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Disneyland Paris: En el nombre del abu [(Gran) Fin(al)]

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Hoy es nuestro último día y, obviamente, nadie quiere volver a casa. Además, como si la creciente nostalgia no fuera suficiente, la meteorología tampoco acompaña ya que, a pesar de estar en pleno verano, las temperaturas son más bien otoñales, con un frío viento en aumento y unas amenazadoras nubes acercándose desde el horizonte. Sin embargo, nos autoimponemos pensamientos positivos, esforzándonos en ver el vaso medio lleno y, por ende, proponiéndonos aprovechar al máximo cada uno de los momentos de que disponemos hasta el vuelo de vuelta de esta noche.

Y así, con otro talante, decidimos repetir las atracciones de ambos parques que más nos han gustado y las que algunos de nosotros no hemos probado.

La primera de todas, la que hemos posicionado en nuestro particular “top five”, es sin duda “Autopia”.

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Un atasco “autopiano”

Así que, a bordo de nuestros flamantes coches, nos adentramos nuevamente en ese circuito extraordinario, esta vez con mi primo y yo al volante y nuestras respectivas madres ejerciendo de copilotos, ya que el primer día ellas, a diferencia de sus maridos, no se habían animado a disfrutar de esta atracción –en su momento, querido abu, creí erróneamente que fuera por culpa de todas esas absurdas leyendas que circulan sobre la mala conducción de las mujeres y que, por el mismo motivo, también la “nona-nena” se había limitado a observarnos desde un puente elevado sin aprovechar la posibilidad de renovar ficticiamente su carnet caducado desde hace años, pero nada más lejos de la realidad–. Cumplido todo el recorrido sin choques ni accidentes, respetando las señales de tráfico y los límites establecidos, mi tía y mi madre bajan de los vehículos encantadas, comprendiendo ahora a la perfección el porqué de nuestra selección.

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“Videopolis”

Después de esta renovada (y exitosa) experiencia familiar sobre cuatro ruedas, nos separamos: mis tíos y la “nona-nena” se van de compras, mientras que los demás seguimos con nuestros sueños de futuro en el pasado y en el presente, tal y como reza el lema de “Discoveryland”.

Secundando los deseos de mi primito, volvemos a probar la atracción dedicada a su personaje favorito, “Buzz Lightyear Laser Blast”, a pesar de que el primer día no había entusiasmado a mi padre, ni a mi tío. Pero esta vez, a bordo de los cruceros espaciales “XP-40” con sus colores tan chillones, ostentando el cargo de “Junior Space Ranger” está también mi madre, la Aliapiedi de siempre convertida para la ocasión en una temible y despiadada killer de armas tomar. Sentada a mi lado, sujetando su mortífero cañón con una mano y los mandos del estrambótico vehículo con la otra, empieza a disparar como una posesa, alcanzando con sus rayos laser infrarrojos todo lo que se le pone a tiro, marido, hijo y sobrino incluidos: ¡Una auténtica matanza cósmica!

Al finalizar la misión, con gran asombro de los demás, es ella la que ocupa la segunda posición en el ranking del “Comando Estelar”, justo detrás de mi, ganadora absoluta de la batalla, clasificadas ambas por nuestra puntería en el nivel supremo de “Galactic Hero”. Una foto de las dos en plena acción, proyectada en una de las pantallas al final de recorrido, lo atestigua: somos las mejores pistoleras de la historia… ¡O de Toy Story!

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“Orbitron”

Será por la merecida victoria, será por el titulo recién adquirido, será por esta revancha femenina, pero, contra todo pronóstico, esta segunda bélica aventura me ha resultado mucho más divertida y placentera que la primera y, con la descarga de adrenalina (y electromagnética) aún circulando por el esqueleto, las “heroínas galácticas” nos encaminamos, acompañadas por nuestros humildes “cadetes espaciales”, hacia el esférico “Orbitron”, omitido el primer día.

Es este un carrusel aéreo al estilo de “Dumbo the Flying Elephant”, pero bastante más rápido, más inclinado y más elevado.

Y mientras que mi padre, mi hermano y yo volamos sin límites y sin frenos hacia arriba y hacia abajo, mi madre no se levanta ni un centímetro del suelo, yendo siempre a ras del mismo, dibujando círculos de ínfima altura para evitar que mi primo, sentado a su lado en la futurista nave espacial, feliz y sonriente durante todo el recorrido, se maree –en realidad, querido abu, yo creo que era ella la que estaba asustada con ese vuelo interplanetario inspirado en los “leonardescos” dibujos visionarios del sistema solar–.

Tachadas entonces las atracciones favoritas o las que faltaban de esta tierra del descubrimiento, pasamos a las de “Adventurland”, ya que queremos volver a zarpar a bordo del barco de “Pirates of the Caribbean”.

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“Discoveryland”

Esta vez, sin embargo, los piratas están descansando, puede que durmiendo a pierna suelta después de una borrachera nocturna, y no queriendo esperar un par de horas hasta que se solucione el leve “problema técnico”, decidimos embarcarnos en otro navío, menos peligroso y más tranquilo, el de Peter Pan y sus amigos, atracado en “Fantasyland”.

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Volando en el País de Nunca Jamás

Sobrevolamos entonces otra vez la iluminada ciudad de Londres y el inquietante País de Nunca Jamás entre sirenas, indios y piratas, y, de vuelta a tierra, después de habernos reunido con el resto de la familia, agotados ellos por su intensa aventura consumista, a juzgar por la ingente cantidad de bolsas que llevan consigo, nos decantamos por una breve pausa gastronómica a base de perritos calientes en el “Casey’s Corner”, bajo la amenaza de una lluvia inminente y unas ráfagas de viento insistente.

Puede que estos fenómenos naturales sean unas señales, puede que el tiempo adverso tenga su sentido, puede que sea mejor no desafiar los elementos, así que, animados por las razonables dudas, empujados por las fuertes corrientes de aire, decidimos despedirnos serenamente, bajo un cielo que de sereno tiene muy poco, del Disneyland Park con un “¡hasta siempre!” y un “arrivederci!”.

Pero falta un último detalle, una última formalidad, una última tradición familiar: el envío de una postal, una costumbre vintage en la era de Internet que mi madre mantiene viva en todos sus viajes y que por estos lares se enriquece de curiosas peculiaridades. En efecto, no se trata sólo y simplemente de comprar, escribir, sellar y enviar una postal; se trata de comprar una emblemática postal de Disneyland en “The Storybook Store”; se trata de escribirla y firmarlas todos juntos; se trata de que, una vez comprada, escrita y firmada por todos los miembros de la familia allí presentes, sea entregada en persona en el Ayuntamiento para que, una vez franqueada con el valioso timbre de Mickey Mouse, emprenda el viaje hacia el hogar milanés de otro abu, o mejor dicho, de un nonno solitario, cien por cien italiano… Dicho y hecho, la postal empieza a volar desde París hasta Milán, planeando por el cielo con su mensaje de un recuerdo colectivo, cruzando las estrellas y alcanzando finalmente su destino donde hace mella en un corazón sorprendido y conmovido.

Ahora sí que toca irse de verdad; toca volver a la realidad…

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¿Una triste despedida de Disneyland París o un prometedor “arrivederci”?

Pero la mítica “nona-nena” no parece ser de la misma idea y, tomando la iniciativa, alejando una vez más el cansancio acumulado en los tres días, toma las riendas de la situación, como legítimamente le corresponde por su “cargo” familiar, y decide unilateralmente llevarnos al lugar donde más que nunca hemos soñado con los ojos abiertos o vivido de verdad con los ojos cerrados: ¡París!

Metida de lleno en su papel de “nona-niña-nena”, animada más que nunca, no puedo evitar observarla admirada mientras, con paso firme, la veo desaparecer en el acceso, mucho menos concurrido, reservado a los “single rider”, determinada en perseguir con todas sus fuerzas, sola, pero no solitaria, su ilusión “ratatouillesca” –¿Quién sabe, querido abu, lo que rondó en su cabeza? ¿Quién sabe qué o quién la animó a ella, tan prudente y tan solidaria, a volver a vivir esa experiencia por su cuenta? ¿Quién sabe qué fue lo que buscaba?–.

Y, camino de ese irreal, y tan real, universo paralelo, ella se aleja de nosotros, decidida a vivir su aventura y a disfrutarla a su manera en la ciudad de la luz, acompañada por el sonido de un acordeón y por el amor de su vida… –nadie sabe lo que (le) pasó allí dentro, lo que imaginó, lo que sintió y lo que volvió a recordar de su primer viaje a París, contigo, abu querido, como dos eternos enamorados… Nadie lo supo, nadie lo sabe, y nadie lo sabrá, salvo tú, claro está…–.

Y ahí reaparece la nona, con una evocadora sonrisa dibujada en su cara, con unas tímidas lágrimas en sus ojos, con unos pensamientos susurrados a su corazón: ha vuelto a ser una niña, soñadora como yo, luchadora como nadie y, además, creadora de un nuevo lema, de una nueva exclamación acompañada por una serena y dulce reflexión: «¡¿Quién me iba a decir a mí que iba a volver a París?!».

«¡Bravo nona!», le contesto yo tácitamente mientras que su pregunta tan sugerente, salida desde el alma y que lleva ya consigo la respuesta, empieza a volar libremente en el aire, en el cielo, hasta el infinito y más allá, reuniéndose en el firmamento con el deseo de su marido, con el deseo de un abu tan querido…

Y así, cogida de su temblorosa mano, a piedi, las dos juntas nos encaminamos emocionadas hacia la futura y esplendorosa aventura de la vida, dejando atrás aquella maravillosa, recién disfrutada, de Disneyland París.

FIN

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¡Hasta siempre, abu querido!

Aquí termina nuestra historia, aquí termina nuestra aventura, aquí termina nuestro diario.

Una vez más, querido abu, te damos las gracias por este viaje que nos has regalado, por este deseo por fin cumplido, por este sueño por fin realizado.

Te queremos, siempre y para siempre, y no te olvidamos, nunca y ¡para nunca!

Tus nietos”

Aliapiedi, con las lágrimas en los ojos, terminó de leer esta carta-diario, recordando, ella también, todo lo que habían vivido, o puede que soñado, “en familia”, en París y Disneyland. La noche había caído, una noche profunda e intensa, pero ella, más despierta que nunca, una vez retomada la compostura, decidió no dejar caer en el olvido la “infantil” obra literaria. Abrió entonces su portátil y, sin prisa pero sin pausa, empezó a copiarla en su bitácora, en el blog de “Aliapiedienfamilia”, modificando levísimamente algunas partes y añadiendo al final este post scriptum personal y, a la vez, familiar:

“P.S.: Abu querido por todos nosotros –¡a esas alturas de la película, me permito tutearte!–, como has podido leer de la mente y de la mano de tus nietos, la “nona-nena” ha cumplido tu promesa, ha realizado tu deseo, ha vivido tu sueño de entonces, nuestro sueño de ahora, el sueño que a todos nosotros se quedará para siempre marcado en nuestra memoria. Y, como bien sabes, no lo ha hecho por obligación, por deber o por compromiso: lo ha hecho de corazón, por ti, por nosotros y, sin quererlo, también por ella, levantándose y elevándose con una fuerza y una entrega extraordinaria. Puedes estar más que orgulloso de tu “nena”, de la niñez que ha reencontrado, de la tristeza que, gracias a ti, ha alejado.

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La “columna-faro” rétro y…

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… la gran verdad de su inscripción

Y, como bien diría un famoso escritor, amante como yo, y como ella, de los viajes reales e imaginarios, cuya sabia y simbólica reflexión he leído en una “columna-faro” rétro, que preside, junto con otras, el ingreso de “Discoveryland”:

“Tout ce qui est dans la limite du posible, doit être et sera accompli”

[Jules Vernes]

“Todo lo que está en los límites de lo posible, tiene que ser y será cumplido”

Se ha hecho y se ha cumplido todo lo posible, así que, en nombre de todos nosotros, y una vez más, gracias a los dos, gracias de verdad, gracias de corazón…

Aliapiedi terminó de escribir estas últimas frases, repuso la carta-diario en la mesilla de su hija, besó a los “pequeños” y, antes de acostarse, se fue a cerrar las ventanas de la terraza que el abu tanto amaba. Levantó entonces la mirada y en el cielo tan especial de una noche excepcional apareció rápida una estrella fugaz…

Se quedó perpleja y pensativa, observando en su memoria esa estela que ya había desaparecido: ¿Había sido Campanilla desde el País de Nunca Jamás? ¿Había sido el abu guiñándole el ojo desde el infinito y más allá? ¿Y si todo hubiera sido un sueño? ¿El “sueño de una noche de verano” o el sueño de un firmamento de San Lorenzo?

No importaba, concluyó ella, mientras somnolienta se iba a la cama, abrigada por un placentero razonamiento: si los sueños se hacen realidad en Disneyland, ¿por qué no puede ser también en la vida real?

Pase lo que pase, lo importante es vivir de ellos, intentando realizarlos o, simplemente, ilusionándose con conseguirlo…

Así que, más que nunca…

¡Buenas noches y dulces sueños!

Buonanotte e sogni d’oro!

Bonne nuite et doux rêves!

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Los 4 + 4 de Aliapiedienfamilia = ¡los 8 de Abupiedienfamilia!

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Disneyland Paris: En el nombre del abu (Segundo día – Walt Disney Studios)

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Nos despertamos pronto, a la misma hora que cuando vamos al cole, pero con la pequeña diferencia que estamos de vacaciones y que nuestro destino de hoy son los “Walt Disney Studios”. Así que después de un sabroso petit-déjeuner a base de croissant con leche o café au lait, a las diez en punto, hora de apertura, ya estamos frente a la evocadora reja del segundo parque incluido en el complejo disneylandiano y que aún no existía cuando mi tío y mis padres vinieron por estos lares. Mi madre está especialmente exaltada, recordando los impresionantes “Universal Studios” de Orlando, que visitó hace más de veinte años en compañía de su hermano; según ella, este lúdico recinto será (aún más) atractivo para los mayores ya que mezcla la diversión con el aprendizaje –debo confesar, querido abu, que al oír esas últimas palabras se despertaron ciertas dudas acerca de la meta hodierna, ¡no fuera a ser que acabáramos en una escuela de verdad asistiendo a unas (inoportunas) clases veraniegas!–.

Nada de eso, una vez en el interior del parque, tras acceder al “Front Lot”, respiramos aliviados al comprobar que su estructura nada tiene que ver con la de un colegio.

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La fuente ¿(in)animada? de la “Plaza de los Frères Lumières”

Nos encontramos en la “Plaza de los Frères Lumières”, dedicada a los famosos inventores del cine, dominada por una fuente central con un alegre Mickey, aprendiz de brujo, rodeado de escobas, como en la mítica escena de “Fantasía”.

Y allí, frente a esta estatua tan sugerente, esperando que sus protagonistas no cobren vida y nos cubran de agua o, más bien al contrario, deseándolo con todas nuestras fuerzas, se da el pistoletazo de salida a la primera de las sesiones fotográficas “en familia”, previas a nuestro triunfal ingreso al “Disney Studio 1”, entre los bastidores de un increíble viaje cinematográfico.

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Exóticos locales

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Gasolineras de carretera

Y, de repente, al igual que el día anterior, como si hubiéramos cruzado un portal espacio-temporal, nos encontramos en una impresionante galería principal donde, en la penumbra, bajo los focos de los reflectores, al ritmo del twist o del fox-trot, se suceden tiendas glamurosas, restaurantes “teatrales” y gasolineras de carretera con bólidos a la espera frente a exóticos locales para apasionados de las olas.

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Tiendas glamurosas y restaurantes “teatrales”

Nos hemos trasladado a la época dorada de Hollywood, en la ciudad de Los Ángeles, la meca del cine, allí donde los sueños se hacen realidad y nacen las estrellas…

Y esta vez, en lugar de una princesa con corona me convierto en una diva con tiara, en una actriz muy famosa, con gafas de sol bastante vistosas, que intenta pasar desapercibida entre la multitud de admiradores; sin embargo, a la salida del estudio, no puedo evitar posar como una vamp, coqueta y presumida, ante la estatua del genial soñador al cual está dedicado todo el complejo de diversión: ¡Walt Disney!

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La bienvenida de Walt Disney y Mickey Mouse

El célebre productor y director nos da la bienvenida en una pintoresca glorieta de la mano de su criatura más famosa, Mickey Mouse, con el célebre letrero hollywoodiense como telón de fondo entre las verdes colinas californianas.

¡Ese sí que es mi reino! ¡El reino de las estrellas! ¡El reino de la fama!

Y mientras me recreo con mi actitud de superstar, centrada en mi misma, la mirada de los demás, en lugar de recaer en mi esplendorosa silueta, se fija en la tenebrosa figura de una destartalada torre-ascensor: “The Twilight Zone Tower of Terror”.

Mi padre, el más atrevido de todos, imitado por mi hermano, que no quiere ser de menos, observa con pasión y con terror el altísimo edificio, deseando subir hasta su última planta para, desde allí, dejarse atraer por la irresistible fuerza de gravedad, envuelto en una cuarta dimensión.

La incredulidad y preocupación se apodera de todos, incluida yo, que abandono por un momento mi actuación estelar para unirme a la calurosa plegaria familiar.

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“The Twilight Zone Tower of Terror”

Nadie quiere que lo hagan, nadie quiere que salten al vacío, nadie quiere que afronten el atrevido desafío, y, finalmente, entre rezos convertidos en recomendaciones y luego en reproches, conseguimos disuadirles, proponiéndoles como tranquila (o puede que no tanto) alternativa el cercano “Studio Tram Tour: Behind the Magic”, ubicado al final de un amplio y poco traficado “Hollywood Boulevard” flanqueado por palmeras.

Así que, tras una breve espera –no sé si era debido a la temprana hora o porque era un día entre semana pero, querido abu, me percaté de que en ese parque había mucha menos gente que en el de Disneyland–, subimos en el cómodo y pacífico (o puede que no tanto) tranvía.

Un divertido Jeremy Irons nos da la bienvenida y nos comunica que va a ser él nuestro maestro de ceremonias durante todo el trayecto.

El inusual medio de transporte se adentra así en un bosque donde van apareciendo objetos y criaturas de diferentes decorados cinematográficos: avionetas estadounidenses mimetizadas entre la naturaleza de un bélico “Pearl Harbour”, naves espaciales de un fatal “Armageddon”, listas para despegar, y volátiles gigantescos custodiando un imponente portal que, dando acceso a un “Parque Jurásico” a escala real, estático en su grandiosidad impone tanto como el dinámico de la exitosa película–.

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Un impresionante “Parque Jurásico”

Nos alejamos paulatinamente, para mi tranquilidad, de ese lugar “primitivo”, y nos metemos de lleno en la grabación de una escena aún más impresionante…

Nos encontramos en un cañón y contemplamos cómo un camión se está aprovisionando de petróleo recién extraído del subsuelo cuando, improvisamente, una furiosa tormenta se descarga sobre nuestro vagón, cuyo techo a duras penas consigue protegernos.

Truenos y relámpagos nos envuelven con sus sonidos ensordecedores y, como si todo eso no fuera suficiente, un temblor progresivo se apodera del tranvía que, finalmente, se ve obligado a detenerse por culpa de la furia de los elementos, empezando a balancearse peligrosamente, al compás del camión cisterna que, debido a las violentas sacudidas, acaba inflamándose.

Ráfagas de calor nos invaden el cuerpo y el alma, gritos de terror se lanzan al aire, una histeria al rojo vivo serpentea entre nosotros, hasta que una torrencial, y providencial, cascada de agua cae sobre el escenario en llamas.

La tormenta ha pasado, el cielo recupera su serenidad y la calma vuelve a reinar en este “tranvía llamado deseo…” ¡de huir de ese impactante “Catastrophe Canyon”!

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“Catastrophe Canyon”

Sólo hay una persona o, mejor dicho, un personaje que ha permanecido impasible durante el catastrófico acontecimiento… Se trata, como no, de nuestro anfitrión, el hombre (de la máscara) de “hierro(s)”, tal y como revela su propio apellido, que aplaude el espectáculo y nos muestra la sublime perfección de la impactante escena de acción.

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Los clásicos double-decker bus londinenses

Tras la subida de adrenalina, los pasajeros respiramos aliviados, aún con la emoción en el cuerpo y, mientras el vehículo retoma su camino, vamos dejando atrás acartonados sacerdotes egipcios, divinidades griegas y emperadores romanos, además de extraños reptiles. Poco a poco nos acercamos a una conocida ciudad, Londres, fácilmente identificable por los rótulos del metro, por los clásicos autobuses rojos de dos pisos y por los inconfundibles taxis negros. Pero a la vuelta de la esquina, el escenario cambia por completo…

Un desastre de dimensiones colosales ha debido golpear la capital del Reino Unido, a juzgar por el estado de sus palacios, demolidos, sus jardines, desaparecidos, y sus museos, aniquilados.

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Un desastre de dimensiones colosales

Y como si todo ello no fuera suficiente, entre los escombros divisamos unas tuberías destrozadas, abiertas al cielo, que expulsan amenazadoras ráfagas de humo, o puede que de gas peligroso…

En efecto, a los pocos instantes mis dudas se convierten en realidad: una explosión incontrolable, pero controlada, tiene lugar a pocos metros de distancia, golpeándonos con la intensidad de su calor y amenazándonos con sus altas llamas: ¡Tenemos que irnos de aquí o acabaremos reducidos a cenizas!

Y, por fin, unos eternos segundos después, el tranvía de alta tecnología vuelve a ponerse en marcha, llevándonos de vuelta, sanos y salvos, aunque ligeramente mojados, a la estación principal.

¡Cuántas emociones! ¡Qué interesante ha sido este tour aparentemente relajante! ¡Qué emoción poder ver y vivir una peli desde dentro! –tengo que reconocer, querido abu, que, aunque hubiera preferido sentirme la protagonista absoluta de un romántico film de amor, esos rocambolescos rodajes me encantaron, y lo mismo le pasó a mi “nona-nena” que, para confirmarlo, volvió con su famoso lema: “¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–.

Pero no hay tiempo para el descanso.

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El escenario de “Moteurs… Action!”

Falta muy poco para el inicio de “Moteurs… Action!”, así que tenemos que encaminarnos a la carrera hacia el correspondiente recinto que ya está lleno a rebosar. Cada uno de nosotros se sienta donde puede, unos más arriba y otros más abajo, hasta que entra en escena un virtuoso centauro que, sobrevolando el escenario a lomos de una moto, realiza con soltura y seguridad proezas al límite de lo imposible y de la gravedad.

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La compenetración perfecta entre el hombre y la máquina

El hombre y la máquina, ambos animados, a su manera, se compenetran a la perfección: sus acrobacias, de altura, en todos los sentidos, fruto de una habilidad alocada y de una pasión desatada, rebosan tal armonía que resulta difícil discernir quién maneja a quién.

La multitud aplaude entusiasmada al motorista habilidoso que, con su medio portentoso, abandona el escenario haciendo gala, una vez más, de su bravura.

Y esto es sólo un aperitivo de lo que está por llegar…

En efecto, a continuación, en el escenario, que reproduce una tranquila plaza de un hermoso pueblo francés –que bien hubiera podido ser, querido abu, uno cualquiera de los que visitamos en familia el año pasado por la bella Provenza–, hacen acto de presencia los directores y ayudantes de cámara, que nos explican, como siempre en inglés y en francés, las escenas que en breve se van a rodar.

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Un coche de cuatro… ¡y dos ruedas!

Tras comprobar que todo está en orden, entran en el recinto, a toda velocidad, unos ruidosos vehículos, que se persiguen a pocos centímetros de distancia por las calles secundarias de la tranquila villa, escondiéndose y volviéndose a encontrar, esquivándose con habilidad o flanqueándose con pericia, siempre a punto de chocarse, siempre a punto de estamparse. Todo está perfectamente calculado, cada movimiento, cada giro, cada adelantamiento. Y así, en ese estruendoso rock and roll, asistimos a la danza espectacular de seis furiosos coches negros a la caza de un flamante coche rojo.

Los números y los decorados se suceden a una velocidad de vértigo y los especialistas, a bordo de sus vehículos, de todo género y tipo, incluido un Rayo McQueen bastante despistado, nos deslumbran con auténticos malabarismos sobre cuatro, y en ocasiones dos, ruedas, saltando, frenando, arrancando y desafiando las leyes del equilibrio universal.

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Un Rayo McQueen sonriente pero despistado

El resultado final de cada rodaje, cuyos trucos de realización se nos exhiben orgullosamente en una enorme pantalla gigante situada frente a los graderíos, es asombroso, incluido el de la última escena, la más movidita de todas, protagonizada por (los pilotos de) coches, camiones y motos corriendo entre disparos peligrosos, llamas amenazadoras, cristales rotos, caídas espectaculares y, como siempre, sobrecalentamiento de motores.

Ahora somos nosotros, los espectadores, los que calentamos nuestras manos con aplausos enfocados, satisfechos e impresionados por el espectáculo rutilante, por ese arte de la conducción y por la genialidad de lo que se oculta tras la fachada cinematográfica –y a pesar de que a mí no me gustan los motores, los sonidos altos y tampoco las películas de acción, no puedo negarte, querido abu, que, una vez más, al igual que con el anterior tram tour, disfruté como nunca de ese sensacional stunt show–.

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“Moteurs… Action!”

Sin embargo, las emociones fuertes no se han acabado y, casi sin darme cuenta, confiando en mi valentía, me subo con mis tíos, mi padre y mi hermano a una atracción que, desde fuera, parece bastante inocua, al estar inspirada en la película “infantil” de “Buscando a Nemo”.

Cuán equivocada estaba…

Lo que yo imaginaba un relajante crucero por los plácidos mares de Oceanía se revela todo lo contrario. Nuestra embarcación-caparazón enseguida viene arrastrada por las violentas corrientes oceánicas, empujada furiosamente mar adentro, más allá de la Gran Barrera de Coral, alcanzando una velocidad vertiginosa entre olas gigantescas y espumas rabiosas… Cual Ulises del Tercer Milenio, asisto impotente al remolinante desatarse de un destino adverso que me impide alcanzar la tierra firme, convirtiendo el supuesto viaje de placer en una auténtica pesadilla.

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“Crush’s Coaster”

Las acuáticas montañas rusas, tan rápidas y tan mareantes, se me hacen eternas y mientras los demás tripulantes ríen y gritan por la alegría, yo río y grito, y casi lloro, por la histeria. Pero, afortunadamente, todo tiene un final y este diabólico “Crush’s Coaster” no es una excepción –no puedes imaginarte, querido abu, con cuanta emoción volví a pisar “a piedi” el suelo de Marne-la-Vallé; a punto estuve de besarlo, cual Papa femenino, en señal de gratitud por haber sobrevivido a la inesperada aventura–.

Como compensación, para consolarme del susto marítimo, el resto de la compañía decide llevarme a una atracción mucho más sosegada, la que me ha aconsejado calurosamente una de mis mejores amigas y que estoy deseando probar desde que hemos entrado en este parque: Ratatouille: L’aventure totalement toquée de Rémy.

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“Ratatouille: L’aventure totalement toquée de Rémy”

Pasamos entonces al lado del “circuito circular con circulación viaria en círculos” llamado “Cars Quatre Roues Rallye” e inspirado en la película protagonizada por Rayo McQueen, y nos dirigimos hacia la “Place de Remy”. Conforme voy moviendo mis aún temblorosos pasos hacia aquel destino, me voy tranquilizando y serenando, hasta tal punto que mi anterior estremecimiento por el pánico vivido a bordo del desatado caparazón poco a poco se convierte en una nueva e incontrolable sensación de agitación, esta vez provocada por la emoción de volver a estar en mi ciudad favorita, la misma que he dejado atrás hace solo un día: ¡París, la ville-lumière, la ciudad del amor!

El decorado parisino, tan real y conseguido –¿o es que de verdad habíamos vuelto a la capital?, querido abu–, nos traslada a una pintoresca plaza, con una burbujeante fuente central embellecida con ratoncitos y botellas de champán, sugerentes farolas y edificios elegantes. Todos nos quedamos impactados con esa recreación que supera ampliamente la de la ficción, y mientras saboreamos con la vista cada rincón de ese lugar tan cautivador, nos adentramos en el “augusto” restaurante de Auguste Gusteau. A lo largo de un pasillo bastante oscuro, avanzamos por un estrecho camino subterráneo que lleva a la cocina donde el mismísimo chef estrellado, e injustamente degradado, nos da la bienvenida. Un poco más allá, en unas curiosas canastillas, “nos servimos” unas recién fritas gafas 3D y, tras alcanzar una especie de cueva gigante poblada por ratones danzantes, subimos, en parejas, a lomos de esos simpáticos animalitos, emprendiendo un increíble recorrido, más bien una carrera, “entre fogones” en cuatro dimensiones.

No sé cómo, pero, de repente, hemos menguado y, sin darnos cuenta, hemos acabado en una peligrosa yincana culinaria, sorteando platos, carros y sartenes, perseguidos por el jefe enfurecido de nuestro amigo aprendiz de cocinero, Rémy, escondiéndonos en las esquinas, pasando bajo unos hornos muy calientes o al lado de neveras muy refrigerantes, cayendo en picado sobre bandejas o rodando sin control bajo mesas.

¡Eso ya no es ficción! ¡Eso es increíblemente real!

Metidos de lleno en nuestro papel de roedores, evitando deliciosos obstáculos gastronómicos, entre olores, vistas y sonidos que nos despiertan los otros dos sentidos, el tacto y el gusto, encontramos (desafortunadamente) una vía de escape y nos despedimos de este increíble lugar, acompañados por el húmedo y atrevido descorchado de una botella de champán –¿Qué decir, querido abu? ¡Nada! Nos limitamos a repetir todos juntos, en coro, y hasta el infinito, el lema de la nona, tan conciso como acertado: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–.

Abandonamos la fantástica y rocambolesca cocina, embriagados de dulces emociones y sabrosas sensaciones y presos de un hambre impresionante, alimentada no sólo por los elaborados platos del equipo del difunto Gusteau, sino también por los que, invitantes y tentadores, aparecen a través de los ventanales del refinado “Bistrot Chez Rémy”, estratégicamente ubicado al final de la aventura familiar.

Sin embargo, muy a nuestro pesar, todavía inmersos en esa increíble realidad virtual y estupefaciente experiencia sensorial, tenemos que alejarnos otra vez de París, de Ratatouille y de Rémy, con la esperanza, eso sí, de poder pronto regresar allí.

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“Toy Soldiers Parachute Drop”

Desfilamos entonces rápidamente, sin detenernos ni un instante, ante el vertiginoso, y para ninguno de nosotros invitante, “RC Racer”, una especie de enorme scalextric vertical montado en una montaña rusa de medio canal; pasamos al lado del “Slinky Dog Zigzag Spin”, observando ese perro gigantesco que no para de dar vueltas alrededor de unos huesos mordiéndose la cola, y, ante el tamaño desproporcionado de esos seres, animados o inanimados, empezamos a dudar del nuestro, preguntándonos inquietos si no habremos encogido, de verdad y para siempre, en la anterior atracción ratonera…

Pero no hay tiempo para frívolas reflexiones. Al contrario, hay asuntos mucho más urgentes, como los que se están desarrollando en la curiosa base militar llena de torres de vigilancia y soldados verdes con la que acabamos de toparnos. Sin darnos cuenta, hemos sido reclutados para la complicada “Operación Papa Delta”, que consiste en ser lanzados desde veinticinco metros de altura con unos extraños paracaídas miméticos.

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Aliapiedi… ¡con las alas en los pies!

Y cuando ya estoy preparada para afrontar la difícil misión, cambio de opinión y me bajo de la atracción, dejando a los demás los fáciles, o difíciles, heroísmos.

Ya he tenido bastante por hoy… ¡y sólo con ver la cara de mi madre me convenzo aún más de mi sabia decisión!

Ella, en efecto, a pesar de su alter ego bloguero Aliapiedi, no ama volar en avión, y menos aún tirarse al vacío con un paracaídas, lo que atestigua su semblante nada relajado… Conforme el medio de transporte aéreo va cogiendo altura, puedo leer en sus ojos una creciente preocupación que se convierte en auténtico terror que trata de mitigar aferrándose a la barrera de protección. Asisto impotente al drama interior y exterior de mi progenitora, cumpliendo las órdenes de un implacable sargento con las emociones a flor de piel –cuánto sufrí por ella, querido abu, viéndola volar no sólo en la fantasía sino también en la realidad, con unas “alas en los pies” ya no tan literarias, ya no tan imaginarias…–.

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El monumental Buzz Lightyear

Una vez finalizada por todo lo alto, en todos los sentidos, la bélica aventura del “Toy Soldiers Parachute Drop”, sin honor y sin gloria, sin merito y sin valor, sin medalla y sin condecoración, nos alejamos silenciosa y rápidamente del campo de batalla, dejando atrás para siempre la breve, pero intensa, carrera militar. Pasamos entonces bajo un enorme Buzz Lightyear que domina el ingreso, o la salida, del “Toy Story Playland”, ese extraño territorio en el que hemos quedado reducidos al tamaño de un juguete, y, todos juntos, decidimos tomarnos un respiro en las cómodas butacas del “Animagique Theater” donde, en menos de media hora, va a empezar el espectáculo de “Mickey et le Magicien”.

Después de un frugal almuerzo, nos encontramos en el interior del enorme teatro: se apagan las luces, se abre el telón y, en el romántico escenario de una noche estrellada de luna llena, aparece una buhardilla, un poco desordenada, habitada por un mago y por su simpático ayudante, Mickey Mouse, a quien le viene encomendada la tarea de limpiar y poner todo en orden antes del amanecer.

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“Mickey et le Magicien”

Muy a su pesar, el simpático ratón, no parece muy capaz de lidiar con la doméstica tarea, ni siquiera recurriendo a sus (supuestas) dotes mágicas que, por lo visto, no brillan por su excelencia. El pobre está absolutamente desbordado, tanto que casi me dan ganas de subir al escenario para echarle una mano (¡y de paso abrazarlo!).

Afortunadamente, acude en mi lugar una competente hada madrina que, con su baqueta y unos valiosos consejos, da inicio al entretenimiento, más que a la limpieza. Así, en un crescendo de luces, sonidos, y efectos especiales, desfilan por el escenario Cenicienta, huyendo en su carroza, Bella, bailando con su Bestia, el Rey León, a la cabeza de un desfile de animales, el Genio de la lámpara, marcándose un claqué, y, finalmente, la reina más codiciada, la reina más de moda, la Reina de Hielo, Elsa, con sus copos de nieve, sus amigos y, sobre todo, su canción tan famosa.

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Los cambiantes y coloridos escenarios

El musical es verdaderamente impresionante y su ritmo contagia a todos los asistentes, de todas las edades, con sus múltiples y cambiantes escenarios que se alternan en un universo de colores, canciones y mutaciones. Todo el mundo participa activamente cantando, riendo, aplaudiendo, danzando y saltando, y paulatinamente un verdadero embrujo, más que placentero, se apodera de nosotros.

Es magia, magia pura, magia real, magia de verdad, para mi y para todos los demás… con la única excepción de un Mickey desesperado que, con el lío de personajes y de números que se han sucedido en la buhardilla, ahora, solo y perdido, se enfrenta con un lugar mucho más desordenado que antes, casi destrozado.

El ratón está desolado: no podrá mantener su promesa y todo se quedará hecho un desastre.

Pero nunca hay que perder la esperanza, y con el regreso del mago del principio y de todos los príncipes, genios, animales y princesas que nos han cautivado con sus exhibiciones, Mickey, por fin, consigue cumplir a la perfección su tarea, confiando en el poder de una mágica baqueta y en la fuerza de su fantasía.

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Un mágico y deslumbrante gran final

Y con el menguar de la luna entre las estrellas, escondiéndose tras la cortina del firmamento y llevándose entre ellas a un noble brujo, orgulloso de su digno sucesor, Mickey Mouse Magicien, finaliza el deslumbrante espectáculo acompañado de un coral y familiar «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!».

Y después del teatro toca ahora el cine, pero no un cine cualquiera sino, para variar, un cine mágico, el “CinéMagique”.

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El “CinéMagique”

La hora de la sesión coincide con la de un tradicional deporte nacional español, la siesta, y mientras que los mayores se entretienen entre risas debatiendo sobre quien será el primero en echarse una furtiva cabezadita a escondidas…

“¡Luces, cámara y acción!”

En la enorme pantalla frente a nuestras cómodas butacas empiezan a sucederse unas simbólicas escenas en blanco y negro de la época del cine mudo que, sin quererlo, sólo contribuyen a que el sueño poco a poco haga mella en los cuerpos de los adultos. Pero, de repente, en la sala suena un móvil, cual inoportuno despertador. Nos miramos un poco desconcertados, algunos con los ojos ya medio cerrados, otros con los ojos ya medio abiertos, y, para nuestro asombro, asistimos impotentes a la desfachatez de un espectador sentado en primera fila que, con el infernal aparato entre sus manos, lejos de avergonzarse, ¡se pone a hablar, como si estuviera en su propia casa!

Mientras asistimos indignados a la escena, nos percatamos de que también los protagonistas de las películas que se están proyectando, distraídos y desconcertados por lo que están viendo y escuchando al otro lado de la pantalla, abandonan su “clásico” papel y se salen del guión…

Confundida por la situación que estamos viviendo, con este repentino intercambio de roles, reales y ficticios, decido limitarme a esperar a que alguien intervenga para amonestar a ese señor tan imprudente, hasta que, como si un genio, un hada o un mago hubiera leído mis pensamientos, un increíble castigo cae sobre el sujeto en cuestión…

El extraño personaje es literalmente atrapado por la pantalla, lanzado dentro de la misma, y convertido en un insólito actor mudo en blanco y negro, incapaz, para su gran desesperación, de comunicarse con su interlocutor telefónico. Y, por si todo ello fuera poco, recibe un certero puñetazo de un jeque enojado por su falta de respeto y educación.

Los asistentes, entre aturdidos y desconcertados por este “show en el show”, presenciamos las rocambolescas vicisitudes del aturdido espectador que ha pasado a estar fuera de lugar, en todos los sentidos, viéndose involuntariamente inmerso en la centenaria historia del cine, en una incesante huida de película a película, de escenario a escenario, de clásico a clásico, en una frenética y cronológica secuencia de acciones. Paulatinamente la concurrencia empieza a solidarizarse con el hombre del móvil y sus vivencias, a sufrir con él y por él, a temer por su vida y a palpitar por su amor platónico con una pálida y muda dama en blanco y negro de la que ha quedado prendado por el (cinematográfico) camino. Con nuestro protagonista que va progresivamente recuperando su original y rosea pigmentación, nos trasladamos a las primeras películas en color, al Lejano Oeste, en compañía de un bueno, un feo y un malo, entre las chimeneas londinenses de Mary Poppins y sus colegas o entre los charcos engañosos de un romántico Paris, donde éste, por fin, después de haber recuperado el habla, logra reencontrarse con su media naranja que le hace entrega de un valioso objeto perdido en una anterior escena… ¡el dichoso móvil!

Las imágenes y las bandas sonoras, tan sugerentes y evocadoras, nos envuelven con su magia y todos sin excepción, abandonado definitivamente el rencor y el resentimiento que nos provocó el principio de la historia, nos convertimos en fans de esa maravillosa pareja de cine, nunca mejor dicho, que, cual Romeo del futuro y Julieta del pasado, parece destinada a permanecer separada, arrasada por los espectaculares y arrolladores eventos cinematográficos que, sin querer, protagonizan, tales como los abismos de un oceánico “Octubre Rojo” o de un catastrófico “Titanic” o de las estelares “Guerras de las Galaxias”.

Cuando parece que, por fin, ha llegado el tan deseado y merecido final feliz para la pareja de película, una flecha envenenada, lanzada por un “príncipe de los ladrones”, y rompecorazones, nunca mejor dicho, alcanza inoportunamente a nuestro “héroe por un día” que, a pesar de su “corazón impávido” y de su noble gesta para defender con su propio cuerpo a su amada, a su particular Lady Marian, yace para siempre tendido en el suelo, como al principio de toda(s) esta(s) historia(s)…

En la sala reina un tenso silencio sepulcral, entre gritos ahogados y respiraciones contenidas: ¿Cómo es posible que la épica aventura amorosa acabe así, de esta forma tan trágica, de esta manera tan realísticamente shakespeariana? Nadie puede creer lo que está viendo, esa muerte tan absurda, esa pérdida tan desgarradora –te puedo asegurar, querido abu, que pude divisar en la penumbra las tristes miradas de mi tía, de mi madre y de mi nona y las furtivas lágrimas de mi tío, de mi padre, de mi hermano y de mi primo–.

La película se ha acabado, el amor no ha triunfado.

Pero de repente, un sonido más que familiar y (esta vez) increíblemente agradable para los oídos de todos los asistentes, empieza a difundirse por la sala. Se trata del dichoso y, más que nunca, providencial móvil, un móvil oportuna e increíblemente resistente, capaz de salvar la vida de la gente.

¡Aquí está el gran final, el final con sorpresa, el final feliz!

Sólo falta un último detalle para que nuestra pareja preferida pueda por fin estar junta y vivir de verdad entre nosotros para siempre… Sin embargo, a pesar de la ayuda de una espada embrujada, capaz de atravesar literalmente la pantalla cinematográfica para que los dos protagonistas puedan compartir dimensión –eso sí, sin teléfono móvil–, ella no consigue abandonar la escena, quedando atrapada en la realidad de una película o en la ficción de una realidad que empieza a perder color, son y ton, devolviéndola al mudo cine en blanco y negro.

La despedida de los dos no puede ser más cruel y escenográfica.

De nuevo, entre suspiros y lágrimas, me pregunto desesperada el porqué de ese destino tan adverso, de esas dos vidas trágicamente separadas. Pero una vez más, como si alguien me hubiera leído el pensamiento, se produce una nueva magia, la mejor de todas, la magia del cine y, sobre todo, la magia del amor, que hace posible lo imposible.

Es él, nuestro héroe, el que decide abandonar su vida real para volver al mundo de ella, de su amada, al mundo de los sueños, a un mundo de película y, una vez allí, abrazando a su princesa, la besa como nunca, como esa increíble sucesión de besos inmortales, de besos inolvidables, de besos sin iguales que discurren ante los húmedos ojos de los entregados espectadores. Una melodía arrolladora subraya la romántica escena mientras que los dos enamorados se alejan al horizonte, corriendo libres y felices hacia un castillo, un castillo de ensueño, un castillo de cuento –¿sería el de Disneyland, querido abu?– para vivir allí juntos y felices, comiendo perdices…

¡Qué grande es el cine!… y ¡qué bonito es el amor!

Tras un aplauso ensordecedor, abandonamos la sala con el corazón encogido, emocionados y satisfechos a la par, tanto que casi todos   estamos de acuerdo en dar por concluida esta espléndida jornada de película con este broche de oro.

Pero entre nosotros hay alguien que quiere más: ¿Quién será?

¡La súper “nona-nena”!

Precisamente ella que, haciendo acopio de esa portentosa energía fruto de la combinación entre el gozo y el estupor, se acuerda de que en un rato empieza en el Disneyland Park el desfile que vimos o, mejor dicho, oímos, ayer y nos propone dirigirnos rápidamente allí.

Dicho y hecho, ya estamos otra vez en “Town Square”, al lado del templete central, sentados en una acera a la espera de la inminente llegada de los personajes Disney. Al compás de las pegadizas canciones que todos conocemos, entre la algarabía de grandes y pequeños, por fin divisamos las suntuosas carrozas que recorren “Main Street U.S.A.”, en lo que parece un atípico carnaval brasileño por tierras de Francia.

En esta “Disney Magic on Parade” no falta nada ni nadie.

Está Blancanieves con su príncipe azul y Merlín con su gorro puntiagudo, el Rey León con sus amigos y las salvajes criaturas de El Libro de la Selva, Elsa entre hielos y estalactitas y Robin Hood con su amada, Alicia rodeada por unas tazas y Pinocho por marionetas, los juguetes de Toy Story saliendo de un libro y Winny Poo bailando bajo un manzano, Peter Pan y el Capitán Garfio a bordo de una carabela y Mary Poppins en un tiovivo al lado del Big Ben…

Y un nutrido cortejo de hadas, damas, reinas, elfos y soldados que acompañan la fastuosa llegada de los reyes absolutos de este universo tan pintoresco: Mickey y Minnie, al resguardo de un templete parecido al nuestro, bajo la luna y las estrellas, de mar y del cielo, entre flores y guirnaldas, unidos a Goofy y Chip y Chop, entre otros, por un colorido “puente de los suspiros” que, efectivamente, nos hace suspirar repetida y profundamente por la alegría y la emoción.

Y con ese insuperable gran final, esta vez todos juntos, sin ninguna exclusión, decidimos dar por concluido de verdad este día de cine, de películas y de ficción muy real…

[Continuará… ]

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Disneyland París: En el nombre del abu (Primer día – Disneyland Park)

[… Sigue]

¡Ya está! Ecco qua! Et voilà!

Por fin ha llegado el día tan esperado, el día tan deseado.

Familiarizados con los chequeos de seguridad, y con la cola más rápida para los que no llevan bolsas o mochilas, orientándonos a la perfección gracias a la fructífera expedición del día anterior, con un placentero nerviosismo en el cuerpo, nos acercamos rápidamente a los tornos de acceso al “Parque Disneyland”, donde unos empleados disfrazados de doncellas y escuderos, o eso me parece, nos esperan para validar nuestras entradas deslizándolas por el correspondiente lector de códigos de barras –no puedes imaginarte, querido abu, cuanto miedo tenía de que nuestra aventura familiar finalizara allí mismo, sin ni siquiera haber empezado, por cualquier fallo técnico, error humano o imprevisto del destino– y, uno tras otro, todos conseguimos superar sin problemas esa muralla de control levantada entre nosotros y la diversión.

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Mapa del “Parque Disneyland”

Tras recoger unos cuantos mapas del lúdico conjunto, pasamos bajo la estación principal del “Disneyland Railroad”, el panorámico tren de vapor que recorre todo el perímetro del parque, y, como si hubiéramos cruzado un espejo mágico, nos trasladamos a un nuevo escenario, el del ambiente victoriano de “Main Street U.S.A.”.

Nos encontramos en “Town Square”, en la plaza de una pequeña ciudad estadounidense de principios del siglo XX, dominada por un hermoso templete central y por el “City Hall”, el Centro de Información para Visitantes. Desde unos vistosos coches de caballos, los de “Main Street Vehicles”, unos individuos nos dan la bienvenida tocando sus bocinas mientras observamos unos caballos, estos sí de carne y hueso, que tiran un tranvía, el “Horse-Drawn Streetcars”, similar a los que recorren las calles de la amada ciudad de nacimiento de mi madre, Milán.

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A piedi, en familia, por las calles de “Main Street U.S.A.”

Como de costumbre, las más expresivas somos las mujeres y mi primito que, eufórico, metido de lleno en el papel, no deja de pegar saltos de alegría, de gritar y de correr por todos los rincones del pintoresco municipio, aún a riesgo de perderse. Mientras recorremos la concurrida calle principal, flanqueada por tiendas, galerías, terrazas, bares-saloon y hasta una barbería de época, la “Dapper Dan’s Hair Cuts”, me divierto observando a mi tía, que no para de sonreír, a mi madre, que no para de hablar, y, sobre todo, a mi nona, que nunca antes ha estado en un parque temático y que no para de repetir, como si fuera la rima de una poesía o el estribillo de una canción: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!».

Por el contrario, los hombres, conforme a su papel, fingen indiferencia, con la fugaz excepción de mi padre que esboza una tierna sonrisa frente al escaparate de un local centenario, “Lilly’s Boutique”, cuyo nombre le trae a la mente el cariñoso apodo con que me llama frecuentemente, requiriéndome de inmediato para una necesaria foto. Pero nada más llegar a la “Central Plaza”, justo enfrente del emblemático castillo, todas las varoniles resistencias se vienen abajo, cayendo como torres de arena arrastradas por una ola.

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El emblemático castillo

El edificio, con sus altas espirales, sus torres adornadas, sus azoteas majestuosas y sus vidrieras de colores, es sencillamente bello, como sólo en los sueños, o en ese parque, puede serlo, y los adultos, todos, después de haber empuñado sus smartphones y cámaras digitales, empiezan a “disparar” fotos en todas las direcciones para un nutrido reportaje familiar. Yo, sintiéndome una vez más como en mi propia casa, poso encantada delante del icónico edificio con mi corona, sola, con mi hermano, con mi primo, con mis tíos, con mis padres y con mi nona…

Después de un centenar de instantáneas, más o menos estáticas, más o menos conseguidas, por fin nos adentramos en la regia construcción: desfilamos ante sus curiosos árboles cuadrados, cruzamos el puente sobre el lago con cascada incorporada que abraza sus cimientos, pasamos por debajo de su majestuoso portal y recorremos su sorprendente planta baja hasta que alcanzamos el corazón del reino de la fantasía:

¡“Fantasyland”!

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Panorámica del fantasioso reino de la fantasía: “Fantasyland”

Lo que aparece ante nuestros ojos es indescriptible; rodeados de decenas de atracciones y presa de una sinfonía de colores, sonidos y olores, probamos unas sensaciones y emociones nunca antes vividas. Esta vez es mi hermano el que abandona su pose de “niño mayor”, esa que acentúa en presencia de mi primo y mía, e, incapaz de seguir disimulando sus sentimientos, explota en unas sonoras risas que, poco a poco, contagian los ánimos de todos, incluidos mi padre y mi tío que, víctimas de la euforia colectiva, empiezan a chincharse, picarse y gastarse bromas como si fueran dos adolescentes de verdad. Pero, a pesar de la alegría, tenemos que tomar una decisión muy seria: elegir entre tanta abundancia.

Todos queremos montarnos en todo y nadie quiere renunciar a nada: es imposible seleccionar, es imposible descartar. Así que, después de haber consultado repetida e inútilmente el mapa del parque en busca de un válido criterio a adoptar, tras un largo e intenso debate familiar, decidimos optar por el de la menor edad, en consonancia con el fantástico mundo al revés en el que nos encontramos, en el que los mayores reviven su infancia y los pequeños juegan a ser adultos; en consecuencia, será el más joven el que tome las riendas de la situación.

En esta tesitura, mi primo, ni corto ni perezoso, dicta sentencia gritando al cielo el nombre que tiene en su cabeza desde el principio: ¡Peter Pan!

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“Peter Pan’s Flight”

Dicho (¡o gritado!) y hecho, ya estamos todos a bordo de un galeón mágico que, en lugar de deslizarse por el mar, sobrevuela entre las estrellas los techos londinenses, en un nocturno iluminado sobre el Támesis, el Big Ben y el Tower Bridge. Así, en compañía de Campanilla y meneados por los pensamientos positivos, alcanzamos el País de Nunca Jamás, con sus cimas volcánicas y sus resplandecientes cataratas, entre niños perdidos, sirenas y piratas, y, después de asistir a un intrépido duelo entre el Capitán Garfio y el victorioso Peter Pan, retornamos a la realidad londinense, y a la vez parisina.

Entre confundidos y desorientados aterrizamos de este “Peter Pan’s Flight”; mi primo, ansioso y desesperado, no para de preguntar si el que había volado a su lado era de verdad su personaje favorito, mientras que mi nona, como un disco rayado, no para de repetir esa constante tríada exclamativa: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» –no sabría decirte, querido abu, quién de los dos estaba más impresionado, si el pequeño que, por su tierna edad, aún no distinguía claramente la realidad de la ficción, o su abuela que, en ese peculiar recorrido, había experimentado una placentera conversión, de sabia nona a despreocupada niña, como yo o, como tú dirías, en eterna “nena”, alegre y serena…–.

Pero las sorpresas, y la magia, no acaban aquí…

Pinocho, Blancanieves y Dumbo nos esperan. Montados en coches de madera, carros mineros o elefantes voladores, “Les Voyages de Pinocchio”, “Blanche-Neige et les Sept Nains” y “Dumbo, the Flying Elephant”, nos trasladan a otros mundos entre hadas madrinas, brujas malvadas y ratones generosos, cruzando bosques obscuros, casitas de muñecas y circos de renombre.

Es un continuo viaje de ida y vuelta entre la mentira y la verdad, un infinito “Carrousel alrededor de la fantasía y la realidad, como el esculpido a mano, de Lancelot” que, con sus nobles corceles danzantes, domina simbólicamente el centro de esta tierra. 

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“Le Carrousel de Lancelot”

Y como si todos estos giros de diversión no bastaran para desorientarnos hasta marearnos, literalmente, las cuatro mujeres, o mujercitas, de la familia decidimos adentrarnos en un país de las maravillas, paralelo al que nos encontramos, el del “Alice’s Curious Labyrinth”.

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“Alice’s Curious Labyrinth”

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¡Una laberíntica duda amlética!

Y así, a gusto y adrede, perdemos nuevamente el norte, moviéndonos en todas las direcciones, siguiendo engañosas y contradictorias indicaciones, entre setos cuidados y puertas de diferentes dimensiones, esquivando animales alocados y soldados de papel enfurecidos, subiendo y bajando, deambulando en círculo, en cuadrado y en rombo, dando tumbos sin descanso hasta el (ya no tan deseado) destino final, es decir, la salida del curioso laberinto.

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El rechoncho castillos de dos atípicas “Rapunzelas”

Pero alguien por el camino se ha perdido de verdad, o quizás de mentira, ya que en el recuento familiar faltan dos personas. Sin embargo, la momentánea angustia desaparece de inmediato cuando los “supervivientes” divisamos en lo alto de la torre de un castillo muy rechoncho, las figuras esplendidas y esplendorosas de las desaparecidas, mi tía y mi madre, que, cuales divertidas “Rapunzelas”, se tiran fotos mutuamente desde las alturas, ajenas a todo, y a todos, hasta que advierten la presencia de sus maridos en la lejanía que, con aspavientos, parecen cantarles, no dulces serenatas, sino las cuarenta, las cincuenta y hasta las sesenta; pero ellas se muestran indiferentes y, ante las divertidas miradas del resto de la compañía, siguen despreocupadas en las alturas, reinas por un día, reinas por sorpresa o reinas de corazones, disfrutando a lo grande del momento de geográfica supremacía ¡y de dúplice monarquía!

Una vez finalizada la regia tarea fotográfica, las dos deciden regresar con nosotros, comunes mortales, y, aparcados los reproches, decidimos emprender camino hacia la tierra de la aventura y de los exploradores: “Adventureland”.

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La exótica ciudad de Agrabah

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El enfurecido Jafar

Tras atravesar un pasaje encantado, llegamos a un exótico territorio, una bulliciosa alcazaba con un bazar muy concurrido: es Agrabah, la ciudad de Aladino. Aquí, sin embargo, no hay ni rastro de lámparas, ni de genios, ni de alfombras voladoras, pero sí de un enfurecido Jafar con su bastón mágico en forma de cobra que intenta hipnotizarnos.

Nos ponemos a correr y, sin saber bien cómo, acabamos en un lugar aún más peligroso…

Rodeados por una densa vegetación, divisamos a lo lejos, entre esbeltas palmeras y árboles seculares, el mástil de un velero abandonado a su destino que, anclado a una enorme roca-calavera, tiene todo el aspecto de albergar fantasmas del pasado:

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Un velero abandonado y…

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…la roca-calavera de “La Plage des Pirates”

¡Estamos al borde de unas aguas muy peligrosas, de “Pirates’ Beach“, infectadas de bucaneros despiadados!

A pesar de la inquietante perspectiva, decidimos embarcarnos en un navío con rumbo a un horizonte muy oscuro, convencidos de que es mejor enfrentarse a lo desconocido que a la legendaria hipnosis del malvado visir-brujo que acabamos de dejar atrás, y con el ruido de fondo de espadas forcejeando con violencia, de bucaneros gritando maldiciones y de cautivos suplicando por su liberación, nos precipitamos literalmente en la profundidad de los abismos, entre fuegos, luchas y explosiones…

¡Es el infierno al estado puro!

Afortunadamente logramos escapar de ese panorama dantesco, sanos y salvos, sin un rasguño, tan sólo mojados por algunas gotitas de sudor, o quizás de agua, llenos de orgullo por haber superado la rocambolesca prueba de los “Pirates of the Caribbean”.

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“Pirates of the Caribbean”

Entusiasmada por el recién adquirido título de capitana experimentada, la nona sigue repitiendo con vigor su lema de batalla –«¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–, hasta que es bruscamente interrumpida por unos auténticos piratas que nos esperan a la salida de esta fortaleza  asediada, intimidándonos con sus miradas inquisidoras y rodeándonos con sus instrumentos de tortura… ¡musical! –en realidad, querido abu, sus violines, tambores, guitarras y acordeones emitían unas melodías muy placenteras y sus canciones, de batalla o de botellas, eran tan contagiosas que uno tras otro nos unimos a la alegre compañía de los pícaros bribones, salvo “los duros” de la familia, impacientes por llegar a una atracción que recordaban de su primera experiencia “disneylandiana”, veinte años atrás: “Indiana Jones et le Temple du Péril”–.

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Unos cantos de batalla… ¡o de botellas!

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“La Cabane des Robinson”

Después del concierto, desfilamos al lado de una curiosa casa-árbol rodeada por cuerdas, puentes colgantes y pasarelas, “La Cabane des Robinson”, y unos pocos metros más allá, entre la densa maleza, avistamos la cima de un templo maldito, puede que maya puede que azteca, del que provienen unos gritos desesperados.

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“Indiana Jones et le Temple du Péril”

La histórica construcción, en efecto, oculta en su interior una increíble montaña rusa, de curvas cerradas, descensos verticales y paradas muy bruscas.

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Unas misteriosas y montañosas ruinas

A pesar de su secular afán por adentrarse en todo lugar evocador y perteneciente al pasado, esta vez, por extraño que parezca, mi madre decide omitir la visita, quedándose a los pies de las misteriosas y montañosas ruinas con los más pequeños de la familia, es decir, mi primo, la “nona-nena” y yo, mientras que mi padre, mi hermano y mis tíos se montan en el primer carro disponible para, instantes después, desaparecer en la oscuridad, empujados por fuerzas espantosas, engullidos por túneles sinuosos, atrapados en espirales de serpientes de roca y giros sin control –como bien puedes suponer, abu querido, los “cuatro fantásticos” salieron de la intensa y arqueológica expedición entre exaltados y mareados–.

Después de tantas emociones, llega la hora del “reposo de los guerreros”, y también de reponer fuerzas, para afrontar con ánimo y vigor la conquista de los dos territorios del lúdico conjunto que nos quedan por explorar.

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“Discoveryland”

El primero de ellos es “Discoveryland”, la única tierra que recuerda mi madre de sus escapadas al entonces denominado Eurodisney con sus amigos universitarios durante su estancia “Erasmus” en la Facultad de Derecho “René Descartes”, en París, hace ya más de veinte años. Nos habla con nostalgia de una legendaria y, por entonces, recién estrenada montaña rusa, “Space Mountain – De la Terre à la Lune”, dedicada a Julio Verne, uno de sus autores preferidos, y aprovecha para relatarnos la historia del homónimo y pionero libro dedicado a las aventuras de tres alocados héroes empecinados en ser disparados a través de un enorme cañón para alcanzar el popular satélite a bordo de un portentoso misil-proyectil. Y, como por arte de magia, al finalizar su relato, se materializa ante nosotros esa increíble obra de ingeniería que, con su aspecto vintage, de formas redondeadas y colores matizados, parece de otra época, y que nos traslada a un mundo fantástico poblado por audaces soñadores y viajeros atrevidos, como los que ahora emulan, y hasta superan, los límites del originario viaje “de la tierra a la luna” en la rebautizada, y renovada, “Space Mountain-Mission 2”.

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“Space Mountain – De la Terre à la Lune”

Con respeto, casi con temor, grandes y pequeños observamos el impresionante tren cápsula, listo para catapultar hacia el cielo a una velocidad supersónica, tras una escalofriante cuenta atrás, a los temblorosos astronautas, cuyos rostros aterrados divisamos por unos pocos segundos a través de una ventana lateral, antes de su cierre definitivo.

Observando pensativa la monstruosa atracción e incrédula de su valor de antaño, mi madre se esfuerza sin éxito en disuadir a mi hermano, mi padre y mis tíos de su propósito de acometer la sensacional empresa espacial. Sin embargo, ellos se mantienen firmes, deseosos como están de alcanzar el firmamento y, a ser posible, regresar a la tierra de una pieza, demostrándose a si mismos y a todo el mundo su valor. Frente a su incomprensible, casi insana, decisión, a los demás no nos queda otra que despedirles calurosamente, como si fueran a salvar nuestro planeta de un pavoroso “armageddon”, antes de ver como desaparecen entre las nebulosas, los meteoritos y las estrellas…

Afortunadamente, después de una larga y sufrida espera, vuelven a aparecer todos de una pieza, tambaleantes pero satisfechos por haber superado sus miedos y, sobre todo, incapaces de confesar si habían disfrutado o sufrido con la alucinante aventura a una velocidad vertiginosa.

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La mejor atracción del día: “Autopia”

Llegados a este punto, todos coincidimos en que es mejor relajarse conduciendo unos tranquilos coches del futuro, ¡de los años cincuenta del siglo anterior!

Por parejas, a bordo de estos furiosos bólidos que parecen absurdamente salidos del pasado de la película “Regreso al futuro”, yo, con papá de copiloto, tomo las riendas o, para ser más exactos, el volante de la situación y me dispongo a pisar a fondo el acelerador, respetando, eso sí, el límite de los 180 ¡decámetros por hora! Me lanzo a toda velocidad por el colorido recorrido a través de densos bosques, parques nacionales y jardines pintorescos, acelerando, frenando, girando a derecha e izquierda hasta detenerme ante un autoritario semáforo en rojo que intenta lidiar con el intenso tráfico viario.

¡Qué viaje tan maravilloso! ¡Qué viaje tan extraordinario! ¡Qué viaje tan hermoso! ¡Por fin mi utopía de conducir un coche antes de llegar a la mayoría de edad, y sin carnet, se ha hecho realidad!

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“Buzz Lightyear Laser Blast”

Entusiasmados, los pequeños dejamos atrás esta “Autopia”, que hemos elegido como la mejor atracción del día, y, siguiendo los consejos de los grandes, renunciando al deseado bis, nos animamos a probar una nueva, y cercana, atracción en la que el tiempo de espera es (un poco) inferior: “Buzz Lightyear Laser Blast”, una guerra láser en la que mi primito quiere participar a toda costa, ya que está inspirada en su personaje preferido de “Toy Story”. Me uno entonces a los varones, camino de batalla, mientras que la nona, mi tía y mi madre deciden quedarse fuera de(l) combate, aprovechando para emplear el tiempo en sus respectivas tareas favoritas: buscar regalos para la familia, comprar víveres para la merienda y consultar tranquilamente sus mapas y guías, a la espera de la inminente exhibición en el “Discoveryland Theatre”.

Pero aquí, en el parque, las sorpresas no se acaban nunca…

A los pocos segundos de sentarse en un banco cerca de la entrada del teatro, mi madre es inexplicablemente abordada por un joven encantador, armado con escoba y recogedor y, por ende, con aspecto de encargado de la limpieza, que, ni corto ni perezoso, le pregunta el porqué de su aire tan pensativo, sin reparar en que es el resultado de una improvisada, y mal disimulada, siesta. Extrañada por la inesperada pregunta y tratando de recuperar la compostura, mamá le explica que estaba soñando con los ojos abiertos en ese (breve) momento de soledad… Sin reparar mucho en la respuesta, sonriente y silencioso, sin prisa pero sin pausa, el curioso barrendero prosigue con su tarea: moja la fregona-escoba en el cubo-recogedor, la desliza por el suelo y acto seguido comienza a barrer con arte y maestría, trazando dos círculos por aquí, media circunferencia por allá, una elipse por acullá… Mi madre asiste, primero distraída y después ensimismada hasta que repara en la increíble estampa dibujada a sus pies: ¡La sonriente cara de Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

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¡Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

Cuando los demás nos reunimos allí, en el punto de encuentro establecido, cada uno de vuelta de su misión, el artista ya se ha esfumado, pero su dibujo, que parece animado, hecho realidad gracias a su destreza y a la mezcla de agua mágica y polvo de estrellas contenida en su supuesto cubo-recogedor, sigue reluciendo en el suelo en la enésima, y apreciada, muestra de confusión entre la fantasía y la realidad.

No podemos evitar tomar unas cuantas instantáneas de la atípica obra de arte antes de acceder al adyacente teatro-cueva, donde gracias a la “Jedi Training Academy” aprenderemos a luchar con espadas láser y a tomar el control de nuestra Fuerza poderosa.

Tras la instructiva clase, confiados, nos atrevemos a embarcarnos en un curioso submarino, cuya forma exterior recuerda la de un peligroso aligátor.

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“Les mystères du Nautilus”

Se trata, nada más y nada menos, del famoso Nautilus verniano, listo para zarpar camino de las veinte mil leguas bajo el mar, o bajo un disneylandiano lago artificial. Deambulando por sus corredores, sólo rotos en su oscuridad por unos singulares ojos de buey “con sorpresa”, bajamos a la sala de máquinas, en plena y electrizante actividad, y sorteando tentaculares apariciones, curiosas invenciones y cabezas de tres, o a lo mejor cuatro, dimensiones, viajamos en compañía del Capitán Nemo entre la Atlántida y la Polinesia hasta alcanzar finalmente la superficie y la tierra firme.

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“Frontierland”

Una vez descubiertos “Les mystères du Nautilus”, nos aguarda nuestro último destino, el que llevo esperando todo el día, ya que me lo han aconsejado repetidamente mis amigas del colegio. No es un castillo, ni un palacio real, ni tampoco una casa señorial, sino más bien una mansión, una mansión encantada, una mansión embrujada, ubicada en una lejana tierra de frontera, “Frontierland”, en el límite extremo de un Oeste muy Lejano.

Tras bordear un extenso lago dominado por un sinuoso cañón en el que se esconde, como engullida por la tierra, la espeluznante mina del pueblo fantasma de Thunder Mesa, la “Big Thunder Mountain”, vemos por fin aparecer la silueta de una inquietante casa de tonos grises, enrocada en la cima de una colina solitaria, que a los “pequeños” nos recuerda la extravagante demora de la “Familia Monster” y a los mayores el todavía más escalofriante motel de la hitchkockiana “Psicosis”.

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“Big Thunder Mountain”

De un modo u otro, a ninguno nos parece que su aspecto exterior prometa nada bueno y, menos aún, algo (o alguien) encantador.

A pesar de ello, insisto tozudamente en entrar, y no sólo para poder contar a mis compañeras que he estado allí, sino también para demostrar que no soy tan miedosa como todo el mundo cree.

Accedemos entonces por una lúgubre verja, subimos por un camino empinado y, después de unos cuantos escalones, por fin nos encontramos en la (supuesta) sala de espera… Pero, de buenas a primeras, se apagan las luces, el suelo –o puede que sean las paredes– empieza a moverse, los espejos a doblarse y una voz inquietante a murmurar historias aterradoras.

Presa del miedo más profundo, y ya arrepentida por mi fingida valentía, estrecho fuerte la mano de mi madre, temiendo que a lo largo de esta terrorífica presentación aparezca repentinamente un ser repugnante…

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“Phantom Manor”

Sin embargo, lo que se presenta ante nosotros, a la salida de ese tenebroso vestíbulo-ascensor, en la planta baja de la mansión, es un inofensivo sillón, deseando ser ocupado por una pareja atrevida, como la que formamos mi nona y yo. Nada más sentarnos, el artilugio empieza a deslizarse, adentrándose por los oscuros meandros de la casa, a la vez que se advierte la presencia de unas criaturas muy extrañas que se materializan con sus gritos, sus susurros o su invisible esencia. Lo que nos hace estremecer es un malvado fantasma, el mismo que lleva siglos acosando a una desafortunada novia espectral de mirada ausente que espera a su prometido en una maldita sala de ceremonias con su vestido blanco, roto y sucio, y su ramo marchitado.

Una banda sonora de sofocadas canciones de amor y redundantes sonidos de terror nos acompaña, pero la nona y yo no nos inmutamos y, altivas, abandonamos la mansión presumiendo de nuestra bravura ante mis tíos y mi primo que, por prudencia, se han quedado fuera del angustioso recinto. Disimuladamente, temblando por dentro y sonriendo por fuera, sugerimos alejarnos de aquí cuanto antes, por si acaso… Sin embargo, un inquietante mayordomo que nos acaba de despedir en lo alto de la colina, a las puertas de la casa encantada, parece dispuesto a impedírnoslo…

Como por arte de magia, el sirviente, que se revela (sospechosamente) un tipo afable, ha tardado unos pocos segundos en personarse unos centenares de metros más abajo, al lado de la cancela de entrada, en una especie de guarida para él reservada. Con su actitud encantadora (extrañamente encantadora) se gana la confianza de todos y, por casualidad (¿o no es tanta casualidad?), descubrimos que ha jugado en el mismo equipo de fútbol que mi hermano y que vive en Madrid bastante cerca de nuestra casa (no embrujada).

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El simpático, y real, mayordomo

Pero yo, a diferencia de los demás, después de la reciente experiencia paranormal, prefiero no fiarme de él y de su (¿disimulada?) amabilidad, asaltada por las dudas: ¿Cómo ha llegado tan rápido hasta aquí? ¿Será en realidad quien dice de ser o será uno de los espectrales inquilinos de la mansión, un fantasma disfrazado de mayordomo, un alma en pena aparentando alegría? Se me ocurre que sólo hay un modo de comprobarlo, así que sugiero hacernos unas fotos con el ambiguo personaje… Respiro aliviada al comprobar que su imagen, aparece nítida en la pantalla de la cámara digital, con una sonrisa pícara y burlona dibujada en su cara… Ya no cabe ninguna duda de que el cordial joven es ser cien por cien real, un humano de carne y hueso, un cuerpo vivo y material.

Más relajada, me uno a la colectiva despedida y a la promesa de encontrarnos en el futuro en el campo de fútbol en que él ejercía como portero y mi hermano como centrocampista, dejando definitivamente atrás esta “Phantom Manor”, sobre la que se ciernen unas nubes amenazadoras y que nos ha reservado más de una sorpresa.

Ya se ha hecho tarde y, muy a nuestro pesar, va siendo hora de dejar atrás el magnífico parque… ¡por hoy!

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“La Tanière du Dragón”

Pero una vez más alguien se interpone en nuestro camino, en este caso un dragón enfurecido, que echa humo por sus narices y nos escruta con sus ojos enrojecidos.

Asustado, mi primo se arrima a mí y me pregunta si ese fantástico animal alado, atado con cadenas en las mazmorras del Castillo de la Bella Durmiente, es real. Yo, indecisa me decanto por contestarle con una mentira piadosa para no frustrar su emoción y, de paso, demostrarle mi “legendaria” valentía. Y así, protegiéndole con mi cuerpo, como una superheroína, le tomo la mano y me lo llevo lejos de esa obscura “Tanière du Dragón”.

Ya en la superficie, bajo la luz del sol, nos disponemos a retomar, o por lo menos lo intentamos, el recorrido hacia la salida. Pero nuevamente nos damos cuenta de que no es tan fácil abandonar el gigantesco Disneyland Park que en cada rincón esconde una sorpresa.

Se trata ahora de unos cantes muy pegadizos que nos atraen a todos de modo irresistible, cuales pobres náufragos perdidos en este exterminado océano de la diversión, deseosos en todo momento de ser seducidos y raptados por unas cautivadoras sirenas, convencidos de no querer emular las míticas gestas de Ulises y sus compañeros de tripulación…

Así que, encantados una vez más, nos dejamos atrapar por el increíble y suntuoso desfile de los personajes de Disney que saludan a propios y extraños desde sus carrozas, como si de una atípica cabalgata se tratara, sin ilustres Reyes Magos de Oriente pero con pintorescos príncipes, héroes y princesas del universo de los dibujos animados. Sin embargo, el recorrido está a punto de finalizar, así que, reconfortados por la solemne promesa de los mayores de presenciarlo en los días siguientes, por fin cogemos nuestra lanzadera y regresamos al hotel.

Pero el día, y la noche, ni por asomo, han acabado…

Después de un breve descanso y una cena más que placentera en nuestro hotel, ya estamos otra vez todos juntos de vuelta al parque para vivir el “Disney Dreams”.

Falta casi una hora para el inicio del célebre y galardonado espectáculo del que tanto me han hablado mis amigas, y el palacio real y sus fuentes ya están magníficamente iluminadas para la nocturna ocasión.

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El hotel-palacio real vestido de gala para el espectáculo nocturno

Otro centenar de fotos después, accedemos al parque donde millares de familias ya están buscando un sitio para acomodarse, sea donde sea, en las aceras de la calle principal, en las barandillas de los arriates o en las escaleras del templete central. Nos decidimos por este último pues, a pesar de tratarse del lugar más alejado del escenario, creemos que, desde allí, gracias a su elevada ubicación, podremos disfrutar de la mejor perspectiva, como bien ha observado mi padre, habilidoso fotógrafo amateur. Y así, de pie, en ese limitado y pintoresco espacio circular, esperamos impacientes que den las once para que el castillo y su Bella Durmiente, por fin, se despierten.

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El castillo (y la Bella) durmiente, a punto de despertar

Emocionada, cuento los minutos, como si fuera una Cenicienta del siglo veintiuno, anhelando la toccata, de los once tañidos que, sesenta minutos antes de la fatídica y legendaria medianoche, no precede a la fuga, sino que anunciará el punto de partida del espectáculo. Pero, para mi gran alegría, casi media hora antes de lo establecido, empieza el espectáculo de los fuegos artificiales: una interminable sucesión de disparos se catapultan sobre el cielo dando lugar a una singular lluvia de colores al compás del baile acuático de unas fuentes que lanzan al aire cascadas sorprendentes, una mágica danza del agua y del fuego, que me recuerda mucho a la del “Árbol de la Vida” de la Expo milanesa, se funde en una especie de vals arrasador de gotas pirotécnicas e hidrológicas que se combinan en armonía bajo las estrellas…

Asombrados, casi petrificados, por la inesperada exhibición, a duras penas conseguimos aplaudir, cautivados por estos sensacionales diez minutos que, en realidad, no son más que un mero aperitivo, un escenográfico preámbulo, de la impactante presentación que está por llegar.

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Luces, cámara y…

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… ¡Acción!

Y, en efecto, cuando aún estamos recuperándonos de tantas emociones, suenan imperiosas las once campanadas y, como si de un cuento animado se tratara, el magnífico castillo empieza a teñirse de diferentes colores, como si ese arco iris infinito de azules, rojos, amarillos, verdes y violetas quisiera despertarle.

Dicho y hecho, a los pocos segundos su estática y regia silueta empieza a cobrar vida, sus torres se transforman y sus muros se amoldan a unos diferentes personajes que, trepando por sus paredes exteriores, hacen alarde de sus poderes: Peter Pan, Cenicienta, Aladino, Campanilla y muchos, muchísimos más.

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Efectos láser y fuegos artificiales

Al mismo tiempo, unos magníficos fuegos artificiales, aún más espectaculares de los anteriores, explotan en todas las direcciones, alumbrando las escenográficas apariciones entre dulces y famosas canciones y fuertes sonidos rompedores, tatareadas, las primeras, e imitados, los segundos, por todos los espectadores.

El show nos atrapa con sus efectos láser, con sus historias y con las provocadas emociones: sufrimos, volamos, soñamos, reímos, cantamos, gritamos, gozamos y lloramos de alegría, hasta la catártica lluvia final, esta vez de aplausos irrefrenables, que se descarga con toda su violencia e intensidad sobre el Castillo de la Bella Durmiente, el castillo más bello del mundo, el castillo de un sueño hecho realidad…

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El apoteósico gran final del castillo de ensueño y de un sueño… ¡hecho realidad!

Tan real como nuestra fuga, esta vez sí, al más puro estilo de Cenicienta, hacia el autobús que nos llevará de vuelta al hotel. Lo divisamos a lo lejos, con los motores ya encendidos, listo para arrancar camino de su última carrera, como en “Cars: una aventura sobre ruedas”, y emprendemos entonces nuestra peculiar yincana familiar, con los hombres por delante, las mujeres por detrás y nosotros, los niños, en medio, con uno que se cae, pero se incorpora de inmediato, otro que se duerme y acaba en los hombros de su papá y yo que me arrastro por las aceras, pero sigo sin parar… Y así, un paso tras otro, con prisa y sin pausa, nos vamos acercando al despiadado monstruo motorizado. Faltan un par de centenares de metros para la meta; mi padre, seguido por mi hermano, ya lo ha alcanzado e interpone su cuerpo entre sus puertas para evitar que éstas se cierren… Parece que su esfuerzo será en vano dado que los demás estamos a punto de claudicar; el esfuerzo ha sido descomunal y las piernas flaquean, las fuerzas nos abandonan, la voluntad vacila… No podemos, casi no queremos… Pero entonces una mano invisible –¿Eras tú, querido abu, o era el genio de la lámpara?– nos da un último empujón para lanzarnos en un sensacional sprint final… Aceleramos improvisamente, volamos como en una alfombra mágica inexistente y, de un sorprendente salto, subimos al autobús que, implacable, ya ha empezado a moverse. Los pasajeros, de todas las edades, culturas y nacionalidades, nos dan una calurosa bienvenida a bordo, con una ovación en toda regla. Y así, entre vítores, felizmente agotados, nos unimos entusiasmados a la espontánea fiesta colectiva a bordo de esa lanzadera que, rauda, se aleja del castillo embrujado convirtiéndose en una hermosa carroza con forma de calabaza –este último detalle sólo era fruto de mi imaginación, querido abu–.

Y con este broche de oro, me voy a acostar en mi cama, esperando tener dulces sueños, feliz de haber podido vivir la realidad de ensueño de Disneyland París.

–Buenas noches, querido abu. Buona notte, caro abu. Bonne nuit, cher abu–.

[Continuará… ]

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Disneyland Paris: En el nombre del abu (Introducción)

Érase una vez…

¡Un abuelo! O, mejor dicho, un abu, que vivía en Jerez.

Una mañana cualquiera, de vuelta a casa de su habitual paseo matutino, más satisfecho que de costumbre, y con una prometedora y pícara sonrisa en los labios, le comentó a su mujer, la abuela o, mejor dicho, “la nona” –tal y como ella, tan joven y tan coqueta, deseaba que le llamaran sus nietos, españolizando el término italiano de “nonna”– que quería organizar un viaje en familia a Disneyland Paris con sus nietos y respectivos progenitores. Ella, obviamente, acogió la propuesta de modo entusiasta y, mágicamente, el deseo revelado de ese día echó a volar, libre por el aire, en lo más alto de los cielos, hasta el infinito y más allá, a la espera de ser realizado…

Y pasaron los años, uno, dos, tres, casi cuatro; los nietos crecieron y aumentaron de número –los italo-españoles, que vivían en Madrid, ya tenían once y ocho años y el jerezano, que ya tenía una hermanita pequeña, ya había cumplido su primer quinquenio–, hasta que, a las puertas de un nuevo verano, los hijos del abu y de la nona, y sus mujeres, lograron por fin encajar sus vacaciones para disfrutar de unos días “juntos y revueltos” entre París y el mágico parque.

Fue un viaje familiar intenso y divertido, repleto de fuertes sensaciones y dulces emociones, desenfrenadas alegrías y desatadas bizarrías, increíbles pasiones e inolvidables satisfacciones, a la vuelta del cual, una vez instalados todos juntos en la morada familiar estival de El Puerto de Santa María, los dos nietos madrileños y el jerezano –su hermanita, de sólo dos añitos, se había quedado en España por motivos logísticos–, se pusieron de acuerdo para redactar un diario secreto sobre sus aventuras parisinas. Los chicos, un poco por caballerosidad y un poco por pereza, encomendaron entonces la responsabilidad de escribirlo materialmente a la única niña del trío, y así fue como los tres primos, sin prisa pero sin pausa, a escondidas de todo el mundo, empezaron a citarse todas las tardes en una habitación de la casa, en la hora de la siesta, para recordar, discutir y anotar los hechos recién transcurridos, componiendo un relato cada vez más extenso, de hojas de papel rebosantes de palabras, dibujos y grabados, unidas entre ellas con el indisoluble pegamento de la compartida fantasía.

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El “cuento-collage” de los tres primos

Pero una noche, una emblemática noche de verano, o puede que durante el “sueño de una noche de verano”, Aliapiedi, la madre de los hermanos madrileños, mientras colocaba unas pulseras en el cajón de la mesilla de su hija, encontró por casualidad el elaborado y cuidado “cuento-collage”; curiosa como siempre, no pudo evitar leerlo de inmediato y, al amparo de la oscuridad, sentada en la terraza del salón, mientras que todos los demás dormían profundamente, acompañada por el mecedor sonido de las olas y por las luces al horizonte del flamante Puente de la Constitución gaditano, empezó la tan inesperada como placentera lectura veraniega…

“Querido abu:

Mi primo, mi hermano y yo hemos decidido recordar aquí la parte más entretenida del viaje familiar parisino que la nona y tú nos habéis regalado, para que sea siempre y para siempre más inolvidable de lo que ya ha sido.

Como bien sabes, ya que nos has acompañado de la mano por esos lugares, un paso tras otro, a piedi, caminando con nosotros, como tanto te gusta a ti, al igual que a mis padres, la tarde que llegamos desde mi ciudad favorita, París, al hotel reservado en Serris, nada más asignarnos las habitaciones, los mayores decidieron coger la primera lanzadera disponible para, según sus textuales y casi incomprensibles explicaciones, “adelantar trámites” y “tomar contacto” con el territorio disneylandiano –dicho entre tú y yo, querido abu, pienso que ellos tenían muchas más ganas que nosotros, los llamados “pequeños”, de ver el parque de atracciones, aunque fuera desde lejos–.

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El rótulo “orejero” de los “Walt Disney Studios”

Así que diez minutos después, una vez superados los oportunos controles de seguridad, nos encontramos cara a cara, o vis-à-vis, como dirían los franceses, con el paraíso: a un lado, los “Walt Disney Studios, con su rótulo ubicado encima de un clásico depósito de agua estadounidense encabezado por unas inconfundibles orejas negras, y, al otro, el romántico vestíbulo de acceso al “Disneyland Park”.

Por unánime decisión nos decantamos por este último, y no sólo porque allí teníamos que recoger las entradas, sino, sobre todo, porque desde la lejanía divisábamos un cautivador palacio real, o algo parecido. En realidad, se trataba de un hotel, el “Disneyland Hotel”, el único que está dentro del parque, y, a pesar de mi fama de eterna soñadora, cual digna hija de mi madre, me apercibí complacida de que, conforme nos acercábamos a él, todos, incluidos mi tío y mi padre que siempre “se hacen los duros”, tenían la expresión de estar soñando despiertos.

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El palacio real del “Disneyland Hotel”

Un pintoresco lago central, con sus fuentes en plena actividad y rodeado por centenares de flores de todo tipo y colores componiendo la cara del ratón más famoso del mundo mundial, se materializó ante nosotros. Al cabo de unos segundos, grandes y pequeños empezamos a tomar, y a tomarnos, fotos desde todas las perspectivas, desde todos los ángulos posibles, como si fuéramos víctimas de una locura colectiva, asaltados por el miedo de que el escenográfico panorama pudiera desaparecer por algún inexplicable motivo. El atractivo de ese palacio de pálidos tonos rosas y pináculos de tejas rojas era tan fuerte que, después de haber retirado nuestras entradas en las taquillas, mi madre, fisgona como siempre, y mi padre, que a gusto se deja contagiar por sus irrefrenables ganas de curiosear, nos propusieron entrar allí para descubrir también su interior –¡No esperaba otra cosa!, querido abu–.

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El salón-recepción o recepción-salón de estilo victoriano

Atravesamos la puerta giratoria, siguiendo a mis progenitores, y entramos en una amplísima “recepción-salón” de estilo victoriano, rodeada por unas sugerentes balconadas, decorada con famosos personajes de Disney y dominada por una majestuosa escalera que nada tenía que envidiar a la del Titanic.

Una vez más, nos quedamos todos boquiabiertos y, después del momento de asombro infinito, las mujeres y los más pequeños comenzamos a emitir un animado concierto fonético-gutural, a base de gemidos y acompañado de todo tipo de aspavientos, gestos y muecas –¿Qué puedo decirte, querido abu? Todavía no habíamos entrado en el parque y todo aquello ya me parecía sensacional, digno de todos esos cuentos que me habían contado mis padres cuando era pequeña, pero pequeña de verdad–.

Y, como si todo eso no fuera suficiente, mis padres, atrevidos y animados, nos convencieron para subir a las plantas superiores en busca de quién sabe qué otros tesoros. Lo hicimos de puntillas, por si acaso, y una vez arriba, como ellos bien suponían, nos topamos con una auténtica maravilla: una fantástica tienda, la primera de muchas, la mayoría de ellas temáticas, esparcidas a lo largo y a lo ancho de los dos parques, repleta, sobre todo, de ropa y accesorios de princesas.

¡Ese era mi reino! ¡Ese era “mi tesoro”!

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La valiosa corona-diadema de rubíes y brillantes

Me hubiera encerrado horas y horas en esa lujosa “Galerie Mickey” para probarme todos esos vestidos de lentejuelas, todos esos zapatos de tacones vertiginosos y todas esas joyas de cristal y piedras preciosas, pero, a pesar de mis súplicas, mis padres “sólo” me dejaron apropiarme de una corona-diadema de oro, rubíes y brillantes –eso sí, querido abu, la más bonita y valiosa de todas– y de un collar-llavero de rubíes que, desde aquel momento, no se separaron de mi regia cabeza y de mi noble cuello.

Convertida así en una auténtica princesa, aunque vestida de paisana para que mis súbditos no me reconocieran, me desplazaba libremente por mi casa palaciega, y dejándome llevar por una alegre melodía, alcancé el “Café Fantasía”, un piano-bar inspirado en la homónima película. Allí, con el resto de la familia, acompañados por las notas de un habilidoso pianista, nos disponíamos a tomar un aperitivo, ¡y unos cuantos caramelos con los que nos obsequiaron los agradables empleados!, cuando mamá, presa de sus instintos “aliapiedescos”, se levantó repentinamente y, sin proferir palabra, se dirigió con paso seguro hacia el jefe de sala del limítrofe “Californian Grill”. Pude ver cómo ella le murmuraba algo al oído en su oxidado francés forzando al máximo su acento italiano –me ha confesado, querido abu, que en sus viajes con mi padre a menudo utiliza esta herramienta lingüística para seducir a sus interlocutores y poder así acceder a lugares a veces reservados, a veces prohibidos o a veces cerrados y que casi siempre lo consigue– y, acto seguido, entró sigilosamente en ese elegante restaurante…

Unos instantes después ya estaba de vuelta con una sonrisa dibujada en sus labios y, tras cruzar una cómplice mirada con la autoridad, a quien ya había convertido en secuaz, empezó a hacernos gestos, como sólo sus compatriotas saben hacer, para que la siguiéramos hasta ese espacio (teóricamente) reservado para los comensales. Aunque no entendíamos el porqué de tanto fervor y entusiasmo, secundamos su petición y, una vez llegados al comedor, lo entendimos todo…

Allí estaba él, en todo su esplendor, estratégicamente posicionado en el centro de una ventana, escenográficamente enmarcado por unas cortinas de rosas rojas que parecían el telón de un teatro; no era un apuesto príncipe a lomos de un corcel blanco o un “pedrusco” de descomunal dimensión lo que hacía vibrar mi alma y mi corazón, sino, más bien, un encantador, sensacional y seductor… ¡castillo!, el castillo que tantas veces había visto en los anuncios de la tele, en las presentaciones de las pelis en los cines, en las páginas de revistas infantiles: ¡el “Castillo de la Bella Durmiente”, el “Château de la Belle au Bois Dormant”, el “Sleeping Beauty Castle”!

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Una “discreta ventana indiscreta”

Su aparición inesperada, desde aquella posición privilegiada, desde esa “discreta ventana indiscreta”, me pareció auténtica magia. No podía parar de mirar, remirar y admirar esa cautivadora construcción, tan cercana, y al mismo tiempo tan lejana, intentando cogerla entre mis manos, aprovechando la engañosa perspectiva, para esconderla en mi bolsillo y sacarla cuando más me apeteciera, como hacen los magos con los conejos de su chistera…

Pero, desafortunadamente, tuve que conformarme con grabar a fuego en mi memoria el “Castello della Bella Addormentata” y despedirme de él hasta la mañana del día siguiente…

¡Tenía que esperar casi dieciséis horas para poder alcanzarlo de verdad!

Y así fue como empezó la interminable cuenta atrás…

[Continuará… ]

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La cuenta atrás: tic-tac, tic-tac…

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El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Tercera parte]

[… Sigue]

Los años habían volado y la familia se había alargado. Aliapiedi y su marido tenían ya dos hijos casi adolescentes y vivían desde hace quince años en el mismo barrio que ella casi había ninguneado en el pasado.

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El Capricho de Madrid…

Dejando atrás sus costumbres milanesas, ella había aprendido a valorar las ventajas de vivir en una zona alejada del centro de la capital, rodeada de parques, carriles-bici e instalaciones deportivas y culturales, entre las que destacaba, por su romántica belleza, un jardín de ensueño que parecía extraído de un cuento de antaño.

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…y sus increíbles edificaciones

Ese magnífico espacio verde, impulsado por la duquesa de Osuna a finales del siglo XVIII para su villa de recreo en las entonces afueras de Madrid, había sido el principal motivo de su traslado a ese distrito veintiuno capitalino; de hecho, ella llevaba ya quince años amando, más o menos secretamente, ese increíble Capricho madrileño: “él” era su refugio, “él” era su tesoro, “él” era su compañero de paseos placenteros entre increíbles edificaciones, a veces ocultas bajo las flores, que aparecían mágicamente entre sus múltiples senderos, entre las hojas de sus plantas, entre las aguas de sus estanques.

Instalada ya definidamente en la capital, Aliapiedi había conseguido ese tan anhelado equilibrio dentro y fuera de su hogar al que contribuían la familia, el trabajo, los nuevos amigos españoles, que se añadían a los italianos, y, sobre todo, ese caprichoso amante.

Sin embargo, todo ello, y mucho más, se iba a poner en riesgo…

Todo empezó el día en que se enteró que su compañero de fatigas estaba planeando un viaje familiar al norte de España para despedirse como era debido del verano y empezar con energías renovadas un nuevo curso escolar y también profesional. Aunque recibió la noticia con la espontánea y desbordante alegría propia de una viajera empedernida, un sentimiento de temor se fue haciendo hueco paulatinamente en su ánimo, no en vano arrastraba desde hacía unas semanas una fuerte contractura muscular, consecuencia de un lumbago muy intenso que había sufrido poco antes de partir junto a su marido hacia Ámsterdam para el tradicional viaje “sin niños”. A pesar de que a la vuelta de la breve, aunque ajetreada, estancia por tierras holandesas se había encontrado mejor y de que el dolor había remitido casi por completo tras el periplo gaditano, gracias a la natación, los paseos por la playa y las sesiones dobles de fisioterapia, el largo recorrido en coche de vuelta a la capital desde el Puerto de Santa María lo había vuelto a despertar.

Aliapiedi no estaba segura de poder recuperarse en menos de una semana por lo que no tenía claro si atreverse o renunciar. Dudaba por momentos, se alegraba y se entristecía alternativamente, cambiaba de ánimo continuamente: ¿Tenía que aceptar ese desafío viajero? ¿Tenía que atreverse con ese reto consigo misma? ¿Tenía que apostar con el destino caprichoso?

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El verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria

Ganas de partir, de volver a hacer las maletas, de volver a sentir el perfume del océano no le faltaban, ni a ella ni, por supuesto, a los demás miembros de la familia, pero, extrañamente, por una vez, su lado racional, tradicionalmente más débil, parecía estar ganándole la partida a su lado sentimental… hasta que la pasión, como siempre, acabó por imponerse a la razón, llevándoles hacia una casona muy cuidada, recientemente restaurada, rodeada por el verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria.

Desde las ventanas de sus respectivas habitaciones, los cuatro podían oír y oler la genuinidad y la fuerza de la naturaleza, del campo, del cielo y del mar.

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Los surfistas con sus tablas

Era toda una tentación, así que no tardaron mucho en disfrutar de aquello en su totalidad, lanzándose entre olas infinitas, cubriéndose con trozos de roca arcillosa que, suavizada por las aguas, se mimetizaba con las piedras, cazando, y devolviendo a su hogar, cangrejos que salían de sus piñas debajo del mar y descansando en las tumbonas mientras observaban a los surfistas que, con sus tablas, congeniaban armoniosamente con las olas tumultuosas.

El viaje, indudablemente, había merecido la pena y Aliapiedi, que estaba disfrutando de cada instante de esa estancia, agradecía sigilosamente a su marido, posiblemente preocupado más que ella misma por sus dolencias, por haberles regalado esa prórroga veraniega, por haberles llevado hasta allí, por haber traicionando sus principios de prudencia y racionalidad.

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El refugio de Aliapiedi y su familia

Refugiada con su familia en ese lugar de la costa entre las playas de Gerra y de la Rabia, gozando de esa relación tan estrecha con la madre naturaleza, se encontraba feliz, serena y animada, totalmente ajena al peligro que le acechaba, que no tenía nada que ver con la amenaza provocada por las fuertes e incansables corrientes oceánicas, vigiladas por atentos socorristas y anunciadas con banderas rojas o amarillas, sino con un apasionado recuerdo del pasado que, tras haber sido recluido en un lugar recóndito de su corazón, iniciaba a despertaren ese destino tan anhelado.

A unos pocos kilómetros de distancia del lugar donde se alojaban, se encontraba un pueblo de pescadores, crecido alrededor de una originaria plaza principal, ocupada por la iglesia de San Cristóbal y por un ayuntamiento barroco que, a finales del siglo XIX, se había convertido en el lugar de veraneo preferido por la aristocracia. Se trataba de una localidad que, a raíz del descubrimiento del zinc, se había expandido rápidamente y, además, se había ennoblecido merced a la proliferación de espléndidos edificios gracias a uno de sus hijos más ilustres: Antonio López López, un atrevido personaje que, tras emigrar a Cuba con sólo catorce años, había regresado a su tierra como uno de los empresarios más ricos del reino y con un título nobiliario, el de marqués, creado expresamente para él por el rey Alfonso XII.

Aliapiedi había, por fin, regresado a Comillas, la noble villa, cuna de hasta cinco arzobispos y capital de España por un solo día, el 6 de agosto de 1881, quince años después de “su” primer encuentro y ahora estaba dispuesta a volver a tener un cara a cara con “él”, a conocerle, no sólo por fuera sino también por dentro, a hacerlo suyo sin absurdos remordimientos, sin estúpidos arrepentimientos. Esta vez, con la experiencia de los años y de una familia consolidada, no iba a permitir que se le escapara otra vez. Deseaba con todas sus fuerzas volver a verle para saber si ese sentimiento del pasado tan apasionado iba a renacer, para saber lo antes posible si “él” tenía aún poder sobre su persona, para saber, al fin y al cabo, si iba a volver a caer rendida a sus pies.

Así que, para salir de toda duda, la primera tarde disponible, Aliapiedi, acompañada por su familia, decidió encaminarse hacia el lugar del reencuentro.

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El majestuoso palacio de Sobrellano

Sintió que su corazón palpitaba a toda velocidad, y no sólo por el esfuerzo que, por culpa de la contractura, le supuso la subida inicial que llevaba hasta la taquilla de la entrada, ni por el apreciable desnivel del sucesivo camino de gravilla que discurría paralelo al que llevaba al majestuoso palacio de Sobrellano, levantado por Joan Martorell para el indiano marqués de Comillas, sino, sobre todo, por la emoción de volver a enfrentarse a “él”.

Y, después de unos pocos pasos, los cuatro por fin divisaron la fachada orientada a levante de esa casa caprichosa que el concuñado del mencionado marqués, el abogado Máximo Díaz de Quijano, indiano al igual que él, había mandado construir.

Los niños quedaron impactados por los colores y los motivos vegetales que decoraban el exterior de esa villa cuya originalidad y fantasía arquitectónica les recordó enseguida otra construcción, la Casa Figueras, mejor conocida como Torre Bellesguard, que habían visitado todos juntos casi un año atrás.

El padre, satisfecho, les confirmó que, en efecto, el arquitecto había sido el mismo, el famoso Gaudí de la Sagrada Familia catalana, que también habían admirado en esa ocasión por fuera y por dentro. La madre, por su parte, ni se inmutó; parecía ensimismada, absorta en sus pensamientos, como si estuviera en otra dimensión. Ajena a sus dolencias, le observaba con atención, placer y satisfacción, rememorando la experiencia vivida en ese preciso lugar quince años atrás.

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“Él” y su exótica belleza, fruto de una original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí

“Él” no había cambiado, los años para “él” no habían transcurrido, su exótica belleza, fruto de una rara y original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí, no había sido arrugada, estropeada o envejecida a lo largo de su casi siglo y medio de edad; “él” seguía allí con sus mejores galas, abrigado por esa elegante cerámica vidriada de color verde, con hojas y girasoles en relieve, que cubría in crescendo, desde los pies hasta la cabeza, sus innovadoras y seductoras curvas, sus calculadas proporciones geométricas, su cuerpo, tan exuberante como interesante hecho de materiales mates y brillantes.

LOS 6 ENIGMAS DE GAUDI

“Los seis enigmas de Gaudí” y…

ORIGAMI EL CAPRICHO DE GAUDI

… el “natural” origami

Y mientras que los niños se fijaban en sus detalles, tratando de dar con la primera de las soluciones de “Los seis enigmas de Gaudí” –un entretenido juego de pruebas que les habían entregado en la entrada en una hoja de papel reciclado, en cuyo reverso se incluían indicaciones  para realizar un “natural” origami–, sus padres se desplazaban lentamente más allá de esa primera fachada en la que sobresalía la gran terraza de la habitación principal, iluminada desde el despertar, y no por casualidad, por las primeras luces de la mañana.

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Un pentagrama “vegetal”

Desfilaron entonces al lado de la parte de la casa orientada al norte cuya base se asentaba sobre un zócalo de piedra, que protegía con su sólido abrazo la planta semisótano, sin prestar demasiada atención a la tienda de regalos y la librería alojadas en ese sector de la vivienda donde un tiempo se encontraban la cochera y las cocinas, hasta que un poco más arriba se toparon con otra muestra de la incomparable genialidad del arquitecto catalán: unas franjas de cerámicas que, recorriendo el lienzo de ladrillo visto que cubría esa fachada de la planta noble, parecían dibujar las armoniosas líneas de un fantasioso pentagrama en el que cualquiera, empezando por el mismo dueño de la casa, destacado músico aficionado, además de apasionado a la jardinería, podía dibujar las notas imaginarias de dulces sinfonías –la verdadera función de esos elementos decorativos horizontales, así como la del acusado almohadillado de los sillares del zócalo, era la de contrarrestar la natural verticalidad del terreno, a través de ese calculado juego de ilusiones ópticas–.

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El original “banco-balcón”

Pero las caprichosas sorpresas no habían hecho más que empezar. A un par de metros de distancia les aguardaban unos curiosos bancos de hierro forjado, imaginativamente integrados en unos balcones, y, un poco más allá, rodeado por unos escalones, un grandioso pórtico de entrada  formado por cuatro robustas columnas de piedra, única nota gris en la explosión de colores del edificio, que soportaba sobre su fuerte espalda la magnífica torre mirador revestida de azulejos verdes y rematada por una terraza de estilo musical, gracias a su barandilla con forma de curiosas claves de sol, cuyo geométrico baldaquino, que según algunos expertos preanunciaba el estilo del cubismo, parecía el resultado del encaje de unas piezas de un Lego monumental.

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La “torre-mirador-minarete”

A los pies de esa exótica estructura, que también les recordaba los minaretes de las mezquitas musulmanas, Aliapiedi se sintió agotada, no sólo mentalmente, por la emoción de tener tan cerca de sí el objeto de sus deseos, de encontrarse a las puertas de ese lugar que hace quince años estaba reservado a los comensales de un lujoso y escenográfico restaurante, sino también físicamente, por el desnivel y los escalones recorridos, que le obligaron a detenerse y a apoyarse sobre un muro de piedras rústicas que delimitaba el parterre en forma de herradura que se abría delante de la torre, allí donde, en una explanada inclinada, en su día llegaban los ilustres invitados del dueño de la casa.

Mientras que el padre de familia y los niños se entretenían tomando fotos y explorando ese territorio exterior de casi dos mil quinientos metros cuadrados, la madre, cuyos dolores se habían convertido en unas simples molestias ante semejante belleza, guardaba silencio mientras se preparaba física y psicológicamente para llegar al corazón de ese Capricho de Gaudí. Pero cuando descubrió que tenía que esperar otros veinte minutos hasta el comienzo de la siguiente visita guiada, se levantó improvisamente, revelándose incapaz de prolongar esa espera. Y así, mientras que los demás miembros de la familia debatían sobre la conveniencia o no de acoplarse al turno anterior, que había comenzado la visita hacía diez minutos y todavía se encontraba enfrascado en las explicaciones introductorias que se realizaban en el exterior del edificio, ella se dirigió a la carrera hacia el portal monumental, cruzó su puerta principal y, una vez en el vestíbulo hexagonal, tras toparse con el primero de los artesonados de diseños diferentes y con unas llamativas vidrieras con motivos geométricos, flores y plantas, se detuvo un instante, un instante infinito de sensaciones encontradas –miedo, pasión, emoción…–, antes de, en un último alarde de atrevimiento, con un único paso adicional, dejar atrás todos sus temores.

¡Ya estaba dentro!

Por fin, se encontraba en el interior de su amante caprichoso.

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El dormitorio principal

Notó un leve dolor en su espalda arqueada, mientras acariciaba con sus manos la pared de cristal del antiguo y elíptico invernadero, eje de la edificación alrededor de la cual se generaba un corredor a forma de “u” que comunicaba todas las estancias de esa planta. Sus tres acompañantes la siguieron inmediatamente, sin detenerse en esa renovada sala audiovisual, que originariamente había sido proyectada para proteger, al amparo de su cubierta con forma de paraguas, las valiosas plantas tropicales allí alojadas y también para ejercer como regulador térmico que absorbía el calor del día para distribuirlo por la noche al resto de la vivienda, y, todos juntos, alcanzaron el dormitorio principal de esa planta noble, donde ya estaba reunido el grupo de la visita guiada.

Se trataba de la habitación más luminosa de la casa, gracias a sus altos techos con un soberbio artesonado de inspiración mudéjar y a los grandes ventanales de tres módulos que daban acceso a la terraza que habían visto anteriormente desde fuera, y mientras la guía instruía a los visitantes acerca de una coqueta chimenea embellecida con motivos naturalistas sobre cerámica vidriada, Aliapiedi, tensa por la emoción de estar tan cerca de “él”, en tan estrecho contacto con esa estructura que tanto había deseado explorar, tuvo nuevamente que detenerse. En esa tesitura, dejó que los demás se adelantaran con la anfitriona hasta la limítrofe sala de baño y se sentó en un banco central, para poder así quedarse a solas con “él”, tratando, eso sí, de controlar las reacciones involuntarias de su cuerpo, las contracciones incontroladas de sus músculos y las pulsaciones desatadas de sus nervios. Desde allí, podía escuchar las apasionadas y detalladas explicaciones de la guía, que, a diferencia de ella, no se avergonzaba de revelar a todo el mundo su pasión hacia esa fabulosa criatura de la arquitectura, y, acompañada por su voz, se concentró en sí misma, intentando retomar la compostura.

Respiró hondo, cerró los ojos y se esforzó en abrir su mente.

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Las “animalescas” vidrieras del baño

Y, de repente, se notó más relajada, como si la serenidad de las líneas y de las formas que la rodeaban se hubiera apoderado de ella, de su carne, de sus nervios, de sus músculos y de sus huesos. Se levantó de su asiento y, como si estuviera flotando en el aire, sin notar sobre su espalda toda la fuerza de la gravedad que en los días anteriores le había demostrado toda su intensidad, se dirigió hacia el gabinete que precedía la zona del baño, que en la actualidad no está separado por un tabique.

Tan relajada se sentía que entre las piezas hexagonales, cuadradas o triangulares que hacían de fondo a las vidrieras de ese ambiente comenzó a advertir la presencia de diferentes seres vivos: un pajarito apoyado sobre las teclas de un órgano tocando una dulce melodía, una mariposa trepando silenciosa sobre una frágil hoja, unos peces de tonos azulados nadando en el cielo de un mar infinito.

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El ventanal musical del salón con vista al banco-balcón

En una mágica armonía con su cuerpo, en paz con sus sensaciones y tras haber olvidado sus dolores, Aliapiedi estaba disfrutando plenamente del momento. El Capricho lo sabía, el Capricho lo advertía y, aprovechando ese estado de placer incondicionado, la empujó suavemente hacia el centro de su estructura para que gozara aún más de su irresistible hermosura. Y ella, dejándose llevar, sin oponer resistencia, pudo así tocar el primero de los dos balcones, robustos y a la vez delicados, que antes había observado desde abajo. Esos fascinantes bancos colgantes que protegían las esquinas romas del salón principal, compartiendo el acceso, por un lado, con el estudio, y, por el otro, con la sala de visitas, la estaban maliciosamente invitando a sentarse o, directamente, a tumbarse sobre ellos, para que se rindiera por completo a los encantos de su dueño.

Pero ella hizo de tripas corazón y, resistiéndose a la tentación, supo contenerse, así que se limitó a acariciar sus sinuosas siluetas de hierro forjado que sobresalían de la barandilla y parecían querer lanzarse a los brazos de las hortensias que florecían a sus pies, unos pocos metros más abajo.

Pero la criatura caprichosa, fruto de la genialidad del joven arquitecto reusense de sólo treinta y un años de edad que en ella había plasmado, como en la parecida Casa Vicens barcelonesa, sus novedosas e iniciales ideas plásticas, encuadradas en un peculiar estilo historicista, todavía no había acabado con sus sorpresas estremecedoras.

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El luminoso salón principal con ventanas interiores

En ese momento, una música celestial proveniente del gran ventanal del salón cuyos cinco módulos se reflejaban en los cuatro arcos soledizos de la pared de enfrente hizo acto de presencia como en el sueño de una realidad. La indescriptible combinación de instrumentos diferentes, como el arpa, el triángulo o el órgano, parecía multiplicar hasta el infinito la magia de ese lugar; la suave melodía se distribuía in sordina, silenciada, por todos los rincones de la casa: por el estudio, que podía servir también como espacio de recepción para las grandes ocasiones, y por la sala de visitas, cuya función era la de acoger las personas de escasa confianza. La onírica melodía se insinuaba entre todos los asistentes, trasladándoles a un escenario diferente, a una noche de verano de hace un siglo y medio amenizada por un concierto de cuerda y piano ante damas y caballeros. La sinuosa melodía, finalmente, se adueñaba del cuerpo y del alma de una madre que, impotente, vivía su aventura paralela, su historia mitad realidad, mitad ficción, en una caprichosa estructura que le sorprendía en cada instante, que le abrumaba con cada detalle, que le enamoraba para siempre…

Fue la anfitriona, experimentada y apasionada, conocedora de cada detalle de esa vivienda como si fuera su propia casa, la que se encargó de revelar el truco de esa magia: ese dulce sonido, real y verdadero, era el resultado de un ingenioso sistema de correderas, oculto en las ventanas y formado por unos contrapesos con tubos metálicos que al entrechocar entre ellos generaban unas notas, cálidas y lejanas, parecidas a los retoques de un campanario. Se trataba de una de las múltiples muestras del infinito arte gaudiniano que se revelaba discretamente en cada espacio del Capricho, como lo eran las ventanas guillotina de doble hoja, en las puertas de madera recogidas dentro de las paredes o en las manijas de bronce ergonómicas.

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El coqueto fumoir semicircular

Atravesaron entonces la mencionada sala de visitas, dominada por sublimes trabajos de ebanistería, como los que destacaban en la cálida chimenea, en el zócalo, hecho con madera de diferentes tonos y texturas, o en el techo, con tallados con formas geométricas, y llegaron al comedor, con el coqueto y anexo fumoir semicircular, de clara influencia árabe, que abrumó a todos los asistentes.

Esta visión provocó el éxtasis en Aliapiedi, que se vio arrastrada por los placeres de un universo paralelo, víctima de ese océano de emociones que le provocaban las sublimes decoraciones que la rodeaban, como los pájaros, las hojas o los insectos voladores de los azulejos de las paredes, o las flores de cerámica de la chimenea que, engordadas por los gérmenes de la vida que nacían entre sus estigmas y filamentos, se unían a aquellas, más delgadas, talladas en yeso, del fondo de los casetones del artesonado.

Miraba sin mirar, escuchaba sin escuchar… Se había trasladado a otro lugar… hasta que un apasionado y vigoroso aplauso dirigido a la quien había ejercido como maestro de ceremonias la devolvió a la realidad, situándola cara a cara con un joven y apuesto abogado que, por un capricho del destino, sólo pudo disfrutar durante unas semanas de su caprichoso sueño: Máximo Díaz de Quijano.

Tras contemplar por un breve espacio de tiempo el retrato de ese hombre afortunado, y a la vez desafortunado, flanqueado por el árbol genealógico de su familia, agradeciéndole discretamente que hubiera confiado la obra de su villa a un joven pero prometedor arquitecto catalán, Aliapiedi movió su cuerpo fatigado, pero ya no tan dolorido gracias al catártico recorrido, hacia esa guía tan especial que había conseguido convertir esa vivienda en un hogar colectivo, habitado y disfrutado por desconocidos agradecidos. Se presentó en nombre de la común pasión caprichosa que les unía, le estrechó la mano y le dirigió unas palabras de sincera cortesía, a lo que la contrincante –como pretendiente del caprichoso lugar– respondió sugiriéndole que se acercara a la tienda de regalos ya que “alguien” les había dejado “algo”.

Otro capricho del destino…

Aunque los cuatro tenían unas irrefrenables ganas de descubrir de qué se trataba, no podían apartarse del plan inicial. Primero tenían que “recuperar” los diez minutos iniciales que se habían perdido, así que acudieron a la entrada y escucharon la introducción del tour de la mano de otro anfitrión, tan apasionado como el anterior.

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Sillas seductoras

Después, se dirigieron de prisa y corriendo hasta una de las dos estrechas escaleras de caracol, la que estaba discretamente ubicada tras una puerta del vestíbulo de entrada, para alcanzar el piso superior, zona originariamente destinada al servicio doméstico de la casa.

Con los nervios a flor de piel por la sorpresa que les aguardaba, admiraron fugazmente sinuosas y seductoras sillas, espejos y otros objetos curiosos de mobiliario diseñados por el arquitecto catalán, que formaban parte de una exposición permanente oportunamente titulada “Gaudí, el arte en todo”, hasta llegar al corredor exterior, donde se toparon con la cubierta del antiguo invernadero, reconstruido en los años ochenta del siglo pasado después de haber sido demolido por los herederos de Máximo Díaz de Quijano para levantar una nueva ala de habitaciones, cuyo tono gris se imponía al rojo de las tejas y que les recordó a la columna vertebral de un dragón adormilado, como el de la Torre Bellesguard.

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La cubierta del antiguo invernadero o…

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… ¡¿un dragón adormilado?!

Sin ánimo de detenerse allí más tiempo del estrictamente necesario, apresurados por el deseo de llegar cuanto antes a la tienda de regalos, tras la instantánea de rigor, volvieron sobre sus pasos, cruzaron nuevamente las estancias del desván, sin percatarse de la existencia de dos puertas que, asomando entre los caballetes que sostenían la cubierta, daban acceso a la terraza situada en la base de la torre-mirador, hermosamente protegida por una barandilla de forja de hojas de parra.

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El elaborado capitel

Bajaron nuevamente al vestíbulo de la entrada, volvieron a atravesar el pórtico monumental y sus columnas, orientadas a los puntos cardinales y decoradas con unos románticos capiteles en los que los ramos de palmitos se alternaban con los pájaros esculpidos en la piedra, y se lanzaron a explorar el jardín de ese Capricho de Gaudí, que, pensó ella, nada tenía que ver con su homólogo madrileño.

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El muro de contención con su banco corrido

Vieron una gruta, levantada a base de bloques de piedra tosca, traídos expresamente desde Cataluña, con un estrecho arco de entrada, una bóveda de rocas angulosas y un banco corrido para un romántico y fresco descanso en los meses veraniegos, que les recordó la Casa del Labrador del Capricho capitalino; más allá, admiraron una escalera-puente, sostenida sobre un solo arco, hecha de azulejos cerámicos blancos y de ladrillo visto, que les trajo a la mente el esbelto y elegante puente en hierro forjado, que salvaba el lago del jardín madrileño, y, a continuación, casi enfrente del patio trasero de la construcción, un muro de contención, levantado con los mismos materiales, dotado él también de un banco corrido que se reflejaba en los cristales del invernadero.

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Un famoso arquitecto en estática contemplación

Pero, por culpa de las prisas, ninguno de los cuatro reparó, a unos pocos metros de distancia, en la presencia de un hombre sentado que en silencio y sin pestañear, casi petrificado, admiraba complacido, como si fuera uno de sus hijos, ese edificio tan bonito… Enfrascados como estaban en alcanzar su nueva meta, sólo después se dieron cuenta de que habían pasado de largo ante la figura de un famoso arquitecto, autor de casi noventa proyectos y diseñador de muebles y azulejos.

Así que, velozmente, casi jadeando, subieron hasta la parte más alta del jardín, en una zona marcada en el folleto que les habían dado en la entrada como de especial interés fotográfico. Desde esa posición privilegiada, la familia se dio, por fin, una tregua y contempló de arriba a abajo, y de abajo a arriba, ese espléndido edificio que, sobresaliendo del azul de un cielo infinito, les obsequiaba, presumido pero generoso, con su mejor perfil: el de una colorida torre resplandeciente que se besaba delicadamente con los rayos de un sol ya menguante.

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El mágico beso entre la torre resplandeciente y el sol ya menguante

La magia de ese instante se grabó para siempre en sus mentes y, de una vez por todas, su marido y sus hijos comprendieron el motivo de ese extraño y caprichoso amor “aliapiedesco”, inútilmente reprimido durante años.

A estas alturas, ninguno de los cuatro tenía ganas de despedirse de “él”, aunque fuera con un prometedor arrivederci, se resistían a alejarse de ese Capricho de Gaudí que, a partir de este momento, iba a compartir protagonismo en su corazón con el Capricho de Madrid: la seductora y reveladora estampa de la oficialmente llamada Villa Quijano les acompañaría en adelante para siempre.

TIENDA DE REGALOS

La tienda de regalos y librería

La hora del cierre, sin embargo, apremiaba, y, a pesar de la incipiente nostalgia de una futura distancia, se dirigieron hacia la última pero alentadora etapa no programada: la tienda de regalos y librería.

Aliapiedi, siguiendo las indicaciones del guía, se acercó discretamente a la responsable de la caja y, sin mucha convicción, temiendo que ésta le reprochara su desfachatez, le preguntó si “alguien” había dejado “algo” para ella y su familia…

Una mirada apasionada y una sonrisa afectuosa, acompañada por una bolsa muy “caprichosa” fue lo que recibió como respuesta. Abrumada, acertó a darle las gracias a la empleada y cuando se dio media vuelta empezó a rebuscar en el interior de esa especie de caja de sorpresas, bajo las miradas fisgonas de su marido y de los más pequeños de la casa.

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Un pequeño pero gran cuento ilustrado

En su interior encontró una “Pequeña Historia del Capricho de Gaudí”, un pequeño pero gran cuento ilustrado, basado en hechos y personajes fantasiosos y reales, ambientado entre familias del pasado o de un presente literario no tan imaginario, una atractiva y rica guía visual, con contenido digital, llena de fotografías en las que “él” posaba, cual modelo experimentado, ostentando cada uno de los rincones de su “cuerpo” y les relataba detalladamente de su larga vida desde el momento en que fue concebido hasta su actual y magnífico estado de bienestar, dando cuenta de los inevitables cambios y lifting estructurales sufridos.

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Un “Verano de Capricho”

Feliz por ese tesoro inesperado, Aliapiedi se alejó con paso firme, erguida sobre su espalda y con la cabeza bien alta de ese mágico lugar de la mano de su marido y de sus hijos, dejando atrás, ya sin remordimientos ni arrepentimientos, el Capricho de sus sueños, de unos sueños por fin realizados, y un “Verano de Capricho” que, anunciado en un sugerente cartel que aludía a las múltiples actividades organizadas en ese magnífico recinto, ponía también el colofón final a la increíble aventura vivida.

Pero aún le esperaba a ella una última sorpresa caprichosa, la mejor de todas…

Esa misma noche, en efecto, bajo las estrellas y acompañada por la natural banda sonora del mar, tratando de saborear esa autobiografía tan peculiar, Aliapiedi abrió la primera página de esa especie de álbum de recuerdos y se encontró con una nota anónima escrita a mano en la cual antes no había reparado, o puede que ni siquiera hubiera existido. Abrumada y sorprendida, leyó esas últimas, y a la vez primeras, palabras, sugeridas por “alguien” que, a su manera, la quería, inspiradas por “alguien” que, a su manera, de ella, y de los suyos, se despedía:

El Capricho tiene su historia.

No hace mucho, se decía que era la casa de muñecas de la hija del marqués de Comillas. Para muchos aún sigue siendo la historia de esta casa pero… ¿Para ti?

Después de conocer su verdadera historia… ¿Qué historia, de las mil que tuvo este edificio, se te ocurre que pudo haber en El Capricho?

Deja volar tu imaginación.

Te sorprenderás…

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Una misteriosa nota final…

Y así fue como Aliapiedi, emocionada, desplegó las “alas a(i) piedi” de su fantasía y, libre y feliz, empezó a escribir una larga e intensa historia caprichosa, una historia de dolencias olvidadas, de pasiones renovadas, y, sobre todo, de sensaciones por fin compartidas…

Una nota final: Como en cada relato “aliapiedesco” la fantasía se mezcla con la realidad. Lo que sí fue real fue la amabilidad y generosidad de Verónica y Beatriz, responsables, respectivamente, de las visitas guiadas y de la comunicación en las redes sociales del Capricho de Gaudí. Lo que sí fue real, desafortunadamente, fue mi intensa contractura muscular y, a raíz de ello, toda la ayuda que, por e-mail, me proporcionaron las personas arriba mencionadas, antes, durante y después de las visitas guiadas, fieles al lema gaudiniano que “Para hacer las cosas bien, hace falta primero el amor, y segundo la técnica”. Y lo que también fue real, caprichosa e increíblemente real, fue el espontáneo y sincero agradecimiento hacia la apasionada y desconocida anfitriona de la visita guiada, sin el cual nunca me hubiera enterado de que en la librería “alguien” nos había dejado “algo”. A día de hoy, sigo fantaseando con que ese “alguien” fue mi amante caprichoso o, para ser más realistas, uno de sus representantes. Por todo ello, aunque no tenía pensado escribir en este blog madrileño una historia sobre el Capricho comillano, que rivaliza en mis afectos con el nuestro, tan amado, capitalino de la Alameda de Osuna, decidí dedicar al magnífico equipo caprichoso esta historia de un gran amor, por fin declarado, en la que, frente al dolor (físico) cobra protagonismo la fuerza arrolladora de la pasión, una pasión sólo comparable a la que destilan los empleados de esta institución en el cotidiano desarrollo de su trabajo.

¡Enhorabuena a todos vosotros y gracias de corazón!

 

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El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Segunda parte]

[… Sigue]

Había transcurrido ya un año desde el fugaz encuentro, desde ese caprichoso vis-à-vis que había atrapado sus sentimientos por unos largos instantes y Aliapiedi estaba ahora enfrascada en la búsqueda de un nuevo hogar para ampliar su familia lo antes posible.

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La Catedral desde la plaza de Canalejas

Embargada por la romántica nostalgia de su amada tierra, se esforzaba inútilmente en encontrar entre los centenares de anuncios del “Segunda Mano” una morada que estuviera ubicada dentro de los límites de su mapa turístico capitalino y, a ser posible, en un barrio que le recordara el suyo milanés. Le encantaba el centro histórico de Madrid, sobre todo la parte del laberíntico entramado de calles, callejuelas y callejones que serpenteaban a la sombra del Instituto Italiano de Cultura y de la cercana Iglesia de San Nicolás de Bari, conocida como la iglesia de los italianos, y soñaba con vivir en un ático con vistas a la Catedral de la Almudena y al Palacio Real en su plaza favorita, la de Canalejas, pero su búsqueda resultó infructuosa dado que la mayor parte de las viviendas disponibles en esa céntrica zona o bien se encontraban en un estado ruinoso o, como mínimo, necesitaban de una profunda reforma.

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El majestuoso Palacio de Amboage, sede de la Embajada italiana

En esa tesitura, se vio obligada a reorientar sus preferencias hacia otra zona de la ciudad, el noble Barrio de Salamanca, cuna de la alta burguesía madrileña, que acogía “su” maravillosa embajada, en el suntuoso Palacio de Amboage, además de numerosos escaparates de diseño y firmas italianas. Sin embargo, no tardó en percatarse de que tampoco por esos exclusivos lares podía satisfacer sus melancólicas pretensiones. Pero justo cuando estaba a punto de darse por vencida, apareció providencial un amigo de su marido en busca de una buena inversión, que les invitó a acompañarle a visitar una promoción inmobiliaria en un barrio del que jamás había oído hablar y que, según sus parámetros milaneses, estaba situado en las afueras de la capital.

Aliapiedi afrontó el plan con más curiosidad que interés y se topó con el primer piso piloto de su vida, en el medio de un solar deshabitado. Aunque la vivienda (piloto) en sí le sorprendió gratamente, su situación periférica, próxima al aeropuerto, junto a un campo de fútbol de tierra y un camping destartalado, le espantaba. Era incapaz de imaginarse recibiendo allí a sus estirados amigos milaneses y asistía impávida a la alegre conversación de sus dos acompañantes que, incomprensiblemente para ella, destacaban las bondades de ese prometedor proyecto. Incapaz de unirse al entusiasmo de la pareja, decidió entonces quitarse de en medio y explorar por su cuenta esa tierra de nadie, esos lugares inhóspitos, ese desierto de los tártaros pseudocapitalino.

No había caminado más de un centenar de pasos cuando, levantando la mirada, se topó con un enorme e insólito oasis de rebosante vegetación. Sobreponiéndose al temor a ser atracada en esa cálida tarde veraniega por un fantasma desorientado o por un villano imaginario, escondido en algún rincón de un arbolado paseo solitario, Aliapiedi, atrevida como siempre, se fue acercando con prudencia a esa llamativa zona verde, custodiada por un muro de ladrillo, embellecido por el paso de los años, y vigilada por un coche patrulla de la Policía Municipal. Reconfortada por la cercana presencia de esos ángeles de la guarda y atraída por las hojas casi otoñales de plantas centenarias cuyas ramas, sobresaliendo de románticos barrotes, parecían querer cogerla de la mano y acompañarla por ese insólito reino de la naturaleza, dejó que sus pasos siguiesen a su instinto. Pero conforme se fue acercando a ese lugar, notó como una sensación de progresiva excitación se apoderaba de ella, dejando aflorar unos sentimientos tan intensos como los que, un año atrás, la habían asaltado en otro lugar y que, ingenuamente, creía haber olvidado.

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Un elaborado letrero “caprichoso”…

Confundida y desorientada, pero incapaz de renunciar a su curiosidad innata, fuera lo que fuera lo que la estaba atrayendo hacia el interior de ese recinto, recorrió a piedi un breve camino de guijarros, entre flores y árboles seculares, hasta que alcanzó una luminosa plaza circular que, abrazada por la intensa luz solar, la empujó a acercarse a un sombreado sendero principal, escondido tras una elaborada verja presidida por una puerta sobre la cual podía leerse el nombre de ese magnético lugar.

Y así fue como, mientras que los latidos de su corazón golpeaban su pecho de modo cada vez más violento e insistente, como si de una alarma interior se tratase, ella, haciendo caso omiso de esas claras advertencias, cruzó el límite imaginario marcado por esa reja tan hermosa y se dejó llevar por una nueva pasión que anidaría para siempre en su corazón…

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¡Una nueva y “caprichosa” pasión, envuelta por los rayos del sol!

 

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El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Primera parte]

Hace dieciséis años, sin pensárselo dos veces, Aliapiedi lo había dejado todo, familia, amigos y trabajo, para seguir a un joven madrileño que, por un capricho del destino, se había cruzado en su camino en un congreso interuniversitario cordobés.

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Basílica de Sant’Ambrogio

Tras una despedida a lo grande de su amada ciudad de nacimiento, Milán, con una tradicional, y a la vez original, boda ítalo-española, celebrada en la misma iglesia donde habían contraído matrimonio sus padres, la espléndida Basílica di Sant’Ambrogio, patrón de la capital de Lombardía, y sin echar la mirada atrás, aterrizó en una nueva ciudad en la que contaba apenas con unos cuantos conocidos.

Ella era instintiva, apasionada, sentimental y, a diferencia de él, un poco irracional; en aquel momento de su existencia lo único que le importaba era estar para siempre al lado del hombre de su vida, de su flamante marido, del futuro padre de sus hijos. Y había acertado.

Él se preocupaba por ella, la cuidaba, satisfacía todos sus deseos y, de vez en cuando, la sorprendía con el mejor de los regalos: una excursión en el día, una escapada de fin de semana o un viaje con una estancia más larga. Precisamente, con ocasión de una de estas aventuras fuera de Madrid, el armonioso equilibrio entre ambos empezó a peligrar…

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San Vicente de la Barquera

Acababan de llegar a Santander, el sorprendente destino que no había tardado en cautivar a Aliapiedi con su elegancia y belleza marinera, y, tras un par de días explorando la ciudad, con sus puertos, sus parques, sus playas y sus bares de tapas, una mañana soleada, de esas que tanto escasean en el norte de España, él decidió llevarla de excursión para explorar la costa occidental de Cantabria, llegando hasta San Vicente de la Barquera, para disfrutar de una comida con vistas al Parque Natural de Oyambre y a las caprichosas aguas oceánicas que, en función de las mareas, subían y bajaban, abrigando o desnudando porciones de tierras habitadas por aves, cangrejos y animales más extraños.

Sin embargo, debido a los tiempos propios de una pareja de enamorados, las horas se les fueron escapando, arrastradas por el mismo viento que encrespaba las olas del rabioso Mar Cantábrico, por lo que se vieron obligados a replantearse la posibilidad de renunciar a visitar Comillas, otro conocido pueblo costero, que estaba incluido en el plan original.

Pero ella era caprichosa como una niña y proverbialmente reacia a renunciar a nada, especialmente a una visita, y más aún tratándose de un lugar que tenía tan cerca y que ya había centrado toda su atención por la abundancia y relevancia de los monumentos señalados en su guía, así que, como de costumbre, puso todo su empeño en convencer a su altruista y generoso marido para que accediera a esa toccata e fuga a la italiana, y él, como siempre, acabó cediendo por agotamiento. No obstante, conforme se iban aproximando al anhelado destino, ella empezó a notar en su interior un extraño sentimiento in crescendo, una rara mezcla de sospechosa inquietud y hermosa excitación. A través de su sexto sentido “aliapiedesco”, el de la imaginación, percibió que “alguien” o “algo” la estaba silenciosamente llamando, la estaba suavemente atrayendo, la estaba delicadamente empujando hacia un punto, posiblemente, de no retorno, de modo que, aprovechando su función de copiloto, dejó que su subconsciente les llevara a ambos hacia ese lugar no muy bien definido.

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Universidad Pontificia

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Praderías y océano

En teoría los dos habían acordado acercarse a la sede de la Universidad Pontificia pero, cuando empezaron a bajar por una de las muchas colinas rebosantes de praderías que competían, en el horizonte, con el azul del océano, tras avistar desde la lejanía la espléndida silueta de este edificio que fusiona el estilo gótico-mudéjar de Martorell con la posterior decoración modernista de Domènech i Montaner, ella, ignorando deliberadamente las indicaciones que llevaban al destino, lo condujo por unas vías que se abrían paso entre antiguas y nobles casonas y nuevas y lujosas urbanizaciones.

Él no entendía el motivo de ese cambio de rumbo repentino, de porqué su mujer estaba renunciando a admirar más de cerca ese edificio con su broncea Puerta de las Virtudes, pero, frente a su determinación, la llevó allá donde ella quiso.

Y así fue como, al final de un camino de guijarros, flanqueado por árboles centenarios, “él” apareció en todo su esplendor, besado por los rayos del sol que exaltaban su belleza exterior.

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¡”Él” en todo su esplendor, besado por los rayos del sol!

Ella se quedó sin aliento; el corazón le dio un vuelco, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y un calor inesperado lo apagó de inmediato.

Algo había pasado: Aliapiedi se había enamorado.

Una nueva pasión había entrado prepotentemente en su vida y ella, avergonzada por ese inesperado y arrasador sentimiento, le pidió a su marido que se alejara cuanto antes de ese sitio: quería cancelar de su mente ese “alguien” tan especial, tan cautivador y tan embriagador que, con su extravagancia y originalidad, había anidado inevitablemente en su corazón…

[Continuará… ]

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Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Tercera Parte]

[… Sigue]

Jueves, 15 de junio de 1893

Aliapiedi y su hija, ataviadas con sus mejores galas, luciendo elaborados peinados y las joyas de familia, estaban a punto de llegar a palacio, a bordo de una esplendorosa carroza con forma de calabaza…

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El Zaguán de acceso al Gran Portal

Las dos mujeres no podían contener más sus emociones y contaban los minutos, y también los segundos, que les separaban del Gran Portal, oculto tras las dos enormes puertas gemelas de roble del Zaguán –en el suelo hundido de este dúplice ingreso principal, uno destinado a la entrada y el otro a la salida de los coches de caballos, aún es visible el surco de las ruedas, imborrable huella del pasado–.

Por mucho que el Conde y el Condesito les hubieran descrito, con su típico hermetismo, el esplendor de esa especie de vestíbulo, ellas nunca hubieran llegado a imaginar lo que, en la realidad, estaban a punto de ver.

Y así fue.

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La primera parte de la Escalera de Honor

Con sus esplendorosas tiaras en las cabezas, cuales imaginarias reina y princesa, las dos damas aterrizaron con sus originales zapatos de cristal en el suelo del magnífico palacio y, distraídas por el brillo y la grandiosidad que las rodeaba, empezaron a fijarse en todos los detalles de ese emblemático lugar, repleto de marmóreas esculturas, piezas de cerámicas, pinturas y tapices de diferente origen y proveniencia.

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La segunda parte de la Escalera de Honor

Tras anunciarse oficialmente su llegada, madre e hija subieron por la majestuosa y espectacular Escalera de Honor, apoyándose, primero, en su imperiosa balaustrada de mármol, y, después, en la deliciosa barandilla de hierro forjado, intentando así mantener su equilibrio, físico y psicológico, frente a tal despliegue de suntuosidad, una empresa que les parecía heroica, casi tanto como las que se representaban en los dos enormes y especulares cuadros colgados en esa entrada principal.

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Bustos y tapices por doquier

Culminada la ascensión, reflejo y exaltación del prestigio y linaje de los anfitriones, tal y como atestiguaban el impresionante escudo del matrimonio exhibido en la pared lateral, flanqueado por dos tapices del siglo XVII, uno de Bruselas y otro de Pastrana, que también reproducían las armas de otras ilustres y nobles familias, las dos se sintieron intimidadas ante tanto poderío –en el mencionado escudo, de escayola estucada, se pueden divisar, a la derecha, las armas del Marqués, don Enrique, Grande de España, además de Marqués del Sacro Romano Imperio, de Almarza, y de Campo Fuerte, y Conde de Alcudia, de Villalobos y de Foncalada, y, a la izquierda las de las ascendencia de su esposa, doña Inocencia, Serrano, Soler y Cerver; en las dos obras laterales, hechas de lana y seda, campean los escudos cuartelados de los Carvajal, Padilla, Acuña y Enríquez–.

Pero aquello era solo el principio de un recorrido a piedi marcado por la nobleza, el arte y la riqueza.

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El imperioso y noble escudo de armas familiar

Nada más alcanzar el piso principal, las dos se encontraron cara a cara con los adinerados, pero también cultos, anfitriones que, como reyes medievales en un salón del trono, estaban recibiendo a sus numerosos invitados, dándoles la bienvenida a palacio, en la protocolaria ceremonia del besamanos.

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La “recargada” Armería

Cuando llegó su turno, la Condesa se apresuró a disculparse una vez más por la ausencia de los varones de su familia, recibiendo por toda respuesta un cómplice, y desconcertante, guiño por parte del Marqués, a escondidas de su mujer, y fue invitada a deambular en compañía de su pequeña por esas primeras estancias, como si estuvieran en su propia casa, a la espera de que llegaran el resto de los invitados.

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La coqueta Sala de Baño

Ambas cruzaron entonces esa Armería que, claramente inspirada en la Edad Media, les imponía cierto respeto y, a la vez, terror, con su recargado, oscuro y pesado mobiliario y con todas esas armas y armaduras, como celadas, pistolas o arcabuces, que relucían bajo un imponente techo en escayola, decorado, para variar, con escudos heráldicos.

Siguieron adelante y, tras contemplar con sorpresa una coqueta, aunque poco práctica, Sala de Baño independiente con bañera de mármol con vista al jardín de la casa, edificada ex profeso para demostrar, una vez más, la riqueza de los señores de la casa, se detuvieron en la hermosa Sala Árabe, en la que se exhibían unos exóticos y bélicos ejemplares, tales como una completa armadura de un samurai japonés o una espingarda marroquí o una daga filipina.

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La exótica Sala Árabe

La decoración de esta última estancia trasportó a las dos visitantes, sin que tuvieran que recurrir a su desbordante imaginación, a las tierras del desierto, más bien a una jaima de los nómadas, entre coloridos kilims, cojines y alfombras. Aquello era, en realidad, un fumoir, es decir, un ambiente destinado al consumo del tabaco, y, por eso mismo, de uso principalmente masculino. Aprovechando la posibilidad de contemplar el lugar en ausencia de los molestos olores de pipas o puros en plena actividad, madre e hija se entretuvieron observando los curiosos instrumentos musicales que colgaban de sus paredes, como un violín bicorde chino o una hermosa lámpara-farol con vidrios multicolores cuadrangulares y rectangulares.

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El Salón Estufa

Y, como colofón de esa primera serie de habitaciones, las dos alcanzaron el Invernadero, o Salón Estufa –un espacio que el Marqués convirtió en un gabinete de coleccionista, donde reunía y clasificaba por materia, estilo y época las piezas que adquiría en el comercio de antigüedades: entre sus rojas paredes ,cubiertas por unos soberbios tapices recientemente restaurados por la correspondiente Real Fábrica, destacan una falcata ibérica y unos cuantos vasos griegos áticos e itálicos–.

En ese espacio, tan de moda como el anterior, la condesa y su hija pudieron admirar otros exóticos ejemplares, esta vez vegetales, dado que, en ese lugar acristalado, como si de una estufa fría de reducidas dimensiones se tratara, descansaban plantas de interior de diferente proveniencia. Las dos, amantes de los seres verdes, a pesar de carecer de conocimientos de botánica, se dejaron cautivar por ese pequeño universo natural que les hizo recordar el pabellón de hierro y cristal londinense, construido para la Exposición Universal de 1851, que habían visitado en familia unos pocos meses atrás, y, acompañadas por el dulce aroma de las flores y plantas, no se percataron de que se habían quedado a solas en esa jungla urbana.

Fue un lacayo quien les avisó de que todos los invitados se encontraban ya reunidos en el Comedor de Gala donde, en unos minutos, el Marqués iba a inaugurar oficialmente ese nuevo hogar madrileño.

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La Sala de Columnitas

Siguiendo las indicaciones de ese guía tan inesperado como oportuno, las dos mujeres cruzaron deprisa y corriendo la barroca Sala de Columnitas, que albergaba una imperiosa mesa central sobre la que descansaban una gran variedad de figurillas procedentes de la cultura griega, egipcia, etrusca y romana, y también de la Edad Moderna, sujetadas por otros tantos pilares de dimensiones reducidas en ágata, alabastro, madera y mármoles de diferentes colores.

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El Salón Vestuario

Después se adentraron en el Salón Vestuario, en el que se toparon nada más y nada menos que con don Enrique, el cual, antes de pronunciar su discurso, se había ausentado un momento para comprobar con su ayuda de cámara si la pajarita del valioso esmoquin estaba perfectamente anudada.

Grande fue su sorpresa al ver aparecer en esa especie de tocador masculino a las dos damas, apresuradas y desorientadas, pero, haciendo alarde una vez más de su caballerosidad, lejos de mostrarse importunado por ese encuentro, más bien desencuentro, no protocolario, esbozó una espontánea y afectuosa sonrisa, consciente de lo que había ocurrido: Aliapiedi y su hija se habían perdido, circunstancia que, como le había  comentado su amigo el Conde, era bastante recurrente, con ocasión de esas fantasías que les llevaban a abstraerse por completo de la realidad, como si fueran raptadas por una quinta dimensión.

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La Salita Imperio

Tras una última y coqueta mirada al delicioso espejo veneciano que colgaba encima del lavabo reutilizado como mesa de tocador, el mismísimo Marqués se encargó de acompañarlas hasta el cercano Comedor de Gala, dejando atrás los amenazadores espadines y sables antiguos expuestos sobre la mesa central de esa estancia. Y, después de haber cruzado la puerta con evocadores paneles que representaban alegóricamente las cuatro estaciones, los tres entraron en el alegre, fantasioso y colorido tocador de la Marquesa –la actual Salita Imperio– donde, para variar, también doña Inocencia estaba revisando los detalles del vestido con la ayuda de su doncella.

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El Pasillo de Dibujos

Antes de que su esposa pudiera abrir la boca –las de las dos invitadas ya estaban abiertas de par en par, deslumbradas por el exquisito y curioso mobiliario de esa habitación, decorada con una excelente mezcla de estilo rococó, neoclásico e imperio– el Marqués le explicó brevemente lo que había pasado y, tras las disculpas de rigor –las dos intrusas pensaron al unísono que la marquesa era mucho menos “campechana” que su cónyuge, sin que ello disminuyera su afamado carisma y autoridad–, fueron acompañadas al comedor por el mayordomo, que acababa de dar las últimas instrucciones al personal del servicio apostado en el limítrofe pasillo –actual Pasillo de Dibujos, donde se exhiben ochenta reproducciones de la exterminada colección en materia del Marqués, entre los que destaca “Coche tapado y barato” de Goya y otras obras de artistas españoles, italianos y franceses–.

Aunque ellas se hubieran quedado a gusto en el anterior ambiente, tan suntuoso y femenino, en el que predominaban los relajantes tonos rosas, los serenos diseños florales, en las cortinas, guardamalletas y tapicerías, y los múltiples objetos ornamentales, tales como relojes, jarrones y candelabros de bronce, cristal y porcelana, se adentraron en esta nueva estancia para asistir en unos pocos minutos, en compañía de todos los demás, a la entrada triunfal de los anfitriones.

Sin embargo, el verdadero triunfo era el que representaba esa autoritaria sala.

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El suntuoso Comedor de Gala

Soberbia y sorprendente era la iluminación conseguida a través de unas pioneras ampollas de luz eléctrica que, combinadas con las clásicas y románticas velas de los candelabros, multiplicaban su “esplendorosa” presencia gracias a unos cuantos espejos que se alternaban entre los cortinajes con escudos heráldicos y los bodegones con uvas, sandías, calabazas, dulces y flores cuyo impresionante naturalismo parecía competir con el no menos impresionante realismo de los exóticos y abundantes manjares perfecta y simétricamente dispuestos sobre una larga mesa, vestida con una delicada vajilla en claroscuro azul de Talavera de la Reina, con una reluciente cubertería de plata y una delicada cristalería de Baccarat.

¡No se podía pedir más!

La pareja, sin embargo, no tuvo tiempo de recuperarse de su asombro ya que los responsables de todo ello acababan de hacer acto de presencia.

Los aplausos, los cumplidos y los gestos de aprobación de los asistentes, puede que sinceros, puede que impostados, se multiplicaron y los cónyuges, visiblemente satisfechos, sobre todo ella, les invitaron a sentirse como en su propia casa, recambiando con idéntica aparente sinceridad.

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Detalle de la vajilla

Dicho y hecho, después de un imperceptible y cómplice gesto del Marqués al mayordomo, los camareros empezaron a desfilar con el fresco champán, recién sacado de las neveras alojadas en la gran cocina ubicada dos plantas y medio más abajo. Como soldados perfectamente entrenados, al compás, en impecable sincronía, los criados depositaban las valiosas botellas entre los calculados espacios que se abrían sobre el mantel de lino entre los fruteros, las macerinas y las bandejas rebosantes de exóticas y dulces exquisiteces, mientras que el primer lacayo empujaba una práctica mesa camarera poblada de botellas dominada por una valiosa y exclusiva de Veuve-Clicquot 1811, la mejor añada, hasta entonces, en la prometedora historia de esa casa ya casi centenaria.

Se trataba, sin lugar a duda, del modo más ostentosamente acertado de estrenar oficialmente ese palacete de cuento de hadas que después de esa noche iba a dar mucho que hablar, marcando un antes y un después en el exclusivo firmamento de los inmuebles más impresionantes de la capital.

Fue entonces cuando el Marqués empuñó una de las espadas de samurai reunidas en la Sala Árabe, un sable del periodo Edo en acero, bronce, madera, piel de zapa, laca y textiles, y, con un golpe neto y preciso, cortó el cuello de la afamada botella, declarando oficialmente inaugurada su casa, animando a los invitados a levantar sus copas, ya rellenados por el eficaz servicio, para brindar y dar inicio a la lúdica, gastronómica y danzante celebración.

Tras un atronador, y envidioso, aplauso, los invitados, por fin, pudieron desatarse, a su manera, guardando las formas y reprimiendo los instintos, y se lanzaron delicadamente sobre las raras y exquisitas piezas de frutería y repostería que hasta aquel momento lucían, casi brillaban con luz propia, en la imperial mesa central.

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El Salón Billar con su legendaria mesa

Algunos caballeros, los que tenían menos hambre o los que más guardaban las apariencias, más aún si cabe, siguieron al Marqués hasta el limítrofe Salón Billar, cerrado al público hasta ese momento para permitir al personal de servicio de utilizar ese espacio como lugar de apoyo del comedor –en efecto, entre los divanes altos adosados a una de las oscuras paredes repletas de retratos de reyes, príncipes, damas y caballeros, tales como, entre los primeros, Luis XIV con coraza y Luis I, de sólo cinco años, con el cetro, había una angosta puerta que ocultaba una polea directamente comunicada con la gran cocina del sótano–. Todas las miradas masculinas se centraron así en la fabulosa e histórica mesa de billar central, apta para el juego francés de carambolas, en la que, según las explicaciones del marqués, se había entrenado el mismísimo rey Fernando VII. Poco a poco, la estancia se iba llenando también de esposas curiosas que ocupaban los cómodos canapés con reposapiés escamoteables y el anfitrión, haciendo una excepción a la rígida organización de la fiesta establecida por su mujer, según la cual antes había que entretenerse con los canapés y los bailes y, sólo después, con los juegos y las charlas, tras endosar un guante y extender la tiza en el cuero de la punta del taco, agarró éste y, doblándose con clase y elegancia encima de la banda corta,  golpeó con firmeza y precisión una bola blanca solitaria que, desplazándose suave y rápidamente por el tapiz verde fue a chocar contra las demás, reunidas en un triángulo central.

Como por arte de magia, o como fruto de una gran habilidad, las esferas empezaron a moverse en todas las direcciones, algunas rebotando contra las bandas, o entre sí, y otras introduciéndose en los bolsillos: esa peculiar danza dejó una vez más a todo el mundo sin palabras, provocando nuevamente los aplausos y los gestos de aprobación de todos los asistentes.

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El romántico Salón Chaflán

Tras la improvisada exhibición, la Marquesa tomó las riendas de la situación cogiendo el brazo de su marido y poniéndose a la cabeza del grupo de invitados para dirigirse hacia otra estancia dedicada al esparcimiento: el Salón Chaflán –ubicado en la confluencia de las calles de Ferraz y Ventura Rodríguez–.

Aliapiedi y su hija, al igual que todos los demás, se quedaron impresionadas. Las armoniosas y bucólicas pinturas del techo y las paredes, obra de Máximo Juderías, los relajantes y dominantes tonos turquesas, no sólo de las escenas pictóricas sino también de los elementos decorativos principales, tales como una campana china de bronce con esmalte cloisonné o una exótica pareja de jarrones orientales abalaustrados, eran sólo algunos de los magníficos detalles de esa sala de inspiración francesa con sillería de estilo regencia que invitaba al deporte favorito de las damas: la tertulia, según la definición formal y políticamente correcta de lo que, en la sustancia, no era otra cosa que el vulgar y apasionado cotilleo social.

Sin embargo, según los inflexibles planes de doña Inocencia, no había llegado todavía el momento de disfrutar de esa habitación espectacular desde la cual, a través de una puerta suntuosamente decorada, se divisaba el recargado despacho del Marqués; tocaba, por el contrario, cruzar un acceso gemelo a su izquierda que, cual esplendoroso arco de triunfo, iba a llevar a la noble comitiva a la primera de tres maravillosas estancias sucesivas.

Al cruzar ese acceso, los orgullosos anfitriones pudieron advertir tras ellos, sin verlos, los gestos, las muecas, las sensaciones y los pensamientos de todos los invitados: tres amplias galerías, distribuidas alrededor de un patio interior, repletas de cuadros y antigüedades fueron las que dejaron a la comitiva sin aliento, provocando un vuelco a sus corazones.

Los marqueses, visiblemente satisfechos, por una vez, más él que ella, al haber sido suya la idea de esa configuración arquitectónica que imitaba la de los palacios italianos, disfrutaron como nunca de su momento de apoteosis social y, discretamente, intercambiaron cómplices sonrisas.

Y cuando la gente acababa de recobrar el aliento, los exquisitos anfitriones les mostraron las piezas más valiosas de esa exclusiva y privilegiada exposición, acompañándoles hasta la última sala del atípico tour doméstico.

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La Galería Segunda, con la Piedad de Alonso Cano

Los invitados pudieron así disfrutar, acompañados por una dulce música de fondo, de una sublime “Piedad”, de Alonso Cano, que dominaba casi por completo la única pared disponible de la Galería Segunda, la del medio, decorada con muebles italianos inspirados en el barroco florentino.

Aliapiedi, sin embargo, centraba su nostálgica mirada en una delicada mesa de pino, ébano y marfil, que, como acababan de explicar los anfitriones, había sido artísticamente realizada en su amada ciudad de nacimiento, Milán, y en un grandioso óleo, situado justo enfrente, “Alegoría de la Muerte”, obra del ilustre milanés, Caravaggio, que, con su claroscuro tenebrista, intentaba sin éxito lanzar una sombra de inquietud sobre esa noche tan luminosa –a posteriori, sin embargo, esta pintura ha sido atribuida a Pietro Paolini–.

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El Despacho del Marqués

A continuación, accedieron al suntuoso Despacho del Marqués, que asomaba también a esa galería, en el que, entre los recuerdos carlistas y los innumerables objetos con valor más suntuario que práctico, destacaban, junto a la impresionante chimenea, un retrato de Maria de Medici, del taller de Van Dyck, y otro de Alessandro de Medici, del taller de Bronzino, y, desde allí, a través de un vano de comunicación presidido por un misterioso reloj, desembocaron en la más sobria Biblioteca, en la que Aliapiedi se sintió de verdad como en casa, rodeada de sellos, monedas y medallas, exhibidas en las vitrinas de la estancia, y sobre todo de millares de libros de todo género y tipo.

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El sueño de la Condesa Aliapiedi: la Biblioteca

Esos monumentos hechos de palabras, de historias, verdaderas o inventadas, de letras escritas a mano o impresas, eternamente recordadas, no eran sino vivos testigos de la profunda sensibilidad y cultura de don Enrique.

La Condesa, sin preocuparse de nada ni de nadie, raptada por el contenido literario de esa estancia, intentó con su mirada, y su memoria, retener el mayor número de títulos posibles, entre centenares de obras sobre historia, geografía, literatura, religión, derecho, política y, sobre todo, viajes, su auténtica pasión –de hecho, no descartaba en un futuro más o menos lejano, dedicarse a la redacción de un diario, o puede que más de uno, sobre sus viajes a algunas de las muchas ciudades y países que había visitado con su marido, cuando los niños aún no existían o eran todavía demasiado pequeños para esas intensas aventuras viajeras–.

Fue su hija la que en esta ocasión la devolvió a la realidad para que alcanzaran al resto del grupo, que ya estaba reunido en la Galería Primera, envuelto por los acordes, cada vez más cercanos, de una orquesta.

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La espectacular Galería Primera

En esta sala cobraban protagonismo los retratos de los antepasados y de los señores de la casa, los jarrones de porcelana con “Flores de Mayo”, los omnipresentes relojes y unas magníficas joyas guardadas en una vitrina central, que incluían cruces pectorales, gemelos y broches y que captaron por completo las deseosas miradas de la Condesa y Condesita.

La Galería Tercera era posiblemente la más curiosa de todas, con sus balcones abiertos desde los que podía disfrutarse de una vista panorámica del Gran Portal y de la Escalera de Honor.

Esa estancia albergaba un coqueto aseo de invitados con un curioso cubre bacín de madera y un lavabo de mármol y en ella, para variar, abundaban los bustos, los espejos y los cuadros.

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La curiosa Galería Tercera

Entre ellos destacaba un increíble, y enorme, lienzo en el que, en un papel pintado en la parte inferior del mismo, aparecía la firma de un tal “Domenikos Theotokopulos epoiei”.

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El aseo de invitados

Esa obra central de El Greco titulada “San Francisco en éxtasis” parecía haber sido colocada allí adrede por los marqueses para que sus huéspedes, al admirarla, rodeados de arte por todos los lados, probaran los mismos sentimientos del santo retratado.

Y, en efecto, ante dicha visión, Aliapiedi y su hija empezaron a sentirse diferentes, como si fueran victimas de una confusión progresiva, de un mareo incipiente, de una desorientación galopante. Puede que todo aquello fuera demasiado para ellas… Pero tenían que aguantar el tipo como fuera para alcanzar la última estancia, la que marcaba el gran final de la visita.

Así que, cogiéndose de la mano sin necesidad de hablarse ya que ambas sabían perfectamente lo que les estaba pasando, empujadas por una melodía in crescendo, por unas notas musicales a cada paso más cercanas e imperiosas, en la cola del grupo, llegaron casi temblando al grandioso Salón de Baile.

Una exclamación de estupor colectivo, como un coro improvisado, consiguió por un momento silenciar la música en vivo del cuarteto de cuerdas alojado en una tribuna superior. Era imposible no dejarse vislumbrar por esa sala, la más opulenta y brillante de todas, que parecía haber salido, o puede que no, de un cuento de hadas.

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El magnífico, espectacular e increíble Salón de Baile

La Condesa y su hija casi no se tenían en pie, incrédulas ante la belleza de esa estancia que, además, gozaba de una acústica sin igual.

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Espejos, bustos y arañas de cristal

Entre esas suntuosas paredes, revestidas con sedas y paneles de ágata, con gran profusión de estucos, mármoles y espejos venecianos que, reflejándose entre ellos, y reflejando los destellos dorados de las arañas de cristal, parecían multiplicarse al infinito, sentían que las fuerzas les abandonaban, que estaban a punto de ser mágicamente raptadas por unas emociones tan placenteras como inesperadas.

Ese Salón de Baile, que hacía palidecer los de los cuentos de la infancia, los de Blancanieves, la Bella y la Bestia o la Sirenita, con su embriagadora magnificencia estaba aniquilando su presencia, casi disolviendo su esencia.

Las dos invitadas, al límite de sus sensaciones, sujetándose la una en la otra, tuvieron que acomodarse en uno de los divanes tapizados con sedas de Lyon junto al autoritario busto de un posible filósofo griego, para tratar de recomponerse.

Aquello tampoco funcionó.

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El reloj misterioso, tocando con su saeta las doce horas…

De hecho, la presencia de los dioses y los personajes de la alta sociedad que bailaban sensualmente, casi eróticamente, por encima de sus cabezas, en la bóveda de la sala, y ante sus propios ojos, lanzándose en un desenfrenado y desinhibido galop, no hacían sino empeorar la situación.

No podían más, estaban desorientadas y con la vista, igual que la mente, nublada. Sólo pudieron ver, o les pareció ver, en lo alto de los cielos, en un Olimpo pintado por Juderías Caballero, al anfitrión de siempre, al magnífico Marqués de Cerralbo que, vestido con una levita roja, les estaba observando complacido.

Madre e hija, cada vez más confusas, se abrazaron con dulzura, maravillosamente satisfechas por la sorprendente aventura palaciega allí vivida, mientras que un evocador reloj misterioso, de infinita hermosura y dominado por una neoclásica escultura, iba tocando con su saeta las doce horas, finalizando una increíble historia de cenicientas de entonces, de cenicientas de ahora…

FIN

 

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Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Segunda parte]

[… Sigue]

Viernes, 9 de junio de 1893

El Conde y el Condesito de Aliapiedienfamilia ya se encontraban en el moderno barrio de Arguelles, repasando mentalmente la versión acordada para justificar su ausencia a la presentación de la residencia familiar capitalina del Marqués de Cerralbo, aristócrata de alto linaje emparentado con la Casa de Alba, la de Medinaceli y la de Osuna, Senador del Reino desde hace una década –de ahí la ubicación de su nueva morada, a unos pocos pasos, a piedi, del Senado– y, desde hace poco, representante de don Carlos de Borbón y Austria, pretendiente al trono de España.

Conforme iban avanzando hacia la casa de que tanto habían oído hablar en los exquisitos almuerzos del Restaurante Lhardy durante el decenal proceso de edificación, padre e hijo ya no estaban tan convencidos del buen éxito de su (innoble) expedición. Se bajaron de su carruaje a una prudencial distancia del hermoso palacio, obra de los afamados arquitectos Sureda, Cabello y Asó y Cabello Lapiedra, cuya arquitectura, con cuatro fachadas y otros tantos torreones, al estilo de los hôtels particuliers parisinos, imponía ya de por sí un cierto respeto, como si fuera una proyección, en piedra y ladrillo, de la autoridad y poderío de su blasonado propietario, y, de incógnito, decidieron recorrer caminando el perímetro exterior del edificio para admirarlo en su totalidad.

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La primera reja… ¡cerrada!

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La segunda cancela… ¡ abierta!

Mientras paseaban por la calle Juan Álvarez Mendizábal, pudieron divisar a través de una reja los setos cuidados de un jardín de diseño romántico en el que destacaba un evocador templete-mirador, haciendo esquina con la calle Ventura Rodríguez, y, un poco más adelante, se encontraron con otra cancela, abierta de par en par y sin (aparente) vigilancia, que parecía invitarles a descubrir la belleza clásica de ese espacio verde, poblado de bustos de emperadores romanos, protagonistas de un glorioso pasado, que se alternaban entre bancos a la espera de huéspedes afortunados, o de fisgones atrevidos.

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El templete-mirador

Y así fue como los varones de Aliapiedienfamilia, cautivados por la bucólica visión e inexplicablemente empujados por una irrefrenable curiosidad, decidieron ignorar por una vez las sagradas normas sociales, escritas o por escribir, y entraron por ese acceso, sin pedir permiso a nadie.

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El romántico jardín

Aquel lugar era a un auténtico paraíso, un oasis de paz urbano, dominado en el centro por un amplio espacio irregular –el actual Estanque, según la recreación de este ambiente realizada en el 1995– y embellecido por unas marmóreas esculturas, incluida la de un jabalí, en su mayoría de proveniencia italiana, por flores y plantas cuyas hojas y colores celebraban los últimos días de la primavera y por unos serpenteantes senderos que se perdían en la armonía de los clásicos elementos, naturales y materiales.

Ese jardín era una auténtica joya. Tal era su encanto que los dos intrusos, distraídos, no se percataron de que, desde el piso superior del hexagonal templete-mirador, entre las columnas y los bustos que lo decoraban, alguien les estaba observando…

Era don Antonio, el marquesito, el cual, con gran puntería, acababa de lanzar una bellota a la cabeza de su querido amigo, el condesito. Acto seguido, después de haber bajado rauda y silenciosamente desde ese privilegiado belvedere, se personó repentinamente ante los dos visitantes. Después del susto, los tres se saludaron calurosamente, como si hubieran pasado décadas desde su último encuentro cuando, en realidad, sólo habían transcurrido cuatro días desde que coincidieron en la fiesta organizada por el duque de Rivas en el Palacio de Viana.

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La actual Galería

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El Salón Rojo

Tras un agradable paseo por el jardín, se encaminaron hacia los aposentos del joven anfitrión, orientados hacia ese pintoresco espacio verde –un espacio que pocos años después, tras el fallecimiento de don Antonio, fue convertido en el ala de verano del edificio, con diferentes gabinetes y salones–, pero éste, antes de llevarlos ante la presencia de su padrastro, quiso revelar a los huéspedes los secretos del palacio.

Recorrieron así un largo pasillo por el que los criados circulaban sigilosamente –la actual Galería, cuyas paredes están decoradas con cuadros de temática religiosa y con un reloj despertador, del tipo lantern clock, que, con sus más de trescientos años, constituye el más antiguo de entre los setenta diferentes ejemplares de la casa-museo–, dejando atrás los cuartos de diario –ahora conocidos como “salones de colores”, en función del tono de las tapicerías y de los paramentos: el Salón Rojo, que era utilizado por el marqués como despacho, el Salón Amarillo, que servía como comedor de diario y también de gabinete de confianza, el único que presenta en la decoración de la pared el papel pintado original, y la Salita Rosa, recreada como gabinete de la señorita Amelia, hermana de don Antonio–.

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El Salón Amarillo

Bajaron después por una angosta escalera de servicio –a la que se accede desde el actual Pasillo, repleto de recuerdos carlistas del marqués, que conecta también con el austero dormitorio de este último durante su período de viudedad, así recreado a partir del inventario de la casa–, hasta llegar al semisótano, ubicado en la parte más baja del edificio, en términos geográficos, y también sociales, allá donde, sin embargo, se encontraba el verdadero alma de la casa, el epicentro de su vida cotidiana, el corazón de sus actividades diarias.

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El actual Pasillo

En esas estancias en penumbra, de techos bajos y decoración escueta, bajo la atenta mirada de un serio mayordomo y de una impasible ama de llaves, se movían con la gracia de una recurrente danza colectiva camareros uniformados, doncellas impecables y cocineras apresuradas: ese lugar era un verdadero hormiguero, animado por auténticos profesionales que, en el desempeño de sus funciones, se erguían como sólidos cimientos de esa catedral familiar, como imprescindibles pilares de esa vivienda tan espectacular.

Según avanzaba la inesperada y reveladora visita guiada, el conde y el condesito se sentían cada vez más incómodos, y no sólo por la visión de ese mundo subterráneo, de ese universo escondido y opaco que permitía el perpetuo brillo de las estrellas que vivían en el firmamento de las plantas superiores, sino también por la sincera confianza y amistad que les estaba brindando el joven marquesito, mostrándoles lo que normalmente no se podía, o no se quería, ver, en claro contraste con el engaño que ellos estaban a punto de perpetrar.

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Acceso al semi-sótano

Finalizaron el atípico tour recorriendo toda la planta a lo largo y a lo ancho, por fuera y por dentro, con sus cocinas, despensas, guadarneses, cocheras y cuadras –estancias todas ellas desaparecidas en la actualidad y ocupadas por los aseos, los almacenes, los vestuarios del personal y el Aula Didáctica, en el que los fines de semana tienen lugar interesantes y originales talleres familiares– y después se dirigieron hacia el Gran Portal subiendo por una escalera diferente a la anterior.

Una vez allí, los visitantes se quedaron sin palabras…

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El Gran Portal

Ese espacio no era un simple acceso a las plantas superiores, un medio para llegar al nivel del entresuelo y, más arriba, al piso principal. Se trataba de una esplendorosa carta de presentación de un viaje in crescendo hacia la poderosa opulencia, hacia el lujo más desenfrenado, hacia un mundo privilegiado que estaban a punto de emprender.

Padre e hijo ya se estaban imaginando el futuro asombro de su esposa y hermana, respectivamente, con ocasión del venidero evento pero, por el momento, tenían que centrar todos sus pensamientos en su (mezquina) misión, sin permitir que el esplendor y la suntuosidad que les rodeaba les distrajera de su (vil) propósito.

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El primer tramo de la Escalera de Honor

Así que, siguiendo a Don Antonio, subieron el primer tramo de la escenográfica e impresionante Escalera de Honor, con balaustrada y peldaños de mármol, y, a través de un descansillo, accedieron a la parte de la vivienda utilizada a diario por los Marqueses de Cerralbo –futuro ala de invierno del palacio–.

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El Recibimiento

Allí, en el Recibimiento, el joven anfitrión se despidió de ellos con tanto afecto y calor que, una vez más, sus conciencias se tambalearon. Y como si todo ello no fuera suficiente, un gran espejo, un tremó, que dominaba esa sobria sala, les asestó el golpe (casi) definitivo, al permitirles contemplar las imágenes de un padre y un hijo cómplices de una inminente mentira a la cara de un querido amigo.

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“Virgen con el Niño” de Van Dyck

Por mucho que los dos mejoraran su aspecto formal, arreglándose el pelo y retocando los pliegues de sus atuendos, nada de eso podía remediar en lo mínimo la sustancia de su alma. Para más inri, ambos creyeron advertir la presencia de una delicada “Virgen con el Niño” que, desde la limítrofe Capilla, con su mirada levantada hacia el cielo, parecía reprocharles su innoble comportamiento –la obra, recientemente atribuida a Van Dyck, estuvo expuesta en este espacio durante los dos primeros meses de este año–.

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El opaco Salón “de Confianza” (¡!)

Sin embargo, no tuvieron tiempo de averiguar si esa figura tan evocadora había sido fruto de un espejismo provocado por la progresiva frustración puesto que en ese preciso instante el marqués había hecho acto de presencia en la estancia desde el contiguo Salón de Confianza.

Con una sonrisa en los labios y un fuerte apretón de manos, el marqués invitó a sus amigos a acomodarse con él en ese salón de recibir de diario, destinado, como su propio nombre indica, a las visitas íntimas e informales.

Nuevamente, padre e hijo se sintieron avergonzados consigo mismos ante la “confianza” que les estaba brindando el padrastro de don Antonio, y, una vez más, fue un espejo, un coqueto psiqué de estilo Dresde o Sajonia, el encargado de revelarles, cristalina y silenciosamente, que no eran los más hermosos, ni por fuera y ni por dentro, del Reino de España, sino más bien todo lo contrario. Asaltados por la opacidad, casi oscuridad, de una situación en la que la única nota de color la ponía una espectacular lámpara de cristal, de clara proveniencia veneciana.

Los tres hombres se sentaron en la mesa central y, mientras esperaban que les sirvieran el té, empezaron a hablar animadamente de todo un poco, comentando los últimos acontecimientos políticos y también deportivos, acompañados por los acordes de fondo de “Le lac de Côme” de Galos, una pieza de nostálgicas y dulces reminiscencias italianas que a menudo tocaba Aliapiedi en su casa, ejecutada para la ocasión por la Marquesa de Villa-Huerta en el Cuarto del Mirador –así llamado por el balcón volado, cubierto integralmente de hierro y cristal, que da a la calle Ferraz, justo encima de la antigua entrada de servicio, rebautizado posteriormente como Salón de Música, en la que en la actualidad se pueden apreciar, más allá del magnífico piano, de la marmórea chimenea, del gran espejo de felpa o del escritorio de dama, unas llamativas cortinas de Aubusson, las únicas en tonos azules de todo el palacio, y, en una pared, una puerta, aún visible, que, a través de un pasillo, llevaba a un aseo y a las alcobas privadas de los dos hermanos, doña Amelia y don Antonio–.

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El actual Salón de Música

La conversación era fluida y amena y mientras los minutos, más bien las horas, pasaban con una rapidez inusual, tal y como puntualmente recordaban los relojes del marqués, padre e hijo casi estaban olvidando el motivo de su visita. Fue mientras comentaban los resultados de las recientes carreras en el Hipódromo de la Castellana cuando los visitantes, al unísono, se acordaron de las de Longchamps, candidatas el día anterior entre las tres mejores excusas para no comparecer en el que se perfilaba como el gran acontecimiento social del año. En ese momento ambos palidecieron tanto que, en comparación, el blanco roto de las sublimes jarras y jarrones de porcelana de Meissen que les rodeaba parecía haberse convertido en gris oscuro.

Don Enrique, percatándose enseguida de ese repentino cambio en la pigmentación de sus invitados, ordenó inmediatamente a sus criados que trajeran agua y unos cuantos terrones de azúcar, pero, por mucho que el conde y el condesito se hidrataran e ingirieran esa cantidad de glucosa, nada ni nadie podía mitigar ese blancor, ni aliviar los escalofríos que recorrían sus cuerpos y sus almas: el peso de la mentira venidera les estaba aplastando con todas sus fuerzas…

Fue el padre quien, tras recuperar mínimamente la compostura, hizo acopio de todo su valor y expuso sin rodeos ni tapujos el verdadero (falso, en realidad) motivo de su visita, disculpándose a renglón seguido por tamaña mezquindad y deslealtad. El marqués se quedó sin palabras: durante unos eternos segundos pareció ausente, ensimismado en sus pensamientos, mientras que la misma melodía que antes resonaba suavemente entre las augustas paredes del palacio, ahora callaba tristemente…

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El piano de doña Inocencia

El trío, reunido en ese irónico salón, dedicado a una confianza a punto de desaparecer entre ellos para siempre, permaneció unos momentos más en silencio, sin moverse, como si fuera un grupo escultórico, uno más de los que decoraban la casa por doquier, petrificado por el hechizo de una Medusa imaginaria, o no tan imaginaria ya que la mencionada gorgona dominaba las corazas de los bustos masculinos esparcidos por el palacio, hasta que fue interrumpido en su estática y plástica posición por la llegada de la marquesa, doña Inocencia.

La mujer, con su presencia, reanimó como por arte de magia a los nobles personajes y, tras disculparse por no haberles saludado antes alegando que estaba concentrada en sus estudios musicales entre las coquetas paredes con cenefa floral del boudoir, les comunicó que, muy a su pesar, no podía entretenerse con ellos ya que había sido invitada por doña María del Rosario Falcó y Osorio, Condesa de Siruela, a una velada literaria femenina acompañada de un tentempié en el cercano Palacio de Liria.

Tras la fugaz aparición, el aplastante silencio volvió a apoderarse de la estancia durante un brevísimo espacio de tiempo que, a los invitados, abatidos por la traición que acababan de cometer, les pareció eterno…

Fue el marqués quien rompió el hielo estallando en una inesperada carcajada. Perplejos, el conde y el condesito intercambiaron sus   miradas sin entender nada hasta que el anfitrión, con su característica franqueza y nobleza, les reveló lo que le estaba pasando por la cabeza en ese preciso instante: ¡envidia!, ¡sana, profunda y sincera envidia!

Les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, podían escabullirse de ese acto social; les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, no iban a ser el centro de todas las miradas; les envidiaba porque ellos, a diferencia de él, no tenían que ser los protagonistas de una noche de gala que tanto emocionaba a las mujeres de su casa cuanto les aburría a su hijastro y a él.

El conde y su hijo no podían creerlo: en esa familia, tan distinguida y blasonada, pasaba lo mismo que en la propia.

Fueron entonces ellos los que, desatados, empezaron a reírse de sí mismos, de la situación, tan absurda como reveladora, y, en general, de esa forma de vida, privilegiada pero encorsetada a la vez.

Don Enrique, entonces, con su espléndido talante y su nobleza innata, les invitó a celebrar juntos, esa misma noche, en su recién estrenada morada, el valor de la verdad y el honor de la amistad.

Dicho y hecho, los sirvientes ya estaban añadiendo dos cubiertos en el anexo Salón Comedor para satisfacer los deseos de su señor y, media hora después, los cuatro, incluido el marquesito que, encantado, se había unido a la alegre compañía, se encontraban sentados en la hermosa mesa central, perfectamente vestida, arropados por las cálidas paredes de esa estancia, decorada con sendos bodegones y besada por los cálidos rayos del sol al atardecer.

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El cálido y acogedor Salón Comedor

Y entre risas, bromas y guiños, entre plato y plato, copa y copa, taza y taza, las del consommé y las del café de la sobremesa, servido en el diván de comodidad, los dos amigos y los dos amiguitos disfrutaron como nunca de los placeres de la vida, de la vida verdadera, de la vida más espontánea y más sincera.

[Continuará… ]

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Casa-Museo Cerralbo: ¡La fiesta del año! [Primera parte]

CERRALBO - invitacion

Jueves, 8 de junio de 1893

¡Por fin!

¡Por fin había llegado la invitación!

¡Por fin los de Aliapiedienfamilia irían a palacio!

Aliapiedi y la pequeña de la casa, las más expresivas de la familia, intentaban mantener la compostura pero, incapaces de contener la emoción, empezaron a pegar saltos de alegría, exaltadas por la recepción de la misiva, irrefutable prueba de un secreto a voces que corría desde hace semanas en los círculos más selectos de la capital.

Como de costumbre, los otros dos miembros de la familia, más pausados, no podían evitar contemplar perplejos, más bien resignados, esa inexplicable muestra de entusiasmo, casi euforia, típicamente femenino; para ellos, ese augusto tarjetón, escrito de puño y letra por el marqués con una de sus sublimes plumas, representaba un aburrido plan familiar, a la par de cualquier otro acto social de una comedia de fin de siglo centrada en la ostentación universal.

En efecto, ni el Conde, ni el Condesito de Aliapiedienfamilia compartían ese afán de opulento protagonismo: ellos eran nobles, nobles de verdad, nobles en la forma y nobles en el fondo, y lo que menos les gustaba era actuar, o sobreactuar, forzando sonrisas, besando delicadas manos, más bien guantes de seda o terciopelo, o pronunciando falsos cumplidos mientras se relacionaban con la crème de la crème de la capital. Esa fecha, el 15 de junio de 1893, se había convertido en una auténtica pesadilla, por lo que tenían que encontrar la manera de escurrir el bulto elegantemente sin que nadie se percatara o, peor aún, se ofendiera.

Y así, mientras que la condesa y la condesita se centraban en asuntos de vital importancia para esa cita tan ansiada –la vestimenta, el peinado y las joyas que iban a llevar–, ellos empezaron a barajar todas las posibles excusas para disculpar su ausencia –una cacería en Extremadura, las parisinas carreras de Longchamps o una reunión extraordinaria en el londinense Hurlingham Club–.

Cualquiera fuera el pretexto elegido, más o menos razonable, más o menos creíble, el conde y su vástago eran conscientes de que las normas básicas de educación exigían disculparse en persona con don Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII Marqués de Cerralbo, su esposa de edad ya avanzada, doña Inocencia Serrano y Cerver, viuda y madre de un querido amigo del marqués, y los dos hijos que esta última había aportado de su primer matrimonio, don Antonio y doña Amelia del Valle y Serrano, Marqueses de Villa-Huerta, de modo que, una vez convenido que el imprevisto más oportuno era el compromiso londinense, el conde, ante la resignada mirada de su mujer y su hija, decidió enviar inmediatamente un mensajero a la flamante demora de los marqueses para anunciarles su intención de visitarles al día siguiente, a fin de comunicarles la tan inminente cuan ficticia partida hacia las tierras inglesas. [Continuará… ]

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La invitación y el menú de gala: la ilusión de Aliapiedi y su hija

 

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