Disneyland París: En el nombre del abu (Primer día – Disneyland Park)

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¡Ya está! Ecco qua! Et voilà!

Por fin ha llegado el día tan esperado, el día tan deseado.

Familiarizados con los chequeos de seguridad, y con la cola más rápida para los que no llevan bolsas o mochilas, orientándonos a la perfección gracias a la fructífera expedición del día anterior, con un placentero nerviosismo en el cuerpo, nos acercamos rápidamente a los tornos de acceso al “Parque Disneyland”, donde unos empleados disfrazados de doncellas y escuderos, o eso me parece, nos esperan para validar nuestras entradas deslizándolas por el correspondiente lector de códigos de barras –no puedes imaginarte, querido abu, cuanto miedo tenía de que nuestra aventura familiar finalizara allí mismo, sin ni siquiera haber empezado, por cualquier fallo técnico, error humano o imprevisto del destino– y, uno tras otro, todos conseguimos superar sin problemas esa muralla de control levantada entre nosotros y la diversión.

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Mapa del “Parque Disneyland”

Tras recoger unos cuantos mapas del lúdico conjunto, pasamos bajo la estación principal del “Disneyland Railroad”, el panorámico tren de vapor que recorre todo el perímetro del parque, y, como si hubiéramos cruzado un espejo mágico, nos trasladamos a un nuevo escenario, el del ambiente victoriano de “Main Street U.S.A.”.

Nos encontramos en “Town Square”, en la plaza de una pequeña ciudad estadounidense de principios del siglo XX, dominada por un hermoso templete central y por el “City Hall”, el Centro de Información para Visitantes. Desde unos vistosos coches de caballos, los de “Main Street Vehicles”, unos individuos nos dan la bienvenida tocando sus bocinas mientras observamos unos caballos, estos sí de carne y hueso, que tiran un tranvía, el “Horse-Drawn Streetcars”, similar a los que recorren las calles de la amada ciudad de nacimiento de mi madre, Milán.

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A piedi, en familia, por las calles de “Main Street U.S.A.”

Como de costumbre, las más expresivas somos las mujeres y mi primito que, eufórico, metido de lleno en el papel, no deja de pegar saltos de alegría, de gritar y de correr por todos los rincones del pintoresco municipio, aún a riesgo de perderse. Mientras recorremos la concurrida calle principal, flanqueada por tiendas, galerías, terrazas, bares-saloon y hasta una barbería de época, la “Dapper Dan’s Hair Cuts”, me divierto observando a mi tía, que no para de sonreír, a mi madre, que no para de hablar, y, sobre todo, a mi nona, que nunca antes ha estado en un parque temático y que no para de repetir, como si fuera la rima de una poesía o el estribillo de una canción: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!».

Por el contrario, los hombres, conforme a su papel, fingen indiferencia, con la fugaz excepción de mi padre que esboza una tierna sonrisa frente al escaparate de un local centenario, “Lilly’s Boutique”, cuyo nombre le trae a la mente el cariñoso apodo con que me llama frecuentemente, requiriéndome de inmediato para una necesaria foto. Pero nada más llegar a la “Central Plaza”, justo enfrente del emblemático castillo, todas las varoniles resistencias se vienen abajo, cayendo como torres de arena arrastradas por una ola.

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El emblemático castillo

El edificio, con sus altas espirales, sus torres adornadas, sus azoteas majestuosas y sus vidrieras de colores, es sencillamente bello, como sólo en los sueños, o en ese parque, puede serlo, y los adultos, todos, después de haber empuñado sus smartphones y cámaras digitales, empiezan a “disparar” fotos en todas las direcciones para un nutrido reportaje familiar. Yo, sintiéndome una vez más como en mi propia casa, poso encantada delante del icónico edificio con mi corona, sola, con mi hermano, con mi primo, con mis tíos, con mis padres y con mi nona…

Después de un centenar de instantáneas, más o menos estáticas, más o menos conseguidas, por fin nos adentramos en la regia construcción: desfilamos ante sus curiosos árboles cuadrados, cruzamos el puente sobre el lago con cascada incorporada que abraza sus cimientos, pasamos por debajo de su majestuoso portal y recorremos su sorprendente planta baja hasta que alcanzamos el corazón del reino de la fantasía:

¡“Fantasyland”!

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Panorámica del fantasioso reino de la fantasía: “Fantasyland”

Lo que aparece ante nuestros ojos es indescriptible; rodeados de decenas de atracciones y presa de una sinfonía de colores, sonidos y olores, probamos unas sensaciones y emociones nunca antes vividas. Esta vez es mi hermano el que abandona su pose de “niño mayor”, esa que acentúa en presencia de mi primo y mía, e, incapaz de seguir disimulando sus sentimientos, explota en unas sonoras risas que, poco a poco, contagian los ánimos de todos, incluidos mi padre y mi tío que, víctimas de la euforia colectiva, empiezan a chincharse, picarse y gastarse bromas como si fueran dos adolescentes de verdad. Pero, a pesar de la alegría, tenemos que tomar una decisión muy seria: elegir entre tanta abundancia.

Todos queremos montarnos en todo y nadie quiere renunciar a nada: es imposible seleccionar, es imposible descartar. Así que, después de haber consultado repetida e inútilmente el mapa del parque en busca de un válido criterio a adoptar, tras un largo e intenso debate familiar, decidimos optar por el de la menor edad, en consonancia con el fantástico mundo al revés en el que nos encontramos, en el que los mayores reviven su infancia y los pequeños juegan a ser adultos; en consecuencia, será el más joven el que tome las riendas de la situación.

En esta tesitura, mi primo, ni corto ni perezoso, dicta sentencia gritando al cielo el nombre que tiene en su cabeza desde el principio: ¡Peter Pan!

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“Peter Pan’s Flight”

Dicho (¡o gritado!) y hecho, ya estamos todos a bordo de un galeón mágico que, en lugar de deslizarse por el mar, sobrevuela entre las estrellas los techos londinenses, en un nocturno iluminado sobre el Támesis, el Big Ben y el Tower Bridge. Así, en compañía de Campanilla y meneados por los pensamientos positivos, alcanzamos el País de Nunca Jamás, con sus cimas volcánicas y sus resplandecientes cataratas, entre niños perdidos, sirenas y piratas, y, después de asistir a un intrépido duelo entre el Capitán Garfio y el victorioso Peter Pan, retornamos a la realidad londinense, y a la vez parisina.

Entre confundidos y desorientados aterrizamos de este “Peter Pan’s Flight”; mi primo, ansioso y desesperado, no para de preguntar si el que había volado a su lado era de verdad su personaje favorito, mientras que mi nona, como un disco rayado, no para de repetir esa constante tríada exclamativa: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» –no sabría decirte, querido abu, quién de los dos estaba más impresionado, si el pequeño que, por su tierna edad, aún no distinguía claramente la realidad de la ficción, o su abuela que, en ese peculiar recorrido, había experimentado una placentera conversión, de sabia nona a despreocupada niña, como yo o, como tú dirías, en eterna “nena”, alegre y serena…–.

Pero las sorpresas, y la magia, no acaban aquí…

Pinocho, Blancanieves y Dumbo nos esperan. Montados en coches de madera, carros mineros o elefantes voladores, “Les Voyages de Pinocchio”, “Blanche-Neige et les Sept Nains” y “Dumbo, the Flying Elephant”, nos trasladan a otros mundos entre hadas madrinas, brujas malvadas y ratones generosos, cruzando bosques obscuros, casitas de muñecas y circos de renombre.

Es un continuo viaje de ida y vuelta entre la mentira y la verdad, un infinito “Carrousel alrededor de la fantasía y la realidad, como el esculpido a mano, de Lancelot” que, con sus nobles corceles danzantes, domina simbólicamente el centro de esta tierra. 

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“Le Carrousel de Lancelot”

Y como si todos estos giros de diversión no bastaran para desorientarnos hasta marearnos, literalmente, las cuatro mujeres, o mujercitas, de la familia decidimos adentrarnos en un país de las maravillas, paralelo al que nos encontramos, el del “Alice’s Curious Labyrinth”.

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“Alice’s Curious Labyrinth”

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¡Una laberíntica duda amlética!

Y así, a gusto y adrede, perdemos nuevamente el norte, moviéndonos en todas las direcciones, siguiendo engañosas y contradictorias indicaciones, entre setos cuidados y puertas de diferentes dimensiones, esquivando animales alocados y soldados de papel enfurecidos, subiendo y bajando, deambulando en círculo, en cuadrado y en rombo, dando tumbos sin descanso hasta el (ya no tan deseado) destino final, es decir, la salida del curioso laberinto.

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El rechoncho castillos de dos atípicas “Rapunzelas”

Pero alguien por el camino se ha perdido de verdad, o quizás de mentira, ya que en el recuento familiar faltan dos personas. Sin embargo, la momentánea angustia desaparece de inmediato cuando los “supervivientes” divisamos en lo alto de la torre de un castillo muy rechoncho, las figuras esplendidas y esplendorosas de las desaparecidas, mi tía y mi madre, que, cuales divertidas “Rapunzelas”, se tiran fotos mutuamente desde las alturas, ajenas a todo, y a todos, hasta que advierten la presencia de sus maridos en la lejanía que, con aspavientos, parecen cantarles, no dulces serenatas, sino las cuarenta, las cincuenta y hasta las sesenta; pero ellas se muestran indiferentes y, ante las divertidas miradas del resto de la compañía, siguen despreocupadas en las alturas, reinas por un día, reinas por sorpresa o reinas de corazones, disfrutando a lo grande del momento de geográfica supremacía ¡y de dúplice monarquía!

Una vez finalizada la regia tarea fotográfica, las dos deciden regresar con nosotros, comunes mortales, y, aparcados los reproches, decidimos emprender camino hacia la tierra de la aventura y de los exploradores: “Adventureland”.

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La exótica ciudad de Agrabah

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El enfurecido Jafar

Tras atravesar un pasaje encantado, llegamos a un exótico territorio, una bulliciosa alcazaba con un bazar muy concurrido: es Agrabah, la ciudad de Aladino. Aquí, sin embargo, no hay ni rastro de lámparas, ni de genios, ni de alfombras voladoras, pero sí de un enfurecido Jafar con su bastón mágico en forma de cobra que intenta hipnotizarnos.

Nos ponemos a correr y, sin saber bien cómo, acabamos en un lugar aún más peligroso…

Rodeados por una densa vegetación, divisamos a lo lejos, entre esbeltas palmeras y árboles seculares, el mástil de un velero abandonado a su destino que, anclado a una enorme roca-calavera, tiene todo el aspecto de albergar fantasmas del pasado:

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Un velero abandonado y…

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…la roca-calavera de “La Plage des Pirates”

¡Estamos al borde de unas aguas muy peligrosas, de “Pirates’ Beach“, infectadas de bucaneros despiadados!

A pesar de la inquietante perspectiva, decidimos embarcarnos en un navío con rumbo a un horizonte muy oscuro, convencidos de que es mejor enfrentarse a lo desconocido que a la legendaria hipnosis del malvado visir-brujo que acabamos de dejar atrás, y con el ruido de fondo de espadas forcejeando con violencia, de bucaneros gritando maldiciones y de cautivos suplicando por su liberación, nos precipitamos literalmente en la profundidad de los abismos, entre fuegos, luchas y explosiones…

¡Es el infierno al estado puro!

Afortunadamente logramos escapar de ese panorama dantesco, sanos y salvos, sin un rasguño, tan sólo mojados por algunas gotitas de sudor, o quizás de agua, llenos de orgullo por haber superado la rocambolesca prueba de los “Pirates of the Caribbean”.

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“Pirates of the Caribbean”

Entusiasmada por el recién adquirido título de capitana experimentada, la nona sigue repitiendo con vigor su lema de batalla –«¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!»–, hasta que es bruscamente interrumpida por unos auténticos piratas que nos esperan a la salida de esta fortaleza  asediada, intimidándonos con sus miradas inquisidoras y rodeándonos con sus instrumentos de tortura… ¡musical! –en realidad, querido abu, sus violines, tambores, guitarras y acordeones emitían unas melodías muy placenteras y sus canciones, de batalla o de botellas, eran tan contagiosas que uno tras otro nos unimos a la alegre compañía de los pícaros bribones, salvo “los duros” de la familia, impacientes por llegar a una atracción que recordaban de su primera experiencia “disneylandiana”, veinte años atrás: “Indiana Jones et le Temple du Péril”–.

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Unos cantos de batalla… ¡o de botellas!

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“La Cabane des Robinson”

Después del concierto, desfilamos al lado de una curiosa casa-árbol rodeada por cuerdas, puentes colgantes y pasarelas, “La Cabane des Robinson”, y unos pocos metros más allá, entre la densa maleza, avistamos la cima de un templo maldito, puede que maya puede que azteca, del que provienen unos gritos desesperados.

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“Indiana Jones et le Temple du Péril”

La histórica construcción, en efecto, oculta en su interior una increíble montaña rusa, de curvas cerradas, descensos verticales y paradas muy bruscas.

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Unas misteriosas y montañosas ruinas

A pesar de su secular afán por adentrarse en todo lugar evocador y perteneciente al pasado, esta vez, por extraño que parezca, mi madre decide omitir la visita, quedándose a los pies de las misteriosas y montañosas ruinas con los más pequeños de la familia, es decir, mi primo, la “nona-nena” y yo, mientras que mi padre, mi hermano y mis tíos se montan en el primer carro disponible para, instantes después, desaparecer en la oscuridad, empujados por fuerzas espantosas, engullidos por túneles sinuosos, atrapados en espirales de serpientes de roca y giros sin control –como bien puedes suponer, abu querido, los “cuatro fantásticos” salieron de la intensa y arqueológica expedición entre exaltados y mareados–.

Después de tantas emociones, llega la hora del “reposo de los guerreros”, y también de reponer fuerzas, para afrontar con ánimo y vigor la conquista de los dos territorios del lúdico conjunto que nos quedan por explorar.

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“Discoveryland”

El primero de ellos es “Discoveryland”, la única tierra que recuerda mi madre de sus escapadas al entonces denominado Eurodisney con sus amigos universitarios durante su estancia “Erasmus” en la Facultad de Derecho “René Descartes”, en París, hace ya más de veinte años. Nos habla con nostalgia de una legendaria y, por entonces, recién estrenada montaña rusa, “Space Mountain – De la Terre à la Lune”, dedicada a Julio Verne, uno de sus autores preferidos, y aprovecha para relatarnos la historia del homónimo y pionero libro dedicado a las aventuras de tres alocados héroes empecinados en ser disparados a través de un enorme cañón para alcanzar el popular satélite a bordo de un portentoso misil-proyectil. Y, como por arte de magia, al finalizar su relato, se materializa ante nosotros esa increíble obra de ingeniería que, con su aspecto vintage, de formas redondeadas y colores matizados, parece de otra época, y que nos traslada a un mundo fantástico poblado por audaces soñadores y viajeros atrevidos, como los que ahora emulan, y hasta superan, los límites del originario viaje “de la tierra a la luna” en la rebautizada, y renovada, “Space Mountain-Mission 2”.

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“Space Mountain – De la Terre à la Lune”

Con respeto, casi con temor, grandes y pequeños observamos el impresionante tren cápsula, listo para catapultar hacia el cielo a una velocidad supersónica, tras una escalofriante cuenta atrás, a los temblorosos astronautas, cuyos rostros aterrados divisamos por unos pocos segundos a través de una ventana lateral, antes de su cierre definitivo.

Observando pensativa la monstruosa atracción e incrédula de su valor de antaño, mi madre se esfuerza sin éxito en disuadir a mi hermano, mi padre y mis tíos de su propósito de acometer la sensacional empresa espacial. Sin embargo, ellos se mantienen firmes, deseosos como están de alcanzar el firmamento y, a ser posible, regresar a la tierra de una pieza, demostrándose a si mismos y a todo el mundo su valor. Frente a su incomprensible, casi insana, decisión, a los demás no nos queda otra que despedirles calurosamente, como si fueran a salvar nuestro planeta de un pavoroso “armageddon”, antes de ver como desaparecen entre las nebulosas, los meteoritos y las estrellas…

Afortunadamente, después de una larga y sufrida espera, vuelven a aparecer todos de una pieza, tambaleantes pero satisfechos por haber superado sus miedos y, sobre todo, incapaces de confesar si habían disfrutado o sufrido con la alucinante aventura a una velocidad vertiginosa.

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La mejor atracción del día: “Autopia”

Llegados a este punto, todos coincidimos en que es mejor relajarse conduciendo unos tranquilos coches del futuro, ¡de los años cincuenta del siglo anterior!

Por parejas, a bordo de estos furiosos bólidos que parecen absurdamente salidos del pasado de la película “Regreso al futuro”, yo, con papá de copiloto, tomo las riendas o, para ser más exactos, el volante de la situación y me dispongo a pisar a fondo el acelerador, respetando, eso sí, el límite de los 180 ¡decámetros por hora! Me lanzo a toda velocidad por el colorido recorrido a través de densos bosques, parques nacionales y jardines pintorescos, acelerando, frenando, girando a derecha e izquierda hasta detenerme ante un autoritario semáforo en rojo que intenta lidiar con el intenso tráfico viario.

¡Qué viaje tan maravilloso! ¡Qué viaje tan extraordinario! ¡Qué viaje tan hermoso! ¡Por fin mi utopía de conducir un coche antes de llegar a la mayoría de edad, y sin carnet, se ha hecho realidad!

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“Buzz Lightyear Laser Blast”

Entusiasmados, los pequeños dejamos atrás esta “Autopia”, que hemos elegido como la mejor atracción del día, y, siguiendo los consejos de los grandes, renunciando al deseado bis, nos animamos a probar una nueva, y cercana, atracción en la que el tiempo de espera es (un poco) inferior: “Buzz Lightyear Laser Blast”, una guerra láser en la que mi primito quiere participar a toda costa, ya que está inspirada en su personaje preferido de “Toy Story”. Me uno entonces a los varones, camino de batalla, mientras que la nona, mi tía y mi madre deciden quedarse fuera de(l) combate, aprovechando para emplear el tiempo en sus respectivas tareas favoritas: buscar regalos para la familia, comprar víveres para la merienda y consultar tranquilamente sus mapas y guías, a la espera de la inminente exhibición en el “Discoveryland Theatre”.

Pero aquí, en el parque, las sorpresas no se acaban nunca…

A los pocos segundos de sentarse en un banco cerca de la entrada del teatro, mi madre es inexplicablemente abordada por un joven encantador, armado con escoba y recogedor y, por ende, con aspecto de encargado de la limpieza, que, ni corto ni perezoso, le pregunta el porqué de su aire tan pensativo, sin reparar en que es el resultado de una improvisada, y mal disimulada, siesta. Extrañada por la inesperada pregunta y tratando de recuperar la compostura, mamá le explica que estaba soñando con los ojos abiertos en ese (breve) momento de soledad… Sin reparar mucho en la respuesta, sonriente y silencioso, sin prisa pero sin pausa, el curioso barrendero prosigue con su tarea: moja la fregona-escoba en el cubo-recogedor, la desliza por el suelo y acto seguido comienza a barrer con arte y maestría, trazando dos círculos por aquí, media circunferencia por allá, una elipse por acullá… Mi madre asiste, primero distraída y después ensimismada hasta que repara en la increíble estampa dibujada a sus pies: ¡La sonriente cara de Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

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¡Mickey Mouse ai piedi de Aliapiedi!

Cuando los demás nos reunimos allí, en el punto de encuentro establecido, cada uno de vuelta de su misión, el artista ya se ha esfumado, pero su dibujo, que parece animado, hecho realidad gracias a su destreza y a la mezcla de agua mágica y polvo de estrellas contenida en su supuesto cubo-recogedor, sigue reluciendo en el suelo en la enésima, y apreciada, muestra de confusión entre la fantasía y la realidad.

No podemos evitar tomar unas cuantas instantáneas de la atípica obra de arte antes de acceder al adyacente teatro-cueva, donde gracias a la “Jedi Training Academy” aprenderemos a luchar con espadas láser y a tomar el control de nuestra Fuerza poderosa.

Tras la instructiva clase, confiados, nos atrevemos a embarcarnos en un curioso submarino, cuya forma exterior recuerda la de un peligroso aligátor.

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“Les mystères du Nautilus”

Se trata, nada más y nada menos, del famoso Nautilus verniano, listo para zarpar camino de las veinte mil leguas bajo el mar, o bajo un disneylandiano lago artificial. Deambulando por sus corredores, sólo rotos en su oscuridad por unos singulares ojos de buey “con sorpresa”, bajamos a la sala de máquinas, en plena y electrizante actividad, y sorteando tentaculares apariciones, curiosas invenciones y cabezas de tres, o a lo mejor cuatro, dimensiones, viajamos en compañía del Capitán Nemo entre la Atlántida y la Polinesia hasta alcanzar finalmente la superficie y la tierra firme.

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“Frontierland”

Una vez descubiertos “Les mystères du Nautilus”, nos aguarda nuestro último destino, el que llevo esperando todo el día, ya que me lo han aconsejado repetidamente mis amigas del colegio. No es un castillo, ni un palacio real, ni tampoco una casa señorial, sino más bien una mansión, una mansión encantada, una mansión embrujada, ubicada en una lejana tierra de frontera, “Frontierland”, en el límite extremo de un Oeste muy Lejano.

Tras bordear un extenso lago dominado por un sinuoso cañón en el que se esconde, como engullida por la tierra, la espeluznante mina del pueblo fantasma de Thunder Mesa, la “Big Thunder Mountain”, vemos por fin aparecer la silueta de una inquietante casa de tonos grises, enrocada en la cima de una colina solitaria, que a los “pequeños” nos recuerda la extravagante demora de la “Familia Monster” y a los mayores el todavía más escalofriante motel de la hitchkockiana “Psicosis”.

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“Big Thunder Mountain”

De un modo u otro, a ninguno nos parece que su aspecto exterior prometa nada bueno y, menos aún, algo (o alguien) encantador.

A pesar de ello, insisto tozudamente en entrar, y no sólo para poder contar a mis compañeras que he estado allí, sino también para demostrar que no soy tan miedosa como todo el mundo cree.

Accedemos entonces por una lúgubre verja, subimos por un camino empinado y, después de unos cuantos escalones, por fin nos encontramos en la (supuesta) sala de espera… Pero, de buenas a primeras, se apagan las luces, el suelo –o puede que sean las paredes– empieza a moverse, los espejos a doblarse y una voz inquietante a murmurar historias aterradoras.

Presa del miedo más profundo, y ya arrepentida por mi fingida valentía, estrecho fuerte la mano de mi madre, temiendo que a lo largo de esta terrorífica presentación aparezca repentinamente un ser repugnante…

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“Phantom Manor”

Sin embargo, lo que se presenta ante nosotros, a la salida de ese tenebroso vestíbulo-ascensor, en la planta baja de la mansión, es un inofensivo sillón, deseando ser ocupado por una pareja atrevida, como la que formamos mi nona y yo. Nada más sentarnos, el artilugio empieza a deslizarse, adentrándose por los oscuros meandros de la casa, a la vez que se advierte la presencia de unas criaturas muy extrañas que se materializan con sus gritos, sus susurros o su invisible esencia. Lo que nos hace estremecer es un malvado fantasma, el mismo que lleva siglos acosando a una desafortunada novia espectral de mirada ausente que espera a su prometido en una maldita sala de ceremonias con su vestido blanco, roto y sucio, y su ramo marchitado.

Una banda sonora de sofocadas canciones de amor y redundantes sonidos de terror nos acompaña, pero la nona y yo no nos inmutamos y, altivas, abandonamos la mansión presumiendo de nuestra bravura ante mis tíos y mi primo que, por prudencia, se han quedado fuera del angustioso recinto. Disimuladamente, temblando por dentro y sonriendo por fuera, sugerimos alejarnos de aquí cuanto antes, por si acaso… Sin embargo, un inquietante mayordomo que nos acaba de despedir en lo alto de la colina, a las puertas de la casa encantada, parece dispuesto a impedírnoslo…

Como por arte de magia, el sirviente, que se revela (sospechosamente) un tipo afable, ha tardado unos pocos segundos en personarse unos centenares de metros más abajo, al lado de la cancela de entrada, en una especie de guarida para él reservada. Con su actitud encantadora (extrañamente encantadora) se gana la confianza de todos y, por casualidad (¿o no es tanta casualidad?), descubrimos que ha jugado en el mismo equipo de fútbol que mi hermano y que vive en Madrid bastante cerca de nuestra casa (no embrujada).

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El simpático, y real, mayordomo

Pero yo, a diferencia de los demás, después de la reciente experiencia paranormal, prefiero no fiarme de él y de su (¿disimulada?) amabilidad, asaltada por las dudas: ¿Cómo ha llegado tan rápido hasta aquí? ¿Será en realidad quien dice de ser o será uno de los espectrales inquilinos de la mansión, un fantasma disfrazado de mayordomo, un alma en pena aparentando alegría? Se me ocurre que sólo hay un modo de comprobarlo, así que sugiero hacernos unas fotos con el ambiguo personaje… Respiro aliviada al comprobar que su imagen, aparece nítida en la pantalla de la cámara digital, con una sonrisa pícara y burlona dibujada en su cara… Ya no cabe ninguna duda de que el cordial joven es ser cien por cien real, un humano de carne y hueso, un cuerpo vivo y material.

Más relajada, me uno a la colectiva despedida y a la promesa de encontrarnos en el futuro en el campo de fútbol en que él ejercía como portero y mi hermano como centrocampista, dejando definitivamente atrás esta “Phantom Manor”, sobre la que se ciernen unas nubes amenazadoras y que nos ha reservado más de una sorpresa.

Ya se ha hecho tarde y, muy a nuestro pesar, va siendo hora de dejar atrás el magnífico parque… ¡por hoy!

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“La Tanière du Dragón”

Pero una vez más alguien se interpone en nuestro camino, en este caso un dragón enfurecido, que echa humo por sus narices y nos escruta con sus ojos enrojecidos.

Asustado, mi primo se arrima a mí y me pregunta si ese fantástico animal alado, atado con cadenas en las mazmorras del Castillo de la Bella Durmiente, es real. Yo, indecisa me decanto por contestarle con una mentira piadosa para no frustrar su emoción y, de paso, demostrarle mi “legendaria” valentía. Y así, protegiéndole con mi cuerpo, como una superheroína, le tomo la mano y me lo llevo lejos de esa obscura “Tanière du Dragón”.

Ya en la superficie, bajo la luz del sol, nos disponemos a retomar, o por lo menos lo intentamos, el recorrido hacia la salida. Pero nuevamente nos damos cuenta de que no es tan fácil abandonar el gigantesco Disneyland Park que en cada rincón esconde una sorpresa.

Se trata ahora de unos cantes muy pegadizos que nos atraen a todos de modo irresistible, cuales pobres náufragos perdidos en este exterminado océano de la diversión, deseosos en todo momento de ser seducidos y raptados por unas cautivadoras sirenas, convencidos de no querer emular las míticas gestas de Ulises y sus compañeros de tripulación…

Así que, encantados una vez más, nos dejamos atrapar por el increíble y suntuoso desfile de los personajes de Disney que saludan a propios y extraños desde sus carrozas, como si de una atípica cabalgata se tratara, sin ilustres Reyes Magos de Oriente pero con pintorescos príncipes, héroes y princesas del universo de los dibujos animados. Sin embargo, el recorrido está a punto de finalizar, así que, reconfortados por la solemne promesa de los mayores de presenciarlo en los días siguientes, por fin cogemos nuestra lanzadera y regresamos al hotel.

Pero el día, y la noche, ni por asomo, han acabado…

Después de un breve descanso y una cena más que placentera en nuestro hotel, ya estamos otra vez todos juntos de vuelta al parque para vivir el “Disney Dreams”.

Falta casi una hora para el inicio del célebre y galardonado espectáculo del que tanto me han hablado mis amigas, y el palacio real y sus fuentes ya están magníficamente iluminadas para la nocturna ocasión.

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El hotel-palacio real vestido de gala para el espectáculo nocturno

Otro centenar de fotos después, accedemos al parque donde millares de familias ya están buscando un sitio para acomodarse, sea donde sea, en las aceras de la calle principal, en las barandillas de los arriates o en las escaleras del templete central. Nos decidimos por este último pues, a pesar de tratarse del lugar más alejado del escenario, creemos que, desde allí, gracias a su elevada ubicación, podremos disfrutar de la mejor perspectiva, como bien ha observado mi padre, habilidoso fotógrafo amateur. Y así, de pie, en ese limitado y pintoresco espacio circular, esperamos impacientes que den las once para que el castillo y su Bella Durmiente, por fin, se despierten.

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El castillo (y la Bella) durmiente, a punto de despertar

Emocionada, cuento los minutos, como si fuera una Cenicienta del siglo veintiuno, anhelando la toccata, de los once tañidos que, sesenta minutos antes de la fatídica y legendaria medianoche, no precede a la fuga, sino que anunciará el punto de partida del espectáculo. Pero, para mi gran alegría, casi media hora antes de lo establecido, empieza el espectáculo de los fuegos artificiales: una interminable sucesión de disparos se catapultan sobre el cielo dando lugar a una singular lluvia de colores al compás del baile acuático de unas fuentes que lanzan al aire cascadas sorprendentes, una mágica danza del agua y del fuego, que me recuerda mucho a la del “Árbol de la Vida” de la Expo milanesa, se funde en una especie de vals arrasador de gotas pirotécnicas e hidrológicas que se combinan en armonía bajo las estrellas…

Asombrados, casi petrificados, por la inesperada exhibición, a duras penas conseguimos aplaudir, cautivados por estos sensacionales diez minutos que, en realidad, no son más que un mero aperitivo, un escenográfico preámbulo, de la impactante presentación que está por llegar.

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Luces, cámara y…

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… ¡Acción!

Y, en efecto, cuando aún estamos recuperándonos de tantas emociones, suenan imperiosas las once campanadas y, como si de un cuento animado se tratara, el magnífico castillo empieza a teñirse de diferentes colores, como si ese arco iris infinito de azules, rojos, amarillos, verdes y violetas quisiera despertarle.

Dicho y hecho, a los pocos segundos su estática y regia silueta empieza a cobrar vida, sus torres se transforman y sus muros se amoldan a unos diferentes personajes que, trepando por sus paredes exteriores, hacen alarde de sus poderes: Peter Pan, Cenicienta, Aladino, Campanilla y muchos, muchísimos más.

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Efectos láser y fuegos artificiales

Al mismo tiempo, unos magníficos fuegos artificiales, aún más espectaculares de los anteriores, explotan en todas las direcciones, alumbrando las escenográficas apariciones entre dulces y famosas canciones y fuertes sonidos rompedores, tatareadas, las primeras, e imitados, los segundos, por todos los espectadores.

El show nos atrapa con sus efectos láser, con sus historias y con las provocadas emociones: sufrimos, volamos, soñamos, reímos, cantamos, gritamos, gozamos y lloramos de alegría, hasta la catártica lluvia final, esta vez de aplausos irrefrenables, que se descarga con toda su violencia e intensidad sobre el Castillo de la Bella Durmiente, el castillo más bello del mundo, el castillo de un sueño hecho realidad…

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El apoteósico gran final del castillo de ensueño y de un sueño… ¡hecho realidad!

Tan real como nuestra fuga, esta vez sí, al más puro estilo de Cenicienta, hacia el autobús que nos llevará de vuelta al hotel. Lo divisamos a lo lejos, con los motores ya encendidos, listo para arrancar camino de su última carrera, como en “Cars: una aventura sobre ruedas”, y emprendemos entonces nuestra peculiar yincana familiar, con los hombres por delante, las mujeres por detrás y nosotros, los niños, en medio, con uno que se cae, pero se incorpora de inmediato, otro que se duerme y acaba en los hombros de su papá y yo que me arrastro por las aceras, pero sigo sin parar… Y así, un paso tras otro, con prisa y sin pausa, nos vamos acercando al despiadado monstruo motorizado. Faltan un par de centenares de metros para la meta; mi padre, seguido por mi hermano, ya lo ha alcanzado e interpone su cuerpo entre sus puertas para evitar que éstas se cierren… Parece que su esfuerzo será en vano dado que los demás estamos a punto de claudicar; el esfuerzo ha sido descomunal y las piernas flaquean, las fuerzas nos abandonan, la voluntad vacila… No podemos, casi no queremos… Pero entonces una mano invisible –¿Eras tú, querido abu, o era el genio de la lámpara?– nos da un último empujón para lanzarnos en un sensacional sprint final… Aceleramos improvisamente, volamos como en una alfombra mágica inexistente y, de un sorprendente salto, subimos al autobús que, implacable, ya ha empezado a moverse. Los pasajeros, de todas las edades, culturas y nacionalidades, nos dan una calurosa bienvenida a bordo, con una ovación en toda regla. Y así, entre vítores, felizmente agotados, nos unimos entusiasmados a la espontánea fiesta colectiva a bordo de esa lanzadera que, rauda, se aleja del castillo embrujado convirtiéndose en una hermosa carroza con forma de calabaza –este último detalle sólo era fruto de mi imaginación, querido abu–.

Y con este broche de oro, me voy a acostar en mi cama, esperando tener dulces sueños, feliz de haber podido vivir la realidad de ensueño de Disneyland París.

–Buenas noches, querido abu. Buona notte, caro abu. Bonne nuit, cher abu–.

[Continuará… ]

Categorías: ESPECTÁCULOS, VIAJES | Etiquetas: , | Deja un comentario

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