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Puy du Fou y Toledo: ¿Un sueño hecho realidad o una realidad hecha un sueño? (Segunda parte)

[… Sigue]

En efecto, unos pocos pasos más allá, entre la dura tierra y las rocas, los dos se toparon con un penitente dirigido a Santiago que, descansando de su camino, con sus relatos de “El vagar de los siglos” les llevó una vez más hacia el pasado.

Ella y él se vieron así trasladados como por arte de magia, o de sus palabras, al año 1492, listos para embarcarse, sin darse cuenta, en “Allende la Mar Océana”.

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La residencia granadina de la reina Isabel en «Allende la Mar Océana»

La mismísima reina Isabel desde su residencia granadina acababa de anunciar a Colón que iba a financiar su expedición hacia Oriente por Poniente, y cuando Aliapiedi y su marido se dieron cuenta de que iban a zarpar desde Palos hasta un mundo desconocido se pusieron a temblar.

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Colón, «hundido» en sus estudios

Pero ya era tarde para volver atrás, para volver a la actualidad, y, muy a su pesar, ya estaban metidos de lleno en esta misión (¿imposible?), participando en los últimos preparativos de ese peligroso viaje, a lo mejor, de solo ida.

Compartiendo a bordo de la nao Santa María comida y espacio con el resto de la tripulación, codo a codo con marineros revoltosos y, a veces, borrachos, sin poder lavarse como era debido, después de una primera etapa en Canarias, se lanzaron en el medio de la mar, de una mar sin explorar, de una mar extensa y aparentemente ilimitada que, violenta y hostil, se desahogaba contra ellos con todo su acuático vigor.

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La nao Santa María golpeada por el agua (Foto: Puy du Fou)

La carabela, duramente golpeada por el agua, la de arriba, de la lluvia tempestuosa, y la de abajo, del Océano iracundo, oscilaba vertiginosa y peligrosamente mientras que la tripulación, ya de por sí bastante enfadada, hambrienta y sedienta por los muchos días de alocada travesía, caía víctima de múltiples mareos y auténticos quebraderos de cabeza. Aliapiedi y su marido, pasando de camarote en camarote, intentando esquivar los polémicos y conflictivos marineros, empezaban también a perder toda esperanza de bajar con vida de ese barco maldito, pero justo cuando todo el mundo estaba a punto de rendirse, por fin escucharon ese grito tan deseado:

“¡Tierra! ¡Tierra!”.

Por muy increíble que pudiera parecer habían llegado sanos y salvos a algún lugar del planeta, a un Nuevo Mundo desconocido, a un placentero paraíso en tierra firme que el audaz Almirante, compatriota de Aliapiedi, bautizó enseguida, y con razón, con el nombre de San Salvador.

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¡San Salvador en todo su espelendor!

Playas de fina y blanca arena, palmeras que con el viento jugaban con las olas y frescas aguas cristalinas eran los alentadores ingredientes de esa isla, perdida por Océana, que, con su belleza y naturaleza, salvaje y no contaminada, ponía el colofón final a una aventura que ellos dos nunca iban a olvidar.

Y tanto era así que ella, en efecto, seguía físicamente con el recuerdo de esa arriesgada experiencia, notando en el cuerpo el continuo meneo de la nao Santa María, a pesar de haber vuelto a poner los pies en tierra firme. Por ello, para retomar la compostura, ella a gusto se hubiera quedado allí, en ese sitio tan encantador, para, quizás, refrescarse con un oportuno chapuzón antes de enfrentarse a una nueva historia, pero, como siempre, el tiempo apremiaba y no había forma de detenerse: el viaje espacio-temporal seguía su curso, llevándoles ahora, un paso tras otro, a piedi, caminando hacia atrás a través de los siglos, hasta el siglo IX, en pleno apogeo de Al-Ándalus, a pesar de la derrota en la batalla de Simancas de la Campaña de la Omnipotencia creada por Abderramán III.

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El lujoso Askar andalusí (Foto: Puy du Fou)

Allí estaba el campamento militar de ese gran califa de Córdoba, el Askar Andalusí, para demostrar que la victoria de las tropas cristianas encabezadas por el rey de León Ramiro II, y apoyadas también por los condes castellanos Fernán González y Ansur Fernández, no habían afectado para nada su vida fastuosa: jaimas y tiendas de campaña de preciosos cortinajes verdes sobre las cuales brillaban estrellas doradas, exóticas lámparas que colgaban de los amplios y pesados mantos interiores de color rojo, cojines de seda, teteras de plata, perfumes y esencias refinadas, hummus y dulces, flores y frutas en abundancia reflejaban claramente no sólo el poderío de ese hombre sino también los lujos a los cuales estaba acostumbrado en su esplendorosa ciudad palatina de Medina Azahara.

Aliapiedi y su marido no podían creer lo que sus ojos estaban viendo en esa asolada meseta castellana y, como si todo ello no fuera suficiente para deslumbrarles, un poco más allá, al aire libre, bajo los despiadados rayos del sol, ya les estaba esperando con sus brazos abiertos un inmenso recinto, parecido a un coliseo morisco, donde en breve, con la venia del califa, iban a poder asistir a una “Cetrería de Reyes”.

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El inmenso recinto de «Cetrería de Reyes»

Al cabo de unos pocos minutos, en efecto, ante el nutrido público de los plebeyos, sentados en las gradas, y de los nobles, acomodados casi en el centro del anfiteatro, empezó un acto solemne y oficial, marcado como siempre por una grandiosa y exótica banda musical: Fernán Gonzalez y su rival Abderramán III estaban a punto de sellar una histórica tregua, una diplomática amistad, aunque fuera sólo temporal…

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Los servidores-cetreros

El conde de Castilla, le regalaba, en señal de paz, un soberbio ejemplar de águila real y el califa, para no ser de menos, le enseñaba sus azores.

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Una atenta y peculiar centinela

Empezaba así una nueva lucha, una contienda muy peculiar, sin armaduras y sin espadas sino con aves y con alas. Los dos protagonistas, con la ayuda de sus numerosos servidores, perfectamente entrenados desde hace siglos en el complicado arte de la cetrería de alto vuelo, se desafiaban en el aire, enfrentándose disimuladamente con sus múltiples rapaces.

Como si de una guerra pacífica se tratara, de un lado, entre las filas aéreas cristianas, despegaban búhos, águilas y milanos, y del otro, las huestes musulmanas liberaban halcones, serpentarios y grullas.

Cada uno de esos ejemplares se exhibía lo mejor que sabía, volando a ras del suelo o del público asombrado, danzando al compás de sus cetreros, aterrizando en las cabezas de los invitados o, simplemente, enseñando la envergadura de sus alas, en un impresionante crescendo de tamaño.

Aliapiedi y su marido, a pesar de que no nutrían especial simpatía para el mundo de los volátiles, asistían a esa contienda sin (aparentes) rivales con creciente interés y, poco a poco, fueron disfrutando de esa exhibición de arte y maestría, admirando a ese centenar de  soldados de plumas y alas de veinticinco especies diferentes, que, rigurosos y obedientes, con soltura y elegancia no fallaban ningún movimiento, al son de una música que, como siempre muy sugerente, acompañaba sus idas y sus vueltas, sus subidas y sus bajadas, sus gestas aéreas en una ligera danza de “Mil y unas noches” toledanas.

Y aún faltaba el gran final de esa impresionante exhibición volante: la aparición por todos los lados de ese recinto descubierto que parecía encantado de innumerables aves blancas del Ebro y del Guadalquivir, dibujando en el cielo azul, toledano-andalusí, un dinámico e inmaculado arcoíris monocromo. Era ese el último, y mejor regalo, para la “boda aérea” del joven príncipe con su amada mora y para todos los afortunados espectadores allí reunidos que habían disfrutado de ese duelo de esplendores y de esas nupcias tan peculiares.

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La Venta de Isidro (Foto: Puy du Fou)

Los dos viajeros en el tiempo, agotados por tantas emociones, decidieron entonces hacer un alto en el camino para reponer fuerzas y, a pesar de los exquisitas viandas y productos que se ofrecían a un precio muy razonable en los cuatro pueblos de época repartidos por las treinta hectáreas “puydufouescas” – El Arrabal, La Puebla Real, El Askar Andalusí y La Venta de Isidro -, decidieron volver por unas horas al 2021 para disfrutar de una comida en un restaurante cercano que les habían calurosamente sugerido.

Llegaron entonces a Layos, un pueblecito ubicado a diez kilómetros de distancia de Puy du Fou España, que, a pesar de sus reducidas dimensiones, albergaba unos cuantos restaurantes afamados. Su destino era una conocida “higuera” que, escondida entre humildes casitas, algunas de ellas cerradas o directamente abandonadas, destacaba con su cuidado muro de piedra exterior y por la cantidad de coches aparcados fuera, en una angosta callecita. Los dos cruzaron un pequeño patio, ocupado en su totalidad por mesas, sillas y felices comensales, y, sin detenerse, se dirigieron directamente hacia el salón interior. El lugar no les defraudó: rústicas paredes de ladrillo, vigas a vista y columnas de madera se alternaban con las mesas del amplio comedor.

Enseguida fueron atendidos por un amable camarero que les llevó a la mesa que tenían reservada, y los dos, agotados por el viaje a lo largo de la historia, sin remordimientos eligieron cada uno un (abundante) menú. El almuerzo fue estupendo, delicado y gustoso, y entre risas y copas, incluido un limoncello final al cual fueron invitados por el personal tan encantador, alegres y satisfechos abandonaron tan acogedor local.

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El embalse del Guajaraz

En ese estado, sin embargo, no podían emprender otra vez el viaje tan intenso en el tiempo así que, razonablemente, decidieron dar un paseo hasta el cercano embalse del Guajaraz –que, gracias a las lluvias de los días anteriores, aún albergaba una cierta cantidad de agua–. Su propósito no era solo el de bajar un poquito la comida sino también el de encontrar un sitio donde rendir homenaje al “reposo del guerrero”. Llegaron así al sinuoso espejo de agua que, con su líquida presencia, intentaba imponer su húmeda presencia a la inexorable y futura llegada de la sequedad veraniega, pero entre la maleza, los árboles y las piedras de la manchega naturaleza no encontraron ningún sitio apto para una buena siesta. Saludaron a una familia que, mucho mejor organizada, había montado su propio chiringuito a pie del agua, con mesas, sillas y sombrillas, y, con una punta de envidia, volvieron decepcionados sobre sus pasos, duramente azotados por los rayos del sol.

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El antiguo castillo de Polán

Apartado así el deseo de un merecido descanso, Aliapiedi, previsora como de costumbre, propuso rápidamente un plan B que ya tenía preparado, por si acaso. Su marido, altruista y generoso como siempre, cedió inmediatamente a su proposición indecente (por las horas que eran) y en menos de un cuarto de hora ya estaba ella delante del castillo de Polán para sacar unas fotos de sus torres y de los restos de esa antigua estructura militar medieval. Finalizado el reportaje sin haberse desmayado, ella se subió otra vez al coche donde la esperaba su chófer particular, intentando sin éxito echar una furtiva cabezadita con la ayuda del aire acondicionado, y le sugirió –es decir, le impuso– otra visita antes de volver a Puy du Fou España: Guadamur.

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El altivo castillo de Guadamur

El motivo de esa petición era otro castillo, aún más majestuoso y mejor conservado que el anterior, que, como manda la tradición, estaba asentado en lo alto de un cerro, dominando el territorio a su alrededor. Rápidamente llegaron los dos a sus pies, pero su puerta de acceso estaba cerrada a cal y canto, y por mucho que Aliapiedi se esforzara en encontrar a alguien en ese pueblo fantasma para que la ayudara a conseguir su objetivo, a entrar en ese recinto y visitar el altivo castillo, actualmente habitado, a esa cálida hora de la tarde, las cinco en punto, nada ni nadie parecía tener ganas de hacer acto de presencia.

Desesperada, enfadada y decepcionada como una niña pequeña, o, mejor dicho, como una princesa despojada de su casa, ella le dio la espalda, no sin antes inmortalizar, con una sonrisa amarga, ese noble complejo cuya arquitectura se inspiraba en la de su amada patria, y, después de haber alcanzado nuevamente su fiel conductor, que la esperaba una vez más en la frescura del coche, como un auténtico profesional, dejaron atrás ese castillo, a lo mejor embrujado, que, atrevido, la había desafiado.

En solos quince minutos, volvieron una vez más al pasado; cruzaron nuevamente el pintoresco y colorido Arrabal y la Puerta del Sol, y accedieron a la Puebla Real, que ya les sonaba mucho más familiar. Y mientras él se entretenía fisgoneando entre la mercancía expuesta en los diferentes puestos y talleres, ella, agotada no sólo por las emociones sino también por los últimos coletazos de un fuerte lumbago de los días anteriores, intentó descansar un poquito a la sombra de un edificio que custodiaba unos inquietantes escudos, yelmos y espadas. Pero el tan deseado descanso duró sólo unos pocos minutos: la llamada del Cid con “El Último Cantar” ya les estaba reclamando…

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El imponente Castillo de Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador

Y así fue como la cansada guerrera y el fresco chófer-caballero emprendieron una vez más el camino hacia esa nueva aventura que, como bien sospechaban, ni de lejos iba a ser tranquila o despreocupada. Los dos se unieron entonces a los demás viandantes que, al igual que ellos, querían escuchar las vivencias de ese emblemático personaje del siglo XI, cuyo nombre oficial correspondía a Rodrigo Díaz de Vivar, y, con paso firme, pero temblando en su interior, se adentraron en el imponente castillo construido por su mesnada.

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El engañoso escenario natural

Cruzaron un amplio vestíbulo, desde el cual colgaban inmensos tapices y retratos de nobles y valientes guerreros –o, por lo menos, eso era lo que ella se figuraba– y, acto seguido, accedieron a un espacio enorme, circular, ocupado en su casi totalidad por unas cuantas gradas, y rodeado, más bien abrazado, por un panorama de temática natural. Pero, como siempre, las apariencias engañaban…

Las luces se apagaron, el pueblo calló y Rodrigo Díaz de Vivar apareció en todo su esplendor, iluminado, exaltado, celebrado desde el principio hasta el apoteósico final por un decorado espectacular.

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El Cid Campeador, legendario caballero (Foto: Puy du Fou)

El escenario, más bien los múltiples escenarios envolventes, se sucedían, se deslizaban, se movían mágicamente uno tras otro, y, en el centro de la acción siempre estaba él, ese caballero innato que vivía con honor en una Castilla recién conquistada y sobrevivía a su fatal destino como el famoso Campeador. Aliapiedi y su marido, metidos, o, mejor dicho, sumergidos de lleno en esa trepidante historia “circular” de hace veinte siglos, sufrían, se alegraban, exaltaban, se hundían, gozaban o se entristecían con las diferentes hazañas de ese hombre que, un paso tras otro, una contienda tras otra, una gesta tras otra iba poco a poco, con sangre y sudor, escribiendo su leyenda.

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El fiel caballo Babieca (Foto: Puy du Fou)

Allí estaba él ora domando su altivo caballo blanco, Babieca, ora bailando en un suntuoso palacio con su dulce amada, Jimena; allí estaba él, ora peleando con los sarracenos, ora peregrinando con sus fieles compañeros; allí estaba él, ora agonizando en una playa acariciada por las olas, ora resurgiendo de sus cenizas para una última conquista.

Eran tantas y tan intensas las historias que se desenvolvían, literalmente, alrededor de los dos viajeros en el tiempo que ella y él casi no conseguían retenerlas todas en sus pupilas.

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Jimena, dulce esposa (Foto: Puy du Fou)

Los colores del vestuario, los juegos de luces, los temas de la banda sonora, los movimientos de las coreografías… todo ello les sobrepasaba.

Y, como temían, esa rocambolesca aventura les dejó una vez más sin energías, sin fuerzas y sin palabras, con los ojos llorosos y los corazones rotos, añorando las infinitas emociones que les había brindado ese héroe nacional.

No podían pedir más. Ese viaje en el tiempo tenía que acabar ya: de no ser así, la Historia, con todas sus historias, iba a acabar con ellos, atrapándoles para siempre en sus agitados siglos pasados, reteniéndoles irreversiblemente en ese universo paralelo tan intenso. Decidieron entonces alejarse de ese rocambolesco mundo “puydufouesco” y volver al moderno y evolucionado Tercer Milenio, sin belicosos desafíos literarios, sin alocados atrevimientos marineros, sin combates tan sangrientos y violentos…

Pero ese adiós, en realidad, era un “hasta luego”.

No era una despedida sin vuelta atrás, era un simple y prometedor “arrivederci”.

[Continuará… ]

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Puy du Fou España y Toledo: ¿Un sueño hecho realidad o una realidad hecha un sueño? (Primera parte)

Después de tantos meses de incertidumbre y múltiples confinamientos, estatales, regionales o perimetrales, ella, Aliapiedi, a pesar de haber gozado en la capital española de una libertad del todo excepcional, con el alargarse de las horas de luz y la llegada de la primavera con sus colores alentadores, notaba en su cuerpo un progresivo deseo, casi necesidad, de escapar de la gran ciudad, de evadirse y de viajar, de viajar a cualquier lugar, de viajar aunque fuera sólo por unas pocas horas, de viajar con él, su marido, como hacían en el pasado, antes de la aparición del virus maldito. Y a la primera ocasión que se le presentó, nada más levantarse el estado de alarma y las restricciones de las zonas básicas de salud capitalinas, ella se las ingenió para huir ir más allá de la invisible frontera de la Comunidad de Madrid, para disfrutar de una mañana, una tarde y una noche a solas con su compañero de miles de aventuras.

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Puy du Fou España

El destino era “casi” desconocido: Puy du Fou, un lugar nacido en los Montes de Toledo, a las afueras de la capital de Castilla-La Mancha, del cual habían oído hablar en una cena de terraceo con buenos amigos, entre tapas y copas, brindando por el regreso de la vida, de una vida “casi normal”, de una vida aún más especial. En esa lúdica ocasión los dos aprendieron que esas tres mágicas palabras, de sabor francés, y toledano a la vez, se referían a un parque temático que, nacido en los años ochenta del siglo pasado, a la sombra de un castillo olvidado, en un pueblo de los Países del Loira llamado Les Epesses, había sido inaugurado en España poco antes del inicio del drama mundial del Milenio actual.

Aliapiedi, nerviosa y desconcertada, sorprendida por no haberse enterado antes de esa novedad, al igual que su marido que, por motivos de trabajo, pasaba casi la mitad de los días de la semana en la antigua capital del Reino de España, googleó enseguida ese nombre, y, rápidamente, con sólo leer una cascada de opiniones positivas, acompañadas por una lluvia de cinco estrellas, se dio cuenta de que tenía que colmar a la mayor brevedad ese vacío cultural y emprender cuanto antes ese viaje “puydufouesco” para expiar ese (casi) imperdonable pecado de ignorancia.

Así fue como, después de haber contactado con un responsable del parque, ese sábado soleado de mayo, elegido adrede en función de las previsiones meteorológicas que anunciaban unas temperaturas no demasiado calurosas –unos 25º como máxima– Aliapiedi y su marido, felices y despreocupados, libres, sin ataduras pandémicas de límites geográficos y sin saber exactamente lo que podían encontrarse en ese sitio, ya que su “contacto virtual” les había sugerido de dejarse llevar por el “efecto sorpresa” –ella, sin embargo, fisgona como de costumbre, a pesar de la recomendación, no había podido evitar documentarse “un poquito”, mirando fotos y videos, leyendo comentarios, consultando las redes sociales, escuchando entrevistas…– pusieron rumbo hacia el sur de Madrid, camino de la A42, casi contando los sesenta minutos que les separaban de su destino tan extraño y a la vez tan deseado.  

Conforme iba avanzando por la carretera, los pueblos y las casas se iban disipando y los campos exterminados de grano, sudor y tierra labrada bajo el sol cobraban protagonismo. Tanto era así que cuando tuvieron que desviarse por una carretera comarcal, una CM40 impoluta, cuidada y casi olvidada por los coches, les invadió una inquietante sensación de soledad, como si fueran los únicos seres vivos que recorrían ese llano horizonte infinito, a lo mejor entre muertos vivientes escondidos. Y, por fin, al cabo de unos cuantos minutos, apareció uno de esos estimulantes carteles de fondo marrón que, con su característico color, anunciaban un lugar de interés cultural: ¡Puy du Fou!

Los dos, reconfortados, siguieron fielmente esa indicación y a los pocos metros se toparon con una fuerte empalizada de madera que, similar a la de Hilltop en Walking Dead, como si estuviera custodiando un tesoro muy valioso, no les permitía llevar la mirada más allá del parabrisas. Tenían la sensación de estar entrando en un campamento de antaño, estratégicamente protegido de posibles ataques externos –como los asentamientos galos de Astérix y Obelix, pensó ella con la mente más libre de apocalípticas visiones – y, recorriendo ese camino flanqueado por la alta muralla, llegaron a una enorme zona de aparcamiento, gratuita, donde ya descansaban los caballos de millares de vehículos de cuatro ruedas que habían venido del futuro, del lejano siglo XXI.

En efecto, nada más llegar allí, Aliapiedi y su marido, como si al recorrer cada metro de esa palizada estuvieran acercándose paulatinamente al pasado, se vieron de repente trasladados a un sugestivo ambiente medieval, dominado por un impresionante castillo y poblado por unos nobles hidalgos que, amablemente, les indicaban donde poder dejar a buen recaudo su medio de transporte. Aturdidos por el repentino cambio espacio-temporal los dos se unieron a los demás viandantes que, disciplinadamente, con las mascarillas de rigor, se dirigían hacia la entrada principal de ese complejo monumental. 

Ella y él, sin embargo, antes de dar el salto definitivo hacia el pasado, pararon un momento en la primera de muchas e impolutas áreas de servicio, perfectamente mimetizadas con la árida naturaleza alrededor de ellas, y, después de haberse refrescado vigorosamente la cara para comprobar que todo aquello no era un sueño, listos para ese viaje peculiar, se encaminaron por el ancho y asolado camino principal, deleitado afortunadamente en ese día por una fresca brisa de poniente.

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La Guía del Visitante con los horarios de los espectáculos

A cada paso que daban –y no eran pocos, la verdad– iban percibiendo a su lado la presencia de una invisible figura, la Historia, que, recta y sabia, con su cálido abrazo, cargado de milenios de experiencias, les llevaba afectuosamente hacia sus entrañas, hacia su viejo y antiguo corazón, hacia sus muchos siglos de vida y vivencias. Unas agradables y sonrientes doncellas, con rigurosos atuendos de época, les dieron la bienvenida mientras que un más que amable caballero, cuyas credenciales coincidían con las del misterioso contacto virtual “aliapiedesco”, después de las debidas presentaciones, con una Guía del Visitante en una mano y los horarios de los espectáculos en la otra, les explicó cómo vivir de la mejor forma posible ese viaje a través del tiempo que acababa de empezar.

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El pintoresco Arrabal

En ese momento ellos se encontraban en un llamativo Arrabal, en un lugar extramuros donde, entre tascas, ventas, llagares, tahonas, corralillos y hogares, se estaban paulatinamente reuniendo villanos, forasteros y mercaderes. Los olores a brasas, a hogazas recién horneadas, a parrillas en plena actividad, a cerveza y sidra invadían ese pintoresco y colorido sitio al aire libre que, cada vez más animado, hacía de proscenio a la aún más bulliciosa Puebla Real, la villa custodiada por la imponente fortaleza que habían visto al principio del recorrido.

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La monumental Puerta del Sol

Él y ella se hubieran quedado de buen grado allí, tomando por ejemplo un gustoso desayuno en La Tasca del Capataz, donde una cuadrilla ya estaba avituallándose abundantemente para enfrentarse al duro día de labor, pero, a pesar de tener todo el día por delante, tenían que cruzar cuanto antes la monumental Puerta del Sol de estilo andalusí, ubicada en mitad de una nueva muralla, más sólida y robusta que la anterior de madera, para poder acceder a la mencionada villa y escuchar, a las once en punto, el Pregón de la Puebla de Gregorio Bartolomé Hidalgo de la Hidalguía.

El mencionado Alguacil, en efecto, de pie encima de un barril, justo en frente de la Hospedería de Santiago, ya estaba declamando para todos los ciudadanos las buenas nuevas y también las normas y las medidas de seguridad vigentes en esa antigua ciudad para que, en ese año de pandemia, todo el mundo pudiera desplazarse libremente en su interior, y el pueblo, después de haber escuchado el edicto del día, se fue dirigiendo, en su mayoría, hacia la cercana fortaleza. Ellos dos, sin embargo, siguiendo las indicaciones de su noble anfitrión, del cual se habían despedido unos minutos antes, se fueron más allá, hacia la Pradera del Valle, siguiendo un tortuoso camino desde el cual, entre juncos y espigas, ya podían divisar la imponente mole del Gran Corral de Comedia toledano donde, en breve, iba a estrenarse “Fuenteovejuna”, obra, en teoría, de don Fernán Gomez, corregidor de aquella ciudad.

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El Gran Corral de Comedias toledano

Esa estructura, al menos por fuera, con sus dimensiones y su bella arquitectura, de balcones de madera y techos de tejas que sobresalían de la blanca fachada, nada tenía que envidiar a la del austero castillo-fortaleza de la entrada, y los dos, emocionados, accedieron al edificio (erróneamente) convencidos de que (simplemente) iban a asistir en vivo y en directo a la ya nombrada pieza “fuenteovejunesca”.

La entrada no pudo ser más triunfal. Una enorme platea, de largos bancos de madera, precedía al impresionante escenario que, ocupado por un laberinto de vigas, pasarelas, puertas, ventanas y mucho más, admirable entresijo de ambientes de diferentes alturas fundidos entre ellos armoniosamente, exaltaba la ingeniosidad y el poderío de aquella estructura teatral. Y eso era sólo el principio, ya que la función aún no había comenzado.

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La ingeniosidad y poderío de la estructura teatral

Después de un cuarto de hora de trepidante espera, mientras que el aforo iba llenándose paulatinamente, empezó el espectáculo dentro del espectáculo llamado “A Pluma y Espada”.

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El intrépido Lope de Vega y… (Foto: Puy du Fou)

Hicieron así acto de presencia los protagonistas, las comparsas y, en general, unos cuantos actores cuyos llamativos vestidos de colores se alternaban con los elegantes atuendos de los escritores. Todo ellos, juntos y revueltos, se mezclaban, se hablaban y se enfrentaban en un magnífico carrusel de danzas y acrobacias.

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… un desconocido Miguel de Cervantes (Foto: Puy du Fou)

El intrépido Lope de Vega con sus gestas y sus palabras, haciendo honor a la verdad, se encaraba con el mismísimo y augusto corregidor de Toledo, acusándolo de plagio teatral y también de posibles actos violentos contra su amada y Su Majestad, mientras que el público expectante –el del escenario y el de la platea– no podía sino que solidarizarse con las rocambolescas aventuras de ese literato-espadachín que se desenvolvía con destreza y habilidad entre frágiles tejados toledanos, olas impetuosas o prisiones aterradoras.

Las hazañas del Fénix de los Ingenios, marcadas por una música única y grandiosa, se complicaban cada vez más, y entre curiosos encuentros, como el que tuvo con un desconocido Miguel de Cervantes, y numerosos desencuentros, con las tropas de don Fernán Gomez, por ejemplo, los escenarios se sucedían a una impresionante y abrumadora velocidad, a la par de las olas de una arrolladora tempestad que se abatía sobre un imponente barco de la Gran Armada, incapaz de sortear la fuerza y el poderío del mar.

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El imponente barco de la Gran Armada

Los actores se multiplicaban y se diversificaban, aparecían soldados, doncellas, literatos y también corceles blancos de elegantes movimientos; los artificios se alternaban en un impresionante crescendo de música, baile e interpretación, y, entre aguas borrascosas, fuegos, plumas y espadas, el ingenioso dramaturgo, a la par de un Zorro no enmascarado, por fin conseguía salvar al rey de un complot “explosivo” y conquistar el corazón de su Laurencia.

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«A Pluma y Espada»: un impresionante crescendo de música, baile e interpretación (Foto: Puy du Fou)

Aliapiedi, centrada, cautivada, raptada por esas múltiples escenas de valor y acción, por las innumerables transformaciones de esa caja mágica teatral cuya versatilidad le recordaba, salvando las distancias, la de su amada Scala milanesa, no conseguía centrarse en las rocambolescas aventuras del impetuoso e impávido Lope de Vega. Sus ojos y su mente se centraban sólo y exclusivamente en las ingeniosas coreografías, y sus oídos, incapaces de prestar atención a los diálogos de los diferentes personajes, sólo querían escuchar las grandiosas, épicas y esplendorosas, melodías que acompañaban las meticulosas puestas en escenas: ¿Quién podía haber escrito todos esos acordes que, alegres y amenos, al principio de la historia, se convertían en una tormenta de notas turbulentas y animadas, a la par de las olas agitadas? ¿Qué maravilloso artista del siglo XXI, a la par de los del Siglo de Oro que desfilaban en el escenario, había sido capaz de crear esa increíble sinfonía, de encadenar todas esas variantes sobre un ingenioso tema principal, de mezclar armoniosamente, con un fondo de violines, esos evocadores sonidos de aire árabe y flamenco, hechos de taconeo, panderetas, guitarras y castañuelas –a los pocos días, gracias a su especial interlocutor “puydufouesco” descubrió que el prolífico Ennio Morricone del Tercer Milenio se llamaba Nathan Stornetta, un hábil compositor suizo, y ella empezó a escucharlo sin parar, dejándose llevar cada noche y cada día con los ojos cerrados a ese arrollador pasado… ¡y más allá!–.

Y atrapada de esta forma por la magnífica obra desde el principio hasta el final casi no se dio cuenta de que los aplausos acalorados de los villanos allí reunidos, así como los de su marido, estaban celebrando no sólo el triunfo de la verdad sobre “Fuenteovejuna”, sino también la belleza de ese original espectáculo de esgrima escénica… ¡y mucho más!

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La zona de los Alijares, poblada por…

Aliapiedi y su marido, aún aturdidos por todo lo que en ese mágico corral habían visto y vivido, salieron de allí un poco desorientados, y, a pesar del mapa que tenían entre las manos, de muy fácil consulta, y de estar rodeados por múltiples flechas de madera que indicaban claramente la ubicación de cada sitio que tenían que explorar, sus pasos perdidos les llevaron sin rumbo por ese territorio todavía inexplorado.

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… perezosos animales

Recorrieron entonces la zona de Los Alijares, poblada por unos perezosos animales, tales como burros, bueyes, cabras y ovejas, la Plazuela de los Cercados, con zonas de picnic y recreo para todos aquellos forasteros que preferían descansar un rato y disfrutar del avituallamiento que traían desde sus propias casas, cruzaron la Plazuela de los Cuatro Vientos y, sin darse cuenta, volvieron a la Puebla Real, aún mas animada y poblada que a primera hora de la mañana, con sus mesones y casonas que iban llenándose de gente hambrienta o sedienta y sus puestos y talleres, decorados con un gusto exquisito, en plena actividad artesanal.

Ella se hubiera quedado allí un rato para explorar todos esos sitios, para curiosear entre los diferentes productos a la venta, tales como bélicos escudos, espadas y alhajas, dulces mieles, mazapanes y licores, pintorescos objetos de cerámica, juguetes, sedas o candelas, pero una nueva aventura les esperaba en ese mundo tan fantástico llamado Historia.

[Continuará… ]

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La acogedora Puebla Real

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