursión mañanera en las afueras de la M-30.

Era inútil seguir en ese distrito perdida y desorientada, sin ningún conocimiento, sin ningún criterio, sin ninguna preparación. Tenía que volver allí con más información; tenía que documentarme previamente; tenía que planificar mis visitas, organizarlas mejor y no dejar nada al azar.

Se lo debía a ese Carabanchel, desconocido y sorprendente, que, hasta ahora, había ninguneado imperdonablemente…

[Continuará… ]

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«¡Hay vida más allá de la M-30!»: A piedi… por la Alameda de Osuna

“¡Hay vida más allá de la M-30!”

Esa frase, tan provocadora y a la vez prometedora, que campeaba en un enorme cartel publicitario de un famoso portal inmobiliario, despertó todas mis alarmas “aliapiedescas”: ¡Claro que hay vida más allá de la M-30! ¡Y más allá de la M-40, también! ¡Y cuanta vida (y calidad de vida)!

Por lo tanto, ahora que, (des)afortunadamente, tengo más tiempo para mi (y menos para el trabajo), he decidido dedicar (o, por lo menos, intentarlo) una parte de mi (nuestro) pequeño gran blog familiar a los barrios menos céntricos de Madrid, empezando, por razones sentimentales, por el primero del último distrito capitalino, la Alameda de Osuna.

Este breve paseo “alamediense” está entonces dedicado a todos los que «se atreven» a superar el limite imaginario marcado por la primera, y segunda, circunvalación capitalina, para descubrir «a piedi» los sitios de este barrio periférico que, según mi opinable y fantasioso criterio, merecen la pena ser descubiertos, y no sólo por su valor cultural o arquitectónico.

El punto de salida es la parada del metro «El Capricho» (línea 5), así llamada en honor a este magnífico, único y extraordinario jardín histórico-artístico de finales del siglo XVIII, que sólo está abierto los fines de semana y días festivos.

20220127_175623El camino que lleva a este mágico lugar cruza un parquecito donde se encuentra la huerta comunitaria más alegre de Madrid, “La alegría de la huerta” -a la cual, en sus inicios, yo también me apunté con mis hijos, con buena voluntad, pero nulas capacidades botánicas- donde, en función de las estaciones, asoman desde el terreno, para mi como por arte de magia, diferentes frutas y hortalizas, ecológicas obviamente. Pero el verdadero protagonista «vegetal» de este recorrido es el mencionado jardín, del cual me enamoré perdidamente nada más aterrizar en Madrid y al cual, inspirada por el amor y la pasión, he dedicado algunos de mis relatos «aliapiedescos«.

Aquí, en función de vuestro nivel de romanticismo, y de imaginación, podréis pasar horas y horas deambulando entre sus curiosas y “caprichosas” edificaciones, tales como la Casa de la Vieja, el Abejero, el Casino de Baile, la Ermita, el Fortín, el Templete de Baco o el mismísimo Palacio de los duques de Osuna -cuyo interior albergará, esperemos que en breve tiempo, un espacio expositivo centrado en la figura de mi querida y admirada duquesa de Osuna, doña María Josefa Pimentel y Téllez-Girón, mujer muy adelantada a sus tiempos y mecenas de muchos artistas, como bien explicaban, y escenificaban, unos paseos teatrales que, hace años, se organizaban en esta antigua finca de recreo y con los cuales yo soñaba con los ojos abiertos-. Mientras deambuláis tranquilamente por este encantador oasis verde, si afináis la vista, entre la rebosante vegetación podréis también descubrir las chimeneas y puertas de acceso al aterrador bunker del general Miaja, construido durante la Guerra Civil y que, afortunadamente, nunca se llegó a utilizar -se pueden realizar visitas guiadas, gratuitas, en su interior, pero hay que reservarlas con mucha antelación o, en alternativa, modesti a parte, descubrirlo a través de mis palabras-.

A la salida del jardín, os sugiero dar una vuelta por el curioso camping que está a su lado.

20220127_173441No es que yo sea fan de los campings -de hecho debo confesar que la primera vez que lo vi tuve un reflejo espontaneo de repulsa hacia él, como si el curvilíneo muro exterior que lo delimitaba se prestara para ocultar degradantes noches de borrachera, sexo, droga y rock and roll: no me equivocaba sobre este último punto ya que, como aprendí posteriormente, allí tenían lugar exitosos conciertos de bandas emergentes que siguen añorando muchos lugareños- pero, poco a poco, le he cogido mucho cariño, y no sólo por los aperitivos que tomábamos en familia o con amigos en la originaria terraza, de estilo surfero, ubicado a su lado, que te trasladaba de verdad a una playa en plena ciudad -ahora, con la nueva gestión, la decoración es más «urbana»-, sino también por la nueva zona de ocio de este aparcamiento de caravanas, que tiene vista a las seculares plantas y edificios de El Capricho.

20220127_17362520220127_173946Aquí se encuentra una acogedora sala-cafetería-supermercado, con aire alpino, donde en invierno, entre paredes de madera, dan lo mejor de sí las chimeneas, y una curiosa terraza exterior, de estilo country -hay también una futurista versión tubular cubierta- donde en primavera/otoño/verano cobran protagonismo, entre food trucks y mobiliario vintage, unas amarillentas balas de heno con función de rústicas sillas y mesas.

20220201_13024720220201_130526Después de haber repuesto fuerzas en uno de estos dos sitios, os animo a recorrer la larga avenida de Logroño que bordea mi parque -que no jardín- favorito de Madrid, el Juan Carlos I, hasta llegar al cruce con la calle Rambla, una de las calles más románticas de la capital, sobre todo en primavera, gracias a sus coquetas farolas, a sus muros de piedra cubiertos de hiedra y a la antigua fachada de la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría, del siglo XVI -por cierto, si es domingo, que seáis ateos o fieles, no os perdáis la misa de las 11.30: el coro es sublime y, cantando y tocando, ¡lo da todo!-.

20220201_13174420220201_131022Superado el mencionado edificio religioso y la Escuela de Música municipal, alojada en la antigua Casa de Oficios del palacio de los duques de Osuna, a la izquierda, a través de una callecita, subiendo una cuesta, llegaréis al Castillo de la Alameda, o, mejor dicho, al castillo de los Zapata, señores de Barajas y La Alameda, del siglo XV, recientemente restaurado y convertido en museo, en cuyo recinto se puede también observar un nido de ametralladoras de la Guerra Civil, la parte posterior del panteón de los duques de Fernán Núñez y restos de asentamientos antiguos, desde la Edad del Bronce hasta la época romana, como relaté hace años en esta historia -cuidado: al igual que El Capricho, sólo abre los días festivos y fines de semana-.

20220127_181711Después de la visita, gratuita, podréis ya encaminaros de vuelta hacia la estación “Alameda de Osuna”, no sin antes parar en una coqueta y pequeña librería, “Las letras embrujadas, cuyo encanto reside no sólo en la amabilidad de su propietario, Jose, sino también en la conseguida decoración a base de arcos y ladrillos a vista que asoman entre juguetes y libros -por cierto, entre tantas joyas, lúdicas y literarias, custodian también unas de las últimas copias en circulación de un increíble, y muy recomendable, best seller: «Aliapiedi… en Dublín«, escrito… ¡por mi!-.

20220127_182749Y si os ha entrado un poco de hambre o queréis hacer una nueva pausa antes de tomar el metro de vuelta a vuestro hogar, acercaros a la panadería “La 28”, donde podréis degustar o adquirir alguna de las delicias dulces o saladas de su obrador, como recompensa, o souvenir, de este paseo por la Alameda de Osuna… ¡más allá de la M-30 (y 40)!       

P.S. Si os apetece realizar un fin de semana este recorrido a piedi por el barrio de la Alameda de Osuna, he aquí el correspondiente mapa:

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Puy du Fou y Toledo: ¿Un sueño hecho realidad o una realidad hecha un sueño? (Tercera parte)

[Sigue… ] Los dos viajeros, en efecto, sólo tenían pensado escaparse unas horitas a Toledo, a Toledo de verdad, antes de enfrentarse al último espectáculo de Puy du Fou, el de las diez de la noche, dedicado a esta ciudad.

Aparcaron así en pleno casco antiguo, en un aparcamiento ubicado debajo de la plaza de Valdecaleros, junto a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, soberbia y sabiamente alojada en el antiguo convento de San Pedro Mártir, y, nada más salir de allí, de ese garaje escondido, casi secreto, que en el pasado había hecho temblar a su mujer y a sus hijos –v. el relato aliapiedesco “En nombre del padre”– se toparon con un turista desorientado, un hombre de mediana edad, que, con otro par de compañeros de aventuras, iba buscando desesperadamente las así llamadas “Cuevas de Hércules”: ¿Qué era aquello? ¿Qué se escondía detrás de ese nombre mitológico tan cautivador como evocador? ¿Cómo era posible que ella nunca hubiera oído pronunciar ese lugar tan peculiar?

El visitante les explicó brevemente que se trataba de un espacio subterráneo de la época romana que servía como depósito de agua y que sus míticas paredes estaban impregnadas por relatos de leyenda y de magia, y Aliapiedi, al oír esas palabras que despertaron enseguida todas sus ambiciones frustradas de Indiana Jones femenina, se dispuso enseguida a ayudar a esos hombres. Ella, esperando encontrar ese sitio y, a lo mejor, algún tesoro más, empezó a investigar por el suelo, por si había alguna apertura oculta entre los adoquines o el alcantarillado, por los muros del monasterio universitario, por si había algún botón o mecanismo secreto parecido al que daba acceso a la biblioteca prohibida de «El nombre de la Rosa«, y hasta por el mismo cielo, por si alguna paloma mensajera quería entregarle un mapa con crípticas indicaciones… Pero por mucho que lo intentara, nada ni nadie aparecía, ni la cueva ni su hercúleo personaje…

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El campanario de la Catedral y…

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… el Archivo Municipal

Ella se vio entonces obligada a renunciar a esa empresa improvisada –Chronos, como de costumbre, apremiaba con su ritmo imparable– y, decepcionada, deseando suerte a esos caballeros, en compañía de su marido emprendió su camino a piedi por el laberinto urbano toledano.

Allí estaba la gótica Catedral, asomando su cabeza-campanario entre muros milenarios; un poco más allá un par de hermosas plazoletas, enmarcadas por nobles palacios y rústicos casones, y, por todos los lados, portales blasonados, iglesias y museos muy afamados materializándose por sorpresa entre calles, pasajes y callejones embrujados…

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Plazoletas y palacios blasonados

La ciudad, con razón nombrada Patrimonio de la Humanidad, seguía de pie con todo su impresionante y abundante tesoro cultural, huérfana, sin embargo, de miles y miles de admiradores, de todas las nacionalidades, que, en el pasado, parecían unos auténticos invasores. Ya no estaban todos esos turistas que, por su cuenta o en grupo, a las órdenes de expertos guías, ocupaban las calles principales, los restaurantes y los bares, las tiendas de recuerdos o los locales de oficios artesanales: ¿Dónde estaban los asiáticos o los americanos? ¿Los árabes o los europeos? ¿Dónde se había metido toda esa muchedumbre que, con sus idiomas, sus cámaras y sus vestimentas diferentes llenaban de color y caótica alegría la antigua capital toledana? Los dos, que a veces habían lamentado ese constante factor de sobrepoblación, ahora, mientras paseaban casi solos entre escaparates provisional o definitivamente cerrados, lo añoraban…

Toledo en esa tarde de un sábado cualquiera parecía triste y solitaria, despojada de las voces de sus visitantes, de los olores de sus mesones siempre abiertos, de la variedad de los productos locales, de las tiendas de recuerdos olvidados… El invisible y letal enemigo llamado Coronavirus se los había (temporalmente) arrebatado.

Ensimismados en esas reflexiones, Aliapiedi y su marido, después de haber cruzado un Zocodover muy poco animado, encontraron finalmente, calle abajo, una zona llena de gente. Eran jóvenes, muchos jóvenes, puede que estudiantes universitarios, alegres y despreocupados, que, tomando el aperitivo, planeaban el futuro y olvidaban el pasado, deseando recuperar un ritmo de vida al que durante tantos meses habían renunciado, intentando volver a una nueva, puede que incierta, normalidad, en un mundo aún enfermo…

Aliapiedi y su marido, encantados con aquella imagen prometedora, se sentaron en la primera mesa disponible, al aire libre, y, después de haberse quitado las mascarillas, con una sonrisa en los labios, brindaron a gusto con un vino y una cerveza por la salud de la humanidad. Y mientras ellos disfrutaban de ese rato de relax, una ligera brisa empezó a levantarse, las luces del día fueron apagándose y a pasos agigantados se les fue acercando, una vez más, la cita con la Historia o, mejor dicho, con la Madre de toda(s) la(s) Historia(s).

Ninguno de los dos se había percatado de la hora hasta que el hambre hizo acto de presencia. Buscaron, sin éxito, un sitio donde tomar algo rápidamente, pero los bares de toda la vida, con o sin turistas, seguían (afortunadamente) viento en popa, con largas colas en las entradas, así que, (casi) felices por ese (bienvenido) imprevisto, decidieron volver sobre sus pasos, por las calles silenciosas y vacías del casco antiguo. Entonces, de repente, una música, una sinfonía, una dulce melodía de aire flamenco resonó por esos céntricos lugares. Los dos se miraron sorprendidos: ¿Estaban de verdad escuchando ese cante o era un espejismo auditivo compartido? ¿Eran unas sirenas engañosas las que les estaban llamando con sus notas o eran auténticas personas las que las tocaban? Siguieron entonces ese hilo musical que les acercaba a la respuesta y, un paso tras otro, llegaron hasta la Plaza del Ayuntamiento. Allí, en ese sugestivo escenario, arropado por palacios majestuosos, un pintoresco cuerpo de baile flamenco estaba ensayando bulerías, tangos y fandangos; allí, en esa plaza tan hermosa, decenas de sillas perfectamente alineadas ansiaban para ser ocupadas; allí, tras unas barreras y un cordón policial, centenares de personas escuchaban, y a la vez hacían la cola, para disfrutar de la inminente y original velada musical; allí, en ese emblemático lugar, acariciado por las últimas frescas horas de la tarde, Toledo volvió a deslumbrar.

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«Las Noches Toledanas»

Aliapiedi y su marido se acercaron a un policía para preguntar que era lo que allí se celebraba y el oficial, orgulloso, les contestó que “Las Noches Toledanas”. Ella se sorprendió una vez más por su ignorancia en materia: ¿Cómo podía haber pasado por alto esa noticia? ¿Cómo podía haber ignorado, sin querer, ese nutrido programa de eventos musicales y culturales? ¿Cómo podía haber involuntariamente dejado de lado a esa kermesse, que, con todas las medidas y restricciones necesarias, intentaba ganarle la partida al fantasma de la pandemia, luchando contra la soledad de los meses pasados y contra las tristes historias de esa maldita enfermedad?

Y, al lado de su marido, empezó a (ad)mirar ese inspirador ensayo general. Los pases, las expresiones y los gestos tan profundos e intensos de los bailaores exaltaban ese regreso a una diferente normalidad, a una nueva y arrolladora normalidad, y Toledo, como por arte de magia, volvió a despertar.

Ya no era la ciudad fantasma que Aliapiedi y su marido habían recorrido una hora atrás; ya no era una antigua capital triste y apagada, deseosa de visitantes y de vida; ya no era un nostálgico recuerdo de su turístico esplendor. Toledo había vuelto, con su duende y su gente, empeñada en regresar al estrellato como imperdible destino manchego para todos aquellos, residentes y extranjeros, que, poco a poco, en función del progreso de la vacunación, se animasen a retomar la costumbre de viajar, visitar y disfrutar sin miedo y en total seguridad del patrimonio nacional.

Toledo, definitivamente, había resurgido: sus calles, sus plazas y sus palacios se fueron llenando de personas y las notas musicales les iban acompañando. En cada rincón surgían cantes y bailes; en cada rincón se escuchaban dulces acordes; en cada rincón se levantaba, firme y desafiante, una arrasadora “oda a la alegría” colectiva.

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El puente de Alcántara: la imperdible postal

Los dos viajeros en el tiempo, felices y sorprendidos, arrepentidos por sus iniciales y erróneos pensamientos, volvieron así al aparcamiento, proponiéndose en otra ocasión disfrutar de esa curiosa noche toledana, hecha de danzas y conciertos y de monumentos excepcional y gratuitamente abiertos. Arrancaron el coche y, con energías renovadas, listos para un nuevo y final salto en el tiempo, pusieron rumbo a Puy du Fou España. Pero la ciudad, la ciudad de verdad, no quería que se fueran tan rápidamente y, una vez más, les paró los pies, más bien las ruedas, con la intención de retenerles con un nuevo regalo: el puente de Alcántara, observado desde lo alto por el castillo de San Servando, admirado desde abajo por el Tajo y envuelto en sus costados por el manto azul oscuro de la incipiente nocturnidad.

Aliapiedi, seducida inmediatamente por esa postal, obligó a su marido a pararse casi en mitad de la carretera, se lanzó a través de ella a la desesperada, capturó con su móvil de última generación esa histórica construcción y, satisfecha, se dio la vuelta, encontrándose cara a cara con un policía. Un sudor frio recorrió su cuerpo y su alma, y la alegría de esa foto recién conquistada desvaneció enseguida: ¿Puede que el ilustre agente hubiera visto que el coche estaba aparcado en un lugar prohibido de La Mancha? ¿Puede que el ilustre agente la hubiera pillado cruzando a la desesperada esa ronda toledana? ¿Puede que el ilustre agente quisiera, y con razón, amonestarla o, peor aún, ponerles a los dos una multa?

Ella, asaltada por las dudas, decidió tomar la iniciativa y, anticipándose a su interlocutor, con la mejor de sus sonrisas y explotando la dulzura de su acento italiano, recurriendo hábilmente al arte dramático propio de su tierra, admitió entre (falsas) lágrimas toda su culpa, exagerando la intensidad de los sentimientos que la habían impulsado a fotografiar esa maravilla sin pensar en el peligro, apelando a un enamoramiento repentino por ese puente y, en general, por toda la ciudad, y proclamando también su infinito amor por España y su gente. El policía, visiblemente satisfecho, tocado en su fibra sensible y en sus raíces toledanas, no resistió a su asalto y, dándole la razón, le sugirió otro lugar donde, en unos pocos minutos, podía disfrutar de la hermosura embriagadora de esa antigua capital. Ella, agradecida, se despidió así de su nuevo y valioso amigo, se subió al coche que estaba dificultando el tráfico de un sábado por la noche e indicó a su chofer el destino sugerido.

Allí fueron los dos, a ese mirador privilegiado, ubicado al lado de un quiosco muy concurrido, y, bajándose del coche, se quedaron sin aliento…

Toledo apareció en todo su esplendor, con su Catedral, su Alcázar, su Seminario Mayor, sus iglesias, sus mezquitas y sus miles de casas bajas de techo de tejas que, como súbditos fieles, a los pies de esos monumentos que destacaban sobre todos los demás, rendían homenaje a su señora ciudad. Para más inri el sol, al ocaso, envolvía ese increíble panorama y sus luces naturales, anaranjadas, se fundían armoniosamente con las artificiales de la antigua capital. Ese cuadro, enmarcado por unas escenográficas nubes que anunciaban la llegada de la oscuridad, no parecía de verdad.

Toledo, grandiosa y cautivadora, bella y deslumbrante, embrujada y brillante, asentada en su emplazamiento impresionante, abrazada dulcemente por el Tajo y sujetada por tres históricas culturas, parecía de mentira: ¿Era un sueño o era una realidad?

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¿La Realidad de Toledo o «El Sueño de Toledo»?

Fuera lo que fuera, los dos, muy a su pesar, tenían que despedirse de esa ciudad, onírica o real, que, en breve, iba a acostarse bajo el manto de la noche para, al cabo de una media hora, volver a despertarse con “El Sueño de Toledo”.

Aliapiedi y su marido, sin embargo, a pesar de estar listos para un nuevo, y final, salto en el tiempo, ahora empezaban a dudar de ese último espectáculo “puydufouesco”, el más grande de España, del cual todo el mundo les había hablado en términos extasiados: ¿Qué podía haber de más bello de lo que acababan de ver? ¿Cómo se podía competir con la hermosura de esa ciudad que acaban de dejar atrás? ¿Cómo estar a la altura de ese Toledo, puede que de mentira, puede que de verdad?

Y, acompañados por sus dudas y sus preguntas, se cogieron de la mano y saltaron una vez más hacia atrás.

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A piedi, de noche, por Puy du Fou España

Ya estaban de camino hacia un Arrabal adormilado, casi encantado, huérfano del bullicio mañanero de herreros, leñadores o tintoreros, pero enriquecido del silencio nocturno de las estrellas.

El Castillo de Vivar, iluminado, observaba silenciosos los dos viandantes apresurados que, como dos hidalgos perdidos, un paso tras otro, acercándose poco a poco a su destino final, intentaban alcanzar en el horizonte de los Montes toledanos un molino cuyas palas rompían la uniformidad del cielo naranjado.

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La Puerta del Sol… ¡caído!

La Puerta del Sol, de un sol ya caído, falto de descanso, les abría sus brazos para que accedieran a la Puebla Real, mientras que la Luna, jugando al escondite con las nubes, intentaba imponer su presencia entre ellas.

Los dos llegaron así a los pies de un mastodóntico anfiteatro al aire libre, que, sustentado por unas imponentes torres de vigía de madera, se elevaba majestuoso en el medio del territorio del parque. Por un momento, y por una extraña comparación mental, esa estructura tan imperiosa le recordó a ella la del inquebrantable Muro de hielo de Juego de Tronos, y por un instante dudó en cruzar los inmensos portales que se abrían de par en par en ese impresionante edificio para engullir a centenares, puede que millares, de noctámbulos visitantes. Su marido, sin embargo, sin pensárselo dos veces, ya había entrado allí dentro y ella no tuvo más remedio que lanzarse tras de él, dejando de lado sus absurdos pensamientos. Ante sus ojos, en ese increíble Coliseo manchego, apareció una vez más Toledo, envuelto por las sombras, arropado por la nocturnidad…

El gigantesco escenario de cinco hectáreas que, por el momento, tenía como telón de fondo el cielo abierto y como hilo musical el canto de miles de cigarras, hacía honor a su característica de ser el más grande de España, mientras que las gradas –que, en condiciones normales pueden alojar hasta cuatro mil personas– se iban poco a poco llenando de espectadores que, por culpa de una ligera brisa in crescendo, se veían obligados a abrigarse con sus capas.

Aliapiedi y su marido, expectantes, casi en tensión, nerviosos, se pegaban el uno al otro, intentando protegerse de ese clima tan extremo, pero de repente toda su atención y sus sentidos se centraron en un punto específico del escenario. En el silencio de la oscuridad acababa de aparecer un hombre mayor que caminaba encorvado acompañado por un burro fiel; sin prisa, pero sin pausa, iba cruzando un Tajo que, de verdad o, quizás, de mentira, discurría plácido ante la somnolienta ciudad. Se trataba del viejo y humilde azacán de Toledo, testigo y guardián de muchos siglos, que llevaba en sus hombros toda la carga invisible del pasado de la humanidad; a su lado, sentada a la sombra de un olivar, se personó también una joven lavandera, María del Sagrario, que, alegre y despreocupada, le animó a relatar todas sus vivencias.

Y con esa imagen tan sencilla y delicada, propia de un belén, todo el mundo empezó a soñar…

La Historia o, mejor dicho, la Madre de todas las Historias se materializó con su fuerza y poderío, y guerreros, reyes y caballeros, galopando al compás de sus caballos, a las órdenes de ilustres hidalgos, despiadados conquistadores o monarcas ilustrados, aparecieron uno tras otro sin descanso.

Los siglos de España empezaron a volar, y conquistados y conquistadores, desde los primeros reyes visigodos hasta los emperadores, pasando por califas musulmanes y reyes católicos, a desfilar, más bien deslumbrar, con sus acciones: Recaredo I, el rey Don Rodrigo, Tariq el Bereber, la reina Isabel o el emperador Carlos V, eran sólo algunos de los mayores representantes de los tiempos pasados que, con sus trajes elaborados y sus gestas inmemorables, escenificaban decenas, a lo mejor centenares, de hechos históricos españoles.

Toledo, telón de fondo de miles de aventuras, desaparecía y volvía a aparecer, se incendiaba y resurgía de sus cenizas, se teñía de cal y arena y se volvía a iluminar, se hundía y se volvía a levantar.

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Toledo en llamas…

Las luces, los colores, las pirotecnias, los juegos de agua acompañaban a centenares de jinetes y actores –doscientos en su totalidad– y sus acrobáticas y artísticas actuaciones se alternaban soberbiamente en ese viaje espectacular.

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Toledo musulmana: Tulaytula…

Aliapiedi y su marido, aturdidos, asombrados, impresionados, asistían o, mejor dicho, vivían entusiasmados ese intenso e instructivo recorrido por el pasado que, como un auténtico milagro, les llevaba de la mano, y de los ojos, a través de los siglos de los siglos…

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Toledo de las tres culturas…

Los efectos especiales, que nada tenían que envidar por su cantidad y versatilidad a los de otros shows de fama internacional, como los de Dubái, Las Vegas o Shangái, se multiplicaban como por arte de magia, y las iglesias, torres, castillos y monasterios toledanos, y también los principales monumentos españoles, se transformaban, se iluminaban y se movían en función de las historias: ora surgía de las aguas, entre danzas leves de doncellas, el elegante y deslumbrante Palacio de Cristal de Al-Mamún, como, al rato, la carabela de Colón con toda su tripulación; ora se incendiaban las murallas toledanas como se erguía, brillante y luminoso, la Iglesia del Cristo de la Luz; ora se celebraba un concilio toledano como una boda musulmana; ora aparecía la católica Reina Isabel como unos cautivos cristianos colgando sus cadenas en el Monasterio de San Juan; ora se personaban entre humos los franceses invasores como los llamativos vagones de una legendaria y pionera locomotora Mataró

La Madre de todas las Historias, impertérrita, seguía su camino a lo largo de quince siglos, mientras que una épica, dramática, suave o marchosa banda sonora “stornettiana” exaltaba con sus notas las gestas de la Humanidad.

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El Palacio de Cristal de Al-Mamun: ¿Toledo, Dubai, Las Vegas o Shangai?

El tiempo pasaba rápidamente y Aliapiedi y su marido, mágica y maravillosamente raptados por ese histórico milagro no se daban cuenta de que su largo e intenso viaje en el tiempo estaba desafortunadamente acabando, que su aventura estaba finalizando, que Puy du Fou se estaba despidiendo…

Y en efecto, después de 1500 años y setenta frenéticos minutos, con un gran final espectacular, entre vítores y aplausos, fuegos artificiales y efectos especiales, la Madre de todas las Historias, con todos sus ilustres personajes, se alejó elegantemente del escenario, retirándose una vez más en el pasado y dejando todo el protagonismo al asombro, estupor y admiración del pueblo allí reunido.

Toledo, y su sueño hecho realidad, seguían allí, ahora en silencio, arropados por los tonos azules embrujados de la oscuridad, pero listos para volver a despertar y asombrar cada noche, en primavera, verano, otoño y ¡hasta en Navidad!

Aliapiedi y su marido, agotados, enmudecidos, embriagados, aturdidos por todo lo que habían vivido, no sabían exactamente lo que (les) había pasado; sólo sabían que, muy a su pesar, ahora estaban obligados a regresar definitivamente a su tiempo real, a su vida de verdad. Se sonrieron entonces emocionados, se cogieron como siempre de la mano, se prepararon para un último salto temporal y, dicho y hecho, se despertaron en la actualidad:

¿Había sido una realidad de Toledo hecha un sueño o un Sueño de Toledo hecho realidad?

Sólo Puy du Fou sabía la verdad.

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¿»El Sueño de Toledo» hecho realidad o la realidad de Toledo hecha un sueño?

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Puy du Fou y Toledo: ¿Un sueño hecho realidad o una realidad hecha un sueño? (Segunda parte)

[… Sigue]

En efecto, unos pocos pasos más allá, entre la dura tierra y las rocas, los dos se toparon con un penitente dirigido a Santiago que, descansando de su camino, con sus relatos de “El vagar de los siglos” les llevó una vez más hacia el pasado.

Ella y él se vieron así trasladados como por arte de magia, o de sus palabras, al año 1492, listos para embarcarse, sin darse cuenta, en “Allende la Mar Océana”.

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La residencia granadina de la reina Isabel en «Allende la Mar Océana»

La mismísima reina Isabel desde su residencia granadina acababa de anunciar a Colón que iba a financiar su expedición hacia Oriente por Poniente, y cuando Aliapiedi y su marido se dieron cuenta de que iban a zarpar desde Palos hasta un mundo desconocido se pusieron a temblar.

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Colón, «hundido» en sus estudios

Pero ya era tarde para volver atrás, para volver a la actualidad, y, muy a su pesar, ya estaban metidos de lleno en esta misión (¿imposible?), participando en los últimos preparativos de ese peligroso viaje, a lo mejor, de solo ida.

Compartiendo a bordo de la nao Santa María comida y espacio con el resto de la tripulación, codo a codo con marineros revoltosos y, a veces, borrachos, sin poder lavarse como era debido, después de una primera etapa en Canarias, se lanzaron en el medio de la mar, de una mar sin explorar, de una mar extensa y aparentemente ilimitada que, violenta y hostil, se desahogaba contra ellos con todo su acuático vigor.

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La nao Santa María golpeada por el agua (Foto: Puy du Fou)

La carabela, duramente golpeada por el agua, la de arriba, de la lluvia tempestuosa, y la de abajo, del Océano iracundo, oscilaba vertiginosa y peligrosamente mientras que la tripulación, ya de por sí bastante enfadada, hambrienta y sedienta por los muchos días de alocada travesía, caía víctima de múltiples mareos y auténticos quebraderos de cabeza. Aliapiedi y su marido, pasando de camarote en camarote, intentando esquivar los polémicos y conflictivos marineros, empezaban también a perder toda esperanza de bajar con vida de ese barco maldito, pero justo cuando todo el mundo estaba a punto de rendirse, por fin escucharon ese grito tan deseado:

“¡Tierra! ¡Tierra!”.

Por muy increíble que pudiera parecer habían llegado sanos y salvos a algún lugar del planeta, a un Nuevo Mundo desconocido, a un placentero paraíso en tierra firme que el audaz Almirante, compatriota de Aliapiedi, bautizó enseguida, y con razón, con el nombre de San Salvador.

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¡San Salvador en todo su espelendor!

Playas de fina y blanca arena, palmeras que con el viento jugaban con las olas y frescas aguas cristalinas eran los alentadores ingredientes de esa isla, perdida por Océana, que, con su belleza y naturaleza, salvaje y no contaminada, ponía el colofón final a una aventura que ellos dos nunca iban a olvidar.

Y tanto era así que ella, en efecto, seguía físicamente con el recuerdo de esa arriesgada experiencia, notando en el cuerpo el continuo meneo de la nao Santa María, a pesar de haber vuelto a poner los pies en tierra firme. Por ello, para retomar la compostura, ella a gusto se hubiera quedado allí, en ese sitio tan encantador, para, quizás, refrescarse con un oportuno chapuzón antes de enfrentarse a una nueva historia, pero, como siempre, el tiempo apremiaba y no había forma de detenerse: el viaje espacio-temporal seguía su curso, llevándoles ahora, un paso tras otro, a piedi, caminando hacia atrás a través de los siglos, hasta el siglo IX, en pleno apogeo de Al-Ándalus, a pesar de la derrota en la batalla de Simancas de la Campaña de la Omnipotencia creada por Abderramán III.

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El lujoso Askar andalusí (Foto: Puy du Fou)

Allí estaba el campamento militar de ese gran califa de Córdoba, el Askar Andalusí, para demostrar que la victoria de las tropas cristianas encabezadas por el rey de León Ramiro II, y apoyadas también por los condes castellanos Fernán González y Ansur Fernández, no habían afectado para nada su vida fastuosa: jaimas y tiendas de campaña de preciosos cortinajes verdes sobre las cuales brillaban estrellas doradas, exóticas lámparas que colgaban de los amplios y pesados mantos interiores de color rojo, cojines de seda, teteras de plata, perfumes y esencias refinadas, hummus y dulces, flores y frutas en abundancia reflejaban claramente no sólo el poderío de ese hombre sino también los lujos a los cuales estaba acostumbrado en su esplendorosa ciudad palatina de Medina Azahara.

Aliapiedi y su marido no podían creer lo que sus ojos estaban viendo en esa asolada meseta castellana y, como si todo ello no fuera suficiente para deslumbrarles, un poco más allá, al aire libre, bajo los despiadados rayos del sol, ya les estaba esperando con sus brazos abiertos un inmenso recinto, parecido a un coliseo morisco, donde en breve, con la venia del califa, iban a poder asistir a una “Cetrería de Reyes”.

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El inmenso recinto de «Cetrería de Reyes»

Al cabo de unos pocos minutos, en efecto, ante el nutrido público de los plebeyos, sentados en las gradas, y de los nobles, acomodados casi en el centro del anfiteatro, empezó un acto solemne y oficial, marcado como siempre por una grandiosa y exótica banda musical: Fernán Gonzalez y su rival Abderramán III estaban a punto de sellar una histórica tregua, una diplomática amistad, aunque fuera sólo temporal…

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Los servidores-cetreros

El conde de Castilla, le regalaba, en señal de paz, un soberbio ejemplar de águila real y el califa, para no ser de menos, le enseñaba sus azores.

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Una atenta y peculiar centinela

Empezaba así una nueva lucha, una contienda muy peculiar, sin armaduras y sin espadas sino con aves y con alas. Los dos protagonistas, con la ayuda de sus numerosos servidores, perfectamente entrenados desde hace siglos en el complicado arte de la cetrería de alto vuelo, se desafiaban en el aire, enfrentándose disimuladamente con sus múltiples rapaces.

Como si de una guerra pacífica se tratara, de un lado, entre las filas aéreas cristianas, despegaban búhos, águilas y milanos, y del otro, las huestes musulmanas liberaban halcones, serpentarios y grullas.

Cada uno de esos ejemplares se exhibía lo mejor que sabía, volando a ras del suelo o del público asombrado, danzando al compás de sus cetreros, aterrizando en las cabezas de los invitados o, simplemente, enseñando la envergadura de sus alas, en un impresionante crescendo de tamaño.

Aliapiedi y su marido, a pesar de que no nutrían especial simpatía para el mundo de los volátiles, asistían a esa contienda sin (aparentes) rivales con creciente interés y, poco a poco, fueron disfrutando de esa exhibición de arte y maestría, admirando a ese centenar de  soldados de plumas y alas de veinticinco especies diferentes, que, rigurosos y obedientes, con soltura y elegancia no fallaban ningún movimiento, al son de una música que, como siempre muy sugerente, acompañaba sus idas y sus vueltas, sus subidas y sus bajadas, sus gestas aéreas en una ligera danza de “Mil y unas noches” toledanas.

Y aún faltaba el gran final de esa impresionante exhibición volante: la aparición por todos los lados de ese recinto descubierto que parecía encantado de innumerables aves blancas del Ebro y del Guadalquivir, dibujando en el cielo azul, toledano-andalusí, un dinámico e inmaculado arcoíris monocromo. Era ese el último, y mejor regalo, para la “boda aérea” del joven príncipe con su amada mora y para todos los afortunados espectadores allí reunidos que habían disfrutado de ese duelo de esplendores y de esas nupcias tan peculiares.

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La Venta de Isidro (Foto: Puy du Fou)

Los dos viajeros en el tiempo, agotados por tantas emociones, decidieron entonces hacer un alto en el camino para reponer fuerzas y, a pesar de los exquisitas viandas y productos que se ofrecían a un precio muy razonable en los cuatro pueblos de época repartidos por las treinta hectáreas “puydufouescas” – El Arrabal, La Puebla Real, El Askar Andalusí y La Venta de Isidro -, decidieron volver por unas horas al 2021 para disfrutar de una comida en un restaurante cercano que les habían calurosamente sugerido.

Llegaron entonces a Layos, un pueblecito ubicado a diez kilómetros de distancia de Puy du Fou España, que, a pesar de sus reducidas dimensiones, albergaba unos cuantos restaurantes afamados. Su destino era una conocida “higuera” que, escondida entre humildes casitas, algunas de ellas cerradas o directamente abandonadas, destacaba con su cuidado muro de piedra exterior y por la cantidad de coches aparcados fuera, en una angosta callecita. Los dos cruzaron un pequeño patio, ocupado en su totalidad por mesas, sillas y felices comensales, y, sin detenerse, se dirigieron directamente hacia el salón interior. El lugar no les defraudó: rústicas paredes de ladrillo, vigas a vista y columnas de madera se alternaban con las mesas del amplio comedor.

Enseguida fueron atendidos por un amable camarero que les llevó a la mesa que tenían reservada, y los dos, agotados por el viaje a lo largo de la historia, sin remordimientos eligieron cada uno un (abundante) menú. El almuerzo fue estupendo, delicado y gustoso, y entre risas y copas, incluido un limoncello final al cual fueron invitados por el personal tan encantador, alegres y satisfechos abandonaron tan acogedor local.

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El embalse del Guajaraz

En ese estado, sin embargo, no podían emprender otra vez el viaje tan intenso en el tiempo así que, razonablemente, decidieron dar un paseo hasta el cercano embalse del Guajaraz –que, gracias a las lluvias de los días anteriores, aún albergaba una cierta cantidad de agua–. Su propósito no era solo el de bajar un poquito la comida sino también el de encontrar un sitio donde rendir homenaje al “reposo del guerrero”. Llegaron así al sinuoso espejo de agua que, con su líquida presencia, intentaba imponer su húmeda presencia a la inexorable y futura llegada de la sequedad veraniega, pero entre la maleza, los árboles y las piedras de la manchega naturaleza no encontraron ningún sitio apto para una buena siesta. Saludaron a una familia que, mucho mejor organizada, había montado su propio chiringuito a pie del agua, con mesas, sillas y sombrillas, y, con una punta de envidia, volvieron decepcionados sobre sus pasos, duramente azotados por los rayos del sol.

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El antiguo castillo de Polán

Apartado así el deseo de un merecido descanso, Aliapiedi, previsora como de costumbre, propuso rápidamente un plan B que ya tenía preparado, por si acaso. Su marido, altruista y generoso como siempre, cedió inmediatamente a su proposición indecente (por las horas que eran) y en menos de un cuarto de hora ya estaba ella delante del castillo de Polán para sacar unas fotos de sus torres y de los restos de esa antigua estructura militar medieval. Finalizado el reportaje sin haberse desmayado, ella se subió otra vez al coche donde la esperaba su chófer particular, intentando sin éxito echar una furtiva cabezadita con la ayuda del aire acondicionado, y le sugirió –es decir, le impuso– otra visita antes de volver a Puy du Fou España: Guadamur.

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El altivo castillo de Guadamur

El motivo de esa petición era otro castillo, aún más majestuoso y mejor conservado que el anterior, que, como manda la tradición, estaba asentado en lo alto de un cerro, dominando el territorio a su alrededor. Rápidamente llegaron los dos a sus pies, pero su puerta de acceso estaba cerrada a cal y canto, y por mucho que Aliapiedi se esforzara en encontrar a alguien en ese pueblo fantasma para que la ayudara a conseguir su objetivo, a entrar en ese recinto y visitar el altivo castillo, actualmente habitado, a esa cálida hora de la tarde, las cinco en punto, nada ni nadie parecía tener ganas de hacer acto de presencia.

Desesperada, enfadada y decepcionada como una niña pequeña, o, mejor dicho, como una princesa despojada de su casa, ella le dio la espalda, no sin antes inmortalizar, con una sonrisa amarga, ese noble complejo cuya arquitectura se inspiraba en la de su amada patria, y, después de haber alcanzado nuevamente su fiel conductor, que la esperaba una vez más en la frescura del coche, como un auténtico profesional, dejaron atrás ese castillo, a lo mejor embrujado, que, atrevido, la había desafiado.

En solos quince minutos, volvieron una vez más al pasado; cruzaron nuevamente el pintoresco y colorido Arrabal y la Puerta del Sol, y accedieron a la Puebla Real, que ya les sonaba mucho más familiar. Y mientras él se entretenía fisgoneando entre la mercancía expuesta en los diferentes puestos y talleres, ella, agotada no sólo por las emociones sino también por los últimos coletazos de un fuerte lumbago de los días anteriores, intentó descansar un poquito a la sombra de un edificio que custodiaba unos inquietantes escudos, yelmos y espadas. Pero el tan deseado descanso duró sólo unos pocos minutos: la llamada del Cid con “El Último Cantar” ya les estaba reclamando…

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El imponente Castillo de Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador

Y así fue como la cansada guerrera y el fresco chófer-caballero emprendieron una vez más el camino hacia esa nueva aventura que, como bien sospechaban, ni de lejos iba a ser tranquila o despreocupada. Los dos se unieron entonces a los demás viandantes que, al igual que ellos, querían escuchar las vivencias de ese emblemático personaje del siglo XI, cuyo nombre oficial correspondía a Rodrigo Díaz de Vivar, y, con paso firme, pero temblando en su interior, se adentraron en el imponente castillo construido por su mesnada.

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El engañoso escenario natural

Cruzaron un amplio vestíbulo, desde el cual colgaban inmensos tapices y retratos de nobles y valientes guerreros –o, por lo menos, eso era lo que ella se figuraba– y, acto seguido, accedieron a un espacio enorme, circular, ocupado en su casi totalidad por unas cuantas gradas, y rodeado, más bien abrazado, por un panorama de temática natural. Pero, como siempre, las apariencias engañaban…

Las luces se apagaron, el pueblo calló y Rodrigo Díaz de Vivar apareció en todo su esplendor, iluminado, exaltado, celebrado desde el principio hasta el apoteósico final por un decorado espectacular.

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El Cid Campeador, legendario caballero (Foto: Puy du Fou)

El escenario, más bien los múltiples escenarios envolventes, se sucedían, se deslizaban, se movían mágicamente uno tras otro, y, en el centro de la acción siempre estaba él, ese caballero innato que vivía con honor en una Castilla recién conquistada y sobrevivía a su fatal destino como el famoso Campeador. Aliapiedi y su marido, metidos, o, mejor dicho, sumergidos de lleno en esa trepidante historia “circular” de hace veinte siglos, sufrían, se alegraban, exaltaban, se hundían, gozaban o se entristecían con las diferentes hazañas de ese hombre que, un paso tras otro, una contienda tras otra, una gesta tras otra iba poco a poco, con sangre y sudor, escribiendo su leyenda.

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El fiel caballo Babieca (Foto: Puy du Fou)

Allí estaba él ora domando su altivo caballo blanco, Babieca, ora bailando en un suntuoso palacio con su dulce amada, Jimena; allí estaba él, ora peleando con los sarracenos, ora peregrinando con sus fieles compañeros; allí estaba él, ora agonizando en una playa acariciada por las olas, ora resurgiendo de sus cenizas para una última conquista.

Eran tantas y tan intensas las historias que se desenvolvían, literalmente, alrededor de los dos viajeros en el tiempo que ella y él casi no conseguían retenerlas todas en sus pupilas.

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Jimena, dulce esposa (Foto: Puy du Fou)

Los colores del vestuario, los juegos de luces, los temas de la banda sonora, los movimientos de las coreografías… todo ello les sobrepasaba.

Y, como temían, esa rocambolesca aventura les dejó una vez más sin energías, sin fuerzas y sin palabras, con los ojos llorosos y los corazones rotos, añorando las infinitas emociones que les había brindado ese héroe nacional.

No podían pedir más. Ese viaje en el tiempo tenía que acabar ya: de no ser así, la Historia, con todas sus historias, iba a acabar con ellos, atrapándoles para siempre en sus agitados siglos pasados, reteniéndoles irreversiblemente en ese universo paralelo tan intenso. Decidieron entonces alejarse de ese rocambolesco mundo “puydufouesco” y volver al moderno y evolucionado Tercer Milenio, sin belicosos desafíos literarios, sin alocados atrevimientos marineros, sin combates tan sangrientos y violentos…

Pero ese adiós, en realidad, era un “hasta luego”.

No era una despedida sin vuelta atrás, era un simple y prometedor “arrivederci”.

[Continuará… ]

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Puy du Fou España y Toledo: ¿Un sueño hecho realidad o una realidad hecha un sueño? (Primera parte)

Después de tantos meses de incertidumbre y múltiples confinamientos, estatales, regionales o perimetrales, ella, Aliapiedi, a pesar de haber gozado en la capital española de una libertad del todo excepcional, con el alargarse de las horas de luz y la llegada de la primavera con sus colores alentadores, notaba en su cuerpo un progresivo deseo, casi necesidad, de escapar de la gran ciudad, de evadirse y de viajar, de viajar a cualquier lugar, de viajar aunque fuera sólo por unas pocas horas, de viajar con él, su marido, como hacían en el pasado, antes de la aparición del virus maldito. Y a la primera ocasión que se le presentó, nada más levantarse el estado de alarma y las restricciones de las zonas básicas de salud capitalinas, ella se las ingenió para huir ir más allá de la invisible frontera de la Comunidad de Madrid, para disfrutar de una mañana, una tarde y una noche a solas con su compañero de miles de aventuras.

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Puy du Fou España

El destino era “casi” desconocido: Puy du Fou, un lugar nacido en los Montes de Toledo, a las afueras de la capital de Castilla-La Mancha, del cual habían oído hablar en una cena de terraceo con buenos amigos, entre tapas y copas, brindando por el regreso de la vida, de una vida “casi normal”, de una vida aún más especial. En esa lúdica ocasión los dos aprendieron que esas tres mágicas palabras, de sabor francés, y toledano a la vez, se referían a un parque temático que, nacido en los años ochenta del siglo pasado, a la sombra de un castillo olvidado, en un pueblo de los Países del Loira llamado Les Epesses, había sido inaugurado en España poco antes del inicio del drama mundial del Milenio actual.

Aliapiedi, nerviosa y desconcertada, sorprendida por no haberse enterado antes de esa novedad, al igual que su marido que, por motivos de trabajo, pasaba casi la mitad de los días de la semana en la antigua capital del Reino de España, googleó enseguida ese nombre, y, rápidamente, con sólo leer una cascada de opiniones positivas, acompañadas por una lluvia de cinco estrellas, se dio cuenta de que tenía que colmar a la mayor brevedad ese vacío cultural y emprender cuanto antes ese viaje “puydufouesco” para expiar ese (casi) imperdonable pecado de ignorancia.

Así fue como, después de haber contactado con un responsable del parque, ese sábado soleado de mayo, elegido adrede en función de las previsiones meteorológicas que anunciaban unas temperaturas no demasiado calurosas –unos 25º como máxima– Aliapiedi y su marido, felices y despreocupados, libres, sin ataduras pandémicas de límites geográficos y sin saber exactamente lo que podían encontrarse en ese sitio, ya que su “contacto virtual” les había sugerido de dejarse llevar por el “efecto sorpresa” –ella, sin embargo, fisgona como de costumbre, a pesar de la recomendación, no había podido evitar documentarse “un poquito”, mirando fotos y videos, leyendo comentarios, consultando las redes sociales, escuchando entrevistas…– pusieron rumbo hacia el sur de Madrid, camino de la A42, casi contando los sesenta minutos que les separaban de su destino tan extraño y a la vez tan deseado.  

Conforme iba avanzando por la carretera, los pueblos y las casas se iban disipando y los campos exterminados de grano, sudor y tierra labrada bajo el sol cobraban protagonismo. Tanto era así que cuando tuvieron que desviarse por una carretera comarcal, una CM40 impoluta, cuidada y casi olvidada por los coches, les invadió una inquietante sensación de soledad, como si fueran los únicos seres vivos que recorrían ese llano horizonte infinito, a lo mejor entre muertos vivientes escondidos. Y, por fin, al cabo de unos cuantos minutos, apareció uno de esos estimulantes carteles de fondo marrón que, con su característico color, anunciaban un lugar de interés cultural: ¡Puy du Fou!

Los dos, reconfortados, siguieron fielmente esa indicación y a los pocos metros se toparon con una fuerte empalizada de madera que, similar a la de Hilltop en Walking Dead, como si estuviera custodiando un tesoro muy valioso, no les permitía llevar la mirada más allá del parabrisas. Tenían la sensación de estar entrando en un campamento de antaño, estratégicamente protegido de posibles ataques externos –como los asentamientos galos de Astérix y Obelix, pensó ella con la mente más libre de apocalípticas visiones – y, recorriendo ese camino flanqueado por la alta muralla, llegaron a una enorme zona de aparcamiento, gratuita, donde ya descansaban los caballos de millares de vehículos de cuatro ruedas que habían venido del futuro, del lejano siglo XXI.

En efecto, nada más llegar allí, Aliapiedi y su marido, como si al recorrer cada metro de esa palizada estuvieran acercándose paulatinamente al pasado, se vieron de repente trasladados a un sugestivo ambiente medieval, dominado por un impresionante castillo y poblado por unos nobles hidalgos que, amablemente, les indicaban donde poder dejar a buen recaudo su medio de transporte. Aturdidos por el repentino cambio espacio-temporal los dos se unieron a los demás viandantes que, disciplinadamente, con las mascarillas de rigor, se dirigían hacia la entrada principal de ese complejo monumental. 

Ella y él, sin embargo, antes de dar el salto definitivo hacia el pasado, pararon un momento en la primera de muchas e impolutas áreas de servicio, perfectamente mimetizadas con la árida naturaleza alrededor de ellas, y, después de haberse refrescado vigorosamente la cara para comprobar que todo aquello no era un sueño, listos para ese viaje peculiar, se encaminaron por el ancho y asolado camino principal, deleitado afortunadamente en ese día por una fresca brisa de poniente.

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La Guía del Visitante con los horarios de los espectáculos

A cada paso que daban –y no eran pocos, la verdad– iban percibiendo a su lado la presencia de una invisible figura, la Historia, que, recta y sabia, con su cálido abrazo, cargado de milenios de experiencias, les llevaba afectuosamente hacia sus entrañas, hacia su viejo y antiguo corazón, hacia sus muchos siglos de vida y vivencias. Unas agradables y sonrientes doncellas, con rigurosos atuendos de época, les dieron la bienvenida mientras que un más que amable caballero, cuyas credenciales coincidían con las del misterioso contacto virtual “aliapiedesco”, después de las debidas presentaciones, con una Guía del Visitante en una mano y los horarios de los espectáculos en la otra, les explicó cómo vivir de la mejor forma posible ese viaje a través del tiempo que acababa de empezar.

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El pintoresco Arrabal

En ese momento ellos se encontraban en un llamativo Arrabal, en un lugar extramuros donde, entre tascas, ventas, llagares, tahonas, corralillos y hogares, se estaban paulatinamente reuniendo villanos, forasteros y mercaderes. Los olores a brasas, a hogazas recién horneadas, a parrillas en plena actividad, a cerveza y sidra invadían ese pintoresco y colorido sitio al aire libre que, cada vez más animado, hacía de proscenio a la aún más bulliciosa Puebla Real, la villa custodiada por la imponente fortaleza que habían visto al principio del recorrido.

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La monumental Puerta del Sol

Él y ella se hubieran quedado de buen grado allí, tomando por ejemplo un gustoso desayuno en La Tasca del Capataz, donde una cuadrilla ya estaba avituallándose abundantemente para enfrentarse al duro día de labor, pero, a pesar de tener todo el día por delante, tenían que cruzar cuanto antes la monumental Puerta del Sol de estilo andalusí, ubicada en mitad de una nueva muralla, más sólida y robusta que la anterior de madera, para poder acceder a la mencionada villa y escuchar, a las once en punto, el Pregón de la Puebla de Gregorio Bartolomé Hidalgo de la Hidalguía.

El mencionado Alguacil, en efecto, de pie encima de un barril, justo en frente de la Hospedería de Santiago, ya estaba declamando para todos los ciudadanos las buenas nuevas y también las normas y las medidas de seguridad vigentes en esa antigua ciudad para que, en ese año de pandemia, todo el mundo pudiera desplazarse libremente en su interior, y el pueblo, después de haber escuchado el edicto del día, se fue dirigiendo, en su mayoría, hacia la cercana fortaleza. Ellos dos, sin embargo, siguiendo las indicaciones de su noble anfitrión, del cual se habían despedido unos minutos antes, se fueron más allá, hacia la Pradera del Valle, siguiendo un tortuoso camino desde el cual, entre juncos y espigas, ya podían divisar la imponente mole del Gran Corral de Comedia toledano donde, en breve, iba a estrenarse “Fuenteovejuna”, obra, en teoría, de don Fernán Gomez, corregidor de aquella ciudad.

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El Gran Corral de Comedias toledano

Esa estructura, al menos por fuera, con sus dimensiones y su bella arquitectura, de balcones de madera y techos de tejas que sobresalían de la blanca fachada, nada tenía que envidiar a la del austero castillo-fortaleza de la entrada, y los dos, emocionados, accedieron al edificio (erróneamente) convencidos de que (simplemente) iban a asistir en vivo y en directo a la ya nombrada pieza “fuenteovejunesca”.

La entrada no pudo ser más triunfal. Una enorme platea, de largos bancos de madera, precedía al impresionante escenario que, ocupado por un laberinto de vigas, pasarelas, puertas, ventanas y mucho más, admirable entresijo de ambientes de diferentes alturas fundidos entre ellos armoniosamente, exaltaba la ingeniosidad y el poderío de aquella estructura teatral. Y eso era sólo el principio, ya que la función aún no había comenzado.

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La ingeniosidad y poderío de la estructura teatral

Después de un cuarto de hora de trepidante espera, mientras que el aforo iba llenándose paulatinamente, empezó el espectáculo dentro del espectáculo llamado “A Pluma y Espada”.

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El intrépido Lope de Vega y… (Foto: Puy du Fou)

Hicieron así acto de presencia los protagonistas, las comparsas y, en general, unos cuantos actores cuyos llamativos vestidos de colores se alternaban con los elegantes atuendos de los escritores. Todo ellos, juntos y revueltos, se mezclaban, se hablaban y se enfrentaban en un magnífico carrusel de danzas y acrobacias.

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… un desconocido Miguel de Cervantes (Foto: Puy du Fou)

El intrépido Lope de Vega con sus gestas y sus palabras, haciendo honor a la verdad, se encaraba con el mismísimo y augusto corregidor de Toledo, acusándolo de plagio teatral y también de posibles actos violentos contra su amada y Su Majestad, mientras que el público expectante –el del escenario y el de la platea– no podía sino que solidarizarse con las rocambolescas aventuras de ese literato-espadachín que se desenvolvía con destreza y habilidad entre frágiles tejados toledanos, olas impetuosas o prisiones aterradoras.

Las hazañas del Fénix de los Ingenios, marcadas por una música única y grandiosa, se complicaban cada vez más, y entre curiosos encuentros, como el que tuvo con un desconocido Miguel de Cervantes, y numerosos desencuentros, con las tropas de don Fernán Gomez, por ejemplo, los escenarios se sucedían a una impresionante y abrumadora velocidad, a la par de las olas de una arrolladora tempestad que se abatía sobre un imponente barco de la Gran Armada, incapaz de sortear la fuerza y el poderío del mar.

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El imponente barco de la Gran Armada

Los actores se multiplicaban y se diversificaban, aparecían soldados, doncellas, literatos y también corceles blancos de elegantes movimientos; los artificios se alternaban en un impresionante crescendo de música, baile e interpretación, y, entre aguas borrascosas, fuegos, plumas y espadas, el ingenioso dramaturgo, a la par de un Zorro no enmascarado, por fin conseguía salvar al rey de un complot “explosivo” y conquistar el corazón de su Laurencia.

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«A Pluma y Espada»: un impresionante crescendo de música, baile e interpretación (Foto: Puy du Fou)

Aliapiedi, centrada, cautivada, raptada por esas múltiples escenas de valor y acción, por las innumerables transformaciones de esa caja mágica teatral cuya versatilidad le recordaba, salvando las distancias, la de su amada Scala milanesa, no conseguía centrarse en las rocambolescas aventuras del impetuoso e impávido Lope de Vega. Sus ojos y su mente se centraban sólo y exclusivamente en las ingeniosas coreografías, y sus oídos, incapaces de prestar atención a los diálogos de los diferentes personajes, sólo querían escuchar las grandiosas, épicas y esplendorosas, melodías que acompañaban las meticulosas puestas en escenas: ¿Quién podía haber escrito todos esos acordes que, alegres y amenos, al principio de la historia, se convertían en una tormenta de notas turbulentas y animadas, a la par de las olas agitadas? ¿Qué maravilloso artista del siglo XXI, a la par de los del Siglo de Oro que desfilaban en el escenario, había sido capaz de crear esa increíble sinfonía, de encadenar todas esas variantes sobre un ingenioso tema principal, de mezclar armoniosamente, con un fondo de violines, esos evocadores sonidos de aire árabe y flamenco, hechos de taconeo, panderetas, guitarras y castañuelas –a los pocos días, gracias a su especial interlocutor “puydufouesco” descubrió que el prolífico Ennio Morricone del Tercer Milenio se llamaba Nathan Stornetta, un hábil compositor suizo, y ella empezó a escucharlo sin parar, dejándose llevar cada noche y cada día con los ojos cerrados a ese arrollador pasado… ¡y más allá!–.

Y atrapada de esta forma por la magnífica obra desde el principio hasta el final casi no se dio cuenta de que los aplausos acalorados de los villanos allí reunidos, así como los de su marido, estaban celebrando no sólo el triunfo de la verdad sobre “Fuenteovejuna”, sino también la belleza de ese original espectáculo de esgrima escénica… ¡y mucho más!

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La zona de los Alijares, poblada por…

Aliapiedi y su marido, aún aturdidos por todo lo que en ese mágico corral habían visto y vivido, salieron de allí un poco desorientados, y, a pesar del mapa que tenían entre las manos, de muy fácil consulta, y de estar rodeados por múltiples flechas de madera que indicaban claramente la ubicación de cada sitio que tenían que explorar, sus pasos perdidos les llevaron sin rumbo por ese territorio todavía inexplorado.

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… perezosos animales

Recorrieron entonces la zona de Los Alijares, poblada por unos perezosos animales, tales como burros, bueyes, cabras y ovejas, la Plazuela de los Cercados, con zonas de picnic y recreo para todos aquellos forasteros que preferían descansar un rato y disfrutar del avituallamiento que traían desde sus propias casas, cruzaron la Plazuela de los Cuatro Vientos y, sin darse cuenta, volvieron a la Puebla Real, aún mas animada y poblada que a primera hora de la mañana, con sus mesones y casonas que iban llenándose de gente hambrienta o sedienta y sus puestos y talleres, decorados con un gusto exquisito, en plena actividad artesanal.

Ella se hubiera quedado allí un rato para explorar todos esos sitios, para curiosear entre los diferentes productos a la venta, tales como bélicos escudos, espadas y alhajas, dulces mieles, mazapanes y licores, pintorescos objetos de cerámica, juguetes, sedas o candelas, pero una nueva aventura les esperaba en ese mundo tan fantástico llamado Historia.

[Continuará… ]

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La acogedora Puebla Real

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Madrid. Abril 2020: «¡Que vaya todo bien!»

Advertencia: Escribí este relato, que se sale de la temática «aliapiedesca» del blog, en la Semana Santa del 2020, en plena pandemia, cuando lo de ir «a piedi», «en familia», por la capital (¡y más allá!) no sólo estaba absolutamente prohibido sino parecía una empresa casi imposible de realizar en un futuro cercano… 366 días después, me permito compartir aquí esta historia real, que se publicó hace un año en la sección «La mirada de Aliapiedi» del periódico digital «InfoBarajas», para que no olvidemos lo que sufrimos, nos alegremos de los progresos alcanzados y nunca perdamos la esperanza:

«¡Claro que todo irá bien, pero bien de verdad!”.

Buona lettura a tutti!

Hoy me he atrevido: hoy he salido de mi refugio.

contenedor vidrioDespués de casi un mes de confinamiento, sin ir al trabajo, al colegio o al supermercado –siempre va él: mi marido–, hoy me he atrevido a salir de mi refugio para alcanzar, a unos cincuenta metros de mi piso, el socorrido contenedor del vidrio. Hacía un día demasiado bonito para dejar escapar esta ocasión, demasiado soleado para renunciar una vez más en favor de mi hijo, actual encargado de tirar papel, cartón y cristal, demasiado luminoso para renunciar a una dosis, gratis, de Vitamina D natural.

Así que, egoístamente, hoy he salido de mi refugio, dejando atrás las agotadoras, pero también catárticas y liberadoras, tareas cotidianas de orden, limpieza y desinfección del hogar, abandonando a los demás, entretenidos con whatsapp, recetas o videojuegos, pasando por alto la doméstica seguridad familiar.

Y con los guantes de látex en las manos, el gel desinfectante en un bolsillo, una mascarilla quirúrgica en el otro y el miedo en el cuerpo, por si acaso, me enfrenté a la soleada realidad de un día pascual del todo especial, acompañada por el inquietante recuerdo de mi última salida –hace un par de semanas, cuando, a piedi, de prisa y corriendo, fui a la farmacia para comprar unas socorridas mascarillas y, después de los consejos de la amable empleada, volví, agobiada y aterrada, con una bolsa repleta de alcohol y agua oxigenada, guantes y cuatro mascarillas para toda la familia–.

Bajé entonces la escaleras, evitando contagiarme con las teclas y las cuatro paredes del ascensor, abrí con el codo, a pesar de mi protección y gracias a un peculiar esfuerzo de contorsión, las puertas interior y exterior de la urbanización, y, respirando hondo, sin filtros o tejidos que tapasen mis labios y empañasen mis gafas de sol, me dirigí de puntillas hacia mi objetivo, llevando botellas y botellines de vino y cervezas, compañeras vacías, y vaciadas, de charlas virtuales de fines de semana con amigos y familiares.

Miré a mi alrededor con terror y circunspección, intentando pasar desapercibida, queriendo ocultar mi presencia, pero no la de mis botellas, sintiéndome vigilada como un ladrón con un botín de cristal por decenas de ventanas indiscretas. Y así, en total soledad, reina-ladrona de un pueblo casi sin voluntad, saboreé esos cinco minutos de libertad, cruzando la macrourbanización como si fuera de mi propiedad.

parraLuché contra la tentación no sólo de sentarme en un seductor banco de madera, al estilo de “Los lunes al sol”, sino también, unos pocos metros más allá, de fotografiar una parra rebosante de glicinias trepadoras que, como sirenas cautivadoras, seducían mi olfato y mi vista con sus colores primaverales y sus flores de breve duración, entre el rosa y el violeta. Pero resistí, resistí con todas mis fuerzas y, apartados esos deseos prohibidos por la ley general y por mi moral particular, conseguí centrarme en mi única misión: la de reciclar, y nada más.

Esquivado entonces embarazosamente a un hombre que venía de frente, cambiándome de acera, no sin un cierto sentido de culpabilidad por ese ostentoso gesto de respetuosa mala educación, después de haber tirado esos cristales rotos y, con ellos, el recuerdo y los sueños de cenas y aperitivos con amigos, juntos y revueltos, en bares o restaurantes concurridos, a veces apretados, a veces agobiados, compartiendo codo con codo comida al centro y lágrimas y sonrisas al lado, sin pantallas de por medio, reina triste y afligida, volví hacia mi casa, allí donde, increíblemente, me había dado cuenta de que había mucha más gente y más vida.

Ya estaba casi de recogida cuando de repente escuché una voz amiga. Era la de un individuo que, saliendo de un edificio, con el chándal de rigor y el móvil en la mano, iba a la panadería, declarándolo en voz alta, sin preocuparse de ser oído, como si él también fuera el rey, sin reino y sin corona, más bien sin sentido, de la misma macrourbanización.

Una bombilla en mi cabeza se encendió, un renovado anhelito de atrevimiento apareció y un deseo apartado se despertó. Decidí seguirlo sigilosamente, escuchando sin querer su conversación para saber dónde estaba ese local, pero él, despreocupado, se alejaba de mí a pasos agigantados, sin dejar de hablar al aparato, adentrándose cada vez más en el parque que se extiende detrás de mi portal.

No sabía si continuar mi persecución, si alejarme tanto de la seguridad de mi hogar –estaba a unos cien metros de distancia– si, al fin al cabo, yendo tras él, iba por fin a realizar mi renovado sueño italiano, frustrado dos días atrás en un gran supermercado, de conseguir, en ese día tan señalado, el Domingo de Resurrección, uno, dos, tres o cuatro huevos, de chocolate, por supuesto.

Pero el miedo pudo más.

Renuncié a mi intento pascual de celebrar una normal fiesta familiar, a pesar de la situación del todo excepcional, y volví sobre mis pasos, cruzando nuevamente ese parque que, bajo el mando de una reina de verdad, su majestad la Naturaleza, seguía expandiendo su verde poder sin piedad, convirtiéndose en un bosque de setos descontrolados, altas hierbas y árboles despeinados.

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Pero en el horizonte de esa creciente jungla urbana se materializó de repente un nuevo individuo, de aspecto desaliñado, que, desorientado, no sé por qué motivo, parecía querer acercarse a mi persona. El corazón empezó a latir fuerte en mi pecho, el sudor a hacer estragos en mis manos, envueltas en el látex despiadado, y, esforzándome para guardar la distancia de seguridad –unos diez metros, o algo más, en mi caso particular–, intenté evitar cruzarme en su camino, en ese único sendero que llevaba a mi portal.

El inquietante desconocido, sin embargo, parecía estar empeñado en hablar conmigo: quería saber si había visto corretear a su perro, quería comprobar que su mascota/animal –Argo, la/le llamaré– no se había escapado, que no se había alejado para siempre de él y de la humanidad. E improvisamente, de la nada, Argo se personó, entre él y yo, acercándose afectuosamente a su padrón.

“Ya está aquí” –me dijo, más bien me gritó, el individuo, cubriendo el espacio entre nosotros –“¡Hasta luego y que vaya todo bien!”–. Y, escoltado por su fiel amigo, se fue, como si nunca hubiera aparecido.

Al oír esa expresión inesperada –“que vaya todo bien”–, me quedé paralizada, como si esas cuatro mágicas palabras hubiesen golpeado, más bien roto, mi antivírica coraza, y, arrepentida, volví a mi casa, como una reina ya no desconsolada sino esplendorosa y luminosa –más bien por dentro que por fuera–.

“Irá todo bien” –pensé reconfortada mientras subía las escaleras que llevaban a mi refugio, a ese refugio dorado donde estamos todos, en familia, sanos y salvos, donde, día tras día, a pesar de la lejanía, mi marido y yo seguimos manteniendo nuestros trabajos y nuestros hijos sus clases de colegio, donde, para el ocio cotidiano, podemos elegir entre libros, tabletas, series o  juegos de mesas, donde, al fin y al cabo, soy, somos, unos privilegiados–.

“Irá todo bien”–pensé con una sonrisa en los labios, después de haber dejado fuera de la puerta mis zapatos–, mientras que sigamos y persigamos la esperanza, a pesar de tener que protegernos y guardar las distancias.

“Irá todo bien” –pensé aliviada mientras vaporizaba de lejía la superficie del felpudo y, de paso, todas las del descansillo–, si continuamos a ser humanos y solidarios como somos,  animándonos los unos a los otros, con aplausos colectivos, himnos de resistencia emotivos, saludos, besos y felicitaciones lanzados desde terrazas y balcones, llamando sin descanso a nuestros seres ahora más queridos, los mayores, contactando con amigos olvidados y reencontrados, hasta con conocidos que creíamos perdidos, compartiendo consejos en la red sobre comercios que siguen abiertos, trucos para limpiar a fondo la casa o manualidades para cubrir las canas, seguir en forma y sentirnos especiales, o, más sencillamente, gritándonos entre desconocidos deseos desinteresados, cerrados y liberados a través de una simple y alentadora exclamación: “¡Que vaya todo bien!”.

Entré así en mi piso, perfectamente desinfectada, tiré los guantes donde era debido, lavé a conciencia mis manos y, sin pan, sin huevos de chocolate y sin celebración pascual a la italiana, me alegré más que nunca de haber vuelto a mi dulce hogar para quedarme con mi familia todo el tiempo que haga falta, sin la obligación, a menudo la vocación, de enfrentarme heroica y anónimamente al peligro cotidiano de un virus enfurecido sino, más simplemente, a aquel, mensual, de un ilustre desconocido deseándome desinteresadamente a mí, cobarde involuntaria, “que vaya todo bien”.

“¡Claro que todo irá bien, pero bien de verdad!”

Ahora, gracias a ti, ya lo sé.

Nos vemos en un mes, querido amigo, yo con mi vidrio y tú con tu compañero fiel.

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Circo del Sol – KOOZA: La caja mágica de un peculiar juego de Matrioskas [Segunda parte]

[… Sigue]

Después de la pausa, el Truquista volvió al escenario, volvió a lo grande, volvió en todo su esplendor, con una brillante vestimenta de gala, formada por un frac de reflejos violetas y lentejuelas y una llamativa máscara que no hubiera desentonado en el suntuoso Carnaval en Venecia.

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El regreso del Truquista en todo su esplendor (Foto: Circo del Sol)

A su alrededor se materializó un nutrido grupo de peculiares esqueletos, con plumas, alas y espumillones, que, juntos y revueltos, con sus especiales trajes-instrumentos de percusión, hechos de carbono moldeado para que, al entrechocar entre ellos, reproduciesen el sonido del crujir de los huesos, bailaban una macabra pero sensual danza nocturna.

Esos cuerpos huesudos se movían rápida y habilidosamente al compás de una música arrasadora, como la de un can-can en un Moulin Rouge canadiense, provocando un auténtico vórtice de sonidos y colores…

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La frenética danza de los esqueletos (Foto: Circo del Sol)

Era una verdadera explosión de ritmo y dinamismo, como en un clandestino Cabaret multicolor, la que invadía a esos tétricos personajes, acompañados también por la rompedora sensualidad de una cantante que, a la par de una Jessica Rabbit de origen india, imponía con maestría su voz y su presencia; era una espectacular danza desenfrenada, pero controlada, la de esos bailarines muertos, pero vivos más que nunca, que iban siguiendo fielmente los acordes de los bajos, trombones, trompetas, saxofones, baterías, guitarras eléctricas y teclados de los seis componentes de la orquesta, y ella, observando ese increíble baile, estaba casi deseando convertirse en una “Ali(ci)apiedi en el País de las Maravillas” para lanzarse a ese mundo fuera del tiempo, dirigido por la locura del Truquista poderoso y extravagante, donde, en cualquier momento, hubiera podido aparecer hasta el Barón de Munchausen.

Pero justo cuando iba a participar activamente en ese marchoso cuento con reminiscencias de novelas gráficas, libros infantiles o viajes en el tiempo, el brillo y el esplendor de la danza de los esqueletos cesó por completo.

La oscuridad había vuelto, una siniestra oscuridad teñida de un rojo que le recordaba al de un sol en el ocaso o al de un infierno monocolor.

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El diabólico hombre enmascarado (Foto: Circo del Sol)

Un artilugio impresionante, acertadamente llamado “Rueda de la muerte”, acababa de bajar desde el Vacío, desde ese peculiar cielo kooziano que, según la necesidad, gracias al juego de las luces, podía asumir una infinita variedad de tonalidades. Su imponente estructura, formada por dos ruedas circulares unidas entre ellas por un eje central, se impuso prepotentemente en la pista, dejando a todo el mundo boquiabierto.

Ya nadie danzaba, ya nadie cantaba, ya nadie reía, ya nadie aplaudía.

Un hombre enmascarado, con el pecho al desnudo, se acercó amenazador a la primera de las dos figuras huecas circulares y, sin pestañear, entró en su interior.

Aliapiedi y su marido, preocupados, observaban fijamente a ese ser que con sus brazos forzudos poco a poco movía el extraño balancín.

La tremenda e inquietante estructura de metal se doblegaba a su voluntad, como un Goliat controlado por un humilde, pero fuerte, David y, progresivamente, cada vez con mayor velocidad, se ponía a girar sobre sí misma.

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La infernal «Rueda de la Muerte»

El héroe con la máscara, enjaulado en una de las dos extremidades circulares, la guiaba sin aparente dificultad, haciéndola parar, ir adelante o atrás. Pero todo eso no era suficiente: el hombre, o puede que fuera un diablo, quería más, y, a los pocos minutos, se puso a voltear, a saltar, a volar dentro de esa rueda infernal que, mientras se amoldaba a sus impulsos musculares, iba progresivamente adquiriendo velocidad.

El número era verdaderamente impactante, asombroso, apabullante, de modo que a la pareja no le quedó otra que guardar silencio y, conteniendo el aliento, limitarse a contemplar con el terror en los ojos a ese personaje de casi una tonelada de fibras y músculos que, increíblemente, se sobreponía, luchaba y vencía a un artilugio siete veces más pesado que él.

Pero, una vez más, la empresa se tenía que complicar.

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El baile mortal de David vs. Goliat

Un segundo individuo, un nuevo diablo, un nuevo héroe disfrazado, salido de las rojas tinieblas del escenario, entró en la otra jaula circular y, sin pestañear, empezó a dar rienda suelta a una nueva danza, en pareja, aún más peligrosa.

Y así, a ritmo de rock duro, de heavy metal, los dos se exhibieron en equipo, uno controlando con sus fuerzas la dinámica actividad de la criatura mortal, y el otro, al compás, haciendo alarde de unos malabarismos desafiantes, al límite de la gravedad. Sin embargo, de repente, en una fracción de segundo, uno de los dos zorros endemoniados se lanzó fuera de su rueda, montando encima de la jaula circular que, hasta aquel momento, había limitado con su circunferencia su rápido deambular, y, atrevido, demasiado atrevido, estrenó un nuevo baile con la muerte.

Asustada, Aliapiedi dejó escapar un grito, malamente contenido, mientras que su marido, rígido en su asiento, apelaba a su proverbial racionalidad para no unirse a los sofocados sonidos guturales de su mujer.

Pero allí arriba, encima de esa rueda, a una altura vertiginosa, nada era racional, nada era natural, nada era normal.

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Los dos héroes disfrazados en plena acción (Foto: Circo del Sol)

No era propio de un ser racional ponerse a correr y saltar en el exterior de la jaula; no era natural lanzarse allí fuera como un intrépido hombre-araña desprovisto de una socorrida tela; no era normal jugar tan descaradamente con la gravedad, con el equilibrio, con la velocidad y, al fin y al cabo, con la vida. A pesar de todo ello, la diabólica pareja seguía con la rítmica sucesión de acrobacias, acompañadas por las, también rítmicas, exclamaciones colectivas de terror de todos los asistentes, hasta que, finalmente, con un increíble salto mortal, nunca mejor dicho, sobre la propia rueda de la muerte, el infierno de ese juego se apagó por completo.

Un aplauso catártico y devastador cayó sobre las cabezas enmascaradas de esa pareja (casi) insensata que había derrotado la muerte con una rueda y, con el miedo aún en el cuerpo, Aliapiedi y su marido volvieron a saludar con alegría, casi con euforia, la vuelta al escenario de los simpáticos payasos que, nuevamente, arrastraban en sus absurdas aventuras a un nuevo espectador llamado Pedro.

Los dos se reían cada vez más con sus insólitas ocurrencias, con sus ligeras bromas pesadas, con sus burlas disparatadas y, apartadas definitivamente todas sus resistencias hacia esos bufones, no pudieron evitar admirar y valorar su difícil y cómico papel, el de convertir las debilidades humanas en diversión, rompiendo todas las reglas, como si fueran unos anarquistas. 

Pero después de ese momento de relajación, ambos eran perfectamente conscientes de que les aguardaba una nueva tortura, un nuevo sufrimiento…

Dicho y hecho hizo acto de presencia un habilidoso malabarista que se entretenía con su yo-yo chino, conocido como diábolo.

El artista, sin ninguna aparente dificultad, hacía bailar esa bobina, lanzándola en el aire, volteando con ella, enredándola alrededor de su cuerpo, como si fuera capaz de dar vida, con la agilidad de sus brazos, de sus manos y de sus piernas a ese peculiar objeto sin alma. Tras unas increíbles coreografías, como era de esperar, a la bobina inicial se unió una segunda, luego una tercera y después una cuarta. El aparente pasatiempo se complicaba progresivamente; el enredo, literalmente, se hacía imposible, y lo que parecía la antítesis de un juego de niños se convirtió en un grandioso compendio de arte, ingenio y destreza. Un único, mínimo e imperceptible error hubiera sido fatal, hubiera provocado la caída, como las piezas de un dominó, de toda la estudiada y perfecta composición de ese número, y mientras Aliapiedi y su acompañante contenían el aliento por temor que el solo hecho de respirar pudiera estropear los precisos vuelos de esos objetos, el artista, con sus dos palos, su cuerda y sus cuatro bobinas, conseguía terminar gloriosamente su ejercicio, volviendo sonriente al cálido refugio de la Bataclán.

Lo presenciado parecía ser ya más que suficiente, gracias también a los increíbles efectos de las luces y sonidos –obras, respectivamente, de los diseñadores Martin Labrecque y Jonathan Deans y Leon Rothenberg–, pero cuando todos ya creían, casi esperaban, que el dulce sufrimiento de las peligrosas acrobacias se había acabado, se materializaron unas cuantas sillas en el profundo y azul horizonte del Vacío. Entonces, a ella le vino a la mente lo que había leído en la nota de prensa pero, por respeto a su marido, para no estropearle la dulce pero amarga sorpresa, guardó un estoico silencio.

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…de un atípico hombre araña… (Foto: Circo del Sol)

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Las acrobacias in crescendo… (Foto: Circo del Sol)

El acróbata empezó así su hazaña, tejiendo pacientemente, como una araña, una atípica tela, hecha de un pedestal, de unos asientos y de unos respaldos que encajaban entre ellos.

Colgando de esa extraña pared hueca vertical in fieri, un paso tras otro, sin prisa pero sin pausa, el hombre, el atleta, el campeón de la gimnasia iba representando con su espléndido cuerpo musculoso unas increíbles figuras.

Gracias a la potencia y al control de sus bíceps, sus abdominales, sus aductores y, al fin y al cabo, de todos sus músculos voluntarios, se sustentaba sobre su cabeza, se doblaba sobre sus brazos, se inclinaba de un lado o del otro, y, poco a poco, fue apilando, una tras otra, las ocho sillas, formando una delicada y frágil pero recta, y por ello atípica, torre de Pisa.

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…en un Torre de Pisa… (Foto: Circo del Sol)

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… de ocho sillas! (Foto: Circo del Sol)

El silencio dominaba en el oscuro espacio infinito, sólo iluminado por el resplandor de esos ejercicios cada vez más elaborados, cada vez más complicados; la misma orquesta se había callado mientras que el flexuoso equilibrista, concentrado, tras haber colocado una última silla en diagonal, suspendida a siete metros de altura, por fin se enganchaba a una cuerda de seguridad, para afrontar su última exhibición.

Con la sola ayuda de las leyes físicas, de la estática y de la dinámica, y de su equilibrio, al nostálgico son de los recuperados acordes de un teclado y de un saxofón, después de haber controlado la frágil solidez de esa estructura, se sentó sobre la última silla oblicua, se levantó sobre ella, se puso cabeza abajo, se torció de un lado y, finalmente, como si la cuerda de seguridad le estuviera levantando invisiblemente desde arriba, como si estuviera en un lugar huérfano de gravedad, con increíble ligereza se extendió horizontalmente sobre esa torre vertical, tendido y tenso como una veleta, apoyándose con un solo brazo sobre la silla colocada en diagonal.

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El gran final del flexuoso equilibrista (Foto: Circo del Sol)

Nadie sin embargo le aplaudió, nadie le ovacionó, nadie le aclamó: las palmas cayeron con toda su potencia sobre su cuerpo y su alma sólo cuando devolvió sus pies a la tierra. 

Aliapiedi y su binomio ya no podían más con tantas emociones, con todos esos sentimientos diferentes –alegría, miedo, nostalgia, euforia…– que  recorrían sus respectivos cuerpos por culpa de ese mundo kooziano, retorcidamente creado y dirigido por un Truquista malvado y despiadado, capaz de divertirse, entretenerse y jugar despreocupada y descaradamente no sólo con el estado de ánimo del Inocente sino también con el de toda la gente. Y éste, en efecto, conforme a su voluble actitud, después de haberles regalado otro momento de pseudo-relajación con el atronador solo de un batería que, a lo grande, se desahogaba golpeando con maestría cajas, bombos y platillos, a la vez que movía los pies y los brazos a un ritmo infernal, casi desesperado, decidió obligarles a aguantar una última exhibición.

Y así, con el poder de su varita electrizante, convocó a unos nuevos personajes.

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La llegada de los nuevos personajes bajo la batuta del Truquista

Estos, obedientes como si de soldados perfectamente entrenados se tratara, aparecieron a su lado con unos llamativos trajes blancos y de metales, cargando un colchón y un inquietante trampolín.

Lo colocaron a un lado de la pista y, sin pensárselo dos veces, empezaron a saltar sobre él, volando literalmente por los aires mientras dibujaban escenográficas piruetas, volteretas o pirámides humanas acompañadas por dobles, triples, cuádruples y hasta quíntuples saltos mortales. Parecían unas peonzas fuera de control o, mejor dicho, perfectamente controladas que, desde el Vacío de las alturas, a diez metros de distancia de la tierra, caían perfectamente encima de las palmas o de los hombros de sus compañeros de aventura.

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El asombroso salto final y mortal con zancos de metal (Foto: Circo del Sol)

Cualquiera hubiera dicho que esos cándidos guerreros estaban divirtiéndose de verdad, como si aquellas proezas fueran para ellos actos muy sencillos, como si esos lanzamientos no llevasen ningún riesgo y mientras que el público, paulatinamente, se iba acostumbrando a sus saltos fabulosos, acompañándolos con las palmas, unos autoritarios y altos zancos de metal mandaron nuevamente a callar a todo el mundo.

Al borde de un ataque de nervios, intuyendo lo que podía pasar, Aliapiedi prefirió no mirar, no asistir a la enésima locura aérea, no sufrir más con el último e impresionante lanzamiento de un hombre con las piernas atadas a un inquietante artilugio… Pero éste, dejándose impulsar por sus compañeros en lo alto de los cielos, y más allá, después de unas volteretas espectaculares aterrizó con elegancia sobre una oportuna colchoneta, de pie, recto y erguido sobre sus dos largas piernas adicionales.

Ella se lo había perdido.

Esos hombres voladores lo habían conseguido y por fin Aliapiedi y su marido podían desatarse en un aplauso infinito, en unos gritos liberadores, en una impresionante standing ovation que, con toda su fuerza y poderío, caía impetuosa sobre todos los artistas koozianos, incluyendo también al Truquista que, en el fondo, no era tan malvado, a los simpáticos lacayos, al incontrolable Perro Malo y al rey tan insano que, dejando a una lado su orgullo, decidió por fin ceder su corona a un Inocente que había demostrado ser muy valiente.

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La gran familia «kooziana» (Foto: Circo del Sol)

Y éste, tímidamente, mientras todos esos personajes se arrodillaban a sus pies, aceptó ese regalo, ese merecido reconocimiento de su pureza, ese premio por el complicado camino de autodescubrimiento recién recorrido que, desde la madurez, le devolvía nuevamente a su infancia despreocupada y al sencillo y poético vuelo de una cometa entre las estrellas de un Vacío que ahora, gracias a la fuerza, la fragilidad, la risa, la sonrisa, la confusión y la armonía de un tesoro llamado KOOZA, resplandecía más que nunca, a pesar también del apagón final provocado por el extraño Heimloss.

Aliapiedi y su marido, satisfechos, casi exaltados, aún no daban crédito a todo lo que acababan de sentir en sus propias carnes, durante esas dos horas abundantes de espectáculo; les parecía haber estado en otro lugar, en un mundo diferente donde, felizmente perdidos y desorientados, se habían olvidado por completo de las preocupaciones, o alegrías, cotidianas, de los obstáculos, o satisfacciones, que surgían en el día a día. Y, mientras paseaban felices por los múltiples senderos de una somnolienta Casa de Campo, dejado atrás KOOZA y todo lo demás, entre la infinidad de las estrellas que, por fin, habían cobrado protagonismo en un cielo despejado por completo, vieron vislumbrar entre ellas la más bella, la de un Sol infinito que nunca iba a ponerse en el horizonte, y la de un Circo que, como aquel de la vida, con su fantasía, puro reflejo de la realidad, siempre, y a pesar de todo, iba a seguir adelante.

Ella sonrió, vio a su marido feliz y, en su corazón, dio las gracias al Circo del Sol.

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El nocturno resplandor de un (Circo del) Sol infinito…

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Circo del Sol – KOOZA: La caja mágica de un peculiar juego de Matrioskas [Primera parte]

Ella llevaba desde el verano pasado tras este evento, siguiéndole la pista al Circo del Sol por todo el mundo, deseando disfrutar cuanto antes del inminente espectáculo en la capital para, eventualmente, poder compartir la experiencia en uno de sus relatos. Ya había pasado casi una década pero aún recordaba las increíbles emociones que había experimentado con su marido y unos familiares la primera vez que, también en Madrid, atrás, había asistido a un CORTEO muy peculiar, un espectáculo que, más allá de las impactantes acrobacias, le había transportado, con sus reminiscencias fellinianas, a su amada patria italiana.

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La valiosa y dúplice invitación

Tanto le había marcado esa experiencia que se había empeñado en sentir en sus propias carnes la magia de la evolución humana a través de las complicadas coreografías de TOTEM, igual que ahora había perseguido con insistencia las dos invitaciones para el preestreno de KOOZA que agarraba con su mano derecha.

Llegados a ese punto, ¡nada ni nadie iba a impedirle estar allí!

Había organizado todo al milímetro, toda la logística familiar de ese miércoles lluvioso otoñal en el que, después de salir del trabajo, tenía que recoger por la tarde a sus hijos en el colegio, en diferentes horarios, y dejarles la cena preparada para finalmente descansar en el largo, pero cómodo, trayecto en metro, con trasbordo incluido, desde su casa hasta la parada de Lago, la más cercana al escenario de Puerta del Ángel.

Aprovechó el placentero viaje en transporte público para documentarse con las cifras de infarto que rezaban en la nota de prensa que le habían proporcionado. Esa inmensa colonia sobre ruedas llamada “Cirque du Soleil” había sido fundada en 1984 por el audaz acordeonista, zanquista y tragafuegos canadiense, Guy Laliberté. El equipo del espectáculo que estaba a punto de presenciar lo conformaban más de ciento cincuenta personas, entre artistas, técnicos y acompañantes oficiales, pertenecientes a veinticinco nacionalidades diferentes, a los que había que añadir más de un centenar de profesionales locales. El personal incluía dos profesionales médicos, siempre atentos, entre bastidores, y tres cocineros y un ayudante encargados de preparar y servir tres comidas al día para todo el personal. En el montaje del emplazamiento, completamente autosuficiente en energía eléctrica, se tardaba más de una semana y el transporte de todo el material requería de casi un centenar de remolques.

¡Esa sucursal de la sede principal canadiense que, durante un par de meses, se iba a instalar en Madrid, era una verdadera ciudad dentro de la ciudad!

Tan concentrada estaba ella en esos números que casi se le pasaba la parada.

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Unas coquetas farolas con álgidas luces Led

El tiempo había volado y, a pesar del respeto que le producía caminar en oscuridad a través de un extenso parque, el de Casa de Campo, envuelto en leyendas, o historias verídicas, sobre atracos, robos y mucho más, nada más abandonar su vagón, al aire libre, se percató de que no hacía falta que su marido, que llegaba directamente desde la universidad, se acercara a recogerla allí. Decenas de luciérnagas humanas, con unas linternas colocadas en la cabeza, iluminaban los senderos arbolados de esa zona verde exterminada con sus pasos acelerados de runners experimentados; centenares de jóvenes, puede que estudiantes, animaban alegremente el ambiente con sus risas y sus charlas divertidas mientras que en el horizonte, bajo unas estrellas que jugaban al escondite con unas nubes que se movían rápidamente, se podía divisar la capital en todo su esplendor, con las luces presumidas, casi presuntuosas, de las Cuatro Torres, las envidiosas del Edificio Telefónica, las majestuosas del Palacio Real con su Catedral y las discretas del Faro de la Moncloa.

Entretenida con las vistas desde ese cerro, gozando de un entorno que en absoluto era tan siniestro como se lo había figurado, a pesar de estar un poco desorientada, dejó que sus pasos suplieran esa carencia y se dejó llevar por un camino flanqueado por unas coquetas farolas cuya belleza de antaño se veía estropeada por unas luces Led de álgido halo blanco que hacían añorar las del cálido y tradicional color amarillo.

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El Circo del Sol brillando en la oscuridad

Y así, poco a poco, a piedi, un paso tras otro, divisó a través de árboles cuyos copos parecían nubes obscuras que querían llegar hasta el suelo los llamativos tonos azules y amarillos de la carpa original del Circo del Sol que, por primera vez en la capital, sustituía a la blanca de las anteriores ediciones.

Esa curiosa estructura bicolor, formada por altos conos rayados como cebras que, junto a las tiendas instaladas, parecían componer un enorme campamento en medio de un oasis urbano, la impactó profundamente y le trajo a la imaginación una caja mágica en cuyo interior, como si de un peculiar juego de Matrioskas se tratara, iba a descubrir otra caja llena de magia: la que se escondía tras el prometedor rótulo de entrada: KOOZA.

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El prometedor rótulo de la entrada

Allí, bajo ese llamativo letrero, se encontró con su marido y, tras superar los necesarios controles de seguridad, los dos se encaminaron hacia la colorida carpa de entrada, ya de por sí bastante escenográfica, repleta de mostradores de merchandising, alimentos y bebidas. No disponían de mucho tiempo de modo que, sin prestar mucha atención a todos los objetos que les rodeaban, se adentraron enseguida en la Gran Carpa, una estructura de veinte metros de altura y más de cincuenta de diámetro cubierta por una tela que pesaba nada más, y nada menos, que cinco toneladas, que les iba a trasladar a un universo muy peculiar…

Acomodados en sus asientos, contemplaban un espacio central huérfano de elementos dignos de recordar –ciertamente, la puesta en escena no era espectacular–. Un poco defraudados, pero sin tener el valor de admitirlo entre ellos, esperaban que “algo” o “alguien” pasara por allí… Mientras una voz en off enumeraba las múltiples pero necesarias advertencias para preservar la seguridad de los artistas y de todos los asistentes –no utilizar flash, apagar los móviles, no grabar, en caso de emergencia mantener la calma…– hizo acto de presencia un payaso que les despertó de su indiferencia. El bufón, cuyo rostro blanco resplandecía bajo los reflectores, interpretaba magistralmente las instrucciones, con un arte mímico tan deslumbrante que hacía palidecer, y a la vez divertir, al nutrido público, convertido, por ese súbito palor en un ejército de fantasmas.

Tras la atípica introducción, apareció en el escenario un infante ya crecido –o puede que fuera un hombre con alma infantil–; se trataba del Inocente, el involuntario protagonista de la historia que, en breve, se iba a escribir. Su frágil figura correteaba rápida, solitaria y aparentemente despreocupada por el anillo central, enarbolando una cándida cometa que, empujada por un invisible viento amigo, volaba libre por el cielo azul encerrado en la carpa. Esa poética, y a la vez melancólica, imagen de una especie de Pierrot abandonado, sólo acompañado por el son de una apagada melodía, acentuó el aire circunspecto de Aliapiedi y su acompañante que, aún más desconcertados, se preguntaban cuánto iba a durar ese incipit que, en línea de principio, no tenía nada especial. Pero como si el espíritu circense quisiera castigarles por su incredulidad, por sus fáciles ilaciones, por sus infundadas opiniones, hizo acto de presencia un nuevo, e insólito, elemento: nada más y nada menos que KOOZA, el cofre o la caja -según el significado de la palabra en sánscrito-.

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La sorpresa dentro Kooza, la caja mágica o la caja de Pandora (Foto: Circo del Sol)

Ambos se miraron en los ojos sorprendidos, al compás del estupor del Inocente que no veía el momento de abrir ese extraño contenedor. Y, dicho y hecho, de esa caja mágica, puede que una peligrosa caja de Pandora salió una figura bastante singular, vestida de tal manera que a Aliapiedi le recordó de inmediato un camaleónico Arlequín.

Esa criatura se deslizaba elegantemente por el escenario con una varita mágica en la mano y una colorida vestimenta, de rombos y rayas, pero no era en realidad un personaje de la comedia del arte italiana, sino de la fantástica y fantasiosa realidad kooziana: el Truquista. Súbitamente, el nuevo invitado impuso, más bien sobrepuso, su electrizante presencia a la del Inocente que, aturdido y tembloroso, pero a la vez intrigado y curioso, anhelaba inconscientemente descubrir el mundo creado por ese ser sofisticado.

Fue así como empezó el espectáculo de verdad, en todo su esplendor, con todo su clamor.

La música, tocada en vivo y en directo, cambió de ritmo, sustituyendo las lánguidas notas del principio por unos acordes más fuertes e intensos y, después, por una sinfonía grandiosa, parecida a un canto colectivo, que anunció la triunfal llegada de una nueva e impresionante criatura.

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El Inocente enfrente de un Vacío impresionante  (Foto: Circo del Sol)

Llegados a este punto, ahora sí, Aliapiedi y su marido eran todos ojos y oídos y, asombrados, observaban el cambio que se estaba produciendo en el escenario gracias al suave, pero inquietante, movimiento de las cortinas que, a la par del nado involuntario de una medusa empujada por el capricho de las olas, se apartaban armoniosamente, como si fueran suavemente arrastradas por una fuerza superior. Era en realidad el director de orquesta, el Truquista, el que estaba dirigiendo esa danza, ese ondear de una única tela gigante, llamada el Vacío, que, jugando con las luces y la oscuridad, con el viento y con el aire, parecía conformar una extraña criatura, similar a un cautivador monstruo de ciencia ficción, a la par de un Dermagogon del siglo XXI. Pero esa “Stranger Thing” no era ningún engendro sino una sugerente torre viajera, similar a una enorme tienda de exóticas reminiscencias que, envuelta en un pesado cortinaje, dejó al descubierto pocos segundos después toda la hermosura de su elaborada desnudez.

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La House Troupe y la fascinante Bataclán (Foto: Circo del Sol)

A Aliapiedi le costaba apartar su mirada esa “Cosa Extraña” llamada Bataclán, que estaba enmarcada por las velas y abrazada por unas curvas escaleras, con una decoración que mezclaba la cultura hindú, los autobuses pakistaníes y la joyería india; concentrada como estaba en los sinuosos movimientos de los cuerpos de los músicos, ataviados con una rica y folklórica vestimenta de tonos rojos con destellos dorados, que se ubicaban en la parte alta de la estructura, tras una barroca barandilla, y en las pegadizas melodías de aire indio donde destacaban las evocadoras combinaciones de flautas y violines y las magistrales exhibiciones guturales, al mejor estilo bollywoodiense, le pasaron desapercibidas las iniciales acrobacias de los primeros aristas que habían salido de sus entrañas y la naturalidad y soltura con la que la House Troupe, a través de su Charivari, realizaba levantamientos, pirámides humanas, piruetas y saltos sincronizados al son de la orquesta.

La Bataclán, con todo su ambaradán, la había cautivado por completo.

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Las tres (o una) contorsionistas de goma (Foto: Circo del Sol)

Fue entonces el ágil y sinuoso maestro de ceremonias el que con su varita mágica consiguió volver a captar su atención dando lugar a la aparición de tres contorsionistas que, dada la sincronía de sus audaces e innovadores movimientos, parecían una sola.

Esas tres figuras cuyo esqueleto no parecía formado por centenares de huesos sino por millares de gomas que, como juncos acariciados por el viento, se doblaban pero no se rompían, se desenvolvían con una naturalidad fuera de lo normal, en un reducido espacio circular sobreelevado, mucho más pequeño que el de la pista central de poco más de diez metros de diámetro.

Aliapiedi, que desde hace años padece de la espalda, miraba, más bien admiraba, al trío, sufriendo a la vez por él.

Se asombraba por el control milimétrico de esas poses tan estáticas que parecían esculturas o con el esfuerzo muscular de esos, aparentemente frágiles, cuerpos amoldados por años de intensos entrenamientos y, a la vez, se preocupaba por las lesiones que esas tres gimnastas habrían padecido y habrían superado para volver a doblarse cada vez más.

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Un increíble ejercicio de gimnasia extrema (Foto: Circo del Sol)

Y tanto era así que no era capaz de relajarse, tensándose cada vez más por la agilidad con la que esas tres criaturas, cuales ligeras libélulas que revoloteaban a ras del suelo y trepaban una encima de otra para dibujar increíbles figuras. Y cuanto más se contorsionaban, más rígida se ponía Aliapiedi, apretando los dientes, contrayendo todos los músculos de su cuerpo y cerrando fuerte los ojos, al límite de su resistencia, física y psicológica, para volverlos a abrir después de haber escuchado, aliviada, el tan ansiado y merecido aplauso para ese increíble ejercicio de gimnasia extrema.

Seguidamente, hicieron acto de presencia en el universo kooziano unos extraños personajes: un rey alocado, con el pelo alborotado y una corona para retenerlo, un perro chiflado, que perseguía a cualquiera ladrando sin parar, un extraño Heimloss que, como si de un terrible Minion se tratara, saboteaba desde el subsuelo los enchufes y los mecanismos de ese mundo retorcido y, dulcis in fundo, una pareja de estúpidos lacayos. Aliapiedi y su acompañante torcieron el gesto puesto que ninguno de los dos ama los clowns, así que, a duras penas, prestaron atención a sus gestos recargados y sus palabras sin sentido, en perfecto castellano, aunque con un marcado acento extranjero. Ajenos a nuestra indiferencia, siguieron adelante con sus caídas involuntarias y sus muecas histriónicas hasta que, de repente, decidieron interactuar con los asistentes, escogiendo al azar a una voluntaria para que les ayudara en sus tareas insensatas.

Fue entonces cuando, incapaz de sustraerse a su manía de protagonista, al oír esa proposición casi indecente, Aliapìedi empezó a prestar al surreal número, reparando en los pasos inciertos, más bien perdidos, de la cabeza loca coronada y de sus dos pajes que, súbitamente, abandonaron el reino para mezclarse con los comunes mortales, a fin de reclutar a la elegida. Bajo la mirada divertida de su marido, que era perfectamente consciente de sus ganas de subir al escenario, se movía inquieta y sonriente en su asiento tratando de atraer los focos hacia sí. de los reflectores. Lamentablemente sus esfuerzos fueron en vano pues fue una doncella llamada Elena la que tuvo el honor de acceder a ese reino pero, por la razón que fuera, el fallido intento había logrado reclamar su atención, y también la de su pareja, y, a partir de ese momento, empezaron a disfrutar de ese show improvisado, a sonreír con los intentos de galantería del rey y compañía o, directamente, a reírse de verdad con sus alegres ocurrencias. Ellos mismos estaban sorprendidos con su cambio de actitud, con ese anómalo sentimiento de simpatía, e incluso de empatía, que había surgido hacia esos bufones desquiciados, magníficos representantes de la auténtica tradición circense, que, con sus momentos de sana diversión, poco a poco, según el espíritu de KOOZA, se fueron apropiando de sus almas –ese, en efecto, era el fin no sólo del director creativo del espectáculo, Serge Roy, sino también de su creador, David Shiner, antiguo mimo callejero parisino que, a lo largo de su trayectoria profesional, siempre se había tomado muy en serio, paradójicamente, lo de hacer reír a la gente–.

Pero no podían ser todo risas, burlas y bufonadas…

En algún momento tenía que volver la seriedad, los escalofríos y el temor, según la mutable voluntad del Truquista.

Así que el silencio volvió a apoderarse del ambiente y un nuevo artista, siempre bajo la mirada sorprendida del Inocente, inició su exhibición. Se trataba de un hombre, un hombre musculoso o “macizo”, como hubieran dicho los payasos, que iba acompañado por una rueda gigante. El ser humano y el artilugio se balanceaban al unísono, agraciada y silenciosamente, escurriéndose entre ellos, entrando y saliendo el uno del otro, jugando a perseguirse en un camino curvilíneo sin descanso. Tan intensa era su compenetración, tan fuerte era la química entre ellos, tan hermosa era su dulce danza silenciosa que no quedaba del todo claro si era el hombre el que dirigía la rueda o la rueda la que dirigía al hombre. El ser vivo parecía hablar telepáticamente con ese objeto aparentemente inanimado, o puede que fuera exactamente lo contrario, que la rueda le sugiriera a su amo como inclinarse dentro de ella, como abrazarla o como insertarse en su espacio circular cual hombre de Vitruvio en carne y hueso, de soberbias proporciones ideales, pegado a una circunferencia tridimensional en rítmico movimiento circular.

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El «duo dinámico» en monociclo (Foto: Circo del Sol)

Los aplausos, como siempre, acompañaron la salida del increíble hombre-rueda que dio paso a un nuevo personaje fantástico, también él dotado de una rueda, en este caso de un monociclo. Ese artista, sin embargo, que controlaba a la perfección su medio de transporte, no estaba solo, sino acompañado por una mujer. Al ritmo de una música que a Aliapiedi le recordaba la de un romántico y atípico tango argentino de aire parisino trufado de jazz, ambos a bordo del monociclo, empezaron a interpretar un baile muy sensual: el hombre conducía el neumático de modo elegante a la par que danzaba con su pareja, levantándola y volteándola en el aire, enrollándola alrededor de su cuerpo, manejándola como si fuera una pluma, sin esfuerzo aparente. Hombre y mujer parecían una sola persona, unidos para siempre en ese trepidante ejercicio, y ella, alegrándose por ese delicado y romántico ejercicio, no pudo evitar compararlos con una bailarina de papel y un soldadito firme como el plomo, según una versión adaptada, más humanizada y con mejor final, del conocido cuento de Andersen.

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¡Un auténtico…

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…desastre universal!

Y después del dúo, o trío, romántico, fueron nuevamente el rey y sus bufones a provocar el estupor y las sonrisas a diestro y siniestro, saliéndose del guión, como de costumbre, e interactuando con los asistentes para arrastrarles hacia su mundo alocado, haciéndoles participes, con sus simpáticas y extravagantes ocurrencias, de sus líos, de sus errores colosales y de sus problemas con la policía municipal, mientras que unos increíbles cañones disparaban en el aire una lluvia de colores:

¡Aquello era un auténtico desastre universal!

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Los atrevidos funambulistas (Foto: Circo del Sol)

Parecía que la fragilidad del reino del Truquista se había roto por completo, que la confusión y la anarquía se habían apoderado de todo el mundo, pero, para demostrar exactamente todo lo contrario, se personaron cuatro funambulistas que, suspendidos en dos alturas diferentes, al filo del imposible o, para ser exactos, al filo de dos altos alambres que habían sido levantados en el medio del caos de antes, con el preciso poderío de sus actos, jugaban con las fuerzas y contrapesos de la naturaleza.

Colgados literalmente de ese dúplice hilo, en un impresionante crescendo de dificultad, saltaron comba al unísono, jugaron al salto de la rana, construyeron torres humanas, pedalearon sobre sendas bicicletas con una silla ocupada por otro artista suspendida entre ellas, realizando auténticas proezas en el aire, gracias a un preciso cálculo de mesuras y proporciones, de tensión y elasticidad.

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Proezas «al hilo» de lo imposible (Foto: Circo del Sol)

Conteniendo el aliento mientras que los cuatros jinetes de un anti-apocalipsis hacían realidad lo imposible, Aliapiedi confiaba en que el hechizo no se rompiera irremediablemente, deseando con todas sus fuerzas que ese magnífico y aterrador juego peligroso terminara cuanto antes para que los cuatro artistas volvieran, sanos y salvos, a posar sus pies en la tierra firme.

Y como si el Truquista le hubiera leído el pensamiento, tras los aplausos de rigor, decidió concederle un descanso para que durante treinta minutos kooza, su caja, volviera a encerrar todo lo que había salido de ella, lo bueno y lo malo, el miedo y la alegría, la debilidad y la fuerza.

Los dos, entonces, se levantaron aliviados de sus asientos, aún aturdidos por la belleza, la elegancia y el lujo, no sólo de los artistas, sino también del vestuario y de la música que los acompañaban, mérito, de la hábil mano de la diseñadora Marie-Chantale Vaillancourt y del soberbio oído del compositor Jean-François Côté, respectivamente. Tantas y tan intensas eran las emociones que habían experimentado durante casi una hora de espectáculo ininterrumpido, codo a codo con el peligro, palpándolo en sus cuerpos, tal y como era la pretensión del escenógrafo Stéphane Roy, al crear ese espacio escénico tan transparente y cercano al público, que los asistentes merecían un descanso para retomar la compostura, para serenarse, para recuperar sus fuerzas, casi más que los acróbatas experimentados y entrenados. En ese intervalo, sin embargo, no fueron capaces de expresar con palabras sus sentimientos ante lo que habían visto y vivido y, casi sin darse cuenta, al cabo de la media hora que había pasado a pasos agigantados, fueron llamados a retornar a sus asientos para, de la mano de Inocente, enfrentarse, puede que doblegarse, a la voluntad del ambiguo maestro de ceremonias, de ese poderoso Arlequín de una circense comedia humana, vestido con un llamativo pijama de rayas.

[Continuará… ]

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El poderoso Truquista-Arlequín con su llamativo pijama de rayas (Foto: Circo del Sol)

 

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Disneyland Paris: En el nombre del abu [(Gran) Fin(al)]

[… Sigue]

Hoy es nuestro último día y, obviamente, nadie quiere volver a casa. Además, como si la creciente nostalgia no fuera suficiente, la meteorología tampoco acompaña ya que, a pesar de estar en pleno verano, las temperaturas son más bien otoñales, con un frío viento en aumento y unas amenazadoras nubes acercándose desde el horizonte. Sin embargo, nos autoimponemos pensamientos positivos, esforzándonos en ver el vaso medio lleno y, por ende, proponiéndonos aprovechar al máximo cada uno de los momentos de que disponemos hasta el vuelo de vuelta de esta noche.

Y así, con otro talante, decidimos repetir las atracciones de ambos parques que más nos han gustado y las que algunos de nosotros no hemos probado.

La primera de todas, la que hemos posicionado en nuestro particular “top five”, es sin duda “Autopia”.

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Un atasco «autopiano»

Así que, a bordo de nuestros flamantes coches, nos adentramos nuevamente en ese circuito extraordinario, esta vez con mi primo y yo al volante y nuestras respectivas madres ejerciendo de copilotos, ya que el primer día ellas, a diferencia de sus maridos, no se habían animado a disfrutar de esta atracción –en su momento, querido abu, creí erróneamente que fuera por culpa de todas esas absurdas leyendas que circulan sobre la mala conducción de las mujeres y que, por el mismo motivo, también la “nona-nena” se había limitado a observarnos desde un puente elevado sin aprovechar la posibilidad de renovar ficticiamente su carnet caducado desde hace años, pero nada más lejos de la realidad–. Cumplido todo el recorrido sin choques ni accidentes, respetando las señales de tráfico y los límites establecidos, mi tía y mi madre bajan de los vehículos encantadas, comprendiendo ahora a la perfección el porqué de nuestra selección.

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«Videopolis»

Después de esta renovada (y exitosa) experiencia familiar sobre cuatro ruedas, nos separamos: mis tíos y la “nona-nena” se van de compras, mientras que los demás seguimos con nuestros sueños de futuro en el pasado y en el presente, tal y como reza el lema de “Discoveryland”.

Secundando los deseos de mi primito, volvemos a probar la atracción dedicada a su personaje favorito, “Buzz Lightyear Laser Blast”, a pesar de que el primer día no había entusiasmado a mi padre, ni a mi tío. Pero esta vez, a bordo de los cruceros espaciales “XP-40” con sus colores tan chillones, ostentando el cargo de “Junior Space Ranger” está también mi madre, la Aliapiedi de siempre convertida para la ocasión en una temible y despiadada killer de armas tomar. Sentada a mi lado, sujetando su mortífero cañón con una mano y los mandos del estrambótico vehículo con la otra, empieza a disparar como una posesa, alcanzando con sus rayos laser infrarrojos todo lo que se le pone a tiro, marido, hijo y sobrino incluidos: ¡Una auténtica matanza cósmica!

Al finalizar la misión, con gran asombro de los demás, es ella la que ocupa la segunda posición en el ranking del “Comando Estelar”, justo detrás de mi, ganadora absoluta de la batalla, clasificadas ambas por nuestra puntería en el nivel supremo de “Galactic Hero”. Una foto de las dos en plena acción, proyectada en una de las pantallas al final de recorrido, lo atestigua: somos las mejores pistoleras de la historia… ¡O de Toy Story!

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«Orbitron»

Será por la merecida victoria, será por el titulo recién adquirido, será por esta revancha femenina, pero, contra todo pronóstico, esta segunda bélica aventura me ha resultado mucho más divertida y placentera que la primera y, con la descarga de adrenalina (y electromagnética) aún circulando por el esqueleto, las “heroínas galácticas” nos encaminamos, acompañadas por nuestros humildes “cadetes espaciales”, hacia el esférico “Orbitron”, omitido el primer día.

Es este un carrusel aéreo al estilo de “Dumbo the Flying Elephant”, pero bastante más rápido, más inclinado y más elevado.

Y mientras que mi padre, mi hermano y yo volamos sin límites y sin frenos hacia arriba y hacia abajo, mi madre no se levanta ni un centímetro del suelo, yendo siempre a ras del mismo, dibujando círculos de ínfima altura para evitar que mi primo, sentado a su lado en la futurista nave espacial, feliz y sonriente durante todo el recorrido, se maree –en realidad, querido abu, yo creo que era ella la que estaba asustada con ese vuelo interplanetario inspirado en los “leonardescos” dibujos visionarios del sistema solar–.

Tachadas entonces las atracciones favoritas o las que faltaban de esta tierra del descubrimiento, pasamos a las de “Adventurland”, ya que queremos volver a zarpar a bordo del barco de “Pirates of the Caribbean”.

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«Discoveryland»

Esta vez, sin embargo, los piratas están descansando, puede que durmiendo a pierna suelta después de una borrachera nocturna, y no queriendo esperar un par de horas hasta que se solucione el leve “problema técnico”, decidimos embarcarnos en otro navío, menos peligroso y más tranquilo, el de Peter Pan y sus amigos, atracado en “Fantasyland”.

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Volando en el País de Nunca Jamás

Sobrevolamos entonces otra vez la iluminada ciudad de Londres y el inquietante País de Nunca Jamás entre sirenas, indios y piratas, y, de vuelta a tierra, después de habernos reunido con el resto de la familia, agotados ellos por su intensa aventura consumista, a juzgar por la ingente cantidad de bolsas que llevan consigo, nos decantamos por una breve pausa gastronómica a base de perritos calientes en el “Casey’s Corner”, bajo la amenaza de una lluvia inminente y unas ráfagas de viento insistente.

Puede que estos fenómenos naturales sean unas señales, puede que el tiempo adverso tenga su sentido, puede que sea mejor no desafiar los elementos, así que, animados por las razonables dudas, empujados por las fuertes corrientes de aire, decidimos despedirnos serenamente, bajo un cielo que de sereno tiene muy poco, del Disneyland Park con un “¡hasta siempre!” y un “arrivederci!”.

Pero falta un último detalle, una última formalidad, una última tradición familiar: el envío de una postal, una costumbre vintage en la era de Internet que mi madre mantiene viva en todos sus viajes y que por estos lares se enriquece de curiosas peculiaridades. En efecto, no se trata sólo y simplemente de comprar, escribir, sellar y enviar una postal; se trata de comprar una emblemática postal de Disneyland en “The Storybook Store”; se trata de escribirla y firmarlas todos juntos; se trata de que, una vez comprada, escrita y firmada por todos los miembros de la familia allí presentes, sea entregada en persona en el Ayuntamiento para que, una vez franqueada con el valioso timbre de Mickey Mouse, emprenda el viaje hacia el hogar milanés de otro abu, o mejor dicho, de un nonno solitario, cien por cien italiano… Dicho y hecho, la postal empieza a volar desde París hasta Milán, planeando por el cielo con su mensaje de un recuerdo colectivo, cruzando las estrellas y alcanzando finalmente su destino donde hace mella en un corazón sorprendido y conmovido.

Ahora sí que toca irse de verdad; toca volver a la realidad…

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¿Una triste despedida de Disneyland París o un prometedor «arrivederci»?

Pero la mítica “nona-nena” no parece ser de la misma idea y, tomando la iniciativa, alejando una vez más el cansancio acumulado en los tres días, toma las riendas de la situación, como legítimamente le corresponde por su “cargo” familiar, y decide unilateralmente llevarnos al lugar donde más que nunca hemos soñado con los ojos abiertos o vivido de verdad con los ojos cerrados: ¡París!

Metida de lleno en su papel de “nona-niña-nena”, animada más que nunca, no puedo evitar observarla admirada mientras, con paso firme, la veo desaparecer en el acceso, mucho menos concurrido, reservado a los “single rider”, determinada en perseguir con todas sus fuerzas, sola, pero no solitaria, su ilusión “ratatouillesca” –¿Quién sabe, querido abu, lo que rondó en su cabeza? ¿Quién sabe qué o quién la animó a ella, tan prudente y tan solidaria, a volver a vivir esa experiencia por su cuenta? ¿Quién sabe qué fue lo que buscaba?–.

Y, camino de ese irreal, y tan real, universo paralelo, ella se aleja de nosotros, decidida a vivir su aventura y a disfrutarla a su manera en la ciudad de la luz, acompañada por el sonido de un acordeón y por el amor de su vida… –nadie sabe lo que (le) pasó allí dentro, lo que imaginó, lo que sintió y lo que volvió a recordar de su primer viaje a París, contigo, abu querido, como dos eternos enamorados… Nadie lo supo, nadie lo sabe, y nadie lo sabrá, salvo tú, claro está…–.

Y ahí reaparece la nona, con una evocadora sonrisa dibujada en su cara, con unas tímidas lágrimas en sus ojos, con unos pensamientos susurrados a su corazón: ha vuelto a ser una niña, soñadora como yo, luchadora como nadie y, además, creadora de un nuevo lema, de una nueva exclamación acompañada por una serena y dulce reflexión: «¡¿Quién me iba a decir a mí que iba a volver a París?!».

«¡Bravo nona!», le contesto yo tácitamente mientras que su pregunta tan sugerente, salida desde el alma y que lleva ya consigo la respuesta, empieza a volar libremente en el aire, en el cielo, hasta el infinito y más allá, reuniéndose en el firmamento con el deseo de su marido, con el deseo de un abu tan querido…

Y así, cogida de su temblorosa mano, a piedi, las dos juntas nos encaminamos emocionadas hacia la futura y esplendorosa aventura de la vida, dejando atrás aquella maravillosa, recién disfrutada, de Disneyland París.

FIN

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¡Hasta siempre, abu querido!

Aquí termina nuestra historia, aquí termina nuestra aventura, aquí termina nuestro diario.

Una vez más, querido abu, te damos las gracias por este viaje que nos has regalado, por este deseo por fin cumplido, por este sueño por fin realizado.

Te queremos, siempre y para siempre, y no te olvidamos, nunca y ¡para nunca!

Tus nietos”

Aliapiedi, con las lágrimas en los ojos, terminó de leer esta carta-diario, recordando, ella también, todo lo que habían vivido, o puede que soñado, “en familia”, en París y Disneyland. La noche había caído, una noche profunda e intensa, pero ella, más despierta que nunca, una vez retomada la compostura, decidió no dejar caer en el olvido la “infantil” obra literaria. Abrió entonces su portátil y, sin prisa pero sin pausa, empezó a copiarla en su bitácora, en el blog de “Aliapiedienfamilia”, modificando levísimamente algunas partes y añadiendo al final este post scriptum personal y, a la vez, familiar:

“P.S.: Abu querido por todos nosotros –¡a esas alturas de la película, me permito tutearte!–, como has podido leer de la mente y de la mano de tus nietos, la “nona-nena” ha cumplido tu promesa, ha realizado tu deseo, ha vivido tu sueño de entonces, nuestro sueño de ahora, el sueño que a todos nosotros se quedará para siempre marcado en nuestra memoria. Y, como bien sabes, no lo ha hecho por obligación, por deber o por compromiso: lo ha hecho de corazón, por ti, por nosotros y, sin quererlo, también por ella, levantándose y elevándose con una fuerza y una entrega extraordinaria. Puedes estar más que orgulloso de tu “nena”, de la niñez que ha reencontrado, de la tristeza que, gracias a ti, ha alejado.

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La «columna-faro» rétro y…

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… la gran verdad de su inscripción

Y, como bien diría un famoso escritor, amante como yo, y como ella, de los viajes reales e imaginarios, cuya sabia y simbólica reflexión he leído en una “columna-faro” rétro, que preside, junto con otras, el ingreso de “Discoveryland”:

“Tout ce qui est dans la limite du posible, doit être et sera accompli”

[Jules Vernes]

“Todo lo que está en los límites de lo posible, tiene que ser y será cumplido”

Se ha hecho y se ha cumplido todo lo posible, así que, en nombre de todos nosotros, y una vez más, gracias a los dos, gracias de verdad, gracias de corazón…

Aliapiedi terminó de escribir estas últimas frases, repuso la carta-diario en la mesilla de su hija, besó a los “pequeños” y, antes de acostarse, se fue a cerrar las ventanas de la terraza que el abu tanto amaba. Levantó entonces la mirada y en el cielo tan especial de una noche excepcional apareció rápida una estrella fugaz…

Se quedó perpleja y pensativa, observando en su memoria esa estela que ya había desaparecido: ¿Había sido Campanilla desde el País de Nunca Jamás? ¿Había sido el abu guiñándole el ojo desde el infinito y más allá? ¿Y si todo hubiera sido un sueño? ¿El “sueño de una noche de verano” o el sueño de un firmamento de San Lorenzo?

No importaba, concluyó ella, mientras somnolienta se iba a la cama, abrigada por un placentero razonamiento: si los sueños se hacen realidad en Disneyland, ¿por qué no puede ser también en la vida real?

Pase lo que pase, lo importante es vivir de ellos, intentando realizarlos o, simplemente, ilusionándose con conseguirlo…

Así que, más que nunca…

¡Buenas noches y dulces sueños!

Buonanotte e sogni d’oro!

Bonne nuite et doux rêves!

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Los 4 + 4 de Aliapiedienfamilia = ¡los 8 de Abupiedienfamilia!

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Disneyland Paris: En el nombre del abu (Segundo día – Walt Disney Studios)

[… Sigue]

Nos despertamos pronto, a la misma hora que cuando vamos al cole, pero con la pequeña diferencia que estamos de vacaciones y que nuestro destino de hoy son los “Walt Disney Studios”. Así que después de un sabroso petit-déjeuner a base de croissant con leche o café au lait, a las diez en punto, hora de apertura, ya estamos frente a la evocadora reja del segundo parque incluido en el complejo disneylandiano y que aún no existía cuando mi tío y mis padres vinieron por estos lares. Mi madre está especialmente exaltada, recordando los impresionantes “Universal Studios” de Orlando, que visitó hace más de veinte años en compañía de su hermano; según ella, este lúdico recinto será (aún más) atractivo para los mayores ya que mezcla la diversión con el aprendizaje –debo confesar, querido abu, que al oír esas últimas palabras se despertaron ciertas dudas acerca de la meta hodierna, ¡no fuera a ser que acabáramos en una escuela de verdad asistiendo a unas (inoportunas) clases veraniegas!–.

Nada de eso, una vez en el interior del parque, tras acceder al “Front Lot”, respiramos aliviados al comprobar que su estructura nada tiene que ver con la de un colegio.

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La fuente ¿(in)animada? de la «Plaza de los Frères Lumières»

Nos encontramos en la “Plaza de los Frères Lumières”, dedicada a los famosos inventores del cine, dominada por una fuente central con un alegre Mickey, aprendiz de brujo, rodeado de escobas, como en la mítica escena de “Fantasía”.

Y allí, frente a esta estatua tan sugerente, esperando que sus protagonistas no cobren vida y nos cubran de agua o, más bien al contrario, deseándolo con todas nuestras fuerzas, se da el pistoletazo de salida a la primera de las sesiones fotográficas “en familia”, previas a nuestro triunfal ingreso al “Disney Studio 1”, entre los bastidores de un increíble viaje cinematográfico.

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Exóticos locales

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Gasolineras de carretera

Y, de repente, al igual que el día anterior, como si hubiéramos cruzado un portal espacio-temporal, nos encontramos en una impresionante galería principal donde, en la penumbra, bajo los focos de los reflectores, al ritmo del twist o del fox-trot, se suceden tiendas glamurosas, restaurantes “teatrales” y gasolineras de carretera con bólidos a la espera frente a exóticos locales para apasionados de las olas.

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Tiendas glamurosas y restaurantes «teatrales»

Nos hemos trasladado a la época dorada de Hollywood, en la ciudad de Los Ángeles, la meca del cine, allí donde los sueños se hacen realidad y nacen las estrellas…

Y esta vez, en lugar de una princesa con corona me convierto en una diva con tiara, en una actriz muy famosa, con gafas de sol bastante vistosas, que intenta pasar desapercibida entre la multitud de admiradores; sin embargo, a la salida del estudio, no puedo evitar posar como una vamp, coqueta y presumida, ante la estatua del genial soñador al cual está dedicado todo el complejo de diversión: ¡Walt Disney!

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La bienvenida de Walt Disney y Mickey Mouse

El célebre productor y director nos da la bienvenida en una pintoresca glorieta de la mano de su criatura más famosa, Mickey Mouse, con el célebre letrero hollywoodiense como telón de fondo entre las verdes colinas californianas.

¡Ese sí que es mi reino! ¡El reino de las estrellas! ¡El reino de la fama!

Y mientras me recreo con mi actitud de superstar, centrada en mi misma, la mirada de los demás, en lugar de recaer en mi esplendorosa silueta, se fija en la tenebrosa figura de una destartalada torre-ascensor: “The Twilight Zone Tower of Terror”.

Mi padre, el más atrevido de todos, imitado por mi hermano, que no quiere ser de menos, observa con pasión y con terror el altísimo edificio, deseando subir hasta su última planta para, desde allí, dejarse atraer por la irresistible fuerza de gravedad, envuelto en una cuarta dimensión.

La incredulidad y preocupación se apodera de todos, incluida yo, que abandono por un momento mi actuación estelar para unirme a la calurosa plegaria familiar.

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«The Twilight Zone Tower of Terror»

Nadie quiere que lo hagan, nadie quiere que salten al vacío, nadie quiere que afronten el atrevido desafío, y, finalmente, entre rezos convertidos en recomendaciones y luego en reproches, conseguimos disuadirles, proponiéndoles como tranquila (o puede que no tanto) alternativa el cercano “Studio Tram Tour: Behind the Magic”, ubicado al final de un amplio y poco traficado “Hollywood Boulevard” flanqueado por palmeras.

Así que, tras una breve espera –no sé si era debido a la temprana hora o porque era un día entre semana pero, querido abu, me percaté de que en ese parque había mucha menos gente que en el de Disneyland–, subimos en el cómodo y pacífico (o puede que no tanto) tranvía.

Un divertido Jeremy Irons nos da la bienvenida y nos comunica que va a ser él nuestro maestro de ceremonias durante todo el trayecto.

El inusual medio de transporte se adentra así en un bosque donde van apareciendo objetos y criaturas de diferentes decorados cinematográficos: avionetas estadounidenses mimetizadas entre la naturaleza de un bélico “Pearl Harbour”, naves espaciales de un fatal “Armageddon”, listas para despegar, y volátiles gigantescos custodiando un imponente portal que, dando acceso a un “Parque Jurásico” a escala real, estático en su grandiosidad impone tanto como el dinámico de la exitosa película–.

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Un impresionante «Parque Jurásico»

Nos alejamos paulatinamente, para mi tranquilidad, de ese lugar “primitivo”, y nos metemos de lleno en la grabación de una escena aún más impresionante…

Nos encontramos en un cañón y contemplamos cómo un camión se está aprovisionando de petróleo recién extraído del subsuelo cuando, improvisamente, una furiosa tormenta se descarga sobre nuestro vagón, cuyo techo a duras penas consigue protegernos.

Truenos y relámpagos nos envuelven con sus sonidos ensordecedores y, como si todo eso no fuera suficiente, un temblor progresivo se apodera del tranvía que, finalmente, se ve obligado a detenerse por culpa de la furia de los elementos, empezando a balancearse peligrosamente, al compás del camión cisterna que, debido a las violentas sacudidas, acaba inflamándose.

Ráfagas de calor nos invaden el cuerpo y el alma, gritos de terror se lanzan al aire, una histeria al rojo vivo serpentea entre nosotros, hasta que una torrencial, y providencial, cascada de agua cae sobre el escenario en llamas.

La tormenta ha pasado, el cielo recupera su serenidad y la calma vuelve a reinar en este “tranvía llamado deseo…” ¡de huir de ese impactante “Catastrophe Canyon”!

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«Catastrophe Canyon»

Sólo hay una persona o, mejor dicho, un personaje que ha permanecido impasible durante el catastrófico acontecimiento… Se trata, como no, de nuestro anfitrión, el hombre (de la máscara) de “hierro(s)”, tal y como revela su propio apellido, que aplaude el espectáculo y nos muestra la sublime perfección de la impactante escena de acción.

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Los clásicos double-decker bus londinenses

Tras la subida de adrenalina, los pasajeros respiramos aliviados, aún con la emoción en el cuerpo y, mientras el vehículo retoma su camino, vamos dejando atrás acartonados sacerdotes egipcios, divinidades griegas y emperadores romanos, además de extraños reptiles. Poco a poco nos acercamos a una conocida ciudad, Londres, fácilmente identificable por los rótulos del metro, por los clásicos autobuses rojos de dos pisos y por los inconfundibles taxis negros. Pero a la vuelta de la esquina, el escenario cambia por completo…

Un desastre de dimensiones colosales ha debido golpear la capital del Reino Unido, a juzgar por el estado de sus palacios, demolidos, sus jardines, desaparecidos, y sus museos, aniquilados.

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Un desastre de dimensiones colosales

Y como si todo ello no fuera suficiente, entre los escombros divisamos unas tuberías destrozadas, abiertas al cielo, que expulsan amenazadoras ráfagas de humo, o puede que de gas peligroso…

En efecto, a los pocos instantes mis dudas se convierten en realidad: una explosión incontrolable, pero controlada, tiene lugar a pocos metros de distancia, golpeándonos con la intensidad de su calor y amenazándonos con sus altas llamas: ¡Tenemos que irnos de aquí o acabaremos reducidos a cenizas!

Y, por fin, unos eternos segundos después, el tranvía de alta tecnología vuelve a ponerse en marcha, llevándonos de vuelta, sanos y salvos, aunque ligeramente mojados, a la estación principal.

¡Cuántas emociones! ¡Qué interesante ha sido este tour aparentemente relajante! ¡Qué emoción poder ver y vivir una peli desde dentro! –tengo que reconocer, querido abu, que, aunque hubiera preferido sentirme la protagonista absoluta de un romántico film de amor, esos rocambolescos rodajes me encantaron, y lo mismo le pasó a mi “nona-nena” que, para confirmarlo, volvió con su famoso lema: “¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–.

Pero no hay tiempo para el descanso.

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El escenario de «Moteurs… Action!»

Falta muy poco para el inicio de “Moteurs… Action!”, así que tenemos que encaminarnos a la carrera hacia el correspondiente recinto que ya está lleno a rebosar. Cada uno de nosotros se sienta donde puede, unos más arriba y otros más abajo, hasta que entra en escena un virtuoso centauro que, sobrevolando el escenario a lomos de una moto, realiza con soltura y seguridad proezas al límite de lo imposible y de la gravedad.

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La compenetración perfecta entre el hombre y la máquina

El hombre y la máquina, ambos animados, a su manera, se compenetran a la perfección: sus acrobacias, de altura, en todos los sentidos, fruto de una habilidad alocada y de una pasión desatada, rebosan tal armonía que resulta difícil discernir quién maneja a quién.

La multitud aplaude entusiasmada al motorista habilidoso que, con su medio portentoso, abandona el escenario haciendo gala, una vez más, de su bravura.

Y esto es sólo un aperitivo de lo que está por llegar…

En efecto, a continuación, en el escenario, que reproduce una tranquila plaza de un hermoso pueblo francés –que bien hubiera podido ser, querido abu, uno cualquiera de los que visitamos en familia el año pasado por la bella Provenza–, hacen acto de presencia los directores y ayudantes de cámara, que nos explican, como siempre en inglés y en francés, las escenas que en breve se van a rodar.

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Un coche de cuatro… ¡y dos ruedas!

Tras comprobar que todo está en orden, entran en el recinto, a toda velocidad, unos ruidosos vehículos, que se persiguen a pocos centímetros de distancia por las calles secundarias de la tranquila villa, escondiéndose y volviéndose a encontrar, esquivándose con habilidad o flanqueándose con pericia, siempre a punto de chocarse, siempre a punto de estamparse. Todo está perfectamente calculado, cada movimiento, cada giro, cada adelantamiento. Y así, en ese estruendoso rock and roll, asistimos a la danza espectacular de seis furiosos coches negros a la caza de un flamante coche rojo.

Los números y los decorados se suceden a una velocidad de vértigo y los especialistas, a bordo de sus vehículos, de todo género y tipo, incluido un Rayo McQueen bastante despistado, nos deslumbran con auténticos malabarismos sobre cuatro, y en ocasiones dos, ruedas, saltando, frenando, arrancando y desafiando las leyes del equilibrio universal.

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Un Rayo McQueen sonriente pero despistado

El resultado final de cada rodaje, cuyos trucos de realización se nos exhiben orgullosamente en una enorme pantalla gigante situada frente a los graderíos, es asombroso, incluido el de la última escena, la más movidita de todas, protagonizada por (los pilotos de) coches, camiones y motos corriendo entre disparos peligrosos, llamas amenazadoras, cristales rotos, caídas espectaculares y, como siempre, sobrecalentamiento de motores.

Ahora somos nosotros, los espectadores, los que calentamos nuestras manos con aplausos enfocados, satisfechos e impresionados por el espectáculo rutilante, por ese arte de la conducción y por la genialidad de lo que se oculta tras la fachada cinematográfica –y a pesar de que a mí no me gustan los motores, los sonidos altos y tampoco las películas de acción, no puedo negarte, querido abu, que, una vez más, al igual que con el anterior tram tour, disfruté como nunca de ese sensacional stunt show–.

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«Moteurs… Action!»

Sin embargo, las emociones fuertes no se han acabado y, casi sin darme cuenta, confiando en mi valentía, me subo con mis tíos, mi padre y mi hermano a una atracción que, desde fuera, parece bastante inocua, al estar inspirada en la película “infantil” de “Buscando a Nemo”.

Cuán equivocada estaba…

Lo que yo imaginaba un relajante crucero por los plácidos mares de Oceanía se revela todo lo contrario. Nuestra embarcación-caparazón enseguida viene arrastrada por las violentas corrientes oceánicas, empujada furiosamente mar adentro, más allá de la Gran Barrera de Coral, alcanzando una velocidad vertiginosa entre olas gigantescas y espumas rabiosas… Cual Ulises del Tercer Milenio, asisto impotente al remolinante desatarse de un destino adverso que me impide alcanzar la tierra firme, convirtiendo el supuesto viaje de placer en una auténtica pesadilla.

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«Crush’s Coaster»

Las acuáticas montañas rusas, tan rápidas y tan mareantes, se me hacen eternas y mientras los demás tripulantes ríen y gritan por la alegría, yo río y grito, y casi lloro, por la histeria. Pero, afortunadamente, todo tiene un final y este diabólico “Crush’s Coaster” no es una excepción –no puedes imaginarte, querido abu, con cuanta emoción volví a pisar “a piedi” el suelo de Marne-la-Vallé; a punto estuve de besarlo, cual Papa femenino, en señal de gratitud por haber sobrevivido a la inesperada aventura–.

Como compensación, para consolarme del susto marítimo, el resto de la compañía decide llevarme a una atracción mucho más sosegada, la que me ha aconsejado calurosamente una de mis mejores amigas y que estoy deseando probar desde que hemos entrado en este parque: Ratatouille: L’aventure totalement toquée de Rémy.

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«Ratatouille: L’aventure totalement toquée de Rémy»

Pasamos entonces al lado del “circuito circular con circulación viaria en círculos” llamado “Cars Quatre Roues Rallye” e inspirado en la película protagonizada por Rayo McQueen, y nos dirigimos hacia la “Place de Remy”. Conforme voy moviendo mis aún temblorosos pasos hacia aquel destino, me voy tranquilizando y serenando, hasta tal punto que mi anterior estremecimiento por el pánico vivido a bordo del desatado caparazón poco a poco se convierte en una nueva e incontrolable sensación de agitación, esta vez provocada por la emoción de volver a estar en mi ciudad favorita, la misma que he dejado atrás hace solo un día: ¡París, la ville-lumière, la ciudad del amor!

El decorado parisino, tan real y conseguido –¿o es que de verdad habíamos vuelto a la capital?, querido abu–, nos traslada a una pintoresca plaza, con una burbujeante fuente central embellecida con ratoncitos y botellas de champán, sugerentes farolas y edificios elegantes. Todos nos quedamos impactados con esa recreación que supera ampliamente la de la ficción, y mientras saboreamos con la vista cada rincón de ese lugar tan cautivador, nos adentramos en el “augusto” restaurante de Auguste Gusteau. A lo largo de un pasillo bastante oscuro, avanzamos por un estrecho camino subterráneo que lleva a la cocina donde el mismísimo chef estrellado, e injustamente degradado, nos da la bienvenida. Un poco más allá, en unas curiosas canastillas, “nos servimos” unas recién fritas gafas 3D y, tras alcanzar una especie de cueva gigante poblada por ratones danzantes, subimos, en parejas, a lomos de esos simpáticos animalitos, emprendiendo un increíble recorrido, más bien una carrera, “entre fogones” en cuatro dimensiones.

No sé cómo, pero, de repente, hemos menguado y, sin darnos cuenta, hemos acabado en una peligrosa yincana culinaria, sorteando platos, carros y sartenes, perseguidos por el jefe enfurecido de nuestro amigo aprendiz de cocinero, Rémy, escondiéndonos en las esquinas, pasando bajo unos hornos muy calientes o al lado de neveras muy refrigerantes, cayendo en picado sobre bandejas o rodando sin control bajo mesas.

¡Eso ya no es ficción! ¡Eso es increíblemente real!

Metidos de lleno en nuestro papel de roedores, evitando deliciosos obstáculos gastronómicos, entre olores, vistas y sonidos que nos despiertan los otros dos sentidos, el tacto y el gusto, encontramos (desafortunadamente) una vía de escape y nos despedimos de este increíble lugar, acompañados por el húmedo y atrevido descorchado de una botella de champán –¿Qué decir, querido abu? ¡Nada! Nos limitamos a repetir todos juntos, en coro, y hasta el infinito, el lema de la nona, tan conciso como acertado: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–.

Abandonamos la fantástica y rocambolesca cocina, embriagados de dulces emociones y sabrosas sensaciones y presos de un hambre impresionante, alimentada no sólo por los elaborados platos del equipo del difunto Gusteau, sino también por los que, invitantes y tentadores, aparecen a través de los ventanales del refinado “Bistrot Chez Rémy”, estratégicamente ubicado al final de la aventura familiar.

Sin embargo, muy a nuestro pesar, todavía inmersos en esa increíble realidad virtual y estupefaciente experiencia sensorial, tenemos que alejarnos otra vez de París, de Ratatouille y de Rémy, con la esperanza, eso sí, de poder pronto regresar allí.

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«Toy Soldiers Parachute Drop»

Desfilamos entonces rápidamente, sin detenernos ni un instante, ante el vertiginoso, y para ninguno de nosotros invitante, “RC Racer”, una especie de enorme scalextric vertical montado en una montaña rusa de medio canal; pasamos al lado del “Slinky Dog Zigzag Spin”, observando ese perro gigantesco que no para de dar vueltas alrededor de unos huesos mordiéndose la cola, y, ante el tamaño desproporcionado de esos seres, animados o inanimados, empezamos a dudar del nuestro, preguntándonos inquietos si no habremos encogido, de verdad y para siempre, en la anterior atracción ratonera…

Pero no hay tiempo para frívolas reflexiones. Al contrario, hay asuntos mucho más urgentes, como los que se están desarrollando en la curiosa base militar llena de torres de vigilancia y soldados verdes con la que acabamos de toparnos. Sin darnos cuenta, hemos sido reclutados para la complicada “Operación Papa Delta”, que consiste en ser lanzados desde veinticinco metros de altura con unos extraños paracaídas miméticos.

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Aliapiedi… ¡con las alas en los pies!

Y cuando ya estoy preparada para afrontar la difícil misión, cambio de opinión y me bajo de la atracción, dejando a los demás los fáciles, o difíciles, heroísmos.

Ya he tenido bastante por hoy… ¡y sólo con ver la cara de mi madre me convenzo aún más de mi sabia decisión!

Ella, en efecto, a pesar de su alter ego bloguero Aliapiedi, no ama volar en avión, y menos aún tirarse al vacío con un paracaídas, lo que atestigua su semblante nada relajado… Conforme el medio de transporte aéreo va cogiendo altura, puedo leer en sus ojos una creciente preocupación que se convierte en auténtico terror que trata de mitigar aferrándose a la barrera de protección. Asisto impotente al drama interior y exterior de mi progenitora, cumpliendo las órdenes de un implacable sargento con las emociones a flor de piel –cuánto sufrí por ella, querido abu, viéndola volar no sólo en la fantasía sino también en la realidad, con unas “alas en los pies” ya no tan literarias, ya no tan imaginarias…–.

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El monumental Buzz Lightyear

Una vez finalizada por todo lo alto, en todos los sentidos, la bélica aventura del “Toy Soldiers Parachute Drop”, sin honor y sin gloria, sin merito y sin valor, sin medalla y sin condecoración, nos alejamos silenciosa y rápidamente del campo de batalla, dejando atrás para siempre la breve, pero intensa, carrera militar. Pasamos entonces bajo un enorme Buzz Lightyear que domina el ingreso, o la salida, del “Toy Story Playland”, ese extraño territorio en el que hemos quedado reducidos al tamaño de un juguete, y, todos juntos, decidimos tomarnos un respiro en las cómodas butacas del “Animagique Theater” donde, en menos de media hora, va a empezar el espectáculo de “Mickey et le Magicien”.

Después de un frugal almuerzo, nos encontramos en el interior del enorme teatro: se apagan las luces, se abre el telón y, en el romántico escenario de una noche estrellada de luna llena, aparece una buhardilla, un poco desordenada, habitada por un mago y por su simpático ayudante, Mickey Mouse, a quien le viene encomendada la tarea de limpiar y poner todo en orden antes del amanecer.

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«Mickey et le Magicien»

Muy a su pesar, el simpático ratón, no parece muy capaz de lidiar con la doméstica tarea, ni siquiera recurriendo a sus (supuestas) dotes mágicas que, por lo visto, no brillan por su excelencia. El pobre está absolutamente desbordado, tanto que casi me dan ganas de subir al escenario para echarle una mano (¡y de paso abrazarlo!).

Afortunadamente, acude en mi lugar una competente hada madrina que, con su baqueta y unos valiosos consejos, da inicio al entretenimiento, más que a la limpieza. Así, en un crescendo de luces, sonidos, y efectos especiales, desfilan por el escenario Cenicienta, huyendo en su carroza, Bella, bailando con su Bestia, el Rey León, a la cabeza de un desfile de animales, el Genio de la lámpara, marcándose un claqué, y, finalmente, la reina más codiciada, la reina más de moda, la Reina de Hielo, Elsa, con sus copos de nieve, sus amigos y, sobre todo, su canción tan famosa.

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Los cambiantes y coloridos escenarios

El musical es verdaderamente impresionante y su ritmo contagia a todos los asistentes, de todas las edades, con sus múltiples y cambiantes escenarios que se alternan en un universo de colores, canciones y mutaciones. Todo el mundo participa activamente cantando, riendo, aplaudiendo, danzando y saltando, y paulatinamente un verdadero embrujo, más que placentero, se apodera de nosotros.

Es magia, magia pura, magia real, magia de verdad, para mi y para todos los demás… con la única excepción de un Mickey desesperado que, con el lío de personajes y de números que se han sucedido en la buhardilla, ahora, solo y perdido, se enfrenta con un lugar mucho más desordenado que antes, casi destrozado.

El ratón está desolado: no podrá mantener su promesa y todo se quedará hecho un desastre.

Pero nunca hay que perder la esperanza, y con el regreso del mago del principio y de todos los príncipes, genios, animales y princesas que nos han cautivado con sus exhibiciones, Mickey, por fin, consigue cumplir a la perfección su tarea, confiando en el poder de una mágica baqueta y en la fuerza de su fantasía.

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Un mágico y deslumbrante gran final

Y con el menguar de la luna entre las estrellas, escondiéndose tras la cortina del firmamento y llevándose entre ellas a un noble brujo, orgulloso de su digno sucesor, Mickey Mouse Magicien, finaliza el deslumbrante espectáculo acompañado de un coral y familiar «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!».

Y después del teatro toca ahora el cine, pero no un cine cualquiera sino, para variar, un cine mágico, el “CinéMagique”.

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El «CinéMagique»

La hora de la sesión coincide con la de un tradicional deporte nacional español, la siesta, y mientras que los mayores se entretienen entre risas debatiendo sobre quien será el primero en echarse una furtiva cabezadita a escondidas…

“¡Luces, cámara y acción!”

En la enorme pantalla frente a nuestras cómodas butacas empiezan a sucederse unas simbólicas escenas en blanco y negro de la época del cine mudo que, sin quererlo, sólo contribuyen a que el sueño poco a poco haga mella en los cuerpos de los adultos. Pero, de repente, en la sala suena un móvil, cual inoportuno despertador. Nos miramos un poco desconcertados, algunos con los ojos ya medio cerrados, otros con los ojos ya medio abiertos, y, para nuestro asombro, asistimos impotentes a la desfachatez de un espectador sentado en primera fila que, con el infernal aparato entre sus manos, lejos de avergonzarse, ¡se pone a hablar, como si estuviera en su propia casa!

Mientras asistimos indignados a la escena, nos percatamos de que también los protagonistas de las películas que se están proyectando, distraídos y desconcertados por lo que están viendo y escuchando al otro lado de la pantalla, abandonan su “clásico” papel y se salen del guión…

Confundida por la situación que estamos viviendo, con este repentino intercambio de roles, reales y ficticios, decido limitarme a esperar a que alguien intervenga para amonestar a ese señor tan imprudente, hasta que, como si un genio, un hada o un mago hubiera leído mis pensamientos, un increíble castigo cae sobre el sujeto en cuestión…

El extraño personaje es literalmente atrapado por la pantalla, lanzado dentro de la misma, y convertido en un insólito actor mudo en blanco y negro, incapaz, para su gran desesperación, de comunicarse con su interlocutor telefónico. Y, por si todo ello fuera poco, recibe un certero puñetazo de un jeque enojado por su falta de respeto y educación.

Los asistentes, entre aturdidos y desconcertados por este “show en el show”, presenciamos las rocambolescas vicisitudes del aturdido espectador que ha pasado a estar fuera de lugar, en todos los sentidos, viéndose involuntariamente inmerso en la centenaria historia del cine, en una incesante huida de película a película, de escenario a escenario, de clásico a clásico, en una frenética y cronológica secuencia de acciones. Paulatinamente la concurrencia empieza a solidarizarse con el hombre del móvil y sus vivencias, a sufrir con él y por él, a temer por su vida y a palpitar por su amor platónico con una pálida y muda dama en blanco y negro de la que ha quedado prendado por el (cinematográfico) camino. Con nuestro protagonista que va progresivamente recuperando su original y rosea pigmentación, nos trasladamos a las primeras películas en color, al Lejano Oeste, en compañía de un bueno, un feo y un malo, entre las chimeneas londinenses de Mary Poppins y sus colegas o entre los charcos engañosos de un romántico Paris, donde éste, por fin, después de haber recuperado el habla, logra reencontrarse con su media naranja que le hace entrega de un valioso objeto perdido en una anterior escena… ¡el dichoso móvil!

Las imágenes y las bandas sonoras, tan sugerentes y evocadoras, nos envuelven con su magia y todos sin excepción, abandonado definitivamente el rencor y el resentimiento que nos provocó el principio de la historia, nos convertimos en fans de esa maravillosa pareja de cine, nunca mejor dicho, que, cual Romeo del futuro y Julieta del pasado, parece destinada a permanecer separada, arrasada por los espectaculares y arrolladores eventos cinematográficos que, sin querer, protagonizan, tales como los abismos de un oceánico “Octubre Rojo” o de un catastrófico “Titanic” o de las estelares “Guerras de las Galaxias”.

Cuando parece que, por fin, ha llegado el tan deseado y merecido final feliz para la pareja de película, una flecha envenenada, lanzada por un “príncipe de los ladrones”, y rompecorazones, nunca mejor dicho, alcanza inoportunamente a nuestro “héroe por un día” que, a pesar de su “corazón impávido” y de su noble gesta para defender con su propio cuerpo a su amada, a su particular Lady Marian, yace para siempre tendido en el suelo, como al principio de toda(s) esta(s) historia(s)…

En la sala reina un tenso silencio sepulcral, entre gritos ahogados y respiraciones contenidas: ¿Cómo es posible que la épica aventura amorosa acabe así, de esta forma tan trágica, de esta manera tan realísticamente shakespeariana? Nadie puede creer lo que está viendo, esa muerte tan absurda, esa pérdida tan desgarradora –te puedo asegurar, querido abu, que pude divisar en la penumbra las tristes miradas de mi tía, de mi madre y de mi nona y las furtivas lágrimas de mi tío, de mi padre, de mi hermano y de mi primo–.

La película se ha acabado, el amor no ha triunfado.

Pero de repente, un sonido más que familiar y (esta vez) increíblemente agradable para los oídos de todos los asistentes, empieza a difundirse por la sala. Se trata del dichoso y, más que nunca, providencial móvil, un móvil oportuna e increíblemente resistente, capaz de salvar la vida de la gente.

¡Aquí está el gran final, el final con sorpresa, el final feliz!

Sólo falta un último detalle para que nuestra pareja preferida pueda por fin estar junta y vivir de verdad entre nosotros para siempre… Sin embargo, a pesar de la ayuda de una espada embrujada, capaz de atravesar literalmente la pantalla cinematográfica para que los dos protagonistas puedan compartir dimensión –eso sí, sin teléfono móvil–, ella no consigue abandonar la escena, quedando atrapada en la realidad de una película o en la ficción de una realidad que empieza a perder color, son y ton, devolviéndola al mudo cine en blanco y negro.

La despedida de los dos no puede ser más cruel y escenográfica.

De nuevo, entre suspiros y lágrimas, me pregunto desesperada el porqué de ese destino tan adverso, de esas dos vidas trágicamente separadas. Pero una vez más, como si alguien me hubiera leído el pensamiento, se produce una nueva magia, la mejor de todas, la magia del cine y, sobre todo, la magia del amor, que hace posible lo imposible.

Es él, nuestro héroe, el que decide abandonar su vida real para volver al mundo de ella, de su amada, al mundo de los sueños, a un mundo de película y, una vez allí, abrazando a su princesa, la besa como nunca, como esa increíble sucesión de besos inmortales, de besos inolvidables, de besos sin iguales que discurren ante los húmedos ojos de los entregados espectadores. Una melodía arrolladora subraya la romántica escena mientras que los dos enamorados se alejan al horizonte, corriendo libres y felices hacia un castillo, un castillo de ensueño, un castillo de cuento –¿sería el de Disneyland, querido abu?– para vivir allí juntos y felices, comiendo perdices…

¡Qué grande es el cine!… y ¡qué bonito es el amor!

Tras un aplauso ensordecedor, abandonamos la sala con el corazón encogido, emocionados y satisfechos a la par, tanto que casi todos   estamos de acuerdo en dar por concluida esta espléndida jornada de película con este broche de oro.

Pero entre nosotros hay alguien que quiere más: ¿Quién será?

¡La súper “nona-nena”!

Precisamente ella que, haciendo acopio de esa portentosa energía fruto de la combinación entre el gozo y el estupor, se acuerda de que en un rato empieza en el Disneyland Park el desfile que vimos o, mejor dicho, oímos, ayer y nos propone dirigirnos rápidamente allí.

Dicho y hecho, ya estamos otra vez en “Town Square”, al lado del templete central, sentados en una acera a la espera de la inminente llegada de los personajes Disney. Al compás de las pegadizas canciones que todos conocemos, entre la algarabía de grandes y pequeños, por fin divisamos las suntuosas carrozas que recorren “Main Street U.S.A.”, en lo que parece un atípico carnaval brasileño por tierras de Francia.

En esta “Disney Magic on Parade” no falta nada ni nadie.

Está Blancanieves con su príncipe azul y Merlín con su gorro puntiagudo, el Rey León con sus amigos y las salvajes criaturas de El Libro de la Selva, Elsa entre hielos y estalactitas y Robin Hood con su amada, Alicia rodeada por unas tazas y Pinocho por marionetas, los juguetes de Toy Story saliendo de un libro y Winny Poo bailando bajo un manzano, Peter Pan y el Capitán Garfio a bordo de una carabela y Mary Poppins en un tiovivo al lado del Big Ben…

Y un nutrido cortejo de hadas, damas, reinas, elfos y soldados que acompañan la fastuosa llegada de los reyes absolutos de este universo tan pintoresco: Mickey y Minnie, al resguardo de un templete parecido al nuestro, bajo la luna y las estrellas, de mar y del cielo, entre flores y guirnaldas, unidos a Goofy y Chip y Chop, entre otros, por un colorido “puente de los suspiros” que, efectivamente, nos hace suspirar repetida y profundamente por la alegría y la emoción.

Y con ese insuperable gran final, esta vez todos juntos, sin ninguna exclusión, decidimos dar por concluido de verdad este día de cine, de películas y de ficción muy real…

[Continuará… ]

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Disneyland París: En el nombre del abu (Primer día – Disneyland Park)

[… Sigue]

¡Ya está! Ecco qua! Et voilà!

Por fin ha llegado el día tan esperado, el día tan deseado.

Familiarizados con los chequeos de seguridad, y con la cola más rápida para los que no llevan bolsas o mochilas, orientándonos a la perfección gracias a la fructífera expedición del día anterior, con un placentero nerviosismo en el cuerpo, nos acercamos rápidamente a los tornos de acceso al “Parque Disneyland”, donde unos empleados disfrazados de doncellas y escuderos, o eso me parece, nos esperan para validar nuestras entradas deslizándolas por el correspondiente lector de códigos de barras –no puedes imaginarte, querido abu, cuanto miedo tenía de que nuestra aventura familiar finalizara allí mismo, sin ni siquiera haber empezado, por cualquier fallo técnico, error humano o imprevisto del destino– y, uno tras otro, todos conseguimos superar sin problemas esa muralla de control levantada entre nosotros y la diversión.

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Mapa del «Parque Disneyland»

Tras recoger unos cuantos mapas del lúdico conjunto, pasamos bajo la estación principal del “Disneyland Railroad”, el panorámico tren de vapor que recorre todo el perímetro del parque, y, como si hubiéramos cruzado un espejo mágico, nos trasladamos a un nuevo escenario, el del ambiente victoriano de “Main Street U.S.A.”.

Nos encontramos en “Town Square”, en la plaza de una pequeña ciudad estadounidense de principios del siglo XX, dominada por un hermoso templete central y por el “City Hall”, el Centro de Información para Visitantes. Desde unos vistosos coches de caballos, los de “Main Street Vehicles”, unos individuos nos dan la bienvenida tocando sus bocinas mientras observamos unos caballos, estos sí de carne y hueso, que tiran un tranvía, el “Horse-Drawn Streetcars”, similar a los que recorren las calles de la amada ciudad de nacimiento de mi madre, Milán.

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A piedi, en familia, por las calles de «Main Street U.S.A.»

Como de costumbre, las más expresivas somos las mujeres y mi primito que, eufórico, metido de lleno en el papel, no deja de pegar saltos de alegría, de gritar y de correr por todos los rincones del pintoresco municipio, aún a riesgo de perderse. Mientras recorremos la concurrida calle principal, flanqueada por tiendas, galerías, terrazas, bares-saloon y hasta una barbería de época, la “Dapper Dan’s Hair Cuts”, me divierto observando a mi tía, que no para de sonreír, a mi madre, que no para de hablar, y, sobre todo, a mi nona, que nunca antes ha estado en un parque temático y que no para de repetir, como si fuera la rima de una poesía o el estribillo de una canción: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!».

Por el contrario, los hombres, conforme a su papel, fingen indiferencia, con la fugaz excepción de mi padre que esboza una tierna sonrisa frente al escaparate de un local centenario, “Lilly’s Boutique”, cuyo nombre le trae a la mente el cariñoso apodo con que me llama frecuentemente, requiriéndome de inmediato para una necesaria foto. Pero nada más llegar a la “Central Plaza”, justo enfrente del emblemático castillo, todas las varoniles resistencias se vienen abajo, cayendo como torres de arena arrastradas por una ola.

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El emblemático castillo

El edificio, con sus altas espirales, sus torres adornadas, sus azoteas majestuosas y sus vidrieras de colores, es sencillamente bello, como sólo en los sueños, o en ese parque, puede serlo, y los adultos, todos, después de haber empuñado sus smartphones y cámaras digitales, empiezan a “disparar” fotos en todas las direcciones para un nutrido reportaje familiar. Yo, sintiéndome una vez más como en mi propia casa, poso encantada delante del icónico edificio con mi corona, sola, con mi hermano, con mi primo, con mis tíos, con mis padres y con mi nona…

Después de un centenar de instantáneas, más o menos estáticas, más o menos conseguidas, por fin nos adentramos en la regia construcción: desfilamos ante sus curiosos árboles cuadrados, cruzamos el puente sobre el lago con cascada incorporada que abraza sus cimientos, pasamos por debajo de su majestuoso portal y recorremos su sorprendente planta baja hasta que alcanzamos el corazón del reino de la fantasía:

¡“Fantasyland”!

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Panorámica del fantasioso reino de la fantasía: «Fantasyland»

Lo que aparece ante nuestros ojos es indescriptible; rodeados de decenas de atracciones y presa de una sinfonía de colores, sonidos y olores, probamos unas sensaciones y emociones nunca antes vividas. Esta vez es mi hermano el que abandona su pose de “niño mayor”, esa que acentúa en presencia de mi primo y mía, e, incapaz de seguir disimulando sus sentimientos, explota en unas sonoras risas que, poco a poco, contagian los ánimos de todos, incluidos mi padre y mi tío que, víctimas de la euforia colectiva, empiezan a chincharse, picarse y gastarse bromas como si fueran dos adolescentes de verdad. Pero, a pesar de la alegría, tenemos que tomar una decisión muy seria: elegir entre tanta abundancia.

Todos queremos montarnos en todo y nadie quiere renunciar a nada: es imposible seleccionar, es imposible descartar. Así que, después de haber consultado repetida e inútilmente el mapa del parque en busca de un válido criterio a adoptar, tras un largo e intenso debate familiar, decidimos optar por el de la menor edad, en consonancia con el fantástico mundo al revés en el que nos encontramos, en el que los mayores reviven su infancia y los pequeños juegan a ser adultos; en consecuencia, será el más joven el que tome las riendas de la situación.

En esta tesitura, mi primo, ni corto ni perezoso, dicta sentencia gritando al cielo el nombre que tiene en su cabeza desde el principio: ¡Peter Pan!

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«Peter Pan’s Flight»

Dicho (¡o gritado!) y hecho, ya estamos todos a bordo de un galeón mágico que, en lugar de deslizarse por el mar, sobrevuela entre las estrellas los techos londinenses, en un nocturno iluminado sobre el Támesis, el Big Ben y el Tower Bridge. Así, en compañía de Campanilla y meneados por los pensamientos positivos, alcanzamos el País de Nunca Jamás, con sus cimas volcánicas y sus resplandecientes cataratas, entre niños perdidos, sirenas y piratas, y, después de asistir a un intrépido duelo entre el Capitán Garfio y el victorioso Peter Pan, retornamos a la realidad londinense, y a la vez parisina.

Entre confundidos y desorientados aterrizamos de este “Peter Pan’s Flight”; mi primo, ansioso y desesperado, no para de preguntar si el que había volado a su lado era de verdad su personaje favorito, mientras que mi nona, como un disco rayado, no para de repetir esa constante tríada exclamativa: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» –no sabría decirte, querido abu, quién de los dos estaba más impresionado, si el pequeño que, por su tierna edad, aún no distinguía claramente la realidad de la ficción, o su abuela que, en ese peculiar recorrido, había experimentado una placentera conversión, de sabia nona a despreocupada niña, como yo o, como tú dirías, en eterna “nena”, alegre y serena…–.

Pero las sorpresas, y la magia, no acaban aquí…

Pinocho, Blancanieves y Dumbo nos esperan. Montados en coches de madera, carros mineros o elefantes voladores, “Les Voyages de Pinocchio”, “Blanche-Neige et les Sept Nains” y “Dumbo, the Flying Elephant”, nos trasladan a otros mundos entre hadas madrinas, brujas malvadas y ratones generosos, cruzando bosques obscuros, casitas de muñecas y circos de renombre.

Es un continuo viaje de ida y vuelta entre la mentira y la verdad, un infinito “Carrousel alrededor de la fantasía y la realidad, como el esculpido a mano, de Lancelot” que, con sus nobles corceles danzantes, domina simbólicamente el centro de esta tierra. 

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«Le Carrousel de Lancelot»

Y como si todos estos giros de diversión no bastaran para desorientarnos hasta marearnos, literalmente, las cuatro mujeres, o mujercitas, de la familia decidimos adentrarnos en un país de las maravillas, paralelo al que nos encontramos, el del “Alice’s Curious Labyrinth”.

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«Alice’s Curious Labyrinth»

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¡Una laberíntica duda amlética!

Y así, a gusto y adrede, perdemos nuevamente el norte, moviéndonos en todas las direcciones, siguiendo engañosas y contradictorias indicaciones, entre setos cuidados y puertas de diferentes dimensiones, esquivando animales alocados y soldados de papel enfurecidos, subiendo y bajando, deambulando en círculo, en cuadrado y en rombo, dando tumbos sin descanso hasta el (ya no tan deseado) destino final, es decir, la salida del curioso laberinto.

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El rechoncho castillos de dos atípicas «Rapunzelas»

Pero alguien por el camino se ha perdido de verdad, o quizás de mentira, ya que en el recuento familiar faltan dos personas. Sin embargo, la momentánea angustia desaparece de inmediato cuando los “supervivientes” divisamos en lo alto de la torre de un castillo muy rechoncho, las figuras esplendidas y esplendorosas de las desaparecidas, mi tía y mi madre, que, cuales divertidas “Rapunzelas”, se tiran fotos mutuamente desde las alturas, ajenas a todo, y a todos, hasta que advierten la presencia de sus maridos en la lejanía que, con aspavientos, parecen cantarles, no dulces serenatas, sino las cuarenta, las cincuenta y hasta las sesenta; pero ellas se muestran indiferentes y, ante las divertidas miradas del resto de la compañía, siguen despreocupadas en las alturas, reinas por un día, reinas por sorpresa o reinas de corazones, disfrutando a lo grande del momento de geográfica supremacía ¡y de dúplice monarquía!

Una vez finalizada la regia tarea fotográfica, las dos deciden regresar con nosotros, comunes mortales, y, aparcados los reproches, decidimos emprender camino hacia la tierra de la aventura y de los exploradores: “Adventureland”.

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La exótica ciudad de Agrabah

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El enfurecido Jafar

Tras atravesar un pasaje encantado, llegamos a un exótico territorio, una bulliciosa alcazaba con un bazar muy concurrido: es Agrabah, la ciudad de Aladino. Aquí, sin embargo, no hay ni rastro de lámparas, ni de genios, ni de alfombras voladoras, pero sí de un enfurecido Jafar con su bastón mágico en forma de cobra que intenta hipnotizarnos.

Nos ponemos a correr y, sin saber bien cómo, acabamos en un lugar aún más peligroso…

Rodeados por una densa vegetación, divisamos a lo lejos, entre esbeltas palmeras y árboles seculares, el mástil de un velero abandonado a su destino que, anclado a una enorme roca-calavera, tiene todo el aspecto de albergar fantasmas del pasado:

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Un velero abandonado y…

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…la roca-calavera de «La Plage des Pirates»

¡Estamos al borde de unas aguas muy peligrosas, de «Pirates’ Beach«, infectadas de bucaneros despiadados!

A pesar de la inquietante perspectiva, decidimos embarcarnos en un navío con rumbo a un horizonte muy oscuro, convencidos de que es mejor enfrentarse a lo desconocido que a la legendaria hipnosis del malvado visir-brujo que acabamos de dejar atrás, y con el ruido de fondo de espadas forcejeando con violencia, de bucaneros gritando maldiciones y de cautivos suplicando por su liberación, nos precipitamos literalmente en la profundidad de los abismos, entre fuegos, luchas y explosiones…

¡Es el infierno al estado puro!

Afortunadamente logramos escapar de ese panorama dantesco, sanos y salvos, sin un rasguño, tan sólo mojados por algunas gotitas de sudor, o quizás de agua, llenos de orgullo por haber superado la rocambolesca prueba de los “Pirates of the Caribbean”.

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«Pirates of the Caribbean»

Entusiasmada por el recién adquirido título de capitana experimentada, la nona sigue repitiendo con vigor su lema de batalla –«¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–, hasta que es bruscamente interrumpida por unos auténticos piratas que nos esperan a la salida de esta fortaleza  asediada, intimidándonos con sus miradas inquisidoras y rodeándonos con sus instrumentos de tortura… ¡musical! –en realidad, querido abu, sus violines, tambores, guitarras y acordeones emitían unas melodías muy placenteras y sus canciones, de batalla o de botellas, eran tan contagiosas que uno tras otro nos unimos a la alegre compañía de los pícaros bribones, salvo “los duros” de la familia, impacientes por llegar a una atracción que recordaban de su primera experiencia “disneylandiana”, veinte años atrás: “Indiana Jones et le Temple du Péril”–.

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Unos cantos de batalla… ¡o de botellas!

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«La Cabane des Robinson»

Después del concierto, desfilamos al lado de una curiosa casa-árbol rodeada por cuerdas, puentes colgantes y pasarelas, “La Cabane des Robinson”, y unos pocos metros más allá, entre la densa maleza, avistamos la cima de un templo maldito, puede que maya puede que azteca, del que provienen unos gritos desesperados.

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«Indiana Jones et le Temple du Péril»

La histórica construcción, en efecto, oculta en su interior una increíble montaña rusa, de curvas cerradas, descensos verticales y paradas muy bruscas.

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Unas misteriosas y montañosas ruinas

A pesar de su secular afán por adentrarse en todo lugar evocador y perteneciente al pasado, esta vez, por extraño que parezca, mi madre decide omitir la visita, quedándose a los pies de las misteriosas y montañosas ruinas con los más pequeños de la familia, es decir, mi primo, la “nona-nena” y yo, mientras que mi padre, mi hermano y mis tíos se montan en el primer carro disponible para, instantes después, desaparecer en la oscuridad, empujados por fuerzas espantosas, engullidos por túneles sinuosos, atrapados en espirales de serpientes de roca y giros sin control –como bien puedes suponer, abu querido, los “cuatro fantásticos” salieron de la intensa y arqueológica expedición entre exaltados y mareados–.

Después de tantas emociones, llega la hora del “reposo de los guerreros”, y también de reponer fuerzas, para afrontar con ánimo y vigor la conquista de los dos territorios del lúdico conjunto que nos quedan por explorar.

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«Discoveryland»

El primero de ellos es “Discoveryland”, la única tierra que recuerda mi madre de sus escapadas al entonces denominado Eurodisney con sus amigos universitarios durante su estancia “Erasmus” en la Facultad de Derecho “René Descartes”, en París, hace ya más de veinte años. Nos habla con nostalgia de una legendaria y, por entonces, recién estrenada montaña rusa, “Space Mountain – De la Terre à la Lune”, dedicada a Julio Verne, uno de sus autores preferidos, y aprovecha para relatarnos la historia del homónimo y pionero libro dedicado a las aventuras de tres alocados héroes empecinados en ser disparados a través de un enorme cañón para alcanzar el popular satélite a bordo de un portentoso misil-proyectil. Y, como por arte de magia, al finalizar su relato, se materializa ante nosotros esa increíble obra de ingeniería que, con su aspecto vintage, de formas redondeadas y colores matizados, parece de otra época, y que nos traslada a un mundo fantástico poblado por audaces soñadores y viajeros atrevidos, como los que ahora emulan, y hasta superan, los límites del originario viaje “de la tierra a la luna” en la rebautizada, y renovada, “Space Mountain-Mission 2”.

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«Space Mountain – De la Terre à la Lune»

Con respeto, casi con temor, grandes y pequeños observamos el impresionante tren cápsula, listo para catapultar hacia el cielo a una velocidad supersónica, tras una escalofriante cuenta atrás, a los temblorosos astronautas, cuyos rostros aterrados divisamos por unos pocos segundos a través de una ventana lateral, antes de su cierre definitivo.

Observando pensativa la monstruosa atracción e incrédula de su valor de antaño, mi madre se esfuerza sin éxito en disuadir a mi hermano, mi padre y mis tíos de su propósito de acometer la sensacional empresa espacial. Sin embargo, ellos se mantienen firmes, deseosos como están de alcanzar el firmamento y, a ser posible, regresar a la tierra de una pieza, demostrándose a si mismos y a todo el mundo su valor. Frente a su incomprensible, casi insana, decisión, a los demás no nos queda otra que despedirles calurosamente, como si fueran a salvar nuestro planeta de un pavoroso “armageddon”, antes de ver como desaparecen entre las nebulosas, los meteoritos y las estrellas…

Afortunadamente, después de una larga y sufrida espera, vuelven a aparecer todos de una pieza, tambaleantes pero satisfechos por haber superado sus miedos y, sobre todo, incapaces de confesar si habían disfrutado o sufrido con la alucinante aventura a una velocidad vertiginosa.

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La mejor atracción del día: «Autopia»

Llegados a este punto, todos coincidimos en que es mejor relajarse conduciendo unos tranquilos coches del futuro, ¡de los años cincuenta del siglo anterior!

Por parejas, a bordo de estos furiosos bólidos que parecen absurdamente salidos del pasado de la película “Regreso al futuro”, yo, con papá de copiloto, tomo las riendas o, para ser más exactos, el volante de la situación y me dispongo a pisar a fondo el acelerador, respetando, eso sí, el límite de los 180 ¡decámetros por hora! Me lanzo a toda velocidad por el colorido recorrido a través de densos bosques, parques nacionales y jardines pintorescos, acelerando, frenando, girando a derecha e izquierda hasta detenerme ante un autoritario semáforo en rojo que intenta lidiar con el intenso tráfico viario.

¡Qué viaje tan maravilloso! ¡Qué viaje tan extraordinario! ¡Qué viaje tan hermoso! ¡Por fin mi utopía de conducir un coche antes de llegar a la mayoría de edad, y sin carnet, se ha hecho realidad!

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«Buzz Lightyear Laser Blast»

Entusiasmados, los pequeños dejamos atrás esta “Autopia”, que hemos elegido como la mejor atracción del día, y, siguiendo los consejos de los grandes, renunciando al deseado bis, nos animamos a probar una nueva, y cercana, atracción en la que el tiempo de espera es (un poco) inferior: “Buzz Lightyear Laser Blast”, una guerra láser en la que mi primito quiere participar a toda costa, ya que está inspirada en su personaje preferido de “Toy Story”. Me uno entonces a los varones, camino de batalla, mientras que la nona, mi tía y mi madre deciden quedarse fuera de(l) combate, aprovechando para emplear el tiempo en sus respectivas tareas favoritas: buscar regalos para la familia, comprar víveres para la merienda y consultar tranquilamente sus mapas y guías, a la espera de la inminente exhibición en el “Discoveryland Theatre”.

Pero aquí, en el parque, las sorpresas no se acaban nunca…

A los pocos segundos de sentarse en un banco cerca de la entrada del teatro, mi madre es inexplicablemente abordada por un joven encantador, armado con escoba y recogedor y, por ende, con aspecto de encargado de la limpieza, que, ni corto ni perezoso, le pregunta el porqué de su aire tan pensativo, sin reparar en que es el resultado de una improvisada, y mal disimulada, siesta. Extrañada por la inesperada pregunta y tratando de recuperar la compostura, mamá le explica que estaba soñando con los ojos abiertos en ese (breve) momento de soledad… Sin reparar mucho en la respuesta, sonriente y silencioso, sin prisa pero sin pausa, el curioso barrendero prosigue con su tarea: moja la fregona-escoba en el cubo-recogedor, la desliza por el suelo y acto seguido comienza a barrer con arte y maestría, trazando dos círculos por aquí, media circunferencia por allá, una elipse por acullá… Mi madre asiste, primero distraída y después ensimismada hasta que repara en la increíble estampa dibujada a sus pies: ¡La sonriente cara de Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

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¡Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

Cuando los demás nos reunimos allí, en el punto de encuentro establecido, cada uno de vuelta de su misión, el artista ya se ha esfumado, pero su dibujo, que parece animado, hecho realidad gracias a su destreza y a la mezcla de agua mágica y polvo de estrellas contenida en su supuesto cubo-recogedor, sigue reluciendo en el suelo en la enésima, y apreciada, muestra de confusión entre la fantasía y la realidad.

No podemos evitar tomar unas cuantas instantáneas de la atípica obra de arte antes de acceder al adyacente teatro-cueva, donde gracias a la “Jedi Training Academy” aprenderemos a luchar con espadas láser y a tomar el control de nuestra Fuerza poderosa.

Tras la instructiva clase, confiados, nos atrevemos a embarcarnos en un curioso submarino, cuya forma exterior recuerda la de un peligroso aligátor.

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«Les mystères du Nautilus»

Se trata, nada más y nada menos, del famoso Nautilus verniano, listo para zarpar camino de las veinte mil leguas bajo el mar, o bajo un disneylandiano lago artificial. Deambulando por sus corredores, sólo rotos en su oscuridad por unos singulares ojos de buey “con sorpresa”, bajamos a la sala de máquinas, en plena y electrizante actividad, y sorteando tentaculares apariciones, curiosas invenciones y cabezas de tres, o a lo mejor cuatro, dimensiones, viajamos en compañía del Capitán Nemo entre la Atlántida y la Polinesia hasta alcanzar finalmente la superficie y la tierra firme.

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«Frontierland»

Una vez descubiertos “Les mystères du Nautilus”, nos aguarda nuestro último destino, el que llevo esperando todo el día, ya que me lo han aconsejado repetidamente mis amigas del colegio. No es un castillo, ni un palacio real, ni tampoco una casa señorial, sino más bien una mansión, una mansión encantada, una mansión embrujada, ubicada en una lejana tierra de frontera, “Frontierland”, en el límite extremo de un Oeste muy Lejano.

Tras bordear un extenso lago dominado por un sinuoso cañón en el que se esconde, como engullida por la tierra, la espeluznante mina del pueblo fantasma de Thunder Mesa, la “Big Thunder Mountain”, vemos por fin aparecer la silueta de una inquietante casa de tonos grises, enrocada en la cima de una colina solitaria, que a los “pequeños” nos recuerda la extravagante demora de la “Familia Monster” y a los mayores el todavía más escalofriante motel de la hitchkockiana “Psicosis”.

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«Big Thunder Mountain»

De un modo u otro, a ninguno nos parece que su aspecto exterior prometa nada bueno y, menos aún, algo (o alguien) encantador.

A pesar de ello, insisto tozudamente en entrar, y no sólo para poder contar a mis compañeras que he estado allí, sino también para demostrar que no soy tan miedosa como todo el mundo cree.

Accedemos entonces por una lúgubre verja, subimos por un camino empinado y, después de unos cuantos escalones, por fin nos encontramos en la (supuesta) sala de espera… Pero, de buenas a primeras, se apagan las luces, el suelo –o puede que sean las paredes– empieza a moverse, los espejos a doblarse y una voz inquietante a murmurar historias aterradoras.

Presa del miedo más profundo, y ya arrepentida por mi fingida valentía, estrecho fuerte la mano de mi madre, temiendo que a lo largo de esta terrorífica presentación aparezca repentinamente un ser repugnante…

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«Phantom Manor»

Sin embargo, lo que se presenta ante nosotros, a la salida de ese tenebroso vestíbulo-ascensor, en la planta baja de la mansión, es un inofensivo sillón, deseando ser ocupado por una pareja atrevida, como la que formamos mi nona y yo. Nada más sentarnos, el artilugio empieza a deslizarse, adentrándose por los oscuros meandros de la casa, a la vez que se advierte la presencia de unas criaturas muy extrañas que se materializan con sus gritos, sus susurros o su invisible esencia. Lo que nos hace estremecer es un malvado fantasma, el mismo que lleva siglos acosando a una desafortunada novia espectral de mirada ausente que espera a su prometido en una maldita sala de ceremonias con su vestido blanco, roto y sucio, y su ramo marchitado.

Una banda sonora de sofocadas canciones de amor y redundantes sonidos de terror nos acompaña, pero la nona y yo no nos inmutamos y, altivas, abandonamos la mansión presumiendo de nuestra bravura ante mis tíos y mi primo que, por prudencia, se han quedado fuera del angustioso recinto. Disimuladamente, temblando por dentro y sonriendo por fuera, sugerimos alejarnos de aquí cuanto antes, por si acaso… Sin embargo, un inquietante mayordomo que nos acaba de despedir en lo alto de la colina, a las puertas de la casa encantada, parece dispuesto a impedírnoslo…

Como por arte de magia, el sirviente, que se revela (sospechosamente) un tipo afable, ha tardado unos pocos segundos en personarse unos centenares de metros más abajo, al lado de la cancela de entrada, en una especie de guarida para él reservada. Con su actitud encantadora (extrañamente encantadora) se gana la confianza de todos y, por casualidad (¿o no es tanta casualidad?), descubrimos que ha jugado en el mismo equipo de fútbol que mi hermano y que vive en Madrid bastante cerca de nuestra casa (no embrujada).

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El simpático, y real, mayordomo

Pero yo, a diferencia de los demás, después de la reciente experiencia paranormal, prefiero no fiarme de él y de su (¿disimulada?) amabilidad, asaltada por las dudas: ¿Cómo ha llegado tan rápido hasta aquí? ¿Será en realidad quien dice de ser o será uno de los espectrales inquilinos de la mansión, un fantasma disfrazado de mayordomo, un alma en pena aparentando alegría? Se me ocurre que sólo hay un modo de comprobarlo, así que sugiero hacernos unas fotos con el ambiguo personaje… Respiro aliviada al comprobar que su imagen, aparece nítida en la pantalla de la cámara digital, con una sonrisa pícara y burlona dibujada en su cara… Ya no cabe ninguna duda de que el cordial joven es ser cien por cien real, un humano de carne y hueso, un cuerpo vivo y material.

Más relajada, me uno a la colectiva despedida y a la promesa de encontrarnos en el futuro en el campo de fútbol en que él ejercía como portero y mi hermano como centrocampista, dejando definitivamente atrás esta “Phantom Manor”, sobre la que se ciernen unas nubes amenazadoras y que nos ha reservado más de una sorpresa.

Ya se ha hecho tarde y, muy a nuestro pesar, va siendo hora de dejar atrás el magnífico parque… ¡por hoy!

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«La Tanière du Dragón»

Pero una vez más alguien se interpone en nuestro camino, en este caso un dragón enfurecido, que echa humo por sus narices y nos escruta con sus ojos enrojecidos.

Asustado, mi primo se arrima a mí y me pregunta si ese fantástico animal alado, atado con cadenas en las mazmorras del Castillo de la Bella Durmiente, es real. Yo, indecisa me decanto por contestarle con una mentira piadosa para no frustrar su emoción y, de paso, demostrarle mi “legendaria” valentía. Y así, protegiéndole con mi cuerpo, como una superheroína, le tomo la mano y me lo llevo lejos de esa obscura “Tanière du Dragón”.

Ya en la superficie, bajo la luz del sol, nos disponemos a retomar, o por lo menos lo intentamos, el recorrido hacia la salida. Pero nuevamente nos damos cuenta de que no es tan fácil abandonar el gigantesco Disneyland Park que en cada rincón esconde una sorpresa.

Se trata ahora de unos cantes muy pegadizos que nos atraen a todos de modo irresistible, cuales pobres náufragos perdidos en este exterminado océano de la diversión, deseosos en todo momento de ser seducidos y raptados por unas cautivadoras sirenas, convencidos de no querer emular las míticas gestas de Ulises y sus compañeros de tripulación…

Así que, encantados una vez más, nos dejamos atrapar por el increíble y suntuoso desfile de los personajes de Disney que saludan a propios y extraños desde sus carrozas, como si de una atípica cabalgata se tratara, sin ilustres Reyes Magos de Oriente pero con pintorescos príncipes, héroes y princesas del universo de los dibujos animados. Sin embargo, el recorrido está a punto de finalizar, así que, reconfortados por la solemne promesa de los mayores de presenciarlo en los días siguientes, por fin cogemos nuestra lanzadera y regresamos al hotel.

Pero el día, y la noche, ni por asomo, han acabado…

Después de un breve descanso y una cena más que placentera en nuestro hotel, ya estamos otra vez todos juntos de vuelta al parque para vivir el “Disney Dreams”.

Falta casi una hora para el inicio del célebre y galardonado espectáculo del que tanto me han hablado mis amigas, y el palacio real y sus fuentes ya están magníficamente iluminadas para la nocturna ocasión.

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El hotel-palacio real vestido de gala para el espectáculo nocturno

Otro centenar de fotos después, accedemos al parque donde millares de familias ya están buscando un sitio para acomodarse, sea donde sea, en las aceras de la calle principal, en las barandillas de los arriates o en las escaleras del templete central. Nos decidimos por este último pues, a pesar de tratarse del lugar más alejado del escenario, creemos que, desde allí, gracias a su elevada ubicación, podremos disfrutar de la mejor perspectiva, como bien ha observado mi padre, habilidoso fotógrafo amateur. Y así, de pie, en ese limitado y pintoresco espacio circular, esperamos impacientes que den las once para que el castillo y su Bella Durmiente, por fin, se despierten.

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El castillo (y la Bella) durmiente, a punto de despertar

Emocionada, cuento los minutos, como si fuera una Cenicienta del siglo veintiuno, anhelando la toccata, de los once tañidos que, sesenta minutos antes de la fatídica y legendaria medianoche, no precede a la fuga, sino que anunciará el punto de partida del espectáculo. Pero, para mi gran alegría, casi media hora antes de lo establecido, empieza el espectáculo de los fuegos artificiales: una interminable sucesión de disparos se catapultan sobre el cielo dando lugar a una singular lluvia de colores al compás del baile acuático de unas fuentes que lanzan al aire cascadas sorprendentes, una mágica danza del agua y del fuego, que me recuerda mucho a la del “Árbol de la Vida” de la Expo milanesa, se funde en una especie de vals arrasador de gotas pirotécnicas e hidrológicas que se combinan en armonía bajo las estrellas…

Asombrados, casi petrificados, por la inesperada exhibición, a duras penas conseguimos aplaudir, cautivados por estos sensacionales diez minutos que, en realidad, no son más que un mero aperitivo, un escenográfico preámbulo, de la impactante presentación que está por llegar.

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Luces, cámara y…

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… ¡Acción!

Y, en efecto, cuando aún estamos recuperándonos de tantas emociones, suenan imperiosas las once campanadas y, como si de un cuento animado se tratara, el magnífico castillo empieza a teñirse de diferentes colores, como si ese arco iris infinito de azules, rojos, amarillos, verdes y violetas quisiera despertarle.

Dicho y hecho, a los pocos segundos su estática y regia silueta empieza a cobrar vida, sus torres se transforman y sus muros se amoldan a unos diferentes personajes que, trepando por sus paredes exteriores, hacen alarde de sus poderes: Peter Pan, Cenicienta, Aladino, Campanilla y muchos, muchísimos más.

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Efectos láser y fuegos artificiales

Al mismo tiempo, unos magníficos fuegos artificiales, aún más espectaculares de los anteriores, explotan en todas las direcciones, alumbrando las escenográficas apariciones entre dulces y famosas canciones y fuertes sonidos rompedores, tatareadas, las primeras, e imitados, los segundos, por todos los espectadores.

El show nos atrapa con sus efectos láser, con sus historias y con las provocadas emociones: sufrimos, volamos, soñamos, reímos, cantamos, gritamos, gozamos y lloramos de alegría, hasta la catártica lluvia final, esta vez de aplausos irrefrenables, que se descarga con toda su violencia e intensidad sobre el Castillo de la Bella Durmiente, el castillo más bello del mundo, el castillo de un sueño hecho realidad…

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El apoteósico gran final del castillo de ensueño y de un sueño… ¡hecho realidad!

Tan real como nuestra fuga, esta vez sí, al más puro estilo de Cenicienta, hacia el autobús que nos llevará de vuelta al hotel. Lo divisamos a lo lejos, con los motores ya encendidos, listo para arrancar camino de su última carrera, como en “Cars: una aventura sobre ruedas”, y emprendemos entonces nuestra peculiar yincana familiar, con los hombres por delante, las mujeres por detrás y nosotros, los niños, en medio, con uno que se cae, pero se incorpora de inmediato, otro que se duerme y acaba en los hombros de su papá y yo que me arrastro por las aceras, pero sigo sin parar… Y así, un paso tras otro, con prisa y sin pausa, nos vamos acercando al despiadado monstruo motorizado. Faltan un par de centenares de metros para la meta; mi padre, seguido por mi hermano, ya lo ha alcanzado e interpone su cuerpo entre sus puertas para evitar que éstas se cierren… Parece que su esfuerzo será en vano dado que los demás estamos a punto de claudicar; el esfuerzo ha sido descomunal y las piernas flaquean, las fuerzas nos abandonan, la voluntad vacila… No podemos, casi no queremos… Pero entonces una mano invisible –¿Eras tú, querido abu, o era el genio de la lámpara?– nos da un último empujón para lanzarnos en un sensacional sprint final… Aceleramos improvisamente, volamos como en una alfombra mágica inexistente y, de un sorprendente salto, subimos al autobús que, implacable, ya ha empezado a moverse. Los pasajeros, de todas las edades, culturas y nacionalidades, nos dan una calurosa bienvenida a bordo, con una ovación en toda regla. Y así, entre vítores, felizmente agotados, nos unimos entusiasmados a la espontánea fiesta colectiva a bordo de esa lanzadera que, rauda, se aleja del castillo embrujado convirtiéndose en una hermosa carroza con forma de calabaza –este último detalle sólo era fruto de mi imaginación, querido abu–.

Y con este broche de oro, me voy a acostar en mi cama, esperando tener dulces sueños, feliz de haber podido vivir la realidad de ensueño de Disneyland París.

–Buenas noches, querido abu. Buona notte, caro abu. Bonne nuit, cher abu–.

[Continuará… ]

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Disneyland Paris: En el nombre del abu (Introducción)

Érase una vez…

¡Un abuelo! O, mejor dicho, un abu, que vivía en Jerez.

Una mañana cualquiera, de vuelta a casa de su habitual paseo matutino, más satisfecho que de costumbre, y con una prometedora y pícara sonrisa en los labios, le comentó a su mujer, la abuela o, mejor dicho, “la nona” –tal y como ella, tan joven y tan coqueta, deseaba que le llamaran sus nietos, españolizando el término italiano de “nonna”– que quería organizar un viaje en familia a Disneyland Paris con sus nietos y respectivos progenitores. Ella, obviamente, acogió la propuesta de modo entusiasta y, mágicamente, el deseo revelado de ese día echó a volar, libre por el aire, en lo más alto de los cielos, hasta el infinito y más allá, a la espera de ser realizado…

Y pasaron los años, uno, dos, tres, casi cuatro; los nietos crecieron y aumentaron de número –los italo-españoles, que vivían en Madrid, ya tenían once y ocho años y el jerezano, que ya tenía una hermanita pequeña, ya había cumplido su primer quinquenio–, hasta que, a las puertas de un nuevo verano, los hijos del abu y de la nona, y sus mujeres, lograron por fin encajar sus vacaciones para disfrutar de unos días “juntos y revueltos” entre París y el mágico parque.

Fue un viaje familiar intenso y divertido, repleto de fuertes sensaciones y dulces emociones, desenfrenadas alegrías y desatadas bizarrías, increíbles pasiones e inolvidables satisfacciones, a la vuelta del cual, una vez instalados todos juntos en la morada familiar estival de El Puerto de Santa María, los dos nietos madrileños y el jerezano –su hermanita, de sólo dos añitos, se había quedado en España por motivos logísticos–, se pusieron de acuerdo para redactar un diario secreto sobre sus aventuras parisinas. Los chicos, un poco por caballerosidad y un poco por pereza, encomendaron entonces la responsabilidad de escribirlo materialmente a la única niña del trío, y así fue como los tres primos, sin prisa pero sin pausa, a escondidas de todo el mundo, empezaron a citarse todas las tardes en una habitación de la casa, en la hora de la siesta, para recordar, discutir y anotar los hechos recién transcurridos, componiendo un relato cada vez más extenso, de hojas de papel rebosantes de palabras, dibujos y grabados, unidas entre ellas con el indisoluble pegamento de la compartida fantasía.

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El «cuento-collage» de los tres primos

Pero una noche, una emblemática noche de verano, o puede que durante el “sueño de una noche de verano”, Aliapiedi, la madre de los hermanos madrileños, mientras colocaba unas pulseras en el cajón de la mesilla de su hija, encontró por casualidad el elaborado y cuidado “cuento-collage”; curiosa como siempre, no pudo evitar leerlo de inmediato y, al amparo de la oscuridad, sentada en la terraza del salón, mientras que todos los demás dormían profundamente, acompañada por el mecedor sonido de las olas y por las luces al horizonte del flamante Puente de la Constitución gaditano, empezó la tan inesperada como placentera lectura veraniega…

“Querido abu:

Mi primo, mi hermano y yo hemos decidido recordar aquí la parte más entretenida del viaje familiar parisino que la nona y tú nos habéis regalado, para que sea siempre y para siempre más inolvidable de lo que ya ha sido.

Como bien sabes, ya que nos has acompañado de la mano por esos lugares, un paso tras otro, a piedi, caminando con nosotros, como tanto te gusta a ti, al igual que a mis padres, la tarde que llegamos desde mi ciudad favorita, París, al hotel reservado en Serris, nada más asignarnos las habitaciones, los mayores decidieron coger la primera lanzadera disponible para, según sus textuales y casi incomprensibles explicaciones, “adelantar trámites” y “tomar contacto” con el territorio disneylandiano –dicho entre tú y yo, querido abu, pienso que ellos tenían muchas más ganas que nosotros, los llamados “pequeños”, de ver el parque de atracciones, aunque fuera desde lejos–.

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El rótulo «orejero» de los «Walt Disney Studios»

Así que diez minutos después, una vez superados los oportunos controles de seguridad, nos encontramos cara a cara, o vis-à-vis, como dirían los franceses, con el paraíso: a un lado, los “Walt Disney Studios, con su rótulo ubicado encima de un clásico depósito de agua estadounidense encabezado por unas inconfundibles orejas negras, y, al otro, el romántico vestíbulo de acceso al “Disneyland Park”.

Por unánime decisión nos decantamos por este último, y no sólo porque allí teníamos que recoger las entradas, sino, sobre todo, porque desde la lejanía divisábamos un cautivador palacio real, o algo parecido. En realidad, se trataba de un hotel, el “Disneyland Hotel”, el único que está dentro del parque, y, a pesar de mi fama de eterna soñadora, cual digna hija de mi madre, me apercibí complacida de que, conforme nos acercábamos a él, todos, incluidos mi tío y mi padre que siempre “se hacen los duros”, tenían la expresión de estar soñando despiertos.

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El palacio real del «Disneyland Hotel»

Un pintoresco lago central, con sus fuentes en plena actividad y rodeado por centenares de flores de todo tipo y colores componiendo la cara del ratón más famoso del mundo mundial, se materializó ante nosotros. Al cabo de unos segundos, grandes y pequeños empezamos a tomar, y a tomarnos, fotos desde todas las perspectivas, desde todos los ángulos posibles, como si fuéramos víctimas de una locura colectiva, asaltados por el miedo de que el escenográfico panorama pudiera desaparecer por algún inexplicable motivo. El atractivo de ese palacio de pálidos tonos rosas y pináculos de tejas rojas era tan fuerte que, después de haber retirado nuestras entradas en las taquillas, mi madre, fisgona como siempre, y mi padre, que a gusto se deja contagiar por sus irrefrenables ganas de curiosear, nos propusieron entrar allí para descubrir también su interior –¡No esperaba otra cosa!, querido abu–.

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El salón-recepción o recepción-salón de estilo victoriano

Atravesamos la puerta giratoria, siguiendo a mis progenitores, y entramos en una amplísima “recepción-salón” de estilo victoriano, rodeada por unas sugerentes balconadas, decorada con famosos personajes de Disney y dominada por una majestuosa escalera que nada tenía que envidiar a la del Titanic.

Una vez más, nos quedamos todos boquiabiertos y, después del momento de asombro infinito, las mujeres y los más pequeños comenzamos a emitir un animado concierto fonético-gutural, a base de gemidos y acompañado de todo tipo de aspavientos, gestos y muecas –¿Qué puedo decirte, querido abu? Todavía no habíamos entrado en el parque y todo aquello ya me parecía sensacional, digno de todos esos cuentos que me habían contado mis padres cuando era pequeña, pero pequeña de verdad–.

Y, como si todo eso no fuera suficiente, mis padres, atrevidos y animados, nos convencieron para subir a las plantas superiores en busca de quién sabe qué otros tesoros. Lo hicimos de puntillas, por si acaso, y una vez arriba, como ellos bien suponían, nos topamos con una auténtica maravilla: una fantástica tienda, la primera de muchas, la mayoría de ellas temáticas, esparcidas a lo largo y a lo ancho de los dos parques, repleta, sobre todo, de ropa y accesorios de princesas.

¡Ese era mi reino! ¡Ese era “mi tesoro”!

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La valiosa corona-diadema de rubíes y brillantes

Me hubiera encerrado horas y horas en esa lujosa “Galerie Mickey” para probarme todos esos vestidos de lentejuelas, todos esos zapatos de tacones vertiginosos y todas esas joyas de cristal y piedras preciosas, pero, a pesar de mis súplicas, mis padres “sólo” me dejaron apropiarme de una corona-diadema de oro, rubíes y brillantes –eso sí, querido abu, la más bonita y valiosa de todas– y de un collar-llavero de rubíes que, desde aquel momento, no se separaron de mi regia cabeza y de mi noble cuello.

Convertida así en una auténtica princesa, aunque vestida de paisana para que mis súbditos no me reconocieran, me desplazaba libremente por mi casa palaciega, y dejándome llevar por una alegre melodía, alcancé el “Café Fantasía”, un piano-bar inspirado en la homónima película. Allí, con el resto de la familia, acompañados por las notas de un habilidoso pianista, nos disponíamos a tomar un aperitivo, ¡y unos cuantos caramelos con los que nos obsequiaron los agradables empleados!, cuando mamá, presa de sus instintos “aliapiedescos”, se levantó repentinamente y, sin proferir palabra, se dirigió con paso seguro hacia el jefe de sala del limítrofe “Californian Grill”. Pude ver cómo ella le murmuraba algo al oído en su oxidado francés forzando al máximo su acento italiano –me ha confesado, querido abu, que en sus viajes con mi padre a menudo utiliza esta herramienta lingüística para seducir a sus interlocutores y poder así acceder a lugares a veces reservados, a veces prohibidos o a veces cerrados y que casi siempre lo consigue– y, acto seguido, entró sigilosamente en ese elegante restaurante…

Unos instantes después ya estaba de vuelta con una sonrisa dibujada en sus labios y, tras cruzar una cómplice mirada con la autoridad, a quien ya había convertido en secuaz, empezó a hacernos gestos, como sólo sus compatriotas saben hacer, para que la siguiéramos hasta ese espacio (teóricamente) reservado para los comensales. Aunque no entendíamos el porqué de tanto fervor y entusiasmo, secundamos su petición y, una vez llegados al comedor, lo entendimos todo…

Allí estaba él, en todo su esplendor, estratégicamente posicionado en el centro de una ventana, escenográficamente enmarcado por unas cortinas de rosas rojas que parecían el telón de un teatro; no era un apuesto príncipe a lomos de un corcel blanco o un “pedrusco” de descomunal dimensión lo que hacía vibrar mi alma y mi corazón, sino, más bien, un encantador, sensacional y seductor… ¡castillo!, el castillo que tantas veces había visto en los anuncios de la tele, en las presentaciones de las pelis en los cines, en las páginas de revistas infantiles: ¡el “Castillo de la Bella Durmiente”, el “Château de la Belle au Bois Dormant”, el “Sleeping Beauty Castle”!

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Una «discreta ventana indiscreta»

Su aparición inesperada, desde aquella posición privilegiada, desde esa “discreta ventana indiscreta”, me pareció auténtica magia. No podía parar de mirar, remirar y admirar esa cautivadora construcción, tan cercana, y al mismo tiempo tan lejana, intentando cogerla entre mis manos, aprovechando la engañosa perspectiva, para esconderla en mi bolsillo y sacarla cuando más me apeteciera, como hacen los magos con los conejos de su chistera…

Pero, desafortunadamente, tuve que conformarme con grabar a fuego en mi memoria el “Castello della Bella Addormentata” y despedirme de él hasta la mañana del día siguiente…

¡Tenía que esperar casi dieciséis horas para poder alcanzarlo de verdad!

Y así fue como empezó la interminable cuenta atrás…

[Continuará… ]

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La cuenta atrás: tic-tac, tic-tac…

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El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Tercera parte]

[… Sigue]

Los años habían volado y la familia se había alargado. Aliapiedi y su marido tenían ya dos hijos casi adolescentes y vivían desde hace quince años en el mismo barrio que ella casi había ninguneado en el pasado.

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El Capricho de Madrid…

Dejando atrás sus costumbres milanesas, ella había aprendido a valorar las ventajas de vivir en una zona alejada del centro de la capital, rodeada de parques, carriles-bici e instalaciones deportivas y culturales, entre las que destacaba, por su romántica belleza, un jardín de ensueño que parecía extraído de un cuento de antaño.

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…y sus increíbles edificaciones

Ese magnífico espacio verde, impulsado por la duquesa de Osuna a finales del siglo XVIII para su villa de recreo en las entonces afueras de Madrid, había sido el principal motivo de su traslado a ese distrito veintiuno capitalino; de hecho, ella llevaba ya quince años amando, más o menos secretamente, ese increíble Capricho madrileño: “él” era su refugio, “él” era su tesoro, “él” era su compañero de paseos placenteros entre increíbles edificaciones, a veces ocultas bajo las flores, que aparecían mágicamente entre sus múltiples senderos, entre las hojas de sus plantas, entre las aguas de sus estanques.

Instalada ya definidamente en la capital, Aliapiedi había conseguido ese tan anhelado equilibrio dentro y fuera de su hogar al que contribuían la familia, el trabajo, los nuevos amigos españoles, que se añadían a los italianos, y, sobre todo, ese caprichoso amante.

Sin embargo, todo ello, y mucho más, se iba a poner en riesgo…

Todo empezó el día en que se enteró que su compañero de fatigas estaba planeando un viaje familiar al norte de España para despedirse como era debido del verano y empezar con energías renovadas un nuevo curso escolar y también profesional. Aunque recibió la noticia con la espontánea y desbordante alegría propia de una viajera empedernida, un sentimiento de temor se fue haciendo hueco paulatinamente en su ánimo, no en vano arrastraba desde hacía unas semanas una fuerte contractura muscular, consecuencia de un lumbago muy intenso que había sufrido poco antes de partir junto a su marido hacia Ámsterdam para el tradicional viaje “sin niños”. A pesar de que a la vuelta de la breve, aunque ajetreada, estancia por tierras holandesas se había encontrado mejor y de que el dolor había remitido casi por completo tras el periplo gaditano, gracias a la natación, los paseos por la playa y las sesiones dobles de fisioterapia, el largo recorrido en coche de vuelta a la capital desde el Puerto de Santa María lo había vuelto a despertar.

Aliapiedi no estaba segura de poder recuperarse en menos de una semana por lo que no tenía claro si atreverse o renunciar. Dudaba por momentos, se alegraba y se entristecía alternativamente, cambiaba de ánimo continuamente: ¿Tenía que aceptar ese desafío viajero? ¿Tenía que atreverse con ese reto consigo misma? ¿Tenía que apostar con el destino caprichoso?

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El verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria

Ganas de partir, de volver a hacer las maletas, de volver a sentir el perfume del océano no le faltaban, ni a ella ni, por supuesto, a los demás miembros de la familia, pero, extrañamente, por una vez, su lado racional, tradicionalmente más débil, parecía estar ganándole la partida a su lado sentimental… hasta que la pasión, como siempre, acabó por imponerse a la razón, llevándoles hacia una casona muy cuidada, recientemente restaurada, rodeada por el verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria.

Desde las ventanas de sus respectivas habitaciones, los cuatro podían oír y oler la genuinidad y la fuerza de la naturaleza, del campo, del cielo y del mar.

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Los surfistas con sus tablas

Era toda una tentación, así que no tardaron mucho en disfrutar de aquello en su totalidad, lanzándose entre olas infinitas, cubriéndose con trozos de roca arcillosa que, suavizada por las aguas, se mimetizaba con las piedras, cazando, y devolviendo a su hogar, cangrejos que salían de sus piñas debajo del mar y descansando en las tumbonas mientras observaban a los surfistas que, con sus tablas, congeniaban armoniosamente con las olas tumultuosas.

El viaje, indudablemente, había merecido la pena y Aliapiedi, que estaba disfrutando de cada instante de esa estancia, agradecía sigilosamente a su marido, posiblemente preocupado más que ella misma por sus dolencias, por haberles regalado esa prórroga veraniega, por haberles llevado hasta allí, por haber traicionando sus principios de prudencia y racionalidad.

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El refugio de Aliapiedi y su familia

Refugiada con su familia en ese lugar de la costa entre las playas de Gerra y de la Rabia, gozando de esa relación tan estrecha con la madre naturaleza, se encontraba feliz, serena y animada, totalmente ajena al peligro que le acechaba, que no tenía nada que ver con la amenaza provocada por las fuertes e incansables corrientes oceánicas, vigiladas por atentos socorristas y anunciadas con banderas rojas o amarillas, sino con un apasionado recuerdo del pasado que, tras haber sido recluido en un lugar recóndito de su corazón, iniciaba a despertaren ese destino tan anhelado.

A unos pocos kilómetros de distancia del lugar donde se alojaban, se encontraba un pueblo de pescadores, crecido alrededor de una originaria plaza principal, ocupada por la iglesia de San Cristóbal y por un ayuntamiento barroco que, a finales del siglo XIX, se había convertido en el lugar de veraneo preferido por la aristocracia. Se trataba de una localidad que, a raíz del descubrimiento del zinc, se había expandido rápidamente y, además, se había ennoblecido merced a la proliferación de espléndidos edificios gracias a uno de sus hijos más ilustres: Antonio López López, un atrevido personaje que, tras emigrar a Cuba con sólo catorce años, había regresado a su tierra como uno de los empresarios más ricos del reino y con un título nobiliario, el de marqués, creado expresamente para él por el rey Alfonso XII.

Aliapiedi había, por fin, regresado a Comillas, la noble villa, cuna de hasta cinco arzobispos y capital de España por un solo día, el 6 de agosto de 1881, quince años después de “su” primer encuentro y ahora estaba dispuesta a volver a tener un cara a cara con “él”, a conocerle, no sólo por fuera sino también por dentro, a hacerlo suyo sin absurdos remordimientos, sin estúpidos arrepentimientos. Esta vez, con la experiencia de los años y de una familia consolidada, no iba a permitir que se le escapara otra vez. Deseaba con todas sus fuerzas volver a verle para saber si ese sentimiento del pasado tan apasionado iba a renacer, para saber lo antes posible si “él” tenía aún poder sobre su persona, para saber, al fin y al cabo, si iba a volver a caer rendida a sus pies.

Así que, para salir de toda duda, la primera tarde disponible, Aliapiedi, acompañada por su familia, decidió encaminarse hacia el lugar del reencuentro.

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El majestuoso palacio de Sobrellano

Sintió que su corazón palpitaba a toda velocidad, y no sólo por el esfuerzo que, por culpa de la contractura, le supuso la subida inicial que llevaba hasta la taquilla de la entrada, ni por el apreciable desnivel del sucesivo camino de gravilla que discurría paralelo al que llevaba al majestuoso palacio de Sobrellano, levantado por Joan Martorell para el indiano marqués de Comillas, sino, sobre todo, por la emoción de volver a enfrentarse a “él”.

Y, después de unos pocos pasos, los cuatro por fin divisaron la fachada orientada a levante de esa casa caprichosa que el concuñado del mencionado marqués, el abogado Máximo Díaz de Quijano, indiano al igual que él, había mandado construir.

Los niños quedaron impactados por los colores y los motivos vegetales que decoraban el exterior de esa villa cuya originalidad y fantasía arquitectónica les recordó enseguida otra construcción, la Casa Figueras, mejor conocida como Torre Bellesguard, que habían visitado todos juntos casi un año atrás.

El padre, satisfecho, les confirmó que, en efecto, el arquitecto había sido el mismo, el famoso Gaudí de la Sagrada Familia catalana, que también habían admirado en esa ocasión por fuera y por dentro. La madre, por su parte, ni se inmutó; parecía ensimismada, absorta en sus pensamientos, como si estuviera en otra dimensión. Ajena a sus dolencias, le observaba con atención, placer y satisfacción, rememorando la experiencia vivida en ese preciso lugar quince años atrás.

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«Él» y su exótica belleza, fruto de una original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí

“Él” no había cambiado, los años para “él” no habían transcurrido, su exótica belleza, fruto de una rara y original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí, no había sido arrugada, estropeada o envejecida a lo largo de su casi siglo y medio de edad; “él” seguía allí con sus mejores galas, abrigado por esa elegante cerámica vidriada de color verde, con hojas y girasoles en relieve, que cubría in crescendo, desde los pies hasta la cabeza, sus innovadoras y seductoras curvas, sus calculadas proporciones geométricas, su cuerpo, tan exuberante como interesante hecho de materiales mates y brillantes.

LOS 6 ENIGMAS DE GAUDI

«Los seis enigmas de Gaudí» y…

ORIGAMI EL CAPRICHO DE GAUDI

… el «natural» origami

Y mientras que los niños se fijaban en sus detalles, tratando de dar con la primera de las soluciones de “Los seis enigmas de Gaudí” –un entretenido juego de pruebas que les habían entregado en la entrada en una hoja de papel reciclado, en cuyo reverso se incluían indicaciones  para realizar un “natural” origami–, sus padres se desplazaban lentamente más allá de esa primera fachada en la que sobresalía la gran terraza de la habitación principal, iluminada desde el despertar, y no por casualidad, por las primeras luces de la mañana.

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Un pentagrama «vegetal»

Desfilaron entonces al lado de la parte de la casa orientada al norte cuya base se asentaba sobre un zócalo de piedra, que protegía con su sólido abrazo la planta semisótano, sin prestar demasiada atención a la tienda de regalos y la librería alojadas en ese sector de la vivienda donde un tiempo se encontraban la cochera y las cocinas, hasta que un poco más arriba se toparon con otra muestra de la incomparable genialidad del arquitecto catalán: unas franjas de cerámicas que, recorriendo el lienzo de ladrillo visto que cubría esa fachada de la planta noble, parecían dibujar las armoniosas líneas de un fantasioso pentagrama en el que cualquiera, empezando por el mismo dueño de la casa, destacado músico aficionado, además de apasionado a la jardinería, podía dibujar las notas imaginarias de dulces sinfonías –la verdadera función de esos elementos decorativos horizontales, así como la del acusado almohadillado de los sillares del zócalo, era la de contrarrestar la natural verticalidad del terreno, a través de ese calculado juego de ilusiones ópticas–.

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El original «banco-balcón»

Pero las caprichosas sorpresas no habían hecho más que empezar. A un par de metros de distancia les aguardaban unos curiosos bancos de hierro forjado, imaginativamente integrados en unos balcones, y, un poco más allá, rodeado por unos escalones, un grandioso pórtico de entrada  formado por cuatro robustas columnas de piedra, única nota gris en la explosión de colores del edificio, que soportaba sobre su fuerte espalda la magnífica torre mirador revestida de azulejos verdes y rematada por una terraza de estilo musical, gracias a su barandilla con forma de curiosas claves de sol, cuyo geométrico baldaquino, que según algunos expertos preanunciaba el estilo del cubismo, parecía el resultado del encaje de unas piezas de un Lego monumental.

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La «torre-mirador-minarete»

A los pies de esa exótica estructura, que también les recordaba los minaretes de las mezquitas musulmanas, Aliapiedi se sintió agotada, no sólo mentalmente, por la emoción de tener tan cerca de sí el objeto de sus deseos, de encontrarse a las puertas de ese lugar que hace quince años estaba reservado a los comensales de un lujoso y escenográfico restaurante, sino también físicamente, por el desnivel y los escalones recorridos, que le obligaron a detenerse y a apoyarse sobre un muro de piedras rústicas que delimitaba el parterre en forma de herradura que se abría delante de la torre, allí donde, en una explanada inclinada, en su día llegaban los ilustres invitados del dueño de la casa.

Mientras que el padre de familia y los niños se entretenían tomando fotos y explorando ese territorio exterior de casi dos mil quinientos metros cuadrados, la madre, cuyos dolores se habían convertido en unas simples molestias ante semejante belleza, guardaba silencio mientras se preparaba física y psicológicamente para llegar al corazón de ese Capricho de Gaudí. Pero cuando descubrió que tenía que esperar otros veinte minutos hasta el comienzo de la siguiente visita guiada, se levantó improvisamente, revelándose incapaz de prolongar esa espera. Y así, mientras que los demás miembros de la familia debatían sobre la conveniencia o no de acoplarse al turno anterior, que había comenzado la visita hacía diez minutos y todavía se encontraba enfrascado en las explicaciones introductorias que se realizaban en el exterior del edificio, ella se dirigió a la carrera hacia el portal monumental, cruzó su puerta principal y, una vez en el vestíbulo hexagonal, tras toparse con el primero de los artesonados de diseños diferentes y con unas llamativas vidrieras con motivos geométricos, flores y plantas, se detuvo un instante, un instante infinito de sensaciones encontradas –miedo, pasión, emoción…–, antes de, en un último alarde de atrevimiento, con un único paso adicional, dejar atrás todos sus temores.

¡Ya estaba dentro!

Por fin, se encontraba en el interior de su amante caprichoso.

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El dormitorio principal

Notó un leve dolor en su espalda arqueada, mientras acariciaba con sus manos la pared de cristal del antiguo y elíptico invernadero, eje de la edificación alrededor de la cual se generaba un corredor a forma de “u” que comunicaba todas las estancias de esa planta. Sus tres acompañantes la siguieron inmediatamente, sin detenerse en esa renovada sala audiovisual, que originariamente había sido proyectada para proteger, al amparo de su cubierta con forma de paraguas, las valiosas plantas tropicales allí alojadas y también para ejercer como regulador térmico que absorbía el calor del día para distribuirlo por la noche al resto de la vivienda, y, todos juntos, alcanzaron el dormitorio principal de esa planta noble, donde ya estaba reunido el grupo de la visita guiada.

Se trataba de la habitación más luminosa de la casa, gracias a sus altos techos con un soberbio artesonado de inspiración mudéjar y a los grandes ventanales de tres módulos que daban acceso a la terraza que habían visto anteriormente desde fuera, y mientras la guía instruía a los visitantes acerca de una coqueta chimenea embellecida con motivos naturalistas sobre cerámica vidriada, Aliapiedi, tensa por la emoción de estar tan cerca de “él”, en tan estrecho contacto con esa estructura que tanto había deseado explorar, tuvo nuevamente que detenerse. En esa tesitura, dejó que los demás se adelantaran con la anfitriona hasta la limítrofe sala de baño y se sentó en un banco central, para poder así quedarse a solas con “él”, tratando, eso sí, de controlar las reacciones involuntarias de su cuerpo, las contracciones incontroladas de sus músculos y las pulsaciones desatadas de sus nervios. Desde allí, podía escuchar las apasionadas y detalladas explicaciones de la guía, que, a diferencia de ella, no se avergonzaba de revelar a todo el mundo su pasión hacia esa fabulosa criatura de la arquitectura, y, acompañada por su voz, se concentró en sí misma, intentando retomar la compostura.

Respiró hondo, cerró los ojos y se esforzó en abrir su mente.

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Las «animalescas» vidrieras del baño

Y, de repente, se notó más relajada, como si la serenidad de las líneas y de las formas que la rodeaban se hubiera apoderado de ella, de su carne, de sus nervios, de sus músculos y de sus huesos. Se levantó de su asiento y, como si estuviera flotando en el aire, sin notar sobre su espalda toda la fuerza de la gravedad que en los días anteriores le había demostrado toda su intensidad, se dirigió hacia el gabinete que precedía la zona del baño, que en la actualidad no está separado por un tabique.

Tan relajada se sentía que entre las piezas hexagonales, cuadradas o triangulares que hacían de fondo a las vidrieras de ese ambiente comenzó a advertir la presencia de diferentes seres vivos: un pajarito apoyado sobre las teclas de un órgano tocando una dulce melodía, una mariposa trepando silenciosa sobre una frágil hoja, unos peces de tonos azulados nadando en el cielo de un mar infinito.

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El ventanal musical del salón con vista al banco-balcón

En una mágica armonía con su cuerpo, en paz con sus sensaciones y tras haber olvidado sus dolores, Aliapiedi estaba disfrutando plenamente del momento. El Capricho lo sabía, el Capricho lo advertía y, aprovechando ese estado de placer incondicionado, la empujó suavemente hacia el centro de su estructura para que gozara aún más de su irresistible hermosura. Y ella, dejándose llevar, sin oponer resistencia, pudo así tocar el primero de los dos balcones, robustos y a la vez delicados, que antes había observado desde abajo. Esos fascinantes bancos colgantes que protegían las esquinas romas del salón principal, compartiendo el acceso, por un lado, con el estudio, y, por el otro, con la sala de visitas, la estaban maliciosamente invitando a sentarse o, directamente, a tumbarse sobre ellos, para que se rindiera por completo a los encantos de su dueño.

Pero ella hizo de tripas corazón y, resistiéndose a la tentación, supo contenerse, así que se limitó a acariciar sus sinuosas siluetas de hierro forjado que sobresalían de la barandilla y parecían querer lanzarse a los brazos de las hortensias que florecían a sus pies, unos pocos metros más abajo.

Pero la criatura caprichosa, fruto de la genialidad del joven arquitecto reusense de sólo treinta y un años de edad que en ella había plasmado, como en la parecida Casa Vicens barcelonesa, sus novedosas e iniciales ideas plásticas, encuadradas en un peculiar estilo historicista, todavía no había acabado con sus sorpresas estremecedoras.

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El luminoso salón principal con ventanas interiores

En ese momento, una música celestial proveniente del gran ventanal del salón cuyos cinco módulos se reflejaban en los cuatro arcos soledizos de la pared de enfrente hizo acto de presencia como en el sueño de una realidad. La indescriptible combinación de instrumentos diferentes, como el arpa, el triángulo o el órgano, parecía multiplicar hasta el infinito la magia de ese lugar; la suave melodía se distribuía in sordina, silenciada, por todos los rincones de la casa: por el estudio, que podía servir también como espacio de recepción para las grandes ocasiones, y por la sala de visitas, cuya función era la de acoger las personas de escasa confianza. La onírica melodía se insinuaba entre todos los asistentes, trasladándoles a un escenario diferente, a una noche de verano de hace un siglo y medio amenizada por un concierto de cuerda y piano ante damas y caballeros. La sinuosa melodía, finalmente, se adueñaba del cuerpo y del alma de una madre que, impotente, vivía su aventura paralela, su historia mitad realidad, mitad ficción, en una caprichosa estructura que le sorprendía en cada instante, que le abrumaba con cada detalle, que le enamoraba para siempre…

Fue la anfitriona, experimentada y apasionada, conocedora de cada detalle de esa vivienda como si fuera su propia casa, la que se encargó de revelar el truco de esa magia: ese dulce sonido, real y verdadero, era el resultado de un ingenioso sistema de correderas, oculto en las ventanas y formado por unos contrapesos con tubos metálicos que al entrechocar entre ellos generaban unas notas, cálidas y lejanas, parecidas a los retoques de un campanario. Se trataba de una de las múltiples muestras del infinito arte gaudiniano que se revelaba discretamente en cada espacio del Capricho, como lo eran las ventanas guillotina de doble hoja, en las puertas de madera recogidas dentro de las paredes o en las manijas de bronce ergonómicas.

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El coqueto fumoir semicircular

Atravesaron entonces la mencionada sala de visitas, dominada por sublimes trabajos de ebanistería, como los que destacaban en la cálida chimenea, en el zócalo, hecho con madera de diferentes tonos y texturas, o en el techo, con tallados con formas geométricas, y llegaron al comedor, con el coqueto y anexo fumoir semicircular, de clara influencia árabe, que abrumó a todos los asistentes.

Esta visión provocó el éxtasis en Aliapiedi, que se vio arrastrada por los placeres de un universo paralelo, víctima de ese océano de emociones que le provocaban las sublimes decoraciones que la rodeaban, como los pájaros, las hojas o los insectos voladores de los azulejos de las paredes, o las flores de cerámica de la chimenea que, engordadas por los gérmenes de la vida que nacían entre sus estigmas y filamentos, se unían a aquellas, más delgadas, talladas en yeso, del fondo de los casetones del artesonado.

Miraba sin mirar, escuchaba sin escuchar… Se había trasladado a otro lugar… hasta que un apasionado y vigoroso aplauso dirigido a la quien había ejercido como maestro de ceremonias la devolvió a la realidad, situándola cara a cara con un joven y apuesto abogado que, por un capricho del destino, sólo pudo disfrutar durante unas semanas de su caprichoso sueño: Máximo Díaz de Quijano.

Tras contemplar por un breve espacio de tiempo el retrato de ese hombre afortunado, y a la vez desafortunado, flanqueado por el árbol genealógico de su familia, agradeciéndole discretamente que hubiera confiado la obra de su villa a un joven pero prometedor arquitecto catalán, Aliapiedi movió su cuerpo fatigado, pero ya no tan dolorido gracias al catártico recorrido, hacia esa guía tan especial que había conseguido convertir esa vivienda en un hogar colectivo, habitado y disfrutado por desconocidos agradecidos. Se presentó en nombre de la común pasión caprichosa que les unía, le estrechó la mano y le dirigió unas palabras de sincera cortesía, a lo que la contrincante –como pretendiente del caprichoso lugar– respondió sugiriéndole que se acercara a la tienda de regalos ya que “alguien” les había dejado “algo”.

Otro capricho del destino…

Aunque los cuatro tenían unas irrefrenables ganas de descubrir de qué se trataba, no podían apartarse del plan inicial. Primero tenían que “recuperar” los diez minutos iniciales que se habían perdido, así que acudieron a la entrada y escucharon la introducción del tour de la mano de otro anfitrión, tan apasionado como el anterior.