EDIFICIOS

El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Primera parte]

Hace dieciséis años, sin pensárselo dos veces, Aliapiedi lo había dejado todo, familia, amigos y trabajo, para seguir a un joven madrileño que, por un capricho del destino, se había cruzado en su camino en un congreso interuniversitario cordobés.

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Basílica de Sant’Ambrogio

Tras una despedida a lo grande de su amada ciudad de nacimiento, Milán, con una tradicional, y a la vez original, boda ítalo-española, celebrada en la misma iglesia donde habían contraído matrimonio sus padres, la espléndida Basílica di Sant’Ambrogio, patrón de la capital de Lombardía, y sin echar la mirada atrás, aterrizó en una nueva ciudad en la que contaba apenas con unos cuantos conocidos.

Ella era instintiva, apasionada, sentimental y, a diferencia de él, un poco irracional; en aquel momento de su existencia lo único que le importaba era estar para siempre al lado del hombre de su vida, de su flamante marido, del futuro padre de sus hijos. Y había acertado.

Él se preocupaba por ella, la cuidaba, satisfacía todos sus deseos y, de vez en cuando, la sorprendía con el mejor de los regalos: una excursión en el día, una escapada de fin de semana o un viaje con una estancia más larga. Precisamente, con ocasión de una de estas aventuras fuera de Madrid, el armonioso equilibrio entre ambos empezó a peligrar…

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San Vicente de la Barquera

Acababan de llegar a Santander, el sorprendente destino que no había tardado en cautivar a Aliapiedi con su elegancia y belleza marinera, y, tras un par de días explorando la ciudad, con sus puertos, sus parques, sus playas y sus bares de tapas, una mañana soleada, de esas que tanto escasean en el norte de España, él decidió llevarla de excursión para explorar la costa occidental de Cantabria, llegando hasta San Vicente de la Barquera, para disfrutar de una comida con vistas al Parque Natural de Oyambre y a las caprichosas aguas oceánicas que, en función de las mareas, subían y bajaban, abrigando o desnudando porciones de tierras habitadas por aves, cangrejos y animales más extraños.

Sin embargo, debido a los tiempos propios de una pareja de enamorados, las horas se les fueron escapando, arrastradas por el mismo viento que encrespaba las olas del rabioso Mar Cantábrico, por lo que se vieron obligados a replantearse la posibilidad de renunciar a visitar Comillas, otro conocido pueblo costero, que estaba incluido en el plan original.

Pero ella era caprichosa como una niña y proverbialmente reacia a renunciar a nada, especialmente a una visita, y más aún tratándose de un lugar que tenía tan cerca y que ya había centrado toda su atención por la abundancia y relevancia de los monumentos señalados en su guía, así que, como de costumbre, puso todo su empeño en convencer a su altruista y generoso marido para que accediera a esa toccata e fuga a la italiana, y él, como siempre, acabó cediendo por agotamiento. No obstante, conforme se iban aproximando al anhelado destino, ella empezó a notar en su interior un extraño sentimiento in crescendo, una rara mezcla de sospechosa inquietud y hermosa excitación. A través de su sexto sentido “aliapiedesco”, el de la imaginación, percibió que “alguien” o “algo” la estaba silenciosamente llamando, la estaba suavemente atrayendo, la estaba delicadamente empujando hacia un punto, posiblemente, de no retorno, de modo que, aprovechando su función de copiloto, dejó que su subconsciente les llevara a ambos hacia ese lugar no muy bien definido.

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Universidad Pontificia

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Praderías y océano

En teoría los dos habían acordado acercarse a la sede de la Universidad Pontificia pero, cuando empezaron a bajar por una de las muchas colinas rebosantes de praderías que competían, en el horizonte, con el azul del océano, tras avistar desde la lejanía la espléndida silueta de este edificio que fusiona el estilo gótico-mudéjar de Martorell con la posterior decoración modernista de Domènech i Montaner, ella, ignorando deliberadamente las indicaciones que llevaban al destino, lo condujo por unas vías que se abrían paso entre antiguas y nobles casonas y nuevas y lujosas urbanizaciones.

Él no entendía el motivo de ese cambio de rumbo repentino, de porqué su mujer estaba renunciando a admirar más de cerca ese edificio con su broncea Puerta de las Virtudes, pero, frente a su determinación, la llevó allá donde ella quiso.

Y así fue como, al final de un camino de guijarros, flanqueado por árboles centenarios, “él” apareció en todo su esplendor, besado por los rayos del sol que exaltaban su belleza exterior.

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¡”Él” en todo su esplendor, besado por los rayos del sol!

Ella se quedó sin aliento; el corazón le dio un vuelco, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y un calor inesperado lo apagó de inmediato.

Algo había pasado: Aliapiedi se había enamorado.

Una nueva pasión había entrado prepotentemente en su vida y ella, avergonzada por ese inesperado y arrasador sentimiento, le pidió a su marido que se alejara cuanto antes de ese sitio: quería cancelar de su mente ese “alguien” tan especial, tan cautivador y tan embriagador que, con su extravagancia y originalidad, había anidado inevitablemente en su corazón…

[Continuará… ]

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Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Primera parte]

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Jueves, 8 de junio de 1893

¡Por fin!

¡Por fin había llegado la invitación!

¡Por fin los de Aliapiedienfamilia irían a palacio!

Aliapiedi y la pequeña de la casa, las más expresivas de la familia, intentaban mantener la compostura pero, incapaces de contener la emoción, empezaron a pegar saltos de alegría, exaltadas por la recepción de la misiva, irrefutable prueba de un secreto a voces que corría desde hace semanas en los círculos más selectos de la capital.

Como de costumbre, los otros dos miembros de la familia, más pausados, no podían evitar contemplar perplejos, más bien resignados, esa inexplicable muestra de entusiasmo, casi euforia, típicamente femenino; para ellos, ese augusto tarjetón, escrito de puño y letra por el marqués con una de sus sublimes plumas, representaba un aburrido plan familiar, a la par de cualquier otro acto social de una comedia de fin de siglo centrada en la ostentación universal.

En efecto, ni el Conde, ni el Condesito de Aliapiedienfamilia compartían ese afán de opulento protagonismo: ellos eran nobles, nobles de verdad, nobles en la forma y nobles en el fondo, y lo que menos les gustaba era actuar, o sobreactuar, forzando sonrisas, besando delicadas manos, más bien guantes de seda o terciopelo, o pronunciando falsos cumplidos mientras se relacionaban con la crème de la crème de la capital. Esa fecha, el 15 de junio de 1893, se había convertido en una auténtica pesadilla, por lo que tenían que encontrar la manera de escurrir el bulto elegantemente sin que nadie se percatara o, peor aún, se ofendiera.

Y así, mientras que la condesa y la condesita se centraban en asuntos de vital importancia para esa cita tan ansiada –la vestimenta, el peinado y las joyas que iban a llevar–, ellos empezaron a barajar todas las posibles excusas para disculpar su ausencia –una cacería en Extremadura, las parisinas carreras de Longchamps o una reunión extraordinaria en el londinense Hurlingham Club–.

Cualquiera fuera el pretexto elegido, más o menos razonable, más o menos creíble, el conde y su vástago eran conscientes de que las normas básicas de educación exigían disculparse en persona con don Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII Marqués de Cerralbo, su esposa de edad ya avanzada, doña Inocencia Serrano y Cerver, viuda y madre de un querido amigo del marqués, y los dos hijos que esta última había aportado de su primer matrimonio, don Antonio y doña Amelia del Valle y Serrano, Marqueses de Villa-Huerta, de modo que, una vez convenido que el imprevisto más oportuno era el compromiso londinense, el conde, ante la resignada mirada de su mujer y su hija, decidió enviar inmediatamente un mensajero a la flamante demora de los marqueses para anunciarles su intención de visitarles al día siguiente, a fin de comunicarles la tan inminente cuan ficticia partida hacia las tierras inglesas. [Continuará… ]

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La invitación y el menú de gala: la ilusión de Aliapiedi y su hija

 

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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Segunda parte]

[… Sigue]

Agarrándose a la barandilla que escoltaba los casi sesenta empinados peldaños, Aliapiedi, que había permanecido deliberadamente a la cola del grupo de exploradores, se esforzaba en ocultar su progresivo malestar y en ignorar los sudores fríos que, en consonancia con la baja temperatura que reinaba allí dentro, recorrían su cada vez más rígido cuerpo. Nada ni nadie, sin embargo, le iba a impedir seguir adelante con esa visita: sólo tenía que apoyarse con discreción en las paredes, o en el hombro de sus hijos, si era menester, hasta adentrarse, pasando desapercibida, en esa primera galería abovedada.

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La hostil escalera de ladrillo

Sin embargo, antes de emprender su peculiar descenso por aquella hostil escalera de ladrillo en el que debía sortear sendos ángulos rectos, el primero a la derecha y, tras un descansillo, el segundo a la izquierda, fijó su mirada en el pequeño tropel de visitantes que, desfilando en fila india por ese tortuoso y, a la vez, geométrico recorrido, le recordó por un instante un videojuego de su infancia, “Snake”, lo que le arrancó una pícara sonrisa, a pesar de las hostiles circunstancias.

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El estratégico ángulo de noventa grados

Pero, una vez más, desafortunadamente, aquello no era un juego, ni una inofensiva e informática serpiente cuya cola aumentaba progresivamente a la vez que se deslizaba por la pantalla de una prehistórica consola, siguiendo un recorrido huérfano de curvas pero rico en líneas primitivas que se sucedían en diferentes direcciones a través de ángulos de noventa grados, aquello era la pura y cruda realidad de un itinerario estratégicamente concebido para que el efecto de una posible deflagración rebotara sobre esas paredes perdiendo así su potencia y energía.

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La escalera especular hacia la entrada gemela

Los niños, atentos a esos “trucos” de estrategia militar que caracterizaban la estructura de un refugio de menos de un siglo de existencia, recordaron la excursión familiar que cuatro años atrás les había llevado hasta el “Lejano Oeste castellano”, donde tuvieron la oportunidad de conocer los castillos medievales de Coca, Arévalo y Mota, en cuyas visitas guiadas también habían aprendido unos increíbles y bélicos secretos. Y así, con las debidas comparaciones espacio-temporales, llegaron a una acertada conclusión: en las guerras, de entonces y de ahora, siempre había, y así seguiría siendo, algún genial arquitecto trabajando en la sombra y privado de emplear sus brillantes recursos y cualidades en edificios de diferente estilo y finalidad por haber nacido en el lugar y en el momento equivocados…

Y después de las tácitas reflexiones, los visitantes llegaron al final de la escalera hasta detenerse en un nuevo descansillo, frente a una puerta cerrada con una reja que llevaba, a través de una escalera especular a la que acababan de recorrer, al acceso gemelo de aquel por el cual habían entrado; a su izquierda se encontraba una puerta-esclusa de hierro separaba esta zona del pasillo central del refugio.

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La puerta-esclusa hacia el pasillo central

Una vez cruzado ese acceso, la nuda verdad del edificio subterráneo iba a hacer acto de presencia con todas sus inquietantes y dramáticas consecuencias…

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Avanzando hacia la zona central…

Una extraña y adrenalínica mezcla de miedo cautivador y curioso estupor se apoderó de todos los visitantes mientras que, azarosos, uno tras otro, superaban ese límite imaginario, o puede que no tanto, entre la ficción y la realidad, entre los conocimientos teóricos y los aprendizajes prácticos, entre todo lo que hasta ese momento habían escuchado y lo que, a partir de ese momento, nunca iban a olvidar.

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La estancia con líquidas presencias

Sin embargo, antes de los ojos, fueron los oídos los que les hicieron sobresaltar: un leve y rítmico sonido, inquietante en su cadencia tan constante, incesante en su murmullo acuático alarmante, insistente con su eco de gotas muy pacientes…

Parecía como si en el ambiente estuviera propagándose sinuosamente una liquida presencia cual aterradora protagonista de una película de miedo pero, en realidad, no se trataba de un conseguido efecto especial de un imaginario set cinematográfico, aún no, sino del testimonio de la existencia, en la primera estancia de ese búnker, a la izquierda, de un pozo y de una bomba reguladora del nivel de los depósitos de agua subyacentes que, aprovechando un antiguo circuito que pasaba por encima de las bóvedas del edificio, podía servir para abastecer, en caso de necesidad, con el vital liquido, a los desafortunados inquilinos de esa estructura, a la vez que impedir una posible inundación de la misma.

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Los restos de los originarios aseos

Enmudecidos por la crudeza del escenario, obedeciendo sin ser conscientes de ello al invisible dictamen de un cartel, ya desaparecido, que un tiempo rezaba al principio del recorrido “No obstruyan la entrada. Bajen la escalera rápidamente y en silencio”, los visitantes desfilaron ante una segunda habitación, siempre a su izquierda, de mayores dimensiones que la anterior y distribuida en dos espacios. Se trataba de  los aseos y, aunque a primera vista conceder que aquella estancia estuviera destinada a tal fin les pareció un acto de generosa confianza, al reparar en los detalles señalados por el guía, pudieron finalmente convencerse, sin verlos de verdad, de que aquello que estábamos contemplando eran los restos de unos originarios inodoros, separados por una especie de mamparas o cabinas, y de una ducha destinada a cubrir las necesidades higiénicas de los allí refugiados, y no para su descontaminación como posibles gaseados, según las teorías de otros estudiosos.

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Entre bastidores, o entre compuertas, camino del escenario principal

Aunque esas espantosas palabras –“inundación”, “gases”,  “descontaminación”–, recurrentes en el relato del anfitrión, eran ya de por sí suficientes para componer un panorama espeluznante, se trataba sólo de la antesala, entre bastidores, del verdadero y dramático escenario principal, el que apareció en toda su álgida frialdad tras una segunda puerta de hierro estanca: el pasillo central.

Casi de inmediato, los cuerpos de todos los asistentes fueron sacudidos por unos violentos escalofríos provocados, no sólo por esa siniestra visión que oscurecía, y a la vez hacía palidecer, el recuerdo de la película “El resplandor”, sino también por las bajas temperaturas. Aliapiedi, en cuyo cuerpo comenzaba a consolidarse lo que ya tenía todos los visos de ser una contractura, estaba sobrecogida ante un escenario tan tristemente evocador; ese ambiente, tan frío y decadente, rescatado por aquellos que no querían olvidar y que seguía presentando adrede su aspecto original, era justo como se lo había imaginado: reluciente de una potencial oscuridad, brillante de una suciedad mermada pero no completamente eliminada, resplandeciente de unas huellas del pasado no del todo borradas.

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El “resplandeciente”, y a la vez oscuro, pasillo central

Aquel lugar era verdaderamente impresionante; aquel lugar daba mucho que pensar…

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La enfermería (afortunadamente) inutilizada

A ese pasillo distribuidor, de unos treinta metros de largo y dos de ancho, asomaban diferentes estancias, distribuidas geométricamente y destinadas a diferentes funciones predeterminadas. A través de unas puertas imaginarias, sustitutas de las originarias, todas ellas desaparecidas y en su día hechas de madera, como atestiguaban los marcos, todavía en pie aunque víctimas del constante ataque de la humedad, los de Aliapiedienfamilia caminaron despacio, respetuosamente, como si estuvieran pisando un lugar sagrado, ante una enfermería (afortunadamente) en eterna espera de médicos apresurados, enfermeros agitados y heridos descontaminados, ante puestos de mando, donde nunca nadie mandó, y de descanso, donde nunca nadie descansó.

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Una de las diferentes estancias

Y una vez más el silencio, un silencio respetuoso, se impuso entre todos.

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Una de las chimeneas exteriores

Esas siete salas, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, desnudas y desoladoras, concebidas para sobrevivir a las barbaries humanas, hablaban por sí solas: esas bandas laterales de color rosa, o de un rojo desgastado, que recorrían horizontalmente las paredes alicatadas con azulejos blancos, casi partiéndolas por la mitad, no tenían, o no parecían tener, una función decorativa, sino más bien orientadora: la de dirigir, en caso de apagón, el errático camino de los altos mandos allí refugiados, cuales líneas guías parecidas a aquellas luminosas de emergencia del suelo de los aviones; ese mismo pavimento de solera de hormigón formado por baldosas con pintorescos y geométricos motivos, tales como rombos, triángulos y cuadrados en función de las estancias, incluido el pasillo distribuidor, donde se alternaba el amarillento blanco roto por el tiempo y el rojo apagado por la historia, no era el fruto de una artística inspiración sino de una estudiada función: la de enderezar los pasos perdidos de los desafortunados y temporáneos, o, peor aún, permanentes, inquilinos del inquietante hogar subterráneo; esos extraños agujeros, casi a ras del suelo, que en su día estarían cubiertos por unas rejillas, no servían, como podían pensar los más pequeños, para un inocente y divertido juego al escondite, sino más bien para el más serio y malicioso juego de conductos horizontales y verticales que, desembocando al exterior a través de dos altas chimeneas de ladrillo visto, componían el elaborado puzzle del sistema de ventilación, y a la vez de protección, gracias a esos cambios de orientación, contra la posible letal propagación de gases tóxicos.

Terribles escenas de pánico, entre humo, alarmas y deflagraciones, empezaron a recorrer la fantasiosa mente de Aliapiedi mientras que el anfitrión, con sus inquietantes explicaciones, no hacía sino empeorar las catastróficas visiones, tras revelar cómo allí abajo todo estaba milimétricamente estudiado para que ese refugio tan avanzado no se convirtiera, en el peor de los peores casos, en una terrible ratonera.

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La salida…

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… hacia la calle Rambla

Y así, en uno de los dos pasillos paralelos que comunicaban por detrás todas esas habitaciones, los visitantes pudieron también divisar, al final de la segunda estancia a la derecha, los restos de un acceso, ahora cerrado con barrotes y candado, que, a través de una escalera que se perdía en la oscuridad, permitía, en caso de necesidad, alejarse rápidamente de los caprichos del pacífico jardín y del bélico destino, desembocando, a través de otra puerta hermética, la tercera del conjunto, en la hermosa calle Rambla.

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La salida posterior, cerca de la piscina

Los asistentes, sin embargo, se percataron de que faltaba en el recuento una última puerta, la que daba a la parte posterior del conjunto, cerca de la piscina del jardín y a un nivel próximo al de la superficie del terreno, sin embargo el guía les aclaró que debían esperar al final de la visita para contemplarla desde el exterior.

Pero antes les faltaba ver una última sala de ese túnel (ahora) iluminado con fluorescentes blancos, al final del cual, por absurdo, no se veía la luz sino, una vez más, ¡la oscuridad!

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La oscuridad al final del túnel

¿Qué era ese lugar que parecía surgir de las tinieblas y que estaba precedido por una puerta caída, levantada y fijada en la pared?

¡Se trataba de la cocina!

Los asistentes, más desorientados que antes, se pararon repentinamente, asaltados por las dudas mientras que Aliapiedi, cansada y dolorida, desataba su propia batalla contra un peligroso e insidioso vórtice de preguntas sin respuestas: ¿De verdad que era posible que esa lúgubre estancia pudiera convertirse en un lugar de placer gastronómico? ¿Cómo podía nadie tener apetito en esas circunstancias mientras sobre sus cabezas caían bombas o granadas? ¿Quién iba a “tener estómago”, nunca mejor dicho, para reunirse alrededor de una mesa, como si nada, si unos pocos metros más arriba, los “no elegidos” se enfrentaban al infierno de la guerra?

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Más chimeneas de ventilación

Aunque no quedaba rastro alguno de lo que un tiempo fue una cocina,  pudieron observar los restos de un originario cuarto de maquinaria, dotado de un generador de electricidad de gasoil y de unos depósitos de combustible para prevenir la eventualidad de un corte de corriente, y una bomba impulsora de aire para expulsar hacia fuera los escasos agentes tóxicos que pudieran superar la ya de por sí eficaz estructura del articulado sistema de ventilación.

Pero la historia, o mejor dicho, las historias de ese búnker tan ingenioso no acababan allí.

Todavía quedaba una más por contar, que hizo sobresaltar a todo el mundo: la del terror que allí abajo se había recreado.

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La estancia del terror y de un “gran amor”…

En efecto, esa estancia en forma de L, ahora ocupada por un solitario banco de obra adosado a una de sus negras paredes, así pintadas adrede, había sido  elegida por distintos cineastas para rodar escenas de la segunda Guerra Mundial e, incluso, para reproducir la demora sepulcral del vampiro más famoso del mundo. Los más pequeños, animados por ese relato, intentaron empujar aún más su mirada entre los barrotes de esa sala, mientras que Aliapiedi reflexionaba sobre la ironía de la realidad y de la ficción, sobre cómo lo que podía haber sido la última morada de seres vivos, víctimas de un cruel y real destino, se había convertido para la ocasión en el hogar de seres muertos o revividos protagonistas con motivo del rodaje de la película “El gran amor del Conde Drácula”.

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La paciente estalactita

Resentida, física y mentalmente, dando la espalda a la puerta metálica estanca de ese cuarto oscuro en el que, por efecto de la constancia de la cal del agua y de la paciencia de un tiempo transcurrido sin prisa pero sin pausa, se estaban materializando una estalactita y una estalagmita, se encaminó, casi arrastrándose por el suelo, hasta la parte final del búnker, hacia una galería que, detrás de un nuevo ángulo de noventa grados, se abría a la izquierda de la galería principal.

Allí, entre dos puertas de hierro, a la derecha, el guía les mostró una última habitación, cuadrada, dotada también de una chimenea vertical de ventilación que conectaba con el exterior, aunque más baja que las anteriores y enfoscada, posiblemente utilizada para el cuerpo de guardia.

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Una posible armería

Y allí, en ese último, y corto, pasillo donde también se abría un pequeño hueco en la pared de enfrente, puede que utilizado como armería, el anfitrión dio finalmente por terminada una visita que, por las preguntas, las observaciones y, sobre todo, las emociones de todos los asistentes, había durado más de lo debido.

A todo el mundo le tocaba volver allá de donde había venido, pero Aliapiedi, a pesar de su malestar, se sintió incapaz de abandonar ese refugio tantas veces deseado sin despedirse de él como era debido. Y así, de puntillas, desde esa última compuerta entreabierta, colofón final de ese estratégico, y a la vez dramático, túnel subterráneo, dando rienda suelta a su fantasía, lanzó su mirada tras ella, tras su rígida estructura, tras la posible amargura encerrada en el final de ese túnel casi infernal.

Y por fin vio la luz.

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¡La luz al final del túnel!

La luz que se colaba a través de una escalera empinada, invadiendo y atosigando con su maravillosa energía todas las estancias de un refugio que nunca tenía que haberse construido; la luz de un ambiente exterior, atacado y golpeado por los rayos de un nuevo sol donde desfilaban orgullosos “caprichos” de alto mando, bajo la complacida mirada de plantas y flores condecoradas, ataviadas con pintorescos y neutrales uniformes multicolores; la luz de centenares de vidas humanas que con la alegría y despreocupación propias del fin de semana bombardeaban el edificio escondido al nivel inferior, derrotando pacíficamente al fantasma de un trienio de auténtico terror; la luz de un recuperado búnker del pasado, inutilizado y abandonado por los caprichos de la Historia, convertido al fin en el luminoso símbolo de una memoria, ya no tan “caprichosa”.

Una nota final: Después de esta intensa, y sufrida, aventura en familia, Aliapiedi, gracias a un par de días de reposo (casi) absoluto, se recuperó de la inesperada contractura. Cuentan por allí que en este 2018 recién estrenado volverá a caminar “a piedi”, y a volar con la fantasía de sus “alia(i)piedi”, en un nuevo y (casi) super-secreto proyecto madrileño. ¿Cuál será? Id a www.infobarajas.com y descubriréis toda, o casi toda, la verdad sobre la protagonista de este blog en: “La mirada de Aliapiedi: Una milanesa en Madrid”.

Buona lettura a tutti!

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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Primera parte]

Llevaba un largo quinquenio esperando que el (ahora) tan famoso búnker de su amado jardín madrileño, El Capricho, volviera a abrir sus puertas al público; llevaba un año entero tratando de apuntarse a una de las visitas guiadas gratuitas que se organizaban en su interior los fines de semana; llevaba unos cuantos días contando las horas para esa ansiada cita con la historia…

Era un domingo de mayo y, debido a la emoción, Aliapiedi se había despertado antes de lo habitual. Afortunadamente, también el resto de los integrantes de la familia ese día se habían liberado temprano de los cómodos brazos de Morfeo, preparados para una nueva aventura.

Sin embargo, en el breve recorrido a piedi que separaba a los cuatro de su meta, la madre empezó a notar unas leves, pero progresivas, molestias, físicas y psicológicas; inusualmente restó importancia a las primeras centrando su atención, y su preocupación, en las segundas dado que en ese momento eran las que podían traer peores consecuencias.

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Uno de los accesos del Polvorín, oculto entre la vegetación…

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… y su chimenea de ventilación

Dejó entonces de mirar complacida la cara de sus hijos, tan impacientes como ella por el inminente encuentro “bunkeriano”, al rememorar su tierna infancia cuando jugaban a buscar entre la rebosante vegetación del jardín los accesos, más o menos secretos, y las chimeneas de ventilación de esta construcción subterránea y de las otras dos existentes en el mismo recinto, el Polvorín y la Galería de Escape, y empezó a dudar de todo: de sí misma, de los demás y ¡del equilibrio universal!

Mientras se esmeraba en disimular, con escaso éxito, el sudor frío, y a la vez cálido, que emanaba de los poros de su piel, a hurtadillas, con una soltura y habilidad digna de un elefante en una tienda de cristal, buscaba y rebuscaba con discreción en su móvil un correo electrónico de importancia casi vital, y transcurridos unos eternos segundos de pánico, por fin encontró la anulación de una primera reserva que,  imperdonablemente, para su marido, coincidía con un crucial partido del Real Madrid, y la confirmación de una sucesiva, para aquel día y con toda la familia: ya podía respirar hondo, secarse las gotas de sudor y empezar a disfrutar de ese prometedor día primaveral.

Llegaron así al jardín de su duquesa favorita, la de Osuna, admirable mecenas y responsable de haber concebido y querido con todas sus fuerzas esa joya arquitectónica y vegetal, y, superados los tornos de entrada, los cuatro se dirigieron hacia la originaria Plaza de Toros, justo delante de la noble reja de acceso al magnífico recinto del palacio ducal.

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Columna de los Enfrentados

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La Exedra

En el coso ya les esperaba uno de los preparados y apasionados profesionales de Inversa que, lista en mano, verificaba la identidad de  los allí congregados y, cuando pronunció los nombres de los componentes de Aliapiedienfamilia, ella sonrió orgullosa. 

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Estanque del Parterre

Tras el meticuloso control, previa presentación de sus documentos de identidad, los cuatro consiguieron por fin sus identificaciones como visitantes y, en compañía de otros dieciséis participantes, se encaminaron, en perfecta formación (casi) militar, hacia el paseo principal de El Capricho, siguiendo a su provisional comandante en jefe.

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El Laberinto

A ella, sin embargo, le costaba no poco esfuerzo mantener el ritmo de los demás, y no sólo por culpa de sus molestias físicas, que iban a más, sino sobre todo por las “caprichosas” distracciones de siempre: ¿Cómo no pararse a admirar cada mínimo detalle de ese jardín paisajista que rebosaba por todos sus rincones belleza y armonía?

No podía, tampoco lo pretendía, desfilar impasible bajo la autoritaria mirada de las Columnas de los Enfrentados o de la imperial Exedra o del geométrico y circular Laberinto o del cuidado Parterre con sus pintorescos estanques o de la chispeante Fuente de las Ranas

Y así, como de costumbre, se perdió por el jardín de la mano de su fiel compañera, la fantasía

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La Fuente de las Ranas

Fueron entonces sus familiares los que, discretamente, alejándose de los demás componentes de la expedición, fueron a rescatarla de su onírica dimensión, reorientando sus pasos y, sobre todo, sus pensamientos hacia la meta establecida.

De vuelta a la realidad, Aliapiedi se encontró así cara a cara con él, su secular amigo/enemigo íntimo, el protagonista de sus sueños y de sus pesadillas: el popular Búnker del General Miaja o, más correctamente el Refugio del General Miaja, por tratarse de una estructura concebida con esa finalidad.

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El Bunker del General Miaja en todo su escalofriante esplendor militar

Allí estaba él, con todo su escalofriante esplendor militar y su inquietante valor estratégico, invitándoles a cruzar una de sus cuatro entradas, la que estaba al lado del palacio ducal, en un talud que aprovechaba  la elevación del terreno, que estaba abierta de par en par para esa ocasión.

Ella no podía creer lo que estaba viendo: ese ingreso no era un simple acceso a una histórica construcción, sino que simbolizaba la efectiva materialización de un largo e intenso plan de apertura al público, promovido y apoyado por una plataforma creada ad hoc y por diferentes asociaciones e instituciones socio-político-culturales del barrio, un proyecto que parecía no tener fin y que, sin embargo, se había hecho realidad…

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Un simbólico ingreso, por fin abierto…

A pesar de sus dolencias físicas, ella tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato y a toda velocidad dentro del refugio así que, luchando contra sus deseos, esperó paciente, haciendo un ímprobo esfuerzo por frenar sus instintos durante unos diez minutos más, casi quince, que fue lo que duró la necesaria explicación introductoria de otro capitán general, es decir un nuevo guía de Inversa, encargado de conducir al reducido tropel de visitantes hasta las entrañas del atípico edificio.

Antes de emprender la bajada, el anfitrión les recordó las precauciones a tomar durante el recorrido, pero todas esas advertencias, que también rezaban en un impoluto cartel que colgaba del muro exterior del refugio, lejos de espantar a los experimentados exploradores, despertó en ellos, sobre todo entre los más pequeños y los seres “aliapiedescos”, un deseo aún más intenso de emprender cuanto antes ese itinerario; de hecho, aparentemente, con una silente excepción, todo el mundo parecía encontrarse en perfectas condiciones para afrontar la inminente aventura: nadie llevaba tacones, nadie –que se supiera– padecía insuficiencia respiratoria, nadie –parecía– tenía alergia a las arañas. Pero la arácnida referencia perturbó la feliz existencia de la más pequeña de Aliapiedienfamilia que, nada más oír esa palabra empezó a temblar: no era alérgica pero profesaba casi un respeto reverencial, más bien pánico, hacia dicha especie y, en general a todo ser vivo no humano existente sobre la faz de la tierra, especialmente los más diminutos: “¿Arañas?” –se preguntaba desconcertada– “¿Esas espantosas criaturas que trepaban por las paredes?” “¿Esos monstruos de ocho patas que, según las leyendas italianas que le contaba, o se inventaba, su madre, traían buena suerte a quien las encontraba?”.

A la pequeña el plan familiar ya no le parecía tan alentador pero, a pesar de sus reparos, ya no estaba a tiempo de arrepentirse. La narración de la historia del búnker había comenzado, arrastrando a todos los asistentes a la triste época de la Guerra Civil, en concreto a aquel agosto de 1937, cuando con las tropas nacionales a las puertas de la capital, el General Miaja había decidido alejarse del frente y trasladar el puesto de mando del Ejército de Centro desde los sótanos del edificio sede del Ministerio de Hacienda, ubicado al principio de la calle Alcalá, cuyo entorno ya había sido bombardeado por la aviación enemiga, hasta la finca de la Alameda de Osuna, que por aquel entonces había sido abandonada por sus últimos propietarios, los Baüer, y que se encontraba estratégicamente situada en el originario camino entre Madrid y la ciudad cervantina, cerca de los aeródromos de Barajas, Alcalá y Algete, cómodas vías de evacuación en caso de asalto. Era tal el temor de Miaja a una agresión aérea, que mandó construir en esta zona densamente arbolada, ideal para el camuflaje, un refugio subterráneo que, junto con el palacio de siempre y otras instalaciones, nuevas o reutilizadas, como la ya nombrada Galería de Escape o el Polvorín, acabaron por integrar la llamada “Posición Jaca”, el nombre en código que recibió este nuevo cuartel general secreto de los republicanos, que no aparecía nombrado en ningún documento del periodo de la República, como si de un fantasma se tratara, y que durante un breve espacio de tiempo convivió con el anterior, el ubicado en la calle de Alcalá y conocido como “Posición Japón”.

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El Palacio, vigilando perplejo al cercano búnker

A las puertas de ese refugio con el Palacio a sus espaldas, ajenos al drama de una contienda tan sangrienta como fraternal, los más pequeños, al oír esos evocadores nombres en código, fantaseaban con la imagen de una guarida (casi) inexpugnable de un villano de una película de James Bond; sin embargo, a medida que el experto anfitrión avanzaba en el relato de los hechos, la imagen del exuberante recinto donde se encontraban, repleto de plantas y flores de todo color y tipo, fue paulatinamente transformándose en la mente de todos los asistentes en un bélico escenario en blanco y negro, pisoteado por militares con pesadas armas letales, por caballos entrenados para enfrentarse en contiendas de seres superiores, supuestamente racionales, o por tanques sin alma preparados para lanzar al aire mensajes de ruina y de muerte.

En esa tesitura, los pequeños cayeron en la cuenta de que las guerras, las luchas y los combates, tantas veces simulados en sus inocentes juegos de infancia, no eran en realidad tan divertidos, y menos aún cuando se enteraron de que aquella construcción de aspecto exterior tan pintoresco, con la hiedra escenográfica y románticamente trepando por sus rojas paredes de ladrillo, podía encerrar, casi engullir, en su interior hasta doscientas personas que, en caso de ataque aéreo o, peor aún, químico, podían sobrevivir durante quince días en ese forzado hogar colectivo, posible tumba, después, de seres vivos…

Afortunadamente, como se apresuró a aclarar el guía, ese búnker tan atípico, construido para “alojar” las más altas autoridades militares y, por ende, caracterizado por una arquitectura bien diferente de otros esparcidos por Europa, de aspecto gris y frío, jamás cobró protagonismo durante la pelea trienal entre hijos y hermanos de un mismo país.

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La puerta gemela de acceso al búnker

Finalizada la inquietante introducción, los niños respiraron aliviados, dispuestos a emprender su peculiar aventura ¡dieciséis metros bajo tierra!, que bien podía ser de “20.000 leguas de viaje submarino” por cuanto ese refugio antiaéreo había sido concebido, precisamente, como una especie de sumergible terrestre, gracias al asesoramiento de especialistas de la Marina. Sólo bastaba con fijar la mirada en esa primera puerta metálica, flanqueada por una gemela a unos pocos metros de distancia, para darse cuenta de sus características navales: el ojo de buey de cristal reforzado, la junta de goma para su clausura hermética, el cierre a presión con cerrojo giratorio.

Por fin había llegado el momento de cruzar ese acceso para entrar en un mundo fuera de contexto…

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La planta del monstruoso búnker

[Continuará…]

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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Segunda parte)

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… y callejuelas

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“A piedi” entre calles…

[Sigue…] Los tres, cuyo afán turístico ya había sido ampliamente satisfecho con los secretos (revelados) de la grandiosa facultad, se dispusieron entonces a caminar por la ciudad, recorriendo calles, callejuelas, pasajes, pasadizos, plazas, plazoletas y cobertizos, alcanzando finalmente la magnífica y asombrosa plaza central de Toledo, a la cual, entre otros, asomaban la espectacular, y gótica, Catedral, el imponente Palacio Arzobispal, la Audiencia Provincial y el herreriano Ayuntamiento que le daba nombre.

En la planta baja de este último estaba alojada la oficina de turismo, donde se hicieron con un par de mapas turísticos que la madre utilizó para trazar un recorrido “a piedi”, invitando a sus hijos a emprender una laberíntica y peculiar caza del tesoro urbana –en realidad, los tesoros, arquitectónicos, eran numerosos–.

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La grandiosa plaza del Ayuntamiento con el homónimo edificio y el Palacio Arzobispal

La ciudad, con su complejo entramado, se prestó al juego y los niños-guías, cuales Teseos del Nuevo Milenio, se adentraron en los invitantes pasadizos que, como si de portales espacio-temporales se tratara, parecían llevarles hacia nuevos mundos, históricos y culturales.

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El pasadizo-portal espacio-temporal

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El campanario cercado por sus vecinos

Así, tras disfrutar de una curiosa perspectiva del campanario de la catedral desde la limítrofe plaza del Consistorio, cruzaron el pasadizo del Ayuntamiento y, como por arte de magia, se vieron inmersos de lleno en el universo cristiano medieval, representado por el convento de Santa Úrsula, la iglesia de El Salvador, y el antiguo convento de San Marcos.

Los jóvenes exploradores no se percataron de que estaban regresando al punto de partida pero fue, precisamente, gracias a ese comprensible error de desorientación que se toparon con un imponente portal, protegido por una alta y robusta muralla de metal y vigilado por un alto torreón perteneciente a una vivienda de aspecto muy original.

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Una invitante apertura en una moderna muralla

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Una misteriosa galería en una aparente soledad

A pesar de la confusión, ellos decidieron seguir aquella señal y, sin pensarlo dos veces, atravesaron ese acceso entreabierto que quizás les transportara a otra realidad.

Y así fue.

Accedieron a un lugar sumergido en una aparente soledad que, a pesar de su centralidad, pasaba desapercibido a la mayoría de los turistas; allí los únicos seres (no vivos) eran unas extrañas composiciones de hierro, ubicadas en un empedrado lateral salvado adrede por una restaurada pavimentación principal.

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El mundo antiguo y moderno del Archivo Municipal

Los tres aguzaron entonces la vista para divisar, a través de una puerta de cristal, tras un arco antiguo modernamente enmarcado, una misteriosa galería.

Cautelosamente, se dirigieron hacia aquel pasaje tan extraño y tan obscuro, hasta alcanzar otro mundo, un mundo extraño, un mundo original e intenso, hecho de maquetas, monedas y antiguos documentos mezclados con soportes, estructuras y medios modernos. Se trataba del Archivo Municipal, resultado de la enésima y premiada adaptación de un edificio religioso, el mencionado convento de San Marcos, a una nueva función.

Los tres se entretuvieron largo rato en ese pacífico lugar, admirando ese reino misterioso y, a la vez, cautivador, interrogando a los amables empleados para satisfacer su curiosidad, antes de dejar atrás aquel universo peculiar.

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El estático mapa de “Juego de Tesoros” en el “Reino de Toledo”

Esa ciudad era una auténtica caja de sorpresas y sus cambiantes escenarios le recordaban a Aliapiedi el dinámico mapa que aparecía en la cabecera de una de sus series favoritas, “Juego de Tronos”, con sus diferentes reinos aquí reunidos en uno solo, el mejor de todos, el “Reino de Toledo”.

En efecto, un poco más allá, los tres visitantes se toparon con el territorio judío, la Judería, tal y como se atestiguaba en el empedrado, en las paredes y en las esquinas que lo componían.

Allí, sorteando nuevamente travesías, callejones y plazoletas extrañamente vacías llegaron a la Sinagoga del Tránsito, sede también del Museo Sefardí.

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Sinagoga del Tránsito y Museo Sefardí

Aunque el edificio, convertido en iglesia de la orden de Calatrava tras la expulsión de los judíos, no estaba abierto al público ese día, pudieron disfrutar del magnífico panorama desde la explanada situada frente a la sinagoga: el plácido río, las casas escondidas entre la vegetación, las rocosas colinas precipitándose sobre el vacío…

Ante aquel soberbio cuadro, la madre volvió a recordar su patria natal, en esta ocasión su augusta capital, la llamada “cittá dei sette colli” que, desde el punto de vista orográfico, tenía bastantes elementos en común con la villa toledana –o puede que fuera su eterna nostalgia la que le provocaba esas atrevidas comparaciones– y, después del momento contemplativo (y comparativo), los tres alcanzaron el siguiente destino: la Sinagoga de Santa María la Blanca, también convertida en iglesia a principio del siglo XV.

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Sinagoga de Santa María la Blanca: pilares, arcos y capiteles por doquier

Tras atravesar su ameno jardín, que inspiraba paz y serenidad, bajo un soberbio techo de madera de artesonado, los niños, que nunca habían entrado en un edificio religioso judío, se vieron rodeados por decenas de pilares octogonales, arcos de herradura y capiteles, a base de piñas y lacerías, decorados con suma maestría, entre frisos policromados en yeso con motivos vegetales, geométricos y epigráficos, en el típico estilo mudéjar. Aquel lugar formaba parte del legado de los más de diez mil hebreos que habían convivido serenamente y en armonía con las demás comunidades, la árabe y la cristiana, instaladas en la primitiva capital del reino castellano-leonés de Alfonso VI, sucesivamente declarada ciudad imperial por Alfonso VII, y en las jóvenes mentes de los infantes se sucedio una pregunta tras otra: ¿Por qué ya nadie rezaba allí? ¿Por qué unos reyes tan católicos habían roto una antigua y floreciente paz social y religiosa? Y, sobre todo, ¿cuándo volvería a imponerse la paz por encima de todos y de todo?

Eran preguntas de difícil respuesta, de modo que Aliapiedi se limitó a recordarles su aventura madrileña en el corazón del “Jardín de las Tres Culturas” del parque Juan Carlos I, en aquel “mágico y onírico paraje [donde] no cabía la guerra, no cabía la ofensa, no cabía la intolerancia: sólo paz, respeto y convivencia”, demostrándoles que nadie perdía la esperanza, aunque fuera sólo en términos simbólicos, vegetales o intelectuales, de reunir otra vez a todas las creencias bajo un mismo espíritu conciliador. Había que confiar, siempre…

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Perdidos por las calles…

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… ¡y por el callejero!

Pero ya se había hecho tarde y a la salida del templo las mentes de los niños, con su característica e inocente despreocupación, pasaron a estar ocupadas en un asunto que en ese preciso instante les resultaba mucho más urgente que la paz universal: el hambre.

De prisa y corriendo, cruzaron otra vez el barrio judío, perdiéndose, reencontrándose y volviéndose a perder, y después de muchos rodeos, llegaron a la plaza Zocodover, donde les esperaba no sólo su padre para un almuerzo fugaz y frugal, sino también un medio de transporte especial, un tren excepcional, un tren imperial: el Zocotren.

Tras despedirse nuevamente del profesor, que tenía que volver a su dulce hogar profesional para cumplir con sus obligaciones docentes postmeridianas, los tres se dejaron llevar, primero por las tortuosas calles del casco histórico y después por las, más amplias, que rodeaban el mismo.

Uno tras otro desfilaron el Alcázar, el mismo que habían avistado por la mañana desde la lejanía, la Puerta del Sol, de influencia nazarí, con su arco de herradura enmarcado en otro de mayor tamaño, la mudéjar iglesia de Santiago del Arrabal y, ya fuera del recinto amurallado, más allá del plácido Tajo, el pintoresco puente de Alcántara con sus dos torres de estilo diferente, mudéjar la una y barroca la otra, elevándose grandioso sobre el río.

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Panorámicas…

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… toledanas

Las vistas sobre la ciudad desde lo alto de una empinada carretera eran superlativas y casi a la altura del punto más alto del cerro que estaban recorriendo, el conductor-maquinista paró el vehículo, invitando a todos los pasajeros a apearse, no con la intención de abandonarles a su suerte en tan hermoso lugar, sino con el sano propósito de que pudieran disfrutar con más tranquilidad de un panorama sin igual entre densos cigarrales, desde el que la ciudad de Toledo, con sus casas, sus palacios, sus iglesias, sus conventos y su Catedral, escoltada por el imperial Alcázar a un lado y por la majestuosa Universidad al otro, se divisaba en todo su esplendor, besada por una luminosidad que la transformaba en una estática postal, casi irreal.

Pero aquello era real: toda esa monumentalidad, toda esa historia, toda esa cultura allí reunida era auténtica e inmortal, viva desde siempre, viva para siempre…

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Toledo monumental, una postal muy real

De vuelta a la plaza Zocodover, siempre a bordo del tren que seguía un recorrido similar al que habían realizado en coche por la mañana, se dirigieron a pie hacia la Catedral, para visitar su soberbio interior, preanunciado por la magnificencia de las puertas exteriores: en un lado la de la Chapinería o del Reloj, la más antiguas de todas, del siglo XIII, aunque reformada en el siglo XIX; de frente, la puerta principal, llamada del Perdón, cuyo elaborado altorrelieve representa plásticamente la imposición de la casulla a San Ildefonso, y, en el otro lado, la más apreciada por los más pequeños de Aliapiedienfamilia, la puerta de los Leones, obra gótica-flamígera del siglo XV, custodiada por estos regios animales que habían trepado hasta la cima de su reja.

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La Catedral en todo su esplendor

Unos pocos metros más allá había otro acceso, menos imponente pero no por eso menos importante, la llamada Puerta llana, por la que accedieron al templo, en el que se perdieron cautivados por la magnificencia de sus cinco naves de altura escalonada iluminadas por magníficas vidrieras, un espacio en el que destacaban el soberbio retablo de la capilla mayor, la magnífica sillería del coro y la doble girola con el fantástico y fantasioso grupo escultórico “Transparente”, obra de Narciso Tomé, en el centro.

Ese tripudio artístico principal, junto con el claustro, la sacristía y la sala capitular, era más que suficiente para que los tres se quedaran boquiabiertos y sin palabras, asaltados por las mismas dudas que les habían surgido al contemplar la llamada Catedral de San Justo: ¿Cómo se había levantado ese edificio? ¿Quién o quiénes lo había hecho posible? ¿Había sido obra divina o humana? Las preguntas, como siempre, sólo podían encontrar respuesta en la fe, en la ciencia o en ambas cosas…

Y a falta de una oportuna máquina del tiempo que pudiera llevarles hasta el siglo XIV, los tres se tuvieron que conformar con salir de allí más desorientados que nunca. Afortunadamente, para guiar a esas ovejas perdidas en sus existenciales pensamientos, apareció una estrella polar, la de un padre que, sin perder el norte y a pesar de las muchas horas de trabajo, les esperaba para una última sorpresa.

La verdadera meta no era una renombrada pastelería donde, como de costumbre, se hicieron con un sabroso souvenir gastronómico, sino un antiguo complejo industrial, frecuentemente ignorado, por puro desconocimiento, por las hordas de turistas que asaltan la ciudad cotidianamente: la Fábrica de Armas.

Al oír pronunciar ese nombre, tan prometedor para el más pequeño de la familia, y tan aterrador para la más pequeña, los tres se miraron aturdidos: ¿Dónde quería llevarles el padre de familia? ¿Por qué motivo habría elegido ese lugar tan extraño?

Él, viendo sus miradas desorientadas, les sonrió y se sonrió a si mismo, convencido de que el bélico destino les iba a impresionar gratamente por diferentes motivos. Fueron entonces a recoger al coche y dejando atrás el centro histórico de Toledo, bajando la colina y volviendo a rodearla curva tras curva, después de un par de kilómetros, recorriendo avenidas asfaltadas que se abrían camino entre espacios agrestes y zonas urbanizadas, el vehículo se detuvo en un extenso aparcamiento al aire libre, extrañamente vacío.

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La Puerta de Obreros del actual Campus Tecnológico

Aunque ninguno de los tres entendía qué hacían allí, en el medio de una llanura solitaria, lejos del bullicio de la vida urbana, no por ello dejaron de confiar en que la propuesta del padre de familia les pudiera resultar interesante, por lo que le siguieron en silencio, sin rechistar, hacia un portal arropado por unos bajos muros de ladrillos que ocultaban la sorpresa… ¡Y qué sorpresa! Se encontraban ante uno de los accesos a la mencionada fábrica, a un mundo industrial del pasado, a un mundo universitario del futuro: el Campus Tecnológico de Toledo, un campus declarado en 2011 de excelencia internacional, perteneciente, para variar, a la prestigiosa Universidad de Castilla-La Mancha.

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La ordenada y racional arquitectura industrial

Una vez más, el trío se quedó sin palabras.

Esa Puerta, la de Obreros, hasta hace ocho años ubicada en la cercana y homónima glorieta, y que hasta los años sesenta habían cruzado los operarios de una fábrica levantada dos siglos antes por voluntad del rey Carlos III, era ahora la que atravesaban a diario empleados, estudiantes y profesores del siglo XXI, para dedicarse a unos menesteres bien diversos de la producción de espadas y de cartuchos de antaño: la creación de las infalibles e inmortales armas del saber, a través de la innovación, la tecnología y la investigación.

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La pacífica biblioteca en la belicosa cartuchería de pistolas

Y así, bajo el envoltorio de una racional y ordenada arquitectura industrial, tan diferente da la conventual de la mañana, tan articulada y laberíntica, apareció otra vez el estimulante y prometedor mundo universitario de siempre con toda su vitalidad: diversos aularios, magnos o no tan magnos, en antiguos talleres hechos de ladrillo; una belicosa cartuchería de pistolas alojando una pacífica biblioteca con un amplio vestíbulo dominado por soldados con estandartes en una pared y por expertos informáticos a sus pies; laboratorios para prometedores experimentos al reparo de antiguas naves de hierro en las cubiertas…

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El camino principal entre bancos, fuentes y banderas

Los edificios, distribuidos rigurosamente a lo largo de un camino empedrado principal, flanqueado por uno peatonal, desfilaban uno tras otro, ostentando un estilo neo-mudéjar que, entre jardines muy cuidados, con columnas, fuentes y espejos de agua que cubrían los restos de un duro pasado, les trajo a la mente los del antiguo Matadero madrileño convertido en un estimulante Centro cultural, que habían visitado meses atrás.

Y mientras los niños, una vez más, fantaseaban con su vida universitaria futura en esas instalaciones que, en efecto, parecían provenir de otro mundo, Aliapiedi no pudo dejar de pensar en la genialidad del ser humano, capaz de reutilizar un complejo industrial tan extenso, optimizando además el consumo energético a través de modernos sistemas sostenibles.

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Taller de forja de entonces, laboratorio de ahora

Aquello le resultaba digno de admiración.

El padre, orgulloso, siguió ejerciendo de maestro de ceremonias y, alejándose del camino principal, les guió hacia los orígenes de todo el conjunto, hacia la fuente del mismo, hacia su núcleo energético: el agua.

Ante ellos se presentó un flamante puente colgante peatonal, la llamada pasarela de los Polvorines, dedicado a Facundo Perezagua, cuya línea sinuosa salvaba un curso acuático que, en su día, a través de una complicada obra de ingeniería hidráulica, basada en la combinación de canales, molinos y desniveles, proporcionaba la fuerza necesaria para dar vida a las diferentes actividades de la fábrica.

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La Central de Reserva del pasado

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Una enfermería de cristales rotos y marcos nuevos

Allí, en esa que era la parte más apartada del camino principal, contemplaron una central de reservas y una enfermería, de cristales rotos y marcos nuevos, con ventanas restauradas o abiertas al cielo, cortinas olvidadas y persianas restauradas, vestigios de un pasado industrial, obsoleto, a la espera de un futuro prometedor.

Era como ver el antes y el después de un proyecto in fieri.

Un poco más allá, para que los niños se reafirmasen en su voluntad de querer estudiar o, mejor dicho, divertirse en ese complejo universitario, había un pabellón polideportivo en una rehabilitada escuela de aprendices, un gimnasio y varias salas de deportes en un restaurado taller de fundición, y un “módulo acuático” con piscina cubierta, junto a unas pistas de tenis y de pádel.

También impresionada con todas aquellas flamantes instalaciones, Aliapiedi fijó luego su atención en una elegante y señorial construcción que constituía el eje inicial de un complejo que, dada su amplia extensión, llegó a conformarse con el paso de los años como una verdadera ciudad, la “Ciudad Industrial”.

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Busto de Carlos III

Se trataba del edificio Sabatini, obra del famoso arquitecto, ubicado justo frente al acceso principal del campus tecnológico, la puerta de Carlos III.

El portal de la fachada principal del palacio, entreabierto, les invitó tácitamente a acceder a él y, para evitar que una ráfaga de viento imprevista les privara de aquella posibilidad, los cuatro se apresuraron a cruzar enseguida ese umbral.

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El primer patio de un palacio manchego…

Fue el mismísimo Rey borbón antes nombrado quien les dio la bienvenida al primero de dos patios que con sus palmeras y sus fuentes recordaban jardines de palacios más bien sicilianos que manchegos.

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… ¿o siciliano?

Deambularon un poco por ese oasis tan mediterráneo sobre el que se asomaban desde la segunda planta, las ventanas de despachos de profesores “tecnológicos” y, pasado un rato, acompañados por los rayos de un sol que iba menguando, volvieron sobre sus pasos.

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Los jardines del Sagrado Corazón

Se dirigieron entonces hacia los jardines del Sagrado Corazón que, presididos por la estatua de una virgen, estaban delimitados por el antiguo Taller de envases de cartón, actual Paraninfo, y por el edificio de la Secretaria.

Un poco más allá, divisaron una sólida torre con reloj, bajo la cual se abría paso una galería para el tránsito de los peatones y de algún que otro vehículo de servicio.

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Una sorprendente y evocadora imagen

A Aliapiedi esa imagen, aparecida de repente, le causó una extraña sensación, trayéndole a la mente otra, escalofriante e inquietante, que convirtió por un instante ese lugar tan hermoso en otro increíblemente horroroso. Ella no sabía el porqué de aquella tan espontánea como absurda comparación pero después de haber pasado debajo de aquella torreiforme construcción, un nuevo escenario, nuevamente distorsionado por el recuerdo de una visita desgarradora a un campo polaco de millones de calvarios, lejos de este campus universitario, la golpeó con toda su fuerza. Aquellas naves primitivas, ahora laboratorios, perfectamente alineadas a lo largo de un camino secundario huérfano de estudiantes, dominadas por una chimenea ya sin humos ni cenizas, entre árboles desnudos, sombras alargadas y voces enguatadas, la dejaron sin respiro.

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El “campus bajo” y su impactante escenografía

Su marido, fiel compañero de aquel viaje, y de todos los siguientes, vio el horror reflejado en su cara y, sin cruzar palabra con ella, lo entendió todo; se le acercó, le cogió la mano y la devolvió a la actualidad, sin permitir que la desenfrenada imaginación de su mujer la llevara más allá de donde estaban, más allá de ese lugar en el que, por el contrario, se exaltaba el progreso y la vida, el progreso y la vida universitaria, el progreso y la vida de alumnos aplicados y profesores apasionados.

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Una antigua cartuchería de fusiles convertida en moderna cafetería

Aparcados entonces los obscuros pensamientos, el cuarteto siguió caminando hasta alcanzar una antigua cartuchería de fusiles, sede ahora de una espaciosa y animada cafetería al amparo de un moderno techo que parecía formado por cajones suspendidos en el vacío. Y en ese sitio tan original, tomando un nutrido aperitivo, los cuatro de Aliapiedienfamilia pusieron el alegre colofón final a aquel día tan especial.

Cayó la noche sobre Toledo, sobre sus monasterios de un tiempo, sobre sus naves de entonces, sobre el campus “alto”, en pleno centro, y sobre el “bajo”, al lado del Tajo, sobre los hogares profesionales, recién descubiertos, y los familiares, desde siempre conocidos. Poco a poco, miles de luces poblaron el cielo, iluminando pasadizos, calles, cobertizos y las mentes y los corazones de una madre e unos hijos que, cansados pero rebosantes de orgullo, estaban sentados al lado de un padre que les había sorprendido con una visita universitaria inolvidable. Los niños habían aprendido la lección: jamás volverían a dudar de él, de su profesionalidad y de su discreción, y para siempre seguirían su ejemplo, en el nombre del padre, en el nombre de su padre…

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El “emblema” de la “emblemática” Facultad de Ciencias Jurídico Sociales de Toledo: para siempre en nombre del padre, para siempre en el recuerdo de los hijos


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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Primera parte)

Pasaban los años y los pequeños, cada vez más alejados de la niñez y cada vez más cerca de la juventud, seguían sin obtener una respuesta satisfactoria a su eterna pregunta: ¿Dónde trabajaba su padre? ¿Por qué nunca les había llevado a su lugar de trabajo?

Ellos sabían que él, en teoría, era “profe” de un “cole de los mayores”, como el que habían visitado en familia un par de años atrás, la E.T.S.I. de Minas madrileña, pero, en la práctica, el hábitat profesional de su progenitor se mantenía envuelto en un aura de misterio, como si se tratara de un mítico, casi mitológico, lugar…

Todas las mañanas los hijos veían salir de casa a un padre trajeado con una cartera de piel en la mano cargada de libros y papeles, y todas las noches, de la misma forma, le veían regresar cansado, con pocas ganas de responder al cotidiano bombardeo familiar de preguntas sobre exámenes, alumnos y evaluaciones. Él justificaba sus silencios en nombre de una legendaria discreción profesional y de una real afonía después de unas cuantas horas de clase, pero todo ese secretismo no hacía sino que aumentar el interés filial hacia la (hipotética) sede de la (hipotética) universidad del padre, (hipotéticamente) ubicada, durante más de un decenio, en Ciudad Real, y, desde hace un quinquenio, en Toledo. Y si antes la excusa perfecta para que sus hijos y su esposa no le acompañaran al trabajo, aunque fuera una sola y única vez, era la lejanía y el teórico poco atractivo turístico de una “ciudad” dotada de un tan “real” cono engañoso nombre, ahora, sin embargo, a pesar de la proximidad geográfica y de la riqueza artística y cultural de una urbe declarada Patrimonio de la Humanidad y que, a pesar de no tener formalmente una denominación tan altisonante, sustancialmente había sido sede de Reyes e Imperadores, las excusas para aplazar la visita eran diferentes: clases, reuniones, actos académicos…, es decir, constantes compromisos cotidianos.

Así las cosas, los hijos empezaron a dudar seriamente de la veracidad del trabajo de su padre, temiendo que éste estuviera ocultando, o mejor, dicho, disfrazando un ruinoso desempleo, ¡al estilo del mentiroso Gerald de “Full Monty”!

Pero un día, un día de fiesta en Madrid y no en Toledo, la madre de familia, también cansada de la larga espera cuya duración ya superaba la de la paciente Penélope, decidió que había llegado el momento de realizar un tour universitario toledano en familia, costara lo que costara. Esa jornada se había convertido en el día D, el día de la verdad, para ellos, para ella y para él.

Los cuatro de Aliapiedienfamilia se pusieron entonces en camino hacia las cercanas tierras manchegas, cada uno de ellos absorto en sus dudas, temores y pensamientos. En el coche, por muy extraño que pareciera, reinaba un incómodo silencio hasta que, repentina e inesperadamente, unos gritos de asombro rompieron la tensión que se respiraba: desde la lejanía, Aliapiedi había avistado la inconfundible silueta del imperial Alcázar. Una vez informados acerca del significado de aquella palabra de origen mozárabe, los niños empezaron a imaginarse épicas aventuras y gestas memorables entre aquellos muros espesos, completamente ajenos al hecho de que, en la no tan lejana realidad de una cruel guerra civil, ese robusto recinto defensivo había sido efectivamente testigo de acontecimientos terribles, difícilmente olvidables por una madre que, casi veinte años atrás, en el interior de esa originaria fortaleza, había oído la espeluznante grabación de una conversación entre un padre y un hijo, en el nombre de un padre, en el nombre de un hijo…

Eso era sólo el principio.

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El flamante Centro de Congresos de Toletum

Conforme se acercaban al centro de la ciudad, en el medio de una amplia glorieta apareció un majestuoso caballero, a lomos de su fiel corcel, firme y autoritario sobre un rocoso pedestal, con el manto al viento y la espada levantada, gritando su poderío sobre esa antigua civitas fortificada del Imperio Romano, según la descripción de Tito Livio, cuyo nombre, Toletum, escrito con caracteres cubitales, ocupaba los amplios ventanales de un moderno Centro de Congresos: ¿Quién era aquél personaje? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué esa pose tan guerrera?

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El rey Alfonso VI

El jinete era nada más y nada menos que el mismísimo rey Alfonso VI de León, llamado “el Bravo”, conquistador de Toledo en el año 1085.

Mientras escuchaban las explicaciones de su madre, los niños contemplaban abrumados la fuerza plástica de aquel monumento, obra del escultor Luis Martín de Vidales, sin reparar en que a su lado, un poco más allá, se materializaba otro edificio que, desde hace más de un siglo y medio venía siendo sede de épicas batallas, teatro de luchas de sangre y arena, escenario de enfrentamientos de muchas agallas: la plaza de toros.

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La blasonada Puerta Nueva de Bisagra

Y así, uno tras otro, ante los ojos abiertos de par en par de los tres pasajeros –el conductor, por el contrario, acostumbrado al pintoresco paisaje, o puede que preocupado por algo, ni se inmutaba–, entre calles estrechas, muros de piedras y techos de tejas, desfilaron los monumentos y edificios de diferentes épocas esparcidos a lo largo del ascendente camino panorámico hacia el corazón de la “capital de las tres culturas”: el renacentista Hospital de Tavera, la imponente muralla árabe, rota en su continuidad por la blasonada Puerta Nueva de Bisagra seguida por la Antigua, la Puerta del Cambrón, de origen visigodo, reformada por los árabes y reconstruida en estilo renacentista, el Monasterio de San Juan de los Reyes, en estilo isabelino, con las “cadenas de la libertad” de los cristianos escenográficamente expuestas en su fachada, las dos sinagogas del siglo XII, las únicas supervivientes de las diez un tiempo existentes, la de Santa María la Blanca y la del Tránsito, y, finalmente, tras haber superado unos amenazadores bolardos, ¡la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha!, o eso había que suponer a juzgar por la repentina detención del vehículo que hasta aquel momento había sorteado con pericia y soltura, gracias a su hábil conductor, muros, turistas y esquinas, acompañado por el agudo e insistente fondo musical de un incansable detector de obstáculos.

Pero allí, en esa calle de delgadas dimensiones que no hacía honor a su “Gordo” nombre, no había nada ni nadie: ni estudiantes, ni aulas, ni profesores: ¿Qué estaba ocurriendo?

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¡La luz al final del túnel!

El conductor persistía callado, serio y concentrado, quizás disimulando un nerviosismo interior, mientras que su mujer y sus hijos le miraban entre preocupados e incrédulos por lo que se perfilaba como una cruda realidad: el (supuesto) profesor se había perdido en la ciudad donde (supuestamente) iba todos los días; el (supuesto) profesor ya no podía avanzar más; el (supuesto) profesor se había metido de lleno en un dramático camino sin salida…

Y mientras las inquietantes suposiciones rondaban las agitadas mentes de los tres pasajeros, delante de la barrera material, y también psicológica, que se había levantado frente al capó del coche, una tenue luz comenzó a abrirse paso desde el interior de un lugar oscuro: ¡la luz al final del túnel!

Tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia no daban crédito a lo que estaban viendo; tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia se avergonzaron de inmediato de lo que habían pensado…

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La puerta de acceso al reino del ius divinum et humanum

Una puerta mecánica, hábilmente disfrazada en un muro con retranca, se estaba abriendo lentamente bajo la mirada, ahora divertida, de un padre de familia que, conforme aquella se deslizaba, más se parecía a un ingenioso James Bond o, mejor dicho, en sintonía con la cultura árabe que aún se respira en el aire toledano, a un temerario Alí Babá entrando en su gruta.

Ese lugar secreto que se revelaba sólo a unos pocos afortunados era nada más y nada menos que… ¡el garaje de la facultad!

Un suspiro de alivio rebotó en el habitáculo mientras que el conductor aparcaba el coche en su plaza como si fuera una pieza de un complicado juego de encajes. Cruzaron entonces los cuatro ese sitio subterráneo privilegiado, alcanzando la superficie por una discreta escalera interna y recorrieron un oscuro cobertizo que, en la retorcida y al mismo tiempo romántica mente de Aliapiedi, evocaba por igual crueles asesinatos y besos furtivos.

Una vez arriba, tras caminar unos pasos calle abajo, el padre se detuvo en una esquina, en el “cruce crucial” entre un santo y un rey, Pedro Mártir de un lado, y Alfonso VII del otro. Allí, entre ladrillos de reminiscencia árabe apareció un hueco, una discreta apertura, una especie de puerta secundaria que, en teoría, les iba a llevar al reino del padre, al reino del ius divinum et humanum, ¡al reino del Derecho!

Aunque desde el exterior ese portal que daba acceso a un lugar tan sagrado no resultaba tan solemne como los niños se lo habían imaginado, una vez se adentraron en el recinto, su opinión cambió de inmediato.

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La antigua huerta, ahora patio, del convento de la Madre de Dios

Un pequeño patio ajardinado, perteneciente a un convento fundado a finales del siglo X por las hijas del conde de Cifuentes, el de la Madre de Dios, les dio la bienvenida con su público de estudiantes y profesores que debatían, fumaban o, sencillamente, reflexionaban al aire libre.

El padre de familia, intentando pasar desapercibido, condujo rápidamente a su familia hacia la moderna cafetería, parte del antiguo refectorio junto con la biblioteca, cuyos altos ventanales asomaban a aquel jardín tan animado, y los niños, extrañados por ese primer contacto con el mundo universitario, empezaron a preguntarse si, a diferencia de lo que ocurría en su “cole”, se iba a la “uni” para desayunar, reflexionar y conversar con total libertad, sin prohibiciones ni restricciones. Aquello les pareció un fantástico lugar de trabajo, más aún después de que el amable encargado del bar, tras saludar efusivamente a su padre, les invitara a unos refrescos y unas piruletas.

Tras despedirse de sus colegas de la cafetería –si eran unos actores contratados por él para disipar toda sombra de duda familiar sobre su profesión, merecían un Oscar por tan espontánea y natural interpretación– y, antes de explorar los meandros del “campus alto” de Toledo, así denominado por encontrarse ubicado en la cima de una colina, en pleno casco antiguo, el padre quiso asegurarse una vez más de que el resto de la familia iba a guardar religioso silencio, como correspondía, por motivos profesionales y también históricos, al augusto edificio donde se encontraban.

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El patio del Convento de la Madre de Dios

En efecto, no sólo esa parte del complejo universitario, sino también la que en breve iban a explorar todos juntos, había sido un lugar de paz y reflexión, sede de otro convento, fundado por los dominicos a principio del siglo XV, tras haber obtenido el permiso del regente don Fernando de Antequera para trasladarse desde el primitivo asentamiento extramuros de San Pablo del Granadal en el interior de la ciudad, a unas humildes casas junto a la parroquia de San Román, que acabaron conformando el convento masculino más rico de la urbe, el famoso San Pedro Mártir el Real, compuesto por veintiún edificios en el auge de su expansión, en el siglo XVI, con el establecimiento casi permanente de la corte de Carlos V. Y allí estaban los de Aliapiedienfamilia, con su guía excepcional que se movía entre esas decenas de millares de metros cuadrados como si fuera su propio hogar –una vez más, si todo eso era un engaño, el padre tenía que haberse documentado a conciencia en términos topográficos para orientarse con tanta soltura–, atravesando otro patio, también perteneciente al convento de la Madre de Dios, de planta trapezoidal y, tras su reciente reforma, de dos alturas, caracterizado por vigas de madera y decoración epigráfica en la parte superior del muro del claustro bajo y por pilares ochavados alternándose a pies derechos de madera entre grandes ventanales acristalados.

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Antiguas y nuevas estructuras murarias

Mientras cruzaba esas estancias, Aliapiedi recordó su primera vez allí, casi un decenio atrás, en la celebración universitaria de la festividad del Corpus Christi, cuando había quedado asombrada por la espléndida restauración de los augustos interiores.

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Pasillos suspendidos entre lo moderno y lo antiguo

El armónico connubio entre lo antiguo y lo moderno, la ingeniosa combinación de elementos decorativos de entonces y de ahora, la original mezcla de acabados, texturas y materiales diferentes perfectamente integrados le hizo reflexionar nuevamente acerca de la genialidad y sabiduría de los arquitectos de todos los tiempos, y añorar a la vez, con una pizca de nostalgia, su apasionante experiencia estudiantil y luego profesional en la espléndida Università degli Studi de Milán, la así llamada “Ca’ Granda”, originario “Ospedale Maggiore” fundado por el duque Francesco Sforza y proyectado en el siglo XV por el excelso Filarete.

El edificio en el que estaba, pensaba ella con cierta envidia hacia su marido, podía competir en belleza con su amada Facultad de Derecho milanesa…

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Pasarelas de unión entre el presente y el pasado

Y mientras ella se perdía soñando con los ojos abiertos entre el laberinto de pasarelas, pasillos y escaleras que se abrían paso entre vestíbulos y antiguas estructuras murarias, tales como cajones, verdugadas y aparejos, los demás integrantes de la familia se alejaban cada vez más en el horizonte, perdiéndose entre un mar de estudiantes.

A pesar de las placenteras distracciones arquitectónicas, los cuatro llegaron juntos a destino. Antes ellos estaba una puerta, una puerta similar a todas las demás que asomaban al mismo pasillo, pero que, a diferencia de todas ellas, tenía un rasgo peculiar; esa era “la” puerta: la puerta de San Pedro, la puerta que llevaba al Paraíso o, mejor dicho, la puerta de San Pedro (Mártir) que llevaba al (paradisíaco) despacho del padre…

La emoción estaba a flor de piel; los latidos de los corazones a cien y la ilusión a mil. Él, con aire solemne, extrajo una llave de su bolsillo y despacio, calculando perfectamente la torsión de su muñeca, abrió por fin la caja de Pandora, la habitación (hasta aquel momento) secreta, la ventana (¿indiscreta?) hacia su mundo universitario…

La funcionalidad, orden y sencillez de aquella estancia aparecieron en todo su espartano esplendor, haciendo honor a la originaria función conventual: nada sobraba y nada faltaba. Todo lo esencial para un trabajo silencioso y concentrado estaba entre aquellas paredes desnudas, sólo rotas en un lado por un ventanuco que dejaba entrar la luz de un día maravilloso entre naranjadas tejas toledanas.

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Una discreta ventana (¿indiscreta?) con vistas

Esa simple abertura con vistas a la ciudad de las tres culturas era un auténtico lujo.

Madre e hijos, sin embargo, no se quedaron conformes con la visita del despacho que, se mirara por donde se mirara, estaba dominado por el nombre del padre, un nombre que destacaba en la portada de papeles, carpetas y registros o en los lomos de manuales, tesis y revistas jurídicas. En ese momento, toda duda familiar sobre su estatus se había disipado pero faltaba algo más, una prueba adicional, un último testimonio de su trabajo, de aquél práctico: ¡una clase de su “profe” favorito!

No hubo manera. La negativa del padre fue inamovible por una cuestión de principios. Sin embargo, para compensar las súplicas de su mujer e hijos que inútilmente insistían prometiendo sentarse en silencio y de incógnito entre los alumnos para escuchar sus explicaciones sobre derechos, deberes y libertades, accedió a mostrarles algunas de las aulas en las que él, unas veces de pie, ilustraba, interrogaba o debatía sobre controvertidos y actuales temas jurídicos, y otras veces sentado, libro en mano y con “ojo de halcón” humano, observaba, vigilaba y controlaba el correcto desarrollo de los exámenes escritos. Los tres se conformaron entonces con la inesperada propuesta y, dicho y hecho, se dispusieron a proseguir con su tour universitario “en familia”.

La primera, y gloriosa, etapa fue, nada más y nada menos, que el soberbio Claustro Real –también llamado de los Generales ya que en su época, a mediados del siglo XVI, había albergado un Estudio General de Artes, Teología y Derecho Canónico–. Ese conjunto, ejecutado materialmente por Hernán González de Lara y trazado por Alonso de Covarrubias –el arquitecto autor, entre otros, del patio del Alcázar o del doble claustro del Hospital de Tavera–, era sencillamente espectacular.

Lo que relucía, sin embargo, no era únicamente la solución de la planta baja basada en el dúo columna, de capitel jónico y con basa, y arcos de medio punto, con decoración acanalada en las roscas y espejos en las enjutas, ni tampoco la combinación adintelada de los dos pisos superiores con columnas, también de estilo jónico, y zapatas con rosetas y espejos en el friso, sustituidos en el tercer, y último, piso por una sucesión de triglifos y metopas; lo que relucía y daba aún más esplendor a esa obra arquitectónica era la vida que se respiraba en ella: los estudiantes que, apoyados en sus antepechos, en las barandillas de columna abalaustrada o en las antiguas puertas de celdas convertidas en aulas, departían entre sí haciendo que sus voces animadas se unieran a las silenciosas de sus religiosos predecesores. Ese era el auténtico toque regio de ese claustro tan real: la capacidad de mantener su originaria elegancia adaptándola a los tiempos modernos, la genialidad de exaltar su nobleza arquitectónica haciéndola accesible a todo aquel que quisiera disfrutarla.

Aliapiedi estaba pletórica mientras sus hijos barajaban una vez más, y con mayor determinación, la posibilidad de estudiar en ese lugar tan evocador.

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Una aula de entonces, una aula de ahora

Y como colofón final de ese conjunto de antaño actualizado al tercer milenio, el profesor les enseñó por fin su espacio docente, su territorio de enseñanza, su aula de siempre. Una vez más, el pasado y el presente se presentaban armónicamente: pizarras y ordenadores, techos de artesonado y luces artificiales, parquet de madera y pupitres de diseño.

Las cosas de entonces, las cosas de ahora, las cosas de siempre…

Pero la increíble simbiosis espacio-temporal iba más allá, hasta un nuevo claustro antiguo, el más pequeño de los tres reunidos en el convento de San Pedro Mártir el Real, que posiblemente tuviera un origen civil, como parte de la casa de doña Guiomar: el Claustro del Tesoro o Claustro del Silencio.

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Vista de la torre mudéjar a través de la cristalera del Claustro del Tesoro

Su estructura, también del siglo XVI, hacía honor a su nombre: era un auténtico “tesoro”, un tesoro que imponía el “silencio” contemplativo, un tesoro que se añadía a los que se encontraban esparcidos en el complejo y articulado conjunto universitario. Este claustro, a diferencia de su “regio” compañero, estaba cerrado en su parte superior, protegido por un techo de cristal que dejaba entrever la preciosa silueta de la torre mudéjar, perteneciente a la mencionada iglesia de San Román, con sus típicos arcos de herradura y poliobulados entrelazados ciegos de influencia califal. Las tres plantas del claustro eran progresivamente más bellas, la primera con columnas y capiteles de mármol, la segunda con el mismo ritmo de columna-arco, aunque rebajado en este caso, y, finalmente, la tercera sólo con columnas adinteladas.

Ese lugar era otro remanso de paz: ideal para meditar, ideal para fantasear…

Pero no había tiempo ni para lo uno ni para lo otro.

En efecto, se acercaba la hora de la clase y el padre, para concluir en crescendo esa visita sui generis, quiso enseñarles una última joya arquitectónica, otro fulgido ejemplo de la eterna vitalidad del antiguo complejo conventual.

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El “Aula Catedral” y su fuente de distracción

Y cruzando nuevamente pasillos, escaleras y vestíbulos entre restos arqueológicos de todo tipo y formas, desde murallas hasta frisos, llegaron ante la puerta de acceso a un aula de ensueño, para soñar con los ojos abiertos.

Allí, en teoría, los estudiantes asistían a las clases y realizaban exámenes pero resultaba muy difícil creer que eso fuera así por cuanto desde uno de los laterales de ese espacio tan amplio, sustentado por unas oblicuas vigas de madera que a la madre, quién sabe porque, le recordaban nórdicas estructuras, podía contemplarse “algo” imposible de ignorar, una fuente constante de distracción, una visión celestial: la hermosa silueta del campanario de la Catedral de Toledo.

Y con esa sugerente imagen final de la llamada “Aula Catedral” se concluyó la visita familiar.

El padre tenía que volver a ponerse el traje de profesor, despojándose de su faceta de guía, y los tres, muy a su pesar, tenían que abandonarlo.

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La sorprendente puerta mudéjar

Él les acompañó hasta una nueva puerta, un acceso secundario, como el del inicio del tour universitario, y allí se despidió de ellos, no sin antes llamar su atención para que contemplaran un último detalle que quedaba a sus espaldas.

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Plaza del Padre Juan de Mariana

Y así fue como a ellos les quedó grabada para siempre la imagen más simbólica de ese campus: la de su representante más emblemático, un padre que, guiñándoles el ojo, se dejaba fotografiar enmarcado por una puerta del todo singular, la sorprendente puerta mudéjar descubierta durante la rehabilitación del convento de la Madre de Dios, la puerta con cenefa de azulejos y escudos nobiliarios en la parte inferior, con friso de arquillos ciegos en el cuerpo central y galería de tres arcos sostenidos por columnas de mármol en su parte superior bajo un pronunciado tejaroz, la puerta en la que dejaban atrás a un padre que para ellos era único y especial, para encaminarse hacia a otro padre del todo excepcional, el que presidía y daba nombre a una amena plaza cercana, la del Padre Juan de Mariana, frente a la barroca iglesia de San Ildefonso. [Continuará… ]

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Hipódromo de la Zarzuela: ¡A galopar!

Para Aliapiedi y su familia 2016 iba a ser el “Año del Caballo”.

Desde principios de año las señales habían sido múltiples e inequívocas. La primera de ellas tuvo lugar en su ciudad de nacimiento, Milán.

De vuelta de sus tradicionales vacaciones familiares en los amados Alpes, camino del aeropuerto, su padre, por un extraño concurso de circunstancias, decidió desviarse del itinerario habitual en coche hacia el elegante barrio de San Siro, mundialmente conocido por su homónimo estadio de fútbol –escenario de una reciente y sufrida undécima copa madridista– y por su hipódromo, menos conocido pero igual de prestigioso. En esa fría mañana invernal típicamente milanesa, con esa molesta llovizna y esa gris nieblina que Aliapiedi, por muy absurdo que parezca, a veces echa de menos bajo el terso cielo azul de Madrid, no asistirían a increíbles carreras como las que se habían quedado grabadas para siempre en su memoria, junto con el recuerdo de su abuela, amazona prometedora y, luego, apasionada apostadora, simplemente iban a  acercarse a admirar un único caballo, custodiado en el hípico y hermoso conjunto de estilo liberty proyectado a principio del siglo pasado por el arquitecto Vietto Violi y posteriormente declarado Monumento de Interés Nacional. Y así fue como la mirada de los de Aliapiedienfamilia se fijó en un ejemplar equino de impresionantes dimensiones, victorioso en su imponente pose estática, grandioso con su cara (y cuerpo) de bronce que llevaba(n) consigo el peso y el valor de una historia más que centenaria.

Ese era “El Caballo”, el fabuloso caballo de Leonardo, y no el “tramposo” de Troya, como tampoco el de una conocida marca de marroquinería y ropa.

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“El Caballo”, el caballo de Leonardo da Vinci

Detrás de la tribuna secundaria, el animal colosal apareció en todo su esplendor, escenográficamente mojado por unas gotas de lluvia que parecían simular su sudor y, figuradamente, también el de sus escultores de entonces y de ahora: el genio italiano al que Francesco Sforza encomendó el diseño de esa obra ciclópea que, por motivos políticos, nunca pudo finalizar, y la artista estadounidense Nina Akamu que, gracias a la Leonardo da Vinci’s Horse Foundation, materializó el sueño “sforzesco” concebido más de quinientos años atrás.

Esta fue la primera señal, una imponente figura de diez toneladas de peso y más de siete metros de altura: ¡la estatua ecuestre más grande del mundo mundial!

Al cabo de un par de meses hizo acto de presencia la segunda señal, en esta ocasión en la ciudad de residencia de la familia política de Aliapiedi: Jerez de la Frontera.

En una tarde cualquiera de cervezas y tapas en compañía de amigos, ella coincidió con un antiguo jinete de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre que, entre copas y risas, le relató unas cuantas anécdotas divertidas sobre la preparación técnica del fabuloso espectáculo “Como bailan los caballos andaluces”.

Pocos días después de esa animada conversación los de Aliapiedienfamilia disfrutaban desde la primera fila, nunca mejor dicho, de un sorprendente picadero cubierto, de un memorable espectáculo protagonizado por ejemplares ecuestres “alados” y visitaban las “reales” instalaciones del recinto –cuadras, guadarnés, lavaderos…–,  comenzando a familiarizarse con esos animales, aprendiendo sus costumbres y acariciando unos nobles ejemplares de carne y hueso y no uno de bronce muy espeso…

La tercera y última señal no se hizo esperar; fue al cabo de dos meses en su ciudad de adopción, Madrid.

Una mañana cualquiera de primavera, camino de la oficina, después de haber dejado a los niños en el colegio, se encontró largo rato parada, en caravana, en un cruce “crucial”, justo delante de un letrero de fondo blanco y letras negras que recitaba “Hipódromo”. Delante de esa señal, como si de un mitológico Héctor se tratara, Aliapiedi se puso a meditar sobre una complicada y atrevida decisión, preguntándose si tenía que seguir recto (o, por lo menos, intentarlo) por la A6 de siempre que se perfilaba como un mar sin olas de millares de carrocerías en cola, o desviarse por el señalado y despejado camino secundario del cual no conocía el recorrido.

La duda hamletiana rondaba en su cabeza: ¿Ser o no ser… valiente? ¿Seguir o no seguir… por el trayecto seguro y repetido hacia su trabajo, a pesar del tráfico, o atreverse con aquel desconocido e inusual camino que podía llevarla a cometer un imperdonable error logístico-temporal?

Y finalmente la inconsciencia se impuso con todas sus fuerzas, impulsándola a girar repentinamente el volante hacia la derecha, dejando atrás conductores enfurecidos y coches inflamados y lanzándose intrépida hacia un horizonte de libertad (circulatoria). Pero sus sueños y sus ilusiones sin límites (viarios) fueron pronto redimensionados por una engañosa rotonda desde la que podía entreverse una reja entreabierta, la de acceso al hípico lugar, custodiada por unos guardias que, obviamente, no iban a permitirle el paso, a la que seguía una pronunciada curva que ocultaba tras de sí una vía de servicio rebosante de vehículos en caravana.

El desconsuelo y la desesperación se apoderaron de ella, al encontrarse, una vez más, atrapada en ese océano de vehículos, incapaz de avanzar un solo metro. Y mientras se retorcía inquieta en el habitáculo, fijó nuevamente esa fisura entre barrotes tan bien vigilada y, como por arte de magia, con la sola fuerza de su mirada, la cancela se abrió para dejar entrar un recuerdo decenal: el de una agradable terraza, iluminada por unas desaparecidas “lunas del hipódromo”, donde unos cuantos amigos se habían reunido para una cena romántica veraniega. La remembranza de ese escenográfico “nocturno” madrileño le llevó a tomar la enésima decisión “familiar”, que se tornó indeclinable al descubrir, por casualidad, que las primeras carreras de caballos habían sido organizadas en 1835 por los duques de Osuna, propietarios de una soberbia yeguada, en los alrededores del magnífico palacio y jardín de “El Capricho”, muy cerca de su lugar de residencia… ¡¿Acaso no se trataba de otra  “caprichosa” señal?!

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Entradas para adultos

Y, efectivamente, un par de semanas después, un domingo por la tarde, a las cinco en punto, los de Aliapiedienfamilia accedían al Hipódromo de la Zarzuela, ejemplo de la llamada corriente “orgánica”, cuyos arquitectos, Arniches y Domínguez, además del ingeniero Torroja, se habían inspirado en la estructura de su homólogo milanés: ¿casualidad o nueva señal”?

PROGRAMA OFICIAL

Programa Oficial de las Carreras

Una vez allí, les recibió la responsable de comunicación, una mujer sonriente cuya simpatía confirmaba la telefónica voz de alegría.

Tras entregarles el programa oficial de la jornada, que se ofrece a todos los asistentes en la entrada, la anfitriona les explicó, en términos generales, comprensibles para los adultos y los infantes, como se desarrollaba el espectáculo del “turf” en ese hipódromo que celebraba su 75º aniversario, coincidiendo con el “Año del Caballo” “aliapiedesco”, y les acompañó al “paddock”, una zona circular, enmarcada por una exuberante arbolada, donde se exhibían los caballos que iban a participar en la inminente carrera, ante la mirada nerviosa y a la vez esperanzada de los apostantes.

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Zona exterior del animado “paddock”

Los padres, de la mano de su acompañante, accedieron seguidamente a una zona reservada de ese recinto –prohibida, entre otros, a los menores de edad y, por ende, a sus hijos que se tuvieron que quedar detrás de la valla de protección–, y allí, entre propietarios, y profesionales del sector, escucharon atentamente las palabras de su preparada interlocutora, amazona en el pasado y relaciones públicas en el presente, que repartía sonrisas, besos y apretones de mano entre la gente del mundillo.

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Tensión y concentración en la zona reservada del “paddock”

A unos pocos metros, en un área limítrofe, exclusiva para ellos, se encontraban los jockeys con sus preparadores físicos, intercambiando los últimos consejos y sensaciones en un clima de tensa concentración y de concentrada tensión. Y después del paréntesis privilegiado en ese punto de encuentro, fundamental en el hípico ritual, otra vez todos juntos, fueron los niños los que cobraron protagonismo, bombardeando a la anfitriona con todas esas preguntas que se les ocurrieron cuando, en su breve rato a solas, tuvieron la oportunidad de estudiar detenidamente a los animales que desfilaban ante ellos, observando su pelaje reluciente, más de lo normal, por el brillo del sudor causado por la emoción y el calor, fijándose en sus ojos profundos y obscuros, protegidos lateralmente o, mejor dicho, tapados por unas anteojeras que les evitaban distracciones visuales durante las competiciones, e impresionándose con la espuma que echaban de la boca por culpa de una sensación calurosa y no de una actitud rabiosa, o puede que por ambas cosas.

La anfitriona les explicó todos esos detalles entre divertida y asombrada, impactada sobre todo por el interés que demostraba el hermano mayor, el niño que desde siempre soñaba con vivir en una granja, el niño que amaba el mundo animal, el niño que susurraba a los caballos, a los de Jerez de la Frontera y a los del Hipódromo de la Zarzuela…

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Carudel inmortalizado “después de la carrera”

Conversando animadamente, los cinco se dirigieron hacia el ingreso de la tribuna central que, en su planta principal, aloja el Club Carudel, que debe su nombre al famoso campeón cuya figura siempre está presente en los corazones de todos los apasionados del turf y en los ojos de todos aquellos que cruzan las taquillas de acceso del complejo hípico. En su camino hacia el graderío superior, acompañados por su guía particular, pasaron por delante de esa zona V.I.P. frecuentada por hombres trajeados y mujeres con tocados, y, una vez arriba, se encontraron con un panorama espectacular…

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Las ingeniosa cubierta de las tribunas de Torroja

Al reparo de una ingeniosa cubierta de tonos mediterráneos, casi ibicencos, hecha con láminas de hormigón armado en forma de hiperboloides, obra del mencionado Torroja, finalizada a mediados del siglo pasado y, declarada hace diez años, Bien de Interés Cultural, los de Aliapiedienfamilia se deleitaron con unas soberbias vistas “de altura” no sólo de la pista principal, de hierba natural, y de las otras dos ubicadas en su interior y destinadas para los entrenamientos –la de arena y la de arena fibrada utilizada también para las carreras nocturnas estivales–, sino también del panorama alrededor de ellas.

 

Entre el verde de la abundante y rebosante vegetación, asomaban con prepotencia y elegancia, detrás de un par de emblemáticas herraduras, las Cuatro Torres madrileñas; un poco más allá, otras dos, las que componen la original Puerta de Europa, inclinadas como siempre hasta el límite permitido físicamente y, más a la derecha, la inconfundible silueta del neoherreriano Cuartel General del Ejército del Aire y de un mítico Edificio España cuya supervivencia constituye una controvertida hazaña.

Pero no hubo más tiempo para la contemplación.

Los primeros cinco caballos, montados por unos jinetes que lucían los vivos colores de las cuadras a las que representaban, ya estaban posicionándose en los correspondientes cajones para dar rienda suelta, nunca mejor dicho, a sus ganas de victoria al final de una trayectoria de mil doscientos metros rectos.

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Preparativos de las carreras: los cajones “móviles” de salida

Las atléticas figuras, humanas y ecuestres, aparecieron en unas pantallas gigantes ubicadas frente a las tres tribunas, mientras que la mayoría de la gente les enfocaba con sus prismáticos potentes.

Faltaban minutos, puede que segundos, para la salida y, en un momento, veloz como el viento, ya estaban los cinco en la meta.

Los de Aliapiedienfamilia se quedaron sin palabras.

Todo había discurrido tan rápidamente que ni siquiera habían podido saborear ese “attimo fuggente”. Su anfitriona les miró divertida consciente de que, con el paso de las carreras, esa inicial desorientación familiar iba a cambiar radicalmente y, antes de despedirse de ellos para atender a sus demás compromisos profesionales, les dio unos últimos, y muy valiosos, consejos en previsión de unas posibles futuras apuestas familiares –a los menores, obviamente, les está terminantemente prohibido utilizar el dinero de su hucha para esta finalidad, mientras que los progenitores pueden apostar con moderación y responsabilidad–.

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“Mini-turfers” en acción

El intervalo entre carrera y carrera era de poco más de media hora y los cuatro, siguiendo las indicaciones de su guía especial, decidieron emplearlo para explorar las renovadas instalaciones del hipódromo.

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“Food-truck” internacionales

Y así, paseando por el jardín sur, impresionados por la cantidad de gente allí presente, más allá de los fijos y los profesionales, se toparon con castillos hinchables, espacios infantiles con curiosas manualidades y “food trucks” de todos los colores ofreciendo especialidades de diferentes naciones, pudiendo comprobar que, superado el esplendor de los setenta y la decadencia de los noventa, el nuevo milenio había traído al hipódromo no sólo renovadas temporadas, repletas de hípicas jornadas –también nocturnas–, sino también gastronómicos y lúdicos entretenimientos para todas las edades –la mayoría de estos últimos, gratuitos–  convirtiéndose en un lugar ideal para pasar una tarde cualquiera en compañía –en verano, las carreras, hasta mediados de agosto, serán los jueves por la noche y sin actividades infantiles pero a partir de mediados de septiembre, con la temporada de otoño, volverán los domingos por la mañana, con las actividades para los más pequeños de la casa–.

Ya faltaban pocos minutos para la segunda carrera, de dos mil metros, y, desde el graderío de arriba, bajo los amplios e impactantes voladizos blancos, aferrados a la barandilla de protección, los cuatro esta vez se centraron y concentraron más a fondo en los nuevos contendientes, nueve pura sangre con sus jinetes de cascos y chaquetillas de colores y, algunos de ellos, con planchas de plomos en unas mantillas para igualar las posibilidades de todos los participantes, tratándose de una carrera de hándicap.

Se alinearon los animales en sus cajones, como siempre según el orden sorteado; salieron todos juntos disparados y, pocos metros después, unos ya se destacaban sobre otros; enfrentaron la primera curva, la recta de enfrente y la segunda curva totalmente desatados, y, finalmente, pasaron otra vez ante las tres tribunas, norte, central y sur, repletas de apasionados “tifosi” y apostadores puede que acertados puede que atrevidos…

Cruzó la meta en primer lugar un ejemplar francés, justo ganador de un merecido premio a repartir entre su propietario, que recibe el ochenta por ciento del mismo, el jockey y el preparador físico, que reparten a medias el porcentaje restante.

Los de Aliapiedienfamilia, ya más metidos en el “galopante” mundo de las carreras, se decidieron entonces a lanzarse con su primera apuesta, en la tercera de la tarde, depositando su confianza en las buenas vibraciones que el afamado “Ciriaco” transmitía al hijo mayor, no obstante el peso añadido que debía soportar, según el hándicap establecido, para compensar su desmesurada velocidad con la de los demás. Pero un caballo “de oro”, llamado “Golden Dynasty”, arruinó las “doradas” ilusiones de una familia que asistió impotente a la victoria de una jocketa que se cubrió de honor y gloria.

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Las cuadras “zarzuelianas”

Quedaban todavía tres carreras y en el nuevo intervalo padres e hijos decidieron explorar el sector del hipódromo que daba al jardín norte.

Ya se orientaban mucho mejor, no sólo geográficamente, sino también logísticamente: flanquearon el paddock donde ya se lucían los próximos contendientes; se fijaron en el que más les inspiraba, por los motivos más dispares, apuntándose su nombre en el programa oficial de la jornada; pasaron bajo unos soportales donde asomaban las cuadras de los animales; observaron el tablón de las apuestas con los resultados y dividendos de la carrera recién concluida, y, finalmente, se adentraron en la zona de ocio y restauración ubicada en esa zona del recinto y, tras sortear unas parrillas humeantes, una zona chill-out más que invitante y un elegante restaurante, alcanzaron el punto más importante, para los niños, de todo el hipódromo: ¡el área reservada para los paseos en pony!

La niña soñadora, que desde la primera vez que había oído nombrar esa mágica palabra de la boca de su anfitriona casi no había pensado en otra cosa, por fin vio acercarse su objetivo. Dos corceles, uno negro y uno blanco, de considerables dimensiones, dignos del Libro Guinness, la esperaban en un cuidado prado verde, a ella y a todos los infantes, hasta el decenio cumplido, que se atrevieran en montarles.

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La niña soñadora y su caballo blanco, alejándose hacia horizontes… ¡muy cercanos!

La pequeña, cara a cara con la pareja animal, un poco intimidada por su figura, más alta de lo habitual, estuvo a punto de echarse atrás, pero, retomada la compostura, sin flaquear esta vez, y después de elegir su ejemplar, el blanco, por supuesto, como manda la tradición de los príncipes muy apuestos, calzado el casco reglamentario y con la ayuda de una escalerilla y de la experta mano de un fiel escudero-monitor que siempre estuvo a su lado, se fue alejando hacia horizontes… ¡muy cercanos!

La niña, acompañada por sus sueños, cabalgó hasta un Lejano Oeste zarzueliano, de vaqueros y vaqueras imaginarios, entre cañones legendarios, y después de un par de “rodeos” volvió al punto de partida, feliz y emocionada por la aventura imaginada…

Tocaba ahora una nueva apuesta en familia, en este caso confiada a las azarosas sugerencias de la amazona debutante que, según sus números favoritos, eligió un caballo cualquiera como ganador y a otro como colocado.

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El fragor de la contienda desde el borde de la pista

En esta ocasión, los de Aliapiedienfamilia decidieron vivir la carrera desde el borde de la pista, para sentir más de cerca el fragor de la contienda.

Y, en efecto, cuando vieron desfilar a unos pocos metros de distancia doce pura sangre corriendo como el viento, al máximo de su potencia y resistencia, cabalgados como siempre por jinetes en cuclillas, casi emparejados en la recta final, la contagiosa excitación de todos los asistentes se fue progresivamente apoderando de los cuatro que, incrédulos, aplaudieron una “Santa Helena” que la niña había elegido como ganadora, pero que su padre, por error, había señalado como colocada.

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El galope desatado de unos pura sangre desenfrenados

A pesar de ello, estaban más que entusiasmados con la triunfal apuesta, y tras retirar el rico botín de un par de monedas, decidieron celebrar la victoria por todo lo alto con sendos helados y refrescos, con chuches de regalo incluidas.

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Una millonaria apuesta “ganadora”

Empezaba después la carrera más importante, la quinta, que iba a enfrentar a cinco pura sangre muy codiciados, y los de Aliapiedienfamilia, no pudiendo apostar sobre un caballo como colocado –eso sólo es posible cuando hay entre seis y diez participantes–, tuvieron que jugárselo todo, es decir, un euro cada adulto, a un único ejemplar como ganador. Aliapiedi, siguiendo su retorcido criterio, tenía claro su favorito, un tal “Vizcaya”, irlandés, en honor a su primer libro publicado “dublinés”, mientras que su marido, encaprichado con un británico “Madrileño”, cambió su decisión en el último minuto, dejándose convencer por los más pequeños y apostando sobre el “Checo”, que vestía la mantilla número tres.

La suerte estaba echada, ¡y los dos euros también!

Todo quedaba en manos del destino y en las riendas de unos jinetes muy conocidos, que al montar equinos mayores de dos años, podían hacer uso de los hasta ocho latigazos permitidos, de ánimo que no de castigo.

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El ritual del desfile animal

Los caballos desfilaron por el paddock; los expertos, como ellos, los observaron, estudiando sus movimientos, su mirada y sus (ocultos) sentimientos; y, finalmente, el público asistente, los competidores y los profesionales se colocaron en sus posiciones. Todo el mundo calentaba motores y los de Aliapiedienfamilia, desde lo alto de la tribuna, esperaban inquietos y excitados el inicio de dos mil cuatrocientos metros caldeados.

Salieron los cinco disparados, por el “Checo” encabezados; desfilaron ante las tribunas como rayos inflamados; se enfrentaron a la primera curva con los últimos cuatro casi emparejados; siguieron todos juntos por el rectilíneo, a unos pocos metros distanciados, intentando alcanzar aquel que seguía primero, galopando bajo el cielo; llegaron entonces a la curva de la Zarzuela, los últimos cuatro muy igualados, intentando superarse entre ellos en los pocos centenares de metros que los separaban de la meta. Padres e hijos, uniéndose a la euforia colectiva, empezaron a animar, gritar y saltar, lanzando al viento el nombre de un “Checo” que corría como un portento mientras que el último caballo del quinteto, el “Madrileño”, iba superando a todos sus predecesores, acercándose peligrosamente, y a pasos agigantados, al pura sangre sobre el cual el padre había apostado. Más gritos, más altos y más excitados, acompañaron los últimos metros de los dos caballos alados y finalmente, fue el checo el que, tras aguantar la aceleración de un madrileño muy valiente, cruzó la meta en primer lugar, tras haber liderado la carrera de principio a fin, llevando al altar de la gloria a un prometedor jinete de sólo diecinueve años.

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La concurrida llegada a meta de un “Checo” y un “Madrileño”

Aplausos desatados, vítores emocionados y cumplidos inesperados cayeron sobre los dos protagonistas, el animal y el humano, acompañados también por la euforia de los integrantes de una familia que, otra vez por casualidad, había ganado. El padre, la madre y los dos hijos, con el sustancioso botín monetario entre manos, decidieron entonces dejar atrás el animado y embrujado Hipódromo de la Zarzuela, renunciando a la sexta y última carrera, siendo ya las ocho pasadas de la tarde con la perspectiva de un par de exámenes finales para el día siguiente. Era mejor retirarse a tiempo sin abusar de la caprichosa suerte de los principiantes, era mejor hacer pleno con las notas del inminente inicio de semana, demostrando ser, como siempre, buenos y preparados estudiantes.

Y así fue como los de Aliapiedienfamilia ganaron todas las apuestas: las de unas hípicas carreras extraordinarias ¡y las de unas deslumbrantes carreras de primarias!

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Castillo de la Alameda: La E y la espera

Hace tres años, cuando emprendí esta aventura bloguera, recordaba cómo una década atrás me había instalado en un barrio que se salía del mapa turístico de Madrid. Por aquel entonces buscaba pisos por el centro de la capital y, a ser posible, que guardaran alguna similitud arquitectónica con la casa milanesa que había dejado atrás. Sin embargo, a pesar de mi empeño, nada me cuadraba, ni en términos estilísticos ni en términos económicos; pero un día, un día cualquiera, cuando ya había perdido toda esperanza y pensaba que acabaría durmiendo románticamente bajo las estrellas con el que ya era mi compañero de fatigas, un buen amigo de ambos nos acompañó a visitar un “piso piloto” –en mi vida había oído semejante expresión dado que en mi país de origen tan útil herramienta no existe– en un descampado donde todo estaba proyectado pero nada construido. La verdad es que quedamos abrumados, aunque no convencidos, con las calidades y las instalaciones de la futura urbanización que se levantaría allí donde en ese momento sólo había tierra y barro, y, después de la visita, mientras deambulábamos por las inmediaciones del solar, me llamó la atención un cartel con letras doradas sobre fondo verde que colgaba de una pintoresca reja que daba acceso a un jardín histórico-artístico del siglo XVIII: El Capricho.

Faltaba poco más de media hora para el cierre y, sin dudarlo ni un momento, cogí la mano del que siempre está a mi lado para explorar ese lugar tan alentador que, nada más entrar, nos sorprendió con sus ingeniosas y originales edificaciones, sus plantas seculares y flores de múltiples colores, sus fuentes pintorescas y lagos de aguas frescas.

El Capricho me (nos) había fascinado, cautivado y finalmente enamorado.

Tenía que ser allí donde viviéramos, cerca de ese jardín tan hermoso, cerca de ese lugar tan asombroso.

Y así fue.

Con el pasar de los años, y tras el nacimiento de los niños, poco a poco me fui acostumbrando al ritmo de este verde y tranquilo distrito 21, tan diferente del bullicioso y céntrico número uno de los planos urbanos que manejaba cuando estaba inmersa en la búsqueda de una nueva morada. Además el barrio, con el paso del tiempo, había ido mejorando paulatinamente: allá donde había un campo de fútbol polvoriento, ahora había un terreno de juego de césped artificial ya no tan sediento; donde había un descampado, ahora había un parque con carril bici y árboles recién plantados; donde había un bar de un camping destartalado, ahora había un flamante restaurante renovado; donde había aceras en mal estado, ahora había paradas de metro y zonas de recreo de diseño agraciado; y en la esquina donde se sucedían locales de éxito desafortunado, ahora había un bullicioso bar de tapas y cañas bien asentado.

Todo en la Alameda de Osuna prosperaba y yo con mi familia, día tras día, lo disfrutaba.

El mismo “caprichoso” jardín que desde siempre lucía orgulloso numerosos adornos florales, arquitectónicos y vegetales, conseguía aumentar su esplendor con visitas teatralizadas, conciertos musicales y festival estivales.

Todo era perfecto, todos estaba en su lugar, todo encajaba a la perfección… o casi.

Sólo había un edificio que desentonaba con el idílico entorno: un castillo en ruinas, perdido y solitario, abandonado a su destino. Lo poco que quedaba de él eran unas pocas piedras esparcidas, agredidas por el descuido y marcadas por las cicatrices de sus vicisitudes seculares.

Panteón de los duques Fernán-Nuñez

Panteón de los duques Fernán-Núñez

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

A nadie, sin embargo, parecía importarle la triste condición de la histórica construcción cuya existencia se apagaba sin prisa pero sin pausa.

Paseando delante de él, imaginaba que sus últimas cenizas acabarían por unirse a las del pequeño cementerio colindante y que sus últimos suspiros descansarían en el vecino Panteón de los duques de Fernán-Núñez, sus padres adoptivos desde finales del siglo XIX, una vez que ya había sido abandonado. Pero un día, delante de la moribunda estructura apareció un cartel prometedor, un cartel imponente, un cartel innovador, dominado por una E de color rojo de desproporcionadas dimensiones, una E llena de Empleadoras ilusiones, una E cargada de Estimulantes inversiones.

Esa E fue su salvación.

El montañes centro de recepción

El centro de recepción de estilo alpino

Empezaron así las obras de acondicionamiento, remodelación y restauración de la frágil criatura y finalmente, al cabo de unos meses, se estrenó el renovado Castillo de la Alameda. Visto desde el exterior, desde la pradera donde estaba ubicado, no se apreciaban evidentes mejorías, con la excepción de un aparatoso centro de recepción de visitantes, de estilo alpino, con una curiosa arquitectura de madera, precedido por un elegante letrero que anunciaba la reencontrada denominación.

Los de Aliapiedienfamilia, para entonces ya éramos cuatro, fuimos de los primeros en visitarlo.

Era una tarde de invierno, una de esas gélidas tardes en las que, cuando el sol se prepara para acostarse, el frío hace acto de presencia con todo su poderío en el nocturno escenario, una de esas tardes en las que el viento helado sopla con violencia. Recuerdo que las condiciones climatológicas se hacían a cada paso más hostiles y las gotas de lluvia, tímidas al principio, e impertinentes al cabo de un rato, cayeron sin piedad sobre nuestras cabezas: cada vez era más difícil avanzar por el paseo peatonal y, muy a nuestro pesar, tuvimos que dejar para mejor ocasión la visita al castillo renovado, el castillo deseado, el castillo embrujado. Pero sabíamos que él, con su proverbial paciencia, rejuvenecido y fortalecido, nos esperaría allí, impertérrito y silencioso en su enclave ya no tan misterioso.

Y así pasaron los días, las estaciones y los años…

El castillo seguía en su sitio, un poco menos abandonado, un poco más visitado.

Nos observaba desde lejos, cuando nos acercábamos al parque Juan Carlos I, y de reojo, cuando acompañábamos a los niños a la Escuela de Música municipal; no nos perdía de vista, aguardando confiado nuestra visita, seguro de que no lo habíamos olvidado.

Y tenía razón.

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Exterior de la instalación de acogida

Este verano volvimos a percatarnos de su presencia, gracias a que nuestro hijo mayor, puede que escuchando una llamada encantada o puede que devolviendo una mirada inanimada, expresó de repente el deseo de (volver a) cruzar el renovado cerramiento de la parcela para acercarse a esa extraña edificación, según él, inacabada, y de cuya primera visita nada recordaba. Dicho y hecho, al ser un día festivo –el castillo solo abre sus puertas los fines de semana– pudimos satisfacer su deseo inmediatamente y, pocos instantes después, ya estábamos en la instalación de acogida, oculta desde el exterior por una especie de valla suspendida.

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Plano táctil con recorrido

Unos paneles informativos –también hay unos planos táctiles para los invidentes– y un agradable encargado nos dieron la bienvenida. A diferencia de la anterior experiencia familiar, esta vez el día era maravilloso, luminoso y ventilado, con una leve y placentera brisa veraniega que acariciaba nuestros cuerpos sin azotarlos con violentas ráfagas invernales. Y el castillo, lejos de mostrarse ofendido por la prolongada espera, parecía querer ofrecerse en todo su esplendor, para que descubriéramos tranquila y serenamente toda su vida rocambolesca: su nacimiento, su crecimiento, su transformación, su casi defunción y su (parcial) resurrección.

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El puente sobre el ancho foso

Los restos de la Casa del Guarda, una típica casa de campo construida a principios del siglo XVIII, cuando el histórico conjunto ya estaba abandonado, fue lo primero que avistamos desde uno de los estratégicos miradores repartidos a lo largo del perímetro del castillo –cada uno de los cuales dispone de un panel informativo y el correspondiente plano táctil–. Sin embargo, lo que más nos sorprendió fue el enorme foso, ancho y profundo, devuelto a su desproporcionado tamaño original después de las excavaciones, y cuya función inicial, en el siglo XV, era la de proteger la recién estrenada residencia fortificada de los Mendoza, señores adjudicatarios por parte de la Corona de la aldea de la Alameda.

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Detalles de las obras de acondicionamiento

Nuestro joven acompañante, al leer ese nombre, se sobrecogió de improviso como si hubiera visto un fantasma deambular, o mejor, cruzar sin inmutarse las escarpas del edificio, es decir las paredes que lo rodean formando taludes inclinados. En realidad, su sobresalto no fue provocado por la presencia de un ser extraño entre los restos del chapado de piedra delante de nosotros, sino por el recuerdo de otros castillos, más conocidos y más avenidos, que él había visitado con entusiasmo un par de años atrás, puede que más, y que pertenecían a la misma noble familia.

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Ángulo sur del castillo

Asombrados por su memoria, fresca como su edad, seguimos a piedi por el camino, hasta el siguiente punto panorámico.

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Ángulo este del castillo

Allí, delante de unos muros levantados con piedras irregulares de sílex, nos dimos cuenta una vez más de la sabiduría del improvisado y joven guía, el cual, listo para enfrentarse a un nuevo año escolar, nos explicó que ese material era el mismo con el cual se avivaba el fuego en la Prehistoria.

Llamas de satisfacción se encendieron en los ojos de unos padres orgullosos que, con gusto, se dejaron llevar por el buen estudiante hasta el siguiente y privilegiado ángulo de visión.

En el foso, ensanchado y reformado adrede, vimos, con un poco de imaginación, un magnífico jardín, lleno de fuentes y albercas, de fresnos y nogales, de plantas aromáticas y ornamentales que exaltaban el esplendor del castillo convertido en el siglo XVI en un palacio renacentista por los nuevos señores de la Alameda y Barajas: los Zapata.

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Ángulo norte del castillo

Esa sí había sido una época dorada.

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Pasadizos ocultos…

Los restos de los parterres, bien visibles, nos lo confirmaban, así como el suelo de guijarro de una liza medieval luego pavimentada, o como la fuente de burlas de unas tuberías descubiertas en el interior de la torre meridional, o como una pequeña puerta, oculta por un helecho autoritario que, a través de un pasadizo subterráneo abovedado, cubierto por un pavimento de ladrillo, comunicaba el jardín exuberante con el edificio elegante.

El castillo sonreía silenciosamente, recordando aquellos años tan florecientes…

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El inquietante nido de ametralladoras

Pero el idílico momento, para el castillo y sus visitantes, se interrumpió súbitamente, al percatarnos de la presencia de una aterradora construcción: el nido de ametralladoras.

El infante –curioso, atrevido y, como todos los niños de su edad, inocentes ellos, fascinado, y espantado al mismo tiempo, ante todo lo que tenga que ver con lo bélico– se acercó prudentemente a esa especie de cubo de hormigón armado semienterrado, que fue utilizado durante la Guerra Civil por el general Miaja como estratégico punto de observación y de defensa de su puesto de mando, que estaba instalado en el palacio de El Capricho, bajo cuyo jardín se construyó también un impresionante búnker –que posiblemente abrirá sus puertas al público en un futuro no muy lejano.

La casamata tenía una única apertura desde la cual unos hábiles tiradores cumplían con sus mortíferas misiones. Ese sólido nido de muerte de gris aspecto nos infundió mucho respeto, y más aún después de habernos enterado de que ese lugar tan letal, al finalizar la contienda, había sido reutilizado como vivienda: ¿Quién podía haber tenido el valor, y el horror, de vivir allí? ¿Quién podía haberse atrevido a instalar unas escaleras y un almacén donde un tiempo hubo sangre y arena? ¿Quién podía haber aprovechado ese espacio tan limitado para un uso tan inadecuado?

Las inquietantes preguntas nos ronzaron prepotentemente en la mente, bajo la mirada del castillo que ahora recordaba con tristeza aquel periodo de su decadencia personal, cuando herido, quemado y destrozado por las voraces llamas de un incendio, quedó reducido a unas ruinas, en todos los sentidos, al verse despojado de gran parte de su “pedrosa” vestimenta para la construcción del mencionado palacio de los duques de Osuna, la joya de la “caprichosa” corona vegetal, amén que explotado como bélico instrumento de una guerra asesina.

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Ventanal de la torre de la esquina

Unas lágrimas de roca cristalina cayeron invisibles desde uno de los ventanales abiertos en una de las torres de las esquinas, y deslizándose por las paredes revestidas con zócalos de azulejos, rodearon temblorosas el hueco de un disparo explotado durante la guerra fratricida, posándose finalmente en el suelo de cantos rodados de un esplendor ya pasado.

En ese momento, el pequeño visitante, que se encontraba cerca del nido tan inquietante, sintió algo en su corazón gigante.

Entonces dirigió su mirada hacia lo que quedaba de la Torre del Homenaje, hacia el originario patio a sus pies, embellecido por los Zapata con un elegante pórtico de granito, y hacia una hipotética capilla medieval, ubicada en una de sus salas.

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Ángulo oeste del castillo

Y allí vio algo resplandecer, vio algo deslumbrar, vio algo brillar.

Se alejó de la casamata, superó a sus padres, que andaban entretenidos con el descubrimiento de unos hoyos rellenos de “basura” prehistórica, testigos de un poblado de cabañas asentado en el lugar en la remota Edad del Cobre, pasó deprisa delante del puente originario sobre el foso, cruzó el nuevo puente y finalmente llegó al interior del castillo, cubierto por un cielo abierto. Encontró un pozo, uno de los dos existentes en el antiguo patio, y, cerca del mismo, el origen del resplandor, la causa del brillo, la fuente del destello anterior: unas sencillas gotas de agua, puede que de una lluvia imaginaria, puede que de un llanto sobrenatural, capaces por sí mismas, con sus diminutas proporciones, de llamar su atención sobre el edificio de otras dimensiones.

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El interior del castillo, cubierto por un cielo abierto

El niño, en efecto, después de su líquido descubrimiento, levantó la mirada y, con mayor detenimiento, empezó a observar los restos arqueológicos que le rodeaban, casi le abrazaban con la fragilidad del olvido del pasado y con la fortaleza de la recuperación del presente; reflexionó entonces sobre la importancia de la historia encerrada, protegida y revelada entre los muros parcialmente recuperados de un castillo medieval transformado en palacio señorial, comprendiendo así el valor cultural de la excavación, rehabilitación y musealización del monumento en un solar que bien podría haber sido destinado a albergar una (otra) moderna y anónima urbanización sin alma, en lugar de un ser vivo del patrimonio de España.

Las acuosas presencias, ya no lluviosas, ya no llorosas, reconfortadas por los infantiles pero acertados pensamientos, se desvanecieron en el suelo milenario, libres ya de toda sombra de amargura: si la mirada de un solo niño había sido capaz de trascender el significado de lo material, entonces el espíritu del castillo sería capaz de sobrevivir para siempre, alimentado por el Entusiasmo, la Energía y la Empatía de la gente.

El arqueólogo del futuro, cogido de la manos de sus padres, se despidió así del lugar lleno de recuerdos; él que no recordaba que años atrás allí se había levantado un enorme cartel con una E prometedora, ahora guardaría en su memoria ese foso, esa torre y esa barrera, levantados y restaurados como estandartes de una sorprendente Alameda.

El niño no iba a olvidarse nunca jamás de su castillo; el castillo recordaría para siempre a su niño…

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El castillo olvidado… el castillo inolvidable…


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Matadero Madrid y el Doctor No

Por motivos profesionales, utilizo con cierta frecuencia el término “matadero”, aunque no siempre en lengua castellana. Dependiendo de la nacionalidad de los proveedores y clientes de la empresa en la que trabajo, a veces me toca referirme al “abattoir”, con diferente pronunciación, según el interlocutor sea inglés o francés; al “macello”, si es italiano, o incluso atreverme con el vocablo “sfageío”, al habla con los griegos. Por este motivo, cuando hace ocho años llegó a mis oídos que se había vuelto a abrir al público, aunque con una finalidad mucho más “creativa”, el antiguo Matadero de Madrid, incluí inmediatamente en mi imaginario elenco de lugares pendientes de visitar la estructura de una instalación tan presente en mi vida cotidiana aunque, afortunadamente, nunca hubiera tenido necesidad de visitar uno. Sigue leyendo

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La Catedral de Justo: La fe y la montaña

“La fe mueve montañas”.

A menudo había oído pronunciar esta frase y muchas veces, demasiadas, no la había entendido.

Cuando un día, por casualidad, leí una noticia sobre un hombre llamado Justo Gallego Martínez que, con la sola fuerza de su fe, y de sus manos, estaba intentando levantar una catedral “de la nada”, y en el medio de la nada, pensé que esa era la ocasión ideal para, primero, comprobar in situ lo que parecía una exageración periodística, y, luego, a lo mejor, poder dar sentido a esta aseveración que para mí se había convertido en un dogma… ¡de fe! Sigue leyendo

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