Todo empezó con un desafío.
Una vez más había conseguido arrancarle a mi marido un último viaje veraniego familiar antes de la vuelta al cole, al trabajo, a la rutina y a todos los buenos propósitos de inicio año escolar –que, en mi caso, se quedaban siempre y sólo en ello: en buenos propósitos… ¡fallidos!–. El destino elegido era Bilbao, una ciudad donde él había vivido parte de su infancia y que los dos ya habíamos visitado y disfrutado en el pasado en un par de ocasiones. Sin embargo, yo no me iba a conformar con volver a ver con nuestros hijos los clásicos sitios de interés cultural; quería algo más, algo más peculiar, algo más original y así, tras un buen rato navegando por la página oficial de turismo de la ciudad, me topé con Torre Loizaga: ¡eso era justo lo que buscaba!
Sólo tenía que encontrar el momento más adecuado para plantear esta posible visita a mi consorte. Él, sin embargo, con sólo oír el término “visita” ya dio por zanjada la conversación, más bien un monólogo por mi parte, que no encajaba para nada con la doble finalidad del inminente viaje “robado”: alejar a nuestros hijos adolescentes de una viciosa y cotidiana espiral de salidas veraniegas con sus amigos en Madrid y relajarnos y disfrutar libremente de la capital vizcaína, dejándonos llevar por los acontecimientos, y no por mis múltiples y agotadores planes “aliapiedescos”. Pero, en el mismo momento en que él afirmaba tajantemente su postura, ya sabía perfectamente que me saldría con la mía y que nada más pisar por tercera vez el suelo bilbaíno, le propondría, más bien impondría, decenas de planes cotidianos. Torre Loizaga ya era uno de ellos y ambos los sabíamos sin necesidad de expresarlo. De hecho, no tardé ni siquiera diez minutos en retomar el tema tan bruscamente interrumpido para explicarle lo que significaba ese nombre, lo que representaba esa torre, lo que custodiaba ese recinto. Mi marido, paciente y resignado, me escuchó, mostrando un progresivo interés en el lugar, hasta que finalmente me concedió programar esa única excursión en los alrededores de Bilbao, consciente también de que muy probablemente, a nuestros hijos a les encantaría ese plan familiar.
Dicho y hecho, móvil en mano, empecé a investigar ansiosa los horarios de apertura de ese museo y un jarro de agua fría cayó sobre mí: Torre Loizaga, reservada y recelosa, sólo se ofrecía al público los domingos y días festivos… ¡y nuestra estancia bilbaína iba a ser justo entre semana! ¿Cómo podía ser? ¿Por qué? ¡Qué pena! ¡Que mala suerte! Los interrogantes y exclamaciones de desesperación se sucedían en mi mente a una velocidad de vértigo mientras que mi marido, tímida y silenciosamente, emitía suspiros de alivio. Pero yo no iba a parar; no iba a renunciar tan fácilmente a algo que ya se había metido, y bien metido, en mi mente; no iba a renunciar a mi objetivo. Se lo dije a él y su respuesta, acompañada de una dosis de ironía, fue: “Inténtalo, a ver si consigues que abran la torre para ti”.
Y la torre se abrió… ¡y como si se abrió!
Me había desafiado con una misión (casi) imposible y yo, orgullosa y tozuda, optimista y esperanzada, como de costumbre, conseguí a los pocos días una exclusiva visita guiada privada para el miércoles a primera hora de la mañana, después de haber escrito un mail al contacto que aparecía en la página web del lugar. Estaba pletórica, con la autoestima por las nubes, y sabía que él también, aunque no es muy dado a mostrar sus emociones, se alegraba, y no poco, por mí y por mi reto conseguido.
¿Pero qué era Torre Loizaga?, preguntaban los chichos, entre desorientados y asustados, conocedores de mis intensos y alocados planes familiares. Torre Loizaga, les explicaba, era no sólo un museo dedicado al mundo del automóvil, lo que no me hubiera interesado ni de lejos, puesto que el coche, en mi humilde opinión, es sólo una herramienta a mi servicio que por unas extrañas y recurrentes coincidencias o alineaciones planetarias arranca y se mueve cada vez que giro la llave, sino también, y sobre todo, un escenográfico museo, casi único en el mundo, donde los coches, clásicos y antiguos –setenta y cinco, en total, entre los cuales destaca la mayor colección de Rolls-Royce de Europa, formada por 45 unidades –, reposaban al reparo de la intemperie y, en su día, de peligrosos ojos indiscretos, en una antigua fortaleza rescatada de su estado ruinoso por el empresario Miguel de la Vía. De hecho, la Torre, tras un esfuerzo material más que decenal, no sólo se había convertido gracias a este visionario hombre, originario de Galdames, en el refugio ideal para su impresionante colección sino también, con el paso del tiempo, en una de las joyas del patrimonio cultural de Vizcaya.
De camino a nuestro destino, el barrio Concejuelo, en el mencionado municipio de Galdames, a media hora de distancia de Bilbao, mientras nos adentrábamos en el bucólico paisaje de la comarca de Las Encartaciones. les contaba esta historia a los chicos que, sin rechistar, se habían pegado un “auténtico madrugón” de verano para la ocasión –en esta época del año, y con la adolescencia a flor de piel, es otro reto impresionante conseguir que, en plenas vacaciones, se despierten a las nueve de la mañana–.
Nos acompañaba una lluvia débil, casi delicada, que no sólo echaba de menos yo –en mi soleada ciudad de adopción, Madrid, a veces añoro las lluviosas jornadas milanesas de mi infancia y juventud–, sino también, y sobre todo, la Madre Naturaleza con su cortejo de bosques, praderas, colinas y montes vascos que, sedientos por un cálido y atípico verano, pedían a gritos que se les devolviera su característica vestimenta de color verde brillante. La carretera, cada vez más estrecha y empinada, discurría entre vacas y caseríos, alejándonos del bullicio de la ciudad y lanzándonos de lleno en el paisaje aquel, silencioso y placentero, de aldeas tranquilas y aisladas que parecían sacadas de un cuento de hadas…
Conforme subíamos el txirimiri empezó a remitir y la mañana, gris pero no triste, fresca pero no fría, desnuda pero acogedora, intentó sin éxito enseñarnos algo del azul, de la luz y del sol que nos había deslumbrado en los anteriores días bilbaínos. Según el infalible Google Maps ya estábamos a punto de llegar, no obstante un par de leves errores de “co-pilotaje” por mi parte, pero más allá de la omnipresente vegetación que nos rodeaba, no aparecía nada más. Hasta que de repente, como por arte de magia, justo detrás de una curva pronunciada apareció un espeso muro de piedra y, a continuación, unas flechas de madera indicando los diferentes accesos a la Torre Loizaga.
Habíamos llegado: ¡allí estaba el tesoro, más bien los tesoros, escondidos!
Sólo nos quedaba encontrar, según las instrucciones recibidas por mi interlocutora virtual, una tal María, la puerta número 1 de ese amplio recinto, embrujado y misterioso. Y tras mi enésimo error de navegación, nos topamos por fin con una cancela, cerrada a cal y canto, que asombrosa y automáticamente se abrió nada más situarnos ante ella: ¿Puede que ese lugar estuviera, de verdad, hechizado, habitado por hadas, duendes y magos?
En realidad, la mano invisible que estaba detrás de esa apertura tan oportuna como providencial era la de un hombre en carne y hueso, un empleado que no sólo nos invitó amablemente a aparcar el coche donde quisiéramos –espacio no faltaba entre los centenares de hectáreas de terreno–, sino también a visitar el primer pabellón del museo, ubicado casi al lado del taller donde él estaba trabajando, a la espera de que llegara nuestra guía. No nos preguntó quienes éramos ni que hacíamos allí, en esa esa zona privada y reservada donde, aparte de él, no había ningún otro ser humano, pero sí unos perros “peligrosos”, según rezaban unos carteles que habíamos visto en el exterior del recinto; nos trató como si fuéramos de la casa –¡ojalá hubiera sido así!–, con sencillez y espontaneidad y, sin añadir nada más, volvió sonriente a su trabajo manual. ¿Puede que estuviera meditando un crimen perfecto, después de habernos encerrado en ese maravilloso espacio abierto? ¿Puede que fuera una nueva versión de Jack Nicholson de El Resplandor? ¿Puede que nunca saliéramos vivo de ese sitio misterioso? Mi cabeza fantasiosa, como de costumbre, empezó a imaginar centenares de escenarios de crimen mientras que los demás, serenos y despreocupados, se dirigían confiados hacia el primero de los seis pabellones que atesoraban la impresionante colección de Miguel de la Vía, y, a pesar de mis recelos, en nombre de la solidaridad familiar, decidí seguirlos: si algo malo iba a pasar, por lo menos, que estuviéramos todos juntos.
Pero nada más cruzar la puerta de ese lugar, una exclamación colectiva de estupor salió de nuestro corazón.

Frente a nosotros, relucientes por sí mismos, y también por el esmerado cuidado humano, perfectamente alineados como soldados experimentados, aparecieron orgullosos, “Los Veteranos”, es decir, los coches más antiguos de la historia de la humanidad, los de principios del siglo XX, y también unos vehículos no motorizados, tales como carruajes, carrozas y diligencias.
Pasear a piedi entre esos históricos medios de transportes era un auténtico lujo, en todos los sentidos, y mientras nos frotábamos los ojos para comprobar que todo ese patrimonio fuera de verdad, desde el exterior oímos el ruido de un motor.

Supuse que se trataba de María –o, a lo mejor, de un asesino en serie motorizado–, así que salimos a su encuentro: la vi bajar de su coche –un utilitario normal y corriente–, vestida sencilla pero elegantemente con unos vaqueros, una camisa blanca y zapatillas de deporte. Se acercó a nosotros para presentarse, se disculpó por el leve retraso y se preparó para ejercer su papel de Cicerone.
Entramos entonces nuevamente con ella en el primer pabellón, esta vez libres de todo temor, para escuchar de su boca las características y anécdotas de los ejemplares allí expuestos, como, por ejemplo, la de un Hispano-Suiza K6 del 1936, favorito del general De Gaulle. o de un francés Delaunay Belleville 10 HP «Roi des Belges» del 1908, el denominado «Rolls de los franceses», que tanta pasión había levantado entre los zares.
Pero toda mi atención fue captada por un espectacular o, mejor dicho, stupendo, según el titular de la revista “The Automobile” del 1997, Isotta Fraschini de color azul, fabricada en el 1925 por la célebre fábrica de mi amada ciudad de nacimiento, Milán. Ese iba a ser mi coche favorito, aunque solo estuviéramos al principio de la larga exposición. Me había enamorado: un auténtico coup de foudre entre ella, Isotta, y yo.

Cautivada, casi hipnotizada por su lujosa y elegante figura, no podía quitarle los ojos de encima mientras que mis hijos y mi marido se entretenían hablando con María sobre la historia de esa fantástica colección. Ella, prudente y discreta, pero a la vez apasionada, nos contó la (casi) leyenda de, Miguel de la Vía, emprendedor reservado, que, enamorado de estos lugares donde solía veranear en una casa familiar, emprendió también la faraónica obra de restauración de la torre abandonada que conocía desde su niñez: la había alzado de veinticinco metros, la había dotado de troneras, vanos y almenas, la había rodeado con una muralla, barbacana y puente levadizo y, finalmente, la había convertido en una joya romántica destinada sólo y exclusivamente a custodiar, más bien abrazar cálidamente, su creciente colección de coches antiguos y de Rolls-Royce. Y, para más inri, todo ello casi en secreto, en sordina, con discreción, a la par de su vida, celosamente custodiada, no sólo por su actitud vital sino también movido por la delicada situación política de la época: ¡Eso sí que había sido un verdadero Reto, con la R mayúscula, arquitectónico y cultural, y también político y social!
Un vehículo tras otro, María nos entretenía con sus relatos, alabando esos primeros coches que, a pesar de su “veterana” edad, seguían funcionando perfectamente – casi mejor que los actuales –, y mimándolos con sus afectuosas palabras como si los hubiera vivido y disfrutado en primera persona, como si hubieran crecido a su lado, como si la hubieran acompañado hasta hoy desde el pasado.
¡Y, más o menos, así había sido!
En efecto, en un momento de la amena conversación, en passant, sin querer, se le escapó que el ilustre fundador de ese imperio abrumador había sido ¡nada más y nada menos que su tío! Nos quedamos asombrados por el descubrimiento y, tratando de mantener la compostura ante semejante revelación, sobre todo los más pequeños, seguimos adelante con la visita, que se había tornado aún más exclusiva, acompañados por esa sobrina de Miguel de la Vía que, sencilla pero no simple, elegante pero no ostentosa, era la mejor representante de todos esos coches que, con iguales características, tanto fervor habían suscitado en su familia.
En unos pocos pasos alcanzamos entonces el segundo pabellón, que, al igual que el anterior, parecía casi mimetizarse con la vegetación del extenso jardín, más bien parque, como si se quisiera ocultar a los ojos de los demás. Aquí, descansaban tranquilamente, pero listos para volver a rugir y dar batalla en cualquier momento con sus potentes motores, todos los coches que le habían gustado al tío de María en su juventud: BMW, Porsche, Mercedes, MG, Austin Healey, Jaguar…

Esa era, y sigue siendo, la crème de la crème de los coches de lujo.
Era difícil fijar la mirada solo en uno de ellos, era difícil centrarse en un ejemplar frente a tanta abundancia, era difícil no desorientarse ante ese despliegue tan abrumador.
Pero, afortunadamente, para reconducir nuestros pasos perdidos, estaba nuestra eficaz anfitriona, que nos detenía, por ejemplo, ante el coche más largo no sólo de la colección, sino de todos los existentes en esa época, un Cadillac DeVille Cabrio del 1965, que mucha gente confundía con el Lincoln del asesinato de J.F. Kennedy, o ante un original Lancia Aprilia Berlinetta del 1940, de formas sinuosas, casi voluptuosas, y diseño aerodinámico, fruto del ingenio del ilustre diseñador italiano Pininfarina, o ante un impresionante camión de bomberos Merryweather del 1939, el único existente en el mundo junto con aquel que pertenecía a la colección de la siempre eterna Reina Isabel II, en la residencia de Sandringham House.
La conversación vertió así sobre esa soberana y su grandeza inmortal, mientras que, un paso tras otro, llegando al final de ese pabellón, entrevimos el taller de los coches, es decir, el mismo lugar donde se había retirado el sospechoso responsable de la apertura inmediata de la cancela de la entrada –en realidad, María y su presunto cómplice parecían gente más que honrada, no asesinos en serie que se dedicaban a enterrar los cuerpos en esa landa apartada y solitaria… ¡de ser así, ya lo hubieran hecho, me consolaba yo!–.
El mencionado taller era, para variar, otra impoluta y enorme sala-garaje donde en ese momento se dejaban mimar cuatro coches diferentes, entre los cuales divisé un Porsche y un magnífico Rolls-Royce, el primero de los que íbamos a ver.

María, atenta como siempre, después de haber captado mi furtiva mirada indiscreta, antes de que la asaltara con mis preguntas, nos comentó no solo que las piezas de repuesto de todos los exclusivos modelos de la doble R se traían directamente del Reino Unido, sino también que en su día la famosa fábrica solo entregaba el chasis, motor, radiador y capó de los mismos, dejando el acabado en manos de maestros carroceros elegidos por los ilustres compradores. Cada especificación, cada detalle, cada puntualización nos llevaba a una época dorada, a historias y personajes de antaño, tales como actores y actrices hollywoodianos, reyes, príncipes y princesas de todos los países, que, como en un cuento de hadas, coronaban el embrujo del contenido de la Torre Loizaga. Conforme íbamos avanzando por esa inmensa extensión, más hablábamos de temas que se escapaban al mundo del motor y que ella dominaba por completo.
Poco a poco me fui enterando de que María solía viajar mucho, por placer o por trabajo, que había estado repetidas veces en Italia –en los lugares más selectos, por supuesto– y que, para variar, al día siguiente tenía un vuelo para Venecia. Y mientras me contaba su vida viajera –¡que sana envidia me daba!– y glamourosa –o así, por lo menos, me la imaginaba yo–, me conquistaba por completo con sus gustos y experiencias exquisitas –reconozco que cuando alguien nombra mi amada tierra patria, fácilmente me derrito ¡y si encima me hablan de ella con conocimiento de causa y competencia, caigo totalmente rendida! –. Los coches, para mí, ya habían pasado en un segundo plano, centrada como estaba en conversar sobre dulces y nostálgicas vacaciones italianas, pero fue llegar al tercer pabellón, el que estaba dedicado a los “Deportivos”, y darme cuenta de mi craso error.
Nuestro diálogo de repente se cortó y Sus Majestades los Rolls-Royce, en todo su esplendor, volvieron a cobrar todo el protagonismo de mi vista y pensamientos.

Allí estaban los Coches, con la C mayúscula, que habían hecho, y seguían haciendo, no sólo la Historia, con la H mayúscula, de la mecánica y del motor –del cual no tenía ningún conocimiento– sino también la Historia, con la H mayúscula, del arte y del diseño –de la que algo entendía y mucho me apasionaba por haber nacido y vivido en una de las ciudades más emblemáticas de este universo: Milán–.
Admirábamos y nos frotábamos los ojos ante esas obras de valor incalculable que se presentaban silenciosamente a través de unas refinadas “tarjetas de visitas” a sus ruedas.
El primero de ellos era un Silver Spirit del 1984, con su inconfundible radiador en acero inoxidable, embellecido, más bien ennoblecido, por la célebre estatuilla de bronce del “Espíritu del Extásis” –en este caso retráctil, el primero en su género, ya que podía desaparecer en el capó en caso de impacto–; a continuación un Silver Wraith II del 1980, en cuyo amplio y lujoso habitáculo los pasajeros, separados del espacio del chofer por una ventana eléctrica, podían disfrutar del sonido de un sofisticado equipo de radio; y, a su lado, un espectacular Silver Shadow II del 1979 flanqueado por un lujoso Corniche descapotable del 1972, dotado de unos preciosos acabados en nogal y cuero, de una delicada moqueta en el maletero y de unos futuristas cierres eléctricos para la elevalunas y capotas.
Y más y más Rolls-Royce, de todo género y tipo, que protagonizaban ese increíble viaje al pasado: Camargue, Silver Spur, Silver Wraith II. Paseábamos ante ellos mientras escuchábamos los comentarios de María, sin creer, en realidad, en lo que estábamos viendo, en esa histórica y peculiar colección de la cual muy pocas personas en el mundo podían disponer. Es frecuente, pensaba para mí, ver a jeques o una estrellas del fútbol exhibir, y hasta ostentar, coches deportivos carísimos pero, no debió ser nada sencillo conseguir esos ejemplares verdaderamente exclusivos para el disfrute propio y por el simple placer de conservar para siempre un trozo de historia del motor y de la humanidad.
Ensimismada en mis sentimentales pensamientos, fueron entonces las exclamaciones y comentarios de mis hijos los que me obligaron a volver a esa increíble realidad para asombrarme, al final del pabellón, con dos modelos que iban a hacer temblar mi recién nacida pasión para el Isotta del principio de la visita: un espectacular Lamborghini Countach amarillo del 1982, dotado de unas vistosas sirenas en su parte superior, que había sido utilizado como safety car en el Gran Premio de Mónaco del mismo año, y un no menos espectacular Ferrari Testarossa del 1984 con su característica e inimitable pintura de color rojo que recubría hasta los cilindros del motor –de allí su llamativo nombre “cabeza roja”–.
Quedamos los cuatro paralizados ante esos dos monumentos de la automoción que simbolizaban no sólo la excelencia italiana gracias a la genialidad de sus diseñadores, Marcelo Gandini, en un caso, y Sergio Pininfarina, en el otro, sino también la supremacía en el mercado mundial de esas dos fábricas que, a través de sus célebres fundadores, Ferruccio Lamborghini, de un lado, y Enzo Ferrari, del otro, se disputaban el cetro para sentarse en el trono de Su Señoría la Velocidad: la elegancia del caballo frente a la potencia del toro, en esa maravillosa contienda del siempre ingenioso y novedoso made in Italy.
Por lo que a mí respecta, tengo debilidad por el Cavallino Rampante, y, en particular, por ese modelo en concreto que, después de que marcara los sueños de mi infancia con sus líneas futuristas, sus revolucionarios extractores laterales y sus originales branquias en los costados, como los de los coches de la Fórmula 1, seguía siendo tan actual y provocador como en el año de su estreno, treinta y ocho años atrás; sin embargo, debo admitir que su competidor, el Lamborghini, con su vestimenta angulosa y afilada, su opcional alerón trasero y sus peculiares puertas de coleóptero que recordaban las del fantástico DeLorean de “Regreso al futuro”, tampoco se quedaba atrás… No sé porque, pero en ese preciso momento me acordé del eslogan de un icónico y revolucionario anuncio publicitario de Pirelli, del 1994, que recitaba “La potenza è nulla senza controllo” y que protagonizaba el mítico “hijo del viento” Carl Lewis que calzaba unos tacones de aguja, listo para despegar desde unos tacos de salida.
Cerca de esos bólidos estaba también un precioso y deportivo Jaguar E-Type biplaza del 1970, que, para llamar aún más la atención, se había disfrazado con un colorido vestido pop art llamado “swinging London”, obra de la artista francesa Anne Mondy, para desfilar con la cabeza bien alta en el Concurso de Elegancia de Biarritz de 2021.
En su capó desplegable hacia delante, entre caras de famosos actores y actrices de los años sesenta y setenta, asomaba una inconfundible bandera británica mientras que en sus caderas aerodinámicas aparecían otros iconos y personajes del siglo pasado, tales como The Beatles o Twiggy.
Su cercano compañero de aventuras, un Jaguar XK 120 Roadster del 1953, de formas más redondeadas, cándidos colores y largo capó, que recordaba al que conducía Clark Gable y que había ganado un premio en el Concurso de Elegancia de Pebble Beach del 2012.
Parecía que con esos coches fantásticos se había acabado la visita, pero, en realidad, ese era solo el principio de un recorrido triunfal.
[Continuará… ]
Las calles, en esa noche tan especial, estaban vacías, sólo pobladas por centenares de agentes de policías, como en el peor momento del duro confinamiento de hace un par de años: parecía que había vuelto esa real pesadilla, pero fue suficiente divisar la coqueta y animada terraza de este local para olvidarse de todo lo demás y volver a la realidad de un encierro provisional y, afortunadamente, excepcional.
Ensimismada en mis fantasiosas reflexiones, después de que mi marido me sacara un par de fotos en la entrada, por fin entramos en el famoso “Martinica”.
Unos amables, y profesionales, camareros, nos dieron la bienvenida mientras que un paso tras otro, nos adentrábamos aún más en el territorio de Martinica, empujados por la llamativa presencia de una cristalera central que abrazaba una hiedra, o puede que fueran unas algas, alojadas en su interior que se asemejaban, en mi mente desenfrenada, a los tentáculos de una peligrosa medusa vegetal.
Un poco más allá, al final de esa extensa sala principal -hay otra, más apartada y recogida, con diferente decoración, aunque igual de escenográfica– “in sordina”, discreta y silenciosamente sentado en una mesa, la mente y el brazo de la belleza formal y, en breve, también sustancial, de este restaurante: el Chef Marcello, con la C mayúscula, ganador de diferentes premios en certámenes nacionales e internacionales.
Después de que nos enseñara una colorida vidriera ubicada en una pared lateral de la sala, que había hecho traer expresamente desde el salamantino
Abrió el baile gastronómico un cocktail literalmente explosivo, una “Flor de Caña Passion”, a base de ron, canela y fruta de la pasión, que, servido “en llamas”, con su espectacular presentación vegetal evocaba la imagen de exóticas playas: la pasión no sólo de su Autor sino también de la fruta que llevaba en su interior se apoderó enseguida de nuestro paladar.
El aperitivo, a base de unos sencillos, y nostálgicos, “grissini” italianos -una especie de colines, muy difíciles de encontrar aquí y que tanto me recuerdan mi país- con un poco de pan con el cual acompañar una salsa de mantequilla, un poco de aceite y unas cuantas aceitunas ya nos había conquistado por completo pero una fresca y saludable ensalada de tomate, piparras, gambones a la parrilla, queso curado y salmorejo, presentada en un precioso plato de color rojo-rosado que parecía fusionarse con su rico contenido, nos cautivó aún más.
Fue después una berenjena a la parmesana ítalo-japonesa la que me hizo avergonzar de la “parmigiana di melanzane” que a veces, en mi casa, humildemente, ofrecía a mis comensales: el vegetal, con los demás misteriosos ingredientes, se derretía suavemente en la sartén y en nuestras bocas abiertas de par en par.
Una fresca copa de Godello para mí y una cerveza 8/70 aún más fresca para mi consorte acompañaron una premiada albóndiga de rabo de toro, anguila ahumada, berenjena y yema curada -segundo mejor plato de rabo de toro de España de 2019, según recitaba la carta-.
Mi marido, carnívoro de profesión, muchísimo más que yo, devoraba ávidamente ese manjar, celebrando en cada bocado su delicada bondad, mientras que yo disfrutaba con una exquisita lubina salvaje a la brasa con puntalette con salsa de txangurro a la donostiarra y una crema de esa albahaca -“basilico”, en mi idioma- que, tan presente en Italia, tanto echo de menos aquí en España.
Y, por si todo ello no hubiera sido suficiente para satisfacer nuestros pecados de gula, una carrillera de ternera al curry rojo con yogur de calabaza y cremoso de zanahoria consiguió despertar nuevamente los instintos básicos de los dos.
No se podía pedir más… sólo un exótico “viaje a Marruecos”, en honor a la mujer marroquí del Chef, donde a una impresionante base de chocolate blanco se añadían, en un pintoresco, dinámico y colorido arcoíris de colores, arenas de frambuesa, galletas, canela, menta y curry con leche fusionada de jengibre y limón: una auténtica obra de arte gastronómica que, adrede y a gusto, no pudimos evitar destrozar con cada bocado.
Faltaba poner el punto final a esa cena tan rica, y enriquecedora, con una de las mejores bebidas de mi tierra: un frío limoncello, servido helado y rigurosamente sin hielo y en un vaso pequeño, alto y fino, como es debido, que con su poder digestivo parecía borrar mágicamente todas las calorías ingeridas despreocupadamente hasta aquel momento. Pero daba igual: Marcello, el local, la cena y esa noche tan original merecían que se apartaran, por ese día, todos los propósitos de una operación bikini espectacular.
Pero la auténtica sorpresa se encontraba al final de esta sala donde, casi oculto en la pared, se abría un mágico ascensor…
El extraño “quintoelemento”, que se añadía a la tierra, al aire, al agua y al fuego, se personó en decenas de flores y plantas que se unían a las que aparecían en diferentes macropantallas; el indefinido “quintoelemento” se materializó en una soberbia decoración donde, entre sofás y sillas, mesas altas y bajas, destacaba una marmórea barra central, repleta de copas impolutas, botellas de diferentes marcas y cocteleras a la espera de ser agitadas; el increíble “quintoelemento” tomó cuerpo en una impresionante cúpula que, dotada de unas pantallas cóncavas retráctiles de casi doscientos metros cuadrados de extensión donde se proyectaba contenido en la máxima resolución, se abría al cielo de Madrid, fusionando armoniosamente los elementos reales y virtuales de ese paraíso terrestre celestial.


Fueron primero unas grandiosas ostras ponzu acompañadas por caviar de arenque, maridadas con champan, que nos sugirió y sirvió Adolfo, el cordial y profesional jefe de sala, las que provocaron un tsunami de sensaciones en el paladar, trasladándonos a dulces recuerdos de agua, sal y mar; seguidamente unos brioches croissants con berenjena, tartar de toro y trufa de rey
, que aunaban los sabores más delicados del monte, el mar y la huerta, nos dejaron con la boca abierta de par en par; un fresquísimo y delicadísimo tiradito de salmón, ligeramente marinado, nos robó el gusto y el corazón;
un exótico y singular taco hindú, que se comía con las manos, nos hizo literalmente chuparnos los dedos; pero el chili crab del señorito, con bogavante, cangrejo real y una sabrosísima salsa con toque picante nos enamoró perdidamente.
Esa valiosa obra de arte culinaria enmarcada en una rústica cazuela hubiera podido ser el colofón final de nuestra espectacular experiencia sensorial, pero “quintoelemento” nos sorprendió una vez más con una escenográfica presentación, con una cortina de humo, calor y vapor desde el cual surgió una espléndida hacha de ternera lechal, cuya carne, a pesar de la escasa cocción, se deshacía levemente en la boca mientras que un dulce amargo aroma de barbacoa envolvía delicadamente ese manjar.
No se podía comer ni pedir más.
Las copas de vino, tinto y blanco, que se habían sucedido en un dulce vals a lo largo de toda la comida, bajo la armoniosa batuta de Adolfo, dejaban por fin paso a los cafés -ellos también a la altura de la situación, con mi gran asombro, como exigente italiana que soy, en constante, desesperada, y la mayoría de las veces, infructuosa búsqueda de un buen ejemplar de esta bebida en la capital-, acompañados por un chocolate en tres texturas que nos cautivó con su dulzura…
Fue entonces, cuando, al final de este festín, de este grandioso homenaje, los dos entendimos plenamente el significado de “quintoelemento”: se trataba de una soberbia exaltación de los cinco sentidos, de una impecable fusión de cocina asiática y latinoamericana, pero con una sólida base mediterránea, gracias al arte y a la experiencia del afamado chef Juan Suárez de Lezo, de un inolvidable viaje gastronómico a través de una experiencia inmersiva en continua evolución, de una increíble satisfacción y emoción para la comida y la alegría de la vida…
Tengo que ir en esa dirección, hacia esos árboles, sin distraerme más y sin prestar atención, por ejemplo, a una especie de fuente, o lo que queda de ella, que intenta sobreponerse al paso del tiempo y de la vegetación. Me pregunto qué será ese monumento, huérfano de una placa, de una descripción y de todo cariño y, mientras me acerco, lo contemplo más detenidamente, sin encontrar pista alguna que pueda ayudarme a dar con una respuesta racional; me limito entonces a sacarle una foto por si algún amigo virtual carabanchelero pudiera echarme una mano para revelar este misterio y, volviendo sobre mis pasos perdidos, un poco más allá, me topo con el imponente y autoritario edificio “musical”.
No hay nadie aquí y, entre la soledad y el tiempo un poco espectral, mi fantasía empieza a trabajar a toda velocidad, imaginando el set perfecto para una película de miedo. 


Mi primer pensamiento va dirigido a la cantidad de colegios que hay en este distrito -como, por ejemplo, el cercano Antiguo Colegio Santo Ángel de la Guarda- y que no son, precisamente, pequeños, mientras que mi primer impulso es el de acercarme sigilosamente a lo que parece una iglesia y que, en realidad, es el teatro Txetxo Sada, tal y como atestigua una placa al lado de su puerta. No hay forma de entrar allí y, a pesar de ello, ya estoy satisfecha con todo lo que he descubierto en este recinto inmenso. Puedo salir de aquí para cumplir con mi segundo objetivo: la colonia Torres Garrido.
Está muy cerca y enseguida encuentro otra placa en la que se explica que ha sido inaugurada en el 1955 siendo 
En una esquina hay una especie de pasaje, de esos que recuerdan aquellos toledanos, protegido por una Virgen.
Me dirijo entonces hacia el centro del barrio, hacia la plaza principal del originario pueblo de Carabanchel Bajo, no sin antes inmortalizar el famoso “Mural del Derbi”. No es que yo sea una apasionada del futbol –¡de hecho les regalaría una pelota a cada jugador de los equipos contrincantes para que no se pelearan entre ellos!–, pero sí soy forofa del arte callejero en general.
Aquí están la 

























Aparqué muy cerca de la glorieta García Plaza, una coqueta placa así lo anunciaba, y mi mirada ya se perdía entre las modernistas fachadas, torres y cancelas de unos cuantos chalés que, discretamente, me rodeaban con su presencia. Mis pies, deseosos de pisar tierra firme, y no un acelerador, bramaban por activarse a la mayor brevedad posible y los dedos de mis manos ya estaban calentando sus músculos diminutos para disparar con vigor y entusiasmo centenares de fotos.
Tomé una última foto de la imponente entrada principal, escenográficamente anunciada por una enseña que campeaba entre dos torretas, que originariamente fueron utilizadas también como portería, locutorio telefónico y hasta apeadero del tranvía, y me dispuse a consultar todos los sitios de interés cerca de mí que me sugería el “infalible” Google Maps… ¡Y descubrí que había un
Un cartel en su alta torre de ladrillo explicaba que “aquí estuvo la iglesia de Santa María Magdalena a la que venía a rezar San Isidro cuando trabajaba en estos campos y en ellos tuvo lugar el milagro del lobo”. Tenía que entrar allí y descubrir algo más. Empujé confiada su pequeña puerta de madera, pero ésta, sólida y testaruda, se me resistió:
El camino que lleva a este mágico lugar cruza un parquecito donde se encuentra la huerta comunitaria más alegre de Madrid, “





No es que yo sea fan de los campings -de hecho debo confesar que la primera vez que lo vi tuve un reflejo espontaneo de repulsa hacia él, como si el curvilíneo muro exterior que lo delimitaba se prestara para ocultar degradantes noches de borrachera, sexo, droga y rock and roll: no me equivocaba sobre este último punto ya que, como aprendí posteriormente, allí tenían lugar exitosos conciertos de bandas emergentes que siguen añorando muchos lugareños- pero, poco a poco, le he cogido mucho cariño, y no sólo por los aperitivos que tomábamos en familia o con amigos en la originaria 
Aquí se encuentra una acogedora sala-cafetería-supermercado, con aire alpino, donde en invierno, entre paredes de madera, dan lo mejor de sí las chimeneas, y una curiosa terraza exterior, de estilo country -hay también una futurista versión tubular cubierta- donde en primavera/otoño/verano cobran protagonismo, entre food trucks y mobiliario vintage, unas amarillentas balas de heno con función de rústicas sillas y mesas.
Después de haber repuesto fuerzas en uno de estos dos sitios, os animo a recorrer la larga 
Superado el mencionado edificio religioso y la
Después de la visita, gratuita, podréis ya encaminaros de vuelta hacia la estación “Alameda de Osuna”, no sin antes parar en una coqueta y pequeña librería, “
Y si os ha entrado un poco de hambre o queréis hacer una nueva pausa antes de tomar el metro de vuelta a vuestro hogar, acercaros a la 










































Después de casi un mes de confinamiento, sin ir al trabajo, al colegio o al supermercado –siempre va él: mi marido–, hoy me he atrevido a salir de mi refugio para alcanzar, a unos cincuenta metros de mi piso, el socorrido contenedor del vidrio. Hacía un día demasiado bonito para dejar escapar esta ocasión, demasiado soleado para renunciar una vez más en favor de mi hijo, actual encargado de tirar papel, cartón y cristal, demasiado luminoso para renunciar a una dosis, gratis, de Vitamina D natural.
Luché contra la tentación no sólo de sentarme en un seductor banco de madera, al estilo de “Los lunes al sol”, sino también, unos pocos metros más allá, de fotografiar una parra rebosante de glicinias trepadoras que, como sirenas cautivadoras, seducían mi olfato y mi vista con sus colores primaverales y sus flores de breve duración, entre el rosa y el violeta. Pero resistí, resistí con todas mis fuerzas y, apartados esos deseos prohibidos por la ley general y por mi moral particular, conseguí centrarme en mi única misión: la de reciclar, y nada más.













































































































































