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El Capricho de Gaudí: Las relaciones peligrosas… [Tercera parte]

[… Sigue]

Los años habían volado y la familia se había alargado. Aliapiedi y su marido tenían ya dos hijos casi adolescentes y vivían desde hace quince años en el mismo barrio que ella casi había ninguneado en el pasado.

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El Capricho de Madrid…

Dejando atrás sus costumbres milanesas, ella había aprendido a valorar las ventajas de vivir en una zona alejada del centro de la capital, rodeada de parques, carriles-bici e instalaciones deportivas y culturales, entre las que destacaba, por su romántica belleza, un jardín de ensueño que parecía extraído de un cuento de antaño.

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…y sus increíbles edificaciones

Ese magnífico espacio verde, impulsado por la duquesa de Osuna a finales del siglo XVIII para su villa de recreo en las entonces afueras de Madrid, había sido el principal motivo de su traslado a ese distrito veintiuno capitalino; de hecho, ella llevaba ya quince años amando, más o menos secretamente, ese increíble Capricho madrileño: “él” era su refugio, “él” era su tesoro, “él” era su compañero de paseos placenteros entre increíbles edificaciones, a veces ocultas bajo las flores, que aparecían mágicamente entre sus múltiples senderos, entre las hojas de sus plantas, entre las aguas de sus estanques.

Instalada ya definidamente en la capital, Aliapiedi había conseguido ese tan anhelado equilibrio dentro y fuera de su hogar al que contribuían la familia, el trabajo, los nuevos amigos españoles, que se añadían a los italianos, y, sobre todo, ese caprichoso amante.

Sin embargo, todo ello, y mucho más, se iba a poner en riesgo…

Todo empezó el día en que se enteró que su compañero de fatigas estaba planeando un viaje familiar al norte de España para despedirse como era debido del verano y empezar con energías renovadas un nuevo curso escolar y también profesional. Aunque recibió la noticia con la espontánea y desbordante alegría propia de una viajera empedernida, un sentimiento de temor se fue haciendo hueco paulatinamente en su ánimo, no en vano arrastraba desde hacía unas semanas una fuerte contractura muscular, consecuencia de un lumbago muy intenso que había sufrido poco antes de partir junto a su marido hacia Ámsterdam para el tradicional viaje “sin niños”. A pesar de que a la vuelta de la breve, aunque ajetreada, estancia por tierras holandesas se había encontrado mejor y de que el dolor había remitido casi por completo tras el periplo gaditano, gracias a la natación, los paseos por la playa y las sesiones dobles de fisioterapia, el largo recorrido en coche de vuelta a la capital desde el Puerto de Santa María lo había vuelto a despertar.

Aliapiedi no estaba segura de poder recuperarse en menos de una semana por lo que no tenía claro si atreverse o renunciar. Dudaba por momentos, se alegraba y se entristecía alternativamente, cambiaba de ánimo continuamente: ¿Tenía que aceptar ese desafío viajero? ¿Tenía que atreverse con ese reto consigo misma? ¿Tenía que apostar con el destino caprichoso?

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El verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria

Ganas de partir, de volver a hacer las maletas, de volver a sentir el perfume del océano no le faltaban, ni a ella ni, por supuesto, a los demás miembros de la familia, pero, extrañamente, por una vez, su lado racional, tradicionalmente más débil, parecía estar ganándole la partida a su lado sentimental… hasta que la pasión, como siempre, acabó por imponerse a la razón, llevándoles hacia una casona muy cuidada, recientemente restaurada, rodeada por el verde de las montañas y el azul del mar de Cantabria.

Desde las ventanas de sus respectivas habitaciones, los cuatro podían oír y oler la genuinidad y la fuerza de la naturaleza, del campo, del cielo y del mar.

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Los surfistas con sus tablas

Era toda una tentación, así que no tardaron mucho en disfrutar de aquello en su totalidad, lanzándose entre olas infinitas, cubriéndose con trozos de roca arcillosa que, suavizada por las aguas, se mimetizaba con las piedras, cazando, y devolviendo a su hogar, cangrejos que salían de sus piñas debajo del mar y descansando en las tumbonas mientras observaban a los surfistas que, con sus tablas, congeniaban armoniosamente con las olas tumultuosas.

El viaje, indudablemente, había merecido la pena y Aliapiedi, que estaba disfrutando de cada instante de esa estancia, agradecía sigilosamente a su marido, posiblemente preocupado más que ella misma por sus dolencias, por haberles regalado esa prórroga veraniega, por haberles llevado hasta allí, por haber traicionando sus principios de prudencia y racionalidad.

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El refugio de Aliapiedi y su familia

Refugiada con su familia en ese lugar de la costa entre las playas de Gerra y de la Rabia, gozando de esa relación tan estrecha con la madre naturaleza, se encontraba feliz, serena y animada, totalmente ajena al peligro que le acechaba, que no tenía nada que ver con la amenaza provocada por las fuertes e incansables corrientes oceánicas, vigiladas por atentos socorristas y anunciadas con banderas rojas o amarillas, sino con un apasionado recuerdo del pasado que, tras haber sido recluido en un lugar recóndito de su corazón, iniciaba a despertaren ese destino tan anhelado.

A unos pocos kilómetros de distancia del lugar donde se alojaban, se encontraba un pueblo de pescadores, crecido alrededor de una originaria plaza principal, ocupada por la iglesia de San Cristóbal y por un ayuntamiento barroco que, a finales del siglo XIX, se había convertido en el lugar de veraneo preferido por la aristocracia. Se trataba de una localidad que, a raíz del descubrimiento del zinc, se había expandido rápidamente y, además, se había ennoblecido merced a la proliferación de espléndidos edificios gracias a uno de sus hijos más ilustres: Antonio López López, un atrevido personaje que, tras emigrar a Cuba con sólo catorce años, había regresado a su tierra como uno de los empresarios más ricos del reino y con un título nobiliario, el de marqués, creado expresamente para él por el rey Alfonso XII.

Aliapiedi había, por fin, regresado a Comillas, la noble villa, cuna de hasta cinco arzobispos y capital de España por un solo día, el 6 de agosto de 1881, quince años después de “su” primer encuentro y ahora estaba dispuesta a volver a tener un cara a cara con “él”, a conocerle, no sólo por fuera sino también por dentro, a hacerlo suyo sin absurdos remordimientos, sin estúpidos arrepentimientos. Esta vez, con la experiencia de los años y de una familia consolidada, no iba a permitir que se le escapara otra vez. Deseaba con todas sus fuerzas volver a verle para saber si ese sentimiento del pasado tan apasionado iba a renacer, para saber lo antes posible si “él” tenía aún poder sobre su persona, para saber, al fin y al cabo, si iba a volver a caer rendida a sus pies.

Así que, para salir de toda duda, la primera tarde disponible, Aliapiedi, acompañada por su familia, decidió encaminarse hacia el lugar del reencuentro.

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El majestuoso palacio de Sobrellano

Sintió que su corazón palpitaba a toda velocidad, y no sólo por el esfuerzo que, por culpa de la contractura, le supuso la subida inicial que llevaba hasta la taquilla de la entrada, ni por el apreciable desnivel del sucesivo camino de gravilla que discurría paralelo al que llevaba al majestuoso palacio de Sobrellano, levantado por Joan Martorell para el indiano marqués de Comillas, sino, sobre todo, por la emoción de volver a enfrentarse a “él”.

Y, después de unos pocos pasos, los cuatro por fin divisaron la fachada orientada a levante de esa casa caprichosa que el concuñado del mencionado marqués, el abogado Máximo Díaz de Quijano, indiano al igual que él, había mandado construir.

Los niños quedaron impactados por los colores y los motivos vegetales que decoraban el exterior de esa villa cuya originalidad y fantasía arquitectónica les recordó enseguida otra construcción, la Casa Figueras, mejor conocida como Torre Bellesguard, que habían visitado todos juntos casi un año atrás.

El padre, satisfecho, les confirmó que, en efecto, el arquitecto había sido el mismo, el famoso Gaudí de la Sagrada Familia catalana, que también habían admirado en esa ocasión por fuera y por dentro. La madre, por su parte, ni se inmutó; parecía ensimismada, absorta en sus pensamientos, como si estuviera en otra dimensión. Ajena a sus dolencias, le observaba con atención, placer y satisfacción, rememorando la experiencia vivida en ese preciso lugar quince años atrás.

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“Él” y su exótica belleza, fruto de una original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí

“Él” no había cambiado, los años para “él” no habían transcurrido, su exótica belleza, fruto de una rara y original mezcla de mudéjar, gótico oriental y nazarí, no había sido arrugada, estropeada o envejecida a lo largo de su casi siglo y medio de edad; “él” seguía allí con sus mejores galas, abrigado por esa elegante cerámica vidriada de color verde, con hojas y girasoles en relieve, que cubría in crescendo, desde los pies hasta la cabeza, sus innovadoras y seductoras curvas, sus calculadas proporciones geométricas, su cuerpo, tan exuberante como interesante hecho de materiales mates y brillantes.

LOS 6 ENIGMAS DE GAUDI

“Los seis enigmas de Gaudí” y…

ORIGAMI EL CAPRICHO DE GAUDI

… el “natural” origami

Y mientras que los niños se fijaban en sus detalles, tratando de dar con la primera de las soluciones de “Los seis enigmas de Gaudí” –un entretenido juego de pruebas que les habían entregado en la entrada en una hoja de papel reciclado, en cuyo reverso se incluían indicaciones  para realizar un “natural” origami–, sus padres se desplazaban lentamente más allá de esa primera fachada en la que sobresalía la gran terraza de la habitación principal, iluminada desde el despertar, y no por casualidad, por las primeras luces de la mañana.

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Un pentagrama “vegetal”

Desfilaron entonces al lado de la parte de la casa orientada al norte cuya base se asentaba sobre un zócalo de piedra, que protegía con su sólido abrazo la planta semisótano, sin prestar demasiada atención a la tienda de regalos y la librería alojadas en ese sector de la vivienda donde un tiempo se encontraban la cochera y las cocinas, hasta que un poco más arriba se toparon con otra muestra de la incomparable genialidad del arquitecto catalán: unas franjas de cerámicas que, recorriendo el lienzo de ladrillo visto que cubría esa fachada de la planta noble, parecían dibujar las armoniosas líneas de un fantasioso pentagrama en el que cualquiera, empezando por el mismo dueño de la casa, destacado músico aficionado, además de apasionado a la jardinería, podía dibujar las notas imaginarias de dulces sinfonías –la verdadera función de esos elementos decorativos horizontales, así como la del acusado almohadillado de los sillares del zócalo, era la de contrarrestar la natural verticalidad del terreno, a través de ese calculado juego de ilusiones ópticas–.

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El original “banco-balcón”

Pero las caprichosas sorpresas no habían hecho más que empezar. A un par de metros de distancia les aguardaban unos curiosos bancos de hierro forjado, imaginativamente integrados en unos balcones, y, un poco más allá, rodeado por unos escalones, un grandioso pórtico de entrada  formado por cuatro robustas columnas de piedra, única nota gris en la explosión de colores del edificio, que soportaba sobre su fuerte espalda la magnífica torre mirador revestida de azulejos verdes y rematada por una terraza de estilo musical, gracias a su barandilla con forma de curiosas claves de sol, cuyo geométrico baldaquino, que según algunos expertos preanunciaba el estilo del cubismo, parecía el resultado del encaje de unas piezas de un Lego monumental.

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La “torre-mirador-minarete”

A los pies de esa exótica estructura, que también les recordaba los minaretes de las mezquitas musulmanas, Aliapiedi se sintió agotada, no sólo mentalmente, por la emoción de tener tan cerca de sí el objeto de sus deseos, de encontrarse a las puertas de ese lugar que hace quince años estaba reservado a los comensales de un lujoso y escenográfico restaurante, sino también físicamente, por el desnivel y los escalones recorridos, que le obligaron a detenerse y a apoyarse sobre un muro de piedras rústicas que delimitaba el parterre en forma de herradura que se abría delante de la torre, allí donde, en una explanada inclinada, en su día llegaban los ilustres invitados del dueño de la casa.

Mientras que el padre de familia y los niños se entretenían tomando fotos y explorando ese territorio exterior de casi dos mil quinientos metros cuadrados, la madre, cuyos dolores se habían convertido en unas simples molestias ante semejante belleza, guardaba silencio mientras se preparaba física y psicológicamente para llegar al corazón de ese Capricho de Gaudí. Pero cuando descubrió que tenía que esperar otros veinte minutos hasta el comienzo de la siguiente visita guiada, se levantó improvisamente, revelándose incapaz de prolongar esa espera. Y así, mientras que los demás miembros de la familia debatían sobre la conveniencia o no de acoplarse al turno anterior, que había comenzado la visita hacía diez minutos y todavía se encontraba enfrascado en las explicaciones introductorias que se realizaban en el exterior del edificio, ella se dirigió a la carrera hacia el portal monumental, cruzó su puerta principal y, una vez en el vestíbulo hexagonal, tras toparse con el primero de los artesonados de diseños diferentes y con unas llamativas vidrieras con motivos geométricos, flores y plantas, se detuvo un instante, un instante infinito de sensaciones encontradas –miedo, pasión, emoción…–, antes de, en un último alarde de atrevimiento, con un único paso adicional, dejar atrás todos sus temores.

¡Ya estaba dentro!

Por fin, se encontraba en el interior de su amante caprichoso.

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El dormitorio principal

Notó un leve dolor en su espalda arqueada, mientras acariciaba con sus manos la pared de cristal del antiguo y elíptico invernadero, eje de la edificación alrededor de la cual se generaba un corredor a forma de “u” que comunicaba todas las estancias de esa planta. Sus tres acompañantes la siguieron inmediatamente, sin detenerse en esa renovada sala audiovisual, que originariamente había sido proyectada para proteger, al amparo de su cubierta con forma de paraguas, las valiosas plantas tropicales allí alojadas y también para ejercer como regulador térmico que absorbía el calor del día para distribuirlo por la noche al resto de la vivienda, y, todos juntos, alcanzaron el dormitorio principal de esa planta noble, donde ya estaba reunido el grupo de la visita guiada.

Se trataba de la habitación más luminosa de la casa, gracias a sus altos techos con un soberbio artesonado de inspiración mudéjar y a los grandes ventanales de tres módulos que daban acceso a la terraza que habían visto anteriormente desde fuera, y mientras la guía instruía a los visitantes acerca de una coqueta chimenea embellecida con motivos naturalistas sobre cerámica vidriada, Aliapiedi, tensa por la emoción de estar tan cerca de “él”, en tan estrecho contacto con esa estructura que tanto había deseado explorar, tuvo nuevamente que detenerse. En esa tesitura, dejó que los demás se adelantaran con la anfitriona hasta la limítrofe sala de baño y se sentó en un banco central, para poder así quedarse a solas con “él”, tratando, eso sí, de controlar las reacciones involuntarias de su cuerpo, las contracciones incontroladas de sus músculos y las pulsaciones desatadas de sus nervios. Desde allí, podía escuchar las apasionadas y detalladas explicaciones de la guía, que, a diferencia de ella, no se avergonzaba de revelar a todo el mundo su pasión hacia esa fabulosa criatura de la arquitectura, y, acompañada por su voz, se concentró en sí misma, intentando retomar la compostura.

Respiró hondo, cerró los ojos y se esforzó en abrir su mente.

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Las “animalescas” vidrieras del baño

Y, de repente, se notó más relajada, como si la serenidad de las líneas y de las formas que la rodeaban se hubiera apoderado de ella, de su carne, de sus nervios, de sus músculos y de sus huesos. Se levantó de su asiento y, como si estuviera flotando en el aire, sin notar sobre su espalda toda la fuerza de la gravedad que en los días anteriores le había demostrado toda su intensidad, se dirigió hacia el gabinete que precedía la zona del baño, que en la actualidad no está separado por un tabique.

Tan relajada se sentía que entre las piezas hexagonales, cuadradas o triangulares que hacían de fondo a las vidrieras de ese ambiente comenzó a advertir la presencia de diferentes seres vivos: un pajarito apoyado sobre las teclas de un órgano tocando una dulce melodía, una mariposa trepando silenciosa sobre una frágil hoja, unos peces de tonos azulados nadando en el cielo de un mar infinito.

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El ventanal musical del salón con vista al banco-balcón

En una mágica armonía con su cuerpo, en paz con sus sensaciones y tras haber olvidado sus dolores, Aliapiedi estaba disfrutando plenamente del momento. El Capricho lo sabía, el Capricho lo advertía y, aprovechando ese estado de placer incondicionado, la empujó suavemente hacia el centro de su estructura para que gozara aún más de su irresistible hermosura. Y ella, dejándose llevar, sin oponer resistencia, pudo así tocar el primero de los dos balcones, robustos y a la vez delicados, que antes había observado desde abajo. Esos fascinantes bancos colgantes que protegían las esquinas romas del salón principal, compartiendo el acceso, por un lado, con el estudio, y, por el otro, con la sala de visitas, la estaban maliciosamente invitando a sentarse o, directamente, a tumbarse sobre ellos, para que se rindiera por completo a los encantos de su dueño.

Pero ella hizo de tripas corazón y, resistiéndose a la tentación, supo contenerse, así que se limitó a acariciar sus sinuosas siluetas de hierro forjado que sobresalían de la barandilla y parecían querer lanzarse a los brazos de las hortensias que florecían a sus pies, unos pocos metros más abajo.

Pero la criatura caprichosa, fruto de la genialidad del joven arquitecto reusense de sólo treinta y un años de edad que en ella había plasmado, como en la parecida Casa Vicens barcelonesa, sus novedosas e iniciales ideas plásticas, encuadradas en un peculiar estilo historicista, todavía no había acabado con sus sorpresas estremecedoras.

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El luminoso salón principal con ventanas interiores

En ese momento, una música celestial proveniente del gran ventanal del salón cuyos cinco módulos se reflejaban en los cuatro arcos soledizos de la pared de enfrente hizo acto de presencia como en el sueño de una realidad. La indescriptible combinación de instrumentos diferentes, como el arpa, el triángulo o el órgano, parecía multiplicar hasta el infinito la magia de ese lugar; la suave melodía se distribuía in sordina, silenciada, por todos los rincones de la casa: por el estudio, que podía servir también como espacio de recepción para las grandes ocasiones, y por la sala de visitas, cuya función era la de acoger las personas de escasa confianza. La onírica melodía se insinuaba entre todos los asistentes, trasladándoles a un escenario diferente, a una noche de verano de hace un siglo y medio amenizada por un concierto de cuerda y piano ante damas y caballeros. La sinuosa melodía, finalmente, se adueñaba del cuerpo y del alma de una madre que, impotente, vivía su aventura paralela, su historia mitad realidad, mitad ficción, en una caprichosa estructura que le sorprendía en cada instante, que le abrumaba con cada detalle, que le enamoraba para siempre…

Fue la anfitriona, experimentada y apasionada, conocedora de cada detalle de esa vivienda como si fuera su propia casa, la que se encargó de revelar el truco de esa magia: ese dulce sonido, real y verdadero, era el resultado de un ingenioso sistema de correderas, oculto en las ventanas y formado por unos contrapesos con tubos metálicos que al entrechocar entre ellos generaban unas notas, cálidas y lejanas, parecidas a los retoques de un campanario. Se trataba de una de las múltiples muestras del infinito arte gaudiniano que se revelaba discretamente en cada espacio del Capricho, como lo eran las ventanas guillotina de doble hoja, en las puertas de madera recogidas dentro de las paredes o en las manijas de bronce ergonómicas.

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El coqueto fumoir semicircular

Atravesaron entonces la mencionada sala de visitas, dominada por sublimes trabajos de ebanistería, como los que destacaban en la cálida chimenea, en el zócalo, hecho con madera de diferentes tonos y texturas, o en el techo, con tallados con formas geométricas, y llegaron al comedor, con el coqueto y anexo fumoir semicircular, de clara influencia árabe, que abrumó a todos los asistentes.

Esta visión provocó el éxtasis en Aliapiedi, que se vio arrastrada por los placeres de un universo paralelo, víctima de ese océano de emociones que le provocaban las sublimes decoraciones que la rodeaban, como los pájaros, las hojas o los insectos voladores de los azulejos de las paredes, o las flores de cerámica de la chimenea que, engordadas por los gérmenes de la vida que nacían entre sus estigmas y filamentos, se unían a aquellas, más delgadas, talladas en yeso, del fondo de los casetones del artesonado.

Miraba sin mirar, escuchaba sin escuchar… Se había trasladado a otro lugar… hasta que un apasionado y vigoroso aplauso dirigido a la quien había ejercido como maestro de ceremonias la devolvió a la realidad, situándola cara a cara con un joven y apuesto abogado que, por un capricho del destino, sólo pudo disfrutar durante unas semanas de su caprichoso sueño: Máximo Díaz de Quijano.

Tras contemplar por un breve espacio de tiempo el retrato de ese hombre afortunado, y a la vez desafortunado, flanqueado por el árbol genealógico de su familia, agradeciéndole discretamente que hubiera confiado la obra de su villa a un joven pero prometedor arquitecto catalán, Aliapiedi movió su cuerpo fatigado, pero ya no tan dolorido gracias al catártico recorrido, hacia esa guía tan especial que había conseguido convertir esa vivienda en un hogar colectivo, habitado y disfrutado por desconocidos agradecidos. Se presentó en nombre de la común pasión caprichosa que les unía, le estrechó la mano y le dirigió unas palabras de sincera cortesía, a lo que la contrincante –como pretendiente del caprichoso lugar– respondió sugiriéndole que se acercara a la tienda de regalos ya que “alguien” les había dejado “algo”.

Otro capricho del destino…

Aunque los cuatro tenían unas irrefrenables ganas de descubrir de qué se trataba, no podían apartarse del plan inicial. Primero tenían que “recuperar” los diez minutos iniciales que se habían perdido, así que acudieron a la entrada y escucharon la introducción del tour de la mano de otro anfitrión, tan apasionado como el anterior.

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Sillas seductoras

Después, se dirigieron de prisa y corriendo hasta una de las dos estrechas escaleras de caracol, la que estaba discretamente ubicada tras una puerta del vestíbulo de entrada, para alcanzar el piso superior, zona originariamente destinada al servicio doméstico de la casa.

Con los nervios a flor de piel por la sorpresa que les aguardaba, admiraron fugazmente sinuosas y seductoras sillas, espejos y otros objetos curiosos de mobiliario diseñados por el arquitecto catalán, que formaban parte de una exposición permanente oportunamente titulada “Gaudí, el arte en todo”, hasta llegar al corredor exterior, donde se toparon con la cubierta del antiguo invernadero, reconstruido en los años ochenta del siglo pasado después de haber sido demolido por los herederos de Máximo Díaz de Quijano para levantar una nueva ala de habitaciones, cuyo tono gris se imponía al rojo de las tejas y que les recordó a la columna vertebral de un dragón adormilado, como el de la Torre Bellesguard.

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La cubierta del antiguo invernadero o…

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… ¡¿un dragón adormilado?!

Sin ánimo de detenerse allí más tiempo del estrictamente necesario, apresurados por el deseo de llegar cuanto antes a la tienda de regalos, tras la instantánea de rigor, volvieron sobre sus pasos, cruzaron nuevamente las estancias del desván, sin percatarse de la existencia de dos puertas que, asomando entre los caballetes que sostenían la cubierta, daban acceso a la terraza situada en la base de la torre-mirador, hermosamente protegida por una barandilla de forja de hojas de parra.

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El elaborado capitel

Bajaron nuevamente al vestíbulo de la entrada, volvieron a atravesar el pórtico monumental y sus columnas, orientadas a los puntos cardinales y decoradas con unos románticos capiteles en los que los ramos de palmitos se alternaban con los pájaros esculpidos en la piedra, y se lanzaron a explorar el jardín de ese Capricho de Gaudí, que, pensó ella, nada tenía que ver con su homólogo madrileño.

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El muro de contención con su banco corrido

Vieron una gruta, levantada a base de bloques de piedra tosca, traídos expresamente desde Cataluña, con un estrecho arco de entrada, una bóveda de rocas angulosas y un banco corrido para un romántico y fresco descanso en los meses veraniegos, que les recordó la Casa del Labrador del Capricho capitalino; más allá, admiraron una escalera-puente, sostenida sobre un solo arco, hecha de azulejos cerámicos blancos y de ladrillo visto, que les trajo a la mente el esbelto y elegante puente en hierro forjado, que salvaba el lago del jardín madrileño, y, a continuación, casi enfrente del patio trasero de la construcción, un muro de contención, levantado con los mismos materiales, dotado él también de un banco corrido que se reflejaba en los cristales del invernadero.

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Un famoso arquitecto en estática contemplación

Pero, por culpa de las prisas, ninguno de los cuatro reparó, a unos pocos metros de distancia, en la presencia de un hombre sentado que en silencio y sin pestañear, casi petrificado, admiraba complacido, como si fuera uno de sus hijos, ese edificio tan bonito… Enfrascados como estaban en alcanzar su nueva meta, sólo después se dieron cuenta de que habían pasado de largo ante la figura de un famoso arquitecto, autor de casi noventa proyectos y diseñador de muebles y azulejos.

Así que, velozmente, casi jadeando, subieron hasta la parte más alta del jardín, en una zona marcada en el folleto que les habían dado en la entrada como de especial interés fotográfico. Desde esa posición privilegiada, la familia se dio, por fin, una tregua y contempló de arriba a abajo, y de abajo a arriba, ese espléndido edificio que, sobresaliendo del azul de un cielo infinito, les obsequiaba, presumido pero generoso, con su mejor perfil: el de una colorida torre resplandeciente que se besaba delicadamente con los rayos de un sol ya menguante.

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El mágico beso entre la torre resplandeciente y el sol ya menguante

La magia de ese instante se grabó para siempre en sus mentes y, de una vez por todas, su marido y sus hijos comprendieron el motivo de ese extraño y caprichoso amor “aliapiedesco”, inútilmente reprimido durante años.

A estas alturas, ninguno de los cuatro tenía ganas de despedirse de “él”, aunque fuera con un prometedor arrivederci, se resistían a alejarse de ese Capricho de Gaudí que, a partir de este momento, iba a compartir protagonismo en su corazón con el Capricho de Madrid: la seductora y reveladora estampa de la oficialmente llamada Villa Quijano les acompañaría en adelante para siempre.

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La tienda de regalos y librería

La hora del cierre, sin embargo, apremiaba, y, a pesar de la incipiente nostalgia de una futura distancia, se dirigieron hacia la última pero alentadora etapa no programada: la tienda de regalos y librería.

Aliapiedi, siguiendo las indicaciones del guía, se acercó discretamente a la responsable de la caja y, sin mucha convicción, temiendo que ésta le reprochara su desfachatez, le preguntó si “alguien” había dejado “algo” para ella y su familia…

Una mirada apasionada y una sonrisa afectuosa, acompañada por una bolsa muy “caprichosa” fue lo que recibió como respuesta. Abrumada, acertó a darle las gracias a la empleada y cuando se dio media vuelta empezó a rebuscar en el interior de esa especie de caja de sorpresas, bajo las miradas fisgonas de su marido y de los más pequeños de la casa.

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Un pequeño pero gran cuento ilustrado

En su interior encontró una “Pequeña Historia del Capricho de Gaudí”, un pequeño pero gran cuento ilustrado, basado en hechos y personajes fantasiosos y reales, ambientado entre familias del pasado o de un presente literario no tan imaginario, una atractiva y rica guía visual, con contenido digital, llena de fotografías en las que “él” posaba, cual modelo experimentado, ostentando cada uno de los rincones de su “cuerpo” y les relataba detalladamente de su larga vida desde el momento en que fue concebido hasta su actual y magnífico estado de bienestar, dando cuenta de los inevitables cambios y lifting estructurales sufridos.

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Un “Verano de Capricho”

Feliz por ese tesoro inesperado, Aliapiedi se alejó con paso firme, erguida sobre su espalda y con la cabeza bien alta de ese mágico lugar de la mano de su marido y de sus hijos, dejando atrás, ya sin remordimientos ni arrepentimientos, el Capricho de sus sueños, de unos sueños por fin realizados, y un “Verano de Capricho” que, anunciado en un sugerente cartel que aludía a las múltiples actividades organizadas en ese magnífico recinto, ponía también el colofón final a la increíble aventura vivida.

Pero aún le esperaba a ella una última sorpresa caprichosa, la mejor de todas…

Esa misma noche, en efecto, bajo las estrellas y acompañada por la natural banda sonora del mar, tratando de saborear esa autobiografía tan peculiar, Aliapiedi abrió la primera página de esa especie de álbum de recuerdos y se encontró con una nota anónima escrita a mano en la cual antes no había reparado, o puede que ni siquiera hubiera existido. Abrumada y sorprendida, leyó esas últimas, y a la vez primeras, palabras, sugeridas por “alguien” que, a su manera, la quería, inspiradas por “alguien” que, a su manera, de ella, y de los suyos, se despedía:

El Capricho tiene su historia.

No hace mucho, se decía que era la casa de muñecas de la hija del marqués de Comillas. Para muchos aún sigue siendo la historia de esta casa pero… ¿Para ti?

Después de conocer su verdadera historia… ¿Qué historia, de las mil que tuvo este edificio, se te ocurre que pudo haber en El Capricho?

Deja volar tu imaginación.

Te sorprenderás…

PORTADA EL CAPRICHO DE GAUDI

Una misteriosa nota final…

Y así fue como Aliapiedi, emocionada, desplegó las “alas a(i) piedi” de su fantasía y, libre y feliz, empezó a escribir una larga e intensa historia caprichosa, una historia de dolencias olvidadas, de pasiones renovadas, y, sobre todo, de sensaciones por fin compartidas…

Una nota final: Como en cada relato “aliapiedesco” la fantasía se mezcla con la realidad. Lo que sí fue real fue la amabilidad y generosidad de Verónica y Beatriz, responsables, respectivamente, de las visitas guiadas y de la comunicación en las redes sociales del Capricho de Gaudí. Lo que sí fue real, desafortunadamente, fue mi intensa contractura muscular y, a raíz de ello, toda la ayuda que, por e-mail, me proporcionaron las personas arriba mencionadas, antes, durante y después de las visitas guiadas, fieles al lema gaudiniano que “Para hacer las cosas bien, hace falta primero el amor, y segundo la técnica”. Y lo que también fue real, caprichosa e increíblemente real, fue el espontáneo y sincero agradecimiento hacia la apasionada y desconocida anfitriona de la visita guiada, sin el cual nunca me hubiera enterado de que en la librería “alguien” nos había dejado “algo”. A día de hoy, sigo fantaseando con que ese “alguien” fue mi amante caprichoso o, para ser más realistas, uno de sus representantes. Por todo ello, aunque no tenía pensado escribir en este blog madrileño una historia sobre el Capricho comillano, que rivaliza en mis afectos con el nuestro, tan amado, capitalino de la Alameda de Osuna, decidí dedicar al magnífico equipo caprichoso esta historia de un gran amor, por fin declarado, en la que, frente al dolor (físico) cobra protagonismo la fuerza arrolladora de la pasión, una pasión sólo comparable a la que destilan los empleados de esta institución en el cotidiano desarrollo de su trabajo.

¡Enhorabuena a todos vosotros y gracias de corazón!

 

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