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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Segunda parte]

[… Sigue]

Agarrándose a la barandilla que escoltaba los casi sesenta empinados peldaños, Aliapiedi, que había permanecido deliberadamente a la cola del grupo de exploradores, se esforzaba en ocultar su progresivo malestar y en ignorar los sudores fríos que, en consonancia con la baja temperatura que reinaba allí dentro, recorrían su cada vez más rígido cuerpo. Nada ni nadie, sin embargo, le iba a impedir seguir adelante con esa visita: sólo tenía que apoyarse con discreción en las paredes, o en el hombro de sus hijos, si era menester, hasta adentrarse, pasando desapercibida, en esa primera galería abovedada.

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La hostil escalera de ladrillo

Sin embargo, antes de emprender su peculiar descenso por aquella hostil escalera de ladrillo en el que debía sortear sendos ángulos rectos, el primero a la derecha y, tras un descansillo, el segundo a la izquierda, fijó su mirada en el pequeño tropel de visitantes que, desfilando en fila india por ese tortuoso y, a la vez, geométrico recorrido, le recordó por un instante un videojuego de su infancia, “Snake”, lo que le arrancó una pícara sonrisa, a pesar de las hostiles circunstancias.

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El estratégico ángulo de noventa grados

Pero, una vez más, desafortunadamente, aquello no era un juego, ni una inofensiva e informática serpiente cuya cola aumentaba progresivamente a la vez que se deslizaba por la pantalla de una prehistórica consola, siguiendo un recorrido huérfano de curvas pero rico en líneas primitivas que se sucedían en diferentes direcciones a través de ángulos de noventa grados, aquello era la pura y cruda realidad de un itinerario estratégicamente concebido para que el efecto de una posible deflagración rebotara sobre esas paredes perdiendo así su potencia y energía.

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La escalera especular hacia la entrada gemela

Los niños, atentos a esos “trucos” de estrategia militar que caracterizaban la estructura de un refugio de menos de un siglo de existencia, recordaron la excursión familiar que cuatro años atrás les había llevado hasta el “Lejano Oeste castellano”, donde tuvieron la oportunidad de conocer los castillos medievales de Coca, Arévalo y Mota, en cuyas visitas guiadas también habían aprendido unos increíbles y bélicos secretos. Y así, con las debidas comparaciones espacio-temporales, llegaron a una acertada conclusión: en las guerras, de entonces y de ahora, siempre había, y así seguiría siendo, algún genial arquitecto trabajando en la sombra y privado de emplear sus brillantes recursos y cualidades en edificios de diferente estilo y finalidad por haber nacido en el lugar y en el momento equivocados…

Y después de las tácitas reflexiones, los visitantes llegaron al final de la escalera hasta detenerse en un nuevo descansillo, frente a una puerta cerrada con una reja que llevaba, a través de una escalera especular a la que acababan de recorrer, al acceso gemelo de aquel por el cual habían entrado; a su izquierda se encontraba una puerta-esclusa de hierro separaba esta zona del pasillo central del refugio.

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La puerta-esclusa hacia el pasillo central

Una vez cruzado ese acceso, la nuda verdad del edificio subterráneo iba a hacer acto de presencia con todas sus inquietantes y dramáticas consecuencias…

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Avanzando hacia la zona central…

Una extraña y adrenalínica mezcla de miedo cautivador y curioso estupor se apoderó de todos los visitantes mientras que, azarosos, uno tras otro, superaban ese límite imaginario, o puede que no tanto, entre la ficción y la realidad, entre los conocimientos teóricos y los aprendizajes prácticos, entre todo lo que hasta ese momento habían escuchado y lo que, a partir de ese momento, nunca iban a olvidar.

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La estancia con líquidas presencias

Sin embargo, antes de los ojos, fueron los oídos los que les hicieron sobresaltar: un leve y rítmico sonido, inquietante en su cadencia tan constante, incesante en su murmullo acuático alarmante, insistente con su eco de gotas muy pacientes…

Parecía como si en el ambiente estuviera propagándose sinuosamente una liquida presencia cual aterradora protagonista de una película de miedo pero, en realidad, no se trataba de un conseguido efecto especial de un imaginario set cinematográfico, aún no, sino del testimonio de la existencia, en la primera estancia de ese búnker, a la izquierda, de un pozo y de una bomba reguladora del nivel de los depósitos de agua subyacentes que, aprovechando un antiguo circuito que pasaba por encima de las bóvedas del edificio, podía servir para abastecer, en caso de necesidad, con el vital liquido, a los desafortunados inquilinos de esa estructura, a la vez que impedir una posible inundación de la misma.

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Los restos de los originarios aseos

Enmudecidos por la crudeza del escenario, obedeciendo sin ser conscientes de ello al invisible dictamen de un cartel, ya desaparecido, que un tiempo rezaba al principio del recorrido “No obstruyan la entrada. Bajen la escalera rápidamente y en silencio”, los visitantes desfilaron ante una segunda habitación, siempre a su izquierda, de mayores dimensiones que la anterior y distribuida en dos espacios. Se trataba de  los aseos y, aunque a primera vista conceder que aquella estancia estuviera destinada a tal fin les pareció un acto de generosa confianza, al reparar en los detalles señalados por el guía, pudieron finalmente convencerse, sin verlos de verdad, de que aquello que estábamos contemplando eran los restos de unos originarios inodoros, separados por una especie de mamparas o cabinas, y de una ducha destinada a cubrir las necesidades higiénicas de los allí refugiados, y no para su descontaminación como posibles gaseados, según las teorías de otros estudiosos.

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Entre bastidores, o entre compuertas, camino del escenario principal

Aunque esas espantosas palabras –“inundación”, “gases”,  “descontaminación”–, recurrentes en el relato del anfitrión, eran ya de por sí suficientes para componer un panorama espeluznante, se trataba sólo de la antesala, entre bastidores, del verdadero y dramático escenario principal, el que apareció en toda su álgida frialdad tras una segunda puerta de hierro estanca: el pasillo central.

Casi de inmediato, los cuerpos de todos los asistentes fueron sacudidos por unos violentos escalofríos provocados, no sólo por esa siniestra visión que oscurecía, y a la vez hacía palidecer, el recuerdo de la película “El resplandor”, sino también por las bajas temperaturas. Aliapiedi, en cuyo cuerpo comenzaba a consolidarse lo que ya tenía todos los visos de ser una contractura, estaba sobrecogida ante un escenario tan tristemente evocador; ese ambiente, tan frío y decadente, rescatado por aquellos que no querían olvidar y que seguía presentando adrede su aspecto original, era justo como se lo había imaginado: reluciente de una potencial oscuridad, brillante de una suciedad mermada pero no completamente eliminada, resplandeciente de unas huellas del pasado no del todo borradas.

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El “resplandeciente”, y a la vez oscuro, pasillo central

Aquel lugar era verdaderamente impresionante; aquel lugar daba mucho que pensar…

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La enfermería (afortunadamente) inutilizada

A ese pasillo distribuidor, de unos treinta metros de largo y dos de ancho, asomaban diferentes estancias, distribuidas geométricamente y destinadas a diferentes funciones predeterminadas. A través de unas puertas imaginarias, sustitutas de las originarias, todas ellas desaparecidas y en su día hechas de madera, como atestiguaban los marcos, todavía en pie aunque víctimas del constante ataque de la humedad, los de Aliapiedienfamilia caminaron despacio, respetuosamente, como si estuvieran pisando un lugar sagrado, ante una enfermería (afortunadamente) en eterna espera de médicos apresurados, enfermeros agitados y heridos descontaminados, ante puestos de mando, donde nunca nadie mandó, y de descanso, donde nunca nadie descansó.

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Una de las diferentes estancias

Y una vez más el silencio, un silencio respetuoso, se impuso entre todos.

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Una de las chimeneas exteriores

Esas siete salas, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, desnudas y desoladoras, concebidas para sobrevivir a las barbaries humanas, hablaban por sí solas: esas bandas laterales de color rosa, o de un rojo desgastado, que recorrían horizontalmente las paredes alicatadas con azulejos blancos, casi partiéndolas por la mitad, no tenían, o no parecían tener, una función decorativa, sino más bien orientadora: la de dirigir, en caso de apagón, el errático camino de los altos mandos allí refugiados, cuales líneas guías parecidas a aquellas luminosas de emergencia del suelo de los aviones; ese mismo pavimento de solera de hormigón formado por baldosas con pintorescos y geométricos motivos, tales como rombos, triángulos y cuadrados en función de las estancias, incluido el pasillo distribuidor, donde se alternaba el amarillento blanco roto por el tiempo y el rojo apagado por la historia, no era el fruto de una artística inspiración sino de una estudiada función: la de enderezar los pasos perdidos de los desafortunados y temporáneos, o, peor aún, permanentes, inquilinos del inquietante hogar subterráneo; esos extraños agujeros, casi a ras del suelo, que en su día estarían cubiertos por unas rejillas, no servían, como podían pensar los más pequeños, para un inocente y divertido juego al escondite, sino más bien para el más serio y malicioso juego de conductos horizontales y verticales que, desembocando al exterior a través de dos altas chimeneas de ladrillo visto, componían el elaborado puzzle del sistema de ventilación, y a la vez de protección, gracias a esos cambios de orientación, contra la posible letal propagación de gases tóxicos.

Terribles escenas de pánico, entre humo, alarmas y deflagraciones, empezaron a recorrer la fantasiosa mente de Aliapiedi mientras que el anfitrión, con sus inquietantes explicaciones, no hacía sino empeorar las catastróficas visiones, tras revelar cómo allí abajo todo estaba milimétricamente estudiado para que ese refugio tan avanzado no se convirtiera, en el peor de los peores casos, en una terrible ratonera.

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La salida…

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… hacia la calle Rambla

Y así, en uno de los dos pasillos paralelos que comunicaban por detrás todas esas habitaciones, los visitantes pudieron también divisar, al final de la segunda estancia a la derecha, los restos de un acceso, ahora cerrado con barrotes y candado, que, a través de una escalera que se perdía en la oscuridad, permitía, en caso de necesidad, alejarse rápidamente de los caprichos del pacífico jardín y del bélico destino, desembocando, a través de otra puerta hermética, la tercera del conjunto, en la hermosa calle Rambla.

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La salida posterior, cerca de la piscina

Los asistentes, sin embargo, se percataron de que faltaba en el recuento una última puerta, la que daba a la parte posterior del conjunto, cerca de la piscina del jardín y a un nivel próximo al de la superficie del terreno, sin embargo el guía les aclaró que debían esperar al final de la visita para contemplarla desde el exterior.

Pero antes les faltaba ver una última sala de ese túnel (ahora) iluminado con fluorescentes blancos, al final del cual, por absurdo, no se veía la luz sino, una vez más, ¡la oscuridad!

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La oscuridad al final del túnel

¿Qué era ese lugar que parecía surgir de las tinieblas y que estaba precedido por una puerta caída, levantada y fijada en la pared?

¡Se trataba de la cocina!

Los asistentes, más desorientados que antes, se pararon repentinamente, asaltados por las dudas mientras que Aliapiedi, cansada y dolorida, desataba su propia batalla contra un peligroso e insidioso vórtice de preguntas sin respuestas: ¿De verdad que era posible que esa lúgubre estancia pudiera convertirse en un lugar de placer gastronómico? ¿Cómo podía nadie tener apetito en esas circunstancias mientras sobre sus cabezas caían bombas o granadas? ¿Quién iba a “tener estómago”, nunca mejor dicho, para reunirse alrededor de una mesa, como si nada, si unos pocos metros más arriba, los “no elegidos” se enfrentaban al infierno de la guerra?

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Más chimeneas de ventilación

Aunque no quedaba rastro alguno de lo que un tiempo fue una cocina,  pudieron observar los restos de un originario cuarto de maquinaria, dotado de un generador de electricidad de gasoil y de unos depósitos de combustible para prevenir la eventualidad de un corte de corriente, y una bomba impulsora de aire para expulsar hacia fuera los escasos agentes tóxicos que pudieran superar la ya de por sí eficaz estructura del articulado sistema de ventilación.

Pero la historia, o mejor dicho, las historias de ese búnker tan ingenioso no acababan allí.

Todavía quedaba una más por contar, que hizo sobresaltar a todo el mundo: la del terror que allí abajo se había recreado.

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La estancia del terror y de un “gran amor”…

En efecto, esa estancia en forma de L, ahora ocupada por un solitario banco de obra adosado a una de sus negras paredes, así pintadas adrede, había sido  elegida por distintos cineastas para rodar escenas de la segunda Guerra Mundial e, incluso, para reproducir la demora sepulcral del vampiro más famoso del mundo. Los más pequeños, animados por ese relato, intentaron empujar aún más su mirada entre los barrotes de esa sala, mientras que Aliapiedi reflexionaba sobre la ironía de la realidad y de la ficción, sobre cómo lo que podía haber sido la última morada de seres vivos, víctimas de un cruel y real destino, se había convertido para la ocasión en el hogar de seres muertos o revividos protagonistas con motivo del rodaje de la película “El gran amor del Conde Drácula”.

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La paciente estalactita

Resentida, física y mentalmente, dando la espalda a la puerta metálica estanca de ese cuarto oscuro en el que, por efecto de la constancia de la cal del agua y de la paciencia de un tiempo transcurrido sin prisa pero sin pausa, se estaban materializando una estalactita y una estalagmita, se encaminó, casi arrastrándose por el suelo, hasta la parte final del búnker, hacia una galería que, detrás de un nuevo ángulo de noventa grados, se abría a la izquierda de la galería principal.

Allí, entre dos puertas de hierro, a la derecha, el guía les mostró una última habitación, cuadrada, dotada también de una chimenea vertical de ventilación que conectaba con el exterior, aunque más baja que las anteriores y enfoscada, posiblemente utilizada para el cuerpo de guardia.

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Una posible armería

Y allí, en ese último, y corto, pasillo donde también se abría un pequeño hueco en la pared de enfrente, puede que utilizado como armería, el anfitrión dio finalmente por terminada una visita que, por las preguntas, las observaciones y, sobre todo, las emociones de todos los asistentes, había durado más de lo debido.

A todo el mundo le tocaba volver allá de donde había venido, pero Aliapiedi, a pesar de su malestar, se sintió incapaz de abandonar ese refugio tantas veces deseado sin despedirse de él como era debido. Y así, de puntillas, desde esa última compuerta entreabierta, colofón final de ese estratégico, y a la vez dramático, túnel subterráneo, dando rienda suelta a su fantasía, lanzó su mirada tras ella, tras su rígida estructura, tras la posible amargura encerrada en el final de ese túnel casi infernal.

Y por fin vio la luz.

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¡La luz al final del túnel!

La luz que se colaba a través de una escalera empinada, invadiendo y atosigando con su maravillosa energía todas las estancias de un refugio que nunca tenía que haberse construido; la luz de un ambiente exterior, atacado y golpeado por los rayos de un nuevo sol donde desfilaban orgullosos “caprichos” de alto mando, bajo la complacida mirada de plantas y flores condecoradas, ataviadas con pintorescos y neutrales uniformes multicolores; la luz de centenares de vidas humanas que con la alegría y despreocupación propias del fin de semana bombardeaban el edificio escondido al nivel inferior, derrotando pacíficamente al fantasma de un trienio de auténtico terror; la luz de un recuperado búnker del pasado, inutilizado y abandonado por los caprichos de la Historia, convertido al fin en el luminoso símbolo de una memoria, ya no tan “caprichosa”.

Una nota final: Después de esta intensa, y sufrida, aventura en familia, Aliapiedi, gracias a un par de días de reposo (casi) absoluto, se recuperó de la inesperada contractura. Cuentan por allí que en este 2018 recién estrenado volverá a caminar “a piedi”, y a volar con la fantasía de sus “alia(i)piedi”, en un nuevo y (casi) super-secreto proyecto madrileño. ¿Cuál será? Id a www.infobarajas.com y descubriréis toda, o casi toda, la verdad sobre la protagonista de este blog en: “La mirada de Aliapiedi: Una milanesa en Madrid”.

Buona lettura a tutti!

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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Primera parte]

Llevaba un largo quinquenio esperando que el (ahora) tan famoso búnker de su amado jardín madrileño, El Capricho, volviera a abrir sus puertas al público; llevaba un año entero tratando de apuntarse a una de las visitas guiadas gratuitas que se organizaban en su interior los fines de semana; llevaba unos cuantos días contando las horas para esa ansiada cita con la historia…

Era un domingo de mayo y, debido a la emoción, Aliapiedi se había despertado antes de lo habitual. Afortunadamente, también el resto de los integrantes de la familia ese día se habían liberado temprano de los cómodos brazos de Morfeo, preparados para una nueva aventura.

Sin embargo, en el breve recorrido a piedi que separaba a los cuatro de su meta, la madre empezó a notar unas leves, pero progresivas, molestias, físicas y psicológicas; inusualmente restó importancia a las primeras centrando su atención, y su preocupación, en las segundas dado que en ese momento eran las que podían traer peores consecuencias.

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Uno de los accesos del Polvorín, oculto entre la vegetación…

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… y su chimenea de ventilación

Dejó entonces de mirar complacida la cara de sus hijos, tan impacientes como ella por el inminente encuentro “bunkeriano”, al rememorar su tierna infancia cuando jugaban a buscar entre la rebosante vegetación del jardín los accesos, más o menos secretos, y las chimeneas de ventilación de esta construcción subterránea y de las otras dos existentes en el mismo recinto, el Polvorín y la Galería de Escape, y empezó a dudar de todo: de sí misma, de los demás y ¡del equilibrio universal!

Mientras se esmeraba en disimular, con escaso éxito, el sudor frío, y a la vez cálido, que emanaba de los poros de su piel, a hurtadillas, con una soltura y habilidad digna de un elefante en una tienda de cristal, buscaba y rebuscaba con discreción en su móvil un correo electrónico de importancia casi vital, y transcurridos unos eternos segundos de pánico, por fin encontró la anulación de una primera reserva que,  imperdonablemente, para su marido, coincidía con un crucial partido del Real Madrid, y la confirmación de una sucesiva, para aquel día y con toda la familia: ya podía respirar hondo, secarse las gotas de sudor y empezar a disfrutar de ese prometedor día primaveral.

Llegaron así al jardín de su duquesa favorita, la de Osuna, admirable mecenas y responsable de haber concebido y querido con todas sus fuerzas esa joya arquitectónica y vegetal, y, superados los tornos de entrada, los cuatro se dirigieron hacia la originaria Plaza de Toros, justo delante de la noble reja de acceso al magnífico recinto del palacio ducal.

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Columna de los Enfrentados

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La Exedra

En el coso ya les esperaba uno de los preparados y apasionados profesionales de Inversa que, lista en mano, verificaba la identidad de  los allí congregados y, cuando pronunció los nombres de los componentes de Aliapiedienfamilia, ella sonrió orgullosa. 

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Estanque del Parterre

Tras el meticuloso control, previa presentación de sus documentos de identidad, los cuatro consiguieron por fin sus identificaciones como visitantes y, en compañía de otros dieciséis participantes, se encaminaron, en perfecta formación (casi) militar, hacia el paseo principal de El Capricho, siguiendo a su provisional comandante en jefe.

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El Laberinto

A ella, sin embargo, le costaba no poco esfuerzo mantener el ritmo de los demás, y no sólo por culpa de sus molestias físicas, que iban a más, sino sobre todo por las “caprichosas” distracciones de siempre: ¿Cómo no pararse a admirar cada mínimo detalle de ese jardín paisajista que rebosaba por todos sus rincones belleza y armonía?

No podía, tampoco lo pretendía, desfilar impasible bajo la autoritaria mirada de las Columnas de los Enfrentados o de la imperial Exedra o del geométrico y circular Laberinto o del cuidado Parterre con sus pintorescos estanques o de la chispeante Fuente de las Ranas

Y así, como de costumbre, se perdió por el jardín de la mano de su fiel compañera, la fantasía

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La Fuente de las Ranas

Fueron entonces sus familiares los que, discretamente, alejándose de los demás componentes de la expedición, fueron a rescatarla de su onírica dimensión, reorientando sus pasos y, sobre todo, sus pensamientos hacia la meta establecida.

De vuelta a la realidad, Aliapiedi se encontró así cara a cara con él, su secular amigo/enemigo íntimo, el protagonista de sus sueños y de sus pesadillas: el popular Búnker del General Miaja o, más correctamente el Refugio del General Miaja, por tratarse de una estructura concebida con esa finalidad.

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El Bunker del General Miaja en todo su escalofriante esplendor militar

Allí estaba él, con todo su escalofriante esplendor militar y su inquietante valor estratégico, invitándoles a cruzar una de sus cuatro entradas, la que estaba al lado del palacio ducal, en un talud que aprovechaba  la elevación del terreno, que estaba abierta de par en par para esa ocasión.

Ella no podía creer lo que estaba viendo: ese ingreso no era un simple acceso a una histórica construcción, sino que simbolizaba la efectiva materialización de un largo e intenso plan de apertura al público, promovido y apoyado por una plataforma creada ad hoc y por diferentes asociaciones e instituciones socio-político-culturales del barrio, un proyecto que parecía no tener fin y que, sin embargo, se había hecho realidad…

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Un simbólico ingreso, por fin abierto…

A pesar de sus dolencias físicas, ella tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato y a toda velocidad dentro del refugio así que, luchando contra sus deseos, esperó paciente, haciendo un ímprobo esfuerzo por frenar sus instintos durante unos diez minutos más, casi quince, que fue lo que duró la necesaria explicación introductoria de otro capitán general, es decir un nuevo guía de Inversa, encargado de conducir al reducido tropel de visitantes hasta las entrañas del atípico edificio.

Antes de emprender la bajada, el anfitrión les recordó las precauciones a tomar durante el recorrido, pero todas esas advertencias, que también rezaban en un impoluto cartel que colgaba del muro exterior del refugio, lejos de espantar a los experimentados exploradores, despertó en ellos, sobre todo entre los más pequeños y los seres “aliapiedescos”, un deseo aún más intenso de emprender cuanto antes ese itinerario; de hecho, aparentemente, con una silente excepción, todo el mundo parecía encontrarse en perfectas condiciones para afrontar la inminente aventura: nadie llevaba tacones, nadie –que se supiera– padecía insuficiencia respiratoria, nadie –parecía– tenía alergia a las arañas. Pero la arácnida referencia perturbó la feliz existencia de la más pequeña de Aliapiedienfamilia que, nada más oír esa palabra empezó a temblar: no era alérgica pero profesaba casi un respeto reverencial, más bien pánico, hacia dicha especie y, en general a todo ser vivo no humano existente sobre la faz de la tierra, especialmente los más diminutos: “¿Arañas?” –se preguntaba desconcertada– “¿Esas espantosas criaturas que trepaban por las paredes?” “¿Esos monstruos de ocho patas que, según las leyendas italianas que le contaba, o se inventaba, su madre, traían buena suerte a quien las encontraba?”.

A la pequeña el plan familiar ya no le parecía tan alentador pero, a pesar de sus reparos, ya no estaba a tiempo de arrepentirse. La narración de la historia del búnker había comenzado, arrastrando a todos los asistentes a la triste época de la Guerra Civil, en concreto a aquel agosto de 1937, cuando con las tropas nacionales a las puertas de la capital, el General Miaja había decidido alejarse del frente y trasladar el puesto de mando del Ejército de Centro desde los sótanos del edificio sede del Ministerio de Hacienda, ubicado al principio de la calle Alcalá, cuyo entorno ya había sido bombardeado por la aviación enemiga, hasta la finca de la Alameda de Osuna, que por aquel entonces había sido abandonada por sus últimos propietarios, los Baüer, y que se encontraba estratégicamente situada en el originario camino entre Madrid y la ciudad cervantina, cerca de los aeródromos de Barajas, Alcalá y Algete, cómodas vías de evacuación en caso de asalto. Era tal el temor de Miaja a una agresión aérea, que mandó construir en esta zona densamente arbolada, ideal para el camuflaje, un refugio subterráneo que, junto con el palacio de siempre y otras instalaciones, nuevas o reutilizadas, como la ya nombrada Galería de Escape o el Polvorín, acabaron por integrar la llamada “Posición Jaca”, el nombre en código que recibió este nuevo cuartel general secreto de los republicanos, que no aparecía nombrado en ningún documento del periodo de la República, como si de un fantasma se tratara, y que durante un breve espacio de tiempo convivió con el anterior, el ubicado en la calle de Alcalá y conocido como “Posición Japón”.

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El Palacio, vigilando perplejo al cercano búnker

A las puertas de ese refugio con el Palacio a sus espaldas, ajenos al drama de una contienda tan sangrienta como fraternal, los más pequeños, al oír esos evocadores nombres en código, fantaseaban con la imagen de una guarida (casi) inexpugnable de un villano de una película de James Bond; sin embargo, a medida que el experto anfitrión avanzaba en el relato de los hechos, la imagen del exuberante recinto donde se encontraban, repleto de plantas y flores de todo color y tipo, fue paulatinamente transformándose en la mente de todos los asistentes en un bélico escenario en blanco y negro, pisoteado por militares con pesadas armas letales, por caballos entrenados para enfrentarse en contiendas de seres superiores, supuestamente racionales, o por tanques sin alma preparados para lanzar al aire mensajes de ruina y de muerte.

En esa tesitura, los pequeños cayeron en la cuenta de que las guerras, las luchas y los combates, tantas veces simulados en sus inocentes juegos de infancia, no eran en realidad tan divertidos, y menos aún cuando se enteraron de que aquella construcción de aspecto exterior tan pintoresco, con la hiedra escenográfica y románticamente trepando por sus rojas paredes de ladrillo, podía encerrar, casi engullir, en su interior hasta doscientas personas que, en caso de ataque aéreo o, peor aún, químico, podían sobrevivir durante quince días en ese forzado hogar colectivo, posible tumba, después, de seres vivos…

Afortunadamente, como se apresuró a aclarar el guía, ese búnker tan atípico, construido para “alojar” las más altas autoridades militares y, por ende, caracterizado por una arquitectura bien diferente de otros esparcidos por Europa, de aspecto gris y frío, jamás cobró protagonismo durante la pelea trienal entre hijos y hermanos de un mismo país.

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La puerta gemela de acceso al búnker

Finalizada la inquietante introducción, los niños respiraron aliviados, dispuestos a emprender su peculiar aventura ¡dieciséis metros bajo tierra!, que bien podía ser de “20.000 leguas de viaje submarino” por cuanto ese refugio antiaéreo había sido concebido, precisamente, como una especie de sumergible terrestre, gracias al asesoramiento de especialistas de la Marina. Sólo bastaba con fijar la mirada en esa primera puerta metálica, flanqueada por una gemela a unos pocos metros de distancia, para darse cuenta de sus características navales: el ojo de buey de cristal reforzado, la junta de goma para su clausura hermética, el cierre a presión con cerrojo giratorio.

Por fin había llegado el momento de cruzar ese acceso para entrar en un mundo fuera de contexto…

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La planta del monstruoso búnker

[Continuará…]

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Quinta de los Molinos: La amistad en flor

Hacía ya siete años que Aliapiedi había visitado por primera y única vez la Quinta de los Molinos.

Por aquel entonces no conocía este parque madrileño en el que desembocó gracias a unos vecinos en uno de esos encuentros fortuitos que, sobre la marcha, con la magia de la amistad, se convierten en espontáneos y acertados planes de último minuto. Aquella primera vez, en familia y en buena compañía, empujando el carrito de una niña que todavía era un bebé y siguiendo con la mirada a un niño que correteaba despreocupado por los senderos empedrados, con las hijas de esos amigos ejerciendo de improvisados guías, llamó su atención la extensión de la “quinta” –denominación que, por aquel entonces, le era ajena–, como si ésta, con su alargada presencia, quisiera reclamar y reivindicar la belleza del campo en un entorno urbano que cada día se expansionaba más, engullendo la tierra con el asfalto de un arrollador boom inmobiliario.

No iba tan desencaminada.

En efecto, esa finca de recreo había sido el resultado del proyecto de un prestigioso ingeniero y catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, un tal Cesar Cort Botí, un viajero empedernido que casi un siglo atrás, movido por su pasión por el urbanismo, se hizo con la primera de varias parcelas que, poco a poco, fue adquiriendo y que acabaron conformando ese poliédrico espacio en el que trató de poner en práctica algunas de sus teorías, trasladando un paisaje campestre mediterráneo a la gran ciudad. Mucho más tarde, a principios de los ochenta del siglo pasado ese sueño hecho realidad fue vendido por los herederos del profesor al Ayuntamiento de Madrid, haciendo así posible su (gratuita) apertura al público.

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La triple propuesta “moliniana”

Años después, una nueva casualidad, también provocada por la amistad –la que le une con uno de sus más fieles seguidores virtuales–, devolvió a Aliapiedi a la quinta. Un seguidor virtual, uno de los más fieles, y también amigo, siempre comprometido con la cultura, le había anticipado que ese mismo fin de semana, coincidiendo con la famosa floración de los almendros, con carácter absolutamente excepcional, se iban a abrir al público las puertas del palacio de la quinta para albergar un concierto de la mano de un célebre cuarteto y una exposición sobre un interesante proyecto de recuperación de tres palacios históricos próximos, ubicados en las inmediaciones de tres paradas del tramo este de la línea cinco del metro: el palacio de la Quinta de los Molinos, el de la Quinta de Torre Arias y, finalmente, el del magnífico jardín de El Capricho.

Ese tripudio de razones –floración, concierto y exposición–, unido a su estimulante entorno, fue más que suficiente para animarla a pasear otra vez por ese lugar tan lejano en su memoria, como cercano, en términos geográficos, a su hogar familiar.

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¿Una puerta de acceso al parque?

Y así, un domingo por la mañana de un mes de febrero más templado de lo habitual, Aliapiedi, a pesar de albergar serias dudas sobre la posibilidad real de admirar en vivo y en directo los famosos almendros en flor –sus conocimientos en materia de botánica son bastantes limitados–, se dirigió, en compañía de su hija, hacia el (supuestamente) florecido parque. Siendo tres los objetivos de la visita y queriendo disfrutarlos con la mayor tranquilidad posible, la mujer y la mujercita se personaron delante de una de las cinco puertas de acceso, la de la calle Alcalá, con bastante antelación respecto a la hora de inicio de la segunda sesión del concierto, o eso creían…

Desde el coche, aparcado justo frente a la entrada, y a través de la ventanilla, al reparo de las, a pesar de todo, rígidas temperaturas matutinas, las dos observaron a un nutrido grupo de gente, bien abrigada, que esperaba pacientemente delante de una reja cerrada a cal y canto.

Algo, sin embargo, no cuadraba ya que a esa hora el parque debía de estar ya abierto.

Madre e hija, después de un cuarto de hora largo, vieron finalmente, a través de los barrotes de ese portal que en el pasado había gozado de un mayor esplendor, un guardián acompañado por un guía del parque, o eso les parecía, de modo que, tranquilizadas por esa visión, bajaron del vehículo, y se dirigieron al final de la cola.

Pero algo seguía sin cuadrar: ¿Por qué uno de los dos hombres que estaba más allá de la imponente entrada se sabía los nombres y apellidos de la gente que iba a acceder al recinto?

Unas frías gotas de sudor empezaron a perlar la frente de Aliapiedi, asaltada por la duda de un craso error, de un imperdonable olvido, de un desafortunado despiste y, armándose de valor, enfrentándose a la que temía revelarse como una dura realidad, se acercó a uno de entre los elegidos para preguntarle cómo había conseguido lo que tenía todo el aspecto de ser un pase vip en toda regla. El individuo, desde lo alto de su posición privilegiada, con aire compasivo, le explicó que se trataba de una visita especial, organizada por el Ayuntamiento, y que había que inscribirse previamente en Internet para poder entrar en el palacio… ¡de Torre Arias!

Al oír pronunciar ese noble nombre, tan altisonante, Aliapiedi quedó desconcertada y repentinamente sumida en la confusión de su mente –¡y de su memoria de pez!– y, tratando de recuperar la compostura bajo la inquisitiva y sorprendida mirada de su hija, se fijó con mayor detenimiento en el acceso que tenía delante… Bien mirado, no estaba tan segura de que esa entrada fuera la que había cruzado siete años atrás, aunque podía haber cambiado con el transcurso del tiempo. Entonces, cayó en la cuenta de que ese muro exterior revestido con un tembloroso yeso blanco no parecía el mismo que el de tonos rosados que creía recordar de hace un septenio –pero podía haber sido pintado– y de que esos árboles que asomaban con sus copos desde el recinto interior tenían poco de almendros, de los almendros de siete primaveras atrás –pero podían haber sido remplazados por otras familias vegetales–.

Demasiadas casualidades, pensó…

Aliapiedi, la sabelotodo sobre Madrid, la que presumía conocer la capital más que la mayoría de sus residentes o nativos, se había equivocado, por unos pocos centenares de metros, pero se había equivocado. No quedaba otra que tragarse el orgullo, agachar la cabeza, bajar la mirada y caminar calle arriba por Alcalá, de la mano de su hija, hasta llegar al número 527, en frente de la parada del metro de Suances.

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¡El acceso principal al parque con la vivienda de los guardeses!

En ese exacto punto geográfico encontró un acceso principal, flanqueado a ambos lados por la vivienda de los guardeses de la finca, que le sonó mucho más familiar. Lo atravesó, pasando por debajo de su bóveda de cañón, y enseguida se desvió del sendero principal adoquinado, fiel a su manía de salirse siempre del recorrido marcado –ya sea en autopistas, en carreteras urbanas o en senderos agrestes, en la esperanza, generalmente infructuosa, de encontrar algo insólito, original o desconocido que lleva siglos esperando ser descubierto por ella–.

Sin embargo, esta vez acertó.

Lo primero que olfateó, y luego vio, aunque fuera el principal motivo de su visita al parque, no dejó de estremecerle ni, teniendo en cuenta el espacio urbano en el que estaba ubicado, de sorprenderle: un extenso manto de colores rosa y blanco, dibujado por centenares de almendros puntuales a su cita floreal.

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Centenares y …

Ese perfumado, más bien embriagador, escenario le recordó enseguida al del magnífico Valle del Jerte, nevado de cerezos como sólo él podía estar, que había visitado quince años atrás en compañía de su futuro marido y un buen amigo de él, conocido por las circunstancias de la vida, perdido por diferentes motivos y listo para ser reencontrado, siempre que sea necesario, a pesar del paso de los años.

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… centenares y …

Esa postal que nada tenía que envidiar a las estampas, puede que retocadas, de fantásticos jardines japoneses que, al finalizar el invierno, protagonizan todas las portadas de las revistas de viajes, fue verdaderamente impactante, tanto que la criatura que le acompañaba, presumida y divertida, se ofreció rauda y veloz para posar para un reportaje cuyo cursi titular podría rezar “Flor entre las flores”.

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… centenares de …

Las dos se entretuvieron largo rato en esa encantadora arbolada pero la hora de inicio de la segunda sesión del concierto apremiaba por culpa del error geográfico de antes. Tenían poco menos de media hora para encontrar el hasta entonces nunca visto palacio entre las casi veinte hectáreas del bucólico recinto, carente de planos de situación.

 

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… almendros en flor

Aliapiedi sabía que habían accedido por la zona sur del parque, la que se caracterizaba por una apariencia más bien agrícola, y que tenían que llegar justo al lado opuesto, en el límite septentrional del mismo, allá donde destacaban los elementos de estilo romántico y paisajista.

Cruzaron entonces otras explanadas de almendros, más pobladas y más florecidas; se perdieron en un bosque de altos pinos donde bien podía esconderse un malvado lobo “perraultiano”; se reencontraron entre esbeltos eucaliptos habitados por mirlos en lugar de koalas australianos; se toparon con una rústica área infantil que se mimetizaba a la perfección con la seca vegetación que la rodeaba; volvieron a perderse en un mediterráneo olivar donde reinaba una paz oportunamente simbolizada por sus árboles de copa ancha, hasta que, finalmente, dieron con una especie de galería que hacía de enlace entre el ambiente más silvestre y el menos agreste de un parque que parecía exterminado.

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La luz al final del túnel

Y por fin, a la salida de ese oscuro túnel, vieron la luz, la luz de un cartel revelador, que anunciaba la famosa floración, el exótico concierto y la comprometida exposición.

Siguiendo aquellas indicaciones, ante sus ojos apareció un lago de considerables dimensiones con turbias aguas en busca de nitidez; un poco más allá, en el límite occidental del jardín, una fuente con cuatro tazas, flanqueada por bancos de granito; a la derecha, la así llamada Casa del Reloj, cuyas paredes rojizas destacaban sobre el fondo de cristal de un moderno polo empresarial, y, finalmente, a su lado, entre parterres de setos, uno de los famosos molinos de la quinta que con sus palas al viento traía a la memoria de Aliapiedi las imágenes de aquellos que aparecían solitarios ante gasolineras abandonadas en el medio del desierto en las películas americanas –y tampoco en esta ocasión iba ella desencaminada, ya que esos aeromotores habían sido traídos expresamente de Michigan–.

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Molinos íbero-americanos entre terrazas y espejos de agua

Distraída por la cinematográfica comparación, casi no se percató de que a su espalda se había materializado un palacio, o mejor dicho, el palacio, el eje inicial de todo ese recinto, un edificio de estilo pre-racionalista, cercano al de la secesión vienesa, que se presentaba de una forma muy seria y austera, al igual que los árboles desnudos que lo precedían y que con su seca presencia contribuían a crear un ambiente inquietante, casi de un perturbador “resplandor”.

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La álgida estampa invernal del austero palacio entre árboles desnudos

Aunque lo que realmente resultaba perturbador no era tanto el formal y lineal aspecto exterior del edificio sumergido en una álgida estampa invernal, sino más bien la cantidad de gente que hacía cola para acceder a su interior. Madre e hija se miraron con desesperación: esas decenas, puede que centenares, de personas ordenadamente colocadas una detrás de otra, no avanzaban ni un centímetro, y tampoco parecía importarles gran cosa, entretenidas como estaban en conversar entre ellas o en escrutar las pantallas de sus móviles de última generación.

Aliapiedi estuvo a punto de ceder, de renunciar a la empresa y de omitir esa parte de la visita pero justo en ese momento recibió la llamada de una querida amiga que, deprisa y corriendo, estaba llegando con su hija para asistir todas juntas al concierto, tal y como habían acordado. Esa llamada fue providencial para retomar el plan familiar original y seguirlo al pie de la letra, por larga que pudiera llegar a ser la espera…

Así todo, fue tomar esa determinación y ¡zas!, como por arte de magia, las imperiosas puertas del palacio abrirse de par en par…

Ya estaban en el vestíbulo central donde se había montado un escenario para los músicos y un “patio de butacas” para los primeros afortunados. Ellas se dirigieron rápidamente hacia una oscura sala lateral, iluminada por la exposición del ambicioso, y genial, proyecto de recuperación e unión histórico-cultural de las majestuosas y sorprendentes tres quintas y de sus palacios. Las fotos, los mapas y los paneles informativos allí exhibidos les sonaron familiares, sobre todo los que ilustraban la ubicación y estructura del jardín de El Capricho y del búnker oculto bajo su rebosante y cuidada vegetación, esperando pacientemente poder salir a la luz para darse a conocer a todo el mundo…

En ese instante, Aliapiedi no pudo evitar fantasear con los posibles programas culturales, itinerarios a piedi y eventos sociales que podrían organizarse poniendo en contacto esos tres lugares de enorme potencial.

Y así, entre sueños y deseos, con la dulce melodía que empezó a resonar en el ambiente, una sonrisa se dibujó en los labios de la hija cuando, entre el nutrido público, entrevió la cara de su antigua compañera de colegio al lado de su madre. Las niñas se saludaron, se abrazaron y se besaron con la sencillez y la ternura de unas niñas que, a pesar de no verse ya con la habitual cotidianidad, siguen reencontrándose con ilusión y con la certeza de ser y seguir siendo amigas para siempre…

Y mientras las complacidas mamás se sentaron en un asiento inventado, en el borde de una maceta de una planta ornamental, las dos mujercitas, aprendices de pianistas, se acercaron tanto como pudieron a los artistas y de pie, sin pestañear, unidas por sus manos y por sus comunes pensamientos, estuvieron desde el principio hasta el final escuchando en riguroso silencio el concierto, cautivadas por las originales y entretenidas notas musicales de latin-jazz del Maureen Choi Quartet. Los ritmos, a veces pausados a veces frenéticos, fueron poco a poco invadiendo todo el espacio, abrazando como si de una delicada niebla invisible se tratase a todos los asistentes, contagiándoles con los sonidos al compás, alternados o combinados, de un piano, un violín, una batería y un contrabajo, protagonistas de una virtuosa espiral de magia musical.

El palacio languideciente fue paulatinamente despertando de su letargo, cobrando vida y enriqueciéndose al ritmo de las estudiadas o improvisadas sinfonías, de los tonos graves o agudos de nostálgicas y evocadoras melodías, de unas notas tocadas con increíble maestría. La media hora abundante se esfumó rápidamente como los complicados acordes y los prolongados aplausos de la concurrencia y, al finalizar la sesión, todos los asistentes abandonaron encantados el edificio embrujado.

Pero la magia no había finalizado.

Fueron entonces los juegos, las risas y las palabras de dos niñas muy compenetradas las que consiguieron devolver al parque su belleza y su vitalidad de antaño, descubriendo los rincones más hermosos y los escondites más curiosos: el segundo molino, el de la rosaleda, al final de una escalera de rosas en primavera; un invernadero sin cubierta de cristal detrás de una columna jónica sin nada que soportar; unos estanques con fuentes de nítidas corrientes asomando entre terrazas abiertas entre una vegetación incipiente; una pista de tenis sin raquetas donde se vitoreaban infantiles piruetas; una grutas sin salida para satisfacer una curiosidad atrevida; unas ramas de mimosas perfumadas destinadas a unas madres muy amadas; unos arcos del triunfo levantados entre una vegetacion floreciente cuales fantasiosos decorados de relatos encantados, los de dos mujercitas soñadoras y de dos mujeres, gracias a ellas, triunfadoras…

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El triunfo de la amistad, el triunfo de la floración

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Castillo de la Alameda: La E y la espera

Hace tres años, cuando emprendí esta aventura bloguera, recordaba cómo una década atrás me había instalado en un barrio que se salía del mapa turístico de Madrid. Por aquel entonces buscaba pisos por el centro de la capital y, a ser posible, que guardaran alguna similitud arquitectónica con la casa milanesa que había dejado atrás. Sin embargo, a pesar de mi empeño, nada me cuadraba, ni en términos estilísticos ni en términos económicos; pero un día, un día cualquiera, cuando ya había perdido toda esperanza y pensaba que acabaría durmiendo románticamente bajo las estrellas con el que ya era mi compañero de fatigas, un buen amigo de ambos nos acompañó a visitar un “piso piloto” –en mi vida había oído semejante expresión dado que en mi país de origen tan útil herramienta no existe– en un descampado donde todo estaba proyectado pero nada construido. La verdad es que quedamos abrumados, aunque no convencidos, con las calidades y las instalaciones de la futura urbanización que se levantaría allí donde en ese momento sólo había tierra y barro, y, después de la visita, mientras deambulábamos por las inmediaciones del solar, me llamó la atención un cartel con letras doradas sobre fondo verde que colgaba de una pintoresca reja que daba acceso a un jardín histórico-artístico del siglo XVIII: El Capricho.

Faltaba poco más de media hora para el cierre y, sin dudarlo ni un momento, cogí la mano del que siempre está a mi lado para explorar ese lugar tan alentador que, nada más entrar, nos sorprendió con sus ingeniosas y originales edificaciones, sus plantas seculares y flores de múltiples colores, sus fuentes pintorescas y lagos de aguas frescas.

El Capricho me (nos) había fascinado, cautivado y finalmente enamorado.

Tenía que ser allí donde viviéramos, cerca de ese jardín tan hermoso, cerca de ese lugar tan asombroso.

Y así fue.

Con el pasar de los años, y tras el nacimiento de los niños, poco a poco me fui acostumbrando al ritmo de este verde y tranquilo distrito 21, tan diferente del bullicioso y céntrico número uno de los planos urbanos que manejaba cuando estaba inmersa en la búsqueda de una nueva morada. Además el barrio, con el paso del tiempo, había ido mejorando paulatinamente: allá donde había un campo de fútbol polvoriento, ahora había un terreno de juego de césped artificial ya no tan sediento; donde había un descampado, ahora había un parque con carril bici y árboles recién plantados; donde había un bar de un camping destartalado, ahora había un flamante restaurante renovado; donde había aceras en mal estado, ahora había paradas de metro y zonas de recreo de diseño agraciado; y en la esquina donde se sucedían locales de éxito desafortunado, ahora había un bullicioso bar de tapas y cañas bien asentado.

Todo en la Alameda de Osuna prosperaba y yo con mi familia, día tras día, lo disfrutaba.

El mismo “caprichoso” jardín que desde siempre lucía orgulloso numerosos adornos florales, arquitectónicos y vegetales, conseguía aumentar su esplendor con visitas teatralizadas, conciertos musicales y festival estivales.

Todo era perfecto, todos estaba en su lugar, todo encajaba a la perfección… o casi.

Sólo había un edificio que desentonaba con el idílico entorno: un castillo en ruinas, perdido y solitario, abandonado a su destino. Lo poco que quedaba de él eran unas pocas piedras esparcidas, agredidas por el descuido y marcadas por las cicatrices de sus vicisitudes seculares.

Panteón de los duques Fernán-Nuñez

Panteón de los duques Fernán-Núñez

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

A nadie, sin embargo, parecía importarle la triste condición de la histórica construcción cuya existencia se apagaba sin prisa pero sin pausa.

Paseando delante de él, imaginaba que sus últimas cenizas acabarían por unirse a las del pequeño cementerio colindante y que sus últimos suspiros descansarían en el vecino Panteón de los duques de Fernán-Núñez, sus padres adoptivos desde finales del siglo XIX, una vez que ya había sido abandonado. Pero un día, delante de la moribunda estructura apareció un cartel prometedor, un cartel imponente, un cartel innovador, dominado por una E de color rojo de desproporcionadas dimensiones, una E llena de Empleadoras ilusiones, una E cargada de Estimulantes inversiones.

Esa E fue su salvación.

El montañes centro de recepción

El centro de recepción de estilo alpino

Empezaron así las obras de acondicionamiento, remodelación y restauración de la frágil criatura y finalmente, al cabo de unos meses, se estrenó el renovado Castillo de la Alameda. Visto desde el exterior, desde la pradera donde estaba ubicado, no se apreciaban evidentes mejorías, con la excepción de un aparatoso centro de recepción de visitantes, de estilo alpino, con una curiosa arquitectura de madera, precedido por un elegante letrero que anunciaba la reencontrada denominación.

Los de Aliapiedienfamilia, para entonces ya éramos cuatro, fuimos de los primeros en visitarlo.

Era una tarde de invierno, una de esas gélidas tardes en las que, cuando el sol se prepara para acostarse, el frío hace acto de presencia con todo su poderío en el nocturno escenario, una de esas tardes en las que el viento helado sopla con violencia. Recuerdo que las condiciones climatológicas se hacían a cada paso más hostiles y las gotas de lluvia, tímidas al principio, e impertinentes al cabo de un rato, cayeron sin piedad sobre nuestras cabezas: cada vez era más difícil avanzar por el paseo peatonal y, muy a nuestro pesar, tuvimos que dejar para mejor ocasión la visita al castillo renovado, el castillo deseado, el castillo embrujado. Pero sabíamos que él, con su proverbial paciencia, rejuvenecido y fortalecido, nos esperaría allí, impertérrito y silencioso en su enclave ya no tan misterioso.

Y así pasaron los días, las estaciones y los años…

El castillo seguía en su sitio, un poco menos abandonado, un poco más visitado.

Nos observaba desde lejos, cuando nos acercábamos al parque Juan Carlos I, y de reojo, cuando acompañábamos a los niños a la Escuela de Música municipal; no nos perdía de vista, aguardando confiado nuestra visita, seguro de que no lo habíamos olvidado.

Y tenía razón.

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Exterior de la instalación de acogida

Este verano volvimos a percatarnos de su presencia, gracias a que nuestro hijo mayor, puede que escuchando una llamada encantada o puede que devolviendo una mirada inanimada, expresó de repente el deseo de (volver a) cruzar el renovado cerramiento de la parcela para acercarse a esa extraña edificación, según él, inacabada, y de cuya primera visita nada recordaba. Dicho y hecho, al ser un día festivo –el castillo solo abre sus puertas los fines de semana– pudimos satisfacer su deseo inmediatamente y, pocos instantes después, ya estábamos en la instalación de acogida, oculta desde el exterior por una especie de valla suspendida.

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Plano táctil con recorrido

Unos paneles informativos –también hay unos planos táctiles para los invidentes– y un agradable encargado nos dieron la bienvenida. A diferencia de la anterior experiencia familiar, esta vez el día era maravilloso, luminoso y ventilado, con una leve y placentera brisa veraniega que acariciaba nuestros cuerpos sin azotarlos con violentas ráfagas invernales. Y el castillo, lejos de mostrarse ofendido por la prolongada espera, parecía querer ofrecerse en todo su esplendor, para que descubriéramos tranquila y serenamente toda su vida rocambolesca: su nacimiento, su crecimiento, su transformación, su casi defunción y su (parcial) resurrección.

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El puente sobre el ancho foso

Los restos de la Casa del Guarda, una típica casa de campo construida a principios del siglo XVIII, cuando el histórico conjunto ya estaba abandonado, fue lo primero que avistamos desde uno de los estratégicos miradores repartidos a lo largo del perímetro del castillo –cada uno de los cuales dispone de un panel informativo y el correspondiente plano táctil–. Sin embargo, lo que más nos sorprendió fue el enorme foso, ancho y profundo, devuelto a su desproporcionado tamaño original después de las excavaciones, y cuya función inicial, en el siglo XV, era la de proteger la recién estrenada residencia fortificada de los Mendoza, señores adjudicatarios por parte de la Corona de la aldea de la Alameda.

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Detalles de las obras de acondicionamiento

Nuestro joven acompañante, al leer ese nombre, se sobrecogió de improviso como si hubiera visto un fantasma deambular, o mejor, cruzar sin inmutarse las escarpas del edificio, es decir las paredes que lo rodean formando taludes inclinados. En realidad, su sobresalto no fue provocado por la presencia de un ser extraño entre los restos del chapado de piedra delante de nosotros, sino por el recuerdo de otros castillos, más conocidos y más avenidos, que él había visitado con entusiasmo un par de años atrás, puede que más, y que pertenecían a la misma noble familia.

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Ángulo sur del castillo

Asombrados por su memoria, fresca como su edad, seguimos a piedi por el camino, hasta el siguiente punto panorámico.

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Ángulo este del castillo

Allí, delante de unos muros levantados con piedras irregulares de sílex, nos dimos cuenta una vez más de la sabiduría del improvisado y joven guía, el cual, listo para enfrentarse a un nuevo año escolar, nos explicó que ese material era el mismo con el cual se avivaba el fuego en la Prehistoria.

Llamas de satisfacción se encendieron en los ojos de unos padres orgullosos que, con gusto, se dejaron llevar por el buen estudiante hasta el siguiente y privilegiado ángulo de visión.

En el foso, ensanchado y reformado adrede, vimos, con un poco de imaginación, un magnífico jardín, lleno de fuentes y albercas, de fresnos y nogales, de plantas aromáticas y ornamentales que exaltaban el esplendor del castillo convertido en el siglo XVI en un palacio renacentista por los nuevos señores de la Alameda y Barajas: los Zapata.

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Ángulo norte del castillo

Esa sí había sido una época dorada.

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Pasadizos ocultos…

Los restos de los parterres, bien visibles, nos lo confirmaban, así como el suelo de guijarro de una liza medieval luego pavimentada, o como la fuente de burlas de unas tuberías descubiertas en el interior de la torre meridional, o como una pequeña puerta, oculta por un helecho autoritario que, a través de un pasadizo subterráneo abovedado, cubierto por un pavimento de ladrillo, comunicaba el jardín exuberante con el edificio elegante.

El castillo sonreía silenciosamente, recordando aquellos años tan florecientes…

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El inquietante nido de ametralladoras

Pero el idílico momento, para el castillo y sus visitantes, se interrumpió súbitamente, al percatarnos de la presencia de una aterradora construcción: el nido de ametralladoras.

El infante –curioso, atrevido y, como todos los niños de su edad, inocentes ellos, fascinado, y espantado al mismo tiempo, ante todo lo que tenga que ver con lo bélico– se acercó prudentemente a esa especie de cubo de hormigón armado semienterrado, que fue utilizado durante la Guerra Civil por el general Miaja como estratégico punto de observación y de defensa de su puesto de mando, que estaba instalado en el palacio de El Capricho, bajo cuyo jardín se construyó también un impresionante búnker –que posiblemente abrirá sus puertas al público en un futuro no muy lejano.

La casamata tenía una única apertura desde la cual unos hábiles tiradores cumplían con sus mortíferas misiones. Ese sólido nido de muerte de gris aspecto nos infundió mucho respeto, y más aún después de habernos enterado de que ese lugar tan letal, al finalizar la contienda, había sido reutilizado como vivienda: ¿Quién podía haber tenido el valor, y el horror, de vivir allí? ¿Quién podía haberse atrevido a instalar unas escaleras y un almacén donde un tiempo hubo sangre y arena? ¿Quién podía haber aprovechado ese espacio tan limitado para un uso tan inadecuado?

Las inquietantes preguntas nos ronzaron prepotentemente en la mente, bajo la mirada del castillo que ahora recordaba con tristeza aquel periodo de su decadencia personal, cuando herido, quemado y destrozado por las voraces llamas de un incendio, quedó reducido a unas ruinas, en todos los sentidos, al verse despojado de gran parte de su “pedrosa” vestimenta para la construcción del mencionado palacio de los duques de Osuna, la joya de la “caprichosa” corona vegetal, amén que explotado como bélico instrumento de una guerra asesina.

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Ventanal de la torre de la esquina

Unas lágrimas de roca cristalina cayeron invisibles desde uno de los ventanales abiertos en una de las torres de las esquinas, y deslizándose por las paredes revestidas con zócalos de azulejos, rodearon temblorosas el hueco de un disparo explotado durante la guerra fratricida, posándose finalmente en el suelo de cantos rodados de un esplendor ya pasado.

En ese momento, el pequeño visitante, que se encontraba cerca del nido tan inquietante, sintió algo en su corazón gigante.

Entonces dirigió su mirada hacia lo que quedaba de la Torre del Homenaje, hacia el originario patio a sus pies, embellecido por los Zapata con un elegante pórtico de granito, y hacia una hipotética capilla medieval, ubicada en una de sus salas.

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Ángulo oeste del castillo

Y allí vio algo resplandecer, vio algo deslumbrar, vio algo brillar.

Se alejó de la casamata, superó a sus padres, que andaban entretenidos con el descubrimiento de unos hoyos rellenos de “basura” prehistórica, testigos de un poblado de cabañas asentado en el lugar en la remota Edad del Cobre, pasó deprisa delante del puente originario sobre el foso, cruzó el nuevo puente y finalmente llegó al interior del castillo, cubierto por un cielo abierto. Encontró un pozo, uno de los dos existentes en el antiguo patio, y, cerca del mismo, el origen del resplandor, la causa del brillo, la fuente del destello anterior: unas sencillas gotas de agua, puede que de una lluvia imaginaria, puede que de un llanto sobrenatural, capaces por sí mismas, con sus diminutas proporciones, de llamar su atención sobre el edificio de otras dimensiones.

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El interior del castillo, cubierto por un cielo abierto

El niño, en efecto, después de su líquido descubrimiento, levantó la mirada y, con mayor detenimiento, empezó a observar los restos arqueológicos que le rodeaban, casi le abrazaban con la fragilidad del olvido del pasado y con la fortaleza de la recuperación del presente; reflexionó entonces sobre la importancia de la historia encerrada, protegida y revelada entre los muros parcialmente recuperados de un castillo medieval transformado en palacio señorial, comprendiendo así el valor cultural de la excavación, rehabilitación y musealización del monumento en un solar que bien podría haber sido destinado a albergar una (otra) moderna y anónima urbanización sin alma, en lugar de un ser vivo del patrimonio de España.

Las acuosas presencias, ya no lluviosas, ya no llorosas, reconfortadas por los infantiles pero acertados pensamientos, se desvanecieron en el suelo milenario, libres ya de toda sombra de amargura: si la mirada de un solo niño había sido capaz de trascender el significado de lo material, entonces el espíritu del castillo sería capaz de sobrevivir para siempre, alimentado por el Entusiasmo, la Energía y la Empatía de la gente.

El arqueólogo del futuro, cogido de la manos de sus padres, se despidió así del lugar lleno de recuerdos; él que no recordaba que años atrás allí se había levantado un enorme cartel con una E prometedora, ahora guardaría en su memoria ese foso, esa torre y esa barrera, levantados y restaurados como estandartes de una sorprendente Alameda.

El niño no iba a olvidarse nunca jamás de su castillo; el castillo recordaría para siempre a su niño…

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El castillo olvidado… el castillo inolvidable…


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