Disneyland Paris: En el nombre del abu [(Gran) Fin(al)]

[… Sigue]

Hoy es nuestro último día y, obviamente, nadie quiere volver a casa. Además, como si la creciente nostalgia no fuera suficiente, la meteorología tampoco acompaña ya que, a pesar de estar en pleno verano, las temperaturas son más bien otoñales, con un frío viento en aumento y unas amenazadoras nubes acercándose desde el horizonte. Sin embargo, nos autoimponemos pensamientos positivos, esforzándonos en ver el vaso medio lleno y, por ende, proponiéndonos aprovechar al máximo cada uno de los momentos de que disponemos hasta el vuelo de vuelta de esta noche.

Y así, con otro talante, decidimos repetir las atracciones de ambos parques que más nos han gustado y las que algunos de nosotros no hemos probado.

La primera de todas, la que hemos posicionado en nuestro particular “top five”, es sin duda “Autopia”.

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Un atasco “autopiano”

Así que, a bordo de nuestros flamantes coches, nos adentramos nuevamente en ese circuito extraordinario, esta vez con mi primo y yo al volante y nuestras respectivas madres ejerciendo de copilotos, ya que el primer día ellas, a diferencia de sus maridos, no se habían animado a disfrutar de esta atracción –en su momento, querido abu, creí erróneamente que fuera por culpa de todas esas absurdas leyendas que circulan sobre la mala conducción de las mujeres y que, por el mismo motivo, también la “nona-nena” se había limitado a observarnos desde un puente elevado sin aprovechar la posibilidad de renovar ficticiamente su carnet caducado desde hace años, pero nada más lejos de la realidad–. Cumplido todo el recorrido sin choques ni accidentes, respetando las señales de tráfico y los límites establecidos, mi tía y mi madre bajan de los vehículos encantadas, comprendiendo ahora a la perfección el porqué de nuestra selección.

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“Videopolis”

Después de esta renovada (y exitosa) experiencia familiar sobre cuatro ruedas, nos separamos: mis tíos y la “nona-nena” se van de compras, mientras que los demás seguimos con nuestros sueños de futuro en el pasado y en el presente, tal y como reza el lema de “Discoveryland”.

Secundando los deseos de mi primito, volvemos a probar la atracción dedicada a su personaje favorito, “Buzz Lightyear Laser Blast”, a pesar de que el primer día no había entusiasmado a mi padre, ni a mi tío. Pero esta vez, a bordo de los cruceros espaciales “XP-40” con sus colores tan chillones, ostentando el cargo de “Junior Space Ranger” está también mi madre, la Aliapiedi de siempre convertida para la ocasión en una temible y despiadada killer de armas tomar. Sentada a mi lado, sujetando su mortífero cañón con una mano y los mandos del estrambótico vehículo con la otra, empieza a disparar como una posesa, alcanzando con sus rayos laser infrarrojos todo lo que se le pone a tiro, marido, hijo y sobrino incluidos: ¡Una auténtica matanza cósmica!

Al finalizar la misión, con gran asombro de los demás, es ella la que ocupa la segunda posición en el ranking del “Comando Estelar”, justo detrás de mi, ganadora absoluta de la batalla, clasificadas ambas por nuestra puntería en el nivel supremo de “Galactic Hero”. Una foto de las dos en plena acción, proyectada en una de las pantallas al final de recorrido, lo atestigua: somos las mejores pistoleras de la historia… ¡O de Toy Story!

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“Orbitron”

Será por la merecida victoria, será por el titulo recién adquirido, será por esta revancha femenina, pero, contra todo pronóstico, esta segunda bélica aventura me ha resultado mucho más divertida y placentera que la primera y, con la descarga de adrenalina (y electromagnética) aún circulando por el esqueleto, las “heroínas galácticas” nos encaminamos, acompañadas por nuestros humildes “cadetes espaciales”, hacia el esférico “Orbitron”, omitido el primer día.

Es este un carrusel aéreo al estilo de “Dumbo the Flying Elephant”, pero bastante más rápido, más inclinado y más elevado.

Y mientras que mi padre, mi hermano y yo volamos sin límites y sin frenos hacia arriba y hacia abajo, mi madre no se levanta ni un centímetro del suelo, yendo siempre a ras del mismo, dibujando círculos de ínfima altura para evitar que mi primo, sentado a su lado en la futurista nave espacial, feliz y sonriente durante todo el recorrido, se maree –en realidad, querido abu, yo creo que era ella la que estaba asustada con ese vuelo interplanetario inspirado en los “leonardescos” dibujos visionarios del sistema solar–.

Tachadas entonces las atracciones favoritas o las que faltaban de esta tierra del descubrimiento, pasamos a las de “Adventurland”, ya que queremos volver a zarpar a bordo del barco de “Pirates of the Caribbean”.

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“Discoveryland”

Esta vez, sin embargo, los piratas están descansando, puede que durmiendo a pierna suelta después de una borrachera nocturna, y no queriendo esperar un par de horas hasta que se solucione el leve “problema técnico”, decidimos embarcarnos en otro navío, menos peligroso y más tranquilo, el de Peter Pan y sus amigos, atracado en “Fantasyland”.

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Volando en el País de Nunca Jamás

Sobrevolamos entonces otra vez la iluminada ciudad de Londres y el inquietante País de Nunca Jamás entre sirenas, indios y piratas, y, de vuelta a tierra, después de habernos reunido con el resto de la familia, agotados ellos por su intensa aventura consumista, a juzgar por la ingente cantidad de bolsas que llevan consigo, nos decantamos por una breve pausa gastronómica a base de perritos calientes en el “Casey’s Corner”, bajo la amenaza de una lluvia inminente y unas ráfagas de viento insistente.

Puede que estos fenómenos naturales sean unas señales, puede que el tiempo adverso tenga su sentido, puede que sea mejor no desafiar los elementos, así que, animados por las razonables dudas, empujados por las fuertes corrientes de aire, decidimos despedirnos serenamente, bajo un cielo que de sereno tiene muy poco, del Disneyland Park con un “¡hasta siempre!” y un “arrivederci!”.

Pero falta un último detalle, una última formalidad, una última tradición familiar: el envío de una postal, una costumbre vintage en la era de Internet que mi madre mantiene viva en todos sus viajes y que por estos lares se enriquece de curiosas peculiaridades. En efecto, no se trata sólo y simplemente de comprar, escribir, sellar y enviar una postal; se trata de comprar una emblemática postal de Disneyland en “The Storybook Store”; se trata de escribirla y firmarlas todos juntos; se trata de que, una vez comprada, escrita y firmada por todos los miembros de la familia allí presentes, sea entregada en persona en el Ayuntamiento para que, una vez franqueada con el valioso timbre de Mickey Mouse, emprenda el viaje hacia el hogar milanés de otro abu, o mejor dicho, de un nonno solitario, cien por cien italiano… Dicho y hecho, la postal empieza a volar desde París hasta Milán, planeando por el cielo con su mensaje de un recuerdo colectivo, cruzando las estrellas y alcanzando finalmente su destino donde hace mella en un corazón sorprendido y conmovido.

Ahora sí que toca irse de verdad; toca volver a la realidad…

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¿Una triste despedida de Disneyland París o un prometedor “arrivederci”?

Pero la mítica “nona-nena” no parece ser de la misma idea y, tomando la iniciativa, alejando una vez más el cansancio acumulado en los tres días, toma las riendas de la situación, como legítimamente le corresponde por su “cargo” familiar, y decide unilateralmente llevarnos al lugar donde más que nunca hemos soñado con los ojos abiertos o vivido de verdad con los ojos cerrados: ¡París!

Metida de lleno en su papel de “nona-niña-nena”, animada más que nunca, no puedo evitar observarla admirada mientras, con paso firme, la veo desaparecer en el acceso, mucho menos concurrido, reservado a los “single rider”, determinada en perseguir con todas sus fuerzas, sola, pero no solitaria, su ilusión “ratatouillesca” –¿Quién sabe, querido abu, lo que rondó en su cabeza? ¿Quién sabe qué o quién la animó a ella, tan prudente y tan solidaria, a volver a vivir esa experiencia por su cuenta? ¿Quién sabe qué fue lo que buscaba?–.

Y, camino de ese irreal, y tan real, universo paralelo, ella se aleja de nosotros, decidida a vivir su aventura y a disfrutarla a su manera en la ciudad de la luz, acompañada por el sonido de un acordeón y por el amor de su vida… –nadie sabe lo que (le) pasó allí dentro, lo que imaginó, lo que sintió y lo que volvió a recordar de su primer viaje a París, contigo, abu querido, como dos eternos enamorados… Nadie lo supo, nadie lo sabe, y nadie lo sabrá, salvo tú, claro está…–.

Y ahí reaparece la nona, con una evocadora sonrisa dibujada en su cara, con unas tímidas lágrimas en sus ojos, con unos pensamientos susurrados a su corazón: ha vuelto a ser una niña, soñadora como yo, luchadora como nadie y, además, creadora de un nuevo lema, de una nueva exclamación acompañada por una serena y dulce reflexión: «¡¿Quién me iba a decir a mí que iba a volver a París?!».

«¡Bravo nona!», le contesto yo tácitamente mientras que su pregunta tan sugerente, salida desde el alma y que lleva ya consigo la respuesta, empieza a volar libremente en el aire, en el cielo, hasta el infinito y más allá, reuniéndose en el firmamento con el deseo de su marido, con el deseo de un abu tan querido…

Y así, cogida de su temblorosa mano, a piedi, las dos juntas nos encaminamos emocionadas hacia la futura y esplendorosa aventura de la vida, dejando atrás aquella maravillosa, recién disfrutada, de Disneyland París.

FIN

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¡Hasta siempre, abu querido!

Aquí termina nuestra historia, aquí termina nuestra aventura, aquí termina nuestro diario.

Una vez más, querido abu, te damos las gracias por este viaje que nos has regalado, por este deseo por fin cumplido, por este sueño por fin realizado.

Te queremos, siempre y para siempre, y no te olvidamos, nunca y ¡para nunca!

Tus nietos”

Aliapiedi, con las lágrimas en los ojos, terminó de leer esta carta-diario, recordando, ella también, todo lo que habían vivido, o puede que soñado, “en familia”, en París y Disneyland. La noche había caído, una noche profunda e intensa, pero ella, más despierta que nunca, una vez retomada la compostura, decidió no dejar caer en el olvido la “infantil” obra literaria. Abrió entonces su portátil y, sin prisa pero sin pausa, empezó a copiarla en su bitácora, en el blog de “Aliapiedienfamilia”, modificando levísimamente algunas partes y añadiendo al final este post scriptum personal y, a la vez, familiar:

“P.S.: Abu querido por todos nosotros –¡a esas alturas de la película, me permito tutearte!–, como has podido leer de la mente y de la mano de tus nietos, la “nona-nena” ha cumplido tu promesa, ha realizado tu deseo, ha vivido tu sueño de entonces, nuestro sueño de ahora, el sueño que a todos nosotros se quedará para siempre marcado en nuestra memoria. Y, como bien sabes, no lo ha hecho por obligación, por deber o por compromiso: lo ha hecho de corazón, por ti, por nosotros y, sin quererlo, también por ella, levantándose y elevándose con una fuerza y una entrega extraordinaria. Puedes estar más que orgulloso de tu “nena”, de la niñez que ha reencontrado, de la tristeza que, gracias a ti, ha alejado.

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La “columna-faro” rétro y…

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… la gran verdad de su inscripción

Y, como bien diría un famoso escritor, amante como yo, y como ella, de los viajes reales e imaginarios, cuya sabia y simbólica reflexión he leído en una “columna-faro” rétro, que preside, junto con otras, el ingreso de “Discoveryland”:

“Tout ce qui est dans la limite du posible, doit être et sera accompli”

[Jules Vernes]

“Todo lo que está en los límites de lo posible, tiene que ser y será cumplido”

Se ha hecho y se ha cumplido todo lo posible, así que, en nombre de todos nosotros, y una vez más, gracias a los dos, gracias de verdad, gracias de corazón…

Aliapiedi terminó de escribir estas últimas frases, repuso la carta-diario en la mesilla de su hija, besó a los “pequeños” y, antes de acostarse, se fue a cerrar las ventanas de la terraza que el abu tanto amaba. Levantó entonces la mirada y en el cielo tan especial de una noche excepcional apareció rápida una estrella fugaz…

Se quedó perpleja y pensativa, observando en su memoria esa estela que ya había desaparecido: ¿Había sido Campanilla desde el País de Nunca Jamás? ¿Había sido el abu guiñándole el ojo desde el infinito y más allá? ¿Y si todo hubiera sido un sueño? ¿El “sueño de una noche de verano” o el sueño de un firmamento de San Lorenzo?

No importaba, concluyó ella, mientras somnolienta se iba a la cama, abrigada por un placentero razonamiento: si los sueños se hacen realidad en Disneyland, ¿por qué no puede ser también en la vida real?

Pase lo que pase, lo importante es vivir de ellos, intentando realizarlos o, simplemente, ilusionándose con conseguirlo…

Así que, más que nunca…

¡Buenas noches y dulces sueños!

Buonanotte e sogni d’oro!

Bonne nuite et doux rêves!

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Los 4 + 4 de Aliapiedienfamilia = ¡los 8 de Abupiedienfamilia!

Categorías: ESPECTÁCULOS, VIAJES | Etiquetas: , , | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Disneyland Paris: En el nombre del abu [(Gran) Fin(al)]

  1. Marta

    Un cuento entretenido, bonito… pero sobre todo ¡Maravilloso! Y con la creatividad y imaginación que le hechas siempre… no hay palabras para describirlo. Súper chulo y con un mensaje 🌟GeNiAL🌟. Y grandioso final.

    • Muchísimas gracias Marta por tus palabras tan afectuosas. Me alegro muchísimo de que te haya gustado tanto y, sobre todo, que hayas valorado el mensaje final. Gracias de corazón 😘.

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